La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"
Y el escritor dijo: Hágase el computador.
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Nanatsu no Taizai no me pertenece, todo ello corresponde a Nakaba Suzuki. Como dije en mi proyecto anterior, utilizo a los personajes por mero placer a la escritura y los fines de recreación que esta pueda traer.
Notas: ¡Al fin volvió la editora! Por lo que se dignará en corregir mis atrocidades conforme escribo (¡Una soda para esta hija de Hades que trabaja como murciélago leyendo lo que hago!) Bueh, siguiendo con todo lo demás ¡Muchas gracias por los comentarios que me llegaron, ustedes hacen mis días más felices entre la turbiedad de mi miserable existencia (tengo hambre y sueño… y hambre otra vez)
Agradecer a los comentarios y personas que siguen la historia. ¡Ustedes enorgullecen a la nación! Además que, eso hace que esta bonita comunidad del Geldris sea sana. Créanme, he visto "fandoms" ardiendo con piras hechas de sus propios seguidores. No es bonito. Da gracia al principio, pero después es tan tóxico que la máscara de gas no funciona.
El capítulo tendrá las variantes:
Cursiva: pensamientos que no se expliquen que son como tal.
Negrita: memorias del pasado. Recuerdos, conversaciones, etc.
Líneas: división entre personajes. Es decir, después de que Gelda Hable y aparezca una línea, significa que Zeldris continuará desde su punto de vista.
¿Hotel? Zhivago
¡El capítulo!
Gelda no estaba acostumbrada a expresar sus sentimientos, no porque no naciera de ella; sino porque lo tenía prohibido. Cuando era niña lo intentó, ganando dos semanas encerrada en su habitación. No se le permitió hablar con nadie, hasta que entendiera que la prioridad era mantenerse callada y siempre dispuesta a realizar lo que su padre necesitara en el momento.
Solo que Zeldris dista mucho de ser igual a su progenitor. A penas y ha preguntado cuando ella deja que las lágrimas sigan su curso, signo de que está realmente destrozada. Él permanece rodeando su cuerpo en lo que puede considerar el abrazo más sincero que ha tenido. No es experto en dar apoyo, Gelda puede sentirlo a través de su agarre brusco. No puede evitar gustarle más de lo que lo hace cuando se esfuerza con ese simple, pero significativo gesto.
-Tu hermano…
-No me dio detalles -comenta separándose para verla, parece analizar cada magulladura como si fuese propia. Por un momento, solo hay cólera en sus ojos, un destello de violencia y una mueca de profundo odio. Pero sabe que no es a ella, no cuando pasa su pulgar por el hematoma que siente cerca de su boca.
-Me salvó -susurra- nunca podré agradecérselo lo suficiente…
Zeldris no lo menciona, pero la gratitud que también se aloja en él le permite concordar. Ahora, con la cabeza un poco más fría, reconoce que su principal prioridad es llevarla a un médico o por lo menos primeros auxilios. Algunos moretones empiezan a notarse en su piel pálida. Cierra los ojos con fuerza por unos segundos, si pudiera desgraciarse en la vida de Izraf lo haría sin pensarlo un segundo. No sabe que la persona a su lado ha notado su gesto y, deduce por lo poco después de mirar sus marcas.
-Sé lo que estás pensando -murmura ella- no puedo ir a un médico, levantaría demasiado revuelo… Zeldris -menciona su nombre cuando intenta reprocharle- pero me atenderé con alguien que tiene conocimientos en medicina. Te lo prometo.
Él parece un poco más conforme, incluso sus hombros parecen más relajados que la tensión que antes reflejaba todo su rostro. Gelda siente que puede mirarlo por mucho más tiempo sin cansarse, detallar cada gesto que hace cuando piensa en su próxima jugada, al mirarla de forma atenta; cada mínima muestra que no ha visto, quiere recordarlo. Después de todo, él es complicado, que la haya buscado no significa que acepte su interés o los sentimientos afianzados de ella. Porque Gelda sabe que le gusta, muchísimo.
También prefiere concentrarse en cualquier otra cosa que no sea su cuerpo, no quiere verse mientras los moretones le recuerden el forcejeo, las lágrimas y súplicas que ellos cesaron con una mordaza. Una parte de ella cree que está rota, hasta el punto de sentir asco, por personas depravadas como esas, por su padre, por su cuerpo.
