La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"
Y el escritor dijo: Hágase el computador.
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Nanatsu no Taizai no me pertenece, todo ello corresponde a Nakaba Suzuki. Como dije en mi proyecto anterior, utilizo a los personajes por mero placer a la escritura y los fines de recreación que esta pueda traer.
¡El capítulo!
NOTAS: Negrita= recuerdos
Había pasado la peor semana de toda su vida a partir del primer lunes después de la inoportuna estadía de Estarrosa en su habitación por remodelación de la suya. Teniendo seis cuartos disponibles, pensó que el más conveniente era el de su hermano, que sí hacía algo productivo por su vida. No solo tenía que escuchar sus quejas de hambruna mal justificada, pereza con carácter igual de injustificable y estupidez que en efecto, si era justificable. Tenía que escuchar ahora su cuestionario sobre Gelda… y, en ese punto no sabía si detestarlo por recordarla o detestarse por saber la respuesta a cada pregunta.
Para el martes, con la poca paciencia que no le sobraba su padre asignó temprano una serie de tareas que fácilmente cualquiera de los otros asesores podía resolver, pero al parecer estaba empecinado en tomarlo para la parte sucia. Toda la tarde ocupado en recuperar los datos de la creciente baja que había tenido la compañía de las Diosas, donde de paso, tenía que iniciar la investigación de la ubicación de Meliodas.
Supone que logró llegar escalera arriba y arrojarse pesadamente a su cama, mientras que Estarrosa conversaba por teléfono. No supo de quién se trataba hasta el lunes en la madrugada. El domingo en la tarde, cuando su humor ya sobrepasaba el término "cabreado" y estaba al borde de insultar al primero que se le pasara en frente. La cena estaba igual de incómoda que siempre, pero él en particular después de tener que soportar su búsqueda, tenía un aspecto menos tolerable que las otras veces que estuvo sentado en esa misma silla de madera pulida.
-¿Joven Zeldris, está todo bien? -consultó Cusack a su lado, nuevamente estaba siendo bloqueado de forma exitosa por Chandler. Ambos tenían una preocupación natural por el menor de la familia.
-... nada que no pueda controlar -concluyó, el dolor de cabeza estaba empeorando su humor. Una parte de él se alegró de pronunciar esas palabras mientras observaba a su padre levantarse, la cena había terminado.
-Si algo te preocupa -comenzó la voz a su espalda, el portador le sujetaba suavemente el hombro- no dudes en decirme.
Zeldris no se giró, pero asintió.
Caminó pesadamente hasta llegar a la puerta de su habitación, para como ya le era tan acostumbrado en la semana, arrojarse en la cama. Solo entonces, el dolor cesó un poco, se quedaría en esa posición lo suficiente para relajarse y poder disfrutar del baño. A su lado, Estarrosa estaba con el celular en mano, tomando una de las fotos de la pizarra y dándole captura con el móvil. Si su memoria no falla, era la de su graduación, era la única que podía contarse en la que ambos estaban "sonriendo".
Ni siquiera se tomó el tiempo de pensarlo, después de bañarse no tardó mucho en quedarse profundamente dormido.
Esa noche no soñó absolutamente nada, probablemente estaba demasiado agotado para reproducir alguna memoria de su pasado. Y tal vez por eso fue irritable levantarse el lunes temprano, cuando se suponía que tenía hasta las ocho para descansar. No es que le gustara dormir de más, pero debía aprovecharlo considerando la ocupada agenda que tenía para esa semana.
El horrible tono de llamada que venía del celular de Estarrosa le llegó al oído. Era algo como especie de chillido mezclado con la divina providencia o el apocalipsis, no sabía realmente de dónde podría sacar su hermano ese sonido. Frustrado se levantó para buscarlo, pero al parecer había bajado por algo de comida y el estúpido sonido parecía no descansar.
Tomó el móvil sin emitir sonido.
-... ¿Estarrosa?
Esa voz… esa maldita voz, la reconocería incluso al escucharlo por medio del teléfono. Sonaba un poco distinta, pero sumamente reconocible. El bombeo en su pecho lo regresó a la realidad, se forzó a pensar algo rápido.
-No, seguramente está desayunando.
-Zeldris… ¿Cómo estás?
