"La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"

Y el escritor dijo: Hágase el computador.

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Nanatsu no Taizai no me pertenece, todo ello corresponde a Nakaba Suzuki. Como dije en mi proyecto anterior, utilizo a los personajes por mero placer a la escritura y los fines de recreación que esta pueda traer.

Notas: Vi los últimos capítulos del manga y ¡Fue una locura! El pobre Zeldris está sufriendo, pero me enamoré de la escena en la que Gelda prueba su sangre (lo que me hace pensar que ya hubo más de una vez en la que ella ha probado su sangre, ¡El mundo de posibilidades que se abren a mis ojos!) ¡Disculpen los Spoilers, es la emoción! ¡Viva el Geldris, por un mundo con más de esta preciosa pareja!

Bueno, dejando la emoción de lado, mi editora estuvo un poco ocupada y por eso no subíamos cap, pero después de mucho tiempo, al fin la dejaron libre y me ayudó a corregir mis errores de redacción. Por cierto, ambas estamos sumamente agradecidas con el apoyo que nos dan con los comentarios y PM. Nos motivan.

Estoy tratando de cuidar mucho que los personajes se mantengan con las personalidades que deben tener. Es decir, las reales. Así que revisamos un poco que Zeldris suene tierno, pero frío cuando debe serlo y Gelda, paciente, pero dispuesta a encaminarlo a que la acepte. Espero que estemos cumpliendo un poco con sus personalidades ¡Mil disculpas si no lo hacemos! Somos algo nuevas en las historias medio románticas o por lo menos yo, no es mi fuerte hacerlas.

Aclaraciones contundentes: ¡A partir de este capítulo, todo se irá a la porra! No mentira, solo quiero decirles que el resto de los capítulos que vienen, que de hecho no faltan muchos, serán extensos porque dije que solo serían 15 y obviamente voy a cumplir mi palabra. Se tocarán un par de temas fuertes, por lo que vayan preparando la patata en su pecho que late y es roja.

Los capítulos pueden incluir:

Cursiva: pensamientos que no se expliquen que son como tal.

Negrita: memorias del pasado. Recuerdos, conversaciones, etc.

Líneas: división entre personajes. Es decir, después de que Gelda Hable y aparezca una línea, significa que Zeldris continuará desde su punto de vista.

¿Hotel? Zhivago


Es solo un golpe.

Eso repetía su mente cuando era niño, tratando de aferrarse al intentar entender el dolor, de esa forma quizás podría soportarlo un poco más. A veces era producto de su "inutilidad" y continuo lloriqueo que parecía hartar a su progenitor. Por eso dejó de quejarse del dolor, dejó de llorar con el tiempo. Y, bien creyó que también había olvidado a amar. Era fácil dejarse llevar por el vacío que carcomía su reducida existencia en esa enorme casa, pero tan fría…

Su padre esta vez lo azota y él no muestra signos de dolor, no después de mucho tiempo. Alza su bastón con la excusa de no encontrarlo en la cena y desaparecer por medio día. Exige respuestas que no escapan de la boca de su hijo y eso lo harta, hasta el borde de producir magulladuras en sus dedos callosos, sangre que se acumula después de golpear con fuerza. Levanta su voz, pero Zeldris se limita a limpiar la sangre que escapa del lado izquierdo de su boca.

Sus hijos son unos inútiles. No sirven ni siquiera para algo tan simple como seguir sus órdenes. Sospechaba desde la intervención con Izraf que el juguete de Edimburgo intentó seducirlo, pero no llegó a pensar que era tan estúpido como para caer. Después de su desaparición, el silencio apremiante bastó para querer reventarle el resto de la boca con el bastón. ¡Maldita sea la hora en la que concibió seres tan imbéciles! Primero, su primogénito escapando con la hija de la Diosa y ahora, el que creía, tenía manipulado; escapando de la casa y rehusándose a darle una explicación.

-Lárgate de aquí y no vuelvas hasta que tengas a tu hermano de vuelta. -gruñe con esa voz que resuena en las paredes- una cosa más, deshazte de esa perra antes de que se vuelva algo con lo que tenga que lidiar.

-Si padre. -no negó su segunda oración, pero tampoco la afirmó. De esa forma, su padre no estaría seguro del paradero de Gelda y mucho menos la enlazaría con él. Su comentario podría ser soltado para probarlo, no porque tenga un indicio.