-No lo hagas -Levanta el rostro cuando lo escucha- No te hagas eso, de lastimarte por algo que no es tu culpa. Deja de apretar tus manos, solo te harás un daño innecesario -Zeldris no vacila al hablarle, incluso su tono es severo.
-¿Dime… cómo podré seguir después de esto? ¿Después de todo? -sonríe vacilante, a veces olvida que la formación de ambos es distinta. A ella la criaron para ser obediente, siempre por debajo del mundo y al servicio de todos; Zeldris parecía más desafiante, inamovible y dispuesto a hacer que la voluntad de los suyos fuese infranqueable.
-No estás rota, Gelda.
Lágrimas acunan sus mejillas rojas, en un intento vago de retenerlas. Sí lo está, después de todo, solo era cuestión de tiempo. Desde los quince había estado sometida a ese tipo de trato, manchada por accionistas que su padre deseaba manipular con la belleza de su hija. Zeldris no puede asegurarle algo que solo ella sabe, que carcome su vida desde que lo ha vivido y cada noche vuelve para atormentarla.
-Me gustaría pensar de una forma tan optimista como la tuya -susurra.
No se toma el tiempo de responderle cuando acuna su rostro con sus manos, no hay palabras porque sobran en una respuesta que no se atreve a darle. ¿Qué puede decirle él? No ha experimentado una situación igual como para redefinir el pensamiento de Gelda. Sí, ha recibido una formación a base de golpes, pero eso no es comparable a profanar su cuerpo de esa forma. Era probablemente una niña cuando todo empezó… maldición, ni siquiera lo piensa cuando besa su frente en un gesto involuntario. Solo nace de su deseo de mantener esa sonrisa en el rostro de una mujer que no merece lo que le sucede.
Entiende en ese momento la cruda realidad. No tiene la fuerza para dejarla al cuidado de alguien más, mucho menos para seguir batallando con lo que acoge su pecho y grita Gelda cuando le dedica un pensamiento que considera innecesario. No, no es solo aceptar que ya no hay vuelta atrás, es mantenerla segura. Va a hacerlo, incluso si recibe más golpes por salvarla, ha sido demasiado ingenuo girando sin rumbo fijo cuando la vía que decidió tomar no tenía retorno.
-Muy bonito, pero debemos irnos -comenta Estarossa, apoyado en la madera de la puerta con suficiente vista para contemplar las orejas rojas de su hermano- te quedarás en mi departamento.
Trae consigo un cambio de ropa que consiste en un vestido menos llamativo. Entre menos atención generen podrán salir sin que Izraf tenga conocimiento de sus movimientos. Gelda le agradece con una sonrisa que logra asemejarse un poco más a lo que es ella normalmente. No demora en cambiarse, por ahora no es capaz de ver su cuerpo. Sabe que la experiencia tendrá que ser superada con ayuda, pero no está segura de que todas sus heridas sanen con hablar frente a un psicólogo.
No cree volver a ser como era antes.
Lleva un paso lento y asustadizo cuando los tres abordan el pasillo hacia la salida. Zeldris la mira momentáneamente, tiene el aire silencioso y estoico de costumbre, aunque se esfuerza torpemente en apoyarla cuando toma una de sus manos con la suya. Gelda lo mira antes de entrelazar sus dedos, quizás él no llegue a saberlo por ahora, pero su calor le infunde una protección que necesita. Una seguridad que le permite salir del hotel y abordar un auto que no la regresará a su casa, sino al departamento de alguien con el que no ha interactuado lo suficiente y, sin embargo, hizo un gesto mucho más valioso que cualquier otra persona con la que había compartido muchísimas charlas de protocolo.
Su nuevo lugar de alojamiento era mucho más de lo que imaginaba. Altos muros revestidos de Hormigón, paredes lisas a excepción de pequeños recuadros de piedras. Un sitio digno de la apariencia de su dueño. Al entrar encontró rápidamente un pasillo lleno de estanterías con diferentes tipos de armas. Era un aficionado del diseño y empuñadura de las espadas, por lo que la mayoría de sus posesiones adornando la pared se trataban de lujosas hojas.