Torció la boca al escucharla, lo menos que deseaba era seguir una conversación en el teléfono que no le pertenecía; considerando que ni siquiera estaba seguro de que no estaba siendo grabada. Pero, tampoco deseaba parar… ¡Maldición! El analgésico que producía su tono calmado lo estaba seduciendo a responder por largo.
-Bien -observó de reojo el reloj de la pared- ¿Quieres dejar algún mensaje en lo que termina?
Se escuchó un ligera risilla- realmente no, lo llamé porque me pidió que lo hiciera, pero al parecer lo olvidó. ¿Suele demorar cuando desayuna?
-Como no tienes idea -volvió a escuchar la melodiosa risa en su oído.
-Zeldris, ¿Por qué siento que te mides al hablarme? -consultó de pronto. Mentiría si decía que la pregunta no lo había tomado por sorpresa- es… es que lo siento de alguna forma.
Bufó divertido- es muy temprano para que me digas que adivinas mis intenciones contigo.
-Podría intentarlo si me lo permites…
Silencio. Quizás el que viene después de una respuesta incómoda; de seguro ella lo tomaría como que lo ha ofendido y, debería ser así con las intenciones iniciales en las que se conocieron. Y se repite ese "debería" en su mente mientras siente que el teléfono empieza a pesar y sus orejas se calientan. Quiere creer que esto último es producto de sostener el móvil contra el oído y no de lo afectado que puede estar por unas ridículas palabras… él no puede permitirle más.
-Cuidado Gelda -advierte tras componerse adecuadamente para responder con coherencia- las palabras pueden tener un significado más profundo de lo que se dice.
Escucha al padre llamarla, entonces acaba la magia del momento y el frío de ser cauteloso con lo que escucha por medio del teléfono se instala en su cabeza como mecanismo de registro. Gelda responde a su criada para volver a tomar el móvil. Su tono ha flanqueado ligeramente, lo sabe por la forma en la intenta recuperarse antes de hablar.
-Ha sido un placer hablar contigo. ¿Podrías decirle a tu hermano que llamé?
-Sí.
-Ten un buen día.
La llama termina y las palabras "tú también" quedan flotando en su mente. Es extraño, se dice a sí mismo, porque todo lo que gira en torno a Gelda tiene una valla de peligro que él se le está haciendo cada vez más difícil no saltar. De solo pensar en el grito de furia de su padre, la reprimenda, los golpes… nada suena bien, pero ¿Por qué lo considera como una posibilidad? ¿Por qué si sabe que todo eso. sigue pensando en hacerlo?
Se molesta consigo mismo. ¿Cuánto lleva de conocerla? Una semana más o menos y estaba volviéndose loco.
Tenía hasta el evento navideño en unas semanas para olvidarse de esa estupidez y seguir, como debía ser, en su vida reducida a servir a su padre y ser el hijo del cual no puede esperar ningún acto rebelde.
Deja el móvil en la cama improvisada de Estarrosa, porque ese rollo de sábanas mal envueltas no debería contar como sitio para dormir, no al lado de su perfecta y estirada pulcritud. A veces piensa, que Estarrosa debe ser adoptado. Eso o él exagera con la organización, lo que no cree posible dado el estricto régimen en su residencia. No solo se detienen a mirar la cama, en la esquina resalta el brillo de las latas de soda. Ese es el primer día que no tiene alcohol a su lado y no sabe si sentirse feliz por lo que parece ser su proceso de rehabilitación o lamentarse de que esté sobrio para soportar el día en casa.
Tal vez algo lo hace cambiar y no quiere pensar que se trate de Gelda...
Tomó la toalla y se ocupó de bañarse apoyando su rostro contra el granito. Sus ojos cerrados le permitían recuperarse del cansancio momentáneo de la mañana, por lo menos de esa forma sus constantes pensamientos no lo agobiarían. Bajo el agua solo era un joven que no tenía que fingir ser hombre frente a una sociedad que lo devoraría de ser capaz. Zeldris se sentía mucho mejor en esa posición, donde el agua caía con libertad en su cuerpo.
Salió de la ducha para seleccionar ropa más cómoda, tendría algo de tiempo antes de salir. Optó por una camiseta negra holgada y un pantalón de algodón a juego con las pantuflas que había conseguido conservar antes de que Estarrosa sacara el resto de la ropa para intentar acomodar la suya. Bostezó sin poder evitarlo, en serio necesitaba dormir o por lo menos mantenerse despierto en el resto del día hasta la cena.
