—¿Qué? —preguntó Draco, y por la expresión que tenía parecía no creerse lo que había dicho.

Hermione perdió todo rastro de diversión infantil que había estado teniendo y entonces lo miró directamente, quería hacerle saber que estaba hablando muy en serio.

Observó la profundidad en sus ojos grises, esos que no dejaban de mirarla, como si quisieran comprobar si lo que había dicho era real o solo producto de su imaginación.

Ella movió ligeramente sus pulgares sobre sus mejillas para recordarle que había sido real, y entonces lo repitió:

—Quédate.

Primero él no dijo nada, como si estuviera en una especie de trance; y eso por un momento la desconcertó porque comenzó a creer que ahora era él quien quería irse.

Olvidó que había un carnaval a su alrededor, olvidó que estaban en medio de un grupo de bailarines que seguían su performance y olvidó que la lluvia los seguía empapando.

Al menos hasta que escuchó un pitido que la sacó de su ensoñación. Giró la cabeza hacia su derecha y encontró a un tipo vestido de oficial soplando un silbato y corriendo hacia ellos.

No tuvo tiempo de pensar en qué hacer, así que fue Draco quien actuó por ambos cuando la tomó de la mano y la hizo correr. Fueron en sentido contrario a todos los demás y eso les causó problemas, pero fueron más rápidos que el oficial y por eso lograron escapar.

Cuando llegaron a la barrera que dividía la calle de la banqueta, la levantó con cuidado para ayudarla a cruzar y luego saltó él. La tomó de la mano de nuevo y volvió a hacerse espacio entre todo el gentío para salir de la zona del carnaval.

Incluso aunque ella hubiera tenido tiempo para preguntarle sobre lo que le había dicho, no habría podido por todo el ruido y porque él avanzaba muy rápido.

Tan rápido que, sino hubiera bebido sus pociones doradas, la maldición se habría apoderado de ella.

Él no dijo nada y ella tampoco mientras permitía que la llevaba hacia quién sabe dónde. Brasil tenía civilización por todas partes, así que les costó encontrar un lugar que estuviera lejos de los ojos muggles, pero cuando lo hicieron, Draco se aseguró de ponerles encima un encantamiento desilusionador por si acaso.

Y fue ahí donde la miró a los ojos.

—«Quédate» —dijo, y ella frunció el ceño antes de que él añadiera—. Eso es lo que dijiste, ¿no?

Hermione asintió lentamente, de repente con el miedo de que ahora fuera él quien rechazara la oferta.

Pero sus dudas se disiparon cuando miró el alivio en sus ojos, tan transparente que fue hipnotizante.

Él no sonrió, sino que pareció recordar algo.

—Te mareas cuando te apareces, ¿no, Granger? —preguntó, y ella no supo qué responder a eso. Sin embargo, Draco sí elevó esta vez sus labios en una sonrisa casi pícara—. Sé de algo que podrá distraerte.

Antes de que pudiera pensar en lo que había dicho, él ya la estaba besando.

Llevó sus manos hasta su cintura y la apretó contra su cuerpo, manteniéndolos lo más cerca posible mientras ella permitía que la besara tanto como pudiera y de la forma que quisiera.

La recargó en la pared del callejón en el que se habían escondido y luego sintió que una de sus manos viajó hacia su cabello, alejando los cabellos mojados que obstruían el paso.

Ella tenía sus manos encerradas entre su pecho, no podía moverlas y lo único que quería era tocarlo de vuelta. Pero de igual manera, esto también se sentía bien.

Porque él parecía estar descargando aquello que había estado guardando durante tanto tiempo, y casi podía sentir lo feliz que estaba.

Así que Hermione se concentró en eso y no en lo malo que su mente amenzaba con recordarle; no en cómo estaba tomando la decisión más egoísta de su vida y no en lo tan cobarde que era como para no decirle la verdad.

Se concentró en eso... Y de repente ya no hubo una pared que la sostuviera, solo su mano sobre su cintura. De alguna forma, el haberla besado la distrajo de la aparición y no causó ningún dolor o mareo al hacerlo.

Ella habría prestado atención a eso de no ser porque estaba muy ocupada aceptando el beso que Draco todavía le estaba regalando.

Y justo cuando se separó, ella buscó sus labios de nuevo en busca de más. Pudo sentir su sonrisa burlona, y Hermione no quiso abrir los ojos para mirarla, solo se mantuvo así hasta que escucho su susurro casi burlón:

—¿Tanto te costaba aceptarlo, Granger?

No respondió con ninguna palabra, solo liberó sus manos para tomar su camisa y lo jaló para besarlo de nuevo.

Ella lo había extrañado. Lo había besado en México, pero esta vez era diferente. Ahora ella tenía la certeza de que habrían más días donde lo miraría, donde sabía que podría contar su presencia y respirar su aroma por las mañanas.

