Hermione tuvo que contarle a McGonagall la verdad.

Le costó mucha fuerza de voluntad no echarse a llorar cuando miró a la mujer lagrimeando, conteniéndose con un nudo en la garganta antes de que Minerva le diera un abrazo.

Eso fue todo, no hubieron palabras de aliento ni disculpas de lo mucho que sentía que estuviera pasando por eso, y Hermione lo agradeció.

Porque Minerva era una especie de figura materna que se había creado a lo largo de los años, así que contarle a ella había sido un golpe duro a todo su imperio de mentiras y engaños.

No había querido hacerlo, pero luego de ese desmayo que tuvo el día del baile, comprendió que no era algo normal, ya que no había sucedido nada que lo provocara; técnicamente había sido la agitación del momento, y eso nunca se había hecho un problema para ella.

Además, antes de quedarse dormida sobre Draco, el pecho le había dolido como nunca antes; y aunque intentó disimularlo, se encontró llorando antes de poder evitarlo.

Hermione no había querido que la llevara con Poppy porque sabía que estaba en un terrible estado que sería muy obvio para ella y, de nuevo, encontraría cuál era su problema.

Podrían ocurrir dos cosas lamentablemente si ella iba:

1. Poppy podría descubrir su maldición otra vez, y Hermione tendría que hacerle Obliviate una vez más; o incluso ni siquiera se podría porque estaría afectando su mente.

2. Poppy podría haberlo notado, y Draco habría estado ahí para escucharlo.

Ninguna ocasión le agradaba, así que no le importó patalear, llorar, rogar y retorcerse hasta que lo convenció de no llevarla. Aunque lo que le sorprendió no fue que cediera, sino que se quedó ahí con ella a compañarla.

Y Hermione, a pesar de haber pasado la noche con sus amigos, se sentía tan vacía y lejana a todos que no tuvo la fuerza para apartarlo y dejó que la subiera a su regazo.

Al principio, intentó concentrarse en el aroma varonil que desprendía Draco, pero el dolor en su pecho fue mucho mayor y se aferró a él de una manera y otra para tratar de que cesara.

No funcionó, y el dolor la terminó durmiendo.

Por supuesto que cuando despertó se dio cuenta del error que había cometido. Apenas habían sido unas horas el uno contra el otro, pero eso había sido mucho más íntimo que incluso lo que sucedió en el tapiz. Porque no estaban compartiendo cuerpos, sino almas.

Y eso era terriblemente peor. Intentó alejarlo y también disculparse, pero Draco podía ser tan terco como ella cuando se lo proponía y terminó siguiéndola hasta el baño, donde ella se tardó a propósito para que él se fuera.

Pero cuando se miró al espejo y notó sus ojeras y lo pálida que estaba, se tocó el pulso de su mano y notó que estaba muy lento y débil. Ella sentía que podría caer desmayada de nuevo en ese mismo lugar, pero se obligó a juntar todas sus fuerzas y mantenerse de pie, aún si tuviera que aferrarse al lavabo que tenía delante.

Comenzó a detallarse facción por facción para hacer tiempo, y pronto cayó en la cruda realidad.

La Hermione Granger que había conocido alguna vez, aquella que era fuerte, audaz, tenaz y valiente, esa chica estaba perdida en alguna parte y no parecía querer regresar.

El reflejo que tenía delante se había robado todo y parecía hacerla funcionar de manera automática y mecánica. La Guerra la había destruído poco a poco, y ya no quedaba nada que ella pudiera rescatar.

Incluso si encontraba la cura a la maldición, ¿aún quedaría algo de aquella Hermione Granger que alguna vez existió?

Lo peor era que nadie parecía darse cuenta.

Y aún más malo, ella creía que estaba bien que nadie lo notara. Prefería perderse sola.

¿De verdad? ¿Eso quieres?, se preguntó a sí misma, observando esa mirada demacrada que el reflejo le regresaba. Ni siquiera el maquillaje que había usado Ginny en ella parecía esconder sus desgracias.

Internamente, Hermione gritaba ayuda, pero se obligaba a mentenerse con la boca cerrada.

Para cuando unos dedos se enroscaron en su mano para atraerla a la realidad, la electricidad que estos enviaron fue como un respiro que no sabía que necesitaba. Y al mirar sus ojos grises, se dio cuenta que él era la única persona que ella permitía cerca en esos momentos.

Se desahogó y pronto se arrepintió, porque él usó una especie de psicología inversa que la quebró aún más, pero que de alguna manera, la liberó.

