Unas horas más tarde se encontró con Daphne fuera de las oficinas de El Profeta. La rubia le dedicó una sonrisa brillante antes de envolverla entre sus brazos.
—¡Hoy te fuiste sin despedirte! ¿Estás bien? —la tomó por los hombros y observó su rostro buscando algún indicio de su estado anímico.
—Si, mucho mejor —le sonrió para reforzar su punto—. Pansy me ayudó a prepararme, ¿qué te parece? —dio unos hacia atrás.
—Qué estás hermosa como siempre, señorita Weasley —le guiñó un ojo.
—Vos no estás nada mal tampoco —paseó sus ojos por el apretado y elegante vestido que llevaba Daphne—. ¿Acaso me querés conquistar? Mirá que en cualquier momento voy a ser una figurita difícil de atrapar —ondeó sus cejas arriba y abajo.
—Ayer tan vergonzosa y hoy toda una conquistadora, ¿este es el efecto Pansy? —sonrió burlona.
—¡Me ofendes! En todo caso, es el efecto Weasley —le sacó la lengua—. Vamos, si tenés suerte te ganas un autógrafo en tu tanga, rubia.
—Ni en tus mejores fantasías vas a manchar mis tangas de trescientos galeones —la siguió, divertida cuando la pelirroja se la quedó mirando con la boca abierta.
—¿TRESCIENTOS GALEONES? ¿Están hechas de hebras de unicornio acaso?
—¿Qué? ¿Estás loca? —la miró con el ceño fruncido— Las hacen con plumas de ave fenix.
—¿Es una broma, verdad? —se detuvo en medio del pasillo.
—Yo no bromeo con mi ropa interior, señorita Weasley. Ahora vamos, estamos a punto de llegar tarde.
Por supuesto que Rita Skeeter tendría una oficina tan espantosa como ella. Las paredes de un color verde doloroso para los ojos, con tantos reportajes colgados y personajes entrando y saliendo de ellos que te sentías frente a un andén donde el tren no dejaba de pasar nunca. Se obligó a apartar la vista antes de que el vértigo hiciera que vomitara todo su almuerzo. Últimamente, esa era la sensación que la acompañaba.
—Buenas tardes, queridas —saludó con una sonrisa superficial—. Justo a tiempo, pónganse cómodas. ¿Desean algo para tomar?
Ginny siguió a Daphne y se acomodaron en unas sillas incómodas frente al escritorio de la periodista.
—No, gracias —declinaron ambas.
—Muy bien, manos a la obra entonces. ¡Ginevra Weasley! La más agraciada de la familia de pelirrojos y aparentemente, también la más talentosa. Aunque quizás eso no sea mucho mérito ¿verdad? Hace apenas cinco horas que anunciaron tu fichaje en Las Arpías. ¿Estás feliz de ser la primera de tu familia en salir de la pobreza?
El cuerpo de Ginny se tensó en menos de un segundo. Daphne carraspeó.
—Oh, lo siento querida ¿es doloroso para vos hablar de tus raíces humildes?
La jugadora se sacó la campera y la tiró sobre el sillón antes de saltar por encima y caer despatarrada.
—En serio ¿siempre va a ser así? ¿Todos los reporteros son idiotas? —se quejó, dejando salir su bronca.
Daphne caminó hacia la cocina mientras deshacía el nudo de su túnica. Saludó a Saberia y le pidió si podía preparar una merienda para ellas. Cuando volvió al living, apoyó su túnica en el respaldo de una silla y caminó hasta tomar asiento junto a la otra chica.
—No, no todos son así. ¿El de hoy a la mañana? Probablemente sea culpa mía, una vez lo rechacé y es evidente que no puede manejar su ego herido. ¿Te acordas del artículo que salió hace un mes luego del paseo por el Callejón Diagon? Él estuvo detrás del único reportaje que era mal intencionado.
—¿Lo rechazaste y por eso decidió poner mi vida en riesgo? —rodó sus ojos.
