Besar a Draco siempre había sido una de las cosas que más la emocionaban.

Cada vez que sus labios se tocaban o siquiera se rozaban, ella podía sentir cada sensación recorrer su cuerpo como si se tratran de hileras de energía.

La hacía sentir viva, de alguna manera. Porque besar a Draco era su forma de salir de todos sus problemas, era tomarse un descanso de cargar tantos problemas; uno donde podía disfrutar de algo para apoyarse.

Apenas habían pasado unos días, pero había sido bastante difícil el no levantar sospechas con respecto a todo. Las pociones que tenía eran nuevas y Charles había estado trabajando en ellas especialmente para darles un uso exclusivo a su maldición y ocultar cada síntoma.

Funcionaban bien, cualquier dolor era ocluido por la poción, pero en el momento que el efecto pasaba, todo volvía con una rápida y cruel caída. Ella había tenido que calcular tantos tiempos para estar libre de algo que hiciera sospechar a Draco.

Él la veía demasiado feliz y activa, pero no tenía idea de que toda ella dependía de pociones. Pociones que eran muy difíciles de hacer y muy frágiles.

Pero por obra del universo, todo eso se olvidaba cuando ella besaba a Draco. Cuando se permitía ser egoísta unos segundos...

¿Qué más daba? Ella ya lo iba a lastimar de todas formas, ¿por qué no obtener algo que ambos deseaban?

Sentir sus manos aferradas a las suyas, justo entre ambos, eso hacía que ella pudiera sentirlo más cerca, y no precisamente por cercanía, sino porque podía sentir los latidos de su corazón.

E incluso cuando estaban mojados y casi temblando en la playa a las doce de la noche, ella podía seguir diciendo que besarlo era la única cosa que ella querría para siempre.

Solo él.

Hasta que...

—¡No coman pan delante de los pobres!*

Fue un beso lindo mientras duró.

Draco se separó apenas escuchó eso, pero en vez de lanzar una mirada asesina como ella creyó que lo haría, le frunció el ceño a Hermione.

—¿Qué carajo dijo?

Ella también frunció el ceño.

—Creo que dijo... «No coman pan delante de los pobres».

Él bajó las manos y luego dio una mirada a su alrededor. Al menos en esa parte de la playa, ellos eran las únicas personas además de los chicos que estaban en la fogata, quienes les habían gritado.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó, y a ella le divirtió su expresión confundida—. Ni siquiera estoy comiendo pan.

Hermione carcajeó y también miró a los chicos de la fogata. Uno de ellos le alzó una botella, como saludándola.

—Supongo que es una expresión mexicana —dijo, encogiéndose de hombros. Draco se giró hacia ella con una ceja alzada.

Se quedó mirando a la fogata, escuchando la música lejana hasta que todos comenzaron a bailar. Podía sentir la mirada de Draco sobre ella, pero estaba atenta a los chicos.

Se veían tan alegres y libres bailando de un lado a otro, uniendo sus cuerpos y luego separándose en una sinfonía atrayente.

—¿Bailamos? —le preguntó a Draco, y se giró solo para encontrarlo con una cara aturdida.

—¿Con ellos?

—¿Qué tiene de malo?

—Ni siquiera los conocemos. Además, ¿bailar alrededor de una fogata? ¿No es eso muy cavernícola o algo?

Hermione le alzó una ceja.

—¿Qué rayos estás diciendo? —Dio otra mirada a la fogata y luego tomó su mano, haciendo esfuerzo para salir del agua de la playa y regresar a la arena—. No importa si no los conocemos, he escuchado que los mexicanos son muy amigables y...

Se detuvo abruptamente cuando sintió una pulsada horrible en su cabeza. Se obligó a no chillar y se llevó automáticamente la mano a su cráneo.

Por fortuna, Draco no pareció notarla, porque escuchó sus pasos detrás de ella mientras salía del agua también.

Hermione comenzó a hacer cuentas en su cabeza con una rapidez alarmante, y luego de unos segundos, la realidad la golpeó. Porque había olvidado tomarse sus pociones y ahora los efectos estaban olvidándose. En su defensa, no había esperado salir a la playa en esos momentos.

—¿Y qué vamos a bailar? —preguntó Draco cuando llegó a su lado—. Sé bailar cualquier cosa, Granger, en serio, soy un excelente bailarín. Pero ellos...