El menor de su linaje sale, pero antes de que lo haga el brillo de ira momentáneamente relampaguea en sus ojos. Al salir cuando se asegura que no puede verlo; frunce el ceño con fuerza. Está molesto, realmente molesto. Los golpes ni siquiera los siente después del comentario. Tenía razón en algo, su padre no la aceptaría.

Y no le interesaba que lo hiciera.

Se siente estúpidamente satisfecho por lucir fuerte. Por mantenerse firme y demostrarle que no había flaqueado como esperaba que lo hiciera. Era fuerte como sus hermanos, como deseó ser alguna vez. Se permitió sentir orgullo. No volvería a ser el niño que lloraba por el dolor o la falta de atención, que trataba de encerrarse en su habitación para no ser objeto de burla de sus hermanos y que años posteriores quería seguirlos como un perro a todos lados. No era esa persona.

Dejó escapar aire de sus pulmones mientras buscaba una maleta que pasara desapercibida para recuperar algo de ropa. Un par de camisetas y pantalones, artículos de aseo y nada más. El resto de su habitación se encontraba intacta. No esperaba sentir algo al marcharse, pero un extraño alivio se había atorado dentro de sus sentimientos. Esa habitación no era más que un confín para recordarle su posición y lugar.

En el departamento-casa-cueva de Estarossa sentía el oxígeno más puro. Tenía a Gelda, que seguramente había ordenado comida. La mujer que le gustaba hasta el punto de reconocer que no sabe donde debe definir realmente sus sentimientos, que el término se está quedando muy lejos de la realidad. Han convivido algo de tiempo y pasado por muchas cosas en muy poco. Sus manos aún hormiguean por tenerla cerca, se siente ridículamente avergonzado de recordar su sonrisa de felicidad cuando colocó una de sus manos en su mejilla, cuando la abrazó antes de intentar dormir. Su alivio al verlo después del atentado…

Gelda escapaba de sus explicaciones e imponía sus propios términos en su agitado corazón que empezaba a hacerlo sentir más inexperto. Un crío enamorado.

Cerró la puerta de su habitación, recorrió el pasillo vació y escalera abajo encontró a su maestro junto al "pacificador", no había rastro de Estarossa y suponía, debía estar trabajando o evitando el campo minado que se había convertido su casa. Ambos hombres lo saludan, uno mucho más efusivo que el otro. Hay pequeñas palmaditas en su hombro que no lo desconciertan, a ese punto Cusack debe tener una idea del motivo de su escape. Lo que no está seguro, es que sepa asociarlo con Gelda.

-Tu hermano ha estado trabajando sin descanso desde anoche, a primera hora salió para reunirse con nuevos accionistas. Tu padre está tratando de adquirir recursos para exportar -Chandler a su lado se movía nerviosamente, como si estuviese ansioso.

-Mi padre te dijo -le afirmó al señor que lo había visto crecer. Seguramente tenía conocimiento de la nueva encomienda de traer al traidor de vuelta. Él asiente y esto lo que necesita.

Zeldris se alimenta de una serenidad que sabe camuflar su asco interno. Meliodas sigue siendo la sombra de la que no puede escapar. El recordatorio de su lugar dentro de la familia, detrás de la luz que irradia el primogénito. Mucho más atrás de las glorias que, en ocasiones, su padre le restriega para verlo colérico. Incluso Estarossa ha recibido un poco de eso, pero el alcohol en su organismo le impedía tomarlo en serio. A diferencia de la cordura de Zeldris martillando en su cabeza constantemente.

No podía culpa a Chandler por comportarse de esa forma al recibir la noticia, después de todo él convivió con su hermano todo su desarrollo antes del desenlace. Sabía que a él y Estarossa también los apreciaba, pero Meliodas era prácticamente su hijo de crianza. Algo como lo que Cusack le repetía constantemente.

-Me ausentaré un par de días -comentó indicándoles que no tenían necesidad de esperarlo- tendré mi teléfono disponible.

Giró sobre sus talones dispuesto a irse.

-Toma las decisiones correctas -se aventura a aconsejarle su maestro. Zeldris siente que Cusack está mucho más preocupado por descubrir que trama. Casi puede reír por el instinto protector que parece brotarle.

-Eso hago -musita. Eso hago.