—Lo sé. No puedo prometerte que siempre será fácil pero sí asegurarte que no va a ser tan difícil como hoy. Habrá algunos medios en contra, pero creo que la mayoría van a apoyarte. Hoy estuve recibiendo búhos sin parar luego de la conferencia de prensa.
—Eso es bueno supongo pero ¿podemos hablar de eso luego? —pidió, mirándola con ojos suplicantes.
—Claro que sí, pequeña —estiró su cuerpo y acercó su rostro al de la otra chica.
Ginny sonrió mordiéndose el labio inferior y acercó su boca a la mandíbula de la rubia, dejando un recorrido de besos hasta tomar sus labios con suavidad. Adoraba lo esponjosa que era la boca de Daphne y como sus lenguas parecían perfeccionar la danza de entrelazarse. Llevó su mano a la nuca de la bruja para profundizar el beso, sintiendo un agradable cosquilleo recorrer todo su cuerpo. El perfume de Daphne le encantaba y empezaba a asociarlo con hogar. Aspiró, dejando su boca para acariciar el cuello con su nariz y las notas de sándalo, jazmín y pimienta rosa llegaron a ella mezcladas entre sí y equilibrando la dulzura.
—Ven —exigió con deseo.
La rubia gateó por el sillón y subió su vestido para sentarse a horcajadas sobre ella. Ginny llevó sus manos a la cadera de la bruja y la empujó hacia abajo al tiempo que elevaba su pelvis para hacer contacto. Gimieron y retomaron el beso con más pasión que antes.
—Morgana, te extrañé —ronroneó contra sus labios.
Daphne le recorrió la mandíbula dejando besos húmedos, sintiendo cómo se estremecía. Mordió la piel pecosa y expuesta del cuello, chupando con suavidad el pulso bajo su lengua. Ginny acercó aún más sus cuerpos y vagó sus manos de abajo a arriba hasta ahuecarlas contra los pechos de Daphne. La rubia llevó los brazos hacia su espalda y se escuchó el sonido del cierre al bajar. Los breteles del vestido cayeron por sus hombros y la pelirroja los bajó hasta ver aparecer los pechos blancos y desnudos, con los pezones rosados y erectos. Capturó uno con sus labios y masajeó el otro, pellizcando suavemente. Daphne se agitó sobre ella, agarrándola del pelo para acercarla más. La pelirroja deslizó su lengua fuera de su boca y jugó haciendo círculos alrededor del pezón. Su mano derecha bajó hasta perderse dentro de la tanga. La yema de sus dedos entraron en contacto con la humedad de Daphne y gimieron al unísono.
—Estás tan mojada —su voz salió ronca por el deseo.
Acarició su entrada en círculos lentos y llevó la humedad hasta el clítoris, rodeándolo con sus dedos. La pelvis de la bruja mayor moviéndose erráticamente de atrás hacia delante, buscando mayor contacto. Ginny quisiera haber tenido más paciencia y hacerla rogar por sus dedos, pero la necesitaba. Y la necesitaba ahora. Enterró dos dedos hasta el fondo y aulló con Daphne cuando ésta le clavó las uñas en la nuca. Abrazó su cintura para sostenerla cerca, empezando a entrar y salir de adentro suyo, marcando un ritmo lento pero in crescendo. Volvió con su boca a encontrar los pechos de la rubia, lamió, mordió y su pulgar jugó con el clítoris sin dejar de penetrarla hasta que sintió el cuerpo estremecerse, tensarse y el posterior relajamiento junto con la humedad bajando por sus dedos.
Daphne se volcó hacia ella, abrazándola, tratando de calmar su respiración. Ginny la acunó con ternura, dejando besos por su hombro y clavícula. Cuando la rubia se recuperó, se alejó unos centímetros para observarla con ojos lascivos.
—Te sobra ropa, querida.
Y la merienda quedó olvidada.