—Pensándolo bien, tienes razón —se apresuró a decir ella. Bajó la mano de su cabeza y le dedicó una sonrisa rápida—. Creo que es hora de volver al hotel, mañana salimos temprano y...

Otra pulsada de dolor, pero esta vez más fuerte. Cerró los ojos, intentando no ser demasiado obvia frente a Draco, pero cuando volvió a mirarlo él ya parecía confundido.

—¿Te sientes bien? —preguntó.

—Sí —respondió apenas. Soltó su mano y luego se dio la vuelta hacia el hotel—. Deberíamos irnos ya.

Ella comenzó a caminar. No le importó mirar si Draco se quedaba o no, porque lo único que quería era llegar cuanto antes a su habitación para tomar sus pociones y que él no mirara su más odiada faceta: esa donde era débil y una tipa flácida y pálida dependiente de una poción dorada.

Comenzó a sentir sus pasos pesados, como si su propio cuerpo no quisiera cooperar, pero se aferró a la idea de lograrlo.

Luego de unos segundos escuchó pasos detrás de ella, y saber que Draco también venía la hizo sentir peor. De haberse quedado en la playa, ella habría tenido más libertad para correr —o al menos intentarlo— hasta el hotel y llegar a su habitación.

Pero por supuesto que no la dejaría sola.

—Si esta es tu manera de evitar el hecho de que me pediste que te besara, entonces lo estás haciendo muy extraño, Granger.

Ella no podía responder. Cualquier cosa que dijera, lo haría bruscamente y sin cuidado de no sonar cruel; y él no necesitaba eso por lo menos.

Lo ignoró y siguió avanzando, esta vez con más rapidez y evitando que él pudiera mirarla a los ojos. Si lo hacía, sabría que algo andaba mal.

Algo que, de hecho, era una idea fallida porque él era más alto y por tanto con piernas más largas, lo que significaba que podía alcanzarla en unos segundos. Pero aún así se esforzó por llevarle la delantera, incluso cuando todo su cuerpo comenzaba a exigirle que se detuviera y tomara un descanso.

Su madre le decía cuando era pequeña que prestarle atención a una enfermedad lo hacía peor. Decía que si se quería mejorar, solo se debía seguir como si nada hubiera pasado.

Entonces ella intentó seguir su consejo. Intentó no pensar en cómo las pulsadas en su cabeza no estaban siendo cada vez más fuertes. Intentó no pensar en cómo su garganta estaba comenzando a raspar por la fatiga de tanto movimiento. Intentó no pensar en cómo su pecho estaba empezando a doler. Intentó no pensar en cómo cada extremidad de su cuerpo se estaban sintiendo más y más débil con cada paso. Intentó no prestar atención al pitido que se estaba acercando a sus oídos.

Y sobre todo, intentó no pensar que todavía hacía falta un viaje en el elevador para llegar a la habitación.

No supo cómo lo logró, pero de un momento a otro estaba de pie en el elevador y Draco estaba a su lado pulsando el botón de la tableta.

Ella miró al frente, observando la playa lejana antes de que las puertas se cerraran. Se quedó de pie, ignorando que contaba con pocos segundos antes de que todo regresara de golpe.

Podía sentir a Malfoy justo a lado de ella, pero era una sensación que comenzaba a sentir lejana, porque ahora sus propios latidos era todo lo que sus oídos captaban.

—... Granger...

Fue repentina y lejana, pero su voz logró sacarla de su ensoñación. Parpadeó con rapidez, enfocando las últimas de sus fuerzas para mirar a Draco y darle una sonrisa cansada.

—¿Qué? —preguntó en voz muy baja, casi un susurro.

—¿Estás bien?

Le tomó varias segundos poder asentir, regalándole una mirada para tranquilizarlo.

—Claro —respondió, apartando la mirada para regresarla a las puertas del elevador. Hermione comenzó a sentir sus párpados pesados, al igual que todo su cuerpo entrando a una especie de trance.

Las puertas se abrieron, y ella no dudó al dar un paso hacia adelante y ser la primera en salir. Pero apenas logró dar ese paso antes de que su cuerpo resbalara al suelo, indicándole que fue suficiente esfuerzo para una noche.

