Hermione había querido abrazarlo cuando se ofreció a eliminar algunas reglas por cuenta propia.

Fue un impulso, por supuesto, pero pronto se encontró luchando contra sí misma para mantenerse quieta en su lugar. Había balbuceado cuando Malfoy preguntó eso, y luego ya estaba mirándolo atentamente mientras él eliminaba sus reglas y decía cuáles y por qué.

Eliminó la regla número dos: para ella estaba bien, en realidad, así ya habría pase libre para interrumpirlo cuantas veces quisiera; después la regla número cinco: no le importó mucho, pues desde un principio había sido ridícula; luego la número siete: esta tuvo un impacto especial en ella, pues eliminarla significaba que él ya no la necesitaba pero también que ahora ya no había nada que le prohibiera decir la palabra. Pero ella confiaba en él, por alguna razón.

Y por último, la número ocho. Hermione en realidad se sorprendió con la eliminación de esa regla, pues no esperaba que él estuviera dispuesto a permitir que ella lo tocara sin reprimenda alguna. Pero luego se había justificado con lo mismo que ella había dicho anteriormente, así que supo que no tenía diferentes intenciones.

Para cuando ella observó las reglas restantes ya en el pergamino pegado a la pared, sintió una extraña punzada.

Prohibido mencionar a la familia de Draco.

Él todavía parecía sensible con respecto a todo lo que tuviera qué ver con su familia, y tampoco parecía bastante seguro de que Hermione mantuviera su boca cerrada con respecto al tema. Así que ella agradeció que la regla se mantuviera, pues era bastante curiosa y saber que era algo prohibido le facilitaba las cosas.

Hermione debe contar todo sobre la investigación y sin omitir nada.

Eso la inquietó un poco. Si Malfoy no la había eliminado, entonces era porque todavía tenía intenciones de descubrir todo; así que ella debería ser más meticulosa al respecto.

Aguantó la respiración cuando llegó a la última regla.

Prohibido que Draco se enamore de Hermione.

Ella se mantuvo mirando fijamente la regla durante varios segundos, sin saber exactamente qué pensar. Al final sólo aplanó sus labios en una sola línea y se dio la vuelta para regresar a su propio escritorio.

La regla no dejaría de ser necesaria.

•••

El siguiente mes y medio pasó entre investigación e investigación, rara vez se salían de sus papeles para tener una conversación extracurricular.

Hubo discusiones, pero ninguna fue demasiado grave como para llegar a los gritos furiosos. Y Draco siempre se abstuvo de mencionar la palabra con S a pesar de que estuviera bastante molesto.

Eliminar las reglas había cambiado las cosas significativamente. Parecía que de alguna manera ahora ambos se toleraban y ya no se morían por alejarse el uno del otro.

Día tras día, Hermione salía de sus clases y llegaba a la habitación antes que Malfoy para tomar sus pociones y que estuviera tranquila para no delatar nada. Los efectos desintegrados quedarían escondidos debajo de muchas pociones y entonces él llegaría una hora después, ya sea por práctica de quidditch o por alguna otra cosa.

Ambos estarían en silencio e investigando a menos que tuvieran algo importante que decir (lo cual, a veces, los llevaba a discusiones), y para las nueve de la noche él ya estaría fuera de la habitación, dejando sola a Hermione.

Entonces ella seguiría en su mundo de libros hasta que su cuerpo le pidiera un descanso y luego iría hasta la Torre de Gryffindor con el Mapa del Merodeador. O algunas veces se quedaría dormida en el sofá del lugar.

Casi siempre la misma rutina. Hermione estaba harta.

—¿Has revisado la poción que te di? —Malfoy había preguntado un jueves de mediados de noviembre.

Hermione alzó su mirada de todos los libros desparramados que tenía en el suelo y lo miró. Él la veía reclinado desde su silla, tenía un informe en sus manos y mordía un bolígrafo.

—Sí —respondió ella, volviendo al revoltijo que tenía en el suelo—. Observé sus componentes durante dos semanas.

—¿Y qué tal?

Ella escribió una nota rápida en su pergamino de a lado y luego suspiró, dejando la pluma de lado y alzando la cabeza para mirarlo a los ojos. Estaba cansada, ya casi era de noche y el sueño la estaba matando; había tenido insomnio las tres noches anteriores y hasta ese momento parecieron llegar las anhelaciones de dormir.

