Después de haber salido del despacho de la directora, Draco había hecho todo lo posible por no volver a topársela y así no tener la necesidad de darle una respuesta, tal y como ella había pedido antes de que él saliera azotando la puerta. Lo último que Draco quería era ayudar a Hermione Granger en cualquier cosa que ella estuviera trabajando, de seguro no necesitaba otra cabeza más y su tonto orgullo la haría decir «no» si le ofrecían la ayuda de él. ¿Siquiera ella estaba de acuerdo en ese arreglo? McGonagall lo propuso solamente, pero no le dijo a Draco si Granger lo había pedido anteriormente.

Se permitió tener la satisfacción de imaginar a Granger necesitando su ayuda. No porque en realidad le importara, sino más bien en el sentido de que la perfecta Chica Dorada necesitara ayudada de un ex mortífago o, aún mejor, del chico que le hizo la vida imposible durante toda su estadía en Hogwarts. Draco apartó la mirada del fuego y se obligó a quitar la sonrisa burlona que se había forzado en su rostro, recordando que era muy probable que la morena nunca perdiera su dignidad al pedir su ayuda.

Pero, ¿y si ella en realidad sí lo había hecho? Hermione Granger suplicándole ayuda era definitivamente algo por lo que pagaría por ver. De rodillas, si fuera necesario. Detuvo sus pensamientos con una mueca al pensar en lo turbio que eso sonaba (era mejor la interpretación que tenía en su mente).

Draco suspiró y se acomodó más en el sofá que estaba cerca de la chimenea en su sala común; todos los demás parecían haber dejado ese lugar para él solo, como si estuviera hechizado, porque después de que se sentó por primera vez, nadie había querido siquiera tocar el mueble. Algo tremendamente ridículo, pero muy satisfactorio para él. Blaise lo había invitado a pasear por el castillo pero por alguna razón él quiso negarse. Se quedó pensando durante horas, solo observando las crecientes llamas ardientes del fuego mientras su barbilla descansaba en su mano izquierda, después de un rato comenzó a entumirse y pasaba de mano en mano, pero los pensamientos seguían siendo los mismos. Ya había terminado todos sus deberes y no había nada más en lo que entretenerse por lo que, por supuesto, su única salida era pensar en la propuesta que McGonagall le había hecho.

Comenzó a imaginarse las consecuencias si no aceptaba. La directora no parecía tener preferencias porque su trabajo era muy profesional, así que no debía preocuparse por si ella quisiera tomar represalias hacia él, pero debía aceptar que perdería un poco de la credibilidad que la mujer le tenía. Sus calificaciones seguirían en alto rango en todo este año, pero no serían lo suficientemente altas para obtener sus ÉXTASIS a menos que McGonagall le ayudara, y para que ella hiciera eso, Draco debía investigar la cosa que Granger buscaba. El orgullo Malfoy que tanto necesitaba su familia seguiría en el olvido ya que no habría trabajo decente para el Ministerio e incluso podría disminuir por haberse creado una mala reputación con la directora del colegio.

Sí, definitivamente negarse no era del todo una buena opción.

Luego comenzó a imaginarse los beneficios de si aceptaba. McGonagall estaría feliz y podría ayudarlo con los puntos extras para superar sus ÉXTASIS y, como consecuencia, él podría encontrar un buen trabajo en el Ministerio que lo ayudaría a subir el honor de su familia. Todo eso sin mencionar que, si lograba lo que Granger pedía, un gran crédito iría para él y, viniendo de la bruja más brillante de la era, sería suficiente para restaurar a su familia.

Todo parecía bastante inclinado a una opción, pero solo había un problema: Draco no iba a ser el sirviente de nadie.

Se puso de pie rápidamente, ignorando las miradas extrañas que le otorgaron los demás al pasar, y luego salió de la sala común. Caminó durante veinte minutos, maldiciendo al castillo por ser tan enorme, y se detuvo frente a la gárgola que llevaba al despacho de la directora. De repente, se dio cuenta de que la primera vez que vino, no prestó atención a la contraseña que había dicho, por lo que ahora no tenía ni la más mínima idea de qué hacer o decir para poder entrar. Frunció los labios, molesto consigo mismo por no haber recordado eso antes de caminar hasta ahí, y luego se dio la vuelta, decidiendo que volvería otro día. Pero antes de que se alejara no más de dos metros, la gárgola comenzó a moverse hasta que dejó ver las viejas escaleras de piedra. Draco alzó una ceja, escéptico, y luego subió los escalones y esperó a ponerse en marcha.

