Hermione despertó poco a poco, su cuerpo estaba adormilado y parecía que había estado en cama durante días.

Abrió los ojos con dificultad y lo primero que miró fue aquel elegante dósel por encima de ella. Aún sin tener las suficientes fuerzas para sentarse, frunció el ceño y trató de recordar dónde estaba o qué era lo último que había pasado.

Porque no recordaba nada. Su mente era una entera revolución y sentía como si tuviera piezas faltantes de un rompecabezas que necesitara unir con necesidad. Sin embargo, se obligó a dejar de pensar y se reincorporó en movimientos lentos hasta quedar sentada.

Miró a su alrededor, sumando cada vez más preguntas a su cabeza al tiempo que escuchaba un lejano chasquido desaparecer. Estaba recostada en una cama enorme y cómoda, tenía decenas de almohadas adornando esta y las sábanas que la cubrían era de una tela tan suave que ni siquiera el frío más potente le podría afectar.

Se encontraba en una habitación grande, y sola. Las paredes eran de un opaco color gris con un tapiz viejo pero llamativo, aunque algunas otras paredes eran de color verde oscuro. No había mucha luz, tal vez unas pocas lámparas al fondo, pero sí había un gran ventanal delante de ella con unas cortinas blancas y delgadas que de seguro daban paso a un balcón.

Había una salita también, los sillones eran de cuero y grotescos. La habitación parecía ser de una sola persona, pero era tan grande que incluso podría dormir una familia entera.

Hermione se quitó las sábanas de encima y miró su piel en sus piernas. Se veía suave y tersa, pero de alguna manera, sentía que había algo diferente. De igual forma no le prestó atención y se puso de pie.

Miró sus pies descalsos sobre el frío piso de madera oscura y luego miró su atuendo. Era una larga vata para dormir color blanca, de una tela con un algodón tan suave que casi la hacía querer volver a dormir de nuevo.

Pero no lo hizo. Ella caminó por la habitación, sintiéndose llamada por la gran estantería llena de libros que estaba en la pared de su izquierda. Pasó por una puerta de roble oscuro y se imaginó que esa sería la salida, pero en vez de comprobarlo, se acercó hasta los libros y tomó uno.

Por un momento, creyó que este le repelería, pero la pudo sostener sin ningún problema. Acarició el lomo del libro con cuidado y sumo respeto, y fue justo en ese momento donde la puerta de la habitación se abrió.

Debido a que Hermione estaba detrás de esta, la persona que entró no pudo verla. Pero ella sí.

Era una mujer. Alta y delgada, con una complexión que casi aludía a la perfección. Su cabello era rubio, casi blanco, y lacio hasta la cintura. Venía vestida con un elegante vestido negro que se ajustaba sus delicadas facciones, y sus zapatillas eran blancas.

Hermione solo la miró, congelada desde su lugar mientras veía a la mujer vagar la mirada por toda la habitación. Casi parecía asustada.

Pero entonces la miró, y Hermione pudo reconocer quién era.

Narcissa Malfoy.

Su expresión estaba tensa cuando se encontró con su mirada, pero luego algo parecido al alivio la recorrió. La miró suspirar y entonces le sonrió cortésmente a Hermione antes de cerrar la puerta con cuidado.

Luego se quedó quieta y se llevó las manos hacia el frente, irguiéndose. Miró a Hermione con cierta nostalgia y sonrió.

—Señorita Granger —saludó, dándole un asentimiento de cabeza—. Lamento no haber estado aquí cuando despertó. Vine en cuanto Topsy me avisó.

Hermione no sabía qué decir. Ciertamente, esperaba ver a cualquier persona, excepto a Narcissa Malfoy.

Aunque eso le daba algunas pistas. ¿Sería que ella...? Sus pensamientos se detuvieron y volvió mirar a su alrededor con más atención, esta vez sintiendo su respiración acelerarse poco a poco.

La habitación era propia de una familia de dinero y muy elegante, al igual que las prendas de ropa que llevaba. Los libros eran muy antiguos y solo había un lugar donde Narcissa Malfoy podría estar.

Se giró hacia la mujer, dejando el libro en la estantería y con las cejas fruncidas.

—¿Estoy...? —intentó preguntar, pero ella la interrumpió con amabilidad.

—De seguro debe de tener muchísimas preguntas —dijo, luego volvió a sonreír y alzó su mano para invitarla a acercarse al armario que estaba cerca—. Vamos, vístase, señorita Granger, daremos un paseo y ahí le responderé todo lo que quiera saber.

Hermione no se movió. Su cabeza daba vueltas. No tenía ni la más mínima idea de por qué se encontraba en la Mansión Malfoy y mucho menos por qué Narcissa estaba siendo tan amable con ella cuando se suponía debía odiarla. La última vez que la había visto fue aquella noche donde Bellatrix Lestrange la torturó y ella solo se quedó a mirar.

De repente, el recuerdo de esa noche regresó a ella como un maremoto, sintió un escalofrío recorrerla mientras escuchaba sus propios gritos dentro de su cabeza.

Narcissa debió haberla notado pálida, porque inmediatamente se acercó hasta ella y le tomó una mano con delicadeza para sacarla de su trance.

Hermione se sobresaltó un poco y la miró.

—Tranquila —le dijo—, usted estará bien aquí. Mi esposo no está en casa y mi hijo... —Ella calló y pareció perdida mientras la miraba a los ojos, pero luego se relajó y suspiró—. No se preocupe, ninguno de ellos la molestará por ahora. Llamé al señor Potter y al señor Weasley hace unos momentos, estarán aquí en poco tiempo.

