Cumbria, Inglaterra. Martes 23 de marzo de 1999, 7:28 p.m.

Desde la indeseada visita de Potter y Weasley, Granger comenzó a estar más desanimada con el paso de los días. Seguía siendo ella, pero al mismo tiempo no.

Ya no estaba ese brillo en sus ojos que a él le fascinaba mirar, ahora estaba tan perdida que incluso algunas veces la veía pálida, más no sabía si eso era de su imaginación.

Salían a pasear, dormían abrazados el uno con el otro, leían, jugaban, iban a San Mungo; él hacía cualquier cosa para distraerla, pero sus pensamientos siempre parecían volver al mismo lugar: sus amigos. Parecía que en verdad eso la ponía triste.

La había visto escribir decenas de cartas para Potter y Weasley en esos pares de días, pero ninguna carta fue respondida. Se enteró también que mientras él estaba en San Mungo con su madre ella había aprovechado para ir a buscarlos a la Academia de Aurores, pero no había tenido éxito.

Draco quería matarlos.

Ella había estado tan feliz antes de su llegada y ahora apenas sonreía. Él la hacía reír cada vez que tenía la oportunidad, pero siempre habría ese espacio que solo podría llenarse por sus amigos.

Se sentía impotente y enfurecido por las noches mientras ella dormía. Siempre la acurrucaba a su cuerpo y envolvía sus brazos alrededor de ella para darle seguridad, la sentía dormirse poco a poco, y luego él pasaba horas maldiciendo a Potter y a Weasley desde la distancia.

Draco no la quería soltar, la quería solo para él. Pero si estar bien con sus amigos significaba volver a verla sonreír y volver a ver ese brillo en sus ojos, él estaba dispuesto a todo.

Si tan solo ellos fueran lo suficientemente inteligentes para contestar una puta carta...

Se encargó de mantenerla ocupada la mayoría del tiempo, le leyó su libro favorito, Hogwarts: Una historia, cuantas veces quiso, la abrazó cada vez que ella lo pidió, y la besó cuantas veces se le antojó.

Pero nunca parecía ser suficiente.

La noche del domingo él se había despertado al escuchar unos sollozos, y le tomó apenas unos segundos descubrir que ella estaba llorando de la manera más silenciosa posible. Él la había abrazado con más fuerza y eso la hizo callar abruptamente; Draco entendió que no quería hablar de ello, así que solo la siguió abrazando y no volvió a dormir hasta que la sintió dormida a ella también.

El lunes ella se notó un poco más animada, pero ese brillo en sus ojos no volvió por completo. Sin embargo, por la noche no lloró. La sintió dormir tranquilamente.

Él también durmió tranquilo.

Que ella estuviera bien lo hacía sentir bien también a él.

—No sabes patinar, ¿cierto? —preguntó Granger de repente, inclinando un poco la cabeza hacia arriba para poder verlo por encima de sus pestañas.

Ambos estaban en el jardín que tenía la casita de campo de Draco. Él la había decido alejar del departamento de Londres en un intento de hacerle olvidar la visita de Potter y Weasley; literalmente se propuso hacer cualquier cosa para mirarla animada de nuevo.

Pero Granger lo único que había hecho fue hacer aparecer una manta en el césped del jardín y luego se sentó en ella antes de pedirle a Draco que él también se sentara.

Cuando él lo hizo, ella se recostó en su pecho, su cabeza cayendo sobre su hombro, y desde entonces ambos habían estado haciendo nada y mirarando el cielo oscurecer.

Había cierta fascinación en los ojos de Granger cada vez que miraba el atardecer; siempre parecía mirarlos como si fuera a ser el último.

Granger miraba el fenómeno, mientras que él la miraba a ella.

Funcionaba para ambos.

—¿Por qué lo preguntas? —replicó, alzándole una ceja.

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé. Lo había olvidado y ahora que miré el lago por alguna razón lo recordé. Así que, nunca has patinado, ¿cierto?

Draco no prestó atención al peligro que había en lo que dijo, pero sí le frunció el ceño.

—Padres racistas, muggles infravalorados, infancia poco común... No, jamás he patinado. Intenté congelar la fuente una vez pero mi padre me reprendió por ello.

Granger le sonrió por última vez antes de impulsarse hacia adelante para darse la vuelta y mirarlo directamente.