La sala estaba compuesta por un gran mueble en forma de "L" y algunas cómodas sillas afelpadas. Un televisor lo suficientemente grande como para sentir que podría verse desde la habitación y diversas consolas de videojuegos con una gama de ellos ordenados a un costado. Él le indicó cada sitio a su disposición y le entregó las llaves. Después de todo, no tenía la necesidad de negarlas ahora que ella pasaría a quedarse un tiempo indeterminado. Incluso le bromeó con cambiar los muebles si no le agradaba su posición y sobretodo tenía el permiso de pintar de amarillo chillón las paredes.
-Creo que eso es todo. Estás en tu casa Gelda -canturrea. No se retira sin antes buscar una botella de agua de la refrigeradora. Para ese punto tuvo el descaro de mirar repetidas veces a Zeldris. Sabía de sobra que el hijo menor se volvería "rebelde" y no lo acompañaría de vuelta, pero escucharlo de su boca sería un botín digno- me estoy retirando… lentamente a la salida~
Gelda sonríe al ver el gesto de Zeldris, quien rueda los ojos fastidiado. Ella le indica que es tiempo de irse, pero le sorprende que se niegue. Incluso el "espera aquí" se lee en sus ojos cuando la mira.
Zeldris se masajea el puente de la nariz cuando Estarossa emite una carcajada. Ambos deciden conversar afuera del sitio, donde sus palabras no causarán más incomodidad a Gelda. Él sabe que su hermano es consciente hasta ese punto de que no es indiferente, que ir en su búsqueda en cuanto lo llamó, tiene más significado de lo que logrará aceptar. Tal vez los años juntos le han permitido conocer cada detalle que no dirán con facilidad. Sí, después de todo, en más de una ocasión encubrió el alcoholismo de Estarossa y este, las pocas veces que del cansancio se quedó dormido. Ambos equivaldrían una golpiza para su padre.
-¿No nos vamos~? -preguntó el albino sonriendo.
-Sabes la respuesta -sentenció Zeldris, a veces juraba que, de los tres, Estarossa quería verle el chiste a todo.
-¿Cómo puedo saber eso, si ni siquiera sé que es? -hace un mueca de aflicción- ¡Hay la juventud de hoy en día!
-¡Tsk! -chasquea la lengua irritado- para de eso. Te comportas de forma inmadura -sisea entre cada oración con molestia, odia que lo trate como un infante- voy a quedarme hasta asegurarme que esté más tranquila.
-Miente mejor hermanito~
Zeldris le hizo un gesto obsceno con la mano consiguiendo una segunda oleada de carcajadas- no tengo que darte explicaciones.
-No, realmente no -ríe Estarossa- pero pregúntate porque estás arriesgando demasiado por ella. No le debes nada y, sin embargo, pareces más a deuda que Gelda. Si no quieres responderme que te pasa, puedes evitarlo, pero ¿Cómo te evitarás a ti mismo? -luego le da unas pequeñas palmaditas en el hombro antes de retirarse- te cubriré con papá, me debes una, Zeldris. Ah, yo que tu oculto la caja de preservativos que está en mi cuarto.
En cuanto desapareció en su automóvil, se permitió suspirar de forma sonora, hasta que sus pulmones dejan escapar todo el aire contenido y parte de su tensión. Hablar con su hermano era tener en la mano un cuchillo de doble filo. Todo parece premeditado en su locura y cada comentario tiene un propósito que solo él puede entender. Que le haya advertido de su situación no era precisamente para consternarlo, sino una premonición de acontecimientos que pasarán si sigue ese camino. Tal vez quiere que elija un bando y se establezca o quizás quiere decirle que no está de acuerdo con su decisión.
Su familia está repleta de gente extraña…
Regresa a la sala, donde Gelda ya no se encuentra. No demora en ubicarla por el sonido de la regadera. Después de la conmoción, está seguro de que debe costarle estar quieta en un solo lugar y mucho más difícil dormir… eso le recuerda el estúpido comentario que Estarossa soltó y se dirige rápidamente a la habitación principal. En efecto, en la mesa de noche descansa la cajeta de condones.
Entrecierra los ojos antes de guardarlos en el cajón. El tipo de vida que lleva Estarossa es, sin duda, lo suficientemente mala como para mantenerla en reserva en su apartamento. No imagina las consecuencias que le traería llevar a una mujer de aventura a la casa, con la dureza de su padre dispuesta a funcionar por cualquier detalle que considera incorrecto.