Quiso preguntar qué hacía ella ahí y por qué no recordaba haber llegado ahí, pero la mujer solo la miró con amabilidad y fue hasta el armario para sacarle un elegante vestido blanco, corto hasta las rodillas, liso y ligero, junto con unos zapatos cerrados del mismo color. Los dejó sobre la cama y le dijo que la esperaría afuera para cuando estuviera lista.

Después salió y Hermione volvió a quedarse sola.

Por un momento no hizo nada y solo se quedó de pie en el mismo lugar, mirando la bonita ropa que Narcissa le había dejado sobre la cama. Pero luego se dio cuenta que no había otra cosa por hacer, así que con una última mirada a la estantería de libros antiguos, avanzó hasta la cama y luego empezó a desvestirse.

Para cuando terminó y fue hasta el baño —uno casi tan grande como la habitación que tenía en casa— a mirarse al espejo, se encontró con que ya no estaba tan delgaducha como antes se recordaba. Sabía que la maldición la estaba carcomiendo y eso le dejaba unas feas bolsas negras bajo sus ojos al igual que unos pómulos hundidos. Le dejaba los labios sin color y resecos, y sus rizos apenas se formaban. La maldición siempre la había dejado en su peor forma.

Pero ahora... Ella parecía saludable.

Había regresado a tener ese peso anterior, ese donde la piel no se pegaba a sus huesos como si algo la hubiera succionado. Sus labios ahora eran de un color rosado y se veían suaves e hinchados. Por otra parte, ya no tenía ojeras bajos sus ojos y ya no se le marcaban los pómulos.

Tampoco estaba pálida. Su piel era del mismo color: morena, casi de caramelo —no entendió de dónde salió esa comparación—, y se veía tersa. Sus rizos se alborotaban por toda su cabeza y le caían sobre el hombro.

Nunca se había mirado mejor.

Pero aún creía que había algo que todavía no captaba.

Salió del baño y luego abrió la puerta de la habitación, encontrándose con Narcissa a unos cuantos metros de la puerta, que se hallaba hablándole a una pequeña elfa doméstica en voz baja.

En cuanto la elfa la miró, desapareció en un chasquido y Narcissa se giró hacia ella. Por unos segundos, en sus ojos destelló algo parecido a la sorpresa, o casi la nostalgia, pero entonces le regaló otra sonrisa amable de las cuales Hermione todavía no se acostumbraba.

—Se ve hermosa, señorita Granger —alabó. Luego se hizo a un lado para asomarse en las escaleras—. ¿Comenzamos?

Hermione solo respondió con un asentimiento de cabeza antes caminar y llegar hasta ella. Después empezaron a bajar las escaleras, ella ignorando los restratos de las paredes que la miraban con cierta repugnancia, mientras Narcissa solo iba en silencio a su lado.

Se sentía raro estar en su compañía y estar en esa casa. Había una sensación extraña que recorría las paredes, como si algo se estuviera asfixiando. Y eso no le gustaba, solo la hacía sentirse menos cómoda y con más escalofríos.

Además, tenía tantas preguntas que apenas sabía por dónde empezar. Ni siquiera sabía qué era lo primero que quería que le respondiera Narcissa.

Caminaron en silencio durante varios minutos mientras cruzaban algunos salones y habitaciones que Hermione nunca podría saber para qué servían, hasta que por fin una amplia pared de solo cristal se hizo paso en su vista.

Se encontró con un enorme ventanal, y justo debajo estaba la salida hacia un jardín.

Hermione miró los árboles, las flores y las fuentes mientras Narcissa la guiaba por el pasto, aún en silencio. El lugar parecía sin vida, a pesar de los cientos de especies plantas que se hallaban ahí.

—Tal vez se esté preguntando qué hace aquí —comenzó Narcissa, y eso llamó su atención. Se giró a mirarla y asintió—. Bueno... —Suspiró—. Es una larga historia, aunque supongo que algo habrá de entender un poco el hilo, ¿no?

Ella apartó la mirada, regresándola al jardín que las rodeaba.

—En realidad, no —contestó—. Lo único que puedo entender es que tal vez yo sea la razón por la cual Lucius Malfoy no está en casa.

—¿Por qué lo dice?

—Porque ese hombre me odia —dijo e intentó no sonar grosera—. Creo que todos en este lugar parecen odiarme, entonces no entiendo muy bien qué es lo que hago aquí y por qué Harry y Ron estuvieron de acuerdo.

Podía sentir la mirada de Narcissa sobre ella. Y cuando la alzó para enfrentarla, la mujer la veía casi con tristeza.

—Yo no la odio, señorita Granger —replicó y se detuvo, Hermione haciendo lo mismo—. Tal vez mis prejuicios me hayan hecho tener una idea errónea de usted antes, pero no la odio. De hecho... —añadió y se quedó en silencio mirándola. Después le dio una sonrisa de boca cerrada—. Usted me recuerda a alguien.

—¿A quién? —preguntó, pero la mujer no respondió y volvió a caminar, ella siguiéndola. Al ver que no parecía querer contestar su pregunta, ella regresó al tema—: Bueno, al menos no usted, pero de seguro que Lucius Malfoy sí lo hace.

Narcissa pareció pensativa, tal vez analizando lo que había dicho. Luego se encogió de hombros ligeramente, aún caminando.

—Lucius... es una persona complicada —se limitó a decir por un momento. Luego añadió—: Además, no creo que esa sea la verdadera razón por la cual no esté aquí y no quiera verla.

Hermione decidió ignorar eso.

—¿Y Malfoy? —preguntó—. Él sí que me odia realmente. De seguro debió haberse ido hasta la otra ala de la mansión solo para no tener que cruzarse conmigo.