Y justo cuando Hermione estaba en su faceta más vulnerable jamás vista, él le dijo que estaba enamorado de ella.

Mala decisión.

Si ya se sentía mal, eso solo la hizo sentirse peor. Porque había sido su único propósito cuando estaba con él; alejarlo y evitar que algo como eso pasara. Incluso siendo Draco Malfoy, ella no creía que mereciera vivir algo tan cruel.

Pero de nuevo, falló.

Y se odiaba aún más porque, al menos una mínima parte de ella que intentó reprender, se emocionó por sus palabras.

Lo intentó, de verdad que lo intentó, pero Draco aprovechó que ella estaba vulnerable y poco capaz de sus coherencias, así que pronto Hermione se encontró a sí misma cediendo a sus deseos culposos.

Sabía que se arrepentiría después y que sería el peor error de su vida y el más egoísta, pero ella estaba tan destrozada que quiso a alguien para unirla de nuevo.

Y no importaba quién fuera, pero de alguna forma, que hubiera sido él lo hizo aún peor.

Porque si hubiera sido alguien a quien ella no tenía suficiente aprecio, todo habría sido más fácil. La persona habría obtenido satisfacción y ella también, sin ese horrible estrujado en su corazón mientras lo besaba.

Pero con Draco las cosas eran diferentes.

Porque él sí sentía cosas por ella.

Y aunque no lo quisiera admitir, ella también por él.

Con Draco, Hermione no habría podido terminar y decir «Bien, nos vemos luego» y después irse sin ninguna represalia o culpa. Por supuesto que no, porque apenas terminaron, la determinación en los ojos de él le dijo que eso apenas había comenzado.

La única opción fue huir, como siempre. Porque cuando se trataba de personas que a ella le importaban, no podía mirarlos a los ojos y decir «Oye, voy a morir pronto si no encuentro una cura. Tienes que deshacer tus sentimientos hacia mí, por favor».

Cuando llegó a la habitación, atrajo con su varita cualquier cosa que tuviera que ver con su maldición, no podía dejar prueba alguna. Tomó sus notas del día de la Batalla del Departamento de Misterios, tomó las notas de sus síntomas, sus pociones y el horario de estas y todo lo relacionado.

Luego había corrido lo más rápido que su cansancio y estado le permitieron hasta llegar a la Torre de Gryffindor, dejando una carta a Ginny donde le mentía diciendo que había encontrado algo sobre el paradero de sus padres y debía irse por unos días, pidiendo de favor que avisara a Harry y Ron.

Era una mentira, Hermione necesitaba ir con Charles cuanto antes. Debía permitir que le hiciera diagnósticos como tanto lo había pedido en sus cartas; y además, era una excusa para alejarse de Draco.

No podía mirarlo a los ojos y no sentirse culpable.

Salió de Hogwarts ese mismo día sin que nadie la notara —Minerva se encargó de arreglar todo después de que ella le contara la verdad—, y cuando llegó a San Mungo, Charles se aguantó todos sus reproches y lo primero que hizo fue abrazarla antes de comenzar a revisarla.

Hermione suponía que serían un par de días, pero pronto llegó la semana. Ella estaba harta, había dormido ahí desde que llegó y no le había pegado el aire desde entonces.

Era día y noche en ese lugar, y Charles le había prohibido su único entretenimiento porque decía que debía descansar la vista. No podía leer, no podía estudiar, no podía hacer nada.

Fueron los peores días de su vida, y eso que había vivido cosas aún más horribles.

Cada mañana, tarde y noche, Charles llegaba a echar diagnósticos con su varita por encima de ella, las luces y puntos de colores expandiéndose por toda la sala.

Hermione no sabía leer los diagnósticos mágicos, y muchos menos unos tan avanzados como los que hacía Charles, pero sí sabía leer las expresiones de los demás.

Y cada vez que él venía, su semblante decaía cada vez más, incluso cuando intentaba mantenerle una sonrisa.

Pasaron más días, y en vez de que Hermione mejorara, la tos por fin se hizo presente. Él había estado haciendo su típica tanda de diagnósticos cuando de repente una luz de la izquierda se tornó roja, parpadeando una y otra vez hasta que otra luz más grande y de color negro comenzó a tragarse a esta, como si la estuviera consumiendo.

Hermione había estado mirando cómo pasaba, ignorando el extraño y doloroso estrujado que sentía sobre su pecho. Ella estaba pálida, y cuando alzó su mirada a Charles, apenas alcanzó a ver su mirada de preocupación y alerta antes de que ella se doblara y comenzara a toser con rudeza.

