Hermione no había visto a Malfoy en todo el fin de semana, y en realidad no le interesaba saber dónde estaba. Minerva no había mencionado si él debía ayudarle también los sábados y domingos, pero ella prefirió que era mejor no preguntar, así que no correría en peligro de que la directora le asignara pasar más tiempo con él. El rubio era tan detestable e irritable para ella que no sabía cómo esperaba sobrevivir los siguientes meses respirando el mismo espacio que él. Ella había tenido una grandiosa idea al crear las reglas, pero eso no garantizaba que su convivencia pudiera hacerse sana, solo era un pequeño recordatorio de lo que no debían hacer. Hermione tampoco especificó qué pasaría si alguno rompía una regla, pero estaba segura de que si ella no cumplía alguna, Malfoy tomaría automáticamente un paso libre para incumplir una también. Ella debía tomarse todo con cuidado si quería que esto funcionara.
Era domingo por la tarde y ella no había salido de esta pequeña habitación a excepción de ir por sus comidas y por las noches cuando iba a dormir, apenas tenia tiempo de ver a Ginny Luna o Neville. Hermione se sentía un poco apagada e incluso culpable por no haberles dirigido la palabra desde que comenzó el curso, pero las clases, los ÉXTASIS, y la investigación le quitaban todo su tiempo; era un milagro que ella mismo no hubiera caído en cansancio ya mismo. Antes de venir a Hogwarts, había hecho junto a Charles unas cuántas reservas, entre ellas la poción vigorizante y el Filtro de Paz, y estas eran sus pequeñas salvaciones cuando sentía tanta frustración que necesitaba darse un respiro. Charles también había exigido que llevara poción para dormir sin sueños, alegando que la necesitaría demasiado, pero ella se había negado diciendo que Poppy tendría de sobra. En realidad lo había rechazado porque quería probarse a sí misma la cura si es que en algún momento la encontraba, y si no veía diferencia alguna debido a la poción, entonces no podría saber si funcionaba.
Hermione suspiró y se echó los rizos de su coleta por detrás de sus hombros para seguir leyendo los libros de Gunhilda de Gorsemoor, una célebre medibruja de los años setenta que descubrió la cura para la Viruela de Dragón. Estaban tan conectadas ambas que ella decidió que leer sus notas de cuando estaba en el colegio y en su carrera, de alguna manera ayudaría para su investigación. Se lo había pedido a Minerva y ella había enviado un memorándum al Ministerio para que le prestaran todo lo que encontraran. Así que así se encontraba ella: perdida en una búsqueda incansable que no parecía tener fin, anotando lo que más creía importante en el largo pergamino que tenía a lado.
Después de unas horas, cuando su estómago comenzó a rugir implorándole que fuera cenar, se obligó a ponerse de pie para ir al Gran Comedor, tomar algo de comer y regresar pronto, pero cuando caminó hasta la puerta y quiso abrir esta, su mirada se detuvo en el pergamino de las reglas que habían establecido Malfoy y ella.
De nuevo esas malditas reglas. Para Hermione eran sólo un recordatorio más de que a partir de mañana Draco Malfoy estaría martillando su cabeza.
Se dio un momento para repasar con la mirada cada una de ellas, hasta que sus ojos miel se posaron en la regla número quince:
"Draco tiene prohibido enamorarse de Hermione."
Le había sido extraño escribir su nombre y no su apellido, como solía hacerlo siempre (aunque tampoco era como que ella tuviera la necesidad), pero decidió que no era importante. Sin embargo, al releer el renglón, su mente vagó al momento donde lo estaba escribiendo.
Draco había dicho su última regla del «no meterse en la vida personal del otro», y Hermione encontró otro sentido a aquellas palabras. ¿Cómo podía pedir eso si a partir de ese día ya estaban condenados a pasar casi todo el tiempo juntos? Era una regla ridícula, era obvio que en algún momento ellos tendrían la necesidad de meterse en las cosas del otro, e incluso si no fuera necesario, se haría por casualidad. Y fue entonces cuando ella se dio cuenta: ambos iban a pasar un año juntos, sin ninguna otra compañía, sólo ellos. Hermione no quería sonar muy egocéntrica, pero estaba segura de que aquello podría traer daños colaterales que a ninguno le gustaría.