Alcanzó a poner sus manos como escudo, pero de igual manera logró golpearse la cabeza con el suelo. Y apenas pasaron unos segundos antes de que Draco ya estuviera a su lado para ayudarla a levantarse.

—¿Eso es estar bien? —susurró con histeria. Hermione intentó decir algo, pero el nuevo golpe en su cabeza le escandalizó todo, así que solo logró fruncirle el ceño antes de que él llevara una mano hacia su espalda y otra hacia sus piernas para alzarla de un tirón.

—Yo puedo sola —dijo con voz rasposa, y luego se removió inútilmente en su lugar. Todo su cuerpo le gritaba que se quedara justo ahí, donde sentía seguridad, pero su mente también le decía que esto traería muchas sospechas y preguntas.

Debía pensar en algo rápido, algo que no involucrara a Draco y a la maldición en ella.

No supo cómo lo logró, tal vez cayó inconscientemente unos minutos, pero cuando volvió a abrir los ojos ella ya estaba recostada en su cama y dentro de la habitación.

Estaba sola, no veía a Draco por ninguna parte. Sentía todo su cuerpo en un estado tan limitado a solo respirar pesadamente, por lo que se esforzó por dar media vuelta en la cama para acercarse al buró de a lado.

Ahí estaban sus pociones, solo necesitaba una de ellas y entonces todos sus horribles dolores se irían. Pero el cajón estaba cerrado y solo se podía abrir con un hechizo, uno para el que necesitaba su varita...

Solo que no tenía su varita.

Entró en desesperación, y eso fue peor porque su propia cabeza la recordó con otra pulsada que era mejor estar recostada. Podía sentir todo su cráneo como si estuviera en llamas, y su única manera de resolverlo fue llevándose las manos a él y cerrar los ojos, como si eso lograra calmarlo.

Nunca había durado tanto tiempo entre las pociones doradas de Charles, siempre eran apenas unos segundos antes de que ella bebiera la siguiente. Pero ahora habían pasado minutos, y teniendo en cuenta que no había sentido la maldición durante días, ahora se sentía como estar cayendo al infierno de una forma rápida y cruel.

Cada parte de su cuerpo comenzó a doler, pero no era un tipo de dolor normal que ella reconociera, ahora era incluso peor, como si estuviera llegando a ella todo lo que había estado ocluyendo con las pociones.

Se encontró gritando antes de poder detenerlo. Pero solo se dio cuenta cuando sintió que era inclinada hacia adelante y atrapada por otros brazos.

—¿Qué es? —preguntó una voz, pero Hermione estaba segura de que no podía reconocerla, al menos no mientras seguía concentrándose en el dolor que atravesaba su cuerpo—. ¿Dónde te duele?

—Es todo —respondió ella, pero no sabía a quién le estaba otorgando esa información—. Siento como si estuviera ardiendo en llamas, todo duele...

Los brazos la rodearon con más fuerza, pero de repente ella recordó que solo necesitaba abrir el cajón de su buró y entonces estaría libre de todo.

Alzó su mano para acercarse, incluso intentó zafarse de la persona que la sostenía para llegar al cajón, pero eso debió haber sido una mala señal porque la volvieron a regresar a su lugar.

—Necesito... —intentó decir, pero fue interrumpida.

—¿Qué puedo hacer? ¿Qué es? ¿Qué es?

—¡Todo! —gritó, y apenas hasta ese momento se dio cuenta que estaba llorando. Levantó la cabeza para mirar a quien la sostenía, pero todo lo que su mente pudo captar fueron unos ojos grises—. ¡Haz que pare, haz que pare!

La persona la volvió a tomar entre brazos, atrayendo su cabeza hacia su pecho, y es ahí donde ella pudo reconocer el aroma de su cuerpo. Un aroma que nunca podría olvidar.

Y entonces entendió lo mal que estaba haciendo las cosas. Eso sería difícil de ocultar y cualquier cosa que ella pudiera inventar, Draco dudaría. La estaba mirando en su peor faceta, en un dolor que ni siquiera sabía que podía sentir; y eso definitivamente no se podía ocultar con una excusa tonta.

Se obligó a dejar de llorar y se aferró a la tela de su remera, mordiéndose los labios para mantenerse cuerda. Cada extremidad de su cuerpo se sentía en constante dolor, pero encontró la manera de manejarlo para mirarlo.

