El colegio de Hogwarts era mucho menos activo y menos colorido cuando no había alumnos correteando por los pasillos. De alguna manera era extraño el cómo Hermione giraba su mirada a las paredes y lo único que veía era eso: paredes sin vida yacientes en el lugar donde siempre debieron haber estado. Antes de la Guerra, ella había considerado el castillo como un segundo hogar, un espacio más donde ella podía sentirse segura y donde el simple hecho de observar la tenue luz del día atravesar los pasillos le hacía sentirse, de alguna, arropada del frío peligro que se avecinaba. Cuando ella salía de sus clases, en su mayoría de las veces le gustaba observar las barreras que protegían a todos los alumnos del mundo exterior, era como si el lugar tuviera vida propia y la mera intención de proteger a aquellos que resguardaban dentro.

Tal vez Hermione había considerado el castillo como una especie de alma danzante por las paredes de piedra que tenía el único propósito de cuidar a unos niños. Ella había encontrado seguridad ahí, llegando al punto de confianza de dormir con tranquilidad, solo esperando que Hogwarts la protegiera de todo el mal que estaba por venir. Porque sabía que el colegio haría eso, el castillo preferiría morir antes de que lastimaran a uno de sus fiables alumnos. Es por eso que, cuando quedó destruido en la Batalla Final y, meses después arreglaron todo como si nunca nada hubiera sucedido, Hermione comenzaba a dudar si esa protección que ella había sentido en sus años anteriores volvería de nuevo.

Ciertamente, caminar mientras observaba las frías paredes del castillo y permitirle a su mente viajar más allá de las especulaciones, no era precisamente una buena idea. La morena le estaba dejando a su mente jugar con ella unos minutos antes de llegar al despacho de la directora, todo con el propósito de distraerla. A menudo le sucedía eso: no ponía resistencia en dejar que su mente diera vueltas, solo con el fin de alejarse de su realidad, de su maldita y cruel realidad.

La Guerra había terminado y la maldad se había desterrado. ¿Todos felices, no? Ni una mierda. Aún había algo que a ella le estaba fallando y realmente necesitaba encontrar una salida o se encontraría atrapada en el propio callejón que ella había creado. Hermione nunca creyó que tantas decisiones apresuradas —las cuales, afortunadamente, habían tenido éxito— la llevarían a su perdición. Algunas veces, por las noches, la morena se pregunta qué habría pasado si ella hubiera decidido arreglar las cosas. El qué habría pasado si hubiera puesto su propio bien antes que el de los demás. Tal vez la respuesta era que la Guerra aún no hubiera terminado y el caos aún reinaría por toda Gran Bretaña. No era como que ella se considerara una persona de vital importancia para la existencia de la raza humana, pero era consiente de que su simple presencia había sido una enorme jugada para el triunfo del Bien; Hermione no quería presumir pero, sin ella, probablemente las cosas habrían sido diferentes.

Era por eso que no se arrepentía de las decisiones que había tomado: se había inclinado por interponer el bien de los demás antes que el suyo y eso había sido un enorme halago. Era una lástima que ella misma se hubiera enterrado en su tumba.

Hermione suspiró y decidió que era momento de dejar atrás sus pensamientos y desvió las miradas de las paredes del castillo para seguir directa y firmemente hasta el despacho de Minerva McGonagall. La oficina de los directores siempre había sido un misterio para mucho alumnos: algunos decían que era un espacio en el cual te volvías loco eventualmente luego de pasar demasiado tiempo dentro, otros más decían que dentro se ocultaban objetos de alta calidez mágica (tanto oscura como blanca), y algunas más solo decían que era un mundo desconocido que solo arraigaba su mente hasta hacerla añicos. Tantas versiones más, y todas y cada una de ellas más surrealistas que las anteriores. En realidad, el despacho de los directores era una simple área circular que contenía ciertos objetos llamativos de los que muchos no tenían ideas de su función, pero también era como cualquier otra habitación: solo siendo funcional para los requerimientos necesarios, en este caso, ser útil para el director de un colegio.