—¿No crees que deberías aprender alguna vez? Es decir, eres Draco Malfoy, ¿y no sabes hacer la cosa más mundana del mundo, que es patinar?

Él resopló.

—Tal vez el hecho de que sea tan mundana es la respuesta.

Ella le dio un golpe en el brazo y él rió; pero no lo hizo porque la cosa le causara gracia, sino porque ella parecía estar más alegre y eso definitivamente lo alegraba a él.

—Tienes que hacerlo alguna vez en tu vida —le reprendió.

—Luego, Granger —dijo, atrayéndola en sus brazos de nuevo—. Tenemos toda una vida —añadió en un susurro en su oído, y ella guardó silencio.

Presionó sus labios sobre su cabello y luego siguió mirando el cielo, concentrándose en los sonidos que les regalaba la naturaleza a su alrededor. A unos cuantos kilómetros se hallaba un bosque y tal vez de ahí venían algunos sonidos.

Se mantuvieron así durante varios minutos antes de que Granger volviera a separarse de él. Se sentó de nuevo y lo miró.

—Hagámoslo ahora —le dijo, y antes de que él pudiera decir algo, ella ya estaba sacando su varita para apuntarlas hacia sus zapatos; estos se convirtieron en patines.

Hizo lo mismo con los zapatos de Draco y luego hizo el esfuerzo de avanzar hasta el lago que estaba a unos cuantos metros, y aún con los patines, lanzó un hechizo congelante a este.

Él se levantó en caso de ser necesario salir corriendo hacia ella por si el lago no se congelaba como debía, pero Granger confío en su propio hechizo y se abalanzó sobre él antes de darle tiempo.

Esperó al menos una grieta en el hielo, pero Granger solo se deslizó con la delicadeza nata de un patinador, balanceando su cuerpo al compás del sonido de la noche... Y por un momento él solo la pudo mirar a ella y a esos rizos cayendo sobre sus hombros que se movían al tiempo que daba vueltas.

Draco pudo haberla mirado toda la noche, deseó haberlo hecho... Pero Granger solo le sonrió antes de percatarse de él y patinar hasta la orilla.

Guardó su varita en su bolsillo derecho antes de estirar una mano hacia él.

—Vamos —lo llamó—, no te dejaré caer.

Él alzó una ceja.

—Más te vale.

Avanzó con dificultad sobre el pasto hasta que llegó a la orilla, tomó la mano de Granger y luego puso el primer pie en el hielo.

Sintió que se resbalaba al instante, así que se aferró más a su mano y ella lo ayudó a equilibrarse al tiempo que él ponía el otro pie sobre el hielo.

—Me voy a romper el puto crá...

—No mires tus pies —le interrumpió Granger. Enredó sus manos alrededor de sus antebrazos para mantener el equilibrio y lo obligó a mirarla a los ojos—. Sé que quieres ver tus movimientos pero no servirá de nada.

—Eso no tiene lógica —refunfuñó él.

Granger sonrió y rodó los ojos.

—Desliza tus pies de la manera más delicada que puedas, trata de hacerlo en curvas o en movimientos de ocho... Inclínate un poco hacia abajo si es necesario.

—¿Cómo carajo...?

—Así —le dijo. Ella se deslizó hacia atrás y él no tuvo más remedio que seguirla debido a que seguía sosteniendo sus brazos. La siguió torpemente y ella carcajeó ante eso, pero continuó patinando como si hubiera nacido con el talento.

Draco estaba acostumbrado a recibir muchas felicitaciones porque hacía cosas que los chicos de su edad por lo general no hacían todavía; como saber tantos idiomas o como bailar cada ritmo de música que se le pusiera.

Pero esto era nuevo. Siempre había querido aprender a patinar, no lo iba a negar. Más no era por el hecho de que lo deseara, sino porque no le gustaba no saber hacer algo.

Ahora la ironía estaba frente a él: porque Hermione Granger le estaba enseñando a patinar, ese algo que no sabía. Y aún peor, él estaba enamorado de ella.

—Este maldito hielo está muy resbaloso —se quejó mientras seguía avanzando como un tipo de piedra enlazado con la delicadeza de un hada.

Granger era el hada, por supuesto.

—Vamos, tú puedes —lo animó—. No te darás por vencido, ¿o sí?

Él bufó.