—Mi varita —dijo, y su corazón se deshizo cuando miró la desesperación en los ojos de Draco—. La necesito.

En menos de un segundo, él la sacó de su bolsillo y se la entregó. Hermione la tomó, sintiendo la magia fluir sobre ella apenas la tocó. Logró apuntarla hacia el cajón, y apenas se aseguró de decir el hechizo con magia no verbal antes de que esta hiciera un pequeño «clic» y se abriera.

De no haber estado en una especie de oleada de dolor puro, habría sentido alivio de ver las pociones doradas ahí. Pero en vez eso solo pudo echarse a llorar mientras veía cómo Draco se inclinaba para tomar una.

—¿Esta está bien? —preguntó mientras le ponía una frente a ella, y Hermione ni siquiera se dignó a mirarla o pensar si en realidad le serviría antes de asentir.

Necesitaba cualquier cosa para cedar al menos una parte de su dolor, cualquier cosa para poder manejar la situación con Draco. Había visto mucho y necesitaba hacer algo.

Lo miró destapar el vial de la poción, y justo cuando ella comenzó a temblar, él la ayudó a beberla.

Hermione cerró los ojos y se recargó en su pecho, aún escondida entre sus brazos y deseando con fervor que la poción hiciera efecto rápido. Si tan solo se fuera primero el dolor de cabeza, entonces podría hallar las demás pociones por sí misma.

Y afortunadamente Draco tomó la acertada, porque unos segundos después su cabeza ya estaba dejando de sentirse como si alguien la estuviera golpeando con un martillo cada segundo.

No se fue de repente, sino de poco a poco, pero cuando por fin su cabeza estuvo libre, fue capaz de atraer las otros dos pociones necesarias y beberlas.

Draco miró en silencio, y debido a que ella seguía estando demasiado cerca de él, pudo sentir cómo se tranquilizaba al verla a ella tranquila y no hecha un desastre.

Diez minutos después, todo el dolor se había ido y solo quedaban los rastros de sus lágrimas grabados en sus mejillas. Estaba cansada y quería dormir, pero sabía que Draco querría respuestas.

Solo que ella no las tenía.

—Dra... —intentó, pero él la interrumpió.

—¿Estás bien ahora?

—Yo... —Se detuvo cuando él la separó de su cuerpo, tomándola de los hombros para mirarla a los ojos—. Sí, estoy mejor.

Draco siguió sin notarse muy convencido. La miró directamente y luego le dio una rápida mirada de pies a cabeza.

—Tu cabeza sigue sangrando —murmuró después, y Hermione extrañó su tacto cuando él se levantó para recoger lo que al parecer había dejado caer al suelo. Levantó un pequeño vial y algodón. Se quedó quieto y luego alzó la mirada hacia ella, mostrándole el pequeño envase—. Te habría limpiado la herida desde antes, de no ser porque cuando entré te encontré perdida en dolor y gritando.

Hermione bajó la mirada hacia sus manos. Estaba segura de que esta vez no había ninguna excusa que la pudiera salvar. Definitivamente una picadura de abeja no la iba a ayudar.

—Puedo explicarlo —masculló luego de unos segundos, pero en realidad no sabía cómo.

—¿Cómo? —exigió Draco, leyendo sus pensamientos—. ¿Por qué carajo estás tan tranquila? Acabas de suplicarme que detuviera tu dolor, ¿y no vamos a hablar de eso?

—El dolor se ha ido —recordó, alzando la mirada y poniéndose de pie—. En serio, estoy bien ahora.

—¿Qué demonios son esas pociones en tu cajón, Granger? ¿Qué es lo que te hacen? No es la primera vez que las veo, estaban en la habitación de la biblioteca también. Cuando me pediste que te pasara una porque... —Se detuvo y pareció pensar, frunciendo el ceño—. Porque te dolía la cabeza.

—Eso fue diferente —se apresuró a decir, esperando que eso lo desviara; porque Draco era muy inteligente, solo era cuestión de atar cabos, y entonces todo su imperio de mentiras se iría al suelo.

Pero Hermione estaba subestimando su inteligencia.

—¿Cómo va a ser diferente? —replicó—. Tal vez en el sentido de que esa vez no gritaste ni lloraste. ¿Por qué dependes de esas pociones?

