El entrenamiento se había extendido porque estaban a sólo una semana de su primer partido. No se quejaba, por supuesto, entrenaban duro, practicaban jugadas pero también había largas discusiones de estrategias y veían material de sus contrincantes para saber cuáles eran sus puntos débiles.

—¡Weasley! ¡Ginnyyyy! ¡Pelirrojaaaa!

Sonrió ante los gritos del público que se había acercado al campo hoy.

—¡Ey! ¿Cómo andan? —les preguntó cuando llegó hasta ellos.

—¡Estuviste increíble Ginny! Tenemos ganas de verte jugar —exclamó efusiva una chica de cabello lacio y gorra de Las Arpías.

—¿Me puedo sacar una foto con vos? —no pudo precisar de dónde vino la voz.

—¡Weasley sos toda una modelo! —un chico de lentes gruesos ondeaba una revista en su mano.

—No vi esa todavía, a ver —se acercó al muchacho que lanzó un gritito agudo al tener tan cerca a la jugadora.

—¡Huele tan bien! —gritó mirando a su grupo.

Ginny sonrió con la revista en su mano, una foto suya en la portada. Su reflejo sonreía y sacaba la lengua en loop. Se sintió cohibida al imaginarse cuánta gente la estaría viendo en esta publicación, sin embargo, había salido bien.

—¿La firmo? —le preguntó al chico.

—¡Por supuesto, mi amor! —gritó demasiado alto y le pasó una pluma.

Llegó a su casa cansada pero feliz. Era extraño que hubiera gente esperando por ella y se sintieran tan exaltados sólo con tenerla cerca, pero también era agradable para su autoestima, no podía negar lo evidente. Dejó caer el bolso en el living y caminó hasta el estudio de Daphne.

—Llegó la luz del hogar —anunció.

La rubia levantó la cabeza y dejó escapar una risa corta.

—¡Por favor, ese ego!

—Te encanta —guiñó un ojo de manera canchera.

—No tengo más remedio que soportarlo. ¿Cómo te fue? —rodeó su cintura con un brazo e hizo lugar entre el escritorio y su silla para traer a su regazo a la chica.

—Bien, estuvo bien. ¿Sabías que ya salió la nota en la revista? —se acomodó y acarició la nuca de su novia.

—¡Si! Me llegó hoy, hay un par de ejemplares en la mesa de living. ¿Te gustó?

—Bastante, pero no pude leer el reportaje, un chico la trajo para que le de mi autógrafo.

—Ay, ella tiene fans —se burló divertida.

—¡Callate!

—Callame —enarcó una de sus cejas.

Ginny la tomó por la mandíbula antes de dejar un beso lento y profundo.

—Mmm, delicioso —ronroneó.

—Tengo algo para vos.

—¿En serio? ¿Qué es? —miró a su alrededor.

—No está acá, ven.

Daphne esperó a que la chica se levantara y acto seguido dejó su silla. La tomó de la mano para guiarla escaleras arriba e ignoró la mirada llena de preguntas. La pelirroja se sorprendió cuando se detuvieron frente a la tercera puerta, no era ni el cuarto de la rubia ni el suyo.

—Adelante —le dijo.

—Uhm, okey —miró de reojo a la chica y abrió la puerta.

Dio varios pasos dentro de la habitación, un sillón grande y cómodo contra la pared y en la otra…

—¡AAAAAAAAAAAAAH! ¡LO CONSEGUISTE PARA MÍ! —chilló, dando saltos en el lugar— ¡No lo puedo creer, sos la mejor! —se acercó al televisor— Daphne, ¡es enorme! ¿cuánto dinero gastaste?

—No te preocupes, mi cuenta bancaria apenas lo sintió —desestimó con una sonrisa.

—¡Es la play cinco, Daph! ¡Acaba de salir al mercado! —se dio vuelta hacia la chica y la tomó por los brazos para besarla— ¿Cómo te lo puedo agradecer?

—Bueno, se me ocurren varias formas —movió sugestivamente sus cejas.

—¿Ah sí? Dígame, señorita Greengrass, estaría encantada de poder complacerla —jugó con el cuello del vestido de la rubia, bajando sus ojos como si repentinamente se sintiera tímida.

—Tenés que trabajar para el Ministerio.

—¿Qué? —Ginny la miró con expresión confundida.

—Si me querés agradecer, tenés que trabajar para el Ministerio —repitió, tratando de mostrarse serena.