—No me sermonees —replicó y ella volvio a reír—. Solo explícame cómo puedes moverte con tanta facilidad.

—Son años de práctica, Draco. No aprendes todo en unos minutos.

—Soy Draco Malfoy, por supuesto que puedo —debatió con su deje de egocentrismo.

Granger dejó sus antebrazos y pasó a tomar sus manos, impulsándose hacia atrás para que automáticamente su cuerpo la siguiera. Él miró sus movimientos y trató de encontrar el patrón hasta que lo siguió, pero aún así era nada comparado a la manera en que ella patinaba. Lo hacía sin mirar, como si fuera algo facilísimo.

—¡Bien! —festejó ella con una sonrisa—. Aprendes rápido, sigue haciendo lo mismo pero trata de no estar tan tieso.

—¿Cómo no voy a estarlo? Siento que en cualquier momento voy a caer y morir aquí. Me siento vulnerable, Granger.

Ella parecía disfrutar de su sufrimiento porque se echó a reír de nuevo.

—No seas exagerado —dijo. Siguió ayudándolo a patinar alrededor de las orillas del lago, y cuando volvieron al centro, ella añadió—: Voy a soltarte.

Draco la miró inmediatamente.

—¿Qué? No, no, no. No voy a poder hacerlo sin ti.

—Por favor, Draco, no te pasará nada —replicó, divertida—. Tarde o temprano debía soltarte.

—¡Sí, pero no ahora! —le respondió, casi histérico.

—¡Bien, bien! Sigamos patinando así.

Él se relajó, aunque de reojo vio las mejillas sonrojadas de Granger que estaban aguantando la risa. Siguió patinando y mientras Draco fue junto a ella, deslizándose sobre el hielo con tanta facilidad como se les era posible.

Hasta que Granger casi resbaló y fue él quien tuvo que sostenerla con sus manos.

—Merlín, ¿qué pasó con tus habilidades, Granger?

Ella lo miró como si no supiera de qué hablaba, y de repente frunció el ceño.

—¿Granger? —preguntó. Él le alzó una ceja.

—Sí, ¿a quién más le estaría hablando?

Y así como así, de repente pareció recordar algo porque alzó ambas cejas y sonrió.

—Claro —dijo. Draco ignoró eso y observó el hielo debajo de ambos para asegurarse de que seguía siendo seguro antes de tomar su decisión.

—Voy a soltarte —le dijo, haciendo exactamente eso para liberarse de sus manos. Ella lo siguió, como si tuviera la sensación de que iba a caer en cualquier momento, pero él avanzó hacia atrás y Granger no lo alcanzó.

Ella se quedó en el centro de la pista mientras él ponía todo su esfuerzo en rodear las orillas por su cuenta. Al principio lo hizo horrible, pero luego fue tomando la práctica y al menos no fue tan malo y casi no resbaló.

Cuando volvió a mirar a Granger, ella le estaba sonriendo.

—No eres tan malo como imaginé —dijo, cruzándose de brazos. Hubo una ráfaga de ligero viento que movió sus rizos de la manera más hermosa que él hubiera visto; y por un momento todo fue en cámara lenta y solo existía ella, sonriéndole...

Hasta que resbaló.

Resopló hacia el cielo, ocultando la mueca por el dolor en su espalda, y luego en su vista apareció Granger con una expresión preocupada.

—¿Estás bien? —preguntó. Sus ojos vagaron por cada parte de su cuerpo como si quisiera comprobar que no había daño alguno, y cuando no lo halló, volvió a mirarlo—. ¿Te duele algo?

Él asintió lentamente con la cabeza.

—Duele.

—¿Qué es? ¿Qué?

Draco se hizo el lastimado, y entonces alzó su mano para apuntar hacia sus labios mientras ella lo miraba, confundida y preocupada al mismo tiempo.

—Aquí —dijo, y cuando Granger lo comprendió, sus ojos se llenaron de alivio y luego soltó una risa incrédula.

Se sentó sobre sus piernas en el hielo y negó con la cabeza.

—Creí que te habías lastimado de verdad —se quejó.

—Lo hice —abatió Draco y volvió a apuntar a sus labios—. Te dije que me duele aquí.

Granger sonrió y negó con la cabeza.

—No voy a besarte. Pareces un niño mimado.

