1. Miedo.
Si algo amaba ella es el aroma de los libros, nuevos y viejos tienen un encanto especial. Recorría con cautela cada uno de los pasillos de aquella suntuosa biblioteca, que ya conocía a la perfección, inundando sus pulmones de aquel aroma a conocimiento, a mundos insospechados, a historias que evocan recuerdos.
Llegó al penúltimo pasillo, el lugar donde siempre se detenía, a falta de valor suficiente por llegar hasta el final. Ahí dio un hondo respiro y comenzó a rozar con uno de sus dedos cada uno de los lomos de los libros que descansaban a la altura de su cabeza, enmarcada por el azul de su cabello.
Casi hasta el final topó con uno, un libro grueso y de hojas amarillas que reposaba entre un libro de moléculas y otro de química básica. Era un libro antiguo y aunque estaba ligeramente maltratado, tenía un encanto especial, uno que no encajaba para nada en el lugar. Amy lo tomó con cuidado y lo acarició con sus dedos pulgares, abriéndolo por fin en la última hoja.
-¿Una última lectura antes de dormir? -escuchó frente a ella, del otro lado del estante.
-Una última lectura al fin-suspiró con pesar.
-Interesante elección-replicó la voz -¿Es hoy la noche en que terminas este libro?
-Leería cualquier cosa con tal de no leer esta última página jamás.
-Pero si no la lees, ¿Cómo sabrás lo que dice? ¿No te carcome la duda?
Amy volvió a suspirar y tomó el libro mientras caminaba sobre sus pasos. Del otro lado del estante, el hombre tras él hacía lo mismo.
-Hagamos algo diferente, ¿Te parece?
-¿Qué tienes en mente?
Zoycite movió un libro frente a él para poder ver a Amy que se había detenido con la cabeza agachada.
-Tú lee la última carta y yo leeré el epilogo.
-¿Vas a leer para mí? -preguntó sonrojada.
-No hay nada que no haría para ti, mi amor.
Amy sonrió apenas, sus ojos cansados y tristes se arrugaron un poco. Después de pensarlo unos segundos, buscó los lentes que colgaban de su cuello y se los colocó. Mientras hacía esto, el joven de cabellos de miel no le quitaba la vista de encima.
-No juzgues un libro por su portada—dijo mientras la chica recorría de nuevo el titulo grabado en aquella pasta dura.
"Grandes cartas de amor de todos los tiempos"
-Ya no lo haré jamás-contestó casi en un susurro.
-También deberías saber que, si un libro no te gusta, ésta bien que lo dejes de leer.
-¿Me das las últimas lecciones antes de irte?
-Te aconsejo, no hay nada que pudiera enseñarte yo a ti.
-Pero lo has hecho, me has enseñado tantas cosas—dijo la chica con fuerza -. No sería lo mismo mi vida sin ti.
-Y no se trata de que tu vida sea siempre la misma, sino que crezcas, que evoluciones, que sigas adelante a pesar de todo.
-¡Ya no quiero oírte hablar así!
Zoycite comenzó de caminar de vuelta hacía el otro extremo del estante, mientras Amy luchaba por contener las lágrimas que se agolparon en sus ojos.
-Entonces, déjame escuchar a mi tu voz.
La pequeña chica de cabellos azules, una vez más, suspiró. Tomó de nuevo el libro con ambas manos y rebuscando llegó hasta la última página del mismo. Se limpió las pocas lágrimas que se derramaron de sus ojos y aclarándose la garganta comenzó a leer.
Si he resuelto vagar sin rumbo en la distancia, hasta que pueda volar a tus brazos y pueda considerarme enteramente en casa contigo, y pueda enviar mi alma abrazada por ti al reino del espíritu. Sí, infortunadamente así debe ser. Tú debes dominarte más al conocer mi fidelidad a ti, nunca puede otra poseer mi corazón, nunca, nunca. Oh, Dios, por qué tener que separarse uno mismo de lo que uno ama tanto, y así, mi vida en Viena como es ahora es una vida miserable.
Tu amor me hace el hombre más feliz y el más infeliz al mismo tiempo. A mi edad debería tener cierta estable regularidad en mi vida. ¿Puede eso existir en nuestra relación? Ángel, ahora mismo escucho que el correo va todos los días y, por lo tanto, debo terminar, de modo que tú recibirás la carta inmediatamente. Permanece calma, solo a través de la tranquila contemplación de nuestra existencia podremos alcanzar nuestro objetivo de vivir juntos. Sé paciente, ámame hoy, ayer, que doloroso anhelo de ti, de ti, tú, mi amor, mi todo, adiós. Oh, continúa amándome, nunca juzgues mal el más fiel corazón de tu amado.
Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestro.
-Beethoven-exclamó Zoycite conmovido.
-A su amada inmortal-agregó Amy cerrando el libro.
