Mirar a Granger se convirtió en un pasatiempo.

Al menos cuando tenían clases juntos, o cuando inevitablemente alzaba la cabeza y la miraba a través de sus pestañas desde el otro lado del Gran Comedor.

Inició como simple curiosidad; Granger siempre comenzaba a comer en último momento que cualquier otro de la mesa, y cuando lo hacía, era muy desganada y al terminar, apenas comía un bocado.

Draco encontró eso muy sospechoso, y los primeros días sólo observó sus movimientos con mucha cautela, desde lo que prefería comer hasta lo que ni siquiera podía ver porque se ponía casi verde. Incluso descubrió su obsesión con el café cargado de leche, lo tomaba todas las mañanas sin excepción y con dos grandes cucharadas de azúcar.

Eso fue sólo al principio, pero luego dejó de seguir sus movimientos y sus hábitos para mirarla a ella.

El cómo sus rizos luchaban por asomarse pero ella los retenía con ese tonto moño que siempre llevaba puesto. El cómo sus pestañas se movían con pereza por las mañanas, apenas leyendo el libro que tenía delante. Él cómo sus pecas se esparcían por sus mejillas y caían en cascada sobre su nariz. El cómo sus ojos, a pesar de parecer cansados, seguían devorando cada letra de las páginas que tenía delante, como si estuviera necesitada de saber cada vez más.

Sinceramente, ¿qué fue lo que estuvo haciendo en sus años de colegio para nunca notar lo relajante que era mirarla?

Cada comida, Draco acostumbraba a tener a Blaise a lado suyo mientras Theo y Pansy conversaban enfrente, el cuarteto comiendo e ignorando las miradas excluyentes y odiosas que todos tenían sobre ellos. Él nunca hablaba, no desde que comenzó su extraño hábito de mirar a Granger.

Afortunadamente, ella nunca se dio cuenta, parecía estar demasiado sumida en sus libros o en sus pensamientos para notarlo. Aunque Draco no la culpaba, tampoco era como que esperara que ella notara su presencia.

Así que, mientras sus amigos hablaban sobre las cosas más triviales y superficiales del mundo para olvidar toda la mierda que estaban viviendo, Draco sólo se concentraba en la única persona que le hacía olvidar que todo estaba acabado.

Porque de alguna manera, ella era su sedante. Y si antes la había creído todo lo repudiante del mundo, ahora era lo único correcto. Lo único que merecía su atención.

Y eso era tan mierda que lo estaba jodiendo, y él sabía que estaba yendo por malos pasos y que tarde o temprano terminaría enterrándose a sí mismo.

Pero tampoco sabía cómo dar vuelta atrás.

Mirar lo hermosa que era no fue exactamente todo su análisis durante esas semanas. También había notado pequeñas cosas que lo hacían entrecerrar los ojos y mirarla con sospecha.

Como esos días donde llegaba terriblemente pálida y las ojeras debajo de sus ojos se marcaban hasta el grado de parecer un cadáver andante. O cuando se quedaba mirando su plato de comida sin hacer absolutamente nada hasta que llegaba la chica Weasley y le tocaba el hombro para sacarla de su trance.

O aún peor, esos días donde llegaba y comía todo su desayuno, pero no hablaba con nadie incluso si la persona a su lado era quien la estaba llamando. Como si se hubiera determinado a algo, y de repente todo a su alrededor desapareciera; y justo después de terminar su plato entero, cerraba los ojos con fuerza y luego tomaba sus cosas para ser la primera en salir del Gran Comedor.

Draco mentiría si dijera que no pensó en seguirla cada vez que la miró salir de esa manera.

Pero todas esas veces usó hasta la mínima gota de su fuerza de voluntad para mantenerse con el trasero pegado a la banca, inquieto por saber qué había sucedido.

Aún así, nunca encontró las respuestas a sus extrañas acciones, sólo se limitó a mirarla desde lejos y cumpliendo con su parte de la investigación cada día, algunas veces desviándose para ir a sus prácticas de Quidditch.

También se inscribió para obtener su licencia de Aparición, porque técnicamente el año pasado no hizo nada legal. No necesitó clases porque ya sabía hacerlo, sólo hizo la prueba y aprobó a la primera.

Ya no había vuelto a ser atacado por Dawlish y sus idiotas. McGonagall había cumplido su promesa y, después de tantos meses, por fin encontró el tiempo para hablar con ellos y llegar a una especie de arreglo. O amenaza, como a Draco le gustaba decirle.

Granger ya no era su patrullaje, pero ahora tenía cientos de retratos del colegio vigilándolo cada vez que pasaba por un pasillo que estaba solo para evitar que lo emboscaran.

De alguna manera, esos lo hizo sentirse asfixiado.

Más no sabía si era porque tenía tantos ojos encima de él, o porque ese patrullaje no era con ella.

Las semanas pasaron, y todo comenzó a ser un ciclo tortuoso que poco a poco se estaba llevando la cordura de Draco, porque ahora todo parecía un vacío sinfín. No había ni siquiera un propósito.

Era sólo existir.