De reojo, ella miró que Narcissa sonrió, perdida en sus pensamientos o tal vez creyendo que era gracioso lo que había dicho.

—Curioso que diga eso —dijo—, porque justamente usted se encontraba dormida en la habitación de Draco.

Eso la dejó sin habla. Se sonrojó de la vergüenza y se concentró en mirar el jardín por el que seguían caminando para no ver la mirada de la mujer. Sentía que estaba siendo muy maleducada y eso la hacía querer irse ya.

—Lo siento —murmuró después—. No lo sabía. Jamás creí que Malfoy...

—Realmente no recuerda nada, ¿cierto?

Narcissa había dejado de caminar. Hermione también lo hizo y se giró hacia ella. Se había quedado unos pasos detrás y ahora la mujer la miraba con curiosidad, más no sabía qué tipo de curiosidad.

Parecía que quisiera encontrar respuestas en ella, pero se suponía que debía ser al revés. Era Hermione quien no sabía qué hacía ahí o cómo había llegado.

—¿Recordar qué? —preguntó, y la duda en su voz fue genuina.

La mujer afinó sus labios en una sola línea y apartó la mirada. Después suspiró con cansancio, volviendo a mirarla, y la forma en que sus ojos se posaron en los de ella fue con tal lejanía que Hermione comenzó a preguntarse si realmente había olvidado algo importante.

—¿Qué es lo que recuerda, señorita Granger? —preguntó, y esta vez parecía haber una desesperación muy bien disimulada en su voz—. ¿Por qué cree que está aquí?

—Yo... —balbuceó, intentando entender—. No lo sé. Esperaba que usted fuera quien me lo dijera.

La mujer abrió la boca para responder algo, pero justo ahí se detuvo. Pareció estar dándose cuenta de algo, y entonces volvió a sonreír; solo que la sonrisa no llegó a sus ojos, al igual que todas las que le había dado.

—El señor Potter y el señor Weasley están aquí —dijo—. Iré por ellos, espere aquí —añadió, dándose la vuelta para desaparecer.

Ella no supo qué hacer, se quedó de pie en el mismo lugar y solo escuchando el viento que hacía mover ligeramente las flores y las hojas de los árboles.

Se giró para seguir caminando, alzando la mirada y notando por primera vez que el jardín era mucho más grande de lo que había pensado en un principio, y también que no era solo un jardín; porque más allá parecían haber capillas, o algo así.

Quiso ir ahí, pero justo entonces se escuchó un chasquido detrás de ella, y cuando se dio la vuelta, se encontró con Harry y Ron. Este último fue el primero en acercarse a abrazarla.

—Oh, Merlín, me alegra que estés bien —murmuró en medio del abrazo, presionándola contra su cuerpo como si estuviera decidido a ya no soltarla.

Hermione se sonrojó tanto que olvidó regresarle el abrazo, y cuando Ron se separó, ella evitó su mirada al tiempo que Harry se acercaba para abrazarla también.

—Estuviste casi una semana en esa cama —le dijo cuando se separó—. Por un momento creímos que te quedarías ahí. Nunca se sabe cuán poderosa puede ser una maldición.

Ella lo miró, estática.

Las preguntas se dispararon por su cabeza como un volcán recién en erupción. Frunció el ceño y los miró a ambos, entre sorprendida y asustada.

—¿Maldición...? —repitió, y eso pareció hacer entrar en razón a Harry de que había dicho algo que todavía no debía.

Ron rodó los ojos, como si estuviera exasperado del azabache. Le dio un codazo y avanzó hasta Hermione.

—Ignóralo —dijo, dejando una mano sobre su hombro que ella no pasó por alto—. Está diciendo tonterías.

Pero Hermione sabía que no era así, y se estaba cansando de que todos parecieran ocultarle cosas. Se hizo a un lado para deshacerse de la mano de Ron y entonces los miró, expectantes.

—¿Qué piensan que soy? —exigió—. No nací ayer, es obvio que algo está pasando y no quieren decirme. Narcissa Malfoy parece estar igual o peor. Y podrían empezar por explicarme por qué estoy aquí porque... porque... —Se llevó una mano a la cabeza y la mantuvo ahí, de repente dándose cuenta de que lo que iba a decir era muy real—. Porque no recuerdo nada.

—Hermione, está bien —dijo Harry, acercándose con cautela—. Estamos aquí para responder todo lo que quieras.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó entonces—. Explícame qué hago en la Mansión Malfoy y por qué desperté en la habitación de Draco Malfoy.

Harry miró a Ron, pero este apartó la mirada.

Guardaron silencio hasta que Harry habló de nuevo.

—¿Qué es lo último que recuerdas?

Ella parpadeó, confundida. Abrió la boca para responder pero entonces volvió a callar.

No sabía la respuesta. No tenía idea de qué era lo último que había hecho.

Tal vez era que Charles le había dicho que le quedaba un mes de vida, pero eso se sentía como si fuera hacía una enternidad. No lo sentía como si hubiera sido ayer.

Todo parecía tan surrealista. No sabía qué hacer.

—No sé —respondió. Resopló y luego les dio la espalda, alejándose de ellos para poder pensar—. Siento mi cabeza hecha un desastre. Es como si hubieran lagunas que me impiden recordar ciertas cosas y... No saben qué tan desesperante es eso.

—Es normal, Hermione. Necesitas relajarte...

—¿Cómo sería normal esto, Ron? —replicó, dándose la vuelta para enfrentarlo—. La gente no suele tener lagunas en su cabeza. La gente suele recordar qué es lo que hizo ayer, o en mi caso: qué es lo que hizo antes de despertar en la Mansión Malfoy.

—Tiene su explicación —intervino Harry—. Podemos decírtelo, solo necesitamos que estés en tu mejor momento para...