—Uno: lo soy. Dos: ¿por qué no? ¿No sufrí acaso suficiente daño psicológico al descubrir que Hermione Granger es definitivamente mejor en algo que yo? Fui humillado esta noche, Granger.

Ella rió.

—Vamos, levántate —dijo, sacudiendo su camisa antes de intentar ponerse de pie.

Pero antes de que lo lograra, Draco se impulsó hacia adelante al tiempo que tomaba su brazo para acercarla, dejó una mano sobre su cabello y atrapó sus labios de un tirón.

Él la besó, y ella lo besó.

Mantuvo su mano en sus rizos para tenerla cerca y disfrutar de la sensación, y luego ella llevó una de sus delgadas y pálidas manos a su mejilla para acariciarlo mientras le regresaba el beso.

Tan tierno como ella podía ser.

Rara vez iban lentos, pero había algo diferente en ese momento que los impulsó a ambos a disfrutar de cada segundo en que sus labios estuvieron unidos, como se de alguna manera creyeran que era el último y necesitaran disfrutarlo al máximo, solo que no lo era...

Esta vez él decidió memorizar cada cosa; desde la suavidad en sus labios hasta la habilidad en que ella movía su lengua contra la de él para enviar esas hileras de electricidad que tanto lo dejaban anonadado.

Él se concentró en la belleza de ese beso, y cuando se separó, dejó su frente sobre la de ella para mirarla a los ojos.

Había tanta profundidad en la mirada de ambos que por un momento Draco juró poder ver su alma a través de sus ojos, y fue tal vez eso lo que lo impulsó a decir lo siguiente:

—Promete nunca dejarme.

Fue un impulso, ni siquiera había pensado en ello, pero todo su cuerpo lo obligó a decirlo.

Él la quería para siempre. Estaría feliz de pasar el resto de su vida con ella y sentiría que nunca le faltaría nada. Apenas podía creer esa niña sabelotodo con una maraña de cabello que conoció en su infancia fuera la única persona que podía hacerlo feliz.

Pero ahora lo comprendía: solo Granger podía hacerlo completamente feliz.

La necesitaba en su vida... O de hecho...

Ella era su vida.

Tragó saliva para esperar su respuesta, sintiendo con más pesadez el silencio de la noche que los rodeaba. No había sido una propuesta de vida o muerte, pero por alguna razón lo sentía así.

Intentó no pensar en cómo se sentiría si ella no lo prometía. Si ella no aseguraba que no estaría para él toda la vida.

Miró sus ojos, queriendo captar cada reacción de ella, pero Granger parecía estar estática y apenas procesando sus palabras; sus ojos estaban perdidos sobre los suyos y, por un momento, él pareció ver tristeza en ellos, casi culpa.

Se preparó para la peor, pero entonces su alma regresó a su cuerpo cuando miró la mínima sonrisa sobre sus labios.

—Lo prometo —dijo.

Él volvió a besarla, creyendo en su palabra y bebiendo cada sensación que ella le hacía recorrer.

Ojalá ella hubiera cumplido su promesa.

•••

Londres, Inglaterra. Sábado 27 de marzo de 1999, 12:34 a.m.

Granger se había deprimido al día siguiente. Él no entendía por qué si hacía lo posible por hacerle olvidar a Potter y a Weasley... De alguna manera, él la seguía viendo cada vez más débil e incluso pálida.

Cuando preguntaba, ella solo sonreía y decía que estaba bien, que no debía preocuparse.

Pero Draco sí estaba preocupado.

La había escuchado vomitar al menos dos veces en una madrugada pasada, y a pesar de que él se levantó apenas la escuchó, Granger le aseguró que había sido slgo que comió.

Pero ella nunca se había puesto así, al menos no de esa manera.

Sin embargo, había ciertas cosas que él prestaba más atención que lo demás, pero que al mismo tiempo no encontraba una explicación segura.

Como el por qué ella miraba la lluvia, los ameneceres y los atardeceres con un brillo en sus ojos como si fuera lo último a ver.

Como el por qué ella se molestaba al no cumplir una meta diaria: como leer una saga de libros completa en un día.

Como el por qué se la pasaba escribiendo la mayoría del tiempo.

Como el por qué a veces sentía que, al dormir, ella lloraría.

Como el por qué su sonrisa ya no llegaba a sus ojos.