No sabía exactamente qué era lo que iba a decir, pero esperaba poder expresarse bien. Jugó con las paredes de su oclumancia mientras los escalones seguían llevándolo hasta la puerta del despacho y, una vez que todo estuvo ordenado y su expresión indiferente estaba bien plasmada en sus rasgos, alcanzó la perilla de la puerta y luego la abrió. Poco le preocupó el tocar.

—Señor Malfoy —llamó la directora desde el otro lado del escritorio, sentada y con notas por delante. Una gran pila de libros a su costado—, me preguntaba cuándo se haría aparecer.

Draco no contestó y cerró la puerta detrás de él. Caminó unos pasos hacia delante y luego se detuvo, decidiendo que no quería sentarse y metiendo sus manos a los bolsillos delanteros de sus pantalones.

Al ver que la directora seguía atenta a sus notas, decidió hablar primero e ir al punto:

—¿Existe una mejor opción? —preguntó, sin dar ninguna explicación más y con la certeza de que la mujer entendería a qué se refería.

McGonagall apartó la mirada de sus notas para mirarlo a los ojos, unos rígidos y autoritarios, y luego negó con la cabeza.

—Me temo que no —frunció los labios dándole una rápida mirada que Draco consideró incómoda y luego siguió hablando—. Las calificaciones de su sexto año estuvieron por los suelos y muchas de ellas no son suficientes para completar sus ÉXTASIS. Esto no tendría mucha relevancia si usted decidiera tener un promedio normal, pero debido a lo que la señora Malfoy me contó, tengo entendido que usted desea obtener un trabajo de alto rango en el Ministerio y, aunque existen algunos que solo necesitan sus TIMOS, lo que usted pide necesita más.

Draco tensó la mandíbula y mantuvo su expresión aburrida, obligándose a no apartarse de los duros ojos de la mujer. Le estaba diciendo exactamente lo que él había estado pensando durante toda la semana.

—¿Y si acepto, usted podría ayudar en ello?

—Por supuesto —respondió ella—, mi ayuda le vendría muy bien. Pero no es gratis, tendrá que ganársela.

—¿Y lo que quiere es que ayude a Granger?

La mujer se mantuvo en silencio unos segundos, como si estuviera re analizando su propuesta, pero luego se limitó a asentir con la cabeza.

—La señorita Granger está en investigación abierta para un caso y, aunque ella se cree capaz de lograrlo por su cuenta, me temo que es más grande lo que se imagina. No le vendría mal otro cerebro más, y estoy segura de que el suyo es uno muy brillante, señor Malfoy.

Draco se obligó a no rodar los ojos. Por supuesto, Granger siempre creyéndose lo mejor de lo mejor, y reacia a aceptar que a veces necesitaba ayuda de alguien más. Estúpida.

—Puedo asegurarle que si ambos resuelven el caso, el crédito le vendría de mucha ayuda —siguió diciendo.

—No voy a ser el sirviente de nadie solo por mendigar caridad —siseó Draco con los ojos entrecerrados hacia la bruja.

—Y no estoy pidiendo nada de eso. La señorita Granger solo necesita a un compañero con el qué trabajar para terminar su caso cuanto antes. Usted no será el sirviente de nadie, y su crédito no se verá como caridad.

Draco desvió la mirada de la mujer y la posó en el gran ventanal que tenía la oficina. Respiró hondo y comenzó a analizar todo. Aunque no había mucho qué pensar, la 'ayuda' que McGonagall le ofrecía podría salvar su reputación y su madre estaría feliz, volviendo a ser la de antes, orgullosa de ser de la familia Malfoy y sin vergüenza de reintegrarse a la sociedad. Sus calificaciones subirían y sería completamente capaz de salir adelante. No había nada que le excusara para negarse, todo encajaba bien a excepción de su dignidad, pero esa no era una verdadera razón.