Charles había hecho aparecer un cubo debajo de ella a tiempo justo cuando Hermione comenzó a toser sangre.

Esta le causó náuseas, y entre la tos llegó el vómito. Y todo fue demasiado para ella que Charles tuvo que recurrir a cedarla.

Despertó luego de tres días, cuando ya casi se cumplían las dos semanas de estar encerrada en San Mungo, y lo primero que vio al despertar fueron esos cientos de luces y puntos de colores decorándose encima de ella.

Lentamente abrió los ojos, amoldándose a la intensidad de las luces, y luego ella misma comprobó lo que tanto había estado en su mente.

No necesitaba ser una medimaga experta como Charles para entender lo que todos esos hilos rojos y humos negros significaban.

Sin embargo, él no dijo nada ese día. La recibió de su largo sueño con un desayuno tan delicioso como se podría en un hospital y luego desvió el tema a toda costa sobre su salud.

Hermione siguió el juego solo porque no quería pensar en todo lo que vendría justo cuando acaba de despertar, pero apenas le prestó atención a todo lo que él decía.

Hablaba sobre su novio, pero aunque ella lo oía, no lo estaba escuchando en realidad. Su mente aún seguía en el desastre de diagnósticos que habían estado encima de ella cuando despertó.

Y eso la llevó a pensar en Draco.

Siempre terminaba volviendo a él, y por consiguiente, siempre a la enorme culpa que sentía de haberlo involucrado en eso, sin haber tenido la suficiente fuerza para mentenerlo alejado.

Si él se enteraba, la odiaría.

Ella no quería.

Se había preparado para el odio de Harry y Ron y cualquier otra persona que se enterara. Pero no al odio de él.

No otra vez.

—¿Hermione?

La voz de Charles fue como un chasquido que atrajo su mente de donde sea que estuviera perdida. Los ojos de ella se enfocaron en él después de varios minutos donde, habiendo llegado el sábado, él le había pedido una muestra de la potencia y pureza de su magia, y ahora estaba delante de ella con los resultados.

Ni siquiera se había dado cuenta cuando volvió.

—Tengo los resultados —dijo, alzando un sobre que tenía en sus manos—. Esto... Nos dirá todo. ¿Estás lista?

Hermione observó fijamente y sin ninguna expresión esos papeles, y a pesar de que por dentro estaba con todo el miedo del mundo, solo regresó a los ojos de Charles y tragó saliva antes de asentir.

Él se lamió los labios en un intento de tomar valor y luego de una última mirada a ella, comenzó a abrir lentamente el sobre y sacó las primeras dos hojas.

Las leyó y analizó en silencio, sin ninguna expresión en su rostro, nada que delatara el contenido de esos papales. Sacó otras dos hojas y las leyó también.

Hermione se mantuvo quieta en su lugar, jugando con las manos en su regazo y aguantando las ganas de toser que tenía. Miró fijamente a Charles en un silencio que irradiaba una horrible tensión.

Y justamente cuando él llegó hasta el final de la última hoja, fue cuando Hermione alcanzó a notar el más mínimo movimiento en todo su rostro.

Sus labios formaron una línea y lo miró tragar saliva.

Eso fue todo, y sin embargo, fue suficiente para que todas las rídiculas esperanzas de Hermione cayeran al suelo de un solo golpe.

Ignoró el nudo en su garganta y habló:

—¿Qué te dice mi magia?

Su voz apenas fue un hilo destruído, porque llevaba horas sin hablar. Pero eso pareció ser suficiente para que Charles saliera de su ensueño y la mirara por encima de los papales. Dejó caer estos sobre el escritorio y luego los recogió volviendo a meterlos en el sobre.

—Debe ser una equivocación —dijo y se puso de pie con un semblante muy serio.

—Charles...

—No puede ser verdad lo que dice —masculló con molestia, sin mirarla.

Hermione suspiró y bajó la mirada. Su reacción hacía difícil que ella pudiera mentenerse fuerte.

—Sabes que las pruebas de potencia de magia nunca se equivocan —musitó—. Tú fuiste uno de los que la inventaron, deberías entenderlo mejor que...

—¡Pudo haber un error!

La desesperación en su voz la hizo fruncir el ceño, alzando la cabeza para encontrarse con una mirada dolida.

—¿Qué dice la prueba? —preguntó Hermione, pero él negó con la cabeza.

—Me niego a esto, iré a hacer la prueba de nuevo.