—Llegué a la conclusión de que no podría ser totalmente efectiva —dijo—. De ser así, ya habría sido usada para muchísimas más cosas importantes. Un ejemplo claro sería el que Gunhilda la hubiera usado para encontrar la cura de la Viruela de Dragón.

Malfoy se encogió de hombros.

—¿Cómo sabes que no fue así?

—Porque confío en mi admiración por la bruja —respondió obstinada—. Además, he leído todas sus investigaciones y...

—¿Recuerdas al viejo loco de Lockhart? —interrumpió Malfoy con una ceja alzada. Había dejado su informe sobre el escritorio al igual que su bolígrafo, y ahora la estaba mirando detalladamente.

Hermione se quedó callada durante unos segundos, terca a no achicarse ante su profunda mirada. Ella se relamió los labios antes de hablar.

—Bien —dijo, resoplando—. Entonces explícame por qué Dumbledore, sabiendo que existía una poción que te hacía encontrar cualquier cosa que estuvieras buscando, no se lo hizo saber a Harry cuando estábamos de caza con los horrocruxes.

Él no respondió, parecía que había captado el punto de Hermione. Ella suspiró y volvió su mirada a sus notas, repasándolas todas con rápidos ojos. Cuando alzó su varita para organizar varios de los libros que tenía regados, Malfoy habló.

—¿Cómo sabes que no funcionará contigo si aún no la has usado? —preguntó, su tono de voz tan plano que a ella no le sorprendió—. Estoy seguro de que seguí todos los pasos al hacerla; soy bastante bueno con las pociones.

—No dudo eso —le dijo ella, sin mirarlo y aún perdida entre el desorden que tenía. Estaba rodeada por al menos un círculo de libros que tenían un metro y medio de diámetro; ella era el centro.

—¿Entonces qué es?

Ella se congeló. Miró al suelo durante unos segundos antes de respirar hondo y alzar la cabeza. Tragó saliva para aliviar el nudo que se estaba formando en su garganta y se armó de valor.

—Malfoy, he bebido una ración de esa poción desde el día que terminé de examinarla. Y eso fue hace poco más de una semana y media. Se terminó hace unos días y... —Hermione guardó silencio unos segundos y luego se encogió de hombros, regresando la mirada a los libros de magia oscura que tenía delante—. Bueno, creo que ambos seguimos aquí buscando la cura.

Malfoy volvió a quedarse en silencio al igual que ella. Pasaron dos minutos donde Hermione dio por terminada la conversación y regresó a sus notas, hasta que escuchó que la silla a su izquierda se reclinaba. Alzó la cabeza y miró a Draco dar un largo suspiro antes de sentarse en el suelo y frente a ella.

Hermione alzó una ceja mientras lo miraba.

—¿Draco Malfoy rebajándose al suelo? —preguntó con burla.

—No me provoques —bufó él, aunque no en un tono grosero.

Ella medio rió sólo por cortesía, y luego tomó sus notas, arrojando un encantamiento sobre ellas que le confirmara cuáles eran verídicas y sus fechas también. Podía sentir la mirada de Malfoy sobre sí misma, pero decidió ignorarlo.

—¿Cómo está tu prima? —preguntó él de repente—. ¿Has tenido noticias de ella?

Hermione se congeló mientras miraba los libros. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo mientras pensaba en una respuesta para darle que no pusiera en riesgo todo. Ya había aprendido que Malfoy era una persona difícil de engañar.

Suspiró y alzó la mirada.

—Sí, he tenido noticias... Ella... —Cayó de golpe y desvió la mirada hacia el escritorio que estaba detrás suyo, nerviosa y desesperada por encontrar una mentira hasta que...

Nunca desvíes la mirada.

Hermione regresó hacia los ojos de él, quienes la estaban mirando cautelosamente. Ella tragó saliva.

Piensa bien lo que dirás y actúa con normalidad.

Se enderezó. Suspiró internamente y se relajó como si le estuvieran preguntando qué tal fue su día.

No balbucees. No tartamudees. Puedes mezclar las mentiras con algunas pequeñas verdades.

—He tenido noticias de ella, pero no las suficientes —respondió, encogiéndose de hombros y sin apartar la mirada de sus ojos—. Cada semana tengo una lechuza de la persona que la está cuidando. Ella no ha mejorado mucho, en realidad. Últimamente tiene insomnio y la falta de apetito está apareciendo.