Como el por qué cada vez le importaba más su apariencia y se quedaba minutos enteros al espejo sin hacer nada más que solo mirarse antes de que él apareciera detrás de ella a través del espejo y le sonriera.

Como el por qué se aseguraba de decirle que lo amaba a cada momento.

O como el por qué cada vez que tenían sexo, ella lo miraba parte por parte, como si quisiera memorizarlo.

No es que es le molestara, él ya la tenía memorizada a ella; incluso ese diminuto lunar que tenía escondido detrás de su oreja. Pero había cierta diferencia entre la manera que ella lo memorizaba.

Como si no quisiera perderse ningún detalle.

Ella seguía sonriendo, pero él sabía que no estaba completamente feliz.

Y pronto él comenzó a darse cuenta que, si ella no era feliz, él tampoco podía ser feliz.

Draco tenía la certeza de que sus amigos influían mucho en ella, así que si era necesario ir a golpear hasta la muerte a esos idiotas, lo haría con tal de regresarle la alegría a su chica.

Era pasado el medio día y ella seguía durmiendo. Él sabía levantado desde temprano, y a pesar de que hizo el desayuno esperando a que ella despertara por el olor como las otras mañanas, Granger siguió en la cama.

Consideró despertarla, pero luego creyó que era el momento perfecto para ir con Potter y Weasley sin que ella lo restringiera.

La dejó durmiendo y él salió del departamento.

Se apareció directo de un país a otro, sin importarle el hecho de que se tuviera que quedar en un bar durante media hora para recuperar el aliento.

Luego fue directamente a la Academia de Aurores. Una voz resonó y le preguntó su razón para estar ahí, y cuando él le dijo que venía a hablar con Potter y Weasley, la voz solo dijo que se fuera.

Él no había atravesado un país entero para ser rechazado.

Sacó su varita y arrojó hechizo tras hechizo a la barrera que rodeaba el lugar, y cuando por fin las puertas se abrieron para mostrar a unos aurores con las intenciones de arrestarlo, él tuvo la suerte de aturdirlos con rapidez antes de comenzar a correr.

Buscó entre los campos, había tanta gente por todos lados que le parecía difícil encontrar incluso la irritante cabellera pelirroja de Weasley.

Pero lo encontró justo antes de que los aurores aturdidos vinieran en su búsqueda.

Él avanzó con rabia hasta donde Weasley —que era el primero que había encontrado—, él todavía ni se percataba de él. Draco tenía una rabia hirviente de mirarlo a él divertido y sonriente alrededor de un grupo de personas mientras tenía a Granger en casa con una depresión por su culpa.

Llegó hasta él, odiando cómo entre más se acercaba, más perdía altura. Weasley siempre había sido unos centímetros más alto que él, pero eso siempre le había pesado.

El pelirrojo apenas lo notó cuando estuvo lo suficientemente cerca, pero no fue demasiado rápido para esquivar el puño que se estrelló en su mejilla.

Su cara se volteó y Draco sacudió su mano para aliviar el dolor que se acumuló en sus nudillos.

El grupo alrededor de Weasley saltó al ataque y todos alzaron la varita hasta él. Sin embargo, no se lanzaron contra él porque Weasley les dijo que no hacía falta.

Y ese hecho lo molestó más. Guardó su varita en su bolsillo y lo apuntó con su dedo.

—Eres un jodido idiota —le dijo, y Weasley frunció mucho el ceño, molestándose también.

—¿Yo lo soy? —preguntó con incredulidad—. Deberías verte primero, Malfoy.

Draco ignoró eso. Apretó la mandíbula.

—¿Sabes que tienes a Granger en una puta depresión porque Potter y tú decidieron no contestar sus cartas?

La expresión de Weasley pareció fallar por un momento, pero tan pronto como llegó, desapareció; y entonces su mirada volvió a ser molesta.

—Nada de esto te incumbe, Malfoy —escupió, dando pasos hacia adelante—. El problema es entre nosotros tres, no tienen nada que ver conti...

—Se convierte en mi puto problema cuando ustedes le quitan la sonrisa —replicó, esta vez conteniendo su furia dentro de sus puños de nuevo—. No ha dejado de deprimirse desde que decidieron largarse e ignorarla como si no existiera más.

