Los personajes no me pertenecen son propiedad de Haruichi Furudate.
Revisado y beteado por Ren T. Dankworth.
What goes round, comes around
.
Oikawa se va cuándo puede y regresa cuando quiere.
No le sorprende, —no sería la primera vez—. Sin embargo, con el cambio de estación, Tooru está fuera de su vida otra vez, y no puede evitar el creciente sentimiento de frustración cuando la nota dentro de su libro de inglés tiene escrito un «I love u» y ese extraño intento de dibujo de alíen que nunca tenía forma.
Iwaizumi guarda la nota —junto a las otras amarillentas que ha recolectado desde hace varios años— y se dedica a leer para su próxima prueba.
La primavera se acerca en un abrir y cerrar de ojos, y con ello su alergia al polen se vuelve más intensa y constante con el pasar de los días. Es entonces cuando se permite odiar un poco más a la peor estación del año. Oikawa lleva meses al otro lado del mundo, los árboles de cerezo florecen y los documentos dentro de su mochila pesan más de lo que creía.
Es otoño cuando recibe la primera carta. No tiene remitente y lo único que puede distinguir entre borrones son palabras que no puede entender. Las observa antes de guardarla de nuevo en el sobre, pero ese intento de alíen le saluda de entre un rincón y la carta termina entre montones de post-it decolorados.
Hace la nota mental de preguntar sí puede inscribirse al club de español de la universidad.
Estados Unidos es diferente en todos los aspectos a Japón; se siente abrumado entre los idiomas y teme que su inglés no sea lo suficientemente bueno como para sobrevivir después de años de notas apenas aceptables para aprobar los cursos. Antonio, su compañero mexicano de habitación, es agradable; alto y bronceado. Le ayuda a practicar el español e inglés cuando puede, lo invita a fiestas y le presenta a quién se le ponga enfrente. Es amable y a veces recibe regalos de su abuelita. No sabe cómo reaccionar a tanta amabilidad, pero se las arregla cómo puede para tratar de entender cómo funciona la vida en California.
Miyagi se siente muy lejos, Oikawa también.
Ushijima es amable, el monstruo que pintó en su mente de repente se deshace. Se ríe, y Wakatoshi le mira interrogante cómo suele hacer. Los años de rencor se le escurren cómo agua, llevan una plática amena y recuerdan diversos pasajes de sus años de bachillerato. Puede ver las preguntas en los ojos de Ushijima, pero no emite palabra alguna. Se le hace extraño, el único tema en común que tienen yace a miles de kilómetros y es la primera vez que hablan con propiedad sin ser interrumpidos.
Ushijima le habla de entrenamientos y sobre su padre; le agenda una cita al día siguiente y no puede parar de agradecer durante varios minutos.
Se despiden antes del atardecer, Iwaizumi le promete una comida barata la próxima vez.
Son finales de octubre cuando escucha de Hanamaki la alineación oficial del equipo Nacional. Ushijima no volverá a Estados Unidos los próximos dos años.
En cambio, Oikawa oficialmente es ciudadano Argentino.
Para cuando se da cuenta, ya es invierno, tiene 24 años, un trabajo en una clínica prestigiosa en Los Ángeles, y la posibilidad de regresar a Japón cómo entrenador de la selección nacional.
Las cartas recolectan polvo y cambian de color en cajas dentro del ático, las palabras, erráticas y de tinta azul se le antojan lo suficientemente bonitas como para juntarlas con los post-it que apenas han logrado sobrevivir las constantes mudanzas.
Los «te extraño», «te quiero» y «te necesito» se le graban en el cerebro por mucho tiempo; la voz de Oikawa se vuelve lejana y su risa se pierde entre arenas movedizas dentro de su mente.
Le ha preguntado el significado de dichas palabras millones de veces; Tooru se limita a sonreír de lado, evitar su mirada a través de la pantalla y le cuenta cualquier cosa. Cómo en cada llamada se muerde la lengua para evitar el «Te amo» que se le escapa de la garganta.
Hace años que aprendió español básico.
Tetsuro le sonríe cínicamente por video llamada, le envía un boleto de avión electrónico para el mes entrante y no puede evitar la amarga sensación que le provoca saber que Oikawa no usará el color blanco nunca más de su lado de la cancha.
Han pasado 8 años desde la última vez que se ven frente a frente y las emociones se le vienen encima cómo un camión.
Llega el set point y el rey de la cancha se abre paso con todo lo que tiene, sus dedos hormiguean cuándo la pelota se eleva y no puede despegar la mirada, esa sensación fantasma sigue ahí aún después de tantos años, el golpe apenas hace un ruido sordo en el suelo y reacciona a tiempo para encontrarse con la mirada orgullosa de Tooru y las lágrimas que están a punto de caer de sus bonitos ojos cafés.
El «Te amo» que por años ha guardado dentro de su corazón y garganta se le escapa de los labios de un momento a otro, apenas imperceptible en un susurro ahogado. Ni siquiera está seguro de lo que pasa cuando Tooru cruza la cancha en un santiamén y se esconde en su pecho cómo cuándo tenían 6 años. El abrazo se vuelve más fuerte y la camisa se le humedece lentamente cómo en las películas romcom.
Se separan involuntariamente ante la sensación de miles de miradas y sólo pueden reírse cómo si nada.
Es entonces, cuando en la primavera de sus 27 años, Oikawa Tooru vuelve a casa.