Al día siguiente, Daphne estaba sentada en su oficina tomando el segundo café de esa mañana y leyendo las repercusiones de la rueda de prensa de Las Arpías en los distintos periódicos. Se sentía satisfecha, todas las notas tenían un lugar central en las páginas y Ginny Weasley era el nombre que más se repetía. Tendría que felicitarla luego, quizás hacerle un regalo, pensó, distrayéndose por un instante de su lectura. Tal vez salir en su horario de almuerzo e intentar conseguirle algo. ¿Qué podría regalarle? ¿Ropa, joyas, equipamiento de quidditch? Sopesó sus opciones. ¿Sería un regalo que haría como mánager o como pareja? Se puso los ojos en blanco a sí misma, como si a esta altura pudiera separar entre esos dos roles.
Tres golpes en su puerta la sacaron de su mente y acomodó su postura antes de permitirle el paso a quien sea que estuviera del otro lado.
—Señorita Greengrass, disculpe que la moleste —entró en la oficina su secretaria.
—No hay problema, Alexa. ¿Qué ocurre? —dejó el periódico y acercó la taza a sus labios.
—Acaba de llegar un memorándum del primer piso, la necesitan allí con urgencia. La mandó a llamar la Ministra.
La taza tintineó contra sus dientes y logró reordenar sus gestos y su sorpresa sólo por años de enseñanza estricta. Evitó el café derramado pero no estaba segura de haber logrado que el color no abandonara su rostro.
—¿Decía algo más? —consultó, apoyando la taza en la mesa y conjurando un espejo para observar su apariencia y acomodar su labial.
—Que se apresure.
—Bien, claro, Gracias, Alexa, podés retirarte.
La secretaria se marchó y ella respiró profundo varias veces. ¿Había hecho algo malo? No es como si todos los días la llamara la Ministra. Repasó rápidamente las notas que habían salido en los periódicos, pero no encontró nada que pudiera alterar a Bellatrix Black. Su trabajo estaba al día, eso tampoco podría ser. Rearmó el moño que mantenía atado su cabello rubio, se levantó y salió. Lo que sea que sucediera, no lo iba a descubrir desde su oficina y hacer esperar a la Ministra no era nunca una buena decisión.
Caminó por el pasillo del quinto piso, el correspondiente a su departamento, hasta llegar a los ascensores que milagrosamente estaban desocupados. Pulsó el círculo que tenía el número uno y esperó, con los ojos fijos en la pared frente a ella. ¿Estaba en problemas? ¿Habrían descubierto a Hermione? En cualquier caso, la chica vivía con Pansy. ¿Por qué la llamarían a ella? La puerta se abrió y la voz anunció: Primera Planta: Ministro de Magia y Personal De Apoyo.
El sonido de sus tacones resonaba contra el suelo y era todo lo que podía escuchar mientras se acercaba a la puerta de la Ministra. Va a estar todo bien, se dijo y levantó el puño para golpear la madera. La voz de Bellatrix Black la sobresaltó antes de que pudiera llamar.
—¡Adelante!
¿Cómo demonios la había visto? Abrió la puerta y entró, cerrando tras ella.
—Buenos días, Ministra Black —saludó.
La mujer estaba de espaldas a ella, parada frente a una biblioteca, ojeando un libro. Llevaba el cabello recogido en un peinado digno de una reina. La túnica olvidada, estaba en un traje de pantalón y camisa que realzaba su figura. Cuánto poder, pensó, intimidada.
—Greengrass —cerró el libro y se giró, caminando hasta su escritorio donde lo dejó y tomó asiento—. Ven, no te vas a quedar parada toda la reunión —señaló la silla vacía.
Daphne asintió y tomó asiento, su postura tan recta como era posible. No pudo evitar bajar con sus ojos y notar los tres botones abiertos de la camisa y cuando volvió a conectar su mirada con la de la Ministra, le pareció descubrir un brillo divertido detrás de su máscara. Se enderezó aún más, carraspeando.