Ahora sabía que ya no sentiría su ausencia.

Hermione estaba harta de sentir la ausencia de todos, no estaba preparada en lo absoluto para sentir la de él.

Malfoy la volvió a abrazar para acercarla, tanto que incluso sus cuerpos parecieron uno mismo. Le respondió el beso con la misma ferocidad y necesidad que ella lo envió, disfrutando hasta el detalle más pequeño.

Y no fue un beso lento y delicado como lo había sido en la playa, esta vez no fue un beso de consolación.

Fue uno que reclamaba el tiempo que habían perdido jugando al gato y al ratón.

Cortó el beso para separarse y mirarlo con ojos desesperados, quería escucharlo de su propia boca. No se iba permitir mantenerlo con ella si él no quería.

Deseaba que se quedara, pero si Draco quería irse...

—¿Vas a...? —comenzó a decir, pero él la interrumpió antes.

—Ni siquiera te atrevas a dudar.

Entonces él fue quien la besó a ella. Hermione alzó sus manos para rodear tanto como pudiera y él llevó sus manos hasta su entrepierna para levantarla del suelo. Fue apenas instinto el que ella rodeara sus piernas sobre sus caderas y poco sintió cuando él caminó para dejarla encima de un mueble cercano.

¿Era un mueble siquiera...? Ella no tenía ni idea de dónde estaban. Probablemente era en el hotel pero no quería detenerse para averiguarlo.

Una de sus manos bajó de su cuello para tirar todo lo que había encima; y por el sonido que hubo, pareció que sus varitas también cayeron al suelo.

No le importó, siguió respondiendo a su beso tanto como pudo. Su ritmo era rápido y feroz, y aunque le costaba seguirlo podía sentir cada sensación recorriendo su cuerpo por cada cosa que él hacía.

Una caricia sobre su espalda era electrizante. Una mordida en sus labios le daba escalofríos. Un movimiento para acercar sus caderas era adictivo.

Cada cosa que él hiciera se sentía mil veces mejor que cualquier otra cosa que le hubieran hecho antes. Ella había creído que siempre era una exageración la fama que Draco Malfoy tenía en Hogwarts, pero ahora podía confirmar en carne propia que tal vez no era tan malo como lo había imaginado.

De hecho, no era para nada malo.

Le regresó el beso con la misma emoción o tal vez más, por un momento creyó que la situación iría para más, pero entonces...

Un estruendo resonó en medio del lugar, tan brusco que incluso Draco se aferró a ella. Ambos se destuvieron y se mantuvieron en silencio hasta que una luz brillante en forma de pavo real se hizo presente.

Hermione entrecerró los ojos para no lastimarse la vista, y fue ahí cuando la voz de Lucius Malfoy resonó por la habitación del hotel:

—Draco, no sé dónde estás ni cómo te encuentras, la carta que dejaste antes de irte apenas nos mencionó nada. Tu madre está en San Mungo, fue atacada por un grupo de rebelión contra ex-mortífagos mientras estaba en el Callejón Diagón. Comprendo que no quieras hablar conmigo, pero ella sigue siendo tu madre... Regresa cuanto antes.

Luego de eso el patronus desapareció y la habitación quedó en completo silencio... Y cualquier llama que ellos hubieran tenido, se terminó de golpe.

Hermione enrojeció incluso cuando Malfoy no la estaba mirando, se recorrió con cuidado la falda y se bajó del mueble. Luego alzo la mirada y se encontró con que él seguía mirando el lugar donde había estado el patronus.

—¿Draco? —preguntó con voz cautelosa.

Pero él no se giró para mirarla, solo soltó un suspiro desigual.

—La dejé sola —susurró, y Hermione no supo qué responder—. He recibido cartas de ella en toda esta semana y lo que he hecho ha sido ignorarlas. Soy un completo idiota.

—No digas eso...

—Es verdad —contradijo, esta vez sí mirándola—. Vine acá y nunca pensé en cómo le afectaría a ella, no me importó recordar el hecho de que para el mundo mágico mi familia sigue siendo la peste. Mi madre me necesitaba y yo no estuve para ella.

Hermione tomó su mano como último recurso, él parecía estar a punto de entrar en la desesperación incluso aunque no lo demostraba.

—Ey, mírame, tranquilo... —dijo en voz tierna, jaló su mano para hacerlo caminar y luego lo hizo sentarse en el sofá más cercano—. Nada de esto fue tu culpa...

—Ella fue atacada, Granger —recordó con una mirada casi asustada, apenas visible—. Mi madre me había dicho que tenía tanto miedo de salir de casa porque temía del «qué dirán»; ahora eso no fue el problema, sino un grupo de rebeldes que querían afectar a todas las familias de ex-mortífagos. Mi madre está en San Mungo porque yo no logré restaurar el orgullo Malfoy.