Y que Salazar se jodiera, pero pensar que pronto llegarían los miércoles para así compartir hipótesis con Granger, era lo único que lo mantenía lo suficientemente estable.

Nunca hablaban de nada que estuviera fuera del tema, pero el sólo escuchar su voz y saber que no era producto de su imaginación cuando la miraba desde el otro lado del Gran Comedor, era suficiente.

Apenas era media hora, pero él se sentía relajado cuando pasaba.

Lamentablemente cuando ese tiempo terminaba y él salía del lugar para de nuevo esperar una semana, todo se derrumbaba y entonces el ciclo volvía a comenzar.

Draco pensaba en ella por las noches, y eso algunas veces lo atormentaba tanto que tenía que cubrirse la cara con una almohada y apretarla hasta que él mismo estuviera pidiendo oxígeno.

Cuando eso pasaba, recordaba a su madre, y entonces arrojaba la almohada y gruñía en su cama.

Una noche gruñó tan fuerte que Blaise le arrojó un zapato para que se callara, y desde ahí Draco comenzó a poner hechizos amortiguadores para que nadie escuchara sus delirios.

Él sólo compartía habitación con Blaise y Theo, quienes eran fácilmente los únicos de todo octavo grado. Habían al menos otros siete alumnos, pero ninguno quería compartir habitación con ex mortífagos, así que dormían separados.

Pansy era la única chica entre su grado que fue mortífaga, y por tanto era de las que más recibía odio. Así que desde la primer semana ella vino con todas sus cosas y se acostó en una de las camas vacías sin decir absolutamente nada, enterrándose en las sábanas.

El trío de amigos la habían mirado con atención antes de decidir olvidar el tema, y desde esa noche ninguno dejó que durmiera en otra habitación.

Sobre todo Theo. Quien parecía... Tal vez un poco más comprensivo con ella.

Una vez a finales de enero Draco los encontró durmiendo en la misma cama, Theo abrazándola por la cintura mientras dormían profundamente.

En realidad, él no tenía ni la más mínima idea de qué era lo que pasaba entre sus amigos. Apenas tenía oportunidad con sus entregas de tiempo completo con la investigación de Granger.

Y de nuevo con ella...

Una noche de una tormentosa lluvia, sucedió lo impensable.

Draco no podía dormir. Ya había tapado sus orejas con ambas manos al menos cinco veces durante una hora, y aún así no lograba conciliar el sueño y todo comenzaba a darle jaqueca.

Sentía una envidia no sana porque sus amigos parecían estar en el quinto sueño, e incluso Blaise roncaba con tanta tranquilidad que tuvo ganas de arrojarle un zapato como venganza para que despertara y tampoco pudiera dormir.

Sin embargo, lo único que hizo fue tomar su varita y hacer un movimiento para que cayeran las cortinas del dósel a su alrededor, como si creyera que eso amortiguaría la lluvia.

No funcionó, así que recurrió a la vieja confiable y puso un hechizo desde dentro. Eso logró que la lluvia se escuchara muy lejana, y entonces Draco pudo suspirar y dejarse caer en la cabecera de su cama.

Cerró los ojos con la intención de volver a dormir, pero lo que vio detrás de sus párpados no era lo que esperaba.

Porque de nuevo, como cada maldita noche, Granger había aparecido en sus pensamientos.

Lo peor era que ni siquiera estaba haciendo algo interesante, sólo era una imagen que su imaginación tenía guardada sobre ella. El cómo la recordaba su mente.

E internamente, Draco odió a su mente por un momento porque recordaba cada detalle de Granger como si fuera una fotografía.

Y todo eso se sentía tan mal, porque él era la persona menos indicada para pensar en ella, para mirarla, observarla y admirarla tal como era.

Le había deseado la muerte algún día del pasado, fueron de bandos distintos durante la Guerra y sus mundos eran los opuestos.

Todo en ambos se sentía mal. Incorrecto. Incluso permitirse pensarla.

Sin embargo, esa noche, Draco estaba muy cansado para luchar contra su propia mente. Ya no tenía la fuerza suficiente para engañarse con que ella estaba mal y que se estaba volviendo loco.

Esa noche, Draco soltó un suspiro tembloroso y se sentó, descansando la cabeza en el respaldo mientras cerraba los ojos.

Por fin se permitió pensar en ella sin esos fantasmas que constantemente lo aterraban para arrastrarlo a la realidad.

Olvidó todo, y entonces sólo existió Granger.

Y se sintió como descargar el peso de mil toneladas sobre sus hombros. Permitió que su mente tomara el control y entonces ella abarcó todo.

Su imaginación observó a la Granger que tenía delante, con esos rizos rebeldes sueltos alrededor de sus hombros, unos que estaban salpicados de pecas color café al igual que sus mejillas y nariz. Esa piel cremosa y de color caramelo que parecía tan suave, y sin embargo, nunca lo había notado.

Esos ojos color miel con esas largas pestañas que se movían en un abrir y cerrar muy discreto y sencillo; ese brillo que los cubría, el que pertenecía a una persona que estaba dispuesta a comerse al mundo.