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Gelda termina de retocar su cabello, ese día prefiere recogerlo en un torta francesa. Tendrá una actividad de difusión y no puede desconcertarse por un mechón de cabello golpeando contra su rostro. Sus habituales vestidos están sustituidos por un pantalón ajustado y camisa de botones; el resto de ella tenía la misma imagen de siempre o por lo menos la que solían decir, era la de ella.
Se observa en el espejo y cree que un reflejo de otra mujer ocupa su lugar. Al inicio de su adolescencia era una imagen con ojos oscurecidos por la perdida de su madre, con un postura elegante, pero tan vacía que había puesto una manta sobre el espejo después para no verse. Volvió a quitarla cuando usó el primer vestido en su presentación ante la empresa en apogeo que tenía a su padre de mejor humor. No era una niña, era una mujer vestida con un vestido blanco hasta los tobillos, con menos esperanzas de las que había iniciado.
Y ahora, cuando el cabello no cubre algunos centímetros de su rostro se observa con detalle. Esa vaga imagen de desamparo ha sido sustituida por un rostro vivo, mejillas arreboladas y una tonta sonrisa soñadora. No puede creerlo, pero se trata de ella y entre más se toma la mejilla tratando de apagarse no puede dejar en pensar en el ridículo motivo de su felicidad. Solo lo ha escuchado por teléfono, ni siquiera han sostenido un conversación amena, pero está segura de haberlo dejado sin palabra y eso, la tiene con esa extraña alegría que fácilmente podría pasar desapercibida por algo de rubor.
Le ha tomado una semana, pero está segura de que le agrada, un poco más cerca de gustarle si le permitiera adentrarse en su vida. Pero, él parece protegerla del peligro, alejándola con aires de seguridad. Y Gelda no quiere una seguridad que ya no satisface el hambre de conocerlo. Por lo que, después de mentalizarse en pausar esos pensamientos por los de su actividad, se propone ocupar su mente en otro asunto que ha rondado en su mente desde un tiempo.
Abre el móvil nuevamente para revisar la mensajería camino al auto cuando el estado de Estarrosa se modifica. Se detiene unos segundos en su caminata, su padre ya está abriendo la puerta para entrar. El rostro de Zeldris un par de años más joven le sonríe desde la pantalla, sosteniendo el diploma junto a la sonrisa torcida que ofrece Estarrosa, sus mentores también tienen esa alegría contagiosa que la hace sonreír, pero lo hace más por él. Se ve distinto, por unos segundos solo es un muchacho feliz, no el hombre cauteloso del mundo y siempre alerta.
No es nada malo, se repite cuando guarda la fotografía en su galería y se adentra a al auto negro.
El camino es el mismo que al viajar sola. Cumbres vastas de vegetación corta extendiéndose por encima del panorama, el castillo imponente que destaca maravillando a los extranjeros que visitan su lugar de natalicio. Ella siempre ha amado esa tierra, pero le gustaría conocer más allá de lo que se le permite, a veces sueña con tomar la primera maleta y partir, pero sabe que no puede. Ha sido concebida con privilegios y deberes que debe obedecer por muy difíciles que parezcan, lo ha aceptado con el tiempo. Eso no le permite dejar de soñar, pero sí afrontar la realidad lo mejor que pueda.
-Te presentaré a los nuevos gerentes -la voz imponente la alertó de prestar la debida atención- luego podrás desaparecer. No te quiero fuera más de una hora, ¿Entendiste? No te puedes dar ese lujo.
-Si, padre.
El silencio volvió, esta vez incómodo como era de costumbre al estar al lado de su progenitor. El poco tacto que se tenía en su relación se había creado y solo remitido a un par de frases repetitivas. Gelda no recordaba alguna ocasión en la que no fuese de otro modo, siempre asintiendo a cada orden sin emitir alguna emoción, incluso si esas la habían rebajado a la muñeca que probablemente, todos consideraban desamparada. Veía el rostro de los representantes internacionales y la lástima que solo le transmitían cuando su padre estaba lejos, entonce ella sonreía "Todo está bien", pero nada lo estaba y nunca lo estaría.