Y con eso se dio la vuelta, Hermione mirándolo alejarse hasta la puerta. Ella siempre había sabido que Charles era una persona muy empática, pero había sido educado con los mismos ideales que cualquier otro medimago en una relación doctor-paciente.

Ella lo había mirado dar terribles noticias a personas sobre su salud sin ninguna mirada de tristeza, incluso cuando por dentro estuviera lamentando no poder hacer algo más.

Pero con Hermione siempre había sido diferente, y en ese momento lo comprendió. Porque la relación de ellos iba más allá de un paciente; él la consideraba casi una hermana.

—Charles —llamó ella, y su tono de voz fue tan firme que lo hizo detenerse de inmediato. Vaciló unos segundos, pero al final se dio la vuelta hacia ella. Hermione se puso de pie y caminó hacia él—. Dime qué decían esos papeles.

Él negó con la cabeza, terco.

—No voy a dejar que te pase nada, lo prometo. Esto debió haber sido un error...

—Soy tu paciente —interrumpió Hermione—. He venido a San Mungo por resultados, no por falsas esperanzas. Tú eres mi doctor, cumple la función por la cual te educaste y dime lo que esos estudios decían.

Le costó mucho que su voz no se rompiera en el proceso, y mucho más porque los ojos de Charles irradiaban dolor. Aunque nunca lloró.

Lo miró tragar saliva, y luego de enderezarse con las manos detrás de él, carraspeó para hablar:

—La Magia Negra está carcomiendo cada parte de ti. Es una plaga que se está impregnando con una rapidez inexplicable. Está dejando tu mente para el último, pero temo que pronto comenzará a destruir tus recuerdos y... —carraspeó de nuevo para recuperar la compostura—. Y todo lo que viene con ello. Los diagnósticos ya me lo habían insinuado, pero la prueba de potencia de magia lo comprobó... Estás...

Hermione asintió para indicarle que no debía decir más. Bajó la mirada a su barbilla, porque fue mucho mirarlo a los ojos, pero aún así él siguió hablando:

—No hay esperanza de cura —musitó—. Incluso si la encontraras, tendría que ser demasiado poderosa para que pudiera hacer algo contra la Magia Negra que hay en tu cuerpo. Además... No hay tiempo.

Ante eso, la mente de Hermione se desconectó, y cuando por fin comprendió el significado de sus palabras, sus ojos se llenaron de lágrimas y alzó la mirada para encontrarse con unos fríos ojos; los mismos que ella había mirado dar terribles noticias a otros pacientes.

Ella asintió para hacerle saber que él podía decirlo, y con eso, todo su imperio de esperanzas cayó al suelo.

—Te queda un mes exacto de vida, Hermione.

Apenas fue un susurro, pero fue suficiente para que todo el peso cayera sobre ella. Intentó detener las lágrimas, pero pronto comenzaron a escurrir sobre sus mejillas. Y sin poder mirar más a Charles a los ojos, bajó la mirada y se acercó para abrazarlo.

Enterró la cara en su pecho y él no duró ni un segundo en errollarla con fuerza, recargando su mejilla en la cabeza de ella con un suspiro tembloroso.

—Lo siento mucho. Hice todo lo que estuvo en mis manos.

Eso solo hizo que el sentimiento entrara más en ella y se permitió llorar abiertamente mientras se aferraba a Charles y el peso de la situación resbalaba alrededor de ella.

Estuvieron abrazados durante minutos, casi parecieron horas, y justo cuando las lágrimas dejaron de cesar un poco, alzó la cabeza para mirar unos ojos rojos y llorosos.

—Supongo que mi estadía en San Mungo se terminó. Era lo que tanto quería —dijo Hermione, intentando una sonrisa. Pero él no sonrió.

Charles aún no lloraba abiertamente, y ella se preguntó qué tan doloroso sería el nudo en su garganta mientras la miraba fijamente.

—Te amo, Charles —susurró, esta vez sonriendo honestamente—. Gracias por todo, fuiste un gran amigo.

Era una despedida, pero no se sentía así. Todo parecía, de hecho, tan surreal.

Hermione se alejó para tomar su bolso y colgárselo. Se limpió las lágrimas con una servilleta y luego suspiró, retomando valor. Echó un último vistazo a la habitación que había sido la tormenta de sus pesadillas durante varios meses.

Regresó a Charles y sonrió. Él le abrió la puerta, dándole una sonrisa de boca cerrada.

Ella se subió la capucha del suéter que traía puesto para evitar que alguien la reconociera y avanzó hasta la salida, y justo cuando estaba en el umbral, Charles habló:

—También te amo. No me rendiré, buscaré la cura hasta el último momento.

