Bajas en combate
Sev e Hipólita entraron en la enfermería emocionados, y se acercaron a la cama de Valerie, que estaba acompañada por Andrew.
-¡Prince! ¡Prince! – exclamaba Valerie – El plan perfecto. Ni una sola baja, sois los mejores, los mejores.
-Hemos sido todo el equipo, cariño.
-Pero fuiste tú quien se dio cuenta del peligro, de no ser por ti no habríamos vivido nunca una aventura así, ha sido alucinante, alucinante. No sabes cuánto te he echado de menos. Lo que te has perdido, Prince.
-¿No te ha petrificado? ¿Te has enterado de todo?
-Ya te digo que lo he hecho. No, no me ha petrificado, tenía una torcedura en el tobillo porque me he caído huyendo de él.
-Vaya tela…
-Y la mitad de accidentados ha sido así, ¿eh? El fénix lo ha cegado enseguida.
-Contadme todo desde el principio, por favor.
-Primero saluda a todos, hombre, luego te lo contamos nosotros. Algunos petrificados no se han enterado de todo y la Orden no tiene memoria fidedigna.
-Claro, claro…
-Preséntate a ellos, ya te conocen bien. Anoche se habló mucho de ti, no sabes cómo nos hemos mordido la lengua esta mañana y a mediodía para no darte detalles.
-Claro… Voy a ello y vuelvo.
-Ve, anda.
Pasó a la cama de al lado, donde estaba Jack acompañado por Genevre. Lo tomó de las manos.
-Hermano…
-Bajaré a cenar, Prince, he sido uno de los petrificados, ya estoy recuperado – le dijo Jack.
-Genial.
-Pero da tanto gusto que te cuiden, ¿verdad?
-Ya te digo. ¿Qué tal, Genevre?
-Buf… no me hables. En mi vida había pasado tanto miedo ni creo que vuelva a hacerlo nunca – respondió Genevre.
-Vaya...
-Quiero que me oblivieis los recuerdos, de eso estaba hablando con Jack. De lo contrario voy a tener pesadillas durante toda mi vida.
Jack y Sev rieron.
-Lo digo muy en serio, esto no es lo mío – continuó ella - Si al menos hubiera hecho algo útil, pero no le he acertado ni una sola vez en la cabeza.
-Vaya…
-Es que no te imaginas cómo se movía, Prince, el bicharraco. No puedes imaginar lo enorme que era, en la boca habríamos cabido uno entero de pie.
-¡Vaya tela!
-Y a pesar de estar cegado tiraba bocado, ¿sabes? Para atacar con los colmillos.
-Buf…
-Y largo… por lo menos cien pies.
-¿Qué dices?
-Lo que oyes, Prince. Terrorífico.
-Yo no he llegado a verlo entero, he sido el primero al que ha petrificado, y me habría gustado mucho, ¿eh? – dijo Jack.
-Vaya, Jack, qué pena.
-Me cambiaba por ti, Jack – dijo Genevre.
-Entonces ninguno de ambos queréis o podéis contarme la historia.
-Yo no, Prince, no me hagas rememorar.
-Y yo me he perdido lo más interesante – dijo Jack.
-Claro, claro. Voy a saludar a los demás – dijo Sev.
-Las mejores para contarte van a ser Valerie, Deborah o Alice, han estado en todo momento en primera línea – dijo Genevre.
-Vaya…
-Sí, sí, medallas a las tres deberían darles.
-Bueno, sigo, de lo contrario no me enteraré antes de la cena.
-Dale, dale, Prince – dijo Jack.
Se desplazó a la cama de al lado, donde estaba Paul acompañado por Deborah.
-¿Petrificado o torcedura? – le preguntó.
-Tibia, peroné y fémur rotos.
-¿Qué dices? – alarmado.
-Lo que oyes. Mañana estoy de baja, no podré entrenar y voy a perderme también el ensayo.
-Jo… Paul…
-Es lo que hay, me ha dado un coletazo.
-Buah…
-Por eso, que mucha suerte he tenido. Me llega a acertar más arriba y no lo cuento.
-Vaya tela, Paul…
-Es que no sabes cómo se movía, Prince. Era terrorífico, no sabías dónde meterte.
-Buf…
-Suerte que Deborah controla primeros auxilios y me han entablillado la pierna en cuanto han terminado con él, de lo contrario quizá la habría perdido.
-Vaya tela…
-No te preocupes, ha sido lo más grave. Nadie ha sido herido más gravemente que yo.
-Vale, vale…
-Pero lo hemos pasado fatal de vuelta por él, teníamos que levitarlo con mucho cuidado – dijo Deborah.
-Claro…
-Y Valerie ha vuelto andando y trepando teniendo el tobillo torcido y Gideon Prewett con el brazo roto.
-Buf…
-De una caída, ¿eh?
-Vaya tela… Me ha contado Genevre que has estado en primera línea todo el tiempo.
-Desde luego, Prince, no cambio por nada la experiencia que he vivido, ha sido alucinante, alucinante. Te hemos echado mucho de menos.
-Deberíais haberme dejado ir.