Él caminó más hacia adelante, y a pesar de que ya lo rebasaba en la altura, Draco no retrocedió.

—¿No crees acaso que esto es tu culpa? —abatió, sus cejas tan fruncidas que parecían doler y sus mejillas tan coloradas como se permitían—. Nada de esto habría pasado si te hubieras quedado donde perteneces, Malfoy.

Draco sintió que toda la rabia y furia hervía dentro de él cuando comprendió lo que decía.

—¿De esto se trata todo esto? —preguntó, también avanzando con ambos puños a lado. Podía sentir la mirada de varios, así como los autores aturdidos detrás de él, listos para atacar, pero no le importó—. ¿Son tus putos celos los que te están controlando?

—¿Celos? —Weasley pareció realmente ofendido—. ¿Crees que esta mierda es sobre celos de que ella esté contigo? Joder, Malfoy, estás perdido. No se trata de eso, Hermione puede estar con quien ella quiera y yo estaría feliz de verla feliz. ¡Lo que no entiendo es por qué precisamente tienes que ser tú si serás quien la llevará a la ruina!

—¿Por qué estás tan jodidamente seguro? —exigió saber—. ¿No soy yo quien ha estado con ella estos días mientras ustedes la hunden más en su depresión?

—¿Y no has pensado que ella no estaría ahí de no ser por ti? —replicó Weasley, y a pesar de la rabia, no supo qué responder. El pelirrojo seguía colorado de la furia, pero entonces se acercó más para hablarle en voz baja—. Date cuenta de esto, Malfoy. Eres un parásito para este mundo que podrá llevarse a Hermione por accidente si no te alejas a tiempo. ¿Crees que esto es por celos? Estaría feliz de que ella estuviera contigo siempre y cuando valieras la pena, pero solo mírate, Malfoy... Mira lo que has hecho en el pasado y mira lo que le harás a su futuro. ¿Qué bien podrías hacerle?

A pesar de que sus palabras estaban creando un peso en Draco, decidió no concentrarse en ellas.

Si algo le había enseñado Granger, era a buscar y ver lo bueno en sí mismo.

—¿Qué bien le hiciste tú estos meses, Weasley? —preguntó en un susurro cruel y descendiente para que solo él pudiera escuchar y no las miradas curiosas alrededor de ellos—. Ella los necesitó más que nunca y ninguno se dio cuenta. Fui su único soporte, estuve ahí para ella cuando nadie más lo estuvo. ¿Por qué carajo crees que ahora...?

—Espera —interrumpió Weasley, de repente con confusión—, ¿de qué demonios estás hablando? ¿Por qué dices que ella nos necesitaba?

Draco alzó ambas cejas, incrédulo. Luego soltó una risa cruel.

—Joder, Weasley. ¿Te haces llamar su mejor amigo?

—¡¿Qué carajo pasó con ella?! —preguntó esta vez alzando la voz y no más en esos susurros confidenciales que se habían creado.

—¡Con ella nada, Weasley! —gritó también él—. Pero tenía un puto pariente muriendo por la maldición que Dolohov le arrojó. Estuvimos buscando durante meses una cura hasta que simplemente ella se retiró.

De pronto, el color colorado en la piel de Weasley desapareció. Ahora su piel estaba más que pálida.

—¿Qué tipo de maldición? —preguntó, y esta vez su voz sonó tan delgada que la furia de Draco desapareció abruptamente.

—Una mortal, Weasley —masculló—. Su pariente estaba muriendo lentamente. Y no estuviste ahí para apoyarla, ¿pero sabes quién sí?

Y así como así, él volvió a ponerse rojo de la rabia. Draco miró de reojo sus puños apretados y de repente comprendió que ese era otro nivel de furia y frustración.

—¡ERES UN JODIDO IDIOTA! —le gritó—. ¡DOLOHOV NUNCA ENVIÓ UNA MALDICIÓN A NINGÚN PARIENTE DE ELLA!

El hecho de que él le gritara con tantos huevos frente a todas esas personas también le molestó y le impidió entender lo que Weasley había dicho.

—¡Joder! ¡¿Entonces a quién más?!

—¡DOLOHOV SOLO HA ATACADO A UNA PERSONA DE ESA FORMA! ¡Y FUE EN LA BATALLA DEL DEPARTAMENTO DE MISTERIOS! ¡MALDITA SEA, MALFOY!