Esa sonrisa. Esos labios. En realidad, no había manera en que él pudiera describirlo. Rara vez la había visto sonreír desde que ambos entraron a esa habitación, pero su imaginación hacía un buen papel al representarla.

Su mente viajó a más de ella, algo de lo que constantemente se obligaba a retroceder porque una alarma en su cabeza le gritaba «Alerta», pero no esa vez.

Se dejó viajar en ella, observando cómo ella sonreía mientras sus ojos viajaban poco a poco por su cuerpo. Granger llevaba unos vaqueros flojos y una remera de manga larga, y aún así, a Draco le parecía la persona más atractiva del colegio.

Pero... No pudo evitar preguntarse qué era lo que vería si ella no llevaba esa ropa. Qué era lo que estaría debajo de esas prendas holgadas.

Y fue ahí cuando sintió una extraña contracción en su estómago.

Él abrió los ojos con terror, y bajó la mirada hasta su regazo. Y con el corazón latiendo hasta el grado de sentirlo en su garganta, se dio cuenta que estaba duro, y aún peor, su mano derecha había llegado hasta su miembro sin siquiera darse cuenta.

Fue demasiado rápido al alejar su mano, casi como si el mínimo contacto fuera a quemarlo.

Cerró los ojos de nuevo, negando con la cabeza y molesto porque esa paz que había sentido hacía unos momentos había desaparecido.

Se obligó a dejar de pensar en ella, pero pronto regresó esa jaqueca y ese peso sobre sus hombros. Toda su mente y cuerpo estaba deseando mirar a la Granger de su imaginación una vez más.

Pero Draco se negaba rotundamente. Él no debía permitir que las cosas llegaran tan lejos, porque una vez que lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.

Se aferraría a ella, y no quería.

Se recostó a regañadientes y se escondió entre sus sábanas, moviéndose de un lado a otro para evitar ese lejano sonido de la tormenta y su constante dolor de cabeza.

Estaba decidido a dejar de pensar en ella, pero sus ojos no querían cooperar para conciliar el sueño.

Era como si todo en el mundo se hubiera alineado para corromper a Draco.

Y luego de media hora después, cuando quedó mirando el techo de su cama, él por fin se dio por vencido y se reprendió mentalmente por ser tan débil.

Draco tenía casi un año sin masturbarse. La Guerra se robó cualquier tiempo libre que hubiera tenido, y tampoco era como que pudiera concentrarse en una mansión donde se escuchaban gritos de personas siendo torturadas a cada hora.

Así que no, su autosatisfacción pasó a un plano muy lejano durante muchos meses. Su primera interacción sexual después de eso fue aquella vez con Pansy, sólo le hizo sexo oral, pero fue suficiente para regresarle un poco de vida a su amigo.

Sin embargo, se había obligado a dejarlo de lado mientras estuviera en su condena con Granger, que por el momento era lo más importante.

Además, no había nadie en quien él pensara al hacerlo.

En cambio, esa noche...

No pienses, Draco.

Cerró los ojos y se relajó con un suspiro tembloroso, permitiendo que su mano bajara cada vez más.

Dejó que su mente se perdiera entre la imaginación que tenía de Granger, y no hizo falta ni siquiera un minuto de preciosas imágenes de ella para que su amigo volviera a revivir (aunque tampoco era como que se hubiera ido del todo).

Cuando Draco se tocó como primer contacto, tuvo que morderse el labio para no gemir, olvidando por completo su hechizo amortiguador. Llevaba meses sin tocarse, así que se sintió como una liberación tardía.

Apretó los ojos con más fuerza mientras cerraba su mano alrededor de su falo por debajo de sus bóxers y siguió pensando en ella; Draco sabía que si se ponía a pensar en su mano, terminaría asustándose por lo que estaba haciendo y lo olvidaría.

Pero no quería. Necesitaba hacer eso.

Así que se permitió vagar en su preciada imaginación hacia esa morena de nuevo, y mientras apreciaba esas pecas que lo comenzaban a volver loco, dejó que su mano subiera y bajara lentamente.

Luego miró esos delicados y suaves hombros, y se imaginó a su propia boca regando besos por ellos, y entonces su mano aceleró un poco.

Después cayó en sus labios, tal vez una de sus mejores cualidades físicas, porque él nunca había conocido unos labios tan besables. E inconscientemente él mismo se lamió los labios mientras su ritmo avanzaba.

Dejó que su mente tomara el control, dejando atrás todas las alarmas, y entonces comenzó a imaginarla sin esos típicos suéteres flojos, y lo que encontró fue maravilloso, a pesar de que nunca lo había visto.

Su mano apretó y bombeó, Draco comenzando a sentir ese delicioso estremecimiento por todo su cuerpo mientras se imaginaba a Granger con sólo su sostén y esos tontos vaqueros.

Luego su mente la dejó sin pantalones poco a poco, y lo recibieron unas delicadas bragas negras, muy a lo lejos escuchando una risa femenina que se sintió como el canto de miles de ángeles.

Y si fuera posible, se sintió más duro y su mano subió y bajó con una habilidad impecable, mordiéndose tanto los labios que sentía que tal vez podría hacerlos sangrar.