De repente, el nombre de Nicholas Sparks cruzó por su mente, recordando el autor favorito de su madre y su libro favorito «A walk to remember». Hermione comenzó a recordar el día que su madre, Jean, llegó toda emocionada diciéndole que había un nuevo libro de Nicholas. Ella apenas iba en cuarto grado cuando se publicó y su madre le pidió que leyera el libro: lloró durante dos semanas luego de terminarlo. Y entonces, de repente, Hermione comenzó a girar su cabeza hacia su alrededor. Espacio pequeño, sin ninguna compañía, juntos durante un año. No sonaba bien. Entonces, ¿qué pasaría si por alguna mala suerte surgía algo más? ¿Y qué pasaría si ella no encontraba la cura? No podía ni debía ser tan egoísta.
El nombre de Jamie Sullivan cruzó por su mente en aquel momento. Miró a Malfoy y recordó a Landon Carter. Ella no podía hacerlo eso. Él nunca había sido amable con ella pero eso no significaba que Hermione no pudiera serlo con él, al menos por piedad. Y entonces supo que tenía que advertirle de alguna manera.
No debía enamorarse de Hermione, porque si ella no encontraba la cura, él se habría enamorado de un cadaver. De alguien que ya estaba destinado a morir.
Ni siquiera para Malfoy era justo.
E incluso cuando la idea pasó por su mente en aquel momento, se quiso morder la lengua para no decir nada, recordando que era ridículo que Draco Malfoy la viera de forma romántica. Estuvo a unos segundos de olvidar esa regla porque era imposible que alguna vez sucediera, pero una voz en su interior le pidió que de todas maneras lo hiciera. Pronto se encontró diciéndolo en voz alta antes de poder detenerse.
Y así fue como le había prohibido a Malfoy enamorarse de ella. Él se había reído, por supuesto, Hermione lo esperaba. Pero ahora mínimo tenía una advertencia. Ella misma no creía que fuera a suceder, pero sólo se estaba encargando de no convertirse en una Jamie Sullivan para un Landon Carter.
Por algo las historias trágicas siempre eran difíciles de leer para ella sin llorar durante dos semanas o más.
Hermione desvió la mirada del pergamino frente a la puerta y luego movió la perilla para abrirla y salir. Ya no tenía que pensar en esa regla, era ridículo creer que Malfoy alguna vez la quisiera de esa manera. E incluso si sucedía, no podría ser mutuo.
Resopló cuando salió de la estantería, rodando los ojos. Tal vez Malfoy tenía razón y ella había desperdiciado una regla ahí.
Decidió olvidar ese tema y se dirigió hacia el Gran Comedor con la intención de tomar su cena y regresar a la biblioteca, pero le resultó imposible cuando se encontró con la mirada emocionada de Ginny, sentada junto a Luna. Ambas pidiéndole que cenara junto a ellas: Hermione no supo decirles que n
Draco no quería ir a donde Granger, y ella parecía sentir lo mismo porque no la vio en todo el fin de semana (él estaba agradecido con ello), y además de que no le había prestado atención en ninguna clase del lunes: era como si él no existiera. Estaba bien, no tenía problema con ello, entre menos contacto mejor. Así tendría espacio para pensar en otra cosa que no fuera que debía pasar el día con ella después de que las clases terminaran.
El profesor Cassius Darse —ahora el nuevo de DCAO— pidió a toda la clase que abrieran el libro de «Enfrentarse a lo inevitable» y pidió a Granger que se pusiera de pie y leyera el tercer capítulo, pero todos los demás, incluido Draco, se impresionaron cuando ella dijo que esta vez no podía. El hombre, de al menos unos cuarenta años, calvo y con gafas, frunció el ceño hacia ella, pero no quiso hacer más preguntas y le pidió a otro alumno.
Una chica que Draco no reconoció tomó su lugar en la lectura y, luego de que el profesor explicara la teoría y técnica, pidió que guardaron los libros y sacaran sus varitas. Diez minutos después, el aula se había llenado de alumnos practicando la magia no verbal. Draco estaba aburrido, pues él ya sabía mucho sobre ese tema, pero le sorprendió notar que parecía ser el único —además de Granger, Longbottom y Thomas— que entendía la teoría y la práctica. Darse no se pasó por su lugar para corregir algo, por lo que él pasó el resto de la clase sin hacer nada del todo interesante, de vez en cuando anotando sus propias notas y permitiendo preguntarse qué pacto se había hecho con el diablo para que Hermione Granger no quisiera participar en una clase.
