¡Atención!

¡Siéntase libre de disfrutar de la lectura, que con muchísimo cariño he escrito para todos los que apoyan esta hermosa pareja! Me declaro oficialmente enamorada de todos los proyectos que he leído con respecto a Gelda y Zeldris. Y, en uso de mis buenas facultades para la escritura (modestias aparte, por favor Saraevo), decidí hacer este especial de nuevo año que obviamente, no tiene cronología con la historia regular y, mucho menos con lo que escribo.

¡Muy felices fiestas! ¡Muchas gracias por el apoyo y nos vemos en el 2019! Con más historias entre esas una sobre Soyo/ Kamui, Sasha/Mafuyu, Green/Blue, Hao/Jeanne, Yami/Charlotte, Maka/Soul; entre otras cientos de ideas que me vienen a la mente.

Notas: Agradecer a las personas que me animaron a hacer el proyecto, Wuda, por prestarse a ser la correctora y dibujar la mayoría de mis ideas (¡Muy pendientes porque estará ilustrando algunas escenas la historia de Black Clover y una de este fic). Pero, por sobretodo a ti que lees esto, que te gusta lo que escribo, que tomas tiempo para apoyar mi idea ¡Eternamente agradecida!

¿Propósitos del 2019? ¿Tienen alguna historia que deseen leer? Déjenlo en los comentarios y así me animaré a conocerlas para escribirlas.

¡Eso es todo! ¡Venga el capítulo!


Ha revisado la dichosa lista unas tres veces y en eso, Estarrosa empieza a quejarse de lo atrasado que está. Algo inusual, considerando que se ha vestido hace veinte minutos y se levantó sumamente temprano -jamás mencionar que no ha dormido en toda la noche-. ¡Hay, sus pensamientos no han dejado de malgastar las horas! Y aún, sin dormir como es debido, está mucho más enérgico que en cualquiera de las otras ocasiones que debe alistarse temprano. La víspera del año ha llegado y, para como empezó desde navidad del año pasado, Meliodas tiene decidido reunirlos para comer.

Lo que lleva a que Estarrosa esté abajo, esperándolo para las compras. El mayor de su estirpe ha decidido que la cooperación facilitará el trabajo, consta en la larga lista que le ha pedido traer junto al segundo de los hijos del señor Demonio. Incluso ha considerado dejarles el Sienna estacionado con una nota de "cuídenlo" en el interior. Supone que se trata del auto que eligió Elizabeth para que su viaje fue mucho más cómodo y protector. Porque dos adultos que pasan los veintitrés años no pueden conducir el convertible blanco de Estarrosa sin matarse.

Decide ser el conductor y con decide se refiere al piedra, papel o tijeras que le ganó a su hermano. No quiere volver a vomitar al salir por las curvas en zigzag que se le ocurren al que ahora es su copiloto, cuando tiene un humor considerablemente bueno. Justo como en ese momento, que cambia la conexión de bluetooth a su móvil para poner música. La selección durante el viaje varía entre un poco de Kaleo hasta algo de Lady Gaga que empieza a perturbarlo en el momento que Estarrosa corea "Judas". Pero, es esa misma canción la que encarrila sus pensamientos a una memoria que tiene entre la lista de favoritas. Todas con ella, por supuesto.

Gelda lo esperaba en la librería, ausente de esa belleza casi fantasmal que tiene al estar bajo los suaves rayos de la mañana. Zeldris no la alcanza rápidamente porque lo distrae su imagen. Es preciosa, no se cansará de pensarlo, tampoco puede decirlo sin sentir que todo el rojo de la camisa que viste ese día, se le subirá al rostro súbitamente. Así que llega a ella cuando está lo suficientemente tranquilo para estar a su lado, sabe que su cercanía no le es indiferente al recibir una sonrisa que solo le dirige a él. Compran entre ambos, unos doce libros que incluyen segundas partes e incluso la culminación de alguna saga. Después, acostumbran comer algo en alguna cafetería y charlar, largo y tendido, sus vidas que complementan con la otra, felices de conocerse. Felices de sentir eso que sienten.