—No dependo de nada.

Draco la miró como si le estuviera tomando el pelo.

—¿No, Granger? —bufó—. Entonces dime por qué carajo siempre llevas esas pociones a cualquier lugar al que vamos. Explícame por qué parecías estar tan bien allá en la playa y de repente te tornaste pálida y débil hasta el grado de ni siquiera poderte sostener tu misma —Calló y luego dio pasos hacia ella, pasos seguros y determinados que Hermione encontró casi intimidantes—. Explícalo, y esta vez no mientas.

Hermione no respondió al instante, sentía su garganta seca. Y aunque hubiera podido hablar, no tenía idea de qué decirle. Su mente estaba maquinando a mil por hora algo para calmarlo, algo que no le revelara lo que de verdad sucedía.

Pero sus excusas estaban todas gastadas.

—No puedo responderte porque tampoco lo sé —susurró al suelo—. De repente comencé a sentirme mareada y quise regresar al hotel. Después... no sé qué pasó, solo de-desperté aquí en la cama y sentía dolor por todas partes.

El silencio que siguió fue tan profundo que la hizo tragar saliva con mucha fuerza.

—Me preguntaba cuándo regresarías a mentir tan horrible como antes lo hacías —dijo Draco, y cuando Hermione alzó la cabeza, él tenía una mirada vacía—. ¿Recuerdas cuando te enseñé a mentir aquella noche en la enfermería? Me arrepentí después, porque sabía que me mentías, pero eran tantas cosas que no podía saber cuáles... Ahora, Granger, vuelves a tus mismos hábitos cuando intentas mentir.

—No estoy mintiendo.

Draco le entrecerró los ojos. Ella miró de reojo que apretó los puños de sus manos, y entonces dio pasos hacia atrás. Se acercó a la mesilla de a lado de la puerta y tomó la bolsa esquineada que Hermione siempre usaba.

—Entonces, no te importará si reviso qué es lo que hay aquí, ¿cierto? —preguntó, y Hermione se maldijo más que nunca el haberse quitado la bolsa. Siempre la traía puesta, pero había creído que no la necesitaría si estaba en la playa.

Había creído que nada malo pasaría.

—No puedes hacer eso —murmuró—. Son mis cosas, es mi privacidad.

—¡Me estás ocultando algo, Granger! —gritó, agitando la bolsa en su mano—. ¿Cuál es la jodida razón de haberte retorcido en ese dolor?

—¡No lo sé!

Avanzó hacia ella.

—¡¿Tienes una maldita idea de cómo me sentí al mirarte así?! ¡¿Siquiera imaginas el miedo que sentí al verte llorando y suplicando que detuviera tu dolor?! ¡¿Crees que no me dolió el no poder haber hecho algo?!

—¡Estoy bien ahora!

—¡Sí, porque una puta poción lo arregló!

Hermione alzó la mano rápidamente para tomar su bolso, pero Draco activó sus reflejos de jugador de Quidditch y la esquivó a tiempo. Se alejó de ella en la maniobra perfecta para abrir el bolso y lo primero que sacó fue un vial.

—¿Otra poción? —preguntó, luciendo más molesto que confundido—. ¿Por qué tu bolso está lleno de pociones?

Hermione lo miró sacar un sobre, y cuando su propia mente la alertó de que era una de las cartas de Charles, el miedo que la recorrió fue intenso. Se abalanzó prácticamente sobre Draco para tomarla, pero él alzó la mano.

—¡Dame eso! —protestó con furia—. ¡No tienes ningún derecho a leer mis cosas! ¡Dámela!

Siguió luchando para tomar el sobre, pero Draco era varios centímetros más alto que ella, por lo que fue imposible. Logró deshacerse de Hermione unos segundos, y eso fue suficiente para encerrarse en el baño.

Llevándose el sobre con él.

Hermione recogió el bolso —que había dejado caer mientras luchaba por el sobre— y luego tomó su varita.

—¡Alohomora! —dijo con desesperación, y cuando la puerta hizo «clic» ella empujó, pero había una fuerza del otro lado que le impedía abrir—. ¡Draco, quítate de la maldita puerta! ¡No leas esa carta, te lo suplico!

