...ILUMINAS LA NOCHE...
La aldea era próspera y se estaba expandiendo y mejorando. Nuevas mejoras para proteger a los aldeanos y a los niños, niños de cada clan shinobi.
Una de esas mejores era la academia, y ya estaba pronta a terminarse. Una academia donde los más jóvenes recibirían una buena formación que les prepara para el futuro y para realizar misiones, para proteger a la aldea y a los suyos. Donde se les ayudaría a crecer y hacerse fuertes, a sentirse y estar preparados para poder afrontar el mundo exterior y las batallas que les preparara la vida y los enemigos que pudieran enfrentar y encontrarse. También aprendían la importancia del trabajo en equipo y a confiar en sus compañeros. Interiorizaban la voluntad de fuego, algo muy importante para el bienestar de todos y la prosperidad de Konoha. La aldea era lo más importante, lo era todo.
Otra mejora importante en calidad y confort para todos, era el hospital. De éste se hacía cargo su hermano. Hashirama, había dejado su puesto de Hokage pues no servía para tal función, era demasiado bondadoso y un Hokage había de ser duro, firme y justo, sin dejarse llevar por sentimentalismos absurdos. Ahora su hermano mayor dirigía el centro médico y, también era el que preparaba a los futuros médicos ninja para que fueran los mejores y se pudieran ocupar de salvar vidas y curar cualquier herida ocasionada por las peligrosas funciones que tenían los shinobis al realizar misiones. Gracias a eso, el índice de salvación en heridos de combate era prácticamente del 95%, las mujeres ya no morían al dar a luz como sucedía antaño y los más débiles ya no morían de forma fácil ante enfermedades. Definitivamente el hospital era un muy gran acierto, y más acierto era el preparar a buenos sanadores para cumplir su cometido.
Otra de sus medidas fue la creación del cuerpo de anbus. Una fuerza de élite, especializada en rastrear y asesinar a amenazas para la aldea. Una fuerza armada de los mejores shinobis de cada clan, los mejores de los mejores y que servían a las órdenes del kage, o lo que es lo mismo estaban bajo sus órdenes directas. Los anbu eran sus ojos y su brazo ejecutor cuando era necesario.
Todas estas medidas y muchas más que fue aplicando, motivó el crecimiento en fuerza, poder militar y riqueza de la aldea.
Además sólo conformaban la Villa de la Hoja clanes capaces y aceptables, intachables en sus sentimientos y su deber. Por fin me había librado de lacras como los Uchiha y otros clanes rastreros y no confiables. Era lo mejor que había sucedido, deshacernos de todos los Uchiha, no dejar ni uno. Su sed de sangre y venganza podría haber sido peligrosa para nuestro futuro. Ese futuro que creamos con Hashirama.
En su momento, ese momento cuando Uchiha Madara había caído muerto al intentar buscar venganza por la muerte de su hermano menor en combate, Hashirama al lado del cadáver del que había sido su amigo de juventud, me contó entre lágrimas el sueño que habían compartido con ese hombre que yacía muerto. Mientras abrazaba el cuerpo que iba perdiendo su calidez al mismo ritmo que manchaba el suelo con sangre.
–No llores por alguien que no vale la pena, hermano –Le dije con dureza, Hashirama era demasiado blando y sentimental, a veces me avergonzaba, sobretodo cuando se agachó a besar esos labios que ya se estaban poniendo azules. Por suerte yo había sido el único en ver tal deshonrosa acción.
–¡Cállate Tobirama! Madara no era malvado; las guerras, la muerte y el dolor de la pérdida de los que amaba lo volvieron así. –Defendía al azabache muerto.
Entendía esto, y si... Me supo mal haber matado a Izuna Uchiha. Ese pequeño shinobi tenía algo que lo hacía especial, además de que había llegado a admirar su forma de pelear e ingenio. El pequeño Uchiha era veloz, era ágil, era fuerte, era atract... Si, él admiraba los ninjas capaces y astutos. Lástima que hubieran nacido en clanes enemigos, sino estaba seguro que se habrían llevado muy bien. En cambio a Madara le odiaba, reconocía que era fuerte y se preocupaba por los suyos, pero simplemente lo encontraba alguien indigno de confianza, rastrero, desconfiado, taimado... Estaba mejor enfriándose a sus pies que no formando una alianza con ese clan. Ese clan que ahora estaba extinto, aunque no se alegraba por tener que exterminar a todo un clan, era algo que hacía por el futuro, para evitar conflictos y nuevas guerras. Era su deber. En esa nueva era de paz que quería iniciar los Uchiha no tenían cabida.