Hermione ni siquiera tuvo que dar la contraseña a la gárgola que se hallaba al final de la escalera que llevaba a dicho despacio, porque esta comenzó a moverse para darle el paso apenas sintió su presencia a pocos metros. Tal vez Minerva ya la estaba esperando desde antes y se había anticipado en su llegada.

Minerva McGonagall, la nueva directora de Hogwarts, Hermione realmente estaba orgullosa de ella. La mujer siempre había sido alguien que la morena considerada de admirar: siempre tan determinada y con esa mirada que exigía poner orden a todo aquel que se extralimitara de lo acordado, siempre dispuesta a dar la vida por la causa que creía. La gryffindor no podía imaginar a alguien mejor para ese puesto después de la muerte de Dumbledore, tal vez haya sido el mago más brillante que ella conoció alguna vez, pero ahora se encontraba muerto y la mujer de túnica esmeralda siempre sería la mejor opción al reemplazarlo.

Las escaleras finalmente dejaron de moverse cuando Hermione llegó a la entrada del despacho. Suspiró, tallándose la sien en un intento de calmar sus nervios —los cuales ni siquiera sabía por qué tenía— y luego alzó la mano para enrollarla en la perilla. Se habría molestado en tocar educadamente de no ser porque recordó que Minerva le había pedido que dejara de tratarla como si fuera una superior. Aunque sí lo era, pensó la morena, pero decidió no darle más vueltas al asunto.

Movió la perilla y luego empujó la puerta con una ligereza educada. Asomó la cabeza antes que su cuerpo en un intento de captar la mirada de la mujer mayor hasta que la halló sentada en el escritorio del centro, centrada en unos pergaminos y libros que tenía regados por delante. Minerva pareció sentir sus ojos sobre ella, porque rápidamente alzó la vista y miró a la morena a través de sus pestañas antes de levantar por completo la cabeza y sonreír.

—Hermione —saludó con educación y la bruja menor se infiltró en la habitación por completo y cerró la puerta tras ella—. Qué bueno que llegas, creí que no lo harías. Dijiste que estabas demasiado ocupada que creía vendrías otro día. Toma asiento, por favor.

La morena asintió y se obligó a caminar hasta llegar a Minerva. No pasó desapercibido el ligero calambre que obtuvo su talón izquierdo al hacerlo, pero trató de no prestarle atención. Llegó hasta la bruja mayor y luego se sentó en la silla que estaba delante de la suya, al otro lado del escritorio.

Levantó la mirada y le sonrió a la mujer. Con el paso de los años, la relación profesora-estudiante había desaparecido y ahora se había forjado una más alineada. Tal vez era demasiado llamarse amistad, pero definitivamente estaba más allá de lo laboral y lo educativo. Fraternal podría ser el término: ambas se protegían como si fueran de la misma sangre y los ojos preocupados siempre iban para la otra. Hermione incluso podría llegar a considerarla como una madrina.

—¿Quieres algo de tomar? —Minerva preguntó luego de hacer unas ligeras anotaciones en su pergamino y levantó la vista hacia ella.

Hermione negó.

—Tengo otro lugar a donde ir después de esto, probablemente tenga que Desaparecer apenas salga de aquí para poder llegar a tiempo —la morena hizo una pausa donde reprimió un suspiro que amenazaba con salir y luego miró fijamente a la mujer que tenía delante, permitiendo a su garganta hablar de muevo—. Sabes muy bien a qué he venido...

—Sí, lo sé —la bruja coincidió con vehemencia—. Pero no entiendo tu insistencia de venir hasta acá para obtener mi permiso. Creo que tú más que nadie sabrías cuál sería mi respuesta a tu petición. Fuiste una de mis mejores alumnas en tus años de Hogwarts, no te negaría algo como esto.

—Comprendo —dijo Hermione—, pero esto no es como cualquier otro año, Minerva. Muchos otros volverán para terminar su ciclo escolar y también para realizar sus ÉXTASIS. Debes entender que, por más que a mí me encantaría hacer eso también, no puedo. Si voy a volver, sabes que no será con el mismo propósito que los demás. Mi mente no estará en su mayoría disponible para el colegio.