Siguió empujando, pero lo único que lograba era mover unos centímetros la puerta antes de que el cuerpo de Draco la regresara a cerrar. Ella comenzó a mover la manija con más desesperación y ansiedad, de repente su cerebro comprendiendo el enorme lío en que estaba metida.

Esta no era la manera en que quería que él se enterara. De hecho, no quería que él se enterara en lo absoluto.

—¿Draco? ¡Draco, por favor! ¡No la leas! ¡Puedo explicártelo yo!

No tenía idea de qué carta podía haber tomado, pero cualquiera que fuera era mala porque en todas Charles intentaba hacerla regresar a San Mungo; en incluso aunque fueran unas palabras, podía hacerse alusión a su problema.

No importaba qué tan poca información tuviera la carta, Draco se enteraría de la verdad.

—Draco... —musitó, y su voz se ahogó en un sollozo. Recargó la cabeza en la puerta, deteniendo sus intentos de forzarla, pero justo cuando dejó caer su frente en la madera, esta se abrió y ella se empujó hacia atrás.

Él tenía la carta en su mano izquierda, y estaba abierta.

También arrugada.

Él sabía. Él lo sabía.

Ella abrió la boca para decir algo, pero no supo qué. En cambio, Draco la miró parpadeando, se notaba perdido y muy confundido.

—¿Qué es esto? —preguntó, y a ella le destrozó que su voz se escuchara en un hilo—. ¿Qué demonios te está diciendo este tipo?

—Draco...

—¿Por qué te está pidiendo que vuelvas a San Mungo? —preguntó en un musitado, pero ella no respondió—. ¡Contesta, Granger! ¿Por qué este tipo dice que empeorarás si no vas a San Mungo?

Charles no le había dicho que regresara al hospital desde que le avisó de su último mes. Eso significaba que había tomado una de las cartas que le enviaba cuando estaba en Hogwarts.

Al ver que Hermione no respondía, Draco caminó hasta ella, aún sosteniendo la carta.

—Hay más cartas de donde vino esta, justo ahí —dijo, apuntando con un movimiento de barbilla el bolso al que ella se estaba aferrando—. Puedo asegurar que todas dicen lo mismo.

Hermione lo confirmó: él sabía. Solo estaba esperando a que ella se lo dijera.

El problema era que no podía. Los ojos de Draco estaban irradiando dolor incluso aunque no estaba llorando, y no quería ser la causante de romperle el corazón justo ahora. No tenía idea de cómo podría manejarlo.

Después de un largo silencio, la cara de Draco se contrajo en una horrible mueca.

—Dime que no es cierto —susurró y luego dio otro paso hacia ella, alzando la carta—. Dime que lo que estoy pensando no es verdad, dime que estoy equivocado. Por favor.

Hermione aguantó las ganas de llorar a pesar de que todo su cuerpo se lo exigía. Se aferró aún más a su bolso y bajó la mirada.

No había nada que ella pudiera hacer. Cualquier cosa que dijera, él no le creería. Solo era esperar la bomba.

Su silencio fue suficiente respuesta para Draco.

—¡Joder, Granger! —explotó, dejó caer la carta al suelo y se llevó las manos a su cabello, tomándolo con frustración mientras se alejaba de ella—. ¡¿Cómo carajo pudiste ocultarme esto?! ¡¿Y por qué no me di cuenta antes?!

—Draco... —intentó de nuevo, pero él la volvió a interrumpir, y eso logró que el llanto saliera.

—¡¿Por qué no me lo dijiste?! —exigió, ella alzó la mirada y lo encontró al borde de un colapso—. ¡¿Por qué mierda creíste que estaba bien guardártelo para ti misma?! ¿POR QUÉ ME LO OCULTASTE?

—¡PORQUE NO TENÍAS POR QUÉ SABERLO! —gritó también, desgarrándose la garganta en el intento.

Draco calló, abrió la boca y bajó sus manos. La miró como si no la conociera, y pronto ella comenzó a ver pequeñísimas lágrimas asentarse en los cuencos de sus ojos.

—¿Cómo...? ¿Cómo puedes decir eso? Te he dicho que te amo en cientos de formas, ¿y no creíste que merecía saber que vas a morir?

Hermione suspiró.

—Esa era la razón, de hecho —murmuró, desganada—. Tú me amabas, no podía decirte que voy a morir. No podía decirte nada.