Weasley se llevó las manos hacia su cabello para arrastrarlo con frustración y luego gritó hacia la nada.

Y entonces ahí comenzó a captarlo Draco.

Literalmente, él comenzó a sentir todo en cámara lenta; el cómo Weasley parecía más y más molesto mientras se alejaba, probablemente en busca de Potter. El cómo la gente a su alrededor lo miraba con curiosidad y otros con terror, y pronto vinieron todos los recuerdos...

Ella dictando la regla número quince.

Ella con sus actitudes extrañas.

Ella saliendo de Hogwarts.

Ella con su necesidad por mentir.

Ella con sus repentinos desmayos.

Ella con su terror a ir a la enfermería.

Ella con sus lágrimas cada vez que veía la constelación Lyra.

Ella decidiendo no buscar a sus padres.

Ella y sangre cayendo sobre su nariz.

Ella y esas pociones escondidas bajo llave en su cajón de la habitación.

Ella con su necesidad de silencio absoluto y su mal humor repentino.

Ella con su palidez.

Ella con su desánimo.

Ella con su desesperación por alejarlo y no permitir que se enamorara.

Ella negándose a dejarlo quedarse.

Ella llorando.

Ella y su depresión al entender que Potter y Weasley la odiaban.

Ella con su fascinación por la lluvia y los amaneceres.

Ella con su viaje a las Siete Maravillas del Mundo.

Ella...

Ella era la de la maldición.

Granger la noche anterior le había repetido muchas veces que lo amaba antes de besarlo y dormir.

Todo se formó como un torbellino y una revolución en su cabeza, incluso peor que cuando trataba de luchar contra sus creencias racistas. Se sintió furioso, triste, decepcionado y devastado.

Pero sobre todo, rabioso por haber sido tan estúpido de no haberlo notado antes.

Weasley lo había descubierto en unos segundos, y él no pudo en tantos meses.

Draco también se puso pálido de pies a cabeza y pronto no comenzó a sentir su cuerpo.

Escuchó gritos que lo llamaron, tal vez Potter gritándole mientras corría hacia él, pero lo único que estaba en su mente era Granger.

Y en cómo no había despertado por el olor de su desayuno.

Ignoró a Potter y Weasley, solo se dio la vuelta y se echó a correr hasta la orilla de las barreras para poder aparecer. Arrojó tantos maleficios fueron necesarios para quitar a todo el que intentara ponerse en su camino.

Comenzó a sentir su corazón pesado, y estaba doliendo. Sus pasos los sentía lentos a pesar de que estaba corriendo demasiado rápido. Cada extremidad de su cuerpo se debilitó y pronto empezó a sentir que temblaba.

Solo que no estaba temblando; era el miedo que lo estaba invadiendo de llegar y que ella no despertara.

No le importó si Potter y Weasley lo seguían, no le importó si dejó inconsciente a alguien en su camino.

En su mente solo estaba Granger.

Granger.

Granger.

Granger.

Por favor, mantente viva.

Cuando llegó a las orillas, dio la vuela con rapidez, y sin importarle el mareo horrible que eso le provocó, apareció en el pasillo de la sala de su deporte.

Con temor, se dio cuenta que no reconocía el aroma de Granger a cereza por ninguna parte.

No perdió tiempo y se echó a correr hasta su habitación, justo donde la había dejado dormida.

Podía sentir el nudo en su garganta y también algo de sangre en su tobillo —tal vez un maleficio mal hecho—, pero no le importó nada hasta que llegó a la puerta y la empujó con fuerza y brusquedad.

Sintió la garganta seca.

Porque Granger seguía en la misma posición que la había dejado.

Corrió hasta ella, resbalando a su lado en la cama y luego observó su rostro, sintiendo las lágrimas impulsivas saliendo de sus ojos a pesar de que no les prestaba atención.

La piel de Granger estaba pálida, carecía de cualquier color y sus labios estaban resecos y de un rosa palo.

Tocó su piel, y entonces se le fue la respiración al sentirla helada.

Dejó salir un sollozo y luego la abrazó para levantarla desde la cama; y se le fue el alma cuando sintió a su cuerpo demasiado ligero.

Se sentó en la orilla de la cama y acurrucó a Granger en sus brazos de la mejor manera que pudo en medio del llanto, llevó una mano hacia su mejilla y la tanteó.

