OJOS AZULES | Romione AU

El clima promete ser bueno esa tarde, dicen ellos con alegría mientras bajan del auto y se meten en la casa de tres pisos. Sin embargo, cuando salen de sus lugares, varios minutos después, con la intención de disfrutar del mar y el sol, se dan con la ingrata sorpresa de que las nubes grises cubren el cielo en su totalidad y que una tormenta se asoma por el horizonte.

Regresan a casa, enfurruñados, y se contentan con encender la radio y abrir un par de botellas de cerveza. Su primer día de vacaciones empieza mal, muy mal, aunque ninguno quiere ser pesimista y decirlo en voz alta. Solo beben y hablan hasta que la tormenta alcanza su pedazo de costa y es imposible continuar con la conversación.

Hermione comparte habitación con Pansy. Cuando se lo propusieron, no le pareció una idea desagradable, pero ahora, cuando los truenos revientan en el cielo y la luz de los relámpagos se cuela por la ventana, iluminando la habitación, se arrepiente de haber aceptado. Pansy tiembla de miedo bajo las sábanas y aunque Hermione quiere ignorarlo e irse a dormir —o al menos intentarlo—, no puede.

—Pansy —llama en voz alta, para hacerse escuchar por encima de la tormenta—, ven aquí.

Ella no demora en quitarse las sábanas y saltar a su cama, por lo que Hermione piensa que ha estado esperando que eso suceda. Suelta un hondo suspiro mientras se pega a la pared para dejarle espacio a su amiga.

Espera que Pansy se quede en su sitio e intente dormir, pero no lo hace. Pansy se da la vuelta y la mira con ojos muy abiertos.

—¿Lo escuchas?

—Claro. No estoy sorda.

—No, no. ¿Escuchas esas voces? —pregunta Pansy con un dejo de miedo.

Hermione se preocupa de inmediato e intenta encontrar las voces de la que Pansy habla, lista para levantarse y dar el grito a sus amigos, lista para alertar al resto de que alguien se ha metido —o intenta meterse— en la casa. Pero pasados unos segundos, dónde solo se oye el ruido de la lluvia y los truenos, se da cuenta que no hay nadie.

Pero no puede descartar las sospechas de Pansy tan fácilmente.

—¿Qué voces? —inquiere con preocupación.

—Están cantando —responde Pansy muy pálida.

—¿Qué?

—Están cantando. ¿No las escuchas?

Quiere gritarle que es una estúpida por asustarla y por hacerle pensar que tenían problemas serios, pero respira hondo y cierra los ojos. Ella se ha bebido la extraña combinación que Draco hizo con el alcohol, así que es lógico que se encuentre borracha y hablando incoherencias.

—Buenas noches, Pansy.

Le da la espalda después de decir esas palabras y la ignora por el resto de la noche, haciendo oídos sordos a sus tontas advertencias y a sus estúpidos intentos de convencerla de que alguien está cantando fuera. Se siente un poco mal por hacerlo, pero cuando oye que el mar está repleto de sirenas cantarinas y bestias gigantes, se da cuenta que lo mejor es fingir que está dormida.

Pansy se calla un tiempo después y Hermione considera injusto que sea ella la primera en ceder al sueño, pero pronto sus parpados se hacen pesados, su mente se relaja y se queda profundamente dormida.

El sol amanece de lo más imponente en el cielo la mañana siguiente. Los muchachos lo agradecen y, una vez terminado el desayuno, se ponen sus trajes de baño y se lanzan al mar. Pansy continúa aterrorizada, aunque no explica las razones y Hermione tampoco las divulga, pero agradece muy en su interior que no quiera meterse al agua. Sabe que, si su amiga la acompaña, no dejará de decir que hay bichos extraños allí para intentar asustarlos con sus tonterías.

Draco y Astoria se van por su lado, Blaise y Theo tienen pensado pescar desde el pequeño muelle, Daphne se refugia junto a Pansy bajo la enorme sombrilla, alegando que no le gusta demasiado el sol. Eso deja a Hermione completamente sola, pero no lo lamenta demasiado. A veces, prefiere tenerse como única compañía.

Se mete en el agua y nada por un rato larguísimo, olvidándose de todo. Solo son el mar, Hermione y la brisa que arrastra todos sus agobiantes pensamientos.

Hasta que sus fuerzas se agotan y nada a la orilla. Es entonces cuando nota que un muchacho pelirrojo está apiñado en una de las enormes rocas fangosas, mirándola con mucha curiosidad. Sus miradas se cruzan y, después de unos segundos de silenciosa indecisión, Hermione va hacia donde está él.

Le gusta hacer nuevos amigos.

—Hola —dice cuando está lo suficientemente cerca de él.

El muchacho sonríe de oreja a oreja y dos hoyuelos aparecen en sus mejillas cubiertas de pecas. El cabello mojado le cae por encima del rostro, aunque no alcanza a cubrir por completo sus ojos. Sus ojos son de un azul tan intenso que Hermione piensa que está mirando al océano.