El escenario cambió, y entonces ahora Granger estaba recostada en una cama, completamente desnuda y desde su ángulo parecía estar encima de ella.

Granger lo miraba, y fuera lo que fuera que estuviera trasmitiéndole esos ojos, le dio la suficiente valentía para imaginarse a sí mismo besándola.

Y mientras su mano bombeaba con ferocidad, el que ella le respondiera con fervor en esa fantasía, logró que llegara a su clímax.

Se retorció y dejó salir un gruñido gutural mientras sentía el líquido seminal salpicar sobre su estómago. Su respiración agitada mientras su pecho subía una y otra vez y sus ojos seguían cerrados.

Luego de casi dos minutos, Draco se permitió abrir los ojos y mirar el dósel, aún fatigado y apenas creyéndose lo que acababa de suceder.

Porque aunque mucho quisiera negarlo, fue la cosa más satisfactoria e increíble que había hecho desde que llegó al colegio, puedo que incluso más antes.

Apenas tuvo la cabeza de limpiarse con su varita y caer dormido profundamente.

Su dolor de cabeza se había ido por completo.

Y Draco se conocía bastante bien al decir que, una vez que comenzara, ya no podría regresar. Porque desde esa noche, él encontró el momento de volver a hacerlo.

No importaba cuánto tiempo tratara de negárselo o de impedirlo, nunca tenía la fuerza de voluntad y su mano siempre volvía a bajar.

Nadie podría culparlo. Era algo muy normal, pero lo que no era normal, era que no pudiera masturbarse con nadie más que no fuera Granger. Lo había intentado la segunda y tercer noche, pero fue en vano.

Aún así, eso no le impidió seguir haciéndolo, y cada noche seguían llegando nuevas fantasías, como si su mente ya las estuviera preparando desde el día anterior.

Draco comenzó a preguntarse lo peor.

Cómo se sentiría tenerla desnuda junto a él, o estar dentro de ella. Qué gestos haría mientras follaban, y cuáles sonidos guturales tendría cuando la hiciera venir. Se preguntaba si ella le permitiría besar cada parte de su cuerpo como hacía en sus fantasías.

Se preguntaba cómo era que ella sabría.

Sin embargo, todas esas preguntas quedaron sólo en su mente y durante las noches, porque cada tarde, cuando la miraba pasar apurada por toda la biblioteca para llegar a la habitación, la realidad lo bofeteaba recordándole que todo estaba en su imaginación.

Pero... Reaciamente, ahora ya no pensaba que estuviera mal. Era sólo que Granger estaba en un rango demasiado alto y lejos.

Días después, en el colegio no se hablaba de otra cosa que no fuera el baile del Día de San Valentín.

Algo que, al punto de vista de Draco, era una completa ridiculez. Pansy había estado casi eufórica y había arrastrado a Blaise y Theo con ella a Hogsmeade para comprar sus atuendos. También intentó llevarlo a él, pero este se había resistido poniendo a la excusa de que estaba atrasado con muchas de sus tareas.

Cosa que, en cierto sentido, no era mentira. Sus investigaciones para Granger eran muy pesadas y él prefería dormir a desvelarse en la sala común haciendo sus tareas, así que normalmente esperaba a los fines de semana para recuperarse. Ya no tenía el mismo alto nivel académico de antes, pero seguía siendo bueno.

Aún así, la noche del baile, Pansy obligó a Theo y Blaise a que obligaran a Draco a ir, así que dos horas después, él se encontraba en una de las esquinas más lejanas de la fiesta, bebiendo en un vaso de plástico rojo mientras miraba con ojos aburridos el lugar.

No tenía ni la más mínima idea de si Granger vendría, no había nada que pudiera confirmárselo, pero secretamente tenía esperanzas de mirarla al menos una vez sin las narices metidas en esos tontos libros.

Tampoco esperaba verla del todo arreglada, pues ella era de las chicas que no sabían cómo vestir bien.

Aunque un recuerdo de su imagen en el baile de Navidad en cuarto grado atravesó su mente y lo hizo tragarse sus propias palabras. Si en aquellos momentos él no hubiera estado embobado con una chica de Beauxbatons, probablemente habría mirado a Granger más de lo debido esa noche.

Pero luego de que pasaron los primeros veinte minutos y él aún no la miraba por ninguna parte, decidió aceptar que ella no estaría ahí.

Con un suspiro rendido y aburrido, fue hasta la barra de bebidas más lejana y se sirvió un vaso entero de ese ponche-que-no-era-ponche, bebiéndose la mitad de un sólo trago para que le diera suficiente cordura para sobrevivir la noche.

Pero cuando Draco se dio la vuelta para regresar a donde Blaise, su cuerpo se paralizó.

Porque por fin la encontró.

Lo peor era que ni siquiera estaba lejos, eran apenas unos metros los que lo separaban, unos pasos y él estaría frente a ella. Pero Granger estaba mirando a alguien más, y ese alguien no era él.

Draco apenas tuvo la cordura para murmurar un hechizo desilusionador sobre él para que nadie lo notara, porque en realidad estaba embobado.

