"La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"
Y el escritor dijo: Hágase el computador.
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Nanatsu no Taizai no me pertenece, todo ello corresponde a Nakaba Suzuki. Como dije en mi proyecto anterior, utilizo a los personajes por mero placer a la escritura y los fines de recreación que esta pueda traer.
¡No puedo creer que esté en el capítulo 10! Estoy tan feliz y muy triste a la vez, solo quedan 5 capítulos para terminar y realmente amo dedicarle parte de mi tiempo a esta hermosa pareja, tienen una historia trágica, romántica y poética. Además de divertida, las personalidades de ambos son una buena dosis de ternura y risas.
Quiero agradecerles infinitamente por leerla, a pesar de que, actualizo cada vez que hay lluvias de estrellas o algún fenómeno extraño ocurra (risas) ¡Gracias por apoyarme! Sobre todo a Toral405 por su hermoso mensaje que me sacó una sonrisa. Solo me queda decirles que disfruten la lectura y nos vemos cuando se alineen nuevamente los planetas.
¿Hotel?
¡Zhivago!
La muerte es dócil a diferencia de estar vivo, cada bocanada de aire es una lucha continua. Con certeza, la primera vez que lo leyó en los grandes tomos de la biblioteca abandonada de su padre no fue capaz de comprenderlo. En ese entonces era solo una niña que trataba de escapar del dolor de la pérdida por medio de los libros. Años después, sintiendo otro tipo de tristeza en su desolado corazón encontró en la frase la realidad cruda. Vivir es difícil cuando se está mal. Cuantas veces no imploró al cielo cerrar sus ojos eterna y finalmente descansar, pero sabía en el fondo de su corazón que anhelaba seguir en el mundo porque creía que al vivir un infierno primero se estaría en paz al final. En algún momento ella lograría escapar.
Tuvo razón, semiconsciente en el piso del que llamó hogar, manchada en su propia sangre sus grilletes finalmente se rompieron. Su padre le otorgó la vía de escape que tanto deseó al golpearla con el cuchillo. Ella lo había desmantelado y antes de que llegara la policial él demostró seguir siendo el desgraciado que Gelda siempre pensó que era.
Vagamente logra recordar el sonido de las sirenas, los gritos de sus empleadas al verla y el movimiento de las llantas de la camilla. Todo sucedió tan rápido después de caer al suelo, como si la película de su vida ya no le perteneciera, como si estuviese viviendo sus últimos momentos. Quería aferrarse a la vida, porque ahora podría disfrutarla como deseaba, pero entre el mareo de la pérdida de sangre también deseaba dejarse llevar por la dócil canción arrulladora de la muerte, sería tan fácil cerrar los ojos…
De cualquier forma, se dijo, lo que le deparaba a futuro; lo que fuese, sería libertad.
Pensó en Estarossa, le hubiese gustado estar presente cuando le informaran que cumplió su promesa. Sacando la cadena de Izraf del conglomerado del sr. Demonio, él haría una caza del resto de traidores y con esa distracción Meliodas activaría la cláusula. A ese punto sabía que había depositado su confianza en la persona correcta. La última reunión que celebraron antes de que tomara la decisión suicida de regresar a su antiguo hogar sirvió para ver los golpes acertados que habían dado y lo poco que faltaba. No solo eso, fue gratificante recibir del asesor legal una copia del documento de transferencia de autoridad, Meliodas declinaría su posición y se la otorgaría a la persona que él creía competente para dirigir la empresa de su padre, Zeldris.
Verlo escrito y sabiendo que no podía retractarse después de firmarlo, con siete personas de testigos además de ella, terminó por darle la fuerza necesaria para enfrentarse a Izraf.
Gelda experimentó un extraño repaso en imágenes de su vida hasta llegar a sus memorias favoritas. Antes de perder la inconsciencia recordó el beso que Zeldris le había dado en el departamento de Estarossa, su agradable calor al abrazarla y su sonrisa inusual. Se entregó a la inconsciencia en paz. Incluso si él no la perdonó, le bastaba con saber que gracias a sus esfuerzos estaría bien.