-Nunca, nos habrías puesto nerviosos a todos sufriendo por los demás. Piensa que hemos tenido que dejar de atender a los heridos porque todavía no habíamos terminado con él.
-Claro, claro…
-Sangre fría, Prince.
-Desde luego. Voy a seguir con la ronda.
-Que no te siente mal, ¿eh?
-En absoluto, Deborah, tienes toda la razón.
Se desplazó a la cama de al lado, donde estaba Frank acompañado por Alice.
-Buf… ¿qué tal?
-Petrificado, me he perdido la hazaña – respondió Frank.
-Vaya… ¿De quién?
-De la señorita que ves aquí al lado.
-¿Tú, Alice? – asombrado.
-Sí, Prince – respondió Alice.
-¿Cómo?
-Clavándosela en el paladar.
-Buah…
-Ni aturdiéndolo dejaba de abrir la boca y tirar bocado.
-Vaya tela…
-Mucho para nosotros. Es un milagro que estemos todos vivos, el Universo está de nuestra parte.
-Ya lo veo, ya. Permíteme que te felicite, Alice, eras la última de quien lo esperaba.
-Pues ya ves que yo también puedo sorprenderte a ti.
-Desde luego que sí, nunca dejarás de hacerlo.
-Todavía yo misma no creo cómo he sido capaz, la adrenalina, supongo.
-Cierto.
-Está en shock, en lugar de atenderme ella a mí estoy intentando sacarla del shock – dijo Frank.
-Vaya…
-Buf, Prince… es que no imaginas, cuando me ha aparecido la espada a mí, la responsabilidad sobre mis hombros – dijo Alice.
-Desde luego.
-Porque yo tampoco lo esperaba.
-Claro…
-Y no poder usar bien la varita porque tenía que blandir la espada.
-Buf…
-Y toda la gente que ya había herida o petrificada.
-Vaya tela…
-He debido sobreponerme, hoy he aprendido mucho sobre mí misma. Lo que te dije la otra noche, que no me arredraría, lo he conseguido. Cuando se me pase el susto me sentiré invencible.
-Claro que sí, Alice. Lo eres.
-Sigue con la ronda, Prince, ya charlaremos mañana con tranquilidad.
-Está bien.
Sev se dirigió a la cama de enfrente, donde estaban los hermanos Prewett. Fabian, a quien ya conocía de los entrenamientos, acompañando a Gideon, que tenía el brazo derecho roto.
-Buenas tardes.
-Prince, te presento a mi hermano Gideon – le dijo Fabian.
-Encantado de conocerte, chico, disculpa que no te dé la mano – le dijo Gideon.
-Bueno, bueno… Me han contado que has trepado con el brazo roto – dijo Sev.
-Bueno… eso no ha sido nada comparado con lo que han hecho otros… Más bien otras, vaya nivel de mozas, han podido con él entre tres, lo que no hemos sido capaces de hacer quince.
-Vaya…
-Y una con una torcedura que no era tal, era esguince.
-¿Esguince? – alarmado.
-Sí, sí.
-Ella me ha dicho torcedura.
-Pues te ha mentido, con una torcedura no estaría en la cama.
-Buf…
-Quizá se le haya agravado al caminar, ella también ha trepado.
-Claro, claro…
-Una experiencia alucinante, algo que contar a los nietos.
-Sí, tú que no vas a tenerlos – dijo Fabian.
-Ni tú, pero vamos a tener un montón de sobrinos de Molly.
-Cierto, cierto.
-Me quedo aquí hasta el domingo, si estoy listo nos vemos en el entrenamiento.
-Estupendo, Gideon – dijo Sev.
-¿Vamos a faltar los dos a almorzar en casa de Molly? – preguntó Fabian.
-Tú ya llevas dos semanas faltando y nadie te dice nada. Ésta me toca a mí, ve tú a almorzar – respondió Gideon de malos modos.
-Pero yo soy comandante.
-Pues el domingo te sustituyo, me lo he ganado.
Sev rio. "Buf… estos dos… Hermanos solterones…"
-¿Qué te hace gracia, muchacho? – le preguntó Gideon.
-Nada, nada – respondió Sev.
-Si fuera seguro para ti te llevábamos a almorzar con la familia, te encantarían los críos de Molly. Todos pelirrojos, ¡todos!
-Vaya… ¿cuántos tiene?
-Por el momento tres, pero quiere tener siete.
-¡Vaya tela! ¿A pesar de la guerra?
-Por supuesto, eso a ellos les da igual… les encantan los críos.
-Buf…
-Ya los conocerás cuando los tengas de alumnos aquí. Recuerda, los Weasley.
-Vale, vale.
-Compórtate bien con ellos, ¿eh? Aunque sean Gryffindor.
-Eso me es indiferente.
-Cuidado que son terremotos, ¿eh?
-Me encantan.
-¿Cuántos años tiene Billy, Fabian?
-Cumple seis en noviembre – respondió Fabian.
-Pues lo tienes aquí dentro de otros seis, en el '82.
-Estupendo, estaré esperándolo – dijo Sev.
-El último no tiene ni un mes todavía, nació el veintidós de agosto, Percy.