Minerva asintió, dejando de lado la pluma que llevaba en sus manos y luego juntó ambas mientras dejaba caer su barbilla sobre ellas. Su mirada era especulante y curiosa, y observaba fijamente los ojos de Hermione. De repente, esta se preguntó si practicaba Legeremancia. Aunque dudaba que fuera así, pues lo habría notado desde mucho antes.

—Tus fines no son del todo académicos si no más bien personales —afirmó McGonagall, guardando silencio durante unos segundos antes de volver a hablar—. Explícame de nuevo tus términos.

Hermione se permitió un suspiro retenido, y vagó su mirada por el despacho unas milésimas de segundos antes de revolverse un poco incómoda en el asiento y volver a la bruja mayor.

—La biblical deberá esta abierta como mínimo hasta las doce de la noche —comenzó—. De ser posible, tendré mi propia área de estudio para no tener irrupciones indeseadas por otros alumnos. Lo más probable es que comience justo cuando terminen las clases... Prometo poner empeño en mi nivel académico, pero no debes esperar que las cosas sean como antes...

Minerva se mantuvo en silencio y solo mirándola, lo cual comenzó a desesperarla y se apresuró en seguir hablando:

—Sé que es mucho pedir, lo sé. Tú no tienes la obligación de mantenerme en el castillo para un beneficio que se salga de lo educativo, pero realmente necesito de tu ayuda...

—Sabes que puedes contar conmigo, Hermione —respondió al fin la mujer—. Nunca te negaría nada e, incluso si lo hiciera, sé que buscarías otra manera de encontrar lo que buscas. Solo sería más tardado si yo me negara a darte permiso. Todo lo que exiges estará bien empleado a ti para cuando regreses este primero de septiembre.

Hermione casi pudo reír del alivio que sintió al escuchar sus palabras. Sabía que Minerva no se negaría a ayudarla, pero había esperado al menos algo de resistencia en sus términos.

—Muchas gracias —dijo con una débil sonrisa—. No tienes ni una mínima idea del alivio que me estás dando. Gracias por todo.

—Lo que sea por ti, Hermione —dijo y asintió con la cabeza—. Este colegio te debe muchas cosas y si ahora necesitas su biblioteca, está a tu disposición. Aunque ahora que se toca el tema, ¿no crees que sería más sensato pedir un permiso a la familia Malfoy? La biblioteca de su mansión está catalogada como una de las más grandes de la Gran Bretaña.

Hermione sintió un ligero escalofrío en su columna que se decidió a ignorar. Había sido una de sus opciones al principio, pues ya había leído mucho sobre ese lugar, pero también era muy consciente de que sería difícil su acceso. O tal vez esa era su excusa para no volver al lugar donde la habían torturado.

Minerva, al ver que no respondió, se apresuró a seguir hablando.

—Podríamos pedir un permiso al Ministerio, estoy segura de que ellos no se negarían, pero por si acaso.

La morena bajó la mirada hacia su regazo, y luego solo se limitó a negar con la cabeza. No quería dar sus razones.

—Sabes que una vida está en juego —Minerva siguió diciendo—. Creo que hemos llegado al punto de tomar otro tipo de medidas. La biblioteca de la Mansión Malfoy podría ser de gran ayuda

Hermione suspiró y miró a la directora.

—Te prometo que lo tendré en cuenta si las cosas se tornan difíciles —juró, usando su voz más convincente y su sonrisa más encantadora.

La mujer levantó las comisuras de sus labios levemente y luego alcanzó una de las manos de Hermione con la suya, dándole un leve apretón de apoyo.

—Eres muy valiente —le dijo—. Todo lo que estás haciendo para salvarla. Nunca había visto a nadie preocuparse tanto por un familiar. Tú estás dispuesta a sacrificar mucho por salvarle la vida, y te admiro por ello.

A pesar de que Hermione sintió una presión en su pecho al encontrar el significado oculto de esas palabras, se obligó a esbozar una sonrisa y mentir sobre el asunto.