—No entiendo, ¿es un juego? —volvió a sonreír— ¿Soy tu secretaria y me meto en tu despacho para complacerte? —se acercó a su cuello para arañarlo con sus dientes.

—No, Ginny, no es un juego. Es la verdad —sintió el vacío cuando la pelirroja se separó, sus ojos confundidos otra vez—. Bellatrix quiere que trabajes para ella.

—Esperá, Daph —la agarró de los brazos y puso un poco de distancia entre sus cuerpos—, no entiendo nada. ¿Es un chiste de muy mal gusto?

—¡No, Ginevra, te estoy diciendo que no es una broma! ¿Cuándo me viste bromear con el trabajo? —su falsa serenidad abandonó su cuerpo.

La jugadora dio un paso atrás y alejó las manos de su novia.

—¿Por qué me gritas? —su ceño fruncido, sus ojos cargados de emoción.

Daphne se llevó las manos a la cabeza, había estado histérica desde el momento en que dejó la oficina de la ministra. Tomó asiento en el sillón, le temblaban las piernas. Ginny parecía estar a punto de sufrir un colapso, se notaba que su cabeza iba a toda marcha y aún así no conectaba las ideas.

Se hubiera reído si se sintiera con ánimo.

—Lo siento, estoy alterada —exhaló y estiró su mano hacia la chica—, vení, sentate y te explico.

La pelirroja se alejó aún más mirando su mano con desconfianza. Daphne sintió su corazón doler al ver esa mirada otra vez en el rostro de Ginny.

¿Cómo habían retrocedido tan rápido?

—Le dijiste que no —afirmó.

—Ginny, sabes que no puedo decirle que no.

—Bueno, vas a tener que poder. Nunca hablamos de que yo trabajara con ella. ¡Hermione quiere trabajar con ella, no yo! —se alteró.

—¡Es la maldita Ministra, Ginevra, nadie le dice que no salvo que quieran morir! ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Acaso crees que me preguntó? —elevó su tono— Porque si crees eso, sos más ingenua de lo que pensaba. Me llamó a su oficina, me hizo sentar y luego me anunció que trabajarías para ella. ¡Lo siento si crees que no estuve a la altura, no estoy planeando enloquecer bajo sus crucios! —se levantó, sentía demasiada energía para estar discutiendo sentada.

—¡Me importa una mierda, Daphne! ¡Todo esto es tu culpa! Haces y deshaces en mi vida sin siquiera preguntarme. Me sacas de azkaban para que trabaje para vos, me llevas de entrevista en entrevista donde me atacan directamente a mi o a mi familia ¡y los tengo que aguantar! Me ataca un imbécil sólo porque vos lo rechazaste y decide vengarse conmigo y ¡ahora me decís que tengo que trabajar con Bellatrix! ¿Te volviste loca o qué te pasa? ¿En qué momento firmé para que controlaras así mi existencia? —terminó con su respiración agitada, su rostro completamente desencajado.

La rubia no estaba mejor. Ella podía gestionar discusiones laborales, estaba acostumbrada, las tenía a diario. Sabía manipular el discurso y lograr lo que quería. Esto era distinto. Su novia le estaba gritando como si fuera lo peor que le hubiera ocurrido. ¿Ginny no creía eso o si? Se asustó ante tal perspectiva. Observó el rostro furioso y lastimado que tenía la chica frente a ella. Se obligó a controlar su estado emocional, cerró los ojos por un segundo, respiró y cuando volvió a abrirlos, su tono de voz fue tan frío como el que usaría en cualquier reunión de trabajo.

—Creí que te estaba salvando la vida pero lamento que no lo veas así. Quizás tendría que haberte dejado en azkaban, quién sabe. Probablemente a esta altura estarías muerta —suspiró—. No hay nada para discutir, firmaste un contrato y tenés que respetarlo. En los próximos días vas a ir al Ministerio. Cuando te calmes y quieras saber más detalles, te espero en mi estudio —se dio la vuelta para abandonar la habitación.

—Creíste que me ibas a convencer con algo material… —la voz quebrada de Ginny golpeó su espalda— No tenés idea de quién soy, Daphne. Y lo que es peor, no me gusta para nada quién me estás demostrando ser.

Daphne se quedó paralizada en el lugar. Ginny adelantó su cuerpo y se fue a su dormitorio, dejando a la rubia sola en aquel cuarto.