Segundos después, sus cejas comenzaron a juntarse con confusión. ¿Quién en su sano juicio pondría a Draco Malfoy y Hermione Granger en la misma habitación con la esperanza de que no se mataran en el primer minuto? McGonagall debía de saber que ellos no se llevaban para nada bien. Draco no podría soportar su parloteo durante más de una hora y eso la terminaría frustrando, él saldría enojado y todo se acabaría en un santiamén. Tal vez si solo Draco lograba que Granger lo echara del proyecto, las cosas no serían su culpa y no habría manera de que fuera arrastrado a su búsqueda incansable. Tal vez solo necesitaba hacerla explotar y así él no quedaba como el indispuesto. De repente, comenzó a considerar la idea de molestar a Granger como un pasatiempo y una oportunidad para recuperar su honor.

Casi pudo sonreír ante su brillante idea de no ser porque recordó que seguía en el despacho de la directora. Se giró hasta ella y luego asintió con la cabeza.

—Acepto.

McGonagall asintió también y luego hizo un ademán a la pila de libros que se hallaba a su izquierda.

—Muy bien, señor Malfoy. Esta es su primer ayuda para la señorita Granger: necesita todos los libros disponibles sobre curación para su caso, y estos son los que he conseguido. Si está libre esta tarde, podría comenzar desde ahora. Ella se encuentra en una habitación de la biblioteca, pregúntele a Madame Pince y lo llevará hasta ahí —Hizo una pausa para causar autoría y luego siguió—. No puede contarle esto a nadie. Para los demás, usted y la señorita Granger no tienen contacto alguno sobre este caso.

Draco tensó la mandíbula, dispuesto a reclamarle que él no era ningún chismoso y también para decirle que tenía cosas más importantes qué hacer, hasta que recordó que no había nada para él. Solo una pila de libros que estaban sobre aquel escritorio. Rodó los ojos cuando la bruja apartó la mirada y se acercó para levitarlos con su varita. Una vez hecho, se dio la vuelta y salió del despacho, sin importarle una última mirada a la directora.

Llegó a la biblioteca y se estaba dirigiendo hacia Madame Pince, cuando se dio cuenta de que ahora tenía la respuesta a la pregunta que había rondado por su cabeza durante las últimas dos semanas. Esta era la razón por la cual Granger desaparecía todas las tardes; se hundía en su arduo trabajo para investigar el caso. Rata de biblioteca para siempre.

Le preguntó a la mujer mayor sobre el lugar donde Granger se escondía, explicando lo de McGonagall y esta lo miró con la ceja alzada antes de guiarlo hasta uno de los últimos pasillos de las estanterías. Luego de un minuto de caminata, apenas se dio cuenta de que habían atravesado unas barreras desilusionadoras y Draco comenzó a creer que la bruja le estaba tomando el pelo porque no había nadie cerca de donde se encontraban y mucho menos una mesa donde estuviera una morena metida en libros. Pero de repente, Pince atravesó un libro con su mano y tocó algo que sonó como un botón, y después Draco vio un pasillo nuevo que jamás había visto.

Se permitió alzar las cejas con asombro y cerró la boca cuando la bibliotecaria se dirigió hacia él.

—Siga todo el pasillo y encontrará una puerta —dijo—, la señorita Granger está ahí. Ella podrá explicarle cómo salir.

Y luego, sin que Draco pudiera preguntar desde cuándo ese pasillo se hallaba ahí, se alejó a paso seguro, sus tacones haciendo eco en el enorme lugar. Él se giró hacia ambos lados para comprobar que nadie lo veía (así se aseguraba de no darles más razones a los demás para llamarlo loco) y luego se adentró al pasillo. La estantería se cerró detrás de él una vez pasó el último de los libros que estaba levitando aún con su varita.

Alzó una ceja y dio una mirada curiosa al pasillo, recordando que había leído muchas cosas como estas en libros clásicos de ficción cuando era más joven, por lo que sabía que debía estar alerta. Siguió caminando y a menos de tres metros divisó una puerta de roble oscuro.

Se detuvo con la mano sobre el mango de la puerta, respiró hondo, preparándose para una de las peores experiencias de su vida, y luego la abrió.


La investigación no estaba saliendo del todo bien. Al parecer, encontrar la cura para una maldición a medio crear (prácticamente un experimento) y con solo los libros como su esperanza, era bastante difícil. Había estado leyendo la biografía de Mungo Bonham durante la primer semana y también algunos de sus diarios, después comenzó a hacer muchas anotaciones en los pergaminos que ahora se hallaban colgados alrededor de las paredes de la habitación que Minerva le había dado. Ni siquiera sabía que ese pasillo existía, y la mujer le ayudó diciendo que lo había creado solo para que Hermione pudiera tener privacidad.