—Es lo mínimo que puedo hacer —musitó—. Es mi familia y haría todo porque ella esté bien. Mi participación en la Guerra no debió haberla afectado y sin embargo lo hizo. Es mi responsabilidad ayudarla encontrando la cura a su maldición.

Minerva aflojó ligeramente el agarre de su mano y su sonrisa se fue apagando con lentitud al igual que el brillo en sus ojos.

—¿Estás segura de que puedes tú sola con esto? —preguntó con cautela, como si tuviera miedo de subestimar el poder y la inteligencia de Hermione—. No es algo muy fácil encontrar la cura... Podría tomarte años.

—Años que no puedo darme el lujo de tomar —le replicó, retirando educadamente la mano que tenía bajo la suya—. La maldición la está acabando cada día y es todo por mi culpa. Yo voy a encontrar la cura y ella se va a salvar, lo prometo.

Minerva volvió a sonreír, esta vez más alegre. Se enderezó en su silla y regresó a su típica rigidez autoritaria.

—Sé que lo harás. Y yo estoy a tu completa disposición cuando necesites objetos fuera del alcance de Hogwarts. Tengo contactos en el Ministerio que podrían ayudarte.

—Pero no tienes que decirle a nadie la verdadera razón —Hermione recordó—. Para todos los demás, yo solo he regresado a Hogwarts para terminar mis estudios.

Minerva asintió.

—Lo recuerdo con perfección.

Hermione también asintió, en el proceso teniendo una ligera visión del pequeño reloj de madera que la mujer mayor tenía sobre el escritorio. Casi había olvidado su otra cita. Se levantó de la silla casi de un tirón, lo que hizo fruncir el ceño a la directora.

—Debo irme —masculló la morena, sintiéndose repentinamente nerviosa—. Tengo que ir a otro lugar en menos de diez minutos. ¿Podrías...?

No hizo falta que ella termina de pedir su petición porque, en menos de diez segundos, Minerva ya había retirado los encantamientos que impedían Desparecerse dentro de los terrenos del castillo.

—De nuevo, muchas gracias, Minerva —Hermione alzó una mano para posarla en el hombro de la mujer con una sonrisa cansada y luego cerró los ojos, sacando su varita y dando vuelta para poder Aparecerse.

Ella sintió el conocido y desagradable estrujón de la transportación. Se sentía como si todo su cuerpo se estuviera reduciendo a un espacio demasiado pequeño y, justo cuando creía que estaba por asfixiarse, el oxígeno volvía a ella y la obligaba a tomar bocanadas de aire. Así había sido los primeros meses, pero luego se acostumbró y ahora podía tener un expresión profesional cada que practicaba la Aparición. Sus pies cayeron en el sólido suelo del Callejón Diagon —aún en construcción— y rápidamente caminó hasta la tienda que tenía el maniquí a la entrada de San Mungo. Masculló la razón por la cual se hallaba ahí y luego atravesó la barrera.

Al estar dentro, se cubrió de las miradas curiosas acercando más su túnica holgada a ella, sobre todo la capucha, haciéndola cubrir astutamente su rostro para poder pasar desapercibida. Ciertamente, no era una buena noticia encontrar a la heroína de guerra Hermione Granger yendo a una cita en un hospital, caminando hasta una de las salas más graves, y sola. No era algo que ella quisiera explicar.

Caminó con la mirada gacha por todos los pasillos que ahora ella conocía de memoria, y luego entró al despacho de Charles antes de que alguien pudiera reconocerla.

Charles era el medimago que estaba asignado a su caso, había estado en contacto con ella desde que la Guerra terminó, y desde entonces, tenía citas médicas con él cada dos días para poder tratarla. El problema era tan grave que algunas veces era necesario que viniera días seguidos. Incluso habían llegado a forzar una amistad, no solo la típica relación doctor-paciente que todos estaban acostumbrados a tener.

Suspiró cuando estuvo dentro y sus ojos recorrieron todo el despacho en busca de Charles, pero se dio cuenta de que él aún no había llegado. Hermione se pasó la mano por la capucha que llevaba cubriendo su rostro y desenrolló la bufanda que llevaba puesta. Caminó hasta su bien memorizando asiento delante del escritorio de él y esperó.