—Eso... —Hermione calló, sin saber exactamente qué decir—. Nada de esto debía caer sobre tus hombros, ni restaurar el orgullo ni...

—Pero si lo hubiera hecho...

—Draco —interrumpió. Dio un leve apretón a su mano para recordarle que seguía ahí y se acercó un poco más a través del sofá. Había mirado casi todas las facetas de él, incluso hasta una vulnerabilidad extrema como cuando se enteró de su maldición, pero esta faceta... Era de preocupación y culpa, algo tan mundano que nunca habría imaginado que habitara en Draco Malfoy—. Todo está bien, tu madre ya está siendo atentida. Podemos ir a San Mungo cuando tú quieras sin problema; nada de esto fue tu culpa, ¿entiendes?

Él miró sus ojos todo el tiempo mientras le decía esas palabras, y cuando terminó solo parpadeó y asintió. Lo miró tragar saliva y ella sonrió muy débilmente antes de alzar su mano y quitar el cabello mojado que todavía tenía pegado sobre su frente.

De hecho, ambos todavía seguían empapados por la lluvia.

Se mantuvieron en silencio durante varios segundos antes de que Hermione decidiera ir a cambiarse de ropa. Se aseguró de que él estuviera más tranquilo antes de darse un baño con agua caliente lo más rápido posible, esperando salir y encontrarlo también igual; pero lo que halló al salir fue a él en la misma posición en que lo había dejado.

—¿Qué pasa? —preguntó apenas salió del baño, trayéndose el peine contigo para cepillar su cabello.

—Estaba... buscando ropa —comenzó con una voz y mirada lejana a algo que estaba en el suelo y que ella no podía ver—. Pero entonces recordé que mi maleta estaba hecha para irme el día de hoy.

Hermione frunció el ceño.

—¿Qué con eso?

—Que no me voy a ir el día de hoy. Ni mañana. Ni pasado... —Guardó silencio, y de repente, su mirada regresó y alzó la cabeza para encontrarla. Pareció durar antes de preguntarlo, pero lo hizo—: Granger, ¿realmente me pediste que me quedara?

Ella abrió la boca para responder, pero no supo qué, la volvió a cerrar y dejó de cepillarse el cabello. De pronto no encontraba palabras, no sabía como interpretar su pregunta. ¿Era un reclamo? ¿Lo decía de la buena manera o de la mana manera? ¿Quería irse ahora?

Irse probablemente era la mejor opción teniendo en cuenta todo lo que sufriría si se quedaba, pero Hermione ya no tenía fuerzas para seguir alejando lo único que quería cerca; así que si él quería irse ahora, entonces ella no sabría qué hacer.

—Yo... —comenzó, pero fue todo lo que pudo decir.

—Ven aquí —dijo él, y por un momento ella no supo qué hacer antes de que, entre dudas, rodeara el sofá que los separaba para caminar hasta él.

Esquivó una maleta de ropa que estaba en el suelo y entonces se sentó a lado de Draco, justo donde él estaba pidiendo que lo hiciera.

Estaba nerviosa.

No tenía idea de qué era lo que él diría o haría, así que su única alternativa fue asegurarse de esperar lo peor.

Pero entonces, justo cuando ella se estaba mentalizando las peores situaciones del mundo, Draco la atrajo hacia él en un cálido abrazo.

Tan cálido que por un momento no creyó que ese fuera el verdadero Draco Malfoy.

Él la rodeó como si estuviera decidiendo ser su nuevo hogar, como si estuviera dispuesto a formar un escudo alrededor de ella y jamás permitir que algo malo le pasara. Lo sintió recargarse en la esquina del sofá, y entonces Hermione decidió disfrutar del momento y se recargó en él también, cerrando los ojos.

Pudo sentir el ligero peso de la mejilla de Draco que se recostaba sobre su cabello, y luego de unos segundos escuchó un suspiro profundo.

—No tienes idea de cuánto estoy disfrutando esto —le dijo—. Eres todo lo que necesito en estos momentos, Hermione.

Ella no respondió. Aunque de hecho, no había nada que pudiera decir, solo permitió que la abraza y disfrutó del momento tanto como pudo. Olvidó todo y de repente solo existió él y la manera en que su tacto la hacía sentir segura y relajada, como si el saber que estar cerca de él haría todo más fácil.

Si en su segundo año de Hogwarts le hubieran dicho que en un futuro estaría en esta posición y con sentimientos hacia Draco Malfoy, ella se habría reído. Pero ahora, ciertamente... No le encontraba mucha gracia, sino le hacía preguntarse por qué esto había tardado tanto en llegar.

La Guerra les había quitado tantas cosas, eso lo tenía claro, pero por un momento ella comenzó a imaginar qué hubiera pasado si jamás hubiera existido Voldemort.

¿Draco y ella habrían encontrado la manera de ir el uno con el otro?