Ella se estaba volviendo loca y apenas habían pasado dos semanas desde que volvió al colegio. Había traído una pila de libros que había recogido a lo largo de las vacaciones para tener con qué investigar, pero todas las notas que sacaba no parecían llevarla a ningún lugar: Hermione comenzaba a frustrarse.

Los deberes del colegio se habían puesto pesados desde los primeros días, pero Minerva ya le había hecho saber que no era necesario que los entregara en el tiempo indicado (e incluso ella misma lo había advertido), pero tener la sensación de tener pendientes no le gustaba, por lo que se apresuraba a terminar todo lo relacionado con la escuela y después se hundía en su difícil investigación.

Se encontraba releyendo uno de los diarios de Mungo Bonham el jueves de la segunda semana, cuando la puerta de su segura habitación se abrió de golpe, tan rápido que la hizo saltar de su silla. Levantó la vista del libro y no pudo evitar fruncir el ceño al ver a Draco Malfoy parado en el umbral.

¿Pero qué...?

—¿Qué haces tú aquí? —espetó, cerrando el libro que tenía delante con rapidez antes de que él pudiera alcanzar a leer algo.

Sin embargo, Malfoy no respondió y se decidió por darle un recorrido con la mirada a la pequeña habitación. Ella no entendía cuál era la razón, si no había nada interesante que se mereciera apreciar; era solo un cuarto con estanterías, un sofá y un escritorio. Pero él pareció encontrar el espacio un poco llamativo, porque se mantuvo girando sus ojos a su alrededor antes de posarlos de nuevo en los de Hermione.

—¿Entonces es en este cochitril donde has estado pasando tus tardes? —preguntó, ignorando lo que ella había preguntado antes.

—Sal de aquí, Malfoy. ¿Quién te permitió entrar?

—Relájate, Granger —respondió encogiéndose de hombros—. Solo vengo a entregarte esto —Blandeó su varita y una pila de libros apareció levitando detrás de él hasta posarse en su escritorio.

Hermione se apresuró a levantarse de su silla y tomó los libros lo más rápido que pudo antes de que el rubio pudiera alcanzar a leer algún título. Los hizo levitar con su propia varita hasta la sección nueva de las estanterías y los dejó ahí con el recordatorio mental de leerlos más tarde, pero se quedó perpleja cuando notó que Malfoy seguía en la puerta, solo mirando sus movimientos.

—¿Esperas que te agradezca? —preguntó ella, alzando una ceja.

Malfoy se encogió de hombros, indiferente. Ella rodó los ojos.

—Gracias —murmuró molesta, y después volvió a tomar asiento en la silla de su escritorio—, ahora eres libre de volver por donde viniste.

—Oh, no. Creo que me quedaré algunas horas más.

Hermione lo miró atónita, frunció el ceño y soltó un confuso «¿Qué?», lo cual logró que él rodara los ojos antes de volver su mirada a ella.

—¿La Guerra te dejó sorda? —preguntó con sarcasmo, y ella se abstuvo de decirle que en realidad le había dejado algo más grave que eso—. Dije que voy a quedarme unas horas más.

La morena dejó a luz su expresión totalmente confundida y miró por sobre sus hombros, como si tuviera la esperanza de encontrar el rostro de Madame Pince o de Minerva para que estas le dijeran que era una broma de muy mal gusto aliada con Draco Malfoy. Él debía estar bromeando, nunca en su sano juicio se quedaría en la misma habitación que ella por gusto.

Malfoy pareció entender sus pensamientos por medio de sus ojos, porque luego soltó una pequeña risa y negó con la cabeza, mordiéndose el labio.

—No me malinterpretes, Granger —dijo—. No estoy aquí porque así lo quiera.

Hermione se mordió la lengua cuando estuvo a punto de preguntar si él era un legeremante, porque pronto recordó que tener una conversación civilizada con Draco Malfoy nunca podría ser. Así que en vez de centrarse en algún debate, se permitió pensar en las intenciones de sus palabras.

—¿Entonces por qué estás aquí? —exigió saber.

—¿McGonagall no te lo dijo? —preguntó, y al ver la negación que ella hizo con la cabeza, apretó los dientes y bufó—. Maldita vieja, sabía que no habías pedido nada.