Él disfrutó de media hora más de clase hasta que la campanilla sonó e indicó el final del día. Draco refunfuñó por lo bajo, realmente no quería pasar su tarde encerrado con Granger, incluso ahora menos que tenía prohibido incitarla a pelear, pero aún así no tenía otra cosa qué hacer. Fue hasta su sala común y se quitó la túnica para buscar ropa más cómoda y menos ridícula. Se dio un baño, se cambió, tomó su mochila y luego se encaminó a la biblioteca. De nuevo sintiendo esos ojos sobre su nuca cuando salió de su habitación.
Hoy estaba más llena de lo normal, pues era lunes y los profesores se habían empeñado en dejar tantos deberes como les fuera posible, así que él tuvo que tener mucho cuidado cuando pasó la estantería. Cruzó el pasillo y caminó hasta la puerta de roble donde sabía Granger ya estaría en su escritorio. La abrió y no se equivocó, ella estaba ahí sentada, pero había algo diferente. La habitación ahora se veía más pequeña, o tal vez era el hecho de que ahora había dos escritorios y eso tomaba más espacio. El centro, donde antes estaba el espacio de Granger, ahora estaba vacío y ella se hallaba en la esquina izquierda, mientras que Draco se hallaba en el lugar contrario: todo perfectamente alejado, como si ambos fueran tóxicos.
Bien. Él no tenía problema en ello.
No se preocupó por saludar a Granger y dejó su mochila encima de su propio escritorio para luego sentarse, dándose cuenta que su nueva silla era más cómoda que la que anteriormente había conjurado. Dio un rápido vistazo a la habitación sólo para notar que ahora la estantería estaba justo en el medio de ambos y él casi frunció el ceño al darse cuenta de cuánto esta bruja lo despreciaba. Tanto que todo estaba calculado para no tener contacto alguno.
Como si Draco fuera el sucio y no ella.
—Bien, Granger —habló para llamar su atención, pues ella ni siquiera lo estaba mirando—. Puedes comenzar a contarme todo.
La morena ni siquiera se molestó en mirarlo.
—Primero termina tus deberes de hoy —dijo, ni una palabra más. Draco estuvo a punto de protestar, casi con ganas de iniciar una pelea, hasta que se dio cuenta de que no había razones para hacerla enojar, pues era algo que debía hacer. Rodó los ojos y sacó todo lo necesario de su mochila para iniciar con sus tareas.
Se tuvo que engañar a sí mismo diciéndose que sólo haría los deberes porque así lo quería y no porque ella lo ordenaba.
Trabajaron en un silencio tenso durante aproximadamente tres horas, Draco en todo momento quiso patear el piso para hacer siquiera un ruido que los sacara de esa incomodidad, pero no encontró razones para hacerlo. Terminó y sonrió cuando se dio cuenta de que ella aún no.
—Terminé —avisó dando una sonrisa orgullosa y dejándose caer en el respaldo de su silla.
Granger por fin levantó su cabeza para mirarlo a los ojos y luego alzó una ceja.
—Ya era hora —dijo, después reordenó sus papeles y sacó un pergamino que estaba en una carpeta—. Podemos comenzar a decirte todo sobre la investigación entonces.
—Espera —Draco frunció el ceño—, ¿tú ya terminaste?
Ella lo miró como si le hubiera preguntado algo obvio. Juntó sus cejas.
—Sí. Cuando llegaste estaba terminando el último ensayo.
Draco quiso gritar cómo carajo podía hacer las cosas tan rápido, pero no lo hizo al darse cuenta que eso podría sonar como un cumplido indirecto. Y no necesitaba que la Chica Dorada tuviera más razones para sentirse dorada. Se limitó a guardar para sí mismo su molestia y puso una mano sobre su barbilla para darle toda su atención.