Su voz fue neutra, rápida y plana. Si ella lo habría escuchado de alguien más, sin duda lo habría creído.

Pero con Malfoy siempre las cosas eran diferentes.

Él la miró con ojos entrecerrados, estudiando su expresión. Hermione recordó su voz diciéndole que bajar la mirada empeoraría las cosas, así que se mantuvo quieta, ignorando el punzante dolor de migraña que estaba amenazando con salir.

—¿Estás mintiéndome? —preguntó él lentamente y todavía observándola.

Y nunca, nunca, admitas que fue una mentira.

—Te estoy diciendo exactamente lo que yo sé de ella cada semana, Malfoy —respondió, tranquila e impasible—. Además, recuerda que tengo una regla que me obliga a contar todo. Así que aún no entiendo qué es lo que crees que te estoy ocultando.

—No lo sé, Granger. Podrás ser una mierda para mentir, pero sabes guardar secretos. Eso me tiene intrigado.

Ella sonrió de lado.

—Me alegra saber que soy de tu interés —replicó con sarcasmo.

—Eres tan graciosa —bufó él. Luego dio una última mirada a la morena ante de bajar la cabeza y mirar los libros del suelo. Conjuró con su varita todos aquellos que necesitaba y después se puso de pie, regresando a su silla.

Él no volvió a preguntar más.

Hermione aprendía rápido.

Cuatro días después, Hermione había tenido un ataque de pánico cuando despertó primero que todas las demás y se vio al espejo del baño.

Ella había despertado terriblemente pálida, como si toda la sangre su hubiera drenado de su cuerpo. En silencio tomó su bolso y convocó con su varita el vial de la poción reabastecedora de sangre.

La cosa empeoró cuando pasaron diez minutos y ella seguía viéndose pálida ante su reflejo del espejo. Normalmente la poción hacía efecto a los dos minutos y le hacía regresar el color.

Pero no había funcionado.

Tomó los últimos dos viales restantes que tenía, pero ella siguió sintiéndose débil y el pulso en su muñeca apenas podía notarse. Se dejó caer lentamente por la pared hasta llegar al suelo cuando ya no pudo estar más de pie.

Escuchó que Parvati la llamó unas tres veces, advirtiéndole que las clases estaban por comenzar y, que si no salía, llegaría tarde. Hermione apenas le masculló que se iría pronto.

Cuando la puerta del dormitorio hizo clic, indicando que estaba sola, ella cerró los ojos e intentó respirar hondo para dejar que la poción surtiera efecto. Pero no fue así, Hermione seguía pálida como un fantasma.

El simple hecho de que las pociones dejaran de tener efecto en ella la hizo sentirse aterrada. Comenzó a hiperventilar y, antes de poder regularse, tuvo un ataque de pánico que la dejó inconsciente en el suelo del baño.

Despertó dos horas después, cuando la primera clase del día había terminado.

Su cabeza daba vueltas cuando abrió los ojos para recordar dónde estaba. Se sentó en el suelo con dificultad y, al sentir un extraño chillido en sus oídos, se llevó una mano a su oreja derecha, al instante sintiendo la sangre en sus dedos.

Suspiró y se puso de pie, mirándose al espejo.

Ya no estaba pálida, lo cual era bueno. Pero sus ojos estaban tan rojos que parecía que no había dormido durante un mes. Ella se limpió la sangre y luego se dio una larga ducha caliente que la ayudó a recuperar su pulso.

Antes de ir a sus clases, escribió una carta a Charles para explicarle lo sucedido, suplicándole que esta vez encontrara la manera de ayudarla sin proponer que se quedara otra semana en San Mungo.

Ese día Malfoy había estado insoportable.

Desde el principio, ella imaginó que no sería su día y por eso estuvo bastante callada mientras intentaba crear sus hipótesis de la manera en que la maldición se había adherido a ella el día de la Batalla del Departamento de Ministerios, pero él no parecía querer dejarla en paz.

Malfoy movía su bolígrafo de un lado a otro, y luego lo golpeaba contra la mesa al mismo tiempo que pateaba su pie contra el suelo. Todo en un desconcertante sonido que la sacaba de sus casillas.