¿Se habrían enamorado desde antes?

¿Tendrían tiempo de vivir una vida larga y feliz como en los cuentos de hadas?

Ninguno lo sabía, y probablemente nunca lo harían; ella iba a morir y él terminaría destrozado.

Estaba haciendo mal, ella lo sabía. Pero estaba tan cansada, ya no sabía qué hacer y creía que en cualquier momento la maldición aprovecharía esa debilidad para lastimarla más. Al estar con él, como en estos momentos, todo eso se olvidaba y entonces ella no se sentía débil y vulnerable; de hecho, se sentía como si fuera capaz de hacer todo.

No le importaba morir, ya no. Lo único que quería era pasar hasta el último segundo con él si era posible.

Y tal vez su mayor miedo era que la maldición la obligara a olvidar a Draco tarde o temprano. Aún no había llegado a esas alturas, habían ocurrido cosas pequeñas, como cuando cuando olvidó el nombre del hechizo, o algunas veces que olvidaba dónde había dejado sus cosas o cuando de repente no recordaba su propio apellido antes de escuchar a Draco llamarla por él.

Se había obligado a no asustarse por eso, sabía que iba a pasar, pero eso no significaba que no le afectara cuando lo recordaba.

Pero de alguna manera, todo lo malo que le estuviera pasando se escondía en algún lugar mientras estaba con Draco. La manera en que él la miraba, la manera en que la trataba, la manera en que la tocaba, la manera en que la protegía... Todo eso era más importante que cualquier otra cosa.

Se mantuvo con los ojos cerrados, respirando como nunca lo había hecho antes. Ni siquiera le importó que él siguiera empapado por la lluvia, seguía desprendiendo su aroma y eso la dormía.

Cosa que, de hecho, pasó. Su cabeza estaba recargada en su pecho y poco a poco ambos fueron resbalándose en el sofá hasta que quedaron juntos y recostados el uno contra el otro, Draco sin quitar sus brazos alrededor de ella en ningún momento.

Hermione sabía que debía levantarse para tomar sus pociones doradas antes de que fuera demasiado tarde, sabía que si no lo hacía correría el riesgo de que él la descubriera de nuevo. Pero estar ahí con él se sentía tan bien que dudaba siquiera necesitar las pociones.

«Debes aprender a no depender de las pociones», le había dicho Charles en una de sus cartas. Ella lo sabía, pero cada vez se hacía más grande el dolor y era imposible resistirse de tomar una poción. Le afectó, porque ahora cada vez que se pasaba unos minutos de la hora establecida, su cuerpo prácticamente pedía a gritos la siguiente poción.

Debía aprender, debía controlarse y no depender.

Así que no se levantó, se quedó recostada junto a Draco todo el tiempo antes de que llegara la hora de tomar la siguiente poción. Podía sentirlo dormido por la respiración relajada sobre su pecho y no quería despertarlo, así que solo lo abrazó con más fuerza y se preparó para cualquier dolor que estuviera por venir.

Los primeros segundos fueron traquilos, no hubo ningún tipo de dolor y eso la desesperó por un momento. Pero luego del primer minuto... Fue ahí donde sintió la primera punzada a su cabeza, pero fue tan leve que la desconcertó, como si de alguna manera estuviera cedada.

Se concentró en ese dolor para poder entenderlo, y luego su cabeza comenzó a punzar por completo. Pero de nuevo, el dolor no fue tan grande como otras veces anteriores... Era como si el dolor quisiera salir pero algo se lo estuviera impidiendo.

Se hizo creer que era un dolor que cualquier persona tenía y decidió intentar dormir. Pero entonces su garganta comenzó a raspar cada vez que tragaba saliva y luego comenzó a ser más difícil tomar bocanadas de aire.

Sus huesos fueron los siguientes en doler, y después de eso —aunque intentó no hacerlo muy obvio— comenzó a temblar.

Se mordió los labios para no titiritar y apretó más sus párpados, aferrándose sin querer a Draco mientras reprimía todo el dolor que la estaba llenando.

Pero entonces...

—¿Tienes frío? —preguntó la voz de Draco por encima de su cabello en un susurro. La rodeó con más calidez y dejó un beso rápido sobre su cabecilla—. Estás temblando.

Ella no respondió. No porque no quisiera, sino porque estaba demasiado ocupada manteniendo su dolor dentro de sí misma.

No dejó de abrazarlo, ni siquiera cuando lo sintió estirarse para tomar algo de la maleta que estaba en el suelo.

Hermione abrió los ojos solo para mirar que él había tomado una manta, una de las que usaba cuando dormía en los vuelos. Murmuró un hechizo al que ella no prestó mucha atención y entonces la manta se hizo más grande.