Granger suspiró, como si el tema le afectara y después comenzó a hablar:
—El veintiséis de noviembre la familia de la hermana de mi madre fue atacada por mortífagos, aún no puedo especificarte quiénes iban en aquella misión —añadió rápidamente, antes de que él preguntara—. Supongo que intentaban buscarme. Al no encontrar a mis padres, tomaron la familia de mi madre como segunda opción y en el camino atacaron a mi prima —hizo una pausa, mordiéndose el labio y sin mirarlo a los ojos—. Usaron un maleficio con ella, era nuevo y tenía mucha magia oscura. No hay contra maleficio y eso la está matando. La han llevado a hospitales muggles y nada da resultado e incluso intentaron ayudarla en San Mungo y después borrarle la memoria pero nada resultó. Nunca nadie había conocido los efectos de esa maldición y ahora ella está muriendo cada vez más rápido... Ella... —suspiró, recobrando fuerzas—. Ella no tenía la culpa de nada de la Guerra y, sin embargo, fue un daño colateral. Es mi deber hallar una cura, es lo mínimo que puedo hacer por haberla metido en todo este lío del mundo mágico.
Draco sabía que no era momento para burlarse o hacer comentarios sarcásticos como solía hacerlo. Se limitó a asentir.
—¿Quién le dio la maldición? —preguntó con la voz más cautelosa que pudo lograr.
Ella vaciló antes de responder.
—Antonin Dolohov.
Draco se aseguró de que su expresión no dijera nada cuando se maldijo internamente. Dolohov había estado hospedándose en la Mansión Malfoy durante la Guerra, y él había escuchado sobre sus nuevos intentos de inventos con maleficios. Se encerraba durante horas en una habitación cerca de las mazmorras y llevaba libros sobre magia oscura junto a algunos objetos malditos y nadie sabía qué hacía allá abajo. Hoy lo descubrió Draco, confirmando que a Dolohov le gustaba crear nuevas maneras de matar y maldecir. Estaba seguro de que nunca había terminado una maldición, era demasiado estúpido para que quedara como lo deseaba, por lo que se sorprendió al escuchar lo que dijo Granger.
—¿Dices que no tiene cura? —preguntó, y ella asintió, todavía negándose a mirarlo a los ojos—. ¿Dolohov?
—Sí, ¿por qué?
—Ese hombre experimentaba —suspiró—. No creo que algo le hubiera salido bien, así que probablemente la cura que estés buscando no exista, Granger.
Ella seguía sin mirarlo, y no parecía que quisiera decir algo más. Así que él tuvo que preguntar:
—¿Cuáles son los efectos de la maldición?
Granger por fin alzó su mirada para encontrarse con sus ojos, pero la volvió a bajar a los pocos segundos. Alzó el pergaminos que antes había sacado de la carpeta a su lado y comenzó a leer la lista.
—Pesadillas constantes —recitó—, respiración entrecortada, dolores muy fuertes de pecho, tos agresiva, calambres en los tobillos, dolor de huesos, grandes migrañas ante pequeños sonidos, fiebre, sangrado ocasional, cansancio, ardor de garganta... Tengo una persona cuidándola allá, y me dicen cada vez que ella tiene algo nuevo. El sangrado se acaba de agregar, de hecho... Ella... La maldición está desgarrando los órganos internos, las costillas, la está matando por dentro y se estima que pronto le hará perder el apetito. Si sigue así y no encuentro una cura... Ha estado tanto tiempo ya así y... —Se detuvo, Draco decidió no interrumpirla. Ella suspiró—. Temo que no viva más de un año.
Volvió a guardar el pergamino en su carpeta y se mantuvo con la cabeza gacha. Draco la observó mientras fingía acomodar algo de su escritorio, sin notar que ya estaba todo en orden, y se mantuvo en silencio. Observándola. Nunca había visto a Granger tan decaída y triste, como si la vida se le fuera junto a aquella prima. No era justo para Draco molestarla si ella estaba viviendo algo como eso, quedaría como el malo. Necesitaba a la Hermione Granger con mirada de fuego dispuesta a pelear y discutir con él, no a esta imitación barata.
De repente, se dio cuenta de su poco tacto.
—¿Ella era importante para ti? —Draco se encontró preguntando antes de poder detenerse.