–Hashirama, hermano –Le tocó el hombro para llamar su atención–Podemos hacer esa aldea que deseabais. Míralo como una forma de rendirle homenaje a tu amigo... Cumplir el sueño de ambos, ese sueño cuando aún había bondad en su oscuro y pútrido corazón.
Hashirama le había mirado.
–Yo te ayudaré, yo seré tu soporte y... Otros clanes se unirán. Clanes con los que tenemos alianzas, seguro buscan formar parte de éste sueño, por la paz, por la protección a hijos, mujeres y hermanos menores que obtendrían de la unión. –Le alargué la mano para que se incorporara–Vamos, Hashirama. Cumple vuestros sueños de paz.
Y eso hicieron, juntos... Como tenía que ser. Y a la aldea llegaron otros clanes y familias, buscando ese sueño que crearon, esa protección y ayuda para sentirse a salvo. Konoha fue volviéndose prospera y creciendo a medida que más y más personas, familias y clanes se anexionaban.
Empecé a construir mejoras que aun nos harían crecer más y estar más preparados. También aplique nuevas leyes que servirían para aplacar conflictos que pudieran surgir, y para apagar insurgencias de cualquier tipo. La voluntad de fuego lo llamamos, todo por la aldea, eso era lo importante. Y se enseñaba en esa academia que cree, inculcando esa idea a las nueves generaciones desde bien pequeños.
Me giré hacía ese chakra que se acercaba, mientras estaba con mi hermano discutiendo nuevas propuestas para ampliar la academia. Reconocí esas dos presencias, Mito la esposa de mi hermano y al lado Izune, mi bella mujer. Una pequeña pelinegra, que estaba en espera de mi primogénito.
–Tobirama-san –Inclinó la cabeza de forma respetuosa la pelirroja. Para luego ir con su marido y comentarle algo en susurros. Debía ser algo bueno porque Hashirama sonreía y la abrazó con fuerza.
Miré luego a mi esposa delante mío, era bajita y delgada, pero estaba seguro que no tendría dificultades durante el parto.
–Izune... ¿Ocurre algo?
Ella negó.
–Sólo quería verte, esposo mío.
–Estoy ocupado ahora. Nos veremos en casa, esta noche –Izune bajó la cabeza algo entristecida o molesta, mientras apretaba los puños bajo la tela del kimono. Si, su esposa tenía carácter y eso le gustaba. Sonreí de forma imperceptible casi y la bese en la sien –Intentaré llegar antes y dedicarme a nosotros.
Eso bastó para que me mirara con esos profundos ojos negros y me sonriera de forma suave.
–Te estaré esperando, esposo. Y te tomaré la palabra. –Si, la adoraba con ese temperamento fuerte y algo belicoso. Era perfecta para él. Le asentí.
–Es una promesa. Ahora iros. Así podré terminar antes y volver antes.
Las esposas de ambos se fueron juntas de nuevo.
Su hermano le sonrió.
–Mito esta embarazada de nuevo, vienen del hospital. Esta mañana se ha ido a hacer las pruebas. –Su sonrisa bobalicona demostraba su felicidad –Tal como sospechaba, aunque no me ha dado tiempo de poder comprobarlo antes de salir de casa esta mañana.
–Felicidades, hermano. Seguro que el embarazo será bueno, Mito es fuerte, y el parto irá rodado.
Eso era vida, una buena vida. Se alegraba de todas y cada una de sus acciones y decisiones tomadas hasta llegar a ese momento, aunque sus manos estuvieran cubiertas de sangre de sus enemigos, suyos y de la aldea. Porque cualquiera que atentara contra el sueño llevado a cabo por su hermano y él, ese sueño llamado Konoha, era un enemigo que merecía ser eliminado para evitar futuros problemas. Nadie pondría en riesgo su felicidad, ni la de su hermano... Aunque éste no conociera nunca como podía llegar a actuar cuando se requería.