La estiró con cuidado y los cubrió a ambos, encargándose de que ella estuviera bien. Hermione quiso decir que eso no ayudaría a que dejara de temblar, solo que... En realidad sí ayudó.

Frunció el ceño, pero aún así se acurrucó más cerca de él, notando cómo el dolor seguía ahí... Solo que ahora era más manejable.

Ella no lo entendía. Había intentado muchas veces no depender de las pociones, ¿y ahora de repente no las necesitaba lo suficiente?

La duda quedó con ella, pero luego de casi la primera hora, se permitió dormir. Escuchar la respiración relajada de Draco fue tal vez lo que se lo permitió.

Teniendo en cuenta cómo habían comenzado la noche, ella había creído que el rumbo iría hacia otra parte... Sin embargo, esto era mejor.

Mucho mejor.

•••

Londres, Inglaterra. Miércoles 16 de marzo de 1999, 2:34 p.m.

Habían regresado a casa. Después de una semana fuera y dos días intentando cruzar hacia otro continente, por fin estaban de regreso en Londres.

Habían surgido unos problemas al día siguiente después de haber despertado en el sofá, como el hecho de que se levantaron muy tarde y ya no habían vuelos para ese día. Para el martes, tuvieron algunos problemas porque les estaban pidiendo identificarse como muggles y habían perdido los pasaportes con ilusión que habían hecho, así que terminaron partiendo a las once de la noche del mismo día.

Apenas llegaron, durmieron unas horas muy pobres antes de que se levantaran para ir directo a San Mungo.

Hermione no había tenido ganas de ir porque sabía que se encontraría con Charles tarde o temprano, pero era por la madre de Draco y ella estaría ahí para apoyarlo sin importar qué.

Tan pronto como llegaron a San Mungo, Malfoy fue a preguntar directamente a recepción en qué habitación se encontraba, el problema fue que la mujer se rehusó a darle información incluso cuando se trataba de su propio hijo. Hermione tuvo que intervenir y apenas así la mujer cedió.

Prácticamente corrieron al cuarto piso y luego a su habitación. Por alguna razón, habían dos aurores a cada lado de la puerta, aunque eso le importó poco a Draco; y fue ella quien tuvo que jugar con las miradas de los aurores para que no hicieran nada.

—Te espero aquí afuera —se apresuró a decir Hermione antes de que entrara. Él se detuvo en seco y la miró, confundido.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Yo... No creo que sea buena idea...

—¿Que mi madre me mire contigo? —completó Draco, pero ella no tuvo la valentía para confirmarlo, solo desvió la mirada.

Después del fin de la Guerra, la mayoría del mundo mágico había reivindicado sus pilares de creencias sobre la raza mágica, pero había ciertas personas en las que Hermione todavía dudaba. Narcissa Malfoy había sido una de las personas más groseras con ella con respeto a eso, y no estaba dispuesta a averiguar si seguía siendo así por el momento.

Al ver su reacción, Draco caminó hasta ella y la tomó de la mano para hacerla mirarlo a los ojos.

Esos ojos grises que eran tan profundos.

—Escucha, Granger —comenzó—, amo a mi madre como no tienes una idea, pero también te amo a ti. No voy a permitir que ella te diga absolutamente nada, ¿de acuerdo? Estás conmigo ahora.

Hermione tragó saliva, de repente perdida por el tono serio que él había tomado. Sin embargo, asintió con la cabeza.

Caminaron hasta la habitación y luego entraron.

Narcissa Malfoy estaba recostada en la camilla que estaba en medio y se encontraba dormida. Tenía unos monitores a lado que estaban midiendo su sello mágico y otros más parecían estar encargados de su cuerpo. Había un equipo para la Terapia de Paz; ella lo reconocía porque era lo mismo que Charles había usado con ella cuando tenía dificultades para respirar.

El que estuviera dormida la hizo sentir más relajada; pero eso se destruyó cuando ambos cayeron en cuenta que en el fondo de la habitación estaba también Lucius Malfoy, pero a diferencia de la mujer, él sí se hallaba despierto.

Hermione se estremeció visiblemente y por instinto dio un paso hacia atrás. Incluso sintió a Draco ponerse un poco tenso, pero no le soltó la mano y no se fue de su lado.

Nadie dijo nada durante los primeros segundos, no al menos hasta que la mirada de Lucius viajó hasta sus manos unidas y hasta la manera protectora en que Draco estaba parado delante de ella. Entonces ahí fue donde sus labios se elevaron en una sonrisa poco sincera.

—Señorita Granger. Hijo —saludó, pero fue todo lo que ella recibió porque se giró hacia Draco—. Ya era hora de que aparecieras, por un momento creí que realmente te importaba poco lo que le sucediera a tu madre.

—A diferencia de a ti, a mí si me importa mi familia —replicó, su expresión totalmente neutra—. He venido hasta acá solo por mi madre, cosa que incluso no habría tenido que hacer si tú hubieras cuidado bien de ella.