Hermione se obligó a no girarse a mirarlo y sonreír porque creía que, si lo hacía, podría derrumbarse de verdad. Solo suspiró y caminó hasta la misma salida que siempre usaba para que nadie la mirara.

No quería pensar, por el momento.

•••

Cuando Hermione por fin se decidió a volver a Hogwarts, con sus nuevos ideales y objetivos bien argumentados, todo cayó de nuevo cuando miró a Draco eliminar con rudeza la regla número quince.

Él no tenía ningún derecho.

—El que tú elimines tu regla, no significa que puedas eliminar la mía —masculló, muy molesta. Porque lo había aceptado, y ahora él le estaba poniendo las cosas difíciles de nuevo—. La regla número quince sigue en pie.

Draco bufó, dándose la vuelta por completo y negando con la cabeza.

—Entonces no la seguiré. Esto es ridículo, Granger, ni siquiera entiendo por qué hicimos esto en un principio.

—Lo hicimos porque, sino lo recuerdas, apenas podíamos soportar mirarnos el uno al otro. Nos aborrecíamos y esto se suponía que nos ayudaría a mantener una convivencia civilizada. Ese era su propósito.

—Bueno, entonces cumplió con otro propósito, porque no solo dejé de odiarte, sino que también...

—¡Draco!

—¿Qué?

Hermione abrió la boca para decir algo, pero cayó al instante, de nuevo, fue incapaz de decir lo que traía en mente. No podía simplemente mirarlo a los ojos y decirle que le había estado mintiendo durante tanto tiempo y que ahora estaba en una enorme encrucijada.

—Esto se terminó —dijo en cambio, y Draco se notó muy perdido.

Él dejó caer la mochila que traía sobre sus hombros en su escritorio, y luego la pluma, sus manos llenas de tinta mientras su expresión se tornaba confundida y trataba de darle sentido a lo que ella había dicho.

—¿Qué se terminó? —preguntó luego de unos segundos.

—Esto. Nosotros... La investigación —añadió para aclarar cuando notó un brillo en sus ojos.

Draco aún no parecía entender su punto.

Pero Hermione ya había planeado qué era lo que haría desde el día anterior, y no iba a permitir que Draco destruyera toda su torre de naipes por un simple movimiento. Él también era una pieza, y no se debía dejar influenciar por su valor.

—Encontraron la cura —dijo ella cuando él permaneció en completo silencio—. Bueno, no exactamente, pero funciona así. La cura es muggle, y no alivia todo como debería, son más bien tratamientos que ayudan a sobrellevarlo. Pero ella vivirá.

Fue doloroso decir una mentira tan grande, pero Draco la había enseñado a mentir bastante bien.

—Tu prima —dijo él, alzando una ceja.

—Sí.

—¿Y por eso te fuiste dos semanas?

La pregunta tuvo cierto tono de resentimiento, y aunque eso la llenó de preguntas, ocultó su curiosidad y asintió con la cabeza.

—Así que prácticamente esta investigación que hicimos fue para nada —suspiró y desvió la mirada, pero se encargó de que no se mirara como si no pudiera mentir, sino como un simple vistazo a la habitación donde había desperdiciado meses—. Mis tíos habían contratado unos doctores muggles privados, y ellos encontraron un tratamiento. Sea lo que sea, llevé a un medimago con ella para comprobarlo y me confirmó que podía funcionar.

Draco se quedó en silencio, parecía contrariado. Y ella no podía estar más en el mismo lugar que él sin sentir culpa. Le estaba diciendo mentira tras mentira y no lo merecía.

Había sido su único soporte durante tantos meses, y Hermione se lo estaba pagando con una enorme dosis de mentiras y engaños.

Pero ahora que Charles le había dicho la verdad sobre sus resultados, ya no tenía tiempo —literalmente— para regocijarse en su culpa. Ya había planeado todo lo que iba a hacer, y quedarse en esta habitación para mirar todos los días al chico que se enamoró de un cadáver, no era uno de sus planes.

Así que, alzando la cabeza y retomando valor, lo miró directo a esos ojos grises que la habían estado atormentando durante las últimas dos semanas, porque en realidad había sido lo único en lo que podía pensar cuando no había nada más por hacer.

—Me voy de Hogwarts.

La expresión de Draco fue sorprendente, algo que ella no se esperó, como si en realidad le afectara. Porque esa mirada de enojo y esos ojos llenos de determinación que había tenido cuando entró por esa puerta, se habían ido para dejar paso a la mirada de confusión y unos ojos lejanos.