Se durmió y se despertó de la misma forma: enojada. Se sentía asqueada. Decepcionada, triste. Y muy enojada. ¿Cómo había podido confiar en Daphne? ¿En qué momento bajó tanto la guardia? Pedirle, no, exigirle que trabaje con Bellatrix Black. ¿Qué seguía? Encima intentar comprarla con el televisor y la Playstation. Aunque claro, no era algo nuevo en Daphne, observando la habitación en la que estaba, llena de cosas. Repleta de ropa de la mejor calidad que Ginny nunca había pedido. Para ser justas, tampoco lo había rechazado. ¡Pero en serio, trabajar en el Ministerio! Se cambió y bajo directo a la chimenea, hoy no desayunaría en casa porque eso implicaría ver a Daphne. Agarró un poco de polvos flu y estaba a punto de tirarlos cuando escuchó la voz ansiosa de la rubia.

—¡Ginny!

—Ahora no puedo, llego tarde —respondió con voz distante. Tiró el polvo y declaró en voz alta y clara— ¡Sede Las Arpías de Holyhead!

Pudo ver el rostro ojeroso de Daphne antes de desaparecer envuelta en llamas.

—Ey —se acercó a Vittoria mientras caminaban hacia los vestuarios, acababan de terminar el entrenamiento—, ¿tenés algo para hacer hoy?

—Tengo una entrevista, unas fotos y eso, después estoy libre —la miró por el rabillo del ojo—, ¿querés venir? Podemos hacer algo después.

—Si, claro, puedo sostener tus cosas mientras actuás como la gran estrella que sos —se burló, aunque la broma no llegó a sus ojos.

Vittoria la empujó con su hombro, confirmando que a su amiga le pasaba algo porque había estado apagada todo el entrenamiento y eso no era común en ella.

—¿Pasó algo? —se aventuró.

Ginny ladeó su cabeza, como hacía cada vez que su cabeza se esforzaba en pensar algo a gran velocidad.

—Problemas con mi mánager —terminó por decir, a fin de cuentas, no era tan alejado de la verdad.

—Ah, lo normal —se rió entre dientes—. ¿Sabés cuántas veces por semana discuto con la mía? Me canso de decirle que le encanta complicarme la vida.

—Sí, ese parece ser su trabajo —torció su gesto.

—No te preocupes tanto, ya se van a arreglar —se alejó en dirección a las duchas, dejando a Ginny parada en medio del vestuario.

Esa noche durmió en lo de Vittoria y no volvió a su casa hasta la noche del día siguiente, directamente entrando en su habitación. Seguía enojada y herida, lo que acentuaba la primer emoción.

A la mañana del tercer día planeaba irse sin desayunar otra vez. Cuando bajó las escaleras se encontró a Daphne sentada en el sillón frente a la chimenea. Llevaba un vestido azul frío que realzaba sus ojos y la hacía ver más rubia de lo que normalmente era.

Su ira tambaleó al ver la expresión necesitada de la bruja. Sus ojeras parecían haberse profundizado y tenía los ojos hinchados.

—¿Te vas a escapar de nuevo?

—No me estoy escapando.

Daphne levantó su ceja y recorrió con la mirada el bolso de entrenamiento de Ginny.

—¿Podemos hablar?

—No puedo, llego tarde —se encaminó a la chimenea.

—Al menos tené el valor para decirme que no querés o inventar una excusa mejor.

Ginny se dio vuelta, encarandola.

—Está bien, no quiero.

La rubia bufó.

—De todas maneras, no es necesario que no estés nunca en la casa o te vayas sin desayunar, podemos ser civilizadas —se levantó y pasó por su lado sin mirarla, luego se perdió en el interior de su estudio.

Ginny se quedó observando la puerta abierta por donde había desaparecido su novia. Dio unos pasos hacia allá pero a último momento decidió dar la vuelta y caminar a la cocina para pedirle el desayuno a Saberia. Se quedó comiendo y charlando con la elfa.

Daphne no volvió a aparecer y no sabía si eso la dejaba más tranquila, cuando entró en la chimenea el nivel de enojo había descendido pero su angustia aumentaba a pasos agigantados.

Esta vez había logrado arrastrar a Helena a un bar, luego de prometerle que no se tomarían más de una cerveza. Con el partido a dos días no podían descuidar su alimentación o consumir grandes cantidades de alcohol que hicieran débil sus cuerpos para entrenar.

Consiguieron una mesa libre en el interior, parecía un bar universitario y a pesar de ser las cinco de la tarde, estaba repleto. Era pequeño y caluroso, algo que les venía bien porque estando a principios de Diciembre, el clima se había vuelto demasiado frío.