Momentáneamente recuerda a Meliodas y sus sugerentes conversaciones con Estarossa, estaba a los últimos días antes de traicionarlos. Cuando surgían esos inusuales momentos en los que los tres coordinaban en el mismo lugar.
-Deja de acostarte con las secretarias de papá -comenta Meliodas mirando a su hermano con severidad- pasé por alto esto, no lo volveré a hacer.
Estarossa ríe descaradamente- no la busqué, ella lo hizo.
-No me interesa quien lo haya hecho. Si quieres tener sexo, busca otras mujeres, no las que estén trabajando para nosotros.
-Claro~ como si tu no lo hicieras -canturreó Estarossa.
En ese momento Zeldris, que había intentado ignorar lo que hablaban, trató con fuerza de concentrarse en otra cosa. Sabía que seguía después de eso, empezarían a hablar de su largo historial y la forma en la que el sofá de la oficina de la sede principal tenía un significado diferente.
Meliodas sonrió- cuando madures comprenderás que no todo es follar con cualquiera.
-No lo es todo, pero si la mayoría del pasatiempo -luego se toma su tiempo mientras parece recordar algo- una buena cabalgada en la silla del despacho o quizás una orgía.
El mayor de ellos resopló con diversión, su silencio se acentúa, se escucha una risa de Estarossa antes de un "sí" casi en susurro- Zeldris, ¿Ya has probado a alguna mujer?
Al ser nombrado en esa oración inmediatamente se tensó, no quería girarse, pero sabía que Meliodas lo consideraría una ofensa; así que lo hace. Se enfrenta al rostro de burla que tienen ambos esperando que su boca produzca alguna respuesta que les permita divertirse.
-No.
Estarossa es el primero en tomar palabra- ¿En serio con dieciocho eres virgen? ¿eres adoptado?
Zeldris resopla- estuve ocupado en algo más importante.
-Ves, él entiende el voto de castidad -concluye Meliodas, Estarossa se revuelca en el sofá entre risas sonoras.
-Seguramente... cree que debe... llegar así hasta el matrimonio -cómo puede el hijo del medio se expresa entre azotes de carcajadas y la presión de su estómago.
-No lo creo -Meliodas reprime una sonrisa- seguramente se ha masturbado un par de veces pensando en alguien, ¿No es así?
Zeldris siente su rostro rojo.
Gelda se viste lo más rápido que puede, deja su cabello acomodado del lado donde las marcas del cuello revelan la presión ejercida por manos ajenas. No quiere verlas, no es capaz de soportarlo. En su lugar, se entretiene con el sonido relajante de la televisión en un canal de música instrumental. Se apoya en la almohada de la cama que ocupa y siente que puede quedarse dormida.
Empieza a cerrar los ojos cuando las memorias llegan nuevamente a su cabeza. Manos repulsivas que la persiguen incluso si están lejos. Se tapa la boca controlando las náuseas que sobrevienen, intenta calmarse entre espasmos del cuerpo y reconoce que será en vano su esfuerzo. Está asustada de cerrar los ojos y volver a sentirlos sobre ella.
Ya no hay lágrimas en sus ojos, sino una desolación que abruma su corazón cansado de vivir de esa forma.
Quiere abrir la puerta y pedirle a Zeldris que comparta algunos minutos para calmarse. Pero no se atreve, momentáneamente sus propios demonios la paralizan. Frota su cuerpo cuando las ganas de vomitar han cesado, incluso se abraza las piernas. Pero nada la calma. Trata de darse fuerzas "ya no están para alcanzarme y no volverán a hacerlo".
Como puede forcejea con el nudo en la garganta y hace funcionar una voz que se emite apenas unas pocas palabras- Zeldris, por favor…
Él abre la puerta, parece en estado de alerta. En su mano derecha está sujeto el mando de la televisión de la sala. La observa de forma evaluativa antes de salir sin emitir comentario, no demora demasiado en traer consigo una taza de humeante té. En cuanto se la tiende para que la tome, deja el control en la mesita y toma asiento a su lado, ya está vestido para dormir. Sus pantalones de algodón holgados parecen cómodos.