Estaba en silencio, pero sus pequeñas cosas sólo la hacían querer explotar su cabeza para ya no escuchar más. El rasguño de su pluma contra el pergamino, el apretado de la punta del bolígrafo una y otra vez, la patada contra el suelo, el rechinado de sus dientes, el cambio de las hojas de un lado a otro...

Cada una de esas cosas era como una acuchillada a la cabeza de Hermione.

—¡Guarda silencio! —había gritado ella antes de poder ordenarle a su boca que se mantuviera cerrada.

Malfoy se detuvo de golpe, alzó la mirada hacia ella y luego le alzó la ceja. La estudió atentamente durante un minuto entero antes de hablar.

—¿En qué exactamente estoy haciendo ruido? —preguntó arrastrando las palabras y aún estudiándola.

—Sólo deja de mover tu pie y jugar con ese bolígrafo—pidió, esta vez tratando de hacerlo con más calma—. Los sonidos me están provocando jaqueca, son bastante estresantes.

Él frunció el ceño y la miró, como si estuviera tratando de adivinar si ella lo estaba diciendo en serio. Pero Hermione sólo le mantuvo una mirada fija que esperaba le pudiera transmitir lo mucho que estaba odiando sus inquietantes ruidos.

—¿Desde cuándo carajo te molesta el ruido de un bolígrafo? —preguntó Malfoy en un bufido.

—Sólo lo hace —dijo y resopló—. Por favor, realmente no estoy de humor para una más de nuestras típicas discusiones.

—Bueno, tal vez yo sí —masculló al tiempo que comenzaba a golpear la mesa con toques ridículos.

Hermione cerró los ojos y dejó caer su cabeza en el escritorio, tratando de calmarse y olvidar el creciente dolor que se estaba acumulando en su cabeza. Ella en realidad intentó no ceder ante Malfoy, intentó pensar que estaba en otro lugar y que no podía escuchar sus molestos ruidos. Intentó no molestarse.

Pero el dolor pudo más con ella.

Había dado un fuerte golpe contra el escritorio aún estando escondida entre sus brazos, y luego todo quedó en silencio.

Sintió un nudo en su garganta y decidió que llorar frente a Malfoy de nuevo, no iba a ser algo que volviera a suceder. Suspiró y alzó la cabeza para mirarlo; él la estaba observando detenidamente, como si tratara de encontrar las respuestas a su pregunta con sólo mirar el rostro de ella.

—No puedo hacer esto hoy —murmuró ella, luego se puso de pie y salió de la habitación, no sin antes decirle que podía irse.

No supo más de Malfoy ese día. Hermione sólo se acurrucó en su cama en sus dormitorios (que afortunadamente estaban vacíos) y se enrolló en sus cobijas. Luego durmió durante horas.

Despertó a mitad de la noche, sudando y con fiebre. No tenía ninguna poción a la mano que lidiara con eso, así que, con toda la vergüenza, tuvo que ir hasta la enfermería y despertar a Poppy para que la ayudara. Luego de eso había regresado a la Torre de Gryffindor y se quedó leyendo en uno de los sillones frente a la chimenea mientras esperaba a que la poción hiciera efecto.

Al día siguiente, se disculpó con Malfoy por su comportamiento y él apenas asintió en respuesta, dándole todavía una mirada cautelosa cuando ella se sentó en su escritorio.

Ellos no hablaron durante toda la semana siguiente. Casi parecía que Hermione estaba sola en la habitación, con la excepción de que cada tarde Malfoy dejaba nuevas notas en su escritorio con la esperanza de que los ayudara.

Nada parecía funcionar. Cada vez que Hermione creía llegar a una conclusión, llegaba algo que hacía desmoronar todas sus hipótesis y luego tenía que controlarse para no echarse a llorar de la decepción.

Hubo un día donde casi se le salió el corazón al llegar a una respuesta. Pero ella había entendido mal un párrafo y, al volver a releerlo para confirmar, se dio cuenta de todo estaba mal.

Esa noche había llorado mucho. Se dio cuenta de lo mucho que anhelaba vivir, y estar tan lejos de una cura le hizo casi tener otro ataque.

Odiaba a Dolohov. ¿Podía odiar tanto a alguien que ya estaba muerto?

Hermione constantemente encontraba a Malfoy mirándola. No de la manera en que un enamorado mira a su amor, pero sí parecía como si estuviera tratando de descubrirla. Ella estaría leyendo, escribiendo o blandiendo su varita, cuando sentiría unos ojos taladrándola. Levantaría la vista y lo encontraría estudiándola durante dos segundos más antes de que bajara la mirada y siguiera con sus propios asuntos.