Ella lo interrumpió, ansiosa.

—No puedo esperar a otro momento, Harry. En serio no puedo. Ni siquiera se supone que debería estar aquí... ¿Qué día es hoy?

Ambos se notaron confundidos.

—¿Qué? —preguntó Ron.

—¿Qué día es hoy? —repitió ella.

—Diecinueve de mayo.

Hermione sintió que se ponía pálida.

—Dieci... —Se detuvo a sí misma y se miró las manos. Una explicación muy loca al por qué ahora lucía tan sana comenzó a formarse en su cabeza, y casi le dio náuseas mientras lo preguntaba—: ¿Estoy muerta?

—¿Qué? —escupió Ron. Negó con la cabeza una y otra vez y se acercó a Hermione, tomándola de los hombros para hacerla mirarlo a los ojos—. No, por supuesto que no estás muerta. Estás a salvo. Escucha, sabemos de tu maldición, pero ya no está más. No necesitas preocuparte por eso de nuevo.

Ella sintió su garganta seca. Miró a Harry por encima del hombro de Ron y se encontró con que este miraba al pelirrojo con cierta molestia.

—¿Cómo...? —intentó ella, pero las palabras no salieron—. ¿Por qué...? ¿Cómo es que saben...?

—¿De tu maldición? —completó Ron—. Esa es una de las muchas cosas que debemos explicarte, Hermione, pero debes tranquilizarte primero. Es un pez gordo.

—Nosotros podemos ayudar —dijo Harry, pero Ron lo interrumpió, mirándolo por encima de su hombro y aún sosteniendo a Hermione.

—Yo lo haré —dijo, y Harry lo miró varios segundos antes de asentir. Dio una última mirada a ella y luego se dio la vuelta para desaparecer.

—¿Adónde fue?

—Volverá —aseguró Ron, soltándola—. Por ahora, necesitamos hablar. Te responderé todo lo que quieras, pero poco a poco.

—No soy una niña, puedo entender.

—Esto no. Es mucho, incluso para ti.

—¿Por qué lo sería?

Ron no respondió. En cambio, empezó a caminar lejos de ella, justo a donde Hermione había intentado ir en un principio: a las capillas. No tuvo más remedio que seguirlo, a pesar de que estaba empezando a molestarse.

Quiso preguntar algo, cualquier cosa que lo hiciera responder sus dudas, pero entonces él la sorprendió:

—¿Qué recuerdas de Draco Malfoy?

Eso casi la detuvo abruptamente, solo que tenía que seguir el paso de Ron, así que siguió caminando, pero la sorpresa en su expresión era radiante.

—¿De Draco Malfoy? —repitió y Ron asintió. Ella balbuceó de nuevo—. Yo... No lo sé. Recuerdo que El Profeta daba muchos artículos sobre el juicio que le hicieron para ver si iba a Azkaban o no. También toda la mierda que le tiraban por lo mismo y... No recuerdo la última vez que lo miré. Pero, ¿qué tiene que ver eso?

—Mucho. ¿Es todo lo que recuerdas?

Ella intentó pensar. Había una sensación en ella que le decía que las lagunas en su mente podrían tener alguna respuesta, pero aunque lo intentó, no pudo hallar nada.

—Sí, es todo —respondió. Un músculo trabajó en la mandíbula de Ron, pero no se detuvo y siguió caminando, obligándola a seguirlo—. ¿Por qué me preguntas sobre él? ¿Qué tiene de importancia?

—Mucha.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué la tendría?

—No estás preparada para oírlo —contestó. Habían llegado a un largo sendero, lo rodeaban rosas blancas y el césped era incluso más verde y vivo que el del jardín. Ella siguió el camino de piedra junto a Ron, quien ahora caminaba hacia una capilla.

—Lo estoy —dijo—. Puedes decirme cualquier cosa, eso con tal de que me respondas todas mis preguntas.

Ron se detuvo abruptamente. Se dio la vuelta para enfrentarla, parecía perdido, pero aún así procuraba mantenerse cuerdo para ella. Hermione nunca lo había mirado así, y por un momento, eso la distrajo, antes de que él hablara.

—¿Quieres respuestas?

Ella abrió la boca y la volvió a cerrar. Había una sensación que le decía que en realidad no quería saber. Pero no podía evitarlo.

—Sí —respondió.

Ron la miró el silencio, como si estuviera evaluando si ella sería capaz de sostener lo que él le iba a decir. Luego pareció rendirse, suspiró y su mirada se movió hacia la capilla que estaba justo delante de ambos.

Era grande y bellísima. Las rosas blancas parecían recién cambiadas y no había polvo por ninguna parte. Parecía casi tan elegante como toda la mansión.

Miró a Ron tragar saliva.

—Draco Malfoy está muerto —dijo, esta vez mirándola. Y a pesar de que al principio Hermione no lo entendió, pronto las palabras tuvieron peso en ella. Ron se lamió los labios antes de añadir—: Él es la razón por la cual ya no hay ninguna maldición en ti.

Ella se quedó helada y casi se sintió palidecer. No sabía qué decir ni qué hacer, o siquiera qué sentir, pero ciertamente había... algo. Sabía que había algo.

Sin embargo, no sabía cómo identificarlo.

—Estás bromeando —musitó, todavía sin entender. No podía asimilar nada—. Malfoy... Él jamás...

—Él usó magia de sangre para hacer un ritual que transfiriera la pureza de su alma a tu cuerpo. La magia negra se impregnó en él y murió a las pocas horas. Malfoy se sacrificó por ti, y por eso estás sana y salva.