De camino a su auto ojeó vagamente su maleta, abordó el auto y se despidió temporalmente de la enorme jaula de obsidiana en la que había vivido toda su vida. El camino estaba silencioso, no acostumbraba a escuchar música como lo hacía su hermano al coincidir. Coreaba un repertorio de canciones que jamás pensaría que él escuchaba. La última había sido Dark Horse, una escena bizarra que lo atormentaría toda la vida.

Se detiene para seguir con el resto de sus trabajos pendientes, asiste a las reuniones programadas. Almuerza con ejecutivos de corbatas presuntuosas y comentarios ingeniosos, que elogian su fácil desenvolvimiento. Intentan ver a través de su máscara de empresario con comentarios halagadores, quieren ver al niño inseguro.

-La comida sin duda, fue provechosa -comenta el emisario de la empresa de recursos que deseaban para exportar- esperamos reunirnos para finalizar el trivial papeleo, estaríamos hablando de la semana entrante.

Zeldris asiente y estrechan sus manos- bien, esperaremos la confirmación.

Los despide para revisar su siguiente compromiso. Entre la mensajería no escapa un pequeño texto que abre después de sentir la vacilación de sus dedos en un gesto de nerviosismo. Es una estupidez, no debería de sentirse emocionado por un simple mensaje de Gelda. Ni siquiera sabe el motivo.

-Come apropiadamente y buena suerte-

Muerde su boca, ya siente la mueca en forma de sonrisa brotar de sus labios. La reprime como puede, no debe permitirse ese gesto considerando que es un sitio público y el mínimo traspiés tiene más en juego de lo que desea arriesgar. En cuanto llega a su auto lo vuelve a leer, esta vez sin poder evitar la mueca. En la privacidad que le permite los vidrios oscuros, deja que los momentáneos sentimientos de añoranza por volver al departamento lo envuelvan. No ha pasado más que el medio día y quiere que termine para volver a verla.

-¿Qué me estás haciendo, Gelda? -susurra, el móvil entre sus dedos, distrayéndolo momentáneamente.

Seguramente, de estar con él sonreiría con esa belleza fantasmal que posee, le dejaría saber que eso es lo que quiere, que la acepte como ella ya ha aceptado sus sentimientos. Ciertamente no va a esperar por él toda la vida y Zeldris tampoco quiere posponerlo. Si se da la oportunidad, está seguro de que puede decírselo apropiadamente. Dejar de pensar en la gastada batería de réplicas con las que su padre les lavó el cerebro para dominarlos. Ser solo él controlando sus pasos y lo que haga con su vida.

El resto de su itinerario pasa irregularmente lento. Cuando finaliza, siente que ha terminado una jornada completa de toda una semana. Revisa la hora, tiene tiempo para una última parada que se escapa de su rutina programada. Se dirige hasta el hotel donde estuvo Gelda, necesitan estar a varios pasos adelante si quieren mantenerla a salvo. En el sitio lo espera una de sus "amistades". Personas a las que su padre a otorgado su gracia, por ser capaces de infiltrar información.

Galand, un hombre considerablemente alto vestido de rojo, levanta la copa en cuanto lo ve. El bar del hotel se encuentra considerablemente lleno, es favorable para ambos. No levantarían tanto revuelo. Su compañero tiene un aire desaliñado, como si el efecto de lo que ha consumido ha empezado a funcionar.

Zeldris toma asiento a su lado mientras ordena un trago. Gira un poco su rostro, de este modo Galand sabe que tiene su atención- ¿Qué tienes para mí?

-No te va a gustar. El día del evento parece que los accionistas del hotel que intentaron… -movió una de sus manos, las violaciones no eran un tema bueno para conversar- pagaron una fuerte suma a Izraf. El pago sobrepasa los siete millones, se suponía que la tendrían "rentada" por unos tres días aproximadamente. Su padre estaba recuperando ingresos. -se tomo su tiempo- están intentando poner más empresas en contra de tu padre.

-Una jugada de su calaña -comenta, la ironía lo hace lucir mucho más sombrío al apoyar el vaso en su boca y beber el líquido caliente que quema su garganta momentáneamente- me gusta ese tipo de movimientos, cuando pueden hundirse solos. Limpiar los restos es más sencillo.