Ella lo miró, parpadeó.
—Eh, sí —respondió—. Ella... Éramos muy unidas de pequeñas, antes de que llegara a Hogwarts.
—Debió ser difícil explicarle por qué no te vería durante siete años —siguió él. Ni siquiera entendía por qué estaba manteniendo esta conversación.
Granger también se notó sorprendida.
—En realidad, sí —dijo—. Mis padres tuvieron que decirle a mis tíos que me iría a un internado para niños prodigios. Ella lloró porque quería venir conmigo.
Draco pronto se dio cuenta de que el ambiente se estaba tensando demasiado. Desvió la mirada de ella y carraspeó, no le gustaba mantenerse civilizadamente con Hermione Granger. No se atrevió a volver a mirarla cuando preguntó:
—¿Qué avances llevas?
—No muchos —admitió su voz—. Solo notas que creí útiles pero siguen sin servir para nada. Estoy leyendo las biografías y los diarios de Mungo Bonham y Gunhilda de Gorsemoor pero...
—¿Por qué? —Draco la interrumpió abruptamente, tomándola por sorpresa.
—¿Por qué? —repitió y él asintió, mirándola—. Bueno, ellos son dos de los sanadores más grandes del mundo mágico, supuse que sus prácticas y temas vistos me ayudarían a...
—No te servirán de nada —volvió a interrumpir—. ¿Alguno de ellos habla sobre magia oscura?
Ella se quedó sin habla durante unos segundos, las palabras bailando en la punta de su lengua.
—Eh, no, pero...
—La maldición que atacó a tu prima está infestada de magia oscura —atajó Draco nuevamente—. No vas a encontrar nada en diarios y biografías de personas que permanecieron fieles al lado de la luz. Si ellos no curaban maldiciones, ¿qué te hace pensar que encontrarán la cura para algo que se hizo con magia oscura?
La Chica Dorada estaba sin habla de nuevo, y a Draco le gustaba eso. Por fin sentía que le estaba ganando en algo.
—En realidad, Gunhilda fue quien encontró la cura para la Viruela de Dragón, así que...
—¿La Viruela de Dragón fue hecha con magia oscura acaso? —preguntó Draco, adorando cuando ella apretó la mandíbula por interrumpirla de nuevo.
—No —respondió, esta vez molesta—. Pero como digo, sus tácticas pueden ser...
—No puedes encontrar una cura para una maldición oscura en libros de magia blanca.
—Estoy comenzando a odiar cuando me interrumpes —espetó ella.
Lo sé, Granger. Y es maravilloso.
—Sólo estoy diciéndote algo obvio —Draco se encogió de hombros—. Creí que lo habías notado antes, es como si quisieras hablar Sireno y estuvieras tratando de aprender por medio de las cocinas de los elfos domésticos. ¿No eres la bruja más brillante de esta era, Granger?
Draco reprimió su sonrisa cuando notó que ella estaba conteniendo una réplica que claramente los llevaría a una pelea. Eso es, Granger, pensó, muerde el anzuelo de nuevo. La regla decía que Draco no podía comenzar la pelea, pero nunca se mencionó nada de que ella no podía hacerlo.
Granger pareció tomar la decisión inteligente y se mantuvo callada. Cerró los ojos, suspiró y luego los volvió a abrir.
—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó ella, y Draco tuvo que mirar su boca para asegurarse de que en realidad lo había dicho. Hermione Granger pidiendo su opinión. Él quería carcajearse.
—Sugiero que nos deshagamos de toda esta basura de libros —respondió dando una rápida mirada a la estantería que estaba entre ambos—. Y después necesitamos conseguir todos los libros sobre magia oscura que podamos obtener.
—El Ministerio no tiene suficientes —murmuró ella, casi tan bajo que no lo escuchó.
—¿Qué?
Ella alzó la mirada y lo miró con la cejas alzadas, como si se hubiera dado cuenta que había hablado en voz alta.
—Digo que el Ministerio no tiene suficientes —repitió—. Intenté investigar eso antes de llegar aquí, solo por si acaso, pero no hay demasiados. Y Hogwarts también tiene muy pocos, apenas pude conseguir los libros sobre los horrocruxes de la oficina del profesor Dumbledore.