Su boca se abrió ligeramente e incluso su postura dejó de ser tan rígida e intimidante como siempre lo era.

—¿Qué?

Hermione rejuntó toda su fortaleza antes de hablar.

—Regresé aquí con el único propósito de encontrar la cura, el colegio no era mi mayor prioridad. Con ese título que la Guerra me otorgó de Chica Dorada puedo conseguir el puesto que quiera sin necesidad de estudios. Así que, ahora que mi prima ya no necesita mi ayuda, soy libre de irme. Y eso voy a hacer.

De repente, la confusión abandonó su rostro para dejar paso a un ceño muy fruncido.

—¿Y adónde mierda irás? —preguntó. Dio un paso hacia adelante, y ella por conservar su orgullo, se mantuvo en el mismo lugar.

—Iré a buscar a mis padres.

Otra mentira.

Eso lo congeló, y parpadeó con confusión.

—¿A tus padres? ¿Qué pasa con ellos? ¿Otra jodida maldición los atacó durante la Guerra?

Hermione hizo puños sus manos a sus costados, entrecerrándole los ojos. Porque tal parecía que ellos nunca perderían la costumbre de discutir entre sí.

—No —contestó con la voz arrastrada—. Fui yo quien me borré de sus recuerdos para que estuvieran a salvo e hice que salieran del país. Pero entonces pasó lo de mi prima y no pude ir a buscarlos.

Ella tragó saliva y desvió la mirada solo un segundo antes de volver a él, y esta vez Draco no se notaba molesto, ni confundido, ni desconcertado, más bien perdido.

Y Hermione reconoció esa mirada porque era la misma que Poppy le había dado el día que se enteró de la maldición.

Era lástima.

Y ella odiaba la lástima.

Bufó, rodando los ojos.

—No me mires así, no tienes derecho —espetó—. Tú eres la persona menos indicada para sentir lástima por mis padres o por cualquier otro muggle. No hace falta que finjas que te entristece solo para que me sienta mejor o algo como eso.

Draco suspiró, como si se estuviera rindiendo ante la actitud siempre a la defensiva de ella.

—No estoy fingiendo. Realmente lo siento.

Hermione lo miró, aguantando la respiración y sin darse cuenta de que ese dolor de cabeza con el que había llegado ahora estaba disminuyendo poco a poco.

—Como sea —murmuró cuando sintió el peso de sus palabras—. He terminado aquí y ahora debo irme. Solo vine hasta acá para avisarte, recoger mis cosas y despedirme de mis amigos.

Sin decir nada más, Hermione tomó un maletín que estaba sobre su escritorio, el cual tenía un encantamiento para expandir y dentro tenía todas sus cosas, incluyendo las fotografías que tanto había adorado mientras estudiaba. Sus pociones y otras cosas las traía en ese mismo bolso que llevaba siempre colgado de lado.

Rodeó al rubio y caminó. Cuando llegó a la puerta, su mano subió a la manija pero no le dio vuelta. Se quedó mirando la madera con una lejanía no propia de ella, porque apenas se estaba dando cuenta que esta sería la última vez que vería a Draco Malfoy.

Instantáneamente, un nudo comenzó a formarse en su garganta y las lágrimas amenazaron con salir, pero ella las contuvo con todas sus fuerzas y suspiró en silencio antes de darse la vuelta lentamente para enfrentarlo.

Draco seguía parado en el mismo lugar y aún dándole la espalda, tal vez asimilando la información que ella le acababa de dar.

La mejor opción era que ella saliera sin decir nada más, porque así sería más fácil y se ahorraría una dolorosa despedida y una enorme ola de culpa.

Pero... Ella quería ver esos ojos por última vez.

—Dale las gracias a tu madre por permitir que trajeran esos libros de la biblioteca de la Mansión Malfoy —dijo, porque fue lo primero que se le ocurrió para llamar su atención. Pero él siguió sin darse la vuelta, así que añadió—: Y gracias a ti, Draco. No habría sobrevivido sin ti, tal vez me habría vuelto loca.

Eso sí lo hizo girarse, pero si ella había esperado mirar al menos una sonrisa para tomar eso como despedida, lo que encontró fue incredulidad.

—¿ te habrías vuelto loca?

Ella parpadeó, momentáneamente confundida.

—Sí, yo...

Yo fui quien me volví loco en este lugar, Granger —masculló, y aunque su tono no era una acusación, ella lo tomó como una—. Dentro de este lugar perdí todo lo que alguna vez me importó. Mis pilares de creencias se derrumbaron gracias a este encierro; y tú fuiste la causante de ello. Incluso me perdí a mí mismo, y me enamoré de ti. Jódete si crees que eres la única que podría volverse loca, yo sí lo hice.