Galand tararea divertido con la actitud de su jefe. En momentos como eso lo cree lo suficientemente temerario para despedazar entre sus dedos lo que sus ojos deseen. Ese silencio mortal. Parece considerar posibilidades que, está seguro, nadie más que él sabe. Arma en su cabeza cada nuevo movimiento. Considera a Estarossa diferente en ese aspecto, siempre tienen un aura homicida rodeándolo, una locura insana dentro de él. Como si se balanceara en una cuerda voluntariamente.

Eso le recuerda que debían reunirse, el resto de la sección en la que trabajaba para el señor Demonio decidieron que sería divertido pasar la noche en un hotel a un par de calles, inaugurarían el bar que tanto tiempo lleva mencionando Melascula. El único que se perdería la reunión sería Zeldris, lo invitó, pero había rechazado rápidamente la oferta. Lucía algo apresurado, como si tuviese algo mejor que hacer. Algo que obviamente, no compartió.

Realmente Zeldris si deseaba salir de ahí, siendo su última intervención laboral, podría finalmente llegar al departamento. Era algo tarde, por lo que suponía que cenaría solo antes de sentarse a repasar el resto del papeleo. Se suponía que finalmente le daría "caza" a su hermano, iría al día siguiente directamente al bar después de conocer su ubicación. Necesitaba armarse de una sensatez que no estaba seguro, estaría fácilmente disponible después de ver el rostro del traidor o el de Elizabeth…

El departamento que se consideraría como casa se alza después de conducir un considerable tiempo. Baja lo necesario y deja las cosas que no cree necesitar en la noche. Hasta ese punto evita escuchar el sonido de su corazón martilleando con alegría. Abre la puerta, luces tenues de la sala lo reciben. El sonido de la televisión contrarresta el de sus pasos cuando se acerca al marco, sus ojos ubican a Gelda apoyada con algunos almohadones rodeando su cuerpo. Los de ella devoran la película que pasa en la televisión. Sentimientos y Sensibilidad, una de las elecciones que se ajustan a su perfil.

Graba en su mente el cabello suelto que descansa en su lado izquierdo, su boca entreabierta conforme susurra los diálogos que se sabe, esos ojos vivos recrean su amor en las historias apasionadas. Toda ella perfecta ante sus ojos, rehaciendo los pedazos que alguna vez empezaron a despegarse cuando la encontró en ese hotel.

Empieza el espacio publicitario. Es ahí donde nota su presencia e instantáneamente, tal vez sea algo de inercia del momento, se levanta. Se miran inexpertos, Zeldris mucho más, siente que sus zapatos se han pegado al suelo. Gelda da el primer paso, sonríe con esa aura paciente. Sus dedos se entrelazan a los suyos.

-Bienvenido.

-Estoy… en casa -susurra avergonzado de decirlo. Su mueca parece divertirla, casi puede leerlo en sus traviesos ojos brillantes.

-¿Cómo estuvo tu día? -consulta, no parece un interés motivado por artimañas. Se ve genuinamente interesada por conocerlo- si quieres, podemos hablarlo mientras cenas, ordené algunas cosas. Espero que también te gusten, no sé… que podría hacerlo.

Zeldris siente sus orejas calientes- cualquier cosa está bien.

-¡Oh! -menciona de repente, parece recordar algo que la entusiasma un poco- hice mil hojas de philadelphia y fresas -tal vez, por el rostro que puso le dio a entender que no estaba entendiendo- es un postre. Tenía tiempo libre de sobra y la cocina de Estarossa tenía todo lo necesario. Aunque, si no te gusta lo dulce, no estás obligado.

Zeldris la observa. El rostro de una mujer hermosa, que se apaga ligeramente al creer que no será de su agrado lo que preparó. Él sería capaz de doblegarse a lo que ella deseara sin hacer algo de esfuerzo. Perfectamente consciente que encontró la perdición en la plaza de café de Edimburgo.

En cuanto sirve su porción de cena mientras la duda aún se vislumbra en el rostro femenino, le indica que desea probar el postre que mencionó, su incertidumbre se acentúa brevemente a pesar de aventurarse a la cocina para traerle el dulce. Las fresas se asoman entre cada capa de queso. Se asemeja un poco a los wafles, eso lo había probado cuando Cusack los hizo en un intento de animarlo a comer después de intoxicarse con el experimento que Meliodas llamaba comida.