—¿Hermione? —llamó, y apenas notó lo débil que estaba su propia voz—. Despierta. Hermione, por favor, necesito que abras los ojos.

Pero ella siguió sin moverse.

Solo flácida en sus brazos.

Sintió cada parte de su cuerpo doler, y era una especie de dolor diferente a cualquier cosa que él hubiera identificado.

Era peor que un crucio.

Draco solo quería que abriera los ojos, que moviera sus labios... Cualquier cosa que le indicara que ella estaba bien y que solo estaba dormida.

Algo que le dijera que ella no estaba muerta.

Sacó su varita y arrojó un encantamiento para calentar su temperatura.

Pero siguió sin abrir los ojos.

Sintió su alma desvanecer y se aferró a ella en un llanto entrecortado donde él mismo apenas podía respirar, y estuvo a punto de alzar su dedo para sostenerlo debajo de su nariz y comprobar si respiraba cuando una enorme luz anaranjada apareció en su visión y lo arrojó volando hacia atrás.

Su cabeza golpeó con la pared y lo último que miró antes de que todo fuera oscuridad fue el cuerpo flácido de Granger cayendo de nuevo en la cama mientras Weasley corría hacia ella y un Potter con la varita en alto parado en la entrada.

•••

No supo cuánto tiempo pasó luego de que despertó, pero podía sentir su cráneo palpitando detrás suyo.

Intentó sentarse, pero el dolor lo invadió tan rápido que soltó un quejido y apenas pudo moverse unos centímetros.

Se llevó automáticamente una mano hacia donde le dolía, y cuando volvió a mirar, esta tenía un pequeño rastro de sangre.

Estuvo a punto de ir a buscar su varita para curarse cuando de repente lo recordó.

Granger.

Ella no estaba. Tampoco Potter y Weasley.

Se levantó abruptamente sin importarle su dolor e ignorando el mareo que lo siguió después. Avanzó en eses hasta llegar a la entrada, abrió la puerta con la intención de salir corriendo en su búsqueda; pero apenas lo hizo, un puño se estampó contra su nariz y lo tiró al suelo, logrando que girara la cabeza y escupiera sangre.

—¡JODER, Y TE MERECES MÁS! —le gritó Weasley, aunque Draco apenas podía ver su figura borrosa desde el suelo—. ¡¿CÓMO NO PUDISTE HABERLO NOTADO ANTES?! ¡¿CÓMO NO NOTASTE QUE ELLA ESTABA MURIENDO?! ¡ESTO ES TU CULPA!

—¡NO LO SABÍA! —gritó también, reprimiendo una mueca por el dolor en su cráneo—. Ella... Ella lo supo ocultar.

—Maldita sea, Malfoy. Todo mundo sabía que Dolohov la atacó a ella en la Batalla. ¡ERA CUESTIÓN DE ATAR LOS JODIDOS CABOS!

—¡MIERDA, DEJA DE HABLAR! —gruñó el rubio desde el suelo—. ¡MEJOR DIME DÓNDE CARAJOS ESTÁ!

—¡EN UNA PUTA TUMBA!

El dolor físico desapareció.

Luego solo pudo sentir el nudo en su garganta y las ganas de vomitar acumulándose en su estómago.

Miró a Weasley, completamente estupefacto y estático desde el suelo, sintiendo cada extremidad de su cuerpo morir lentamente.

Observó su expresión, tal vez con la esperanza de encontrar la mentira o el engaño, pero lo único que veía en él eran sus ojos rojos por el llanto y la furia mezclada con la devastación en sus ojos.

Draco comenzó a escuchar un pitido en sus oídos y se preguntó si así se sentía que un dementor le sacara el alma.

Weasley se arrodilló delante de él.

—Tú la mataste —escupió con rabia y dolor. Luego buscó algo en su abrigo, un pequeño sobre blanco, lo miró y apretó la mandíbula antes de arrojárselo a Draco—. Ella dejó esto para ti.

Luego se puso de pie y azotó la puerta antes de irse.

Draco se quedó congelado en el suelo, aún sintiendo la sangre resbalándose por su nariz y por su cráneo, pero no prestó atención a nada de eso mientras gateaba hasta el pequeño sobre.

Y luego descubrió que era la delicada caligrafía de Granger.