—Gracias. Me mandó a llamar —confirmó, invitando a que revelara la razón.
—En efecto. Draco estuvo siguiendo de cerca el caso de la chica Weasley. La pregunta que le hicieron acerca de apoyar mi gobierno y los titulares que salieron hoy.
Así que era eso. Respiró un poco más aliviada. La mujer frente a ella no parecía enfurecida, otro día que se salvaba del crucio. Bien, era un buen comienzo. Se apresuró a responder.
—¿El departamento de género va a sacar el comunicado que habíamos acordado? —consultó.
—De eso quería hablarte. Digamos que, los planes han cambiado —tamborileó sus dedos sobre la madera del escritorio, sus ojos negros fijos en ella—. Quiero a la chica en una rueda de prensa con la jefa del departamento.
Todo su cuerpo se puso alerta. Se concentró en enmascarar sus reacciones, mantener la respiración estable, su mirada liviana. Bellatrix la vigilaba como una pantera a su presa.
—¿Cuál sería el rol de la señorita Weasley?
—¿Viste los periódicos, Greengrass? —señaló un apartado de su escritorio donde estaban apilados— Tiene buena prensa, dominó la situación, se vio segura en todas sus respuestas, conquistó a los reporteros. Quiero que sea la cara visible del proyecto que está por lanzar el departamento de Género e igualdad. Nos dará credibilidad, no luchó a mi lado sin embargo acá está. Viene de raíces humildes pero es sangre pura. Está sin familia, en fin. La historia que vende.
Daphne analizó las palabras y asintió. No podía negarlo, era una buena jugada.
—Puedo ver su punto, Ministra Back.
—Lo sé, sos una persona racional, Greengrass. Por cierto, ¿cómo vas con la dirigencia? —otra vez tamborileando sus dedos en la madera.
Daphne desvió sus ojos hacia aquella mano, una manicura perfecta, uñas pintadas de rojo sangre. En el dedo anular, un anillo de oro con las siglas N.B. Mano izquierda, anillo de oro, dedo anular. ¿N.B? Rodolphus Lestrange había muerto en la batalla y evidentemente, sus siglas no eran N.B.
¿Bellatrix Black estaba comprometida y nadie en el mundo mágico lo sabía?
La ministra volvió a tamborilear sus dedos y con esa acción, Daphne volvió al presente, donde se encontró una ceja alzada de manera peligrosa en su dirección.
—Bien, ayer pude acercarme a Elizabeth Rowle. Estaba interesada en mi trabajo y me dio la posibilidad de hacer el primer contacto. Quedamos en reunirnos en los próximos días para almorzar.
Bellatrix palmeó la mesa con entusiasmo.
—Muy bien, seguí así y presioná en ese encuentro si ves la oportunidad. Necesito esas tierras libres cuanto antes.
—Por supuesto.
—Perfecto, la secretaria de Susana se va a comunicar con la tuya para arreglar un encuentro, firmar el contrato con Weasley y demás. Podés retirarte.
Daphne asintió y se levantó, sintiéndose mareada con las cosas que habían sucedido.
—Ah, Greengrass —llamó cuando estaba por salir.
—¿Si? —-se giró para mirarla.
Ojos negros atravesando los suyos.
—Estás haciendo un buen trabajo, mantente así.
—Gracias Ministra Black, lo haré.
Y tras ver el asentimiento de Bellatrix, dejó su oficina.
Bueno, estaba viva y aún conservaba su trabajo. La verdadera pregunta era ¿cómo diablos iba a convencer de esto a Ginny?
Siguiendo sus planes, para el almuerzo se presentó en la casa de la familia Parkinson.
—¡Pero si es mi querida Daphne! —se acercó y la envolvió en un abrazo la matriarca de la familia.
—Margaret, qué gusto verte —se dejó abrazar y besar, con una sonrisa en su rostro.