Pero, cuando Zeldris entrelaza los dedos con ella de forma nerviosa. Con ese deje de duda tan característico en los hijos del señor Demonio y la voz que muere en cuando Gelda afianza la caricia con la mano libre; el deseo que lleva atorado en su garganta y le suena a ella, porque siempre se trata de Gelda, cuando desea algún tipo de relación más profunda que las salidas habituales a comprar libros, siempre terminadas en alguna ridícula caricia mal disimulada y los latidos frenético de su corazón. El móvil de ella suena por encima de su nube de ensoñación con la misma canción que su hermano entona en el auto.

-¿Qué tipo de música es esa? -recuerda preguntarle con algo más de notoria consternación.

El cabello claro se mece mientras le niega divertida. Atiende la llamada en lo que Zeldris trata de descifrar a la autora -que desconocía en ese entonces-. Quiere pensar que escuchó mal. Es decir, el perfil de Gelda no coordina con la traducción que logra captar cuando la cantante expone una parte de alguna estrofa en la que sobresale el pecador, Judas. Algo que no le queda claro, es si se trata de una referencia a la traición de Jesús o se trata de un mero nombre. Tal vez deba esperar, de solo sacar conjeturas, terminaría con un dolor de cabeza.

Gelda cierra la llamada y centra la atención en el joven frente a ella.

-Me gusta la letra -es franca como de costumbre. Zeldris emite algo parecido a un mueca infantil que la toma por sorpresa, lo siguiente que sabe es que ríe para él- toma, colócate los audífonos y escucha. Cambiarás de opinión.

-Creo, me conoces lo suficiente para saber que eso, es algo imposible.

Lo único que obtiene como respuesta en una sonrisa. Su criterio en realidad si ha cambiado conforme la conoció, desde esas tardes encerrado en la biblioteca para no ser descubierto hablando con ella por teléfono hasta el nerviosismo que le recorre al pensar en ella y por el temor a poner alguna estúpida mueca que le delate hace una especie de máscara de frialdad, que solo hace que sea más notorio, consiguiendo la carcajada abierta de sus otros hermanos. Sus cambios se han debido a unas miserables caricias y sonrisas que lo son todo para Zeldris.

La canción es una metáfora dentro del amor a la persona equivocada. Por eso, ella elige perdonarlo a pesar de todo por amor. Él la traiciona y es interesante del modo en el que la percepción de una letra considerablemente buena le hace pensar en lo que pasaría si su padre no aprobara su relación con ella. No lo hizo con Meliodas ¿Qué lo descartaría de pasar por lo mismo? ¿Acaso traicionaría a su padre por Gelda?

Las memorias lo llevan de vuelta al auto, que está terminando de estacionar. Estarrosa bosteza perezosamente estirándose en el proceso, Zeldris es mucho más recatado y prefiere caminar con el andar habitual orgulloso. Escucha la risa de su hermano detrás y quiere ignorarlo. Toman una de las carretillas o más bien el niño que tiene dentro el mayor le indica que debe empezar a correr con ella. El pelinegro, por el contrario, observa la escena con un rostro que deja ver un poco de su irritación y algo más de lo mucho que se opone a esos actos tan ridículos. Lo sigue a una distancia prudente, no quiere sufrir una pisada mientras su hermano da vueltas. Revisa cada estantería en el proceso y va tachando cada producto en cuanto lo deposita en el carrito.

No le toma más de treinta minutos gracias a la organización del menor, pero si ocupan más de la hora en la fila de pago. Al parecer, todas las personas decidieron conveniente comprar el 31 de diciembre a la misma hora que ellos. Para cuando salen, ninguno tiene el humor para conversar, por lo que el viaje es lo suficientemente silencioso para agradarle a Zeldris. Se dedica a mantener su vista en la carretera, hoy más que nunca no pude dejarse ir por pensamientos vagos considerando que se ha decidido a invitar a Gelda a pasar la noche en su casa y con suerte, muchísima si no vuelve a tartamudear involuntariamente y casi morir con el trago de soda que ella le ofreció, pedirle que salga con él, no como la amiga de las lecturas, sino como su novia.