Sintió que se le secaba la garganta. Buscó en la mirada de Ron algo que le hiciera creer que estaba bromeando, que le estaba tomando el pelo, algo que le recordara que Draco Malfoy jamás sería capaz de hacer una cosa tan menos egoísta como esa.

Y mucho menos por ella.

—Estás mintiendo —susurró, y a pesar de que todo lo que ella recordaba de Malfoy eran cosas malas, no pudo evitar sentir ese pequeñísimo dolor. Recuerdos o no, una persona había dado su vida por ella, y todavía no asimilaba cuán grande era eso—. Él no haría eso. Narcissa dijo que... No pude haber causado eso.

—Míralo por ti misma —ofreció Ron, y sin mirarla, alzó la mano para invitarla a entrar a la capilla.

Al principio no quiso hacerlo. Sentía como si tuviera que entrar a un lugar prohibido, a un lugar donde se encontraba el daño colateral de su maldición, a un lugar donde se encontraba la culpa.

Pero de alguna forma, sentía que se lo debía. Dio una última mirada a Ron y luego tragó saliva antes de avanzar hacia la capilla. Caminó por el sendero de piedra a pasos lentos y ahora casi débiles.

Siempre había detestado a Malfoy, desde el colegio había creado una enemistad con él... Pero jamás le había deseado la muerte.

Miró la hilera de rosas blancas que la guiaba hacia adentro de la capilla y poco a poco comenzó a sentirse asfixiada. Sin embargo, controló su respiración y siguió caminando hasta que estuvo dentro.

Y lo primero que miró fue un suelo de mármol blanco tan nuevo y encima una lápida. Cuando miró lo que esta tenía tallado, sintió un estrujado en su corazón y se agachó para tocarla con las yemas de sus dedos.

DRACO LUCIUS MALFOY

Amado hijo y amante

Junio 1980 — Mayo 1999

"Sana y salva"

Se sentía como estar tocando algo que no debía, algo incorrecto a lo que no se le permitía tocar. Se sentó sobre el mármol, cayendo de rodillas y luego lo tocó, sintiendo los helados azulejos y preguntándose si Malfoy estaría cómodo ahí debajo.

Y entonces la realidad cayó sobre ella como un balde de agua helado sobre su cabeza.

Una persona se había sacrificado por ella. Una persona había renunciado a su vida solo para que ella pudiera tener una. Una persona que se había entregado a la magia negra para que ella pudiera restaurar su alma.

Esa persona había sido Draco Malfoy.

Y ella tenía toda la culpa. Él estaba muerto por ella y nada más. Esa era la razón por la que Lucius Malfoy no estaba en casa: porque habría odiado tener que toparse con la persona culpable de que su hijo estuviera muerto. También era la misma razón por la cual a Narcissa se le veía triste y lejana, con esa mirada nostálgica.

Usted me recuerda a alguien.

Podía escuchar la voz de Narcissa en su cabeza y al instante sintió una sensación horrorosa arremolinarse en su estómago.

Draco Malfoy estaba muerto.

Se encontró sintiendo un nudo en su garganta, y ella tragó saliva con fuerza para apaciguarlo, pero nada podía controlar la tormenta que se estaba creando en su cabeza.

Escuchó pasos detrás suyo, y no hizo falta mirar para saber que era Ron.

—¿Por qué lo hizo? —preguntó ella en voz baja—. ¿Qué lo incitó a hacer esto? El Draco Malfoy que conozco jamás habría dado su vida por alguien... como yo.

Él no respondió al principio, se quedó callado mientras ella acariciaba el mármol con su mano, como si así tuviera la sensación de que podría sentirlo y pedile perdón por haberlo incitado a hacer algo tan terrible... Tal vez fue una penitencia a cambio de ir a Azkaban, no lo sabía.

—Porque te amaba —respondió Ron en cambio, sorprendiéndola porque era la última cosa que esperaba escuchar—. Te amó como nadie más lo hizo, y no pudo soportar verte morir, así que tomó tu lugar.

Hermione no se atrevió a mirarlo, pero frunció el ceño, las preguntas disparándose como un terremoto.

—¿Él... me amaba? ¿Cómo es eso posible? Apenas si nos conocimos. No podía amar a alguien que no conocía.

—Te conocía casi mejor que cualquier persona —murmuró Ron en voz baja. Ella lo sintió hincarse detrás suyo, dejó una mano sobre su hombro y luego le dio un suave apretón—. Él sabía que estarías devastada cuando te enteraras de lo que hizo, así que tomó una decisión.

La respuesta llegó a su cabeza con tanta claridad que la abrumó. Le dieron náuseas de solo pensarlo.

—Él me borró la memoria —musitó, mirando la lápida—. Creyó que así dolería menos.

Ron guardó silencio, y esa fue toda la respuesta que ella necesitó saber.

El nudo en su garganta se hizo más grande y pronto se encontró soltando el primer sollozo. Miró la lápida mientras lo único que podía pensar era en cuánto lo sentía.

Había destruído una familia. Malfoy's o no, eran una familia. Ella había causado la muerte del único hijo de Lucius y Narcissa Malfoy, y aún así ellos la habían dejado quedarse en su habitación.

La otra mano de Ron se deslizó más allá de su hombro, y cuando ella bajó la mirada, se encontró con que le ofrecía un sobre.

—Escribió esto para ti después de terminar el ritual —dijo, un tono de voz que casi le hacía creer que se sentía triste—. No se despegó de ti en ningún momento, y dejó esto creyendo que merecías una explicación.

Hermione tardó en tomar el sobre, pero al final lo hizo. Entonces sintió a Ron ponerse de pie y murmurar que la dejaría sola unos minutos antes de alejarse.