Ella abrió la boca para defenderse, pero de repente se quedó sin palabras. Y no sabía si era por todo en general, o porque su mente había decidido concentrarse solo en la frase del "me enamoré de ti".

Draco aprovechó su indisposición para seguir hablando, dando un paso hacia ella y esos ojos de determinación regresando.

—Me destruí en este mismo lugar, gracias a ti, por tu culpa y de nadie más. ¿Y ahora vienes simplemente a decirme que nada de esto valió la pena? ¿En serio vienes a fingir que nada sucedió aquella noche del baile y luego del baño? ¿De verdad piensas que voy a dejarte ir sabiendo cómo derrumbaste mis armaduras sin siquiera un arma?

Hermione tragó saliva, su corazón comenzando a latir cada vez más rápido a medida que Draco avanzaba hacia ella. Se obligó a permanecer quieta y no intimidarse, pero cuando lo tuvo demasiado cerca, sus pies reaccionaron por instinto y trató de dar la vuelta para abrir la puerta y salir, pero la meno de él sobre la manija la detuvo y de nuevo regresaron a las viejas costumbres porque él tomó su cadera con una mano para enderezarla y que quedara pegada a la pared.

—Draco...

—No puedes irte —susurró, y esta vez su voz sonó casi suplicante—. No así. Estás dejándome solo y ni siquiera parece importarte.

A ella sí le importaba, y demasiado. Precisamente esa era la mayor razón por la cual necesitaba irse.

—Lo siento —Fue todo lo que pudo decir, más no supo si porque no encontró palabras, o porque su mente apenas lograba articular frases coherentes cuando lo tenía tan cerca de ella.

—Te dije que estoy enamorado de ti, ¿qué más es lo que necesitas? ¿Por qué no me has respondido?

—¿Qué quieres que te responda?

—Algo. Cualquier cosa. La gente normal no se va del colegio cuando sabe que tiene a alguien enamorado de ella, y mucho menos cuando ya follaron.

La mención de aquello la hizo cerrar los ojos y hacer una mueca, porque había sido un gran error y solo Draco terminaría pagando las consecuencias.

—Tomé una poción para ello, gracias por preguntar —murmuró con desgana.

—No necesitabas —respondió él, y cuando Hermione abrió los ojos, Draco estaba mirando sus labios—. Yo la estuve tomando durante varios meses por... No importa, el punto es que aún llevaba el efecto cuando...

—Debo irme —interrumpió Hermione antes de que sus mejillas se calentaran demasiado. Miró sus ojos, pero ya que estos no la estaban mirando a ella, bajaron poco a poco hasta sus labios también.

Su garganta se secó, y la cercanía que tenían era tanta que sus respiraciones estaban comenzando a mezclarse la una con la otra.

—Draco... —susurró, y el aliento chocó contra él.

—No te vayas, Hermione.

Sus palabras la congelaron, y eso combinado con escuchar su nombre de pila desde sus labios fue un impacto todavía más grande. Tal vez era la primera vez que la llamaba así en toda su vida, y eso la hizo alzar la mirada hacia sus ojos, los cuales ahora la miraban casi suplicante.

—Por favor —añadió Draco cuando ella no respondió—. Estoy jodido, y por eso sé que soy yo quien no podría sobrevivir sin ti.

—No hagas esto —suplicó Hermione, su cara contrayéndose en una expresión de tristeza. Él lo estaba haciendo de nuevo; ella había venido con planes y ahora los estaba destrozando.

No podía quedarse en Hogwarts, no quería pasar su ultimo mes de vida en un colegio. Si no podía ir con sus padres, al menos quería visitar a sus amigos y hacer las cosas que siempre quiso de pequeña.

Ni siquiera Draco la haría cambiar de opinión.

—No, tú no hagas esto —contradijo él, y la mano que tenía en su cadera subió para presionar su cintura. Eso la dejó sin aliento—. No puedes solo irte como si yo no importara, como si no significara nada. No es algo que creería que tú harías.

—Dejé esa tonta regla por una razón, ¿recuerdas, Draco? Si tan solo te hubieras molestado en seguirla, ahora no estarías rogándome para que me quede.

Sus cejas se fruncieron y su mandíbula se apretó, pero en su mirada todavía había súplica.