Sus citas siempre eran a las doce en punto de la tarde, y nunca jamás Charles había llegado tarde. Ella comenzó a impacientarse cuando observó que faltaba un minuto para dicha hora y él aún no llegaba. Aunque, casi como si lo hubiera invocado, el muchacho apareció por la puerta en ese preciso instante.

—Perdona la tardanza, Hermione —murmuró su disculpa y luego de acercó para saludarla con un beso en la mejilla antes de rodear el escritorio y sentarse en su lugar—. Muy bien, ¿qué tal te sientes hoy?

—Igual que la última vez. Tal vez un poco más débil pero aún con la fuerza suficiente.

—Comprendo... —Charles levantó algunos de sus pergaminos hasta encontrar el expediente de Hermione y luego abrió una página en blanco. Tomó una pluma y tinta, y después comenzó a escribir notas. Levantó su mirada de nuevo hacia ella—. ¿La tos ha llegado?

Hermione negó.

—Afortunadamente aún no.

El muchacho asintió, volviendo a sus notas. Sus hábiles ojos azules recorrieron toda la página casi con la misma rapidez que Hermione al leer un libro y luego, siguió preguntando:

—¿Tu respiración ha mejorado?

Ella asintió, aunque luego se permitió dudarlo.

—Hace unos días me levanté por la noche porque sentí que me faltaba el aire —confesó—. Aunque esa noche también tuve una pesadilla, así que no sé si tal vez pudo deberse a ello.

—Las pesadillas con frecuencia pueden engañar a tu mente con dejar de respirar. Pero en realidad no lo logran, solo es el miedo que te paraliza unos segundos y la falta de oxígeno se va cuando te adaptas de nuevo a la realidad —informó con voz firme, aún con la mirada sobre sus notas.

Hermione decidió no protestar y dejar que siguiera con su trabajo.

—¿Has vuelto a tener fatiga? —Charles preguntó mirándola a través de sus pestañas.

—No que yo recuerde —murmuró, intentando hacer memoria—. He tenido algunos calambres pero nada demasiado grave.

—Todo siempre podría ser demasiado grave... —masculló distraídamente y ella se obligó a no ceder con su expresión—. ¿Has sentido alguna presión en el pecho en los últimos días?

La morena tragó saliva y bajó la mirada para juguetear con sus manos en un intento de disipar el nerviosismo en su voz.

—Sí... —confesó—. Hoy en la mañana... Antes de desayunar.

El sonido de la pluma escribiendo se detuvo, y Hermione alcanzó a mirar de reojo que él había vuelto a mirarla, después solo soltó un suspiro.

—Te he dicho que cuando eso ocurra vengas inmediatamente conmigo —reprimió—. No puedes andar a la ligera como si fuera algo que pasará dentro de unos minutos. No tenemos conciencia exacta de cuánto duran esas presiones. Podría ser peligroso.

—Lo sé. Lo siento. Hoy estuve ocupada.

Charles se talló la sien y ella intentó no sentirse culpable. Después observó cómo él tomaba su varita y tiraba un rápido diagnóstico a Hermione, quien miró las muchas luces y letras que se esparcían por la habitación. Esta era la parte que la morena más odiaba, pues estaba obligada (más bien por su curiosidad) a ver qué era lo que su cuerpo radiaba. La primera vez que vino, las cosas se habían puesto difíciles y ella tuvo que quedarse en San Mungo durante tres días solo para que Charles pudiera afirmar que su maldición nunca había sido tratada y que por el momento no había cura. Ella había sentido que el mundo se le caía a los pies en esos momentos. Los diagnósticos informaban qué partes de su cuerpo se deterioraban con más rapidez y, de vez en cuando, también el qué otros síntomas colaterales podrían llegar.