Pronto el viento y el quemar de las llamas de las velas alrededor de la lápida fue todo lo que ella escuchó.

Ella no tenía idea de cómo sentirse. No sabía si debía llorar o gritar. No sabía cómo se suponía que debía reaccionar. Ella solo se sentía congelada, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor y solo se encontrara en pausa.

Dejó de mirar el sobre y volvió a la lápida.

Sana y salva.

¿Se refería a ella acaso? ¿Eran las palabras que había pedido para su propia lápida? Esta vez sintió un pinchazo en su pecho, y se dio cuenta de lo horrible que era la situación. Una persona que sabía de su propia muerte.

¿Por qué lo había hecho? ¿En qué momento la empezó a amar de tal manera que fue capaz de hacer eso? ¿En qué universo alterno Draco Malfoy amaría a Hermione Granger? Todo lo que ella recordaba eran insultos, llantos, burlas, malas miradas, competencias injustas... Nada bueno.

¿Qué fue lo que pasó y por qué su amor no fue tan poderoso como para no permitir el Obliviate?

Bajó su mirada hacia el sobre de nuevo. Cerró los ojos, apretándolo mientras se repetía una y otra vez que no era su culpa para poder siquiera tocar el sobre.

Lo alzó y luego le dio la vuelta, encontrándose con la primera caligrafía elegante:

Mira detrás de la lápida, Granger.

Ella frunció el ceño. Alzó la mirada y miró a sus lados, casi como si temiera que estuviera en un sueño, pero luego la curiosidad empezó a vencerla.

Se alzó sobre sus tobillos para mirar detrás de la lápida, y justo detrás se halló con otro pequeño sendero de rosas blancas... a excepción de una.

Justo en el centro había una rosa roja que se robaba la atención de las demás, y por alguna razón, ella supo que debía ser esa. La tomó entre sus manos y luego regresó al mármol, mirándola con detalle.

Parecía tener una especie de encantamiento para que no se marchitara. De alguna forma, parecía como si fuera perfecta.

Ella dejó de mirar la rosa y volvió a tomar el sobre. Solo que ahora ya no estaba lo que antes venía escrito, ahora venía algo más, algo que la dejó sin aire:

Mi amor por ti es eterno.

De nuevo, ella no supo cómo sentirse. Era raro el sentimiento, como si hubiera recibido una rosa por parte de un completo extraño en la calle. Solo que... tenía algo de significado. Sabía que debía tenerlo.

Eso no significó que el nudo en su garganta disminuyera. Abrió la parte que sellaba al sobre y luego sacó el pergamino que estaba dentro.

La delicada caligrafía de Malfoy estaba ahí, cuatro largas hojas hechas a tinta y pluma. La única diferencia de todo era que poco a poco las manera de escribir se volvía más débil, como si le hubiera costado esfuerzo el hacerlo.

No sabía si estaba preparada para leerla, no sabía cómo terminaría, pero aún así lo hizo.

Hermione Granger:

Hola. No sé muy bien cómo empezar esto, nunca he sido bueno con las palabras, pero si estás leyendo esto, es porque yo ya no estoy y porque tú estás sana y salva, libre de cualquier maldición... y de seguro quieres respuestas. Puedo apostar que ni mi madre ni Potter o Weasley han sabido explicarte qué fue lo que sucedió, o si lo hicieron, entonces fue terriblemente mal.

Bueno, déjame intentarlo yo. Lo primero que te dijeron es cierto: estoy muerto. Pero no te preocupes, estoy bien... Estaré de bien, donde sea que uno vaya después. Por favor, no te culpes por esto, conozco cómo funciona tu cabeza y sé que debes estarte creando miles de razones para creer que esto fue tu culpa. Pero no es así.

Yo decidí esto, Granger. Fui yo quien te miré a los ojos aquella noche y te mentí diciéndote que jamás usaría esta cura. Te mentí porque sabía que la usaría de ser mi último recurso; intenté no engañarte, intenté que hubiera una salida para ambos, intenté de todo durante semanas... pero todo siempre apuntó al ritual de la magia de sangre. Estaba destinado a ser.

Hace unos días, descubriste cómo funcionaba el vínculo. Descubriste que estar lejos de mí te afectaba y eso logró que la maldición tomara suficiente efecto sobre ti como para hacerte volver a San Mungo. Temí perderte una vez más, y aunque Charles hizo lo posible para mantenerte estable, nada funcionó. No despertabas, y por un momento creí que sería la última vez que te vería.

Pero lo hiciste. Diste una última batalla y despertaste, como siempre, buscándome. Recuerdo todavía la sensación que te recorrió cuando me miraste, y por esos segundos donde tú me abrazabas, todo fue perfecto. Hasta que inconscientemente recordaste el vínculo y te diste cuenta de que no querías depender de mí.

Tu subconsciente actuó primero, y aunque intentaste restaurar el vínculo, no lo lograste. No porque no lucharas lo suficiente, sino porque tu idea de independencia fue tan admirablemente grande que ni siquiera tú pudiste evadirla. El vínculo me rechazó y ya no pudo funcionar. Charles tuvo que recurrir a las pociones doradas de nuevo, pero tampoco funcionaron.

Por alguna razón, todo lo que intentábamos fallaba. Me sentí desesperado, no podía solo sentarme a mirarte sufrir de esa manera. Te llevé a la Mansión Malfoy y te traje a los mejores medimagos del mundo, uno por uno. Ninguno pudo hacer nada certero. Solo te inyectaban cosas y revisaban tu magia, pero seguías igual. Incluso me parecía que empeorabas.