—Hola —responde él, sacándola de sus pensamientos. Tiene una linda voz.

Se sonroja de repente. Lo ha estado mirando demasiado y sabe que él lo ha notado, aunque no parece molesto. Eso la haría sentir mejor si no estuviera muriéndose de vergüenza.

—Me llamo Ron. ¿Cuál es tu nombre?

Hermione traga saliva y se hunde un poco en el agua, hasta casi cubrirse los hombros.

No le molestaría ahora que alguna de las bestias de las que Pansy habló la arrastrara hasta las profundidades del mar con alguno de sus tentáculos gigantes.

—Her-Hermione —tartamudea—. Es un gusto, Ron.

—Para mí también —responde Ron, sonriendo otra vez—. Es la primera vez que veo tu rostro por aquí… ¿Estás de visita?

—Vine con unos amigos, sí… Estamos de vacaciones. ¿Y tú, vives aquí?

—Por supuesto, aunque se hace muy aburrido con el tiempo. Me gustaría salir de vez en cuando. ¿Tú te estás divirtiendo?

Hermione no sabe que responder con exactitud. Llegó ayer y su primer día fue muy aburrido, aunque hoy el clima es perfecto y ella se siente mucho mejor después de haber pasado la mitad de la mañana nadando.

—Sí… es un lugar bonito.

Los ojos de Ron brillan de emoción.

—Precioso. Espero que también hayas disfrutado de la tormenta, fue todo un espectáculo.

Asiente con lentitud y la sonrisa en el rostro de Ron se ensancha. No está mintiendo por completo, es cierto que habría preferido que no lloviera y disfrutar del día como estaba planeado, pero tampoco puede decir que no fue una experiencia emocionante. Le gustó, aunque está segura de que le habría gustado más si no hubiera tenido que aguantar los desvaríos de Pansy durante gran parte de la noche.

—Lo fue —responde Hermione.

Ron trepa un poco más sobre las rocas para mirarla mejor. No deja de sonreír en ningún instante, lo que hace que Hermione se pregunte si no le duele el rostro por mantener el gesto durante tanto tiempo.

Sus ojos bajan por su cuerpo sin que pueda evitarlo y se da cuenta que Ron está cubierto de pecas. Descienden por su cuello, su torso desnudo y sus pálidos brazos. Hermione tampoco puede evitar notar las cicatrices blanquecinas que tiene en ambos lados del cuello, son extrañas, pero ahoga su curiosidad. No quiere ser descortés con ese simpático desconocido.

—Eres bonita —dice Ron en un susurro.

En otras circunstancias, habría considerado aterrador ese comentario venido de un extraño. Pero ese día no, de hecho, le gusta que Ron piense que es bonita, porque ella, Hermione, piensa lo mismo de él.

Aunque no consigue decidirse. No sabe si le gusta más su sonrisa con hoyuelos, su rostro cubierto de pecas o sus ojos de océano.

—También lo eres —responde Hermione.

El rostro de Ron se ilumina de felicidad, casi como si los rayos del sol estuvieran siendo reflejados por su piel lechosa. Es una vista tan encantadora, tan mágica, que Hermione extiende un brazo hacia él, solo para comprobar que es real.

Y lo es. Su mano toca la pálida y húmeda piel de las mejillas de Ron.

Él, para su sorpresa, no se aleja.

Ron recibe el tacto con una sonrisa que hace danzar a las mariposas —o cualquiera de los insectos que usara Astoria para sus metáforas románticas y ridículas— que habitan en su interior.

Y es entonces cuando oye ese canto hechizante y melodioso que la mese como si estuviera en un bote, navegando en aguas dóciles y poco profundas.

Ron toma su mano con suavidad y suspira. Se encuentra nuevamente con sus ojos azules, mucho más brillantes que antes.

—Me están llamando —dice él con voz triste.

Hermione no quiere que se vaya.

—¿Quién?

—Mis amigos.

Él mira hacia el fondo del mar y Hermione lo imita. A casi treinta metros de distancia, en el agua, asoman dos cabezas. Uno tiene el cabello oscuro y la otra el cabello largo y rojo, igual que Ron.

Los dos levantan los brazos y hacen grandes señas en su dirección.

—Tengo que irme —susurra Ron, aun sosteniendo su mano.

—¿Dónde?

Ron no le responde, solo sonríe y desliza sus labios hacia un lado. Besa la palma de su mano con cuidado y Hermione siente a un extraño calor extendiéndose por su pecho.

—Me encantó conocerte, Hermione —dice él muy bajito—. Espero verte otra vez.

—Me encantaría —responde ella.

Se miran, por lo que parece ser una eternidad, y luego Ron suelta su mano, le sonríe, se aleja de la roca y se mete al mar.

Vislumbra una larga cola rojiza en las aguas saladas y una risa inconsciente escapa de sus labios.

Pansy no está tan loca como cree.