—¿Conseguir? —Draco frunció el ceño—. ¿Dumbledore te dio permiso de tomar sus libros de magia oscura?
Draco la vio ruborizarse.
—Eh, no, en realidad... Bueno... Yo los tomé sin permiso. Los robé unos días antes del funeral.
—¡Pero miren esto, mundo! —él canturreó con diversión, poniendo sus codos en el escritorio—. ¡Hermione Granger rompiendo las reglas! Nunca creí ver esto, para serte sincero.
Soltó una carcajada sin gracia mirando hacia el techo y disfrutando de su pequeña victoria hasta que ella replicó:
—He roto las reglas muchas veces, Malfoy. Pero a diferencia de ti, nunca me atraparon.
Su sonrisa se borró y se giró a mirarla con los ojos entrecerrados.
—¿Qué te hace pensar que alguna vez me descubrieron? ¿Crees que las veces que nos encontraste a Pansy y a mí mientras hacías tus rondas de prefecto fueron las únicas veces que 'rompí' las reglas? —Soltó una pequeña risa—. No tienes idea de lo que hicimos y nadie nunca nos descubrió.
Draco disfrutó del disgusto en la expresión de Granger y se dejó caer en el respaldo de nuevo para verla intentar sacarse la imagen mental que acababa de hacerse. Era tan emocionante contraatacar a esta chica y salir ganador.
—Entonces —siguió él—. ¿Dices que no tienes suficientes suministros? ¿El Ministerio sabe de esto?
—¡No! —ella se apresuró a decir, como si hubiera dicho algo malo—. Quiero decir... No, no lo saben. Y recuerda que no tienes que contárselo a nadie.
—¿Por qué no? Eso es estúpido. Si más gente sabe sobre esto, más ayuda tendrás.
—No, Malfoy. Sé lo que hago, y tú debes hacer lo que diga.
Oh, Granger tocó un nervio.
—¿Hacer lo que tú digas? —preguntó sonriendo burlón.
—Sí —respondió sin dudar—. Ya te dije todo lo que sé, sin omitir nada y eso te debe ser suficiente. Dices que necesitamos investigar sobre magia oscura y está bien, pediré a Minerva que nos consiga todos los libros que pueda, pero sólo porque tú lo hayas dicho, no dejaré de buscar en la medimagia como una opción. Y tú, Malfoy, prometiste que no dirías nada, nadie debe saber sobre esto.
—Es ridículo —espetó él frunciendo el ceño—. Si esto se hace público, la gente se conmoverá y especialistas encontrarán interesante el caso. Hay mucha gente allá fuera que les encantaría obtener el crédito de encontrar la cura. No dejes que tu orgullo por hallar esto tú sola te ciegue y...
—¡No se trata de orgullo!
—¡Ey! —Draco protestó alzando la voz—. ¡Quedamos en que no me interrumpirías!
—Estoy haciendo esta investigación sola por mis propias razones y no necesito que tú me digas qué debo de hacer...
—¡Oh!, ¿ahora yo soy el que le está diciendo qué hacer al otro?
—No quiero meter a mi familia más en este mundo —continuó, ignorándolo—, suficiente han tenido y no quiero ponerlos como unas ratas de laboratorio para que gente haga hechizos o encantamientos sobre mi prima...
—¡¿Eso qué importa si al final vas a salvarle la vida?!
—¡No a base de un experimento!
A Draco comenzaba a dolerle la cabeza por escuchar su voz demasiado alto. ¿En qué momento pasaron a los gritos?
—¿No es acaso lo que hacemos? —Draco siseó—. ¿No vamos nosotros a buscar en libros y libros algo que funcione teóricamente para salvarle la vida?
Granger estaba molesta, demasiado. Él podía ver su cuello sonrojado del coraje y sus pecas resaltaban más en sus mejillas. Y sus ojos, oh Merlín, parecía que un demonio se había apoderado de ella. ¿Desde cuándo tenía tanto fuego en su mirada? ¿Y por qué eso la hacía creer superior?
—¡Los libros podrían darnos una oportunidad en lugar de experimentos en carne y hueso! —gritó, y Draco se preguntó si la habitación estaba silenciada.