No podía despertar cada día a tu lado y mirarte de esa forma. Tan pálida y escuálida. Me hacía sentir enfermo y lo único que quería era cambiar de lugar y ser yo el que estuviera pasando por todo eso. Quise matar a Dolohov tantas veces, me imaginé mil formas de torturarlo hasta que gritara piedad mientras tú dormías.

Siempre te abracé contra mi cuerpo y a ti te encantaba, decías que te gustaba sentirme cerca. Por algún momento de ahí creí que el vínculo regresaría a funcionar, pero no lo hizo. Y no lo necesitaba para saber que la estabas pasando muy mal. No necesitaba el vínculo para saber que llorabas por las noches cuando el dolor era demasiado grande, ni tampoco para saber que vomitabas sangre cada vez que entrabas al baño a media noche, ni mucho menos para notar el dolor en tu mirada cada vez que me sonreías y me decías que estabas bien.

Porque no lo estabas. Y si tú no estabas bien, yo mucho menos iba a estarlo.

Quise aguantar. Hice mi mejor intento por mantenerme a tu lado, pero era una tortura verte sufrir y no poder hacer nada. Así que un día solo me rendí. Le conté a Charles sobre la cura y al instante me odió, gritándome por qué no le había contado antes. Potter y Weasley también lo hicieron, pero cuando les dije el precio a pagar, ellos callaron.

Charles fue el primero en descartarlo, pero yo pude reconocer la mirada en sus ojos cuando me decía que no: él también estaba desesperado por salvarte, y si esa cura era la única salida, estaba dispuesto a hacerlo sin importar lo mucho que lo rechazaron Potter y Weasley. Decían que estarías devastada y que eso lo haría aún peor, probablemente tenían razón.

Convencí a Charles. Él me ayudó a completar todo lo que se necesitaba. Y mientras tú dormías tranquila por primera vez en días, yo me preparaba para lo que sería mi última noche a tu lado.

Recuerdo la forma en que me abrazaste. Me preguntaste por qué había salido de casa todo el día y yo te mentí de nuevo. Te dije que habíamos encontrado una forma de restaurar el vínculo sin la necesidad de estar cerca el uno del otro, y tú estabas tan débil que me creíste. Te dije que durmieras y que Charles y yo haríamos el ritual solos.

Pero antes de dormirte, me tomaste de la mano y me miraste a los ojos. Dijiste: «Cuando despierte, quiero que tú seas lo primero que vea». No pude haberme sentirdo peor. Solo te sonreí, pero tú diste un leve y débil apretón a mi mano antes de añadir: «Promételo».

Te prometí que estaría a tu lado cuando despertaras, incluso cuando yo sabía que no sería así. No tengo palabras para describir cuánto siento haberlo hecho, así como para describir cuánto siento haberte mentido sobre nunca utilizar esa cura. Te prometí tantas cosas, y probablemente no cumplí ni siquiera la mitad.

Pero cuando hicimos el ritual y funcionó, no pude pensar en otra cosa más que no fuera que la maldición se había ido y que tú estabas sana y salva. Estaba tan feliz, quería besarte y abrazarte hasta que fuera mi último aliento.

Creí que despertarías a los minutos, pero luego Charles hizo unos diagnósticos y dijo que lo más probable era que despertarías en días. Me dijo que no sería capaz de responder a mi promesa de estar a tu lado cuando lo hicieras.

Le pedí a Charles que me dejara solo contigo, y ahora aquí estoy, escribiendo mi primera y última carta para ti, sin saber cómo terminar. Tenías razón, no hay un manual para despedirse del amor de tu vida: es dolorosamente difícil.

Lo único que puedo hacer es mirarte mientras duermes, sintiéndome orgulloso de ver cómo duermes tan tranquila después de tanto tiempo. Puedo ver cómo no tienes ninguna dificultad para respirar y puedo ver cómo disfrutas estar durmiendo en mi cama.

Te ves tan hermosa.

Tus rizos caen sobre tus hombros, ahora reforzándose y de un color chocolate llamativo. Tu piel ahora tiene color y hace que tus pecas estén resaltando. Esos labios hinchados y rosados. No puedo dejar de mirarte, eres lo último que quiero ver antes de irme.

No te diré cómo me siento, no voy a explicar qué es lo que la maldición está haciendo conmigo ahora porque no te lo mereces. Suficiente culpa sientes ahora, no hace falta mencionar nada de esto. Solo te diré que puedo sentir la felicidad recorrerme, porque te salvé la vida, porque estás saludable y eso es todo lo que me importa.

Hablé con mamá sobre esto. Lloró mucho, pero al final lo entendió, ella me prometió que te recibirá bien cuando despiertes. Por favor dile que la amo de mi parte, no creo que se lo haya dicho lo suficiente. Mi padre, por otra parte... Él se fue. No sé dónde está ahora ni sé si sabré de él antes de irme, pero madre dijo que está devastado y que se ha ido porque, sino lo hubiera hecho, habría impedido lo que quería hacer. Supongo que debo tomar eso como que por fin estamos a mano.

Oh, Potter y Weasley también se han enterado. Están molestos, dicen que hice lo peor porque te dejaré peor.

Entiendo a lo que se refieren. Fui yo quien creyó muerto al amor de su vida, fui yo quien sintió ese dolor desgarrante cuando te tomé pálida y flácida aquella tarde. Sé qué tipo de dolor es, y no voy a permitir que tú lo sientas.

He tomado una decisión con Charles. Sé que no depende de mí, pero incluso él ha creído que es lo mejor. Ni él ni yo hemos querido arriesgarnos a que la maldición regrese o haya secuelas. Queremos expiar cualquier clase de dolor para ti, y es por eso que ahora no me recuerdas.