—¡Siempre tan bella y educada! ¿Cómo estás? Pansy no me avisó que ibas a venir ¿te unis al almuerzo? —se retiró pero mantuvo sus manos unidas.
—Estoy bien, gracias —le sonrió—. Tengo poco tiempo, en realidad estoy buscando a Hermione.
—Ustedes dos me tienen completamente abandonada, Pansy nunca tiene tiempo para nada —apuntó.
—Prometo venir a tomar la merienda con vos y Chris. ¿Qué te parece?
—Me parece una idea fantástica, cariño. ¿Me dijiste que buscabas a Hermione? Debe estar en la biblioteca, esa criatura siempre está ahí. ¡Es tan silenciosa! Y una editora fantástica, no sabés cómo me está ayudando con el libro que estoy por publicar. ¡Casi que echo a mi editor actual! ¿Y lo bien que le hace su influencia a Pansy?
Daphne sonreía, pasando su peso de una pierna a la otra. A la madre de su amiga siempre le gustó hablar y ella adoraba escucharla incluso cuando desvariaba. La casa de la familia Parkinson tenía un lugar importante en su corazón, era sin duda su segundo hogar.
—Estoy de acuerdo, Hermione es fantástica.
—¿Por qué soy fantástica? —interrumpió la aludida, terminando de bajar las escaleras, sonriendo a las dos brujas.
—Me decía Margaret que sos una editora increíble.
—¡Por favor! Ella es una escritora tan sublime —le envió una mirada de admiración—, es un placer leerte.
—Bueno, bueno que estamos acá dorandonos la píldora —desestimó con falsa humildad—. Acá mi querida Daphne te vino a buscar, las dejo solas. ¿Te espero próximamente para la merienda? Tomo tu palabra, cariño, cuidate —besó sus mejillas con afecto.
—Promesa, dejale un beso a Christopher —le sonrió y la mujer abandonó el salón—. Ey —se volvió a la morena—, me preguntaba si tenías planes para el almuerzo.
—Demasiados, no sabes lo apretada que es mi agenda en estos días —se burló, sacándole una sonrisa divertida a la otra.
—¿Tenés ganas de acompañarme a la parte muggle? Quiero hacer algunas compras para Ginny.
—¿En el Londres muggle? —se sorprendió— Si, por supuesto. Me cambio y bajo.
—Entonces, las cosas para Ginny están yendo bien —anunció Hermione, observando de cerca un televisor y sus funciones.
Daphne devoraba ávidamente todo lo que tenía a su alrededor. Hermione había alterado su túnica y ahora era un hermoso saco largo que cubría la camisa y falda tubo que llevaba. Aquel lugar era enorme, tenía tres o cuatro pisos, luces resplandecientes, infinitos locales uno al lado del otro que vendían distintas cosas, la mayoría de las cuales no tenía idea para qué eran.
—¿Cómo puede ser que haya tanta gente dentro de este cuadro? —ignoró su comentario anterior, observando con curiosidad el aparato que tanto deseaba Ginny.
La risa de Hermione llamó su atención y la miró por un segundo, volviendo su vista a la imagen en movimiento de dos chicos compartiendo un helado.
—No es un cuadro, es un aparato electrónico destinado a la recepción y reproducción de señales de televisión. La gente lo utiliza para informarse. Como el diario pero con imagenes. También para ver películas o novelas. Ya vas a entender mejor cuando lo usen.
—¿Y este está bien? ¿Le gustará?
—Eso estoy tratando de ver, pero sí, es el mejor de estos tres que hemos visto. ¿Estás segura que querés gastar tanto dinero? No tengo dudas de que le va a encantar si le llevas uno más chico.
—¿Es muy grande? —se preocupó— Tiene la medida normal de un cuadro —analizó los casi dos metros del aparato.
—No es un cuadro, Daphne —puso los ojos en blanco, divertida.
—Señoritas, ¿puedo ayudarlas? —se acercó un empleado.