—¿Crees que no lo intenté? —siseó—. ¿Crees que, en algún maldito momento, yo tuve la intención de que sucediera? Cada jodida noche que pensaba en ti me reprimía una y otra vez hasta el cansancio porque sabía que era una terrible idea. Todo el puto tiempo me odié a mí mismo por caer, pero fue imposible no hacerlo.

—Esto fue por tu tonta atención —replicó ella, sus ojos amenazando con llorar de nuevo—. Muchas veces te advertí que debías dejarme en paz, pero tu ego decidió que nada sucedería porque...

—Me equivoqué —interrumpió—. Tenías razón, Granger, prestarte tanta atención me llevó a mi ruina. Marqué mi jodida perdición el día que acepté esa ridícula regla. Juro que traté de seguirla, lo deseé con tanto fervor que incluso dolía, pero con el paso del tiempo, me fue imposible no mirar más allá de ti. Y ahora, teniéndote aquí justo delante de mí, me doy cuenta del por qué.

Hermione quiso preguntar qué era lo que veía y sus razones, pero sabía que eso solo traería más problemas.

Con toda su fuerza de voluntad, alzó sus manos y comenzó a empujarlo para que se alejara. Tuvo que bajar la mirada para no mirar la expresión casi dolida y triste de él. Pero necesitaba irse, por el bien de él y por el de ella.

—Lo siento, debo irme. Necesito despedirme de mis amigos.

—Sientes algo por mí, ¿no, Granger? —preguntó de repente, y la pregunta la tomó tan de sorpresa que él aprovechó eso para tomar sus muñecas y evitar que lo siguiera empujando—. No estoy seguro de qué, pero puedo mirar tus ojos y verlo ahí.

—No... Yo no... No sé de qué estás hablando.

Ella alzó la mirada, y en medio de esa desesperación se encontró con una sonrisa casi burlona.

—Me preguntaba cuánto tardaría en regresar la Granger que no sabe mentir —susurró, y el aliento a menta tan cerca de ella la hizo estremecerse—. Te enseñé a mentir muy bien, ¿no? Aprendiste rápido, no sé cuántas veces me has mentido hasta ahora sin que me diera cuenta.

Eso la hizo retorcerse en la culpa y su pecho comenzó a doler. Si tan solo él supiera lo tanto que lo estaba engañando y no con mentiras blancas y piadosas.

Hermione solo se limitó a asentir y la sonrisa de él se elevó un poco más.

—No me mientas esta vez —dijo en voz baja—. Si vas a irte, al menos quiero saber lo que sientes. Mírame a los ojos y no me mientas, olvídate de las clases que te di aquella noche.

Tragó saliva, y justo cuando las lágrimas amenazaron con salir, ella apretó los ojos con fuerza. Retorció sus muñecas para liberarlas, pero cuando no pudo, solo suspiró y abrió los ojos, mirando al techo para aguantar el nudo en su garganta.

—Mírame, Granger —llamó él y eso hizo, su corazón casi subiendo a su garganta—. Dilo.

Después de tantas mentiras y engaños que ella le había hecho, creyó que al menos merecía una pequeña verdad. Incluso por más pequeña que fuera.

Y si esta sería la última vez que lo vería, entonces se iba a rendir unos segundos.

Sus manos se relajaron y dejó caer la cabeza contra la pared, respirando lentamente mientras observaba la tormenta de emociones que llevaban esos grisáceos ojos.

—Siento algo por ti —confirmó, y nunca olvidaría la manera en que sus ojos se dilataron al escucharla—. Pero no tengo idea de qué es.

Draco se quedó en silencio, demasiado sorprendido para decir nada más. Soltó sus muñecas y dio un paso hacia atrás, y justo apenas Hermione resintió la cercanía.

Llevó la mano hasta el pomo de la puerta, pero antes de poder moverla para darse la vuelta y salir, un deseo tonto comenzó a crecer en todo su ser.

Era la última vez que estaría con él, y sea lo que sea que hubiera sido esa conversación, no se había sentido como una despedida.

Dio un paso hacia él, y observó sus ojos, quienes se habían perdido en ella.

Lentamente, alzó las manos para dejarlas en sus mejillas, acariciando su piel con ternura y ocultando de nuevo ese nudo sobre su garganta.

Se lamió los labios y poco a poco se puso de puntillas, como si estuviera esperando a que él se alejara, pero cuando no lo hizo, cerró sus ojos y presionó sus labios contra los de él delicadamente.

Por alguna razón, ese beso tan sencillo le hizo olvidar que moriría en ventinueve días.

Y secretamente, ese mismo día ella le pidió perdón a Draco por todo el daño que le causaría.