—¿Entonces qué pensabas hacer? ¿Ibas a morir y yo no iba a saberlo?

Ella apretó la rienda de su bolso y negó con la cabeza.

—No —contestó—. Para cuando eso pasara tú no ibas a estar para verlo. Te ibas a ir este domingo cuando yo te lo pidiera... Luego tal vez te enterarías, pero al menos yo no estaría tan metida en ti.

—¿Qué carajo dices? —preguntó y avanzó hacia ella de nuevo—. ¡Estás tan metida en mí que cada maldita célula de mi cuerpo grita tu nombre!

—¡Y por eso no debías saberlo! ¡No quería que esto pasara! —le gritó en llantos.

—¡No lo entiendes, Granger! ¡ESTO YA PASÓ!

—¡Entonces olvídalo!

—Ojalá fuera tan jodidamente fácil... —Se detuvo abruptamente. Suspiró con frustración y entonces pareció darse cuenta de algo—. ¿Por qué estamos aquí, Granger? ¿Por qué estamos viajando por las siete maravillas del mundo cuando deberías estar en San Mungo?

Hermione bajó la mirada otra vez. No había querido decirle eso. Lo sabía, bien, ahora entendía por qué ella se esmeraba tanto en alejarlo. Era hora de que se fuera.

Se mantuvo en silencio y se sentó en la cama, sus ojos llenos de lágrimas doloras que ya no podía detener.

—Granger, ¿por qué estamos en un viaje que parece una despedida? —Guardó silencio y luego añadió—: No estamos buscando a tus padres, ¿cierto?

Por primera vez obtuvo una respuesta de ella. Pero fue una de rendición: solo negó hacia el suelo.

Escuchó la respiración desigual de Draco, y ella no hizo nada hasta que lo miró arrodillarse enfrente suyo. Apenas tuvo la fuerza de mirarlo a los ojos cuando él soltó su siguiente pregunta:

—¿Cuándo?

Su voz salió demasiado delgada y cansada:

—27 de marzo.

Draco pareció entrar por completo a su colapso. Lo miró arrugar las sábanas de la cama a su lado, y entonces explotó con más fuerza:

—¡Quedan dos malditas semanas y estamos aquí sin hacer nada! —sollozó. Hermione intentó decirle que en realidad ya no había nada por hacer, pero él tomó su rostro entre sus manos justo a tiempo para hacerla callar—. Tenemos que ir a San Mungo —susurró—. A cualquier lugar, por favor. Por favor.

Ella negó.

—No hay nada, Draco... Lo he aceptado.

—¡Pues yo no! —masculló, esta vez sin poder reprimir sus lágrimas silenciosas—. ¡No me pidas que acepte esto! No puedo solo quedarme sentado a esperar a que mueras.

Hermione le frunció el ceño.

—Por supuesto que no puedes hacer eso. No puedes porque no te lo voy a permitir. Tú te irás este domingo cuando yo te lo pida. Lo prometiste.

—No voy a ir a ninguna parte —declaró—. Ni ahora, ni mañana, ni nunca. En cambio, tú irás conmigo a buscar cómo ayudarte, iremos con los mejores medimagos de todo el mundo. Lo que sea para...

—¡No! —Hermione alejó sus manos—. Es exactamente lo que no quiero. No pasaré mis últimas dos semanas pasando de hospital a hospital.

—Bueno, si no lo haces, serán las últimas putas dos semanas.

—¡Sí, pero es mi decisión!

—¡Granger, escúchate! —replicó, desesperado—. No puedes permitir, no puedes dejar que suceda... ¡No puedes!

Draco la abrazó de la cintura, aún arrodillado ante Hermione y luego comenzó a llorar. Se escondió en ella, y lo único que pudo hacer fue abrazarlo apenas y acariciar su cabello.

No tenía ni la más mínima idea de qué hacer. No había planeado qué haría si algún día Draco la descubría.

Seis días. Ese fue el tiempo que él necesitó para descubrirla en el transcurso de la semana.

La estaba abrazando con tanta fuerza, como si ya estuviera temiendo el perderla, y la manera en que lloraba la estaba destrozando.

Ella no quería ir a un hospital, no quería ir a ninguna parte y que le dieran falsas esperanzas para algo que ya estaba escrito. No quería hacer lo que Draco necesitaba para estar tranquilo.