La muerte no la reclamó ese día, a pesar de que su estado era grave y el tiempo de llegada al médico estuvo ligeramente atrasado por la prensa que deseaba captar los sucedido. No era una sorpresa que las noticias volaran rápido. De eso no recuerda nada, pero se enteró por la enfermera que la atendía amablemente. Ella le comentó que fue ingresada inmediatamente al pasillo que conducía a urgencias donde trataron la hemorragia, agregó que no demoró en tener donante, Elizabeth había acudido en cuanto se enteró acompañada de Meliodas, no sabe cómo lo logró, pero consiguieron no ser detectados por la prensa.
Estuvo inconsciente un par de días y al despertar sobresaltada por no lograr ubicarse fue interceptada por el personal médico que logró calmarla después de explicarle brevemente los detalles de su estadía. Gelda les agradeció infinitamente su labor y se comprometió mentalmente a donar en cuanto tuviese la posibilidad parte de su dinero a los fondos de recaudación de la institución.
No podía abandonar el lugar hasta el primer día de la semana siguiente ya que no les permitían la salida los fines de semana, tampoco estaba deseosa de abandonar el recinto. No sabía que hacer a pesar de esperar ese momento toda su vida. Seguramente debía iniciar por contratar servicios legales para estudiar la posibilidad de demandar a su padre, tomar todo el dinero al que nunca pudo acceder y comprar un departamento lejos del sitio donde vivió. Era un buen comienzo, se dijo con las lágrimas asomándose en sus ojos, se permitió llorar hasta sentir que drenaba la amargura. Ella era libre, podría disponer de sí misma.
El sábado en la mañana la enfermera le permitió ojear el periódico bajo la condición de que se lo devolvería a la mínima muestra de encontrarse afectada por su contenido. En cuanto lo abrió comprendió el motivo de esas palabras. La portada la encabezaba una enorme foto de su padre mientras era conducido a prisión, dentro del texto se alcanzaba a leer que enfrentaría cargos por intento de homicidio y que su hija se encontraba delicada en el hospital. También tenía una columna del sr. Demonio, sobre el sorpresivo descenso de la empresa y lo que parecía ser el inminente punto sin retorno. Al parecer, la caza de traidores estaba rindiendo sus frutos.
-¿Puedo decirle algo? -consultó la enfermera.
-Por supuesto -agregó Gelda.
-Me alegra que pueda sonreír a pesar de todo lo que ha pasado, es usted una mujer asombrosa -elogió sonriendo- no debe preocuparse por su padre, él enfrentará la justicia sin la posibilidad de volver a hacerle daño.
-Gracias -secundó el gesto, se sentía tranquila sabiendo que no vería la luz que tanto la privó de observar. La libertad que él le prohibió se revertía en su contra.
Devolvió el periódico siendo consciente por primera vez de los obsequios que descansaban en un pequeño mueble donde tenían sus medicamentos. Un par de peluches, algunos globos y tarjetas. ¿Tuvo visitas? Seguramente su confusión fue notada por su acompañante, extendió los sobres para que los tomara.
-Es una persona muy querida -le aseguró- sus amistades me pidieron que les permitiera dejarle los regalos para que los viera en cuanto despertaba. No se les permitió la visita hasta que usted estuviera más estable, por lo que, no dude en pensar que estarán presentes para el día de hoy, se le notificó a su donante su condición esta mañana.
-Se lo agradezco, no tenía que tomar tales molestias, pero su disposición es un gesto muy amable -transmitió honestidad en sus palabras, ya no debía tener esa máscara que usó en el pasado, podía reír y nadie la castigaría por su comportamiento inapropiado.
-No ha sido nada, siéntete libre de leerlas -agregó antes de retirarse, seguramente atendería a otros pacientes con la misma vocación que emanaba.
Los sobres poseían diferentes letras y colores, dedujo rápidamente el que pertenecía a Meliodas, reconocería su caligrafía a pesar del poco tiempo de verla; no olvidaría el gesto del documento donde renunciaba a su posición.
"¡Hola! Para cuando leas esto te alegrará saber que mi padre terminó de desconectar la red de exportación, queda muy poco gracias a ti. Nunca podré agradecerte lo que has hecho por mis hermanos y por mí. No quiero que te preocupes por nada más que no sea mejorar, me ocuparé de todo lo que necesites. Además, aún te debo esa cerveza artesanal que te prometí el último día que nos vimos. Ya te explicaré el resto en cuanto nos veamos.
Mejórate. Cuando puedas recibir visitas estaremos gustosos de hacerte compañía."