-Gelda, tú lo hiciste -responde tratando de ser obvio. Espera que haya entendido que estaría dispuesto a probar lo que sea, incluso si tiene una destreza similar a su hermano.

Su perdición sonríe volviendo a lucir animada. Zeldris se pierde en esos momentos que comparten, disfrutando verla. Toma asiento a su lado, el vestido crea un par de ondas alrededor de sus muslos. No era vaporoso, pero le hace una bonita figura de campana.

Da una cucharada de evaluación. Tal vez después de unos segundos de disfrutar el sabor cremoso ha hecho una mueca que le causa gracia a Gelda, pues termina sonriendo melodiosamente.

-¿Te ha gustado, entonces?

-Algo -concede, consiguiendo aumentar considerablemente la felicidad en el rostro de ella.

-Me alegro de que así sea -se aventura a mirarlo con interés- puedo enseñarte a prepararlo si gustas.

Zeldris sonríe de forma arrogante- no es de familia cocinar bien, pierdes tu tiempo.

-No pierdo mi tiempo si lo invierto en ti.

Lo desarma con un par de palabras sinceras. A penas y se toma el tiempo de disfrutarlas cuando el contacto visual empieza a ser insuficiente y cree saber lo que ella necesita en ese momento, porque es algo que ha postergado. Esa electricidad que se alimenta de su cercanía y amenaza con consumirlo.

Es estúpido que su mente vuele en posibilidades ridículas de lo que podría salir mal. Sus dedos tiemblan un poco cuando Gelda se inclina, la altura no es tan diferente al encontrarse sentados, pero le saca algunos centímetros de igual forma. La sombra que proyecta al tener su frente apoyada con la suya seguramente le impedirá ver su rostro sonrojado. Y no sabe lo mucho que lo agradece. Recuerda a Estarossa burlándose después de que huyó de una niña que intentó besarlo, podía tener seis años. Sus memorias se hacen un remolino confuso de ideas, sabe que está nervioso, porque cuando siente finalmente los labios de Gelda sobre los suyos se encuentra en blanco. Toda idea se borra, solo puede pensar en el beso.

Gelda abre la boca y él no duda en seguir su ritmo. La caricia íntima es torpe de parte de ambos, se exploran con curiosidad y dejan que todo empiece a tomar forma en su pequeño mundo. A penas se separan en un lapso corto deciden aventurarse en el deseo por un beso más profundo. Zeldris rodea su lengua en esa ocasión; algo que a Gelda parece agradarle, puede deducirlo al tenerla cerca, sus manos sobre su caja torácica, sosteniéndose de sus botones. Describir sus sentimientos escapa de su posibilidad, solo puede concentrarse en la descarga de adrenalina desatándose por todo su cuerpo violentamente; es mucho menos racional conforme se tienen menos tacto, arde y ni siquiera sabe realmente lo que quiere. Solo más de Gelda. Ella emite un sonido ansioso.

Él decide terminar el beso, separándose hasta una distancia que no logre tentarlo. Sabe que podrían seguir, pero no le parece correcto. Seguramente sus hermanos se burlarían si lo vieran, Zeldris prefiere llevar la situación lo más maduro posible. El beso ha sido una experiencia intensa, de emociones fuertes. Necesitan procesarlo, no es seguir por hacerlo simplemente.

-Quiero que esto sea de la manera correcta -susurra, su tono de voz susurrando cerca. Le acaricia ligeramente el pómulo con una de sus ásperas manos. Es dulce a pesar de tacto, él la hace estar enamorada.

-Puedes… empezar pidiéndomelo apropiadamente -responde sonrojada.

Zeldris desvía la mirada avergonzado. ¿Pedírselo? ¿Qué debía decirle para que sonara bien, sin hacer el ridículo? ¿Quieres ser mi novia?, trillado, ¿Saldrías conmigo?, Estarossa lo usaba a menudo y no con fines adecuados. Entrecerró los ojos, tal vez si le hubiese servido un par de citas. Por lo menos no le temblarían las manos como la hacen, por más ridículo que suene. Está seguro de que es el más avergonzado de los dos. Gelda parece esperar con adoración sus palabras.

-Gelda ser, mi quieres… -abrió la boca antes de cerrarla abochornado. ¡¿Qué había sido eso?! El orden de sus palabras sonó a un niño de dos tratando de formular algo coherente.