—Me quiero mudar —anunció, luego dio un trago a su cerveza.

—¿Te querés ir de esa casa frente al mar? ¿Quién en su sano juicio haría algo así? —Helena frunció el ceño, elevando su voz por encima de la música y las demás conversaciones.

—Yo aparentemente —se encogió de hombros e intentó tragar el nudo en su garganta.

—¿Te echaron? —aventuró, porque realmente no entendía que alguien abandonara ese lugar por su propia decisión.

—No, es sólo que es raro vivir con mi mánager ¿sabés? —reflexionó en voz alta, girando el vaso en la mesa— En algún momento pareció una buena idea pero ahora creo que necesito mi propio espacio.

—Eso sí puedo entenderlo —sonrió divertida—, si tuviera que vivir con la mía me volvería loca.

Ginny asintió y dio otro sorbo a su cerveza. Le dolía que nadie supiera la verdadera naturaleza de su relación con Daphne. No poder contarle a sus amigas lo que estaba pasando, lo traicionada que se sentía. De todas maneras, sería raro empezar ahora y tampoco sabía hasta qué punto podía confiar. Su situación política era como mínimo, delicada.

—¿Te conté que mi madre trabaja en bienes raíces? Puedo contactarte con ella y seguro encuentran un lugar adecuado.

—Wow, eso sería increíble Lena —se irguió en la silla con ojos expectantes—. ¿Lo harías?

—Por supuesto que sí, hoy mismo le mando una lechuza, despreocupate —le sonrió—. Ahora, ¿estás tan nerviosa como yo por el partido?

Resultó que Helena cumplió su palabra y al día siguiente ya tenía tres posibles lugares para visitar. Para ese entonces, cuatro días prácticamente sin contacto con Daphne, el nudo en su garganta se había convertido en una mano invisible que apretaba y cortaba su respiración. Siguió ignorándolo, porque ¿qué más podía hacer? Caminaba ya vestida con jeans, sweater y campera impermeable cuando divisó un rostro conocido. No terminaba de asociarlo con nadie pero la chica estaba mirándola fijamente así que supuso que se conocían.

—No sabés quién soy ¿verdad? —la chica sonrió divertida.

—No tengo idea —se rascó la nuca, sintiéndose avergonzada.

—¡Hermione, boba! —tiró de su mano para abrazarla— Me guardé un poco de la poción que hice para la fiesta por si volvía a necesitarla.

—Oh, Morgana —abrazó con fuerza el cuerpo extraño en el que estaba su amiga—. No sabía lo mucho que te necesitaba hasta este momento —susurró en su cuello, intentando que su voz no se quebrara.

—¡Bebé! Podrías haberme visitado ¿sabés? —acarició su espalda en círculos— ¿Tenés ganas de ir a merendar y conversar?

—Uhm, de hecho, tengo planes pero sería increíble si quisieras acompañarme —se alejó un poco para observar a la chica.

—¿Interrumpo? —la voz aburrida de Pansy las sorprendió.

—¿Qué haces acá? —preguntó Hermione.

—Estoy acostumbrada a que Weasley no se alegre de verme, pero de vos es una noticia —se burló, sosteniendo su peso en un paraguas negro.

—¿Te mandaron a vigilarme? —cuestionó Ginny, entrecerrando sus ojos.

—Nadie me da órdenes, Weasley —enarcó una de sus cejas.

—Ya quisieras.

—Disculpen, ¿Ginny? —se acercó Helena con su bolso al hombro y una mujer a su costado— Ella es Marian, mi madre.

—Encantada, cariño —la mujer estiró su mano con una sonrisa profesional.

—Igualmente, gracias por la ayuda tan rápido —estrechó su mano, ante la mirada confundida de las dos brujas.

—Por supuesto, siempre es un placer ayudar a las amigas de Leni. Entonces, ¿empezamos el recorrido? Te va a encantar, un séptimo piso, dos dormitorios, dos baños, grandes ventanales, un lujo.

—Perdón pero ¿de qué está hablando? —interrumpió Pansy.

—Estoy buscando un departamento para mudarme —anunció Ginny, intentando que su voz no temblara—. Pensé que sería bueno buscar dos habitaciones por si quisieras venir conmigo —agregó esto mirando a Hermione.

—¡Oh, eso es perfecto! —volvió a la carga Marian— ¡Es bueno que estén las dos!