El rubio tabernero logró sacarle una sonrisa jovial, se sentía ligera teniendo personas como él que con su disposición le demostraron que podías intentar mejorar como persona. Erró en el pasado, pero intentaba redimirse y eso, comprendía, era lo que se debía hacer. No se es perfecto, pero se actúa a mejor.
La siguiente carta era una nota de sus empleadas y sus deseos de pronta mejoría, descubrió que estaba firmada por todos los trabajadores de su hogar. También recibió una de Elizabeth, a quién tenía en alta estima, sobre todo porque sabía que ella había acudido rápidamente a donar la sangre para sus transfusiones. La última, de un sencillo sobre blanco y con unas letras que denotaban la poca edad que poseían, pertenecía a los niños del evento de caridad, un pequeño dibujo acompañaba sus buenos deseos.
Los globos y peluches eran de las pocas amistades que cultivó en sus años educativos. Se mostró conmovida por todos los obsequios e intentó acomodarlos como pudo para que los viera al estar acostada.
No se le hizo difícil recuperar el sueño, puesto que parecía que al mínimo esfuerzo su cuerpo se sentía cansado. Así que la hora de la visita llegó rápido, descubriendo que Meliodas y Elizabeth cumplieron su promesa de visitarla.
-¿Cómo te encuentras? -musitó la joven albina en cuanto puso un pie dentro de la habitación, a su lado su pareja le extendió una sonrisa que Gelda acompañó.
-Mejor -respondió antes de extender su mano a Elizabeth, quien no dudó en tomarla- estoy profundamente agradecida por lo que hiciste.
-No ha sido nada, si está dentro de mis posibilidades ayudarte no dudes en que lo haré, eres una preciada amistad -su tono de voz algo quebrado por las emociones que empezaban a surgir en ella, la hija de la Diosa era una persona sentimental.
-Meliodas -llamó al otro visitante- de igual manera me siento respecto a ti. Gracias por estar presente.
-Eres de la familia Gelda -rió encantadoramente- cuidamos a nuestra familia.
-¿Cómo… está todo actualmente? -les preguntó después de un tiempo, estaba ansiosa por enterarse de los últimos acontecimientos.
-Bueno, los accionistas de mi padre no están conformes con lo que está pasando y algunos han intentado revelarse, como sabrás mi padre no tolera actos de esa calibre -Meliodas dejó que sus ojos vagaran en el techo mientras buscaba las palabras adecuadas- se fragmentó la unidad y sin cadena de exportación no están ingresando los mismo activos que antes. Ya no queda nada más que hacer que presentar la cláusula -la miró- tu nos diste la llave que necesitábamos a pesar de no ser partidario de que te expusieras… Gelda, mis hermanos estarán libre, si todo sale de acuerdo a lo planeado, esta semana que está por iniciar.
-Me siento a gusto escuchándolo -aprobó con una sonrisa, si sus acciones habían servido para llegar hasta ese punto, valieron la pena- ¿sabes algo de ellos?
-Estarossa… estuvo en mi casa -reveló sin estar plenamente convencido, era información que afectaba la tranquilidad de Gelda, lo notaba en sus ojos y manos apretadas- sabe lo que haré y aunque desconfía todavía parecía satisfecho, me dijo que si llegaba a cumplir lo que decía el documento podría volver a verme sin querer desgraciarse en mi vida. No espero que me perdone de la noche a la mañana, así que… -sus labios se extendieron en una sonrisa comprensiva- es más de lo que merezco.
-Zeldris, ¿él está bien? -preguntó Gelda anticipadamente, su corazón latía apresurado. Nada de lo que estaba pasando le era beneficioso al joven verdugo, no hasta que sacaran al sr. Demonio de la empresa.
-Mi padre lo está presionando para que revierta el daño, así que… no está en un buen momento, intento por todos los medios que esto pase rápido.
Ella asintió repetidas veces preocupada. Era lo esperado, nadie daría su brazo a torcer tan fácilmente por lo que ambos lados estaban jalando en direcciones opuestas. Sabía que lo que hacían era lo correcto, pero no dejaba de sentir amargura producto del daño que recibía el verdugo.
Todavía al finalizar la visita tenía esas punzadas de remordimiento. Le fue difícil conciliar el sueño esa noche, cuando el hospital estaba en calma y las voces de las enfermeras no resonaban en los pasillos; pensó en sus sentimientos con respecto a Zeldris, estaban tan firmes como el día que los descubrió, a pesar de las circunstancias. Se alegró de saber que no se trataba de algo pasajero, ella estaba realmente enamorada; con la profundidad para querer su bienestar, con la osadía de poner su integridad en peligro. Aunque eso último hubiese sido recriminado por él de no estar enojado.