Al llegar a la empresa esperó a que el chófer abriera elegantemente la puerta para descender del auto. El mismo pasillo, los mismos rostros; se presentó lo más limitado que pudo, pero de forma cortés emitiendo ese magnetismo natural del encanto propio de fácilmente seducía a muchos de los hombres que su padre tenía como compañeros de negocios. No lo hacía por desearlo, todo estaba en el protocolo de las mil tentaciones, nada era un paso no planeado.
-Es un placer conocerla -besó el dorso de su mano el más joven de los empresarios.
Gelda sonrió sin una pizca de honestidad, pero parecía tan real que nadie lo notó- el placer es todo mío.
-Puedes retirarte -contestó su padre observándola- acompañaré a los jóvenes a almorzar.
Agradeció internamente para retirarse grácil, con el aspecto y seguridad que poco reflejaba lo que en verdad era. Se sentía sucia cada vez que su padre la miraba en búsqueda de algo que pudiese sacar de provecho. Quería tanto salir de ahí por algo de aire, que no notó que estaba corriendo a la salida, por suerte la cámara de seguridad estaba inclinada ligeramente y su bochornoso descubrimiento estaba fuera de la mira. Presionó el botón del ascensor y esperó más tranquila que llegara a ella, lo abordó encontrando a su secretaria agitada.
-¡Pensé que no la encontraría señorita! -tomó una bocanada de aire- le ha llegado un sobre.
Lo tomó en sus dedos con algo de esperanza- gracias. Aunque no debiste tomarte las molestias de agotarte, descansa.
La chica rió nerviosa antes de asentir efusivamente. Para Gelda, ella era lo más cercano a humanidad que podría tener, ocupó unos segundo en sonreír con cordialidad para agradecerle antes de abrir el sobre. La caligrafía a computadora, fina y elegante le dio la bienvenida, la invitación al evento navideño había llegado una semana después de su encuentro con Zeldris y sentía su corazón igualmente inquieto que al verlo. Involuntariamente observó el papel por más segundos del que debería antes de regresarlo a su sitio.
Debía jugar bien sus cartas...
Entonces su alegría se detuvo al recordar el incidente que también ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. Había tomado una bebida en una "taberna" que tenía apariencia de restaurante al servicio del hijo mayor del señor Demonio. Meliodas, el joven de sonrisa risueña que la atendió, parecía tan distinto a los comentarios que llegaban a oídos de su padre. Se decía que el hijo mayor era el sucesor más capacitado, igual de despiadado y de un corazón que no se doblegaría por cualquier crisis del personal. Era un demonio mucho más peligroso en la gran pecera.
Sin embargo, ese corazón había sido doblegado finalmente.
-¿Así que, no acostumbrar venir a sitios como estos? -sonrió divertido- deberías divertirte un poco más~
Gelda se limitó a sonreír por cortesía. Aún no creía que la persona frente a ella fuese Meliodas, el hijo del señor Demonio, no cuando canturreaba amenamente con la clientela y limpiaba mesas al son de la canción del momento. El cerdo aún la observaba con curiosidad, como si fuese alguien de su interés. Ella le acarició consiguiendo que emitiese una especie de chillido a modo de satisfacción.
-Parece que le caes bien -contestó una voz femenina ocupando el sitio que el rubio había dejado por continuar con la cordialidad, tenía una largo cabello plata acomodado a un lado de sus hombros, una figura femenina; pero, unos muy reconocibles rasgos, era hija de la empresaria más grande que podría existir, la Diosa.
Gelda no emitió alguna señal de sorpresa por estar entrenada para momentos como eso, pero internamente escuchó su asombro. ¿Acaso sería posible?
-Nunca he tenido una mascota -comenzó intentando obtener la información que empezaba a interesarle- pero, me gusta...
-Elizabeth, me llamo Elizabeth.
-Soy Gelda, un placer -emitió mientras en su cabeza todo empezaba a encajar.
Aquello que decían era cierto. El hijo mayor escapó por un amor imposible y la hija de la Diosa lo siguió condenándose a sí mismo a perecer el repudio de sus padres y familiares. Por eso se había vuelto innombrable y los cuadros de su rostro desaparecieron de la empresa donde se suponía debía estar. Meliodas le inspiraba respeto y algo de admiración después de confirmar los rumores, tuvo la capacidad de ir en contra de todo por Elizabeth... a veces desearía tener un pizca de esa valentía para saltar al abismo con la seguridad que él lo había hecho, pero en vez de eso tenía un cascarón de resignación fuertemente revestido.