—Oye, cuida tu lenguaje —reprimió ella—, es tu directora.

—Sí, sí, no me interesa. En fin, por órdenes de tu directora, ahora soy tu nuevo compañero para la investigación de este caso —Hermione se mantuvo perpleja unos segundos, y él aprovechó esos momentos para conjurar una silla con su varita y luego se sentó—. Quedan dos horas antes de que la tarde termine, así que dime todo lo que necesito saber para comenzar a...

—No —atajó ella, arrebatando el libro que él había intentado tomar antes de que pudiera tocarlo.

Malfoy alzó una ceja.

—¿No qué? —gruñó.

—No serás mi compañero de nada. No pedí ayuda, soy completamente capaz de resolver esto por mi cuenta. Puedes regresar al despacho de Minerva y decirle que no necesitas estar aquí.

—No seas tan ridícula. Nunca está de más un cerebro más. ¿Cómo es ese dicho muggle? ¿Dos cabezas piensan mejor que un pie...?

Hermione ocultó su curiosidad de preguntar por qué él sabía sobre los dichos muggles, y en cambio se permitió rodar los ojos y hacer lo único que sabía perfectamente: corregir.

—Dos cabezas piensan mejor que una.

—Eso —replicó, restándole importancia con una mirada aburrida. Alzó su mano de nuevo para alcanzar otro de los libros que Hermione tenía sobre su escritorio pero ella se apresuró a alejarlo de su tacto con magia sin varita; el libro levitando lejos de sus largos y pálidos dedos.

La morena pudo ver cómo él tensaba la mandíbula, pero se negaba a mirarla a los ojos. Se estiró un poco más para alcanzar el libro que Hermione estaba levitando y esta lo hizo aún más para atrás para impedirlo. Malfoy bufó con molestia y se dejó caer en su silla de nuevo, regresando con esos ojos de odio a ella.

—¿Cuál es tu maldito problema? —gruñó de nuevo.

—Te dije que no necesito tu ayuda —siseó Hermione, dándole una mirada de odio que incluso podría rivalizar con la de él.

—No seas una perra irritable y deja de hacer estas cosas tan difíciles —replicó Malfoy, arrastrando cada palabra con veneno. Se puso de pie tan rápido que ella dio un salto y luego él atrapó el libro que anteriormente estaba sobre el aire. Se alejó hasta la esquina más alejada de la habitación y leyó el título. Luego frunció el ceño y regresó su mirada a Hermione—. ¿Mil y un caminos para la medimagia de Mungo Bonham? ¿Por qué lees esto? ¿Qué tiene qué ver con lo que investigas?

—No te incumbe, devuélveme el libro —ordenó poniéndose de pie, comenzando a sentir su cabeza picar por la molestia de tener a este rubio en una distancia tan corta. Se acercó a él e intentó quitarle el libro, pero hizo una maniobra demasiado decente para que ella no pudiera lograrlo. Hermione resopló.

—McGonagall me prometió algunas cosas si te ayudaba con esto, y me conviene más que el odio que te tengo —dijo con desprecio—. Así que me incumbe tanto como a ti resolver este maldito problema. Te sugiero que dejes de comportarte como una perra para...

—¡Cierra la boca!

—¡No voy a callarme solo porque tú lo dices!

—¡Entonces sal de la maldita habitación!

—¿Habitación? —Malfoy hizo una mueca de desagrado y dio una rápida mirada al espacio antes de volver nuevamente a ella—. Incluso mis elfos domésticos tenían algo mucho mejor que esto.

Hermione frunció los labios con molestia por la simple mención de la comunidad élfica, absteniéndose de reprochar que la familia Malfoy tenía la peor reputación con respecto a esas criaturas y, por supuesto, era fácil imaginar que los elfos vivirán en horribles condiciones. Al contrario, se obligó a no desviarse del tema.

—No necesitas estar aquí, no pedí tu ayuda. Sea lo que sea que Minerva te haya ofrecido por ayudarme, lamento decirte que no podrá lograrse. Ahora, hazme el favor de salir de aquí y no vuelvas jamás.

—¿Desde cuándo crees que te hago favores? —Malfoy siseó con maldad. Ella tensó la mandíbula y él dio unos rápidos toques a la pasta del libro que sostenía—. Voy a ayudarte con esto y no me importa si quieres o no. Así que vas a ir a sentarte en ese maldito asiento como la buena criada que eres y me contarás todo lo que sabes para entender por dónde puedo empezar con mi investigación. ¿Te quedó claro, o debo repetirlo lentamente para que puedas entenderlo, sangre su...?