Sonrió al pensar en sus regaños, su severa orden de no volver a cometer un acto de ese calibre. Probablemente ella intentaría calmarlo, sabe que le afecta que lo mire detenidamente por mucho tiempo, él se tranquilizaría… tal vez conseguiría un beso de confort.
Mordió la parte interna de su boca antes de limpiar las lágrimas que sin saber ya estaban deslizándose por sus mejillas.
Durmió un par de horas hasta las siete, cuando los pacientes eran despertados para tomar el desayuno a tiempo. Era su última mañana en el recinto, a esa misma hora del día siguiente saldría si todo estaba en orden. Agradeció por los alimentos y recibió el periódico con las mismas indicaciones, en esa ocasión la plana estaba reemplazada por otra noticia de gran impacto. Se especulaba la quiebra de la empresa de la Diosa, los motivos eran desconocidos, pero Gelda sabía que se trataba de la otra parte del plan de Meliodas, ese que estaba relacionado a los hermanos de Elizabeth.
No tenía pleno conocimiento, pero esperaba que fuese más sencillo que los últimos pataleos del Sr. Demonio en su negación.
El día se hizo lento, después de todo no tenía nada más que hacer. La programación de la televisión no era de su gusto, ver la ventana era agotador y ya no estaba cansada; le dolían las heridas lo normal, pero incluso el dolor tampoco fue un distractor. Trató de recordar memorias agradables, pero al ser muy pocas el tiempo siguió su lento curso. Seguramente esa desesperación al estar recostada terminó por agotarla mentalmente, no supo en que momento, pero consiguió quedarse dormida por lo menos hasta el mediodía.
Para su fortuna la enfermera que la estuvo atendiendo la ocupó al igual que los médicos, retiraron paquetes de gasas y realizaron una curación superficial. El daño interno ya estaba cocido.
Cuando llegó la tarde no esperaba visitas, ya que le pidió amablemente a Meliodas que no se agotara acompañándola cuando necesitaba ocupar sus esfuerzos en activar la cláusula. Por otro lado, Elizabeth, con lo que llegó a enterarse en el periódico de la mañana, debía centrar su atención en la empresa de su madre.
Se concentró en intentar dormir antes de escuchar una voz conocida.
-Estás completamente loca -anunció provocando que Gelda se moviera bruscamente al escucharlo- quédate quieta, ya suficiente tienes con lo que te ha pasado.
-Estarossa -musitó con sentimientos encontrados, verlo caminar en su dirección hasta ocupar la silla de visitantes hizo que su corazón empezara a latir esperanzado.
-Que no te sorprenda verme -rió altaneramente, ese deje de locura en sus cansadas palabras. Todo él lucía agotado- ¿No dijiste que tus acciones me convencerían? Hasta ahora solo compruebo que no somos muy diferentes, ambos perdimos todo sentido de cordura.
Gelda se tomó su tiempo antes de volver a hablar- es una posibilidad, probablemente he sucumbido ante la locura. Pero, si te puedo asegurar que incluso sin lucidez no me arrepiento, vuestro bienestar es mi victoria…
Antes de poder seguir, incluso de volver a llorar, Estarossa la envolvió en sus grandes brazos. El hombre loco, el hijo desquiciado; el joven roto temblaba ante el tacto que él mismo provocó. Como pudo le devolvió el gesto, deslizando las manos para rodear su cuello, ella se sintió agradecida con su muestra de afecto.
-Todo esto terminará pronto -anunció Gelda dulcemente, una de sus manos acariciaba el cabello color plata- cuando lo haga, tu podrás sentir la misma libertad que yo disfruto. Incluso si me odias, seguirás teniendo en mí una persona dispuesta a ayudarte. Tu me salvaste cuando lo necesité, es momento de retribuirte el favor.
Una sonrisa débil asomó en su boca- Si… logras perdonarme, Estarossa, si aún puedes tolerar mi presencia, me gustaría que llegado el momento de sanar te permitas tomar terapias conmigo. Debemos expulsar el veneno que tanto intentó consumirnos.