Él nunca lo mencionó, así que ella tampoco.

Después de el día donde Hermione había estado demasiado aterrada ante los pequeños sonidos, Malfoy ya no había vuelto a hacer algo igual. Le permitió el silencio que ella quería y casi estuvo por agradecerle. Luego se lo pensó mejor.

El primer sábado de diciembre, Hermione había despertado de muy buen humor. Tal vez se debió al hecho de que era el primer día en casi un año que despertaba sin ningún dolor, así que aprovechó su buen estado para estudiar hasta tarde.

Eran las once y media de la noche cuando la puerta de la habitación se abrió y Draco Malfoy entró por ella.

Él apenas le dio una mirada, sin sorprenderse, antes de darse la vuelta y blandear su varita para atraer lo que sea que estuviera sosteniendo con su magia.

Hermione frunció el ceño mientras esperaba y luego una pila de libros atravesó la puerta. Ella se puso de pie, al tiempo que llegaba otra pila, y otra, y otra, y otra. Diez pilas de libros se detuvieron sobre el escritorio de la morena mientras a esta le brillaban los ojos cuando los recorría.

Escuchó la puerta del lugar cerrarse y no hizo falta mirar para saber que Malfoy todavía no se había ido. Pero ella estaba demasiado perdida en los títulos que llevaban los costados de los libros como para prestarle atención.

—Son algunos de los libros de magia oscura de la biblioteca Malfoy que pensé que podrían ayudar —dijo él luego de un minuto de apreciación por parte de Hermione. Ella se giró a mirarlo y él no le apartó la mirada—. No son todos ellos, aún faltan demasiados, pero creo que por ahora esos podrían ser suficientes. Una vez terminados, puedo pedir que me traigan otra tanda.

Su voz sonaba tan casual, que Hermione de repente tuvo el impulso de querer abrazarlo. Respiró hondo y se tragó su reacción mientras volvía a rodear su escritorio para seguir admirando los libros.

Ella sabía que la biblioteca Malfoy era muy variada y tan enorme que tardaría incluso años en leer cada uno de sus libros. Hermione había creído que, si existía una cura, probablemente estaría entre ese mundo de estanterías. Más supo que para ella sería un lugar estrictamente prohibido.

Tampoco era como que quisiera pasar sus últimos días en la compañía de personas que no la querían ahí o en la mansión donde la habían torturado. Creyó que Hogwarts era la mejor opción.

Pero teniendo delante aquellas pilas de libros... Se sintió tan cerca de algo.

Había alzado la mano para tocar el lomo de uno, pero luego se detuvo cuando apenas iba a lograrlo. Cerró sus dedos en un puño y luego bajó su mano a su costado. Se relamió los labios y luego se giró hacia Malfoy.

—La biblioteca de la Mansión Malfoy... —dijo en voz baja—. He leído que sus libros tienen hechizos contra los nacidos de muggles. Yo... No puedo tocarlos.

—Hazlo —ordenó él, mirándola a los ojos con firmeza. Llevaba ambas manos en los bolsillos de sus jeans y apenas se había alejado de la puerta.

Ella asintió, recuperando valor, y luego alzó su mano para tomar uno de los libros, esperando algún tipo de ardor o algo parecido. Pero no pasó nada. Fue sólo una tapadera de costoso y elegante cuero.

Hermione casi rió de felicidad cuando tomó uno por completo entre sus manos y luego lo ojeó, comenzando a beber cada palabra que su mirada alcanzaba a captar. Se sintió como estar viva de nuevo. Los libros que le había dado Minerva se estaban acabando cada vez más rápido.

—No te traería libros que no pudieras tocar —murmuró Malfoy, sacándola de su ensoñación cuando se giró a mirarlo. Él parecía un poco incómodo ante su ayuda, pero de alguna manera también tranquilo—. Pedí a mi madre que le dijera a los elfos que le quitaran el encantamiento a cada uno de los libros. Aún no terminan con la mayoría, pero pedí que iniciaran con todos aquellos de la magia oscura para comenzar cuanto antes con ellos. Debieron haber llegado desde hace dos semanas, pero tuvieron algunos problemas.