-Pensé en traértelo antes, pero no sabía si estabas…
Gelda sonríe cuando capta su vacilación sobre completar la oración con vestida. No la fuerza a responder si le incomoda el tema y se lo agradece, se limita a asentir en agradecimiento antes de beber un poco. Le tranquiliza el sabor de la manzanilla en su paladar y saber que Zeldris la protege. De alguna u otra manera se siente más dispuesta a pedirle aquello que antes no podía.
-¿Puedes quedarte aquí? -consulta.
-Estoy aquí -responde él.
-Me refiero a que duermas conmigo.
-Ah… -Zeldris desvía la mirada, pero Gelda tiene tiempo para observar sus orejas calientes- traeré el resto de las almohadas.
Hay vacilación en sus pasos que le causa gracia. Es muy afortunada de ver lados de él que, está segura, nadie más ha tenido el privilegio. La persona seria y calculadora que ejecuta acciones en favor de su empresa, el hombre analítico, el joven vacilante en el amor. Todos ellos hacen al Zeldris que alberga sus más profundos sentimientos. Él la hace humana, porque de otro modo ya se habría perdido a sí misma.
Regresa con más de cuatro almohadas que coloca del lado en el que va a dormir. Vuelve a la sala para apagar la televisión y le consulta si tiene todo lo necesario, si necesita algo en cualquier momento que no dude en despertarlo.
-Tengo miedo -confiesa de repente, todo parece tan fácil cuando le habla a él. Como si pudiese decirle cualquier cosa- cierro los ojos y…
-Gelda, no volverán -le asegura. Observa ese rostro que refleja seguridad en sus palabras, la luz permanece encendida porque no cree ser capaz de dormir sin ella- me aseguraré de eso.
-Lo sé, pero no puedo evitarlo -niega suavemente
Zeldris no dice nada, sabe que es cierto. El juego psicológico es una enfermedad contagiando el organismo de forma rápida. No importa si la persona esté muerta, si tu mente así lo desea, estará atormentándote de por vida. Lo sabe de cuenta propia, durmiendo asustado, a la espera de un nuevo golpe cuando era pequeño.
-Intenta descansar.
-Sí… buenas noches.
-Duerme, Gelda -murmura dándose la vuelta, se asegura de mantenerse alerta al mínimo sonido. Está acostumbrado a tener siestas cortas, por lo que cuidarla esa noche no se le hace un problema.
Ella se acomoda entre las sábanas, como puede también utiliza el resto de las almohadas para sentir que está a salvo en su círculo. Al principio está segura de que lo logrará, llega a dormir una hora aproximadamente, cuando despierta temblando, suda un poco y está agitada. No recuerda lo que ha soñado, pero podría guardar relación al hotel, cada espasmo involuntario la alienta a pensar que es así. Talla su rostro con las manos. Mira a Zeldris y este parece descansar por lo que no quiere despertarlo a pesar de lo que dijo. Trata de acercarse sin hacer muchos movimientos, hasta un punto donde pueda sentir que hay alguien seguro a su lado.
En algún punto su miedo la hace dejar una de sus manos en contacto con el cuerpo masculino. Sus dedos tiemblan y cree que su boca también lo hace de forma más ligera.
Siente cuando la cama se hunde un poco con el movimiento de Zeldris, se ha dado la vuelta y ahora la observa.
-¿Una pesadilla?
-Eso creo -murmura antes de intentar retirar su mano- lo siento yo…
-¿Te sientes segura tocándome? -pregunta después de unos segundos.
Gelda asiente sonrojada.
Él no dice nada más cuando se acerca e invade su fortaleza de almohadas, las aparta a un lado y toma su mano para acercarla. Gelda le pide disculpas y Zeldris le resta importancia. Su cercanía es cálida, le infunde la sensación de estar segura.
-¿P-podrías abrazarme? -murmura, lo ha pensado un poco antes de decirlo.
Sus brazos la envuelven en una posición cómoda. El frío de la habitación se sustituye rápidamente con su calor. Gelda sonríe sin poder evitarlo, sentir su respiración cerca de su frente es maravilloso. A pesar de que sabe, no lo admitirá bajo ninguna circunstancia, está tenso; la forma en la que su cuerpo trata prudencialmente de mantenerse quieto es una prueba.
-Gracias Zeldris.
Intenta dormir.