Él se separó para observarla, sonreía cansado- ¿Estás empecinada en convencerme de tus nobles intenciones, cierto?
-Por supuesto -le aseguró devolviendo el gesto. Nunca se había sentido tan cercana a él como en ese momento.
Estarossa negó con diversión- todo queda en manos de Meliodas, Gelda. Si él cumple lo pactado, volveremos a ser los mejores amigos del pasado -torció perversamente su sonrisa, semejante a la primera vez que se conocieron.
Se sintió tan afortunada de escuchar esas palabras que no pudo evitar sonreír plenamente terminando por contagiarlo de su humor honesto.
-Hasta entonces, mantenlo informado de tu ubicación -sugirió antes de irse, el tiempo de visita había pasado rápido- necesitaré ubicarte si todo resulta.
-¡Espera! -pidió- ¿él está bien?
-No puedo creerlo, pareces un queso y te preocupan todos menos tú -amenizó su comentario burlesco con una sonora carcajada- no lo está, pero lo estará. Todos podremos respirar de deshacernos del viejo que tenemos por padre.
-Cuida que descanse, que coma, por favor…
Estarossa rodó los ojos- las prioridades de una mujer enferma~ si, si, veré que el niño se acuerde de cumplir con sus necesidades básicas. Incluso lo arrojaré a la tina si no quiere bañarse.
Gelda sonrió antes de despedirlo agitando suavemente una de sus manos. Hablar con él, saber que seguía conservando ese brillo de esperanza que notó cuando se vieron por última vez en malos términos le hizo sentir agradecida. Le estaba brindando la oportunidad de volver a verla con esos ojos llenos de travesuras y locuras carismáticas; con esa compasión que no sabía que tenía, pero demostró al tenderle la mano.
No rechazó su oferta de acudir a terapia.
Pudo dormir más tranquila. Tenía que descansar apropiadamente para salir, por órdenes médicas pasaría un par de días en su casa antes de pensar en mudarse. En ese tiempo tomaría los fondos de su cuenta a la que nunca pudo acceder y empezaría a armar un presupuesto para mantenerse, seguiría la demanda y luego, vería los retazos de la empresa de Izraf, una que seguramente sería vendida después de lo ocurrido, ella tampoco deseaba cargar con el peso del pasado. Siempre quiso ser asesora, pero no de algo que guardase relación con su padre.
-Buenos días Gelda, ¿Lista para salir? -anunció la enfermera sonriendo jovial.
-Por supuesto -musitó adormilada, con alegría renovada al tener un plan que seguir para la vida que le pertenecía.
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Zeldris nunca pensó que llegaría el día en el que lograra sentirse peor que de costumbre. Sin embargo, la vida parecía reacia a dejar de escupirle a la cara. Rápidamente descubrió que nada se comparaba a la crucial semana por la que pasó, cuando el comportamiento de su padre se convirtió en una paranoia. Lo mantuvo presionado, desesperado por el regreso de Meliodas, gritó a la mínima incluso si su trabajo estaba bien, le faltó poco para volver a golpearlo; cada ocasión en las que rendía su informe vio como levantaba su bastón maldiciendo su ineptitud.
Estarossa estuvo ausente el mayor tiempo posible, pero cada vez que alcanzó a intercambiar palabras con él notó su intranquilidad. Después de la noticia de Gelda no bromeó como solía hacerlo a pesar de lo mal que pudiese encontrarse, se limitó a existir en un silencio perturbador. Zeldris tampoco tuvo el ánimo suficiente para conversar, se distanciaron; cada quien empezó a hundirse un poco más sin la ayuda del otro; como fuese, en el pasado por lo menos se encubrían.
Tampoco pudo lucir igual sabiendo que la mujer que aún quería estaba hospitalizada por su osadía. Quiso arrancarse los sentimientos que se negaban a abandonarlo, ella lo traicionó justo con la persona que lo hizo primero. Todavía conservaba su orgullo herido, como recordatorio de las fallas de su hermano mayor. Esa mentira de salvarlos era un camuflaje para poder ser libre, él nunca los vio como familia…
Los volvería a traicionar.
El domingo en la noche Estarossa se apareció en la biblioteca, Zeldris miró en su dirección en cuanto el sonido de la puerta interrumpió el silencio, el rostro de su hermano era inusual. No sabía si definirlo como alivio, esperanza o desesperación. Cualquiera que fuese el caso desconocía el motivo.