¿Había creído que nada podría superar su atuendo de cuarto grado? Bueno, en realidad, Granger siempre podía sorprender.

Porque ese precioso vestido rojo de satén hacia un juego perfecto a su cuerpo y a toda ella. Esa delicada abertura en su muslo que Draco no pudo evitar recorrer con la mirada. Esos voluminosos rizos color chocolate cayendo ordenadamente sobre sus hombros, los cuales estaban descubiertos dejando ver su acaramelada piel y esas pecas que tanto habían aparecido en sus fantasías. Y por supuesto, esos carnosos labios rojos.

Si Draco había imaginado su cuerpo en sus fantasías, ciertamente la había subestimado.

No era perfecta, y sin embargo, sí lo era.

Ignoró sus alertas, y pronto se encontró sonriendo lentamente mientras sentía una extraña calidez recorrer su corazón.

Hasta que...

—Hola, Mione. Te ves... Estás... Tú...

Te ves hermosa.

Estás perfecta.

Tú me estás volviendo loco.

Joder, ¿era tan difícil decirlo, Weasley? Ella no necesitaba balbuceos, necesitaba un maldito escenario con cientos de bocinas que le gritaran lo preciosa que se miraba.

Y así tan rápido como llegó su encanto, se esfumó al escuchar la voz de Ron Comadreja Weasley. Como si hubiera estado dentro de una burbuja y de repente su tonta voz la hubiera pinchado.

Entonces las cejas de Draco se fruncieron y terminó su bebida de otro trago, sin despegar los ojos de Weasley, quien literalmente estaba comiéndosela con la mirada.

Bien, en ese aspecto, Draco no lo culpaba, él también lo haría. De hecho, cualquiera lo haría y...

Oh, genial. En realidad, toda la puta sala estaba mirándola. A ella y a la chica Weasley, pero Draco sólo podía concentrarse en quienes miraban a Granger.

Y si su magia no hubiera sido tan buena, tal vez alguna de esas mirada asesinas que él estaba enviando podría haber atravesado su barrera de ilusión y haber atacado a alguien.

Regresó su mirada a Granger, y se encontró con algo peor.

Potter abrazándola.

¡Jodidamente genial! ¡Hagan todos lo que yo no puedo hacer con ella!

Draco no pudo mirar más.

Podría quedarse a admirar a Granger por el resto de la noche, pero no mientras estuviera alrededor de esos idiotas, así que se perdió entre todo el gentío y se escondió en uno de los lugares más lejanos del salón junto a Blaise. Pansy se había llevado a Theo a la pista de baile, así que era su única compañía.

Blaise rara vez habló, y Draco sabía por qué; el moreno siempre había notado esos cambios extraños en él desde que se conocían. Así que, probablemente, Blaise fue la única persona que supo que la persona a quien miró toda la noche fue Granger.

Agrandó el escudo para ambos sólo para no levantar sospechas, aunque dejándolo abierto para Pansy y Theo, y desde ahí en sus profundidades y bebiendo, él la miró.

La chica Weasley los trajo de un lado para otro con varias personas, y Draco no pasó de largo esas miradas que algunos le daban a Granger al pasar.

Ella incluso parecía estar buscando algo o a alguien en el salón, pero Draco dejó morir esa esperanza de que lo buscaba a él tan pronto como llegó.

Luego de unas horas, él la miraba bailar junto a sus amigos, y un imperceptible nudo se hizo paso en su garganta cuando notó lo genuinamente feliz que ella estaba.

Esa manera en que sus ojos brillaban y el cómo sonreía y luego reía mientras bailaba sin pena junto a ellos. El cómo se veía completamente cómoda a lado de ambos.

Y entonces Draco cayó en cuenta que, ellos conociéndola desde muchos años atrás, compartían tantas cosas que era demasiado fácil hacerla sonreír o reír con un simple comentario.

Todo genuino.

Y se preguntó si alguna vez él la había hecho sentir así, tan relajada o al menos una sensación nueva pero agradable.

Después de unos momentos, comenzó a desearlo, así que cuando la miró separarse de sus amigos y perderse entre el gentío, Draco empezó a buscar la manera de acercarse a ella.

Cuando sonó la primera canción romántica y ella inició a girar sobre sí misma, él creyó que era una especie de señal.

Bebió su bebida de un sólo trago y acomodó el encantamiento desilusionador para que ella pudiera mirarlo, y entonces se hizo paso entre las parejas que comenzaban a bailar.

Y justo cuando la miró llegar a la orilla de todo, se apresuró y la tomó de la cintura sin pensar exactamente lo que estaba haciendo.

Sólo cuando le dio la vuelta y ella se estampó con las manos sobre su pecho se dio cuenta.

Sin embargo, nada se sintió nunca tan bien.

Porque la tenía justo delante suyo, tocando su delicada piel y sin que ella se alejara. Y justo cuando Granger alzó la mirada y sus ojos cayeron en los de él, absolutamente todo desapareció.

Tal vez fue ese brillo en sus ojos lo que lo inundó de valor para amoldar su mano sobre su cintura y tomar la suya con la otra. Luego comenzó a moverlos al compás de la música.