Hermione ya había roto su promesa sobre no hacer un mal movimiento para destruirlo porque era precisamente lo que había hecho.

Pero no estaba dispuesta a romper algo más. Ya no.

Siguió abrazándolo y escuchándolo llorar mientras su mano izquerda se movía sigilosamente hacia su varita. Ella había comenzando a llorar en silencio, y de repente en dejà vu la inundó.

Sus dedos se cerraron alrededor de su varita y la atrajo con rapidez antes de que él la notara.

Draco se separó de ella y la miró; sus ojos rojos e hinchados de tanto llorar. Algo que Hermione nunca había visto y, por tanto, le resultaba más doloroso.

Miró sus ojos, y pronto estos se iluminaron, como si hubiera recordado algo en una ocurrencia tardía.

—La cura... —susurró—. Tú necesitas la cura. Yo...

—Está bien —interrumpió Hermione. Se acercó a él y esta vez ella acarició su mejilla, limpiando sus lágrimas—. Todo va a estar bien —musitó en voz débil. Draco la miró, confundido, y entonces ella se obligó a sonreír.

Luego se acercó y dejó un suave beso sobre sus labios.

Justo al mismo tiempo donde el hechizo se estaba desarrollando en su varita.

Apretó los ojos, una lágrima rebelde resbalándose en una de sus mejillas. Esto estaba mal, y lo sabía, pero necesitaba hacerlo.

Se alejó de sus labios y observó con un enorme nudo en su garganta a Draco, quien tenía los ojos cerrados; poco a poco calmándose la expresión en su rostro, eliminando la revolución que traía en su cabeza.

Ella le sonrió aunque no podía verla, luego se acercó a dejar un rápido y sencillo beso en su frente antes de alejarlo y ponerse de pie.

Acomodó el desorden en unos segundos antes de ponerse de pie y encerrarse en el baño. Rejuntó la carta que Draco había tirado al suelo y luego juntó todas en un solo lugar.

—Incendio —murmuró cuando tuvo todas juntas, y después alzó un encantamiento para evitar el humo y el olor.

Cuando terminó, se encargó de eliminar cualquier rastro de lágrimas así como la herida en su cabeza. Volvió a subir sus rizos en su típico moño y luego se secó el vestido con su varita.

Para cuando salió del baño, Draco estaba sentado en la orilla de la cama, luciendo confundido.

—Es curioso —le dijo apenas la miró salir—. Estoy aquí, pero no recuerdo por qué.

Hermione tragó saliva.

—Viniste a ver sobre el viaje de mañana —le recordó ella, repitiendo lo que había plantado en su mente—. Te dije que estoy cansada, no quiero salir a ninguna parte.

Draco asintió, rodando los ojos en un resoplido.

—Oh, cierto —dijo—. Y creo que yo estaba por discutir eso. No podemos visitar las siete maravillas del mundo sin ir a Machu Picchu.

—No estoy de humor para discutir, Draco.

Silencio.

Y luego:

—¿Por qué no me miras a los ojos?

Porque acabo de hacer uno de los actos más egoístas de mi vida, y verte me hace recordarlo.

Hermione lo miró.

—¿De qué hablas? —preguntó y soltó un resoplido también—. ¿No puedo solo mirar al suelo?

—Granger...

—Quiero dormir —interrumpió—, ¿podrías?

Ella miró la confusión en sus ojos. Él se movió, algo incómodo. Se puso de pie y la miró.

—Estaba pensando... Tal vez, teniendo en cuenta el beso de allá afuera, yo podría...

—Da lo mismo, quédate aquí y yo dormiré en tu cuarto.

Hermione caminó hasta la puerta y se encerró en la otra habitación antes de que él pudiera detenerla. Se recargó en la puerta y cerró los ojos, suspirando temblorosamente.

Que Draco le recordara sobre el beso solo la hacía sentir peor. Prácticamente dejándole en cara la horrible persona que era al hacerle olvidar solo lo que le convenía. Cuando el hechizo llegó al recuerdo del beso, no tuvo el valor para hacérselo olvidar también.

No quería que olvidara eso.

Pero tenía muy presente que lo que había hecho estaba muy mal.

Por eso ella ya lo había decidido: Draco se iría ese mismo domingo, y ya nada le haría cambiar de opinión.

Al menos eso le debía.