Malfoy no terminó de hacer su pregunta porque el puño de Hermione ya se había estampado en su nariz. Soltó un chillido de dolor y luego se mordió los labios. Dejó caer el libro y se llevó las manos a su nariz para después inclinar la cabeza e intentar detener la hemorragia.

—¡Sigues siendo una perra! —espetó con fiereza en cada sílaba, mirando de reojo a Hermione.

—¡Y puedo serlo aún más si no sales por esa puerta!

—¡No voy a salir de aquí! ¡Jódete! ¡Que entre muy bien en tu cabeza porque estaré aquí cada maldita tarde a tu lado por lo que resta del año!

Hermione apretó los dientes y refunfuñó con furia, se acercó al escritorio y tomó todos sus libros para llevarlos a la estantería. Los dejó ahí y luego murmuró un encantamiento para que nadie además de ella pudiera tomarlos. Se giró para mirar a Malfoy y rodó los ojos cuando vio su expresión dolorida, intentando detener la sangre que fluía de sus fosas nasales. La morena pasó a su lado, y él se giró cuando la notó.

—¿Adónde carajo vas?

Le respondió con un azote de puerta. Caminó dando zancadas por el estrecho y oscuro pasillo hasta salir por la estantería de la biblioteca. Parecía que de su nariz salía fuego cuando salió del lugar para dirigirse al despacho de la directora. Si no podía llegar a una conversación civilizada con Malfoy, debía ir al inicio del problema y poder arreglarlo.

Estaba tan molesta que ni siquiera se preocupó en tocar la puerta cuando la abrió de golpe. Minerva apenas dio un pequeño salto y, al ver que era Hermione, descansó los hombros y se cruzó de manos, como si hubiera estado estado esa conversación.

—Hermione —saludó con un educado asentimiento de la cabeza—, te recuerdo que por considerarnos de confianza no significa que tengas permitido entrar sin tocar la puerta. No seas igual al señor Malfoy, por favor.

Ella se ruborizó de la vergüenza.

—Lo siento —murmuró incómoda.

La bruja mayor asintió.

—Supongo que vienes a hablar del señor Malfoy, ¿o me equivoco? —preguntó con tranquilidad.

—No, no lo hace. Quiero saber por qué le dijo que yo necesitaba ayuda cuando no lo hago. Usted sabe perfectamente que soy muy capaz de lograr todo esto por mi cuenta, e incluso si necesitara de la ayuda de alguien, Malfoy sería la última persona a quien se lo pediría.

—Creí que, de entre tantas personas, serías tú la que más entendería la situación del señor Malfoy.

Hermione desvió la mirada de los ojos de la mujer unas milésimas de segundos antes de volver nuevamente a ella.

—Lamento decepcionarla —dijo—. Pero no encuentro razón para que él esté cerca de mí.

—Qué curioso —murmuró Minerva—, porque yo sí recuerdo que tienes una larga investigación que depende la vida de una persona. Odiaría saber que mi más grande estudiante se niega a recibir una ayuda que le iría muy bien solo por unos tontos problemas triviales.

La morena se mordió el labio para no soltar un suspiro molesto. No era justo que la mujer estuviera tomando la situación a su favor.

—No son solo «tontos problemas triviales», Minerva —siseó—. Malfoy es la persona que intentó asesinar a Albus Dumbledore, una de las personas más brillantes (sino es que la más) que he tenido en honor de conocer. Su familia fue leal a Voldemort desde siempre y, por supuesto, no voy a dejar de lado todos los años que me insultó sin descansar. El que haya testificado a su favor no quiere decir que las cosas hayan cambiado.

—Oh, claro, Hermione —replicó ella con una leve sacudida a su cabeza—. Pero creí que tú podrías entender el por qué de las acciones del señor Malfoy. ¿No creerás que hizo todas aquellas cosas malas porque lo quería, verdad? Draco Malfoy no tuvo la oportunidad de elegir un bando porque su familia ya lo arrastraba a uno. Y lo de asesinar a Albus... Supongo que recuerdas lo que Harry te contó que pasó en esa noche, ¿o debo refrescar tu memoria al decir que el señor Malfoy estaba bajando su varita?