Nunca jamás había agradecido tanto el tomar clases de baile desde pequeño, porque ahora no debía preocuparse por sus pasos y podía enfocarse en Granger.

Y Merlín. Se veía aún más hermosa de cerca.

Ella parecía demasiado sorprendida, y eso le hizo dar una ligera sonrisa curveada.

—¿Ya terminaste de admirarme, Granger?

Ni siquiera respondió, pero a él no le importó. Sólo siguió guiándolos en el baile mientras sus ojos se encargaban de devorar cada facción de ella.

Apenas sintió cuando ella se acercaba a él, y a pesar de que eso le aceleró el corazón, se mantuvo relajado mientras daba ligeros movimientos con su mano a través de la tela de su vestido, preguntándose como se sentiría su piel ahora que la tenía tan cerca.

Merlín.

¿Por qué no había notado nunca lo que tenía delante?

Era la mujer más bella que sus ojos hubieran visto jamás.

Y Draco explotaría si no se lo decía. De repente, a regañadientes entendió a Weasley, porque no era fácil pensar con claridad mientras la tenía tan cerca y con esos divinos ojos mirándolo directamente al tiempo que bailaban.

Así que reunió todo su valor antes de acercarla más y llevar su boca hasta su oreja y susurrar:

—Yo no balbuceo al decirte que te ves hermosa —Decirle así era poco, pero no quería parecer un acosador. Sin embargo, no pudo detenerse ante lo siguiente—: ¿Pero sabes algo? Te ves más hermosa aquí conmigo.

Bueno, tampoco debía negarlo. Granger estaba mejor en cualquier lugar excepto cerca de Weasley.

Para cuando la canción terminó, todo empezó a regresar a él y entonces se alejó con una sonrisa; porque incluso si su mente estaba comenzando otra revolución, no quería verse vulnerable ante ella.

Pero entonces lo pilló...

¿Con qué se gana una revolución? ¿Cuál es el punto clave que la guía a la victoria?

Un rebelde.

Draco volvió a sonreír como despedida antes de darse la vuelta y caminar al primer pasillo que encontró, sintiéndose casi inseguro y deseando con todo fervor que ella estuviera lo suficientemente sorprendida como para seguirlo.

Sígueme, sígueme, sígueme.

No pensó muy bien cuando se adentró al oscuro pasillo, cada ciertos pasos dando una mirada por encima de su hombro para ver si Granger venía o no.

Trató de ignorar el extraño estrujado cuando aún no la notaba y siguió avanzando.

Pero poco a poco comenzó a escuchar respiraciones lejanas y no tardó ni siquiera dos segundos en deducir lo que estaba pasando. Rodó los ojos, maldiciendo para sus adentros y luego se dio la vuelta para regresar por donde había venido, pero entonces vio una figura acercándose y se encontró retrocediendo antes de pensarlo.

Tanteó la pared como un tonto porque no podía ver muy bien hacia donde se dirigía, y entonces su mano se fue de paso, dándose cuenta del tapiz.

Agradeció a Merlín y se escondió dentro. Segundos después, miró una figura pasar por delante de él y se hizo hacia atrás creyendo que era un profesor. Pero a esas alturas, ya debería estar regañando a los besuqueadores.

Así que salió un poco de su escondite para mirar quién era —ignorando el tonto latido de esperanza—, pero fue ahí donde miró la figura de, esa vez sí un profesor, acercándose.

Salió del tapiz, y a pesar de la poca luz, pudo reconocer esos rizos. Pero Granger era la persona más impredecible del mundo, así que gritaría apenas la tocaran.

Fue apenas un instinto taparle la boca antes de arrastrarla dentro del tapiz con él. Por supuesto que ella se resistió, y Draco tuvo que susurrarle algo al oído para que se quedara quieta, y eso pareció funcionar.

Pero todo se jodió desde el momento que ella se asustó con la voz del profesor y se estampó contra él.

ESTO ES UNA MUY MALA IDEA, AYUDA.

¡¿Cómo se le ocurrió meterse en un espacio tan pequeño, junto a Granger, QUIEN SE ESTABA RECARGANDO CONTRA ÉL?!

Picar sus caderas para intentar mantenerla quieta fue su mejor idea para olvidar lo que estaba sucediendo.

Comenzó a pensar en cosas ridículas.

Piensa en manzanas.

Piensa en mariposas.

Piensa en agua.

Piensa en... NO LO SÉ, ¡¿ÁRBOLES?!

Pero entonces Granger se volvió a arrastrar contra él, retorciéndose como si realmente estuviera aterrada, y la única solución que se le ocurrió a Draco fue levantar su mano para dejarla sobre sus hombros e inmovilizarla más.

Trató de no pensar en ello, pero esa deliciosa fragancia que ella llevaba puesta le hizo recordar a sus noches de fantasía, y antes de que pudiera evitarlo, las imágenes de su imaginación ya corrían por su mente.

Respira. Respira.

Piensa en... ¡NO, MIERDA, NO!

¡DRAQUITO, BÁJATE AHORA MISMO!