Se levanta con el sonido de la alarma cerca de la televisión. Tiene un extraño coro de iglesia, de esos que suenan bien mientras no sea de madrugada. Por un momento no logra ubicarse hasta encontrar algunas fotos de Estarossa en diferentes deportes extremos. Ha logrado dormir hasta las siete después de que Zeldris accediera a abrazarla.
Entre la bruma de su corazón, hay segundos en los que se permite sonreír avergonzada. ¿Cómo podrá dormir sin él a su lado? es solo un día y su experiencia sustituye todas las noches que durmió en su casa, con las pequeñas ventanas recordándole que se encontraba cautiva en una jaula de oro.
Se incorpora de la cama para buscarlo, reconoce la voz de Estarossa en la sala. Su carcajada es particular, la contagia de su extraño humor.
-Mi padre está en modo "Boss final". Escupirá fuego en cualquier momento, si es que no lanza su bastón a cada vidrio de la ventana que tiene en la oficina -narra con sorna- su hijo se ha pasado la noche fuera de casa. ¡Su inocente y poco corrompible creatura arrojado a la sociedad llena de vicios!
Gelda tapa su boca para no reír con su ocurrencia, a pesar de que Zeldris resople molesto, no puede evitar aceptar que el comentario es gracioso.
-Si vienes a hablar estupideces, pudiste ahorrarte el viaje -contesta cruzando sus brazos visiblemente irritado.
Estarossa rueda los ojos- creí que Gelda aplacaría tu mal genio, pero sigues. Pobre, tuvo que soportar tu mejor lado.
La nombrada se interesa en el comentario. Quizás si eran confirmadas sus sospechas de que él sabía que le gustaba su hermano. ¿Estaría a favor de su relación? o solo acentúa la realidad como mero espectador.
-No estoy para tus bromas a esta hora -responde.
Estarossa deja de sonreír- papá ha soltado el comentario esta mañana, parece que Izraf no amaneció con el pie derecho, pero no quiere mencionar bajo ninguna circunstancia que le ocurre. Por debajo de la mesa, averigüé con Melascula y, la está buscando como se esperaba, pero no ha pasado del hotel sin obtener un indicio.
-Bien. Debe quedarse hasta que empiece a bajar la guardia.
-Bueno~ más tiempo juntos, ¿Eh? -contempla el rostro de su hermano antes de reír- ¡Ajá! ¡¿Qué hiciste virginal hermano menor?! Hay duda en tus ojos.
- ¡No he hecho nada! -sentencia levantando la voz.
-Si, si, si -canturrea- como sea, tampoco es asunto mío. Me tengo que ir, vendré en la tarde a buscar un par de cosas y Zeldris, con respecto a lo otro…
-Está cubierto -lo interrumpe- ya lo he localizado.
-¿Quieres que vuelva o... solo lo haces obligado?
Hay silencio en lo que Gelda procesa sus palabras. ¿Hablan sobre Meliodas? ¿Están tratando de llevarlo de vuelta? Pero él no desea volver, no sin provocar la crisis en su empresa, así activará la cláusula presidencial obligando a su padre a dimitir. Seguramente el señor Demonio cree que aún es el hijo del que se generaron los rumores. No sabe que él parece feliz en la taberna con Elizabeth, verdaderamente enamorado y en una vida plena.
Gelda no le sorprende que no deseen su retorno, pero el odio en sus palabras sí. Quizás lo rumores entre los socios eran ciertos y, los términos en los que el hijo mayor se había retirado no eran mejores para ningún miembro de la familia, pero ¿Por qué era de esa forma cuando Meliodas decía que debía sacar a sus hermanos de ese sitio? ¿Zeldris y Estarossa estarán diciendo la verdad respecto a que es un traidor repulsivo?
Esa duda ninguno podría responderle, porque sabía perfectamente que el lema "caras vemos, corazones no sabemos" era la insignia ideal en el campo laboral. Así que decide no inmiscuirse en asuntos que escapan de su conocimiento.
Una sonrisa ligera se cuela en su mirada perdida. Se mira al espejo cuando ya se ha cambiado. Su rostro tal vez refleja que ha dormido algo, pero dentro de ella solo sabe ver una muñeca vacía; a alguien que le está costando sobreponerse a la adversidad. Trata de sonreír para sí misma, pero apenas es una mueca.