Los ojos de Charles brillaron con erudición mientras alzaba su carpeta y tomaba la pluma para seguir escribiendo sus notas. Hermione se mantuvo en silencio hasta que él terminó y luego los diagnósticos desaparecieron. El muchacho abrió un cajón que estaba a su lado y sacó un pequeño tarro que entregó a Hermione. Esta lo tomó sin gracia al ver la asquerosa apariencia que la poción tenía.

—¿Y ahora este para qué es? —preguntó abriendo el tarro.

—Es una poción que mezcla dos terapias para tener mayor efectividad. Contiene la eficacia de un broncodilatador y anticolinérgico. Eso debería calmar la falta de oxígeno y también la presión del pecho durante algunos días. Deberías tomarlo ya que llegues a tu casa y cuando estés más tranquila; probablemente antes de dormir sea un buen momento... ¿Y podrías usar una poción para dormir sin sueños? Quiero verificar si aún sin las pesadillas, la respiración se te va.

Hermione asintió, anotando todo mentalmente y luego guardando el pequeño tarro en su bolso.

—¿Algo más?

—Sí. ¿Te olvidas de tu Terapia de Paz?

La morena casi se abofeteó por olvidar algo tan importante como eso. Decidió no reprenderse frente a Charles y luego solo se puso de pie, caminando hasta la camilla donde innumerables veces ella había estado recostada. Se tumbó en ella y esperó a que el muchacho hiciera su trabajo.

Charles atrajo las cánulas nasales solo por si acaso y las puso en el mueble de a lado, el cual se hallaba a pocos centímetros de la cabeza de Hermione. Él sacó la nueva mascarilla y enjuagó con un rápido movimiento de varita cualquier pequeño o inexistente indicio de suciedad en el rostro de ella y luego pasó el objeto en su nariz. Lo conectó a la máquina y obligó a Hermione a cerrar los ojos mientras ponía la medida exacta del oxígeno (mezclado con Filtro de Paz para ser más eficaz) y, pronto, ella comenzó a sentir sus pulmones llenarse de aire nuevo.

La sensación la hacía sentir tan aliviada, como si pudiera transportarse a un mundo nuevo donde aquello no existía y ella no tenía ninguna maldición sin cura. Solo existía Hermione, durmiendo tranquilamente y sin esas casi constantes dificultades para respirar. Su momento favorito de la consulta estaba por llegar, y era cuando Charles comenzaba a hablar con ella de cualquier cosa que le hubiera pasado en el día mientras ella se perdía en el relajante sabor del oxígeno.

Se preguntó qué mierda de mundo debía estar viviendo como para considerar favorita alguna parte de su consulta.

Charles normalmente hablaba sobre cosas graciosas con ella, pero ese día pareció querer cambiar el rumbo de la conversación.

—¿Hoy fuiste a Hogwarts, verdad?

Hermione se obligó a no abrir los ojos y luego asintió.

Pudo escucharlo suspirar y casi podía jurar que se había tallado la sien.

—Esto es demasiado grande para ti, Hermione —murmuró, desanimado—. Incluso con todos tus conocimiento en la medimagia, intentar crear una cura por ti misma es algo que requiere de mucho esfuerzo. Un esfuerzo que, si te descuidas, acabaría contigo incluso desde antes de la fecha prevista.

—Gracias por recordarme que me queda poco tiempo de vida —se encontró diciendo con voz ronca a través de la mascarilla.

—No dije eso —se apresuró a decir él—. Solo estoy diciendo que, mientras no encontremos cómo detener la maldición y con ella la enfermedad, debes cuidarte más que nunca o tu salud empeorará.

—Mi salud ya está muy mal. Tú lo has dicho, de haber llegado antes, pudimos haber hecho algo. Ahora no puedo darme el lujo de «tomarme tiempo», Charles. Necesito hallar yo misma la cura.

Otro suspiró por parte de él, uno muy cansado.

—¿Y cuál será la diferencia si vas a Hogwarts? —preguntó.

—Más allá de lo clínico, aún hay magia que muchos medimagos no han podido alcanzar. La biblioteca del castillo es demasiado grande y variada como para que yo pueda encontrar mi propio rumbo... Mi propia cura. Es mi última oportunidad para deshacerme de la maldad que ese idiota arrojó en mí aquella noche.