¡Y DEJA DE MOVERTE, GRANGER!

El profesor ya se había ido, pero Draco estaba lejano a eso. Sólo cuando Granger quitó la mano que tenía sobre su boca e intentó dar un paso hacia delante, él fue lo suficientemente rápido para reaccionar y abrazarla de la cintura, atrayéndola de regreso.

Si Granger se alejaba, la cosa empeoraría. Ella era lo único que impedía que Draquito se alzara con confianza.

—¿Malfoy, qué...?

—No te muevas —ordenó, y él mismo se sorprendió de lo rasposa que salió su voz, que quiso pegarse una y otra vez contra la pared.

Lo que pasó esa noche, era en realidad la condena que Draco nunca podría olvidar. Él supo desde el momento que comenzó a besar su cuello que las cosas estarían perdidas.

La manera en que ella se estremecía contra él, el cómo permitía que sus manos viajaran por su cuerpo y el cómo lo disfrutaba. Eso era suficiente para Draco, no importaba que él no estuviera recibiendo "satisfacción", mirarla era mejor que cualquier otra cosa.

Fue como una de sus muchas fantasías, y si había creído que su mente fue demasiado lejos al imaginar el placer, ciertamente se había equivocado.

Porque cuando ella lo miraba directamente a los ojos, luchando para no cerralos y mientras su dedo se movía dentro de ella, se sentía como si estuvieran en una especie de limbo tortuoso y precioso al mismo tiempo.

El que Granger lo dejara besarla fue algo todavía mejor, porque no se había dado cuenta de lo hambriento que estaba por ella hasta que sus labios capturaron los suyos y le dio la vuelta a su cuerpo para tener una mejor posición.

Quería tocar todo de ella, quería besarla hasta que el oxígeno se acabara, pero apenas podía pensar.

En esos momentos no había dudas, no había alarmas ni nada por el estilo. Sólo la eterna satisfacción que estaba sientiendo al estar junto a ella de esa manera, haciéndola estremecerse de placer y succionando sus labios.

Seguramente sus labios estaban llenos de labial rojo, pero no tenía cabeza para prestar atención a eso.

Sólo existía Granger y ese deseo por hacerla venir, por escucharla.

O aún mejor, tragarse su gemido. Así que eso fue lo que hizo. La miró cerrar los ojos y recargar la cabeza contra la pared con la respiración agitada.

Así se había imaginado una fantasía, y entonces alzó sus dedos para mirar con hambre el babeo brilloso que tenía sobre estos.

No pudo evitarlo.

Se los llevó a la boca, disfrutando y con los ojos cerrados.

Sorprendentemente, ella sabía a cereza.

Granger dejó la pared y se agarró de la chamarra de su traje, aún con los ojos cerrados. Estaba temblando, y como un loco masoquista, la pregunta salió de sus labios antes de detenerla:

—¿Te gustó el infierno, Granger?

Pero la única respuesta que ella le dio fue recargar la cabeza en su pecho, aún aferrándose a su chamarra.

Eso lo hizo fruncir el ceño, y antes de pensarlo dos veces se encontró acunando su rostro con sus manos para observarla. Ella seguía respirando muy rápido, cosa que ya debía haber reducido.

—¿Granger? —llamó, pasando sus ojos por cada facción de ella para ver si reaccionaba—. ¿Estás bien?

Si fuera posible, eso pareció alejarla más. La miró abrir los ojos poco a poco, y al mirarla, todas las alarmas de su interior se encendieron como fuego.

—¿Granger? —llamó de nuevo, esa vez dejando a flote su preocupación—. Merlín, tus ojos están muy rojos, ¿qué está...?

Pero ni siquiera terminó de formular su pregunta porque ella se dejó caer, y Draco fue demasiado rápido para atraparla entre sus brazos. Llevó una mano hasta su nuca para mantener quieta su cabeza y buscar sus ojos.

—¡Ey, ey, ey! ¿Qué pasa? ¿Te duele algo? ¿Qué hago?

Pero Granger parecía demasiado lejana, y de un momento a otro, ella cerró los ojos y Draco sintió todo dentro de él revolverse.

Y ahora era aquí donde él se encontraba, con una Granger inconsciente sobre sus brazos, y no tenía ni la más mínima idea de qué hacer o cómo no entrar en pánico.

Su primera reacción fue cargarla, dejó una mano en su espalda y llevó la otra hacia detrás de sus rodillas y la alzó, recargando con cuidado su cabeza para que quedara contra él y luego salió del tapiz.

Nunca jamás le pareció tan lejana la salido de un pasillo, pero ahora sólo podía pensar en la enfermería o en cualquier cosa para ayudarla. Ni siquiera le preocupaba que alguien pudiera mirarlos en esta tonta posición, él sólo quería llevarla cuanto antes con Pomfrey.

—Ey... —llamó su voz, y Draco se detuvo casi de golpe para mirarla. Ella apenas lograba abrir los ojos—. ¿Adónde...?

—¿Estás bien? —interrumpió, aferrándose más a ella—. Te desmayaste, voy con Pomfrey.