-Me gusta esa carta, habla de la calma que existe dentro de algo tan inestable como lo es el amor.
-No puedo garantizarte mantener la calma, Zoycite—dijo la chica con severidad -. Lo que me pides, lo que pretendes es algo que pasa de mi capacidad.
-No conozco chica tan capaz como tú, mi amor.
Zoycite volvió a encaminarse del otro lado del pasillo, pero antes de llegar al final detuvo su andar. Amy lo siguió con la mirada, con los ojos llorosos y el rostro entristecido.
-No puedes irte, ¿Escuchaste?
-Sabes que el tiempo se acaba-agregó él con calma –Pero nunca me iré si tu me recuerdas.
-Entonces estarás aquí siempre.
-Estaré ahí, siempre que me necesites estaré ahí.
Los dos jóvenes se quedaron en silencio unos minutos. A esas horas de la noche la enorme biblioteca estaba sola para ella. La amable señora que la atendía comprendía que esa hora de la noche era un momento sólo para la tierna chica, que caminaba una vez por mes, de un lado a otro en el penúltimo estante. Hablaba con ella misma, recitaba las cartas de amor de aquel libro, una por una, con fuerza y tristeza.
-Yo ya cumplí, ahora tu debes leer para mí.
-Ven aquí entonces.
Amy se negó rotundamente, a lo que Zoycite solo sonrío con comprensión. El joven la miró de vuelta otra vez entre el espacio que unos libros le permitían.
-Dame el libro.
Cuando al fín se hizo con él, lo abrió de atrás para adelante, y como un chico normal que recitase un poema, comenzó.
Puedes irte y no me importa, pues te quedas conmigo
cómo queda un perfume donde nace una flor,
tú sabes que te quiero, pero no te lo digo
y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.
La vida nos acerca y a la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer…
mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber.
Por eso puedes irte, Pues te quedas muy hondo,
cómo se queda un ancla cuando un buque se va,
tu amor llama en la sombra, pero yo no respondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.
Cuando Zoycite cerró el libro, los ojos azules y brillantes de Amy lo miraban directamente desde su derecha. Al fin, después de casi un año, la chica cruzó la barrera que la separaba de aquel hombre, al que había venido a leerle aquellas cartas de amor, aun con el miedo que la embargaba por dentro. El chico le sonrió agradecido, y dejando el libro en una mesa, tomó las manos de su amada y las besó con cautela.
-Te amaré por siempre, mi hermosa princesa del agua.
-¡Por favor, no me dejes! ¡No me dejes sola mi amado Zoycite!
Aquellos ojos azules volvieron a inundarse de lágrimas que se desparramaban sin control por sus mejillas. Zoycite soltó sus manos y tomó sus mejillas, secándolas un poco con sus dedos y acercando el rostro de Amy al suyo. Le dio un tierno beso, uno profundo y lleno de todo el amor que por tanto tiempo había guardado en su corazón.
-Nunca estarás sola, aunque no puedas verme, yo siempre estaré ahí a tu lado.
Amy se abrazó con fuerza de aquel hombre, pasando sus brazos por su cuello y sintiendo, por última y primera vez, el calor de su cuerpo. Se fundieron en un abrazo, que era todo menos eterno.
-¿Amy, estas aquí? -escuchó la chica ser llamada desde el frente de la biblioteca. Lentamente se soltó del abrazo y miró aquellos ojos verdes que la contemplaban con cariño. Zoycite le guiñó un ojo y Amy se ruborizó.
-Sí, ya voy—dijo la chica a la persona que la buscaba.
Pero cuando Amy giró de nuevo, el espíritu de Zoycite había desaparecido, quedando solo su recuerdo en aquel libro sobre la mesa, justo enseguida de una piedra de forma irregular, con un ligero brillo amarillo.
-Al fin te encuentro Amy—dijo el chico de cabellos negros que traía cargando un par de libros en sus brazos.
-Richard—musito la peli azul.
-¿Estabas llorando? ¿Está todo bien? -preguntó con preocupación al ver el carmesí en el rostro de su compañera.
-Sí, es sólo que estaba leyendo este libro y pues... ¡que infantil! Me hizo llorar un poco.
Richard tomó el libro y lo revisó rápidamente, Amy aprovechó la distracción para guardar la Zoicita que había dejado de brillar.
-Que curioso -masculló el joven -. Grandes cartas de amor, y alguien escribió de su puño y letra una última carta en el reverso del epilogo.
-Déjame verlo—dijo Amy con impaciencia mientras tomaba sin permiso el libro de las manos de Richard.
Una sonrisa sincera se dibujó en su rostro cuando vio aquellos trazos en la página final. Ese epilogo no era más que la despedida de aquel que en otra vida fuese su gran amor, y quizá, la bendición para el chico de cabellos negros que la miraba confundido.
-¿Estas segura que estas bien?
-Si, todo está bien ahora.