Su rostro enrojece sin desearlo y el "click" de la cámara que tiene Estarrosa lo alerta a girar el rostro horrorizado. Lo siguiente que sabe es que está pateando a su hermano con el pie libre.

La tarde en la casa de Meliodas si que era un verdadero caos. Elizabeth iba nerviosamente de aquí a allá con bandejas de comida, dulces, bebidas y demás chucherías que acomodaba en la mesa que estaba organizando su prometido. Estarrossa se encargaba de la limpieza de los platos y la colocación de la "decoración" de ese día. Lo que finalmente, le había dado algo de tiempo a Zeldris, un par de minutos valiosos para llamarla. Tomó el teléfono con fuerza antes de deslizar el botón...

-¡Oye! ¡Ven a ayudar! -grita el presunto organizador de mesas desde adentro.

El teléfono se resbala un poco y él vuelve a apañarlo antes de caer. ¡Demonios! ¿Su padre? ¡No! Maldición, la oportunidad había escapado de sus manos y el tiempo se estaba acortando considerablemente rápido. Regresó casi refunfuñando a ayudarlos.

Y así le siguieron todas las oportunidades hasta las noche. Pasada las siete su humor se había hecho tan intolerable que Meliodas estaba al borde de un ataque de risa, seguido por Estarrosa y el resto de la estirpe de los "Mandamientos" como se decían de broma el resto de las amistades antiguas que también residían por esa noche en su casa. Elizabeth, por el contrario estaba sumamente preocupada, por lo que, después de pensar que él solo necesitaba un poco de aire, le permitió una apertura para que se retirara que Zeldris no dudó en aprovechar. No es que ella podría mandarlo, pero por respeto al todo el esfuerzo del día estaba intentando sobrellevarlo.

Cuando el silencio de la noche lo serenó lo suficiente, se preguntó que estaría haciendo ella. Sin dudar tomó el teléfono, pero el sonido de llamada casi lo hace soltarlo. ¡Era Gelda! Respiró un par de veces antes de tomarlo y fingir control.

-Gelda.

-Hola, ¿Cómo estás llevando el día?

-Lo mejor que se pueda, considerando que Meliodas no ha cocinado nada.

-Él solo trata de esforzarse -escucha su risa melódica.

-Sí, en matarnos y muy pronto va a conseguirlo -concluye él con cierto humor retorcido. La vaga memoria de Estarrosa en la camilla después del lavado estomacal le deja claro que no debe comer nada ofrecido por su hermano mayor-... quisiera verte.

-No estamos tan lejos -musita ella.

-A una hora -vacila un poco al decirlo. Se suponía que debía estar con él.

-No realmente -su voz tiene un deje divertido- son quince pasos si no cuento la escalera a tu habitación.

Zeldris cierra la llamada antes de fijar su vista rápidamente en la puerta. ¿Acaso...? la pregunta le cuelga en el pensamiento cuando abre y empieza a caminar por el pasillo, prácticamente saltar de dos en dos los escalones. Gelda está al pie de la escalera apoyada en el monumento de la gárgola que Meliodas tiene como un simbolismo de libertad. Ese día opta por un vestido negro que termina en un corte de campana, permitiéndole observar sus piernas al terminar a la altura de sus rodillas.

Cuando se queda entre los últimos escalones parece más alto que ella. Está feliz, simplemente feliz de verla; lo demuestra cuando le dedica una ligera sonrisa. Gelda lo observa con una sorpresa que no deja ver. Zeldris luce mucho más joven de esa forma, menos agobiado por las cargas que solo él conoce, atento al mundo de una forma despectiva. Pero no con ella, se dice mentalmente mientras se sonroja.

En sus ojos, ella puede ver más de lo que él algún día se atrevería a decirle. No la abruma, es todo lo contrario, la impulsa a querer mucho más de él. Y cuando las copas se alzan mientras los vitoreo del año nuevo llegan a su oído, cuando la aparta del bullicio para llevarla al jardín aledaño cultivado por Elizabeth, cuando finalmente expone sus intenciones con un corazón mucho más valioso de lo que él considera y el tesoro que Gelda ya ansiaba poseer. Se limita a asentir, por ambos, para lo que ya estaban construyendo desde la primera vez que se vieron en Navidad.