—No, no, no...

—¿Granger, qué...? ¡Ey!

Pero ella ya se había retorcido de sus brazos hasta que Draco no tuvo otro remedio que bajarla antes de que cayara al suelo. La sostuvo de la cintura, esperando que sus piernas cedieran. Y eso fue exactamente lo que pasó, porque apenas sus pies tocaron el suelo, todo su cuerpo tembló y él tuvo que aferrarse a ella para no dejarla caer.

—Tenemos que ir a la enfermería —demandó Draco, intentando volvera tomarla—. ¡Merlín, Granger! ¡Déjate cargar!

—¡No! ¡Estoy bien!

—Estás bien mis pelotas.

Esquivó sus manotazos y con fuerza la volvió a cargar, ignorando los chillidos que ella daba y los movimientos bruscos que daba para bajar.

—¡Draco! ¡No, no! ¡No necesito ir a la enfermería!

A pesar de que su voz estaba hecha un hilo, aún sonaba demandante. Casi desesperada.

—Pude haberte lastimado —dijo él mientras seguía caminando con dificultad—. No voy a vivir con eso si esto es por mi culpa.

—No lo hiciste —insistió Granger—. Por favor, por favor, bájame.

—Te bajaré cuando lleguemos a la enfermería.

—¡Draco, escúchame! —chilló ella, y el dolor en su voz lo hizo detenerse y bajar la mirada rápidamente hacia ella. Observó cada una de sus facciones en busca de algo que doliera, pero lo único que encontró fueron unos ojos suplicantes—. Por favor, no me lleves con Poppy. Por favor, te lo suplico...

—¿Que no te lleve con...? ¡Merlín! ¡Acabas de desmayarte ahí dentro por mi culpa!

—¡No! ¡Sólo bájame! ¡Estoy...! —Granger se retorció como gusano hasta que Draco tuvo que volver a bajarla, pero esta vez no fue lo suficientemente rápido como para atraparla y ella se arrastró hasta el suelo con ayuda de la pared.

—Joder, Granger, ven. Levántate, no voy a dejarte así.

—Estoy bien, lo juro —murmuró, pero Draco podía ver cómo luchaba por mantener sus ojos abiertos—. Esto es algo que ya me ha pasado. No es irrelevante, de verdad...

—¿Esperas que te crea eso? Vamos, arriba.

Draco se agachó y levantó uno de sus brazos para pasarlo por encima de su hombro, pero se detuvo cuando escuchó el chillido de ella.

—¡Por favor! —suplicó, y cuando Draco alzó la mirada, con el corazón en la garganta se dio cuenta que ella había comenzado a llorar—. No me lleves así, por favor... No quiero volver ahí.

Él tragó saliva, observando sus ojos y con terror dándose cuenta de estos estaban llenos de desesperación.

Ella realmente no quería ir con Pomfrey.

—Granger, ¿ellos te hicieron algo? —preguntó, y se sorprendió de lo seria y lejana que salió su voz.

Sin embargo, ella negó con la cabeza y deshizo el agarre de su brazo y luchó hasta poder sentarse y recargarse en la pared.

—Esto va a pasar. En unos minutos estaré bien.

Draco miró por encima de su hombro hacia la salida del pasillo, y apenas notó que la música ya se había terminado.

—Granger, la fiesta ya terminó —dijo regresando a ella.

—Entonces vete —replicó, cerrando los ojos y obligándose a respirar lentamente—. Yo me iré apenas me pueda parar. Vete antes de que alguien pueda darse cuenta que no estás.

—Estás jodidamente loca si crees que voy a dejarte sola.

—Draco, no quiero ir...

Él la miró, ella aún con sus ojos cerrados y las manos hechas puños a sus lados. Por su mente comenzaron a correr las opciones que tenía, tratando de averiguar qué era mejor.

Granger era la persona más terca del mundo, así que llevarla a la fuerza no era una opción. Además, parecía muy histérica por no ir.

Y también se veía muy decidida a quedarse aquí.

Pero Draco no podía dejarla sola. No quería. No en estas condiciones y temiendo que al día siguiente estuviera peor. El sólo imaginar que algo malo le pasara, hacía una extraña cosa en su pecho que lo confundía.

Y tal vez fue por eso que suspiró y se sentó a su lado.

Si Granger no quería ir a la enfermería por cuyas razones, entonces él se quedaría junto a ella y se encargaría de que nada le pasara.

Antes de poder pensarlo, se encontró abrazándola y atrayéndola a su regazo.

Tomó sus piernas para que ella se amoldara a él y, cuando quedó a horcajadas, tomó su cabeza para recargarla con cuidado sobre su pecho. Granger escondió su cara entre su cuello de inmediato, y Draco no tardó en rodearla protectoramente con sus brazos.

Ella se aferró a él, y el simple hecho de sentirla tan vulnerable contra su cuerpo le hizo subir un nudo a su garganta. La arropó contra él, cuidándose de sentir su corazón latiendo.

Recargó la cabeza en sus rizos y la mantuvo así con él, cerrando los ojos y prometiéndose secretamente que jamás se permitiría verla sufir.