Lucius soltó una risita para nada sin gracia.

—Discúlpame, hijo. No había querido interrumpir tus lindas vacaciones con... —Se detuvo y pareció estar luchando contra sus propios impulsos, sin embargo, solo resopló—. Señorita Granger, ¿podría dejarme a solas con mi hijo? Tengo algunos asuntos familiares de qué hablar con él.

Hermione no se movió al principio, dispuesta a no sentirse intimidada más por Lucius Malfoy, pero luego de que el silencio se hiciera tan pesado, ella intentó caminar hasta la salida. Pero fue Draco quien le sostuvo la mano para que no se fuera.

Cuando ella lo miró, él seguía mirando a su padre.

—Lo que quieras decirme, padre, será delante de ella.

Un ligero clic en el hojo izquierdo se formó en Lucius, más ella no supo la razón; tal vez por desesperación o frustración.

Aún así ella pudo ver el comienzo de una discusión entre ellos si no se iba como Lucius lo había pedido.

—Está bien —le dijo a Draco, masajeó su mano con ligereza hasta que él la miró. Hermione sonrió—. Tengo que ir a buscar a alguien que también está aquí, te esperaré en recepción una vez que termines, ¿de acuerdo?

Él no se miró convencido, de hecho parecía que se sentía culpable por no poder contener a su padre delante de ella, pero en realidad Hermione creía que lo había hecho bastante bien.

Y para comprobarlo y tal vez que el mundo ardiera, se puso de puntillas y dejó un suave beso sobre su mejilla. Lo miró con una última sonrisa y soltó su mano antes de girarse hacia Lucius.

La mirada que este le tenía podía enmarcarse.

—Señor Malfoy —se despidió con un asentimiento de cabeza, pero él no le respondió. Caminó hasta la puerta y luego salió de la habitación.

Una vez fuera, ella sintió que podía respirar de nuevo. El ambiente ahí adentro había sido sofocante.

Advirtió a los aurores con la mirada y luego fue directamente a la oficina que había sido prácticamente su casa durante su estadía en San Mungo. Lo había aprendido de memoria que incluso podía ir con los ojos cerrados.

Para cuando estuvo delante de la puerta y tomó la perilla, se encontró a sí misma conteniendo la respiración. Llevaba días sin ver a Charles, días sin responder sus cartas... Probablemente estaría furioso.

Abrió la puerta, asomó su cabeza y viajó su mirada por toda la habitación hasta que encontró unos ojos castaños que la miraban.

Ella le regaló una sonrisa de boca cerrada y luego se adentró al lugar, cerrando la puerta detrás de ella.

Esperó un regaño o furia, pero todo lo que hizo Charles fue levantarse inmediatamente de su silla y casi correr hasta ella para abrazarla.

—Por Merlín, creí que algo malo te había pasado —murmuró por encima de su cabeza, ella podía sentir su corazón latir demasiado rápido—. Maldita sea, Hermione. No dijiste adónde irías ni tampoco contestabas mis cartas, ¿qué carajo pasa contigo? Me estabas matando de la angustia.

—Lo siento —masculló en medio del abrazo, sin saber exactamente qué decir.

Ese día, Charles la abrazó alrededor de quince veces y le reprochó el haberlo olvidado alrededor de otras diez veces. Sin embargo, pronto regresó a su modo medimago activado y la revisó tan a profundo como ella se lo permitió.

Le preguntó sobre sus dolores, sobre su dependencia a las pociones, sobre su memoria...

Tantas cosas que incluso ella misma se encontró agobiada. Pero aún así, no hubo nada en que él pudiera ayudar. Desde que ella se fue, había estado buscando día y noche algo que pudiera ayudar a siquiera alargar el proceso, pero nada le funcionaba.

Casi lloró de la impotencia delante de ella, pero Hermione tuvo que recordarle que como medimago era su deber no adentrarse sentimentalmente en los asuntos de sus pacientes.

Se despidió de él con la condición de estar respondiendo sus cartas y para cuando llegó a recepción, Draco ya estaba ahí esperándola.

Hermione no dijo nada ni él tampoco, solo tomó su mano y ambos salieron de San Mungo para ir directamente a uno de los departamentos que eran propiedad de Draco por herencia.

Esa tarde, ninguno preguntó qué había sucedido con el otro. El silencio y la compañía de ambos fue suficiente para sobrellevarlo.

•••

Londres, Inglaterra. Sábado 19 de marzo de 1999, 11:35 p.m.

Habían estado yendo por lo menos dos veces al día a San Mungo. Draco iba con su madre y cuando no estaba Lucius, Hermione entraba con él. No porque le tuviera miedo, sino porque no quería ser la razón de una discusión mientras Narcissa seguía internada.