—¡Y tú siempre entregando todo a tus condenados libros! —replicó, también gritando y golpeando el escritorio con sus manos. Ella saltó—. ¡Debes comenzar a entender que no todas las respuestas están en un libro! ¡Regresa a la vida real, Granger! ¡Los libros no...!
—¡Resulta que uno de esos libros nos salvó a todos de la Guerra!
—¡NO ME INTERRUMPAS!
Granger soltó un chillido ahogado y lo miró furiosa. Draco también estaba rojo del coraje. No le gustaba que lo interrumpiera, en realidad lo odiaba. Pero no por cosas machistas como «el hombre siempre debe tener la última palabra«, no. Era más bien el hecho de que Granger tenía muchísima más voz que él —y siempre la había tenido— y le dolía aceptar que cada vez que lo interrumpía vendría una respuesta mejor elaborada. Incluso si algunas veces no fuera así.
Al ver que ella seguía callada e indignada, él se decidió a tomar la iniciativa de nuevo:
—¡Este caso pudo haberse resuelto desde meses atrás si lo dejabas en manos de los especialistas y sin embargo, te quedas aquí buscando todo por libros, cuando nada te garantiza que lo lograrás y poniendo una vida en peligro y sólo a su suerte! ¡Si sigues con tus caprichos, tu prima va a morir cuando menos lo esperes!
—¡Basta! —Granger gritó y Draco cayó de golpe cuando escuchó que su voz se cortó. Entrecerró los ojos para mirar su rostro y encontró sus diminutas lentillas húmedas. La había hecho llorar. Qué ridículo.
Ella se puso de pie y caminó directo hasta la salida, pero Draco se puso de pie demasiado rápido para tomarla del codo e impedir que saliera.
—¡Suéltame! —espetó, intentando zafarse.
—¡No hasta que terminemos! ¡No puedes evadir esto! ¡Es importante!
—¡Suéltame! —exigió esta vez, tenía la mirada gacha y él podía asegurar que las lágrimas ya habían caído—. ¡No debes de tocarme!
—¡Tú también ya incumpliste una regla y ahora puedo yo igual!
—¡Agh! —gruñó, sollozando—. ¡Suéltame!
Draco blandeó su codo de nuevo —esta vez asegurándose de no hacerlo tan brusco— para hacer que lo viera a los ojos, pero seguía con la mirada en el suelo.
—Escúchame, Granger —siseó cerca de su rostro—. Estoy aquí por tu culpa porque McGonagall cree que necesitas ayuda. En lugar de pasar este año como cualquier otro alumno normal, tengo que pasar todas mis tardes junto a ti y no es algo que yo tenía planeado. Y ahora me entero que todo este teatro es un capricho tuyo sólo porque no quieres dejar el caso a un especialista. Podría estar en mi sala común junto a mis amigos y, sin embargo, estoy aquí intentando que tomes valentía y me miras a los ojos como la jodida Gryffindor que eres.
—¡Eres un idiota, Malfoy! —le reprochó ella, esta vez teniendo suficiente fuerza para zafarse de su brazo. Intentó salir pero Draco se interpuso entre la puerta y ella—. ¡Yo nunca pedí tu ayuda! ¡Estaba muy bien sin ti! ¡Podía lograr esto sola!
—¡NO! ¡No digas cosas que no son! ¡Tú no podías ni puedes con esto sola! —gritó, haciéndola saltar en su lugar, parpadeando a sus ojos húmedos—. ¡¿Por qué carajo eres tan insoportable y no dejas todo esto a alguien que sabe sobre el tema?!
—¡Porque no quiero que ella pase sus últimos días siendo solo un objeto de investigación! —gritó. Un sollozo ahogó su boca y no se preocupó por detener sus lágrimas. Draco se mantuvo en silencio, sin entender—. Mi abuela... Ella... Ella tenía Alzheimer... Mis padres la llevaron a un centro especializado en Australia con un doctor que decía poder encontrar una cura —Granger estaba comenzando a hiperventilar—. No queríamos que ella nos olvidara y... Fuimos terriblemente egoístas. Ellos nos advirtieron que todo podría ser llevado a cabo de experimentos debido a que nada estaba comprobado aún y nosotros... —Granger no lo estaba mirando—. Nosotros estábamos tan desesperados... Ella murió sin encontrar cura alguna. Y pasó sus últimos días siendo solo una rata de laboratorio... Yo tenía diez años... Mi abuela era mi mejor amiga... —respiró hondo—. Así que esa es la razón por la cual no la llevaré a que jueguen con ella. Tengo una muy mala experiencia con eso y, si no encuentro alguna cura, ella no habrá pasado sus días en un laboratorio.