De seguro te confundí demasiado con todo lo demás, ¿no es cierto? Bueno, mi Hermione, te daré un pequeño resumen: tú volviste a Hogwarts a utilizar una de las bibliotecas más grandes para buscarte una cura a la maldición. McGonagall me asignó a ayudarte como una especie de penitencia y entonces tú y yo pasamos día tras día en uno con el otro en la misma habitación durante meses, intentando buscar la cura. Jamás me contaste de la maldición, lo tenías oculto para todos, excepto para Minerva. Era un espacio muy pequeño y solo éramos tú y yo, con el paso del tiempo, la cosas empezaron a complicarse. Tú ya lo sabías, sin embargo, decidiste protegerme y creaste esa regla que nos trajo el inicio de nuestros problemas. «Prohibido que Draco se enamore de Hermione». Me reí al principio, no voy a negarlo, pero con el paso del tiempo, empecé a verte de diferente manera y poco a poco las cosas de fueron al carajo, y cuando me di cuenta, ya estaba demasiado hundido y me había enamorado de ti. No lo aceptaste, por supuesto, no querías que yo fuera un daño colateral, así que solo me ocultaste la verdad y me seguiste rechazando mientras viajábamos por el mundo visitando las siete maravillas. Pero luego me aceptaste, y fueron semanas tan bellas antes de que Weasley me hiciera abrir los ojos. Me enteré de la maldición y desde ahí todo fue en picada, lo cual nos lleva a donde estamos ahora.

Nunca creí enamorarme de ti, ¿sabes, Hermione? Mi risa fue una burla genuina aquella noche cuando diste esa regla. Te había odiado durante años que creí imposible el sentir al menos un sentimiento bueno hacia ti. Pero fue tu bondad, tu carisma, tu valentía, tu osadía, tu determinación y tu tenacidad lo que me atrapó como una sanguijuela. Cuando menos me lo esperé, ya no podía imaginar una vida sin ti o una vida donde tú no fueras feliz.

Te amo de una manera tan intensa que haber creído que morías fue lo peor para mí. Y sé que tú también me amaste de igual forma, por lo que sé que también te sentirías así si despertaras y te dijeran que el amor de tu vida se sacrificó por ti. Para que vivieras la larga y feliz vida que merecías, para que encontraras un hombre que te amara y respetara, para que ayudaras a tus padres a recuperar sus recuerdos y para que llamaras a tu hija Lyra.

Es por eso que tomé mi segunda decisión carente de egoísmo. Decidí renunciar a ti para que pudieras salir adelante. No me importa si no me recuerdas cuando despiertas; si es que hay algún lugar después de la muerte, estaré feliz de saber que yo fui el responsable de que tuvieras una magnífica vida.

No me recuerdas, así que esta carta podrá ponerte triste, pero no te hará sentir devastada ni tampoco te hará sentir ese dolor terrible en tu corazón. Tal vez ahora sientas algunas lagunas en tu cabeza, pero es normal, se restaurarán por sí solas en unas cuantas semanas, aunque Charles ayudará.

Gracias por darme los mejores meses de mi vida, Granger. No tengo palabras para agradecer la forma en que me hiciste sentir vivo en tan poco tiempo, ojalá hubiéramos tenido más días, pero esto fue lo que tuvimos. Y no me quejo, porque en esta o en otra vida, te estaré esperando si tú aún me quieres.

Eres mi octava maravilla del mundo, y desearía haberme quedado tanto tiempo contigo si el universo lo hubiera querido. Pero por ahora, espero que todo lo que hice haya servido de algo y te haya impulsado a ser esa persona exitosa que estás destinada a ser.

Una vez, en tu carta, me preguntaste si le tenía miedo a la muerte. Te respondo aquí, Granger: no, al menos ya no. Porque sé que lo último que haré antes de irme será solo mirarte dormir, y eso hace que no le tenga miedo a nada.

Ojalá pudiera decir más, pero mi mano se está entumeciendo de tanto escribir y Potter está tocando la puerta como un loco. Intenta detenerme pero no sabe que ya lo he hecho. Weasley lo ha aceptado... Él es buen chico.

Eres fuerte, Hermione, eres la persona más fuerte que conozco, y sé que superarás esto. Te amo con todo mi cuerpo y alma, jamás lo olvides. Sé feliz.

En esta y mil vidas más:

tuyo, Draco Malfoy.

Ella ya estaba llorando antes de que se diera cuenta. Estaba llorando a mares. Sollozaba sin parar y no podía dejar de mirar la caligrafía de Malfoy, era inevitable dejar de darse cuenta de la forma en que sus letras eran cada vez más débiles. A él le costó escribir esa carta y aún así la hizo.

El nudo en su garganta era horrible y casi tuvo ganas de arrugar las hojas en sus manos como un intento de liberar su frustración. Frustración por no poder recordar nada y por que eso le impidiera poderle llorar lo que merecía.

Miró la larga carta una vez más, y entonces las palabra brotaron de ella como si estuvieran destinadas a ser:

—Las cartas no arreglan todos los problemas del mundo...

Su voz se cortó y siguió llorando, llevándose las hojas a su pecho, como si de alguna manera pudiera sentirlo más cerca de esa forma. Nunca pensó llorarle a Draco Malfoy, pero ahora lo estaba haciendo, y sentía que ni siquiera era suficiente.

Miró la lápida, sintiendo los sollozos brotar de su boca mientras su pecho subía y bajaba por el llanto.

Y muy internamente, ella le agradeció a Malfoy por haberle borrado sus recuerdos.

Porque tal y como él había dicho en su carta:

Ella se sentía muy triste y solo podía llorar, sintiéndose culpable.

Pero ella no estaba devastada ni sentía ese terrible dolor en su corazón.