Según Draco, había sido atacada con una maldición de ácido directamente en el esternón. Eso había afectado su sello mágico y directamente su respiración; la Terapia de Paz era lo único que podía ayudarla por el momento hasta que los encantamientos y pociones hicieran efecto y la maldición dejara de expandirse sin afectar su magia o salud.

Era grave, pero no incurable.

Hermione solo había encontrado una vez despierta a Narcissa, y a pesar de que su mirada no mostró emoción de que ella estuviera ahí, en ningún momento dijo algo en contra de ella o le pidió que se saliera, siempre fue decente e incluso la saludó y despidió.

Cuando Draco entraba solo con su madre, ella iba directamente con Charles; y cuando él estaba ocupado, solo se recostaba en la camilla de su oficina con el equipo de la Terapia de Paz para descansar hasta que volviera.

Después de eso, solo volvían y pasaban la tarde juntos, haciendo nada, y al mismo tiempo todo.

Hermione había dejado de tomar sus pociones al menos por la noche cuando dormía con Draco. Era una buena manera para no depender de ellas debido a que, de hecho, cuando estaba con él el dolor parecía reducir considerablemente.

Seguía ahí, y algunas veces la hacía llorar mientras él dormía, pero era mucho menos que veces anteriores.

Parecía como si Draco tuviera una especie de escudo que la ayudara a sobrellevar más el dolor.

Sin embargo, para el sábado en la noche, mientras Hermione leía «Una noche de verano» por Shakespeare, y estaba recostada en el sofá en las piernas de Draco, un sonido proveniente de la ventana los hizo saltar a ambos.

Hermione se sentó y miró la ventana, encontrándose con una pequeña lechuza que ella conocía bastante bien.

Pigwidgeon. La lechuza de Ron.

Se puso nerviosa al instante. Se levantó y caminó-corrió hasta la ventana para abrirla y tomar el sobre que traía en su pico. Le dio un pedacillo de pan que había estado comiendo y luego abrió el sobre para leer la carta:

Hermione:

¿Estás en Londres? Creímos que estabas buscando a tus padres, pero han habido muchos rumores de que estás aquí y con Malfoy. Estúpido, ¿cierto? No vas a contestar mis cartas, te conozco. Pig tiene un encantamiento de rastreo que Ginny encontró hace poco en un libro viejo, iré a buscarte.

Te quiere,

Ron.

Ella miró a la lechuza y apenas alcanzó a notar una especie de argolla que tenía en una de sus patas antes de que alguien tocara la puerta del departamento.

Se giró hacia Draco. Él estaba de pie a unos cuantos metros detrás de ella y estaba mirando hacia la puerta.

Hermione se adelantó y caminó hasta la puerta, alzándose de puntillas para ver por el picaporte.

Eran Harry y Ron.

Algo en ella se emocionó debido a que había creído que ya no los volvería a ver, pero otra parte creía que era muy mal momento para tener un reencuentro con ellos.

Miró por encima de su hombro a Draco y lo encontró con el ceño fruncido.

—¿Quién es? —preguntó, pero ella no alcanzó a responder porque volvieron a tocar la puerta.

No era que tuviera miedo del «qué dirán» por si la veían con Draco. Ella había regresado a Londres siendo consciente de que podían crear mucha farándula y aún así no le había importado.

Pero estos eran Harry y Ron, sus mejores amigos. Y uno de ellos el chico del que había estado enamorada. No eran personas cualquiera, ellos merecían una explicación.

Tragó saliva, y antes de que pudieran volver a tocar, abrió la puerta.

—¡Sorpresa, sorpresa! —canturreó Harry, mirándola con una sonrisa, aunque algo confundido—. ¿Qué haces en Londres? ¿Por qué...?

Harry se detuvo porque Ron le dio un codazo, y entonces él miró lo que el pelirrojo estaba mirando, más allá del hombro de Hermione; y ella sabía perfectamente qué estaban mirando.

O mejor dicho: quién.

—Hola, Harry. Hola, Ron —saludó, regalándoles una sonrisa de boca cerrada. Pero ninguno le respondió porque ambos entraron sin que siquiera ella se los hubiera pedido.

—¿Entonces era cierto? —preguntó Ron, mirando a Draco con una molestia creciente—. ¿Salimos de la Academia para comprobar que era verdad lo que todos decían? ¿Por qué carajo estás con Malfoy?

—Ron...

—¿Por qué estás en su departamento? —interrumpió Harry, paseando su mirada entre Hermione y Draco—. Este lugar no es tuyo, así que es de él.

—Harry...

—¿Él te obliga a quedarte aquí? —agregó Ron.

Hermione casi se atragantó.

—¿Qué? ¡No!

—¿Entonces por qué...?

—Si la dejaras hablar, Weasley, entonces ella sería completamente capaz de explicarte —atajó Draco, de pie en el mismo lugar. Tenía los brazos cruzados y su expresión era neutra y relajada: ilegible.