Hermione lo observó con detenimiento, analizando su ilegible expresión e intentando saber qué era lo que se escondía detrás de ese duro caparazón que rodeaba a Draco Malfoy. ¿Escondería algún tesoro?

¿Desde cuándo había cambiado tanto?

—Gracias, Draco —dijo ella sin dejar sus ojos.

Los de él brillaron un poco ante sus palabras antes de parpadear y regresar a su vacía expresión. Asintió con determinación, restándole importancia con un encogimiento de hombros.

—Hablo en serio —insistió Hermione, dejando el libro con cuidado en su lugar y no vaciló cuando se acercó a Draco hasta quedar a un metro de distancia. De repente podía verlo diferente—. No puedo pensar en otra cosa además de agradecerte. Esto de alguna manera me ha regresado esperanzas.

Él la miró fijamente durante varios segundos antes de volver a asentir.

—Cualquier cosa para salir más rápido de aquí —respondió con una pequeña sonrisa burlona.

Ella también le sonrió y luego volvió a donde los libros. Agitó su varita para hacer espacio en la estantería y luego acomodó todo en una organización perfecta que separaba los libros Malfoy de los de Minerva.

—¿Por qué no me sorprende que estés aquí en un sábado? —preguntó Draco de repente.

Hermione se giró a mirarlo durante un segundo antes de encogerse de hombros y caminar hasta su asiento, llevándose uno de los nuevos libros para leerlo con emoción.

—Porque soy una lectora compulsiva y determinada —respondió—. Los sábados son muy buenos para investigar.

Ella abrió el libro, ya sentada en su lugar, y luego leyó con rapidez el índice. Sus ojos eran fuentes desesperadas por beber cada palabra y archivarla en su memoria. Leer realmente era su actividad favorita.

Hubo un largo silencio antes de que Draco volviera a hablar, dejándola momentáneamente paralizada.

—¿Quieres que me quede aquí?

Hermione lo miró, parpadeando confundida para descubrir si había sido producto de su imaginación o si en realidad había dicho eso. Él no se delató en nada, así que ella alzó ambas cejas.

—No, no necesitas hacerlo —respondió, aún un poco atónita—. Pasas todas tus tardes aquí, no estás obligado a pasar los fines de semana también. Está bien.

Él parpadeó. Luego asintió.

—Sí, tienes razón —Fue todo lo que dijo antes de darse la vuelta y salir por la puerta.

Ella estaba confundida. ¿Esperaba que le diera otra respuesta?

Draco no mencionó nada al lunes siguiente, sólo llegó en silencio y se sentó en su escritorio, conjurando con toda confianza uno de sus libros para leer.

Esa semana, fue ella quien se encontró mirándolo a él. Pero tal vez no exactamente de la manera en que él la había mirado, sino de la forma en que quisiera quedarse con el tiempo congelado sólo para descubrirlo. Hermione aún no había podido resolver su enigma, pero en realidad anhelaba hacerlo.

Para el viernes de la segunda semana de diciembre, Hermione había estado deseando apuntarse en la lista para los que se quedarían en el castillo, pero tenía prohibido hacerlo. Ginny había enviado una carta a Harry y Ron sobre lo preocupada que estaba de no ver a Hermione además de las clases que le contaba Neville, así que sus amigos le habían enviado respuestas a la morena diciéndole que tenía que ir a pasar las vacaciones en la Madriguera si no quería que ellos mismos fueran hasta el castillo por ella.

Hermione miró con nostalgia la lista que tenía delante, no porque en realidad estuviera deseando pasar sus navidades sola, pero irse significaba dos semanas perdidas y un espíritu Weasley alegre que ella no podía compartir. Debía estar preparada para las preguntas sobre por qué aún no había ido a buscar a sus padres a Australia, o qué tal iba en la escuela. Todo trivial.

Ella cuánto desearía tener una charla trivial como sus amigos. Lo anhelaba con fervor, pero no podía darse ese lujo por más que lo intentara.

Leyó cada uno de los nombres de la lista, dándose cuenta que ninguno de sus amigos se quedaría a pasar las navidades en el castillo. Aunque se encontró confundida consigo misma cuando notó que no eran ellos a quienes realmente buscaba.

Por alguna razón se encontró buscando el nombre de Draco Malfoy.

No estaba, por supuesto. Él sería la última persona en querer pasar las navidades en el castillo donde todo mundo lo odiaba y despreciaba.