Toma el teléfono para escribirle a Elizabeth, ella tiene conocimiento en medicina y puede ayudarla, no le dará más información de la que necesita. Prefiere confiarle a ella eso que acudir a un médico donde puedan dar información a su padre. A pesar de las circunstancias. Además, necesita despejarse un poco, seguramente el cambio de aire le hará bien y con suerte, cuando esté libre de las ataduras de Edimburgo, podrá acudir por ayuda profesional.
Zeldris medita que le dirá a su padre que lo satisfaga y, que le permita seguir residiendo temporalmente en el departamento de Estarossa. Tal vez mentirle con la búsqueda del traidor…
Observa el vaso de soda a medio beber, absorto en su realidad. Tendrá que ser convincente, mucho más que cualquiera de las otras veces que ha mentido. Palabras más, palabras menos que se pierden al recordar las de su hermano. Está sacrificando demasiado por Gelda y no tiene que preguntarse si realmente eso le importa, porque aún quiere tenerla en sus brazos y asegurarle que va a protegerla. ¿En qué se ha convertido al conocerla?
Anida en sus deseos sin querer retirarse de ahí.
-Buenos días -saluda Gelda al entrar a la sala, luce el vestido que Estarossa trajo para ella.
Se toma más del tiempo acostumbrado en mirarla, la sonrisa que solo va dirigida a él. Su cabello acomodado suelto, acomodado a un lado. Toda ella mucho más agraciada a sus ojos cada día que la ve. Que ingenuo le parece su comentario de apartarla cuando Gelda toma asiento a su lado, muy poco le duró la fortaleza para mantenerla apartada.
-Buenos días -contesta- estaba esperándote, debo irme, pero volveré a eso de las seis. Puedes ordenar comida si gustas, Estarossa ha traído el Pontiac por si deseas salir, bajo estricta precaución. Tu padre ha empezado a buscarte, por lo que te recomiendo que no lo hagas.
-Entiendo -asiente ella dándose valor. Él está lejos y no sabe su paradero.
-No dudes en llamarme si necesitas algo y… Gelda -acentúa su nombre- no estás sola en esto.
Sonríe al escucharlo y Zeldris se siente conforme con conseguir ese gesto. Ella acude a su cercanía para tomar su mano por unos segundos antes de abrazarlo. Sin estar acostados, su rostro queda perfectamente acomodado en el pecho femenino. Como puede cierra los ojos azorado.
-Gracias -susurra para él, su voz dócil de siempre, pero viva.
Vacila al devolver el gesto, pero finalmente rodea su espalda baja. El tiempo parece estar mucho más lento y cada respiración se queda grabada en su memoria. Escucha después de unos segundos su risilla.
-Tienes las orejas rojas.
Zeldris se apartó para mirarla visiblemente "molesto" con su observación. ¿Cómo puede no estarlo cuando su cara estuvo contra sus senos?, Gelda tapa su boca con una de sus manos tratando de calmarse.
No quiere contagiarse de su humor conseguido burlándose, pero su sonrisa termina por obtener una mueca en él. Su mano se posa en la mejilla femenina deteniendo su humor.
-Tus mejillas también lo están -susurra.
Gelda cierra sus ojos seducida por la caricia en su pómulo, el pulgar masculino masajea suavemente su piel. De sus labios brota su nombre en una especie de murmullo que apenas y se puede descifrar. Zeldris olvida el tiempo, las circunstancias y el motivo, solo se deja llevar por el momento íntimo que tienen. Trata de ser cuidadoso y llevar despacio cada paso que dan con respecto al "nosotros". Le alegra verla complacida ante su toque, pero es mejor retirarse. Tiene demasiado trabajo pendiente.
-Nos veremos más tarde -aparta su mano antes de partir.
-Estaré esperándote -pronuncia ella aún embotonada por la experiencia.
Zeldris cierra la puerta por fuera, pero se asegura de moverla para confirmar que está verdaderamente cerrada. Es mejor que estén completamente seguros de que no flaquea su seguridad. Teniendo ese pensamiento fuera de sus preocupaciones, deja escapar el aire contenido en un suspiro, en cuanto aborda su auto, mueve el retrovisor hasta lograr enfocar su rostro sonrojado y solo entonces, en la soledad que le brindaba el vehículo se permite con una de sus manos tapando parcialmente su cara. Se siente como un adolescente nuevamente.