Imaginó por uno momento desear compartir la vida con alguien tanto para arriesgarlo todo. Sonrió divertida, no tuvo pretendientes para sentir un amor de esos que nubla la conciencia, a su mente solo podían venir las reuniones de su padre, las órdenes y el asco. Cerró los ojos con fuerza mientras salía del ascensor con dirección a la taberna de Meliodas, probablemente si ganaba su confianza obtendría más respuestas.
Abordó su auto hasta el local que empezaba su jornada. Tenía un horario mucho más tardío que el resto de los restaurantes, por lo que al entrar encontró al dueño bostezando abiertamente mientras prácticamente acosaba a su camarera, llevaba un uniforme considerablemente corto. Incluso Gelda se permitió torcer la boca en un gesto de diversión extraña, en vez de lucir incómoda o afectada, el rostro de la joven reflejaba estar a gusto al lado de Meliodas, un poco incómoda, sí; pero, feliz.
-¡¿Oh?! -sonrió el rubio al verla- Gelda, un placer volver a verte.
-Gracias, el placer es todo mío -lo secundó con una sonrisa- Elizabeth.
-Gelda, toma asiento, enseguida te atiendo -contestó la nombrada sonriendo con esa belleza natural.
Asintió tomando el sitio en la mesa más cercana a la ventana, donde los pequeños rayos se colaban entre el filtro del sol en la ventana. Le gustaba sentir esa sensación cálida de estar fuera, de esa forma se sentía menos atada. En su habitación a penas y se notaba la hora. Además del gusto monocromático de su padre por las cortinas oscuras.
-Así que, ¿Te gustó el sitio?
-Claro, se ve muy diferente a lo que esperaba -respondió honestamente para el dueño, Meliodas había tomado asiento al frente.
-Bueno, nunca me ha gustado lo común... -sus ojos se oscurecieron unos segundos, lo suficiente para ser notados por la observadora mirada de su acompañante- ¡Así que decidí hacer la taberna para alojar a las personas que les gustara un sitio de buen ambiente! Y, no me va nada mal.
-Me alegro... -lo pensó unos segundos- ciertamente, es un sitio acogedor.
Meliodas asintió- disculpa que me inmiscuya en algo que probablemente no debería de interesarme ¿Por qué luces... triste?
Abrió los ojos con sorpresa al escucharlo. Era algo extraño que haya dejado entrever sus sentimientos, puesto que para eso había tenido una ardua preparación, pero parecía que el joven lograba ver a través de ella fácilmente y algo en eso le confirmó que estaba frente al hijo del Demonio, tenía esa habilidad innata de ser observador, al igual que ella. Solo que a ambos los diferenciaba una gran distancia de acciones y responsabilidades.
-Supongo que es mi naturaleza lucir de esa forma -rió con suavidad para aligerar el ambiente, lo cierto de eso es que escucharlo lograr sus metas estaba golpeando lo suficiente para que el remordimiento controlara parcialmente su estado de ánimo.
Abrió la boca un par de veces antes negar divertido- no tienes que ser honesta, pero puedo escucharte cuando desees, puedo ser un buen aliado~
-Es la primera vez que me lo dicen -comentó recibiendo el chocolate caliente de Elizabeth. En segundo así creía que el viaje de media hora valía cada segundo cuando escuchaba palabras como eso. Meliodas era distinto a... Zeldris- te lo agradezco mucho.
-¡También puedes contar conmigo! -exclamó sonrojada la camarera- ¡No dudaremos en apoyarte!
Gelda pensó en la confianza que transmitían al hablarle, la forma en que su sinceridad se dejaba ver y lo irrealmente a gusto que se encontraba al escucharlos, solo habían sido dos veces las que habían tenido la oportunidad de hablar. Ellos fácilmente la aceptaron, con sonrisas amables llenas de ese extraños confort que tantos años había anhelado. Tal vez la persona que tenía al frente, que debía ser despreciable, cambió por la amabilidad de una sonrisa sincera, de esa naturaleza gentil que emitía la joven a su lado. Quizás ellos podrían ayudarla a hacer su vida más llevadera, quizás...
-Gracias Elizabeth.
-¿No crees, que sería bueno estar comunicados? -consultó de forma espontánea el joven rubio agitando su móvil.