—Sí, queremos este cuadro.
—¿Perdón? —miró a la rubia con una sonrisa tambaleante.
—Un chiste interno, lo siento —se adelantó Hermione—. Vamos a llevar el Smart Tv de 85" y la PlayStation 5.
Los ojos del empleado se agrandaron en sorpresa, eso era una comisión altísima.
—¡Fantástico, enseguida se lo preparo! ¿Abonan en efectivo o tarjeta?
—Efectivo, gracias.
Daphne no volvió a su oficina esa tarde, le avisó a Alexa que se llevaría el trabajo a su casa y allí estaba, ayudando a Hermione a instalar el regalo de Ginny. O mejor dicho, viendo a la chica instalarlo.
—¡Listo! —exclamó la morena, palmeando sus manos, satisfecha con su trabajo.
Había logrado conectar el Smart Tv, la PlayStation y ordenado una veintena de juegos que habían comprado.
—Gracias por ayudarme —se dejó caer en el sillón frente al aparato.
—Oh, no es nada, me muero por ver su cara cuando lo descubra —tomó asiento junto a la rubia—. Entonces, ¿a qué se debe el regalo tan...pomposo?
—Tengo que pedirle que trabaje para Bellatrix —anunció abatida.
Hermione se volteó hacia ella con la boca abierta por la sorpresa. Saberia hizo su aparición en ese momento y dejó los platos con comida en silencio antes de volver a desaparecer.
—No te sigo, ¿por qué haría eso?
—Porque puede —se encogió de hombros—. Es la maldita Ministra de Magia, ¿qué no puede hacer?
—No, si, eso lo entiendo. Pero ¿qué saca ella de eso?
—Ginny tuvo buena recepción y una historia controversial. Quiere sumar puntos a su imagen, mostrarse como una buena gobernante, supongo.
—Uff —le acarició el brazo de manera distraída—, te compadezco, va a estar dificil esa charla.
—Lo sé, créeme —le dio una sonrisa nerviosa—. De todas maneras, eso ayuda a nuestro plan posterior, ¿no? —tomó su plato y probó el pastel de papa.
—Bueno, sí —analizó, copiando el movimiento de Daphne—. Con Ginny aprobada directamente por Bellatrix, sería más fácil acercarme.
—Eso mismo pensé yo. Si todo sale bien, en dos semanas puedo proponerle esto.
—Me sabe mal que seas la cara visible de todo este plan.
—Lo dijiste varias veces, sí —sonrió—. Mirá, si sale mal, vamos a estar todas igual de comprometidas. Quizás me gane un par de crucios más, pero a esa altura, ¿qué importa?
—Pero si sale bien… —adivinó Hermione— La Ministra te va a tener en muy alta estima.
—Exacto —admitió—. Si sale bien, tendré mayor reconocimiento.
—¿Estás apuntando al puesto de Bellatrix? —preguntó con cautela.
Daphne congeló su tenedor a medio camino, tan sólo por un instante. Se tomó el tiempo de masticar y tragar antes de responder.
—Es una pregunta peligrosa si llega a oídos incorrectos, Hermione —le dedicó una mirada de advertencia—. A nuestra Ministra le quedan varios años por delante, es indudable. Imagino que querrá dejar a Draco a cargo, pero entre nosotras, no tiene las características necesarias para estar a cargo y ella debe saberlo, sólo que no tiene otra opción de su confianza. Yo soy joven, todavía tengo mucho que aprender pero me esfuerzo. Intentaré estar cerca.
Hermione asimiló la información mientras masticaba. Compartieron un breve silencio, cada una en sus pensamientos.
—Te tengo fé —admitió la morena, finalmente.
—¿Si? ¿No vas a competir conmigo por el puesto? —le sonrió.
—Quién sabe, pero sin duda serías una buena oponente —le guiñó un ojo.
—Lo mismo digo, Hermione, lo mismo digo.