—¿Pero y si no? ¿Qué pasa si no recibes tus terapias y pociones en el tiempo indicado? Yo debería ir a verte cada determinado tiempo.

—No —Hermione negó rotundamente—. Nadie debe enterarse de que estoy enferma. No quiero preocuparlos. Ya he estudiado suficiente como para poder cuidarme sola y me has dicho qué es lo que tengo que hacer.

Charles quedó en silencio unos segundos antes de volver a hablar:

—¿Qué le dijiste a McGonagall?

Hermione suspiró, de repente sintiendo esa extraña sensación de culpa sobre su pecho.

—Le mentí —respondió en voz baja—. Le dije que necesitaba encontrar la cura para alguien más. Una prima que fue accidentalmente herida en la Guerra por Dolohov en un intento de llegar a mis padres.

—¿Y te creyó?

—Hmm. Soy bastante convincente cuando me lo propongo.

—Pues no estoy de acuerdo —Hermione abrió un ojo para observar que él se hallaba cruzado de brazos. Ella bufó y volvió a cerrarlo—. Es demasiado peligroso que vayas tú sola. No debes arriesgarte a...

—¿Qué otra opción tengo? —interrumpió, casi con tono borde—. Dijiste que no había ninguna cura porque es algo nuevo para el mundo mágico. No puedo solo venir tres veces a la semana contigo para calmar mis síntomas si sé que la maldición me estás desgarrando lentamente cada día... —su voz se cortó ligeramente pero se obligó a mantenerla firme—. Sobreviví a la Guerra. Puedo sobrevivir a una estúpida maldición de Dolohov.

Charles volvió a quedarse en silencio durante unos minutos más, revisando la maquina que desprendía el oxígeno a Hermione, antes de regresar a su debate.

—Yo solo creo que deberías contárselo a tus amigos... No creo que les guste enterarse de que se los estabas ocultando. Y tal vez también intentar hallar a tus padres...

—¿Para qué? —interrumpió ella de nuevo, comenzando a molestarle la conversación—. ¿Para que sufran si es que muero? No, ellos están mejor en Australia. Y respecto a mis amigos... —abrió los ojos de par en par y miró a Charles—. No quiero que se preocupen y se sientan culpables... Tú eres el único que lo sabe y quiero que así se mantenga.

Él no pareció estar de acuerdo, por lo que ella se apresuró a tomar su mano y darle un leve apretón. Incluso podría considerar a Charles como su hermano, y estaba segura de ella era lo mismo para él. Por eso siempre se preocupaba por su salud, incluso más allá de su profesión.

—Prométeme que no le contarás a nadie —pidió en voz baja.

Charles tensó la mandíbula y rodó los ojos antes de suspirar, pero le regresó el apretón de manos.

—Está bien —aceptó—. Pero tú tienes que prometerme que encontrarás esa cura. Y si necesitas mi ayuda, cuando sea y para lo que sea, me enviarás una lechuza.

Ella sonrió.

—Lo prometo.

Luego ella solo soltó su mano y volvió a cerrar los ojos, relajándose ante el oxígeno que se impregnaba en sus pulmones y decidiendo que una siesta de viente minutos hasta que terminara la terapia no estaría del todo mal.


NA: Bueno, comenzamos con el primer capítulo de este fic, aquí obviamente hay nada de dramione porque apenas es el inicio y ajá, pero pronto comenzarán sus interacciones (honestamente, ¿esperaban dramione en el primer capítulo?).

Al principio creí que era mejor que nadie supiera que Hermione era la que tenía la enfermedad, así era un problema para Draco y ustedes los lectores también, pero después decidí que Hermione narrará capítulos así que necesitan saber la verdad, F.

Pd: La Terapia de Paz es el término mágico que le puse a la Oxigenoterapia, que es una medida terapéutica que consiste en la administración de oxígeno a concentraciones mayores que las que se encuentran en aire del ambiente, con la intención de tratar o prevenir los síntomas y las manifestaciones de la hipoxia.