La miró alarmado, pero ella lucía igual de paciente que al momento de decirle que esperaría por una respuesta. Gelda tenía esa aura relajante y calmada. Intentó nuevamente, pero no se atrevió a hablar. ¡Sí que lo estaba haciendo de maravilla!

Cerró los ojos, molesto consigo mismo. Su mano tomó la de Gelda antes de que lo meditara. Si no podría hablarlo, tendría que demostrarlo. La apoyó contra su pecho, el sonido irrealmente intranquilo de sus latidos. Eso era aún más trillado que pedírselo, pero no estaba para exigirse cuando prácticamente le había demostrado el gen imbécil de los hijos del señor Demonio.

Es lo mejor que puede hacer, antes de enredar otras tres palabras sencillas y convertirlas en todo un desafío.

Ella sonríe, le otorga una imagen para recordar- si quiero, incluso si no puedes pedirlo. Me lo has ofrecido de una manera que me llena mucho más -murmura, sus mejillas de un rosado lozano. Se ve viva y feliz.

La siente apoyar su cabeza en su hombro y no duda en rodearla con uno de sus brazos. No puede sentirse más ligero de lo que hace ahora, como si esa euforia momentánea del beso lo hiciera todo mucho más fácil.


Gelda duerme mucho más tranquila esa noche, rodeada del calor del recuerdo que sabe, perdurará un buen tiempo, el primer beso de ambos. Zeldris no comenta nada al respecto, su rubor lo delata un poco y ella prefiere que sea de esa forma. Ama sus significativos gestos y los recuerdos gratos que tiene a su lado. No puede estar más de acuerdo en su primer pensamiento cuando él le sonrió por primera vez. La hacía humana, ahora vive de un ensueño gratificante, una esperanza tenue que empieza a iluminarse más.

Su anhelo humano que besa su frente antes de dormir, llenándola de la seguridad que necesita para que, al dormir, sus sueños no se vean atormentados por las maquinaciones de un padre que se encuentra lejos, pero aún capaz de volverla a torturar.

Se apoya en Zeldris cuando finalmente abandona la conciencia. Y al despertar sin su calor, le regocija saber que se ha tomado el tiempo para dejarle una nota con todas las disposiciones que puede consentirse en ese departamento. Además de una significativa línea en sus últimas palabras.

"Deseo verte pronto".

Ella también lo hace.

A pesar de toda esa felicidad rodeándola, no escapa de la vista del espejo. Sus moretones están en su peor etapa, prometió revisarlo y eso haría. Incluso si lo que hace propicia su interés en algo que puede afectar lo poco que ha avanzado con él. Levanta el teléfono, susurra una plegaria a quien esté viéndola y pueda ayudarla. No demoran en contestar en la otra línea.

-¿Gelda, todo bien?

-No, necesito que vengas. Tengo algunas heridas…

-¡¿Qué?! Dime donde estás, voy enseguida -casi ha gritado esa oración, su voz suena realmente preocupada. Gelda muerde su boca, no se siente cómoda, pero es lo mejor que puede hacer. No debe asistir a un hospital donde puedan verla e informarle a Izraf, quien no dudaría en volver a arrastrarla de vuelta a Edimburgo.

-Solo que necesito que seas discreta. Prométeme que no vas a distribuir la localización que te daré -mira fijamente un punto de la habitación, apretando el teléfono.

-Puedes contar con mi silencio, pero dime donde estás…

-En uno de los departamentos de Estarossa.

El silencio se pronuncia por unos segundos antes de que la persona responda- entiendo, Meliodas no debe enterarse por ahora. Sin embargo, me es confuso todo esto. Espero que puedas aclarar algunas dudas.

-Seguro, mientras no afecten a terceros.

-Gelda… ¿has pensado en lo que te dije?

-Si Elizabeth, siempre lo hago. -musita, su rostro fijo en las viejas fotografías de la casa, donde el rostro de los tres hermanos la hace meditar si realmente puede confiar en ellos, en Meliodas- necesitamos conversarlo personalmente.

-Esta bien, voy para allá en seguida. Llevaré el botiquín.

Le agradece antes de colgar. Piensa en las decisiones que está tomando y los pasos que dará a partir de ellas. Está en el ojo del huracán.