-Fui al hospital.
El menor de la familia no dejó ver ninguna emoción, apenas y una mirada antes de seguir sus documentos.
-Si eso es todo lo que tienes que decir, cierra la puerta al salir -manifestó, su falsa atención en el siguiente papel por leer. Podría intentar mentirle a Estarossa, pero no a sí mismo. Apretaba el bolígrafo con fuerza, tratando de concentrarse en ello y no las ganas que tenía de abrir la boca y preguntar el estado de Gelda.
-Mentías mejor en el pasado, Zel -rió con ocurrencia su hermano- pero no te culpo, ni siquiera sé si fue buena idea ir, ya sabes, dicen que las mentiras son más fáciles de creer por medio de la lástima. Y ella sí que lo consigue luciendo tan mal.
El corazón de Zeldris dio un doloroso latido. Siendo el hijo más controlado de los tres le sorprendió que su boca ignorara la obligación de permanecer cerrada- ¿Por qué me cuentas todo esto?
-Esta semana sabremos si se trata de una mentira -dijo mientras se conducía a la salida- solo pienso en lo arrepentido que estaré de creerla una mala persona.
Hablar con su segundo hermano, desde que tenía memoria, era abstenerse a los comentarios llenos de sarcasmo como ese; sin embargo, Zeldris quiso levantarse para exigirle que hablara sin ese doble sentido innecesario. Odiaba creer que confiaba aún en Gelda, porque de alguna manera le afectaba. Después de todo, la percepción de Estarossa en muy pocas ocasiones fallaba, era bueno observando.
Si ella hubiese actuado en su favor y su hermano en verdad quería liberarlos de su padre como él decía, enmendar su error, ¿Qué haría él? No le sería fácil olvidar lo que hizo en el pasado, le costaría perdonarlo; pero sabía, en el fondo, que no podría pasar por alto su acto.
Pensó en Gelda, la osadía de sus actos y las consecuencias de ellos. Mientras frotaba el puente de su nariz estresado, reconoció que con ella sería todo más sencillo. No tendría que perdonarla, arriesgar su vida por él ya suponía más redención de la que necesitaba. Si fuese real su apoyo en una causa que los liberara, no demoraría en postrarse devoto. Se encargaría de compensarlo con todas las formas existentes.
Odiaba las palabras de Estarossa, la confusión que sembró en él.
Continuó con el papeleo por unas horas y producto del cansancio terminó durmiendo lo que quedaba de la madrugada apoyado incómodamente en el escritorio. Cusack lo despertó, lucía apenado, pero Zeldris le restó importancia incorporándose inmediatamente. Debía parecer tan agotado como lo estaba.
-Puedes descansar en tu cama aún te queda algo de tiempo…
-No, es mejor así -movió circularmente su cabeza, le dolía el cuerpo- debo estar a tiempo para la reunión.
-Necesitas descansar…
Zeldris negó dando por terminada la conversación, salió de la habitación para desayunar siendo seguido de cerca por su tutor. No pasó a cambiarse de ropa porque creía que era mejor no postergar la comida. Además, después de reposar no contaría con más tiempo, tenía que alistarse y partir, las reuniones se hacían a horarios matutinos.
Desayunó solo, su hermano sorpresivamente se levantó mucho más temprano y había salido sin dar explicaciones.
Con el ánimo que no tenía terminó de cumplir su rutina, tomando algunos minutos de más apoyado en la manilla de la regadera, dejando que el agua fría mitigara el dolor; escogió vestir de negro en su totalidad, ajustándose una corbata roja frente al espejo. La imagen del hombre cansado de estar en pie se le hizo repugnante. No era el verdugo calculador, solo un copia de sí mismo mal calcada.
Sin desear postergar lo inevitable tomó sus pertenencias depositándolas en el auto antes de salir. El viaje se hizo rápido, a pesar del tráfico y los semáforos que le tocó esperar. Reconoció el auto de su hermano aparcado en su lugar designado, se le hizo confuso, después de todo no era acostumbrado que Estarossa participara de las reuniones. Tenía voz y voto si, pero todo se había resumido en la voluntad de su padre.
El consejo se reunió con todos los miembros en su totalidad. Incluso su padre parecía inquieto al verlos. Zeldris sintió la atmósfera sospechosa, en cuando se inició la orden del día mantuvo su observación en cada una de las personas presentes. Algo no estaba bien, la forma en la que parecían esperar algún punto que aún no se decía lo alertó, ¿acaso…?