Draco se mantuvo en silencio, no tenía idea de qué podía decir. La tensión se había apoderado tanto del ambiente que sabía que ya no podía seguir con su acalorada pelea, por más que lo quisiera. Habían llegado a un tema serio y, de repente, él comenzó a sentirse incómodo.
—Granger, no porque eso haya sucedido con tu abuela significa que en todos los casos será igual —se limitó a decir, tratando de no sonar tan borde.
Ella lo miró, parpadeó y luego bajó la mirada.
—Lo sé —dijo—, lo sé. Pero... Yo sólo no quiero volver a repetir la experiencia.
—Está bien.
Granger alzó la mirada y frunció el ceño.
—Está bien —repitió él, odiando la incomodidad que le hacía sentir esa mirada—. Entiendo, nadie debe saber sobre esto. Sólo libros, sólo investigación.
Ella parpadeó de nuevo, claramente no se esperaba una aprobación tan rápida de él, y Draco rodó los ojos. No te acostumbres, Granger.
—¿Ves los beneficios de una pelea? —le preguntó casi divertido, intentando liberar la tensión—. Una discusión nos llevó a estar de acuerdo en algo.
La morena frunció el ceño.
—¿Tú crees que es bueno que discutamos?
—En realidad, me parece bastante divertido —Se encogió de hombros—. Es gracioso ver tu cara roja del coraje y luego haciéndote salir de tus casillas. La perfecta Chica Dorada dejando de ser tan perfecta.
Draco casi pudo ver el labio de ella inclinándose para dar una sonrisa, pero no sucedió.
—Supongo que sí —respondió en cambio.
—Bueno —Draco dijo—, entonces creo que tenemos un «menos uno», ¿verdad?
—¿Menos uno? —preguntó ella frunciendo el ceño de nuevo. Él sonrió, se acercó hacia su escritorio y bañó su pluma en tinta antes de regresar a su lado en la puerta.
—Menos una regla —aclaró, levantó su pluma y poco a poco comenzó a tachar del pergamino la regla número uno: «Prohibido que Draco incite a Hermione a discutir»—. Ya no hará falta ahora que sabemos que las discusiones nos sirven de algo.
—Debates —corrigió ella.
Draco se encogió de hombros.
—Debates agresivos —añadió.
Ella rodó los ojos.
—¿Tienes pensado eliminar una regla cada día?
—No al menos hasta que sepamos que ya no las necesitamos.
Granger le dedicó una pequeña sonrisa y él se dio cuenta que sus lágrimas se habían ido y ahora solo quedaban los pequeños trazos sobre sus mejillas. Y casi como si Draco lo hubiera dicho en voz alta, ella alzó su mano y se enjugó apartándose de él.
La morena regresó a su escritorio y volvió a sentarse, y de lejos él pudo notar que cerraba sus libros sobre curación y sacaba un gordo libro de lomo de cuero. Draco lo reconoció como uno de los pocos libros de magia oscura que se hallaban en la sección prohibida. Hermione Granger por primera vez estaba siguiendo lo que él había pedido.
Y él se permitió una ligera mueca. Esto no significaba nada. Seguían odiándose mutuamente, sólo tratando de dejar eso de lado para terminar esto cuanto antes y así pudieran separarse lo más rápido posible.
Draco se sentó en su escritorio y tomó el libro que Granger le extendió sin decir nada y lo abrió.
Dio una última mirada a la regla que ahora se hallaba tachada sobre el pergamino en la puerta antes de meterse en su propia lectura.
NA: En realidad, Nicholas Sparks publicó su primer libro en 1996, pero fue sólo una guía. «A walk to remember» no se publicó hasta octubre de 1999, pero yo no quise esperar a que sucediera aquí también. Así que vamos a suponer como que se publicó desde antes, gg.