Hermione había regresado hasta el Gran Comedor para desayunar junto a Neville, Ginny, Luna, Dean y Seamus (pedido obligatorio de Harry y Ron), pero cuando estaba por pasar las enormes puertas de roble, escuchó un coro de voces conocidas hablando entre sí en voz muy baja.

Maldijo a su propia curiosidad cuando se escondió detrás de un pilar para poder escuchar.

—No va a pasar las navidades aquí —dijo una voz, ella no pudo reconocerla—. Así que debemos actuar antes de que se vaya.

—Lo haremos —respondió otra voz. Dawlish, estaba segura—. Ese idiota provocó que nos quitaran nuestras varitas durante una semana. ¿Qué es lo que proponen?

—La semana siguiente estará muy ajetreada —Esta vez fue la voz de Anthony Goldstein—. Ya sabes, con los viajes de aquí para allá que tendrá el expreso y esas cosas. Si vamos a hacer algo, tendrá que ser esta semana. Hoy incluso.

—Hoy es el mejor día —dijo Dawlish, estando de acuerdo—. Es viernes. No queremos que pase un fin de semana tranquilo, ¿cierto? No lo merece.

—Cuando salga de desayunar —dijo otra voz—. Lo primero que hace después de eso es regresar a su sala común. Podemos atraparlo ahí.

—Tenemos que deshacernos de sus amigos.

—Yo me encargo de eso.

No hizo falta que Hermione escuchara más para que supiera que era Draco de quien estaban hablando. Planeaban acorralarlo de nuevo. Ella no había visto otra situación así desde aquella vez que los encontró golpeándolo y arrojando sus pertenencias al suelo, pero tampoco sabía que las cosas aún siguieran.

Por un momento, su impulso de Gryffindor la hizo querer salir del pilar para enfrentarlos y amenazarlos con que jamás tocaran a absolutamente nadie del colegio, pero luego se encontró razonando en que alguien de su fuerza y tamaño, no intimidaría mucho a cuerpos corpulentos como los de ellos.

Así que hizo lo mejor que podía hacer: arruinar sus planes inocentemente.

Ella estaba harta de que creyeran que hacían lo correcto.

Caminó hasta el Gran Comedor y se sentó en la mesa de Gryffindor junto a sus amigos. Les dio un saludo amistoso a cada uno de ellos y luego fingió comer mientras su mirada se iba a parar en el cabello rubio que estaba hasta el otro lado del salón, comiendo en silencio y con desgana. Blaise Zabini estaba a su lado, pero él sólo estaba hablando con Theodore Nott; ambos parecían querer incluir a Draco pero él los ignoraba. Pansy Parkinson también estaba ahí, a lado de Theo, pero parecía estar muy atenta con sus uñas como para notar de lo que ellos hablaban.

Hermione no tenía apetito, pero las miradas extrañas que le dirigió Ginny le hicieron saber que, si no comía, sus niñeros Harry y Ron estarían enterados en menos de dos días. Se obligó a tragar la comida, incluso cuando llegó el momento que creyó que estaría por vomitar.

Constantemente viajaba su mirada hacia la mesa de Slytherin y, en una de esas, captó cuando un niño de primer año se acercó al cuarteto para decir algo y luego alejarse. Todos se miraron entre sí y luego se levantaron, excepto Draco, quien miró con ojos entrecerrados cómo sus amigos salían del Gran Comedor. El rubio los siguió con la mirada hasta que ya no los vio más y luego regresó a su plato aún casi lleno.

Hermione supo que esa era la señal. Miró por las puertas del salón y apenas alcanzó a captar el repugnante cabello negro de Dawlish. Él y su tonto grupo estaban esperando afuera por Draco.

Le hirvió la sangre.

Ella se puso de pie, despidiéndose de sus amigos con una sonrisa. Luego caminó con determinación hasta la mesa de Slytherin. Nunca olvidaría todas las miradas sorprendidas que sentía sobre ella mientras se acercaba más.

Draco pareció sentirla porque levantó la mirada para verla incluso cuando todavía no llegaba a él. Malfoy observó con atención cómo todas las meses se sorprendían y aterraban de ver a Hermione Granger caminar hacia la mesa de Slytherin, o por aún, hacia Draco Malfoy.

Ella suspiró cuando se paró frente a él. Reunió todo su valor para hablar sin temblar.