Hermione se obligó a no rodar los ojos y mantener su semblante serio. Recordaba con exactitud lo que Harry le había contado sobre esa noche, pero nunca se había puesto a analizar la reacción que Malfoy tuvo a todo; de igual manera, al final Dumbledore terminó muerto y él escapó.

—Tengo muy buena memoria. Gracias, Minerva.

—Entonces no veo cuál es el problema en esta situación. Eres una persona que estoy segura podrá abrirse al señor Malfoy, dándole una nueva oportunidad en esta era. Su familia ya pagó por sus delitos al Ministerio y no hay nada que los ate al lado oscuro. Ellos han hecho su parte, ahora nos toca a nosotros volver a integrarlos a la sociedad.

La morena dio unos pasos adelante para estar más cerca de la bruja mayor y así esta pudiera ver la mirada de fuego que le estaba dirigiendo.

—Comprendo —dijo—, ¿pero por qué debe él ayudarme? Me dijo que le prometiste algunas cosas, ¿por qué no me consultaste nada antes?

—¿Habrías cedido siquiera a tocar el tema?

Hermione lo pensó unos segundos, pero al final decidió que su obstinación habría logrado que no. Minerva pareció encontrar la respuesta en su expresión porque siguió hablando:

—El señor Malfoy siempre ha sido un gran estudiante, siempre por debajo de ti en casi todas las materias. Estoy segura de que dos cerebros tan brillantes como los de ustedes podrán trabajar en armonía para encontrar la cura a la maldición de tu pariente. ¿No es eso lo más importante? ¿Qué problema tiene el proceso si al final vas a salvar una vida, Hermione?

—Claro, Minerva, pero olvidas un problema: Malfoy me ha odiado toda su vida y será un homicidio ponernos a ambos en la misma habitación durante más de diez minutos. Él acababa de llegar y no pasaron ni cinco minutos cuando le di un puñetazo en la nariz. ¿Crees que él se detendrá cuando quiera defenderse solo porque 'soy una señorita'?

La bruja alzó una ceja, sorprendida ante las palabras de Hermione, su labio se curvó ligeramente como si quisiera sonreír, pero luego volvió a su semblante serio.

—Me atrevo a decir que el señor Malfoy y tú tendrán la suficiente cordura para aprender a convivir el uno con el otro sin recurrir a los maleficios o los golpes. Solo dale tiempo, Hermione. Él necesita esta ayuda.

—Dame una razón por la cual yo deba ayudarlo en algo.

Minerva se permitió sonreír ligeramente.

—Porque tienes un corazón bondadoso y sé que no esperas nada a cambio.

—Respeto, eso espero.

—Entonces gánatelo.

—¿Debo ganarme su respeto? —espetó ella, incrédula—. ¿No debería ser al revés?

—Aprendan a respetarse, y puedo asegurar que esa investigación terminará mucho antes que de lo que tú tenías planeado.

Hermione se volvió a enderezar en su lugar, dando una larga y honda respiración antes de pensar las palabras de la bruja que tenía delante. Tal vez lo que Draco Malfoy necesitaba era solo una oportunidad para volver a iniciar de cero. No sería para nada fácil, eso lo tenía claro, pero haría el intento. Minerva había tocado un nervio al mencionar las palabras «corazón» y «bondadoso», por lo que ahora sentía que no debía decepcionar a los rígidos ojos castaños que tenía delante. Se abstuvo de tallarse la sien y luego medio rodó los ojos, asintiendo con cabeza y murmurando un «Está bien» antes de regresar hasta la puerta del despacho.

Casi podía sentir la sonrisa de la mujer sobre la nuca de ella, así que antes de abrir la puerta, mantuvo su mano en la perilla y se giró.

—Si vuelve a insultarme, yo misma lo sacaré del lugar y le borraré la memoria para que no pueda chantajearme —advirtió, ni siquiera preguntándose si lo decía de verdad o no. Minerva alzó una ceja, pero al final asintió.

Hermione suspiró y luego salió del despacho. El camino de regreso a su pequeña habitación en la biblioteca fue más largo de lo que esperaba, pues nunca antes había arrastrado tanto los pies con la intención de alargar tanto el camino. Tardó casi media hora en cruzar todo el castillo hasta que decidió que ya no podía perder más tiempo valioso que podría estar invirtiendo en su investigación.