—Ginny pero…

—Luego —la frenó con una mano, tratando de decirle que no era un buen momento para hablar—. Veamos estos lugares primero.

—Genial, ¿no le importa que me sume yo también? —estiró su brazo con una sonrisa practicada— Pansy Parkinson.

Los ojos de Marian se abrieron en reconocimiento y se apuró a asentir, cada vez más encantada con la situación.

—Un gusto señorita Parkinson, como les decía…

Se aparecieron en el apartamento que quedaba sobre una avenida céntrica de Londres. Era una excelente ubicación, un barrio de clase media alta, se podría ir caminando hacia el Ministerio de Magia, y unas calles más abajo había una zona de bares. Le gustaba porque las paredes tenían ladrillo a la vista y cierto aire industrial, techos altos, lámparas colgantes de metal, una barra desayunadora que conectaba la cocina con el living y una chimenea para prender el fuego en los días fríos como aquel.

—Es precioso —susurró Mione observando con ansias la biblioteca que ocupaba toda una pared.

—Un poco demasiado urbano —se metió Pansy, analizando el lugar con ojo crítico— Pero los baños son increíbles.

Ginny se sentía obnubilada. El lugar era cómodo, amplio, luminoso. Le daba la sensación de que podrían convertirlo en un hogar. No tenía las vistas impresionantes de la casa de Daphne pero tampoco estaba mal, había un parque frente al edificio por lo que las vistas eran más que aceptables.

—¿Tiene gimnasio? —consultó.

—Por supuesto, cariño, gimnasio y pileta climatizada en el último piso.

—¿Pileta climatizada? —los ojos de la chica que usurpaba Hermione se iluminaron— Extraño tanto hacer natación —susurró.

Ginny le dedicó una mirada divertida a su amiga antes de hablar.

—¿Podemos ver el siguiente?

—¡Te va a encantar!

El segundo era impresionante pero no les encantaba.

—No sé… —-dijo Hermione— Como que le falta vida ¿no?

—Creo que es demasiado lujoso para ustedes —acotó Pansy, que obviamente, estaba encantada con el lugar.

El tercero era similar al anterior salvo que tenía un solo dormitorio.

—¡Lo siento, no sé qué pasó! Debo haber agarrado el traslador equivocado, cariño.

—No te preocupes —se encogió de hombros.

—¡Este lugar es hermoso! —exclamó Pansy, recorriendo las habitaciones.

Ginny puso los ojos en blanco, el lugar estaba bien, se veía como un apartamento que la morena elegiría. Diseño minimalista, paredes tan blancas que dolían verlas, tecnología de última generación, el espacio gritaba lujo por todas partes.

—¿Le interesa, señorita Parkinson? —captó la mirada embelesada de la morena— Estoy segura que podría conseguirle un excelente precio. Y queda a tres cuadras del primer apartamento. Podrían estar realmente cerca —sus ojos brillaban ante la idea de hacer dos negocios en lugar de uno.

—¿Qué dicen? —se giró a mirar a las Gryffindor.

—Que tenemos que discutirlo —sentenció Hermione, haciendo que Pansy pusiera los ojos en blanco.

—Entonces, estaremos en contacto Marian, muchas gracias —le ofreció su mano Ginny.

—Un placer, cariño. No duden en avisarme si se deciden por alguno y si no, puedo conseguirles otras opciones —se despidió de las tres chicas.

—Entonces, ¿te mudas? —interrogó Hermione ya en su cuerpo.

Habían decidido ir a la Mansión Parkinson. Se acomodaron en uno de los salones para tomar el té, al lado de la chimenea prendida.

—No puedo creer que hayas vivido toda tu vida acá, ahora entiendo muchas cosas —admitió Ginny.

—¡Ginevra! —llamó su amiga, que conocía el arte de la distracción en la pelirroja.

—¡Estoy comentandole algo a Pansy! —exclamó.

—Ah no, no me metas en tus problemas, Weasley —se desligó con las manos en alto.

—Gracias, es bueno saber que puedo contar con vos —bufó.

—Estoy esperando una respuesta —sus ojos clavados en el rostro pecoso.

—¡Ahg, Mione! —se removió incómoda aunque el sillón en el que estaba parecía hecho de nubes— Ya lo viste, así que ¿qué estás esperando?

—Es sólo que no lo entiendo, bebé —acercó su cuerpo al de Ginny y apoyó su mano en el muslo—. ¿Una pelea y te mudas? Suena un poco exagerado incluso para mí.