-La última moción del día, se someterá a votación la cláusula de retiro presidencial.
Zeldris abrió los ojos sorprendido. Dirigió sus pupilas a su hermano, Estarossa le devolvió el gesto sereno, él estaba informado. ¡Él sabía que sería el lunes! La molestia se dejó ver en sus ojos, ¡¿Acaso lo traicionaría también?!
-¡¿Cómo se atreven a someter a votación mi posición?! -rugió la voz de su padre, la imponente figura que se incorporaba violentamente- malditos malagradecidos… ¡ustedes…!
El ruido de la puerta hizo girar a todos los presentes, Meliodas sostenía algunas carpetas en sus manos, seguramente el contenido de ellas tenía relación con lo antes propuesto. Su padre se alegró al verlo, sin embargo, el rostro de su hermano manifestaba la misma frialdad que en el pasado, antes de la traición.
-Hijo, al fin estás de vuelta.
-El primer documento que presentaré es la constancia de que no se me ha revocado el derecho a voto -miró a su progenitor- mi voto es a favor.
-¡Meliodas, cómo te atreves a hacerme esto! -manifestó el Sr. Demonio luciendo sorprendido.
-Mi voto es a favor -resonó la voz de Estarossa desde la posición que ocupaba.
Zeldris sintió sus manos temblar. Su padre lo tomó violentamente de la camisa tratando de perforar su alma con su furia. Estaba enojado a un punto irreconocible, no faltaría poco para que intentara reventarle la boca a bastonazos. Sabía que su voto aseguraba que el resto de los miembros terminaran de hundirlo. Su intención era clara, recordarle por medio de la violencia que estaba bajo su poder, ver a sus ojos significaba traer de su memoria cada golpe propinado. Después de todo era el hijo menor, el manipulable; sería imposible que se revelara.
-Él no es tu dueño -resonó la voz de Meliodas.
No, no lo era.
La libertad estaba frente a sus ojos, casi podía rozarla con los dedos. Quería cerrar su mente a los pensamientos contradictorios. No podía confiar en su hermano, no quería hacerlo. No quería más esperanzas vanas de salir del problema sin que este volviera para arrastrarlo a la locura. Pero su padre, nada bueno le esperaría, solo la muerte de tomar represalias por algo que no había hecho.
-No te atrevas mocoso inútil -la voz de su padre era un lejano murmullo. Era una amenaza, sin embargo, él no podía sentirlo como tal, la desesperación lo mareaba- eres un estúpido si crees que puedes traicionarme, ¿Qué crees que hará tu hermano? -susurró- va a apuñalarlos cuando se confíen. Si se te ocurre siquiera pensar en votar a favor, no imaginas lo que haré contigo y esa perra que quieres, la hija prostituta de Izraf, preferirá estar muerta.
La alusión lo devolvió a la realidad, se apoderó de él la ira reprimida que nunca pudo demostrar. Una de sus manos agarró la de su padre, ejercía presión sin llegar a lastimarlo.
Siempre supo que Gelda sería su perdición. Zeldris dejó de escuchar sus pensamientos confusos suprimidos por el bienestar que necesitaba asegurarle a ella, a pesar de las circunstancias que lo mantenían distante. Incluso si votaba en contra su padre parecía más que dispuesto a hacerle daño como un modo de dejar constancia, seguramente lo culparía diciendo que había sido su error, su hijo necesitaba un correa que lo sujetara.
Odió tener una respuesta, iba a arrepentirse de lo que estaba por hacer. En cuanto sacaran al Sr. Demonio de la empresa que él fundó, Meliodas volvería a cometer los mismos actos que marcaron su pasado. Él no cedería su posición de primogénito privilegiado, los apuñalaría a la menor oportunidad.
Miró a Estarossa, este asintió ligeramente. Se veía tan decidido, una actitud distante al alcoholismo en el que se sumergió. Él también deseaba libertad, lo veía en sus ojos, en la forma en que sus gestos alentaban la respuesta que sabía, daría. Ambos se conocían lo suficiente. Incluso si no escuchó lo que su padre dijo, debía tener una idea, después de todo nada alteraba al verdugo del sr. Demonio hasta que, por su propia mano, cayó bajo la mujer de la tentación.
-Mi voto es a favor.