Llegó hasta la estantería que llevaba al pasillo de su habitación, pero antes de traspasar el libro, se permitió meditar unos segundos y prepararse para tener al odioso de Malfoy los próximos días frente a ella. Había estado las primeras dos semanas completamente tranquila, sin la interrupción de nadie, y ahora tenía que llegar la peor de las compañías. ¿Por qué vino él a Hogwarts en primer lugar?

Resopló molesta y luego hizo su rápido ritual para entrar. El pasillo apareció frente a ella y caminó hasta la puerta, abriéndola sin precaución y frunciendo el ceño al ver a Malfoy sentado en el sofá, recargado con la cabeza en el respaldo y mirando al techo.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó ella, cerrando la puerta detrás suyo.

Al parecer Malfoy no la había notado hasta que habló, porque levantó la cabeza e hizo una mueca al verla.

—¿Cómo iba a irme? —replicó en cambio—. Te fuiste sin decirme cómo carajo salir. Estaba comenzando a pensar en dónde dormiría... Este sofá parecía la mejor opción.

Hermione se dio cuenta que ya no sangraba, así que debió haber usado algún encantamiento de limpieza para arreglarlo, pero su nariz seguía chueca y ella frunció el ceño al imaginar que tal vez la había roto. Malfoy pareció notar todos sus pensamientos a través de su mirada, porque bufó y desvió su nariz de la vista de ella.

—No me mires así —espetó con dureza—. Solo dime cómo salir de aquí e iré con Pomfrey.

—Yo puedo arreglarlo —ofreció Hermione, sacando su varita y dando unos pasos para acortar la distancia.

—Ni loco —negó Draco, poniéndose de pie y alzando una mano para que se detuviera—. Tú hiciste esto en primer lugar, no dejaré que vuelvas a poner tus sucias manos sobre mí.

Ella rodó los ojos, comenzando a molestarse de nuevo.

—Primero —dijo ella—: te merecías eso por todo lo que dijiste. Segundo: precisamente esa sería la razón para arreglarlo, porque yo lo provoqué.

—Tercero: ya te dije que no quiero tus sucias manos sobre mí. Pomfrey puede arreglar esto. Dime cómo salir y...

—Poppy se burlará de ti si se entera que el gran Draco Malfoy no sabe el encantamiento para arreglar las narices rotas.

Malfoy tensó la mandíbula, analizando sus palabras. Luego rodó los ojos y dio un paso hacia ella.

—Bien —siseó—. Dejaré que arregles esto para que te sientas mejor contigo misma por haberme golpeado. Pero que quede claro que tienes prohibido volver a tocarme, ¿entiendes?

Hermione luchó por no darle una buena y orgullosa respuesta, incluyendo que ella jamás lo tocaría por gusto, y luego asintió con la cabeza.

Alzó su varita con determinación y apuntó a la nariz rota de Malfoy. Luego dijo:

—¡Episkey!

¡Ahhh! —gruñó Draco, llevándose la mano a su ahora perfecta nariz. Miró a Hermione con horror—. ¡¿Qué hiciste?! ¡Eso dolió! ¡Se supone que no debe doler!

—¿Dolió? —la morena preguntó con un tono de fingida inocencia—. Vaya, lo siento, tal vez hice un movimiento apresurado.

Le regaló una falsa sonrisa que Draco replicó con una mirada de odio y luego se dispuso a explicarle cómo podía salir del pasillo: acercarse a la pintura que estaba a lado de la estantería y luego murmurar la palabra «Lyra».

—Ahora puedes irte —dijo ella poco después—. No voy a investigar más esta tarde. Tu mera presencia me arruinó todo y prefiero descansar ante la idea de tenerte todo el día aquí mañana. Puedes regresar a lo que sea que estabas haciendo antes de volver aquí.

Malfoy le dio una mirada de recelo, claramente aún molesto y luego no se molestó en dar una última mirada antes de salir por la puerta.

Hermione se dejó caer en la silla de su escritorio con un suspiro y se cubrió la cara con las manos.

¿A quién quería engañar? Estar en la misma habitación que Draco Malfoy sería el mismísimo infierno.


NA: Y bueno, aquí tenemos la primera interacción entre los nenes. Me dan risa los diálogos de «no vuelvas a tocarme» bc eso no dirán después. En fin, ¿qué mejor que empezar todo con un golpe al idiota de Draco? :D