—¿Podrías acompañarme a la lechucería? —preguntó con voz casual. El tono fue un poco alto como para que más personas escucharan, pero eso no le importó en absoluto.

Podía sentir varios pares de ojos clavados en su nuca, y podía jurar que algunos eran de sus amigos. Ella los ignoró.

Draco parpadeó hacia ella, atónito.

—Granger, no creo que sea buena idea que...

—Por favor —insistió ella—. Acompáñame. No volveré a molestarte después.

Él dio una rápida y casi temerosa mirada hacia su alrededor, tratando de darle a atender su punto.

—La gente nos está mirando. En realidad no creo...

—Por favor, Draco.

Malfoy aplanó sus labios mientras la miraba atentamente. Luego suspiró antes de asentir y ponerse de pie, rodeó la mesa hasta llegar a ella e hizo un leve movimiento de cabeza para indicarle que caminara junto a él.

Hermione casi se derrumbó de alivio internamente.

Se acercó a su cuerpo y ambos caminaron en silencio hasta salir del salón. La mirada de ella viajó hasta la esquina donde había esperado que estuviera Dawlish y su grupo, y los encontró mirándola detenidamente, como si estuvieran despotricando contra ella por medio de hilos de pensamientos.

La morena sintió a Draco mirar a los chicos también, y apenas lo sintió tensarse unos segundos antes de seguir caminando.

Él notó sus intenciones demasiado rápido.

Cruzaron tres pasillos más, y luego se detuvo y la miró.

—Estoy bien ahora —dijo él, arrastrando las palabras—. Ya los pasamos de largo. Puedo regresar a mi sala común solo. No necesitas protegerme.

Hermione lo miró en silencio; sus ojos estaban tan cansados, y de repente sintió simpatía por él. Draco Malfoy, un ex mortífago, había regresado a un castillo lleno de miembros de la Orden del Fénix y héroes de guerra. Probablemente él la pasaba tan mal como ella. En verdad nunca pensó tener simpatía por alguien como él.

—No esperes que te agradezca por haberme salvado de unos matones —le dijo él como última palabra, entrecerrándole los ojos para estudiarla.

—No espero que hagas nada —dijo ella, aún mirándolo fijamente—. Yo sólo te pedí que me acompañaras a la lechucería.

Él la observó. Luego suspiró.

—Vamos —dijo antes de reanudar su caminata. Ella lo siguió de cerca y a su lado, ambos en silencio mientras caminaban por los pasillos hasta llegar a los campos.

Hermione nunca se imaginó que estaría en un silencio no incómodo con él ni siquiera treinta segundos. Pero de alguna manera, Draco se había convertido en lo único normal que ella estaba dispuesta a tolerar.

Llegaron hasta la lechucería y él entró con ella, quedándose en la entrada mientras Hermione caminaba hasta la mesilla y tomaba una pluma para escribir sus últimas notas al paradero de la carta que había sacado de su bolso.

—Llévale esto a Charles —susurró a la misma lechuza que siempre hacía sus viajes—. No te vayas hasta obtener una respuesta.

Depositó diez knuts en el bolsillo de la lechuza, aún sabiendo que Charles le daría más dinero, y luego despidió a la ave, mirándola echarse en vuelo por los aires.

—¿Quién es Charles? —preguntó la voz de Draco detrás de su hombro. Ella se sobresaltó y se giró para encararlo, pero lo encontró demasiado cerca. Intentó dar un paso hacia atrás, pero ya había llegado al límite.

Él ni siquiera pareció inmutarse ante su cercanía.

—Él es... —balbuceó, pero luego recordó la voz del muchacho que tenía delante, noches atrás. Se aclaró la garganta y lo miró a los ojos—. Es un amigo. Es él quien se queda con mi prima todos los días y me avisa lo que pasa con ella. Ayer me envió una carta para informarme que tuvo un ataque de pánico, sólo estaba dándole la respuesta.

Draco la miró durante un segundo más antes de sonreír de lado y desviar la mirada hacia el cielo.

—Pregunté quién era, no que me explicaras lo que hacías —dijo con burla. Se encogió de hombros con diversión y luego se alejó de ella, dándose la vuelta para salir de la lechucería.

Hermione no se había dado cuenta que estaba aguantando la respiración hasta que él se alejó y respiró hondo.

No sabía desde cuándo aguantaba la respiración al estar tan cerca de él.

Suspiró para despejarse y después lo siguió.