-/-/-/
La cena en casa esa tarde había costado un poco menos que en la mañana, pero de vez en cuando creía que sus ojos se cerraban involuntariamente. Entonces la risa escandalosa de Estarrosa lo regresaba a la realidad, sentado de lado derecho del comedor, con la ensalada a un lado y la cuchara donde no debía de estar. Trataba de lucir lo más lúcido que podía, pero estaba realmente agotado.
Primero, la reunión a eso de las doce, un almuerzo de acuerdo con los que serían sus nuevos subordinados a nombre de su padre. Ciertamente desde que su hermano había desertado, su padre asignó bajo el título de "Mandamientos" a su ridículos grupo que podía considerar más que amigos, ya llevaban tiempo conociéndose y no tenían el mínimo de respeto por aparecerse en su casa sin invitación, así que, podían pasar como aliados. No, amigos si llegaba a ser permisivo... Como fuese, eran con los que compartían algo de su tiempo, como ese día, después de esa reunión, para ultimar su aporte para el evento de caridad navideño. Y de solo pensarlo volvía a él las pocas ganas que tenía de asistir. El tiempo había sido inclemente, se agotaba rápidamente permitiéndole pensar en lo que haría para evitar a Gelda o por lo menos, para evitar esa fase de él que desconocía y solo salía con ella.
Por un momento sonrió de forma irónica.
-Papá, decidí invitar a la hija de Izraf para que me acompañara el día del evento -comentó de pronto Estarrosa, el pan a medio morder en su mano mientras enfatizaba sus palabras.
Zeldris se despertó a partir de la corriente fría que bajó por su espalda. Aferró sus intranquilos ojos al plato de comida tratando de controlarse, no podía demostrar más interés del que seguramente, si alguien era lo suficientemente cauto, notaría. Tomó el tenedor con algo de fuerza antes de morder algo del pavo en salsa gravy, a su lado, sus tutores parecía igual de interesados que su padre de descubrir el motivo detrás de ese rostro de travesura que ponía Estarrosa cada vez que tenía una idea estúpida.
Debía tomar en cuenta seriamente que, su hermano jamás decía sus planes... a menos que involucraran a un tercero. Sus ojos oscurecidos por la extraña ola de cólera que había despertado sin poder evitarlo, se entrecerraron con frustración. No debía meterse en algo como eso, advertirle a Gelda solo le traería más problemas de los que no necesitaba. Pero, para disgusto suyo, sus pensamientos sobre "discretamente informarle" le iban ganando. De seguro volvería a fallarse como en la mañana cuando habló con ella y no la cortó como debería, más bien como le dictaba su sensatez.
-Dame un buen motivo para eso -lo observó el progenitor con curiosidad casi perversa.
-Ninguno en particular -comentó divertido- no sabía que debía tener uno.
-No trates de hacerte el gracioso.
Lo único que obtuvo como respuesta su padre fue una ligera mueca de diversión que fácilmente pudo terminar con un golpe con el bastón a su izquierda- espero, por tu bien, utilices ese tiempo provechosamente.
-Si, claro~
Su hermano no era habitualmente osado con respecto a su padre, pero es día sin la dosis de alcohol a la que estaba acostumbrado su organismo, tenía la actitud sagaz que tanto enorgullecería a su progenitor si no estuviese tratando de descubrir que estaba realmente pasando por la cabeza de su hijo, el segundo de la familia que no podría optar a ser más que eso. Un poco por su incapacidad de controlarse y otro, porque nadie en su sano juicio le confiaría a Estarrosa algo de importancia.
La cena terminó más lenta que de costumbre. En cuanto su padre abandonó su sitio como patriarca, Zeldris se levantó inusualmente rápido antes de salir fuera, donde podría pensar todo con mayor tranquilidad sin llegar a apresurarse en sus conjeturas. Él no era así, tampoco ganaría algo convirtiéndose en una especie de estúpido mononeuronal. ¿Qué seguía? ¿Qué le gustara ella?
Se detuvo. La misma sensación de frío lo invadió al darse cuenta de la respuesta que su mente había arrojado antes de pensarlo. Zeldris no sabía que era sentirse realmente miserable, al lado de ese nuevo descubrimiento con respecto a la hija de el nuevo accionista de su padre, su día sumamente tedioso parecía un paseo.