Ron lo miró como si no creyera que él se había atrevido a hablar. De repente se puso casi tan rojo como su cabello y empezó a soltar palabrotas.

—¡Tú no tienes ningún derecho a hablar aquí! ¡Esto es entre nosotros tres...!

—¿Por qué lo sería?

—¡¿Por qué?! —exigió. Y a pesar de que Ron siguió casi gritando y Draco solo escuchando, Hermione comenzó a perderse en lo que meses atrás había estado en su cabeza.

A Harry no le agradaba Draco para nada, pero podía ser el más flexible incluso cuando se negara.

Ron, en cambio... Ron de verdad odiaba a Draco.

—... Ella está aquí por su cuenta, Weasley, ¿cuál sería la razón para que no fuera así?

—Tú eres un ex-mortífago, Malfoy —escupió Ron con rabia, acercándose a pasos bruscos hacia él. Era apenas unos centímetros más alto que Draco—. Tú y los de tu clase arruinaron la vida de muchas personas. ¡Los de tu clase mataron a mi hermano! No veo por qué Hermione se relacionaría contigo.

Harry seguía en el mismo lugar sin decir nada, pero por la mirada que tenía, no estaba muy contento.

La expresión neutra e elegible de Draco pareció fallar unos milisegundos al escuchar esas palabras, pero luego se recuperó y siguió dándole una dura mirada a Ron.

Entonces ahí reaccionó ella, se acercó hacia ambos y tomó el brazo de Ron para moverlo hacia atrás.

—Ron, déjame explicarte.

—¿Cómo se podría explicar esto, Mione? —abatió, mirándola entre una furia y una tristeza—. ¿Qué es lo que estás haciendo con él? ¿Tienes una idea de todo lo que ha hecho? ¡Fue el culpable de que los mortífagos entraran al castillo aquella noche! ¡Casi mató a Dumbledore! ¡Él...!

—¡Lo sé, Ron, lo sé! —replicó Hermione, alzando la voz para escucharse por encima de sus protestas. Se posicionó delante de Draco y miró a Ron—. Soy consciente de todas las cosas que ha hecho y de todo en lo que ha estado involucrado, ¿está bien? No me está obligando a quedarme aquí, soy yo quien está por mi cuenta.

Esta vez fue la expresión de Ron la que falló, y ella se sintió tan culpable al ver el dolor y la traición en su mirada. Abrió la boca pero luego la volvió a cerrar.

Pero esta vez fue Harry quién habló.

—Entonces sabes todo lo que ha hecho, ¿y aún así estás aquí con él defendiéndolo?

Ella no supo qué responder al principio. Podía lidiar con Ron, que era más expresivo y como un libro abierto. Pero Harry...

—Yo... Es que...

—Hermione, ¿estás siquiera escuchándote? —preguntó, y ahora también él se escuchaba traicionado—. Sus padres fueron seguidores fieles a Voldemort. Su tía te torturó. Su tía mató a Tonks y a Remus... ¡Su tía mató a Sirius!

—¡Sí, pero Draco NO es Bellatrix! —gritó también.

Ron se alejó de ella, casi como si su taco le repeliera, y Hermione sintió que le fue el alma con eso. Él caminó hacia atrás hasta quedar a lado de Harry, y ambos tenían la mirada con más dolor que ella hubiera visto jamás.

Ella tragó saliva para aliviar el nudo que sentía en su garganta y parpadeó para contener las lágrimas que se estaban asentando en sus párpados.

—Escuchen, los amo, de verdad que sí, pero es mi vida y por tanto son mis decisiones —comenzó en voz baja—. Sé lo que ha hecho, pero también sé perdonar... Draco ha cambiado, es una persona diferente ahora, él...

—Draco —repitió Ron, perdido. Nadie dijo nada, el silencio los inundó. Y de repente Ron se enjugó furiosamente los ojos antes de carraspear—. Está bien, Hermione. Está bien.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y caminó hasta la salida, Pig siguiéndolo por detrás.

—Ron... —intentó, pero él ya se había ido. Miró a Harry, con la esperanza de que por lo menos él comprendiera, pero no fue exactamente así.

—Trato de entender —dijo él—, en serio. Lo intento porque te quiero... Pero simplemente no puedo.

Harry se encogió de hombros con cierto dolor y luego también se dio la vuelta para avanzar hasta la salida. Ella no alcanzó a decir nada, y pronto él también ya se había ido.

Esta no era la manera en que ella había esperado mirarlos por última vez. No así, ella no podía morir sabiendo que sus mejores amigos la odiaban.

Sintió un tacto pequeño sobre su hombro, y entonces se desató.

Dejó salir el primer sollozo y luego vino el llanto, y de repente alguien ya la estaba abrazando y ella se estaba aferrando a su cuerpo.