La pelirroja sonrió ante eso, recordando lo dramática que había sido su amiga en la adolescencia.

—Mione, no es una simple pelea. Me pidió que trabaje para Bellatrix. ¡Para Bellatrix! ¿Cómo siquiera se le ocurre que puedo aceptar algo así? —su rostro mostró toda la confusión que aún sentía.

—Sí, es una situación compleja, lo entiendo. Pero ¿pensaste cómo fue para ella recibir esa orden? —intentó hacerla reflexionar.

—¿Estás de su lado? —la miró con sospecha, cruzándose de brazos.

—Nunca voy a estar de un lado que no sea el tuyo, Ginny —le sonrió—. Sólo entiendo que ambos lados son complicados. O sea, vos lo estás diciendo ¡Bellatrix Black! ¿Quién puede negarle algo? Si mató al mismísimo Voldemort.

La pelirroja hizo una mueca ante la mención del mago oscuro. La realidad asentándose en su mente.

—Está bien, te concedo eso. ¡Pero me quiso chantajear con un televisor!

—Lo sé, es enorme ¿no? Yo le dije que estaba exagerando pero…

—Esperá, ¿vos supiste todo desde el principio?

—Si y no. Me pidió que la acompañe pero no supe lo del trabajo en el ministerio hasta llegar a la casa.

—¡La odio! Odio todo lo que me sucede desde que la conozco. Odio no poder controlar mi destino, mis decisiones, mis acciones. ¡Odio sentir que me traicionó! —su voz se quebró y las lágrimas subieron rápidamente a sus ojos.

—Bebé —tiró de ella y la acomodó en su regazo para abrazarla.

Ginny se dejó llevar y al momento en que olió el característico perfume de jazmín de Hermione, se permitió llorar. Lloró sintiendo a flor de piel todo el dolor que había estado intentando ocultar en los últimos días. Lloró por la confusión, por sentirse tan lejos de Daphne y por extrañarla tanto que le dolía.

Hermione la acunó y le acarició el cabello mientras ella se desahogaba por varios minutos. La presión en su garganta había disminuido aunque no se había marchado por completo.

—Gracias —susurró con la voz tomada, incorporándose y tomando un sorbo de su té bajo la mirada de las dos brujas.

—Le vas a romper el corazón —habló por primera vez Pansy—. No digo que sea mala idea mudarte o tus sentimientos no sean válidos. Pero le va a doler. Creo que nunca la vi tan mal como esta semana, ella realmente te adora ¿sabés? Y no es una persona que deje entrar a mucha gente en su vida, aunque parezca muy sociable —reflexionó en voz alta, sin sacar sus ojos de los enrojecidos de Ginny—. Deberías hablar con ella y sobre todo, deberías confiar en ella. Te cuida aunque ahora creas que no.

La pelirroja asintió, demasiado sorprendida de escuchar a Pansy diciendo algo tan serio, con su semblante ensombrecido. Parecía verdaderamente preocupada por su amiga.

—¿Alguna vez te contó por qué se decidió a sacarte de Azkaban?

—¿Para que entre en Las Arpías? —respondió con duda.

Pansy rió sin gracia.

—¿Crees que se pondría en la línea de fuego sólo por eso?

—¿Y por qué fue?

—Deberías preguntarle.

Ginny puso sus ojos en blanco.

Terminaron el té y charlaron de cosas menos angustiantes. Incluso Pansy parecía estar empeñada en hacer reír a Ginny y no dejaba de sacar un tema más bizarro que el anterior. Cuando se metió en la chimenea su ánimo estaba mucho mejor que antes.

El living de su casa estaba tenuemente iluminado. Divisó a Daphne recostada en el sillón de una manera que no la había visto nunca antes. Siempre recta y elegante, ahora se parecía más a la forma despatarrada que solía adoptar Ginny. Una copa de vino en sus manos y la mirada perdida detrás de los ventanales. No pareció inmutarse ante las llamas que anunciaron la llegada de alguien.

—Ey —saludó con voz suave para no asustarla, dejando su bolso en el piso y caminando hacia el sillón.

La rubia se giró y tenía surcos de lágrimas marcados en su rostro. El corazón de Ginny se apretó en su lugar y sus propias lágrimas subieron a sus ojos al ver el estado de Daphne. Se sintió estúpida y egoísta por haber mantenido tanta distancia los últimos días.

—Creo que tenemos que hablar.