-Vaya…
-¿Sabes por qué Molly quiere tener siete?
-Ni idea.
-Porque el séptimo hijo de brujos tiene un poder inaudito.
-Vaya…
-Claro, claro… Aunque yo pienso que eso son leyendas.
-Sí, ya has visto, también era una leyenda el monstruo de Salazar.
-Pues sí, visto así también es cierto, no puedes confiar.
-El tema favorito de mi hermano, sus sobrinos, y no sabe ni cuántos años tienen – dijo Fabian.
-Eso es lo de menos, Fabian, lo importante es que los quiero con locura.
-Claro que sí – dijo Sev.
-Y piensa una cosa, chico, por lo de tener hijos o no durante la guerra. Si nadie los tuviera el mundo se detendría y eso no puede ocurrir.
-Desde luego.
-Y si te coge cómo le pasó a nuestra hermana, que tuvo a Billy en el año '70, justo antes de la ascensión de Voldemort, habría quedado como hijo único – dijo Fabian.
-Claro…
-Y así no imaginas lo felices que son.
-Desde luego.
-Ya los conocerás, ya los conocerás, a los siete, tendrás aquí a los siete – dijo Gideon.
-Estoy deseándolo.
-Sigue con la ronda, anda – dijo Fabian - Que todavía te quedan accidentados y gente interesante por conocer.
-Encantado de haberte conocido, Gideon.
-El domingo me tienes a mí de comandante, prepárate.
-Estupendo.
Sev se dirigió a la cama adyacente, donde estaba un hombre desconocido acompañado de Minerva y otro desconocido.
-Buenas tardes, Prince – le dijo la profesora.
-No sé si pueden llamarse buenas – dijo él.
-Lo son, lo son, un gran triunfo. Te presento a Alastor Moody y a Edgar Bones.
Sev le tendió la mano a Edgar, que se encontraba en la cama, él se la estrechó.
-Encantado, señor Bones.
-Quítate de formalismos, chico, Edgar sin más, estamos todos en el mismo barco – le dijo Edgar.
Se la tendió a Alastor Moody, que también se la estrechó y le dijo:
-A mí todos me llaman por el apellido, como a ti.
-Encantado, Moody. ¿Qué ha sido, Edgar?
-Petrificado, no me he enterado de nada – respondió Edgar.
-Por suerte para ti - dijo Moody – Mira que estoy acostumbrado a situaciones límite, pero ninguna como ésta.
-Buf… Ya me hablaron de tu fama – dijo Sev.
-Eso ahora no viene a cuento.
-Vale, vale.
-Ya hablaremos de eso en otro momento, perdona por haberte respondido así.
-Cuando quieras, Moody.
-Es que todavía estamos recuperándonos del susto.
-Desde luego.
-¿Qué habríamos hecho sin las chicas?
-No quiero ni pensarlo – respondió Minerva – Hoy hemos recibido todos los adultos una lección de humildad.
-Y los hombres por partida doble – dijo Moody.
-Desde luego – dijo Edgar.
-Ya vas haciéndote una idea de lo que ha ocurrido con lo que te han ido contando, ¿no?
-Sí, me la voy haciendo – dijo Sev.
-Ellas tres han sido las únicas que no han dejado de perseguirlo en ningún momento.
-Vaya tela…
-Y hasta aquí puedo leer, que te lo cuenten ellas que son quienes merecen hacerlo.
-Claro que sí. ¿Habéis resultado heridos también vosotros?
-Torceduras – dijo Minerva – De caídas, nada importante.
-Buf…
-No como Valerie, un esguince, y ha continuado persiguiéndolo.
-Buf…
-Prince… estamos todos vivos…
-De milagro.
-Y todavía nos ha tenido que organizar Deborah para salir de allí – dijo Moody.
-Cierto – dijo Minerva – Qué poco preparados estábamos en ese aspecto, me dan ganas de abandonar el colegio y dejároslo a vosotros.
-Vaya tela… - dijo Sev.
-Así te lo digo, sois mucho más capaces.
-No lo hagas, Minerva.
-Desde luego que no voy a hacerlo, no te preocupes. Hay que aprender de vosotros, estar al pie del cañón. ¿Pudiste dormir anoche?
-Con poción de sueño.
-¿Y las clases de hoy?
-Desastrosas.
-Prince, has de aprender a delegar.
-Sí, sí, ya lo estoy viendo – sarcástico - No estábamos preparados en absoluto, ha sido todo demasiado precipitado.
-He de darte la razón. Anda, ve a ver a Albus y Aberforth y vuelve a que tus amigas te cuenten toda la historia, quizá les dé tiempo antes de cenar.
-Hasta mañana, Minerva, hasta pronto, Edgar y Moody.
-Nos veremos pronto, sí – dijo Moody.
-Hasta pronto, muchacho – dijo Edgar.
Sev se desplazó a la cama adyacente, donde estaba Aberforth acompañado por Albus.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes, Prince, ya conoces a mi hermano Aberforth – dijo Albus.
-Sí, pero no en circunstancias que le guste recordar, estoy seguro de ello, así que haz las presentaciones como es debido, Albus – dijo Aberforth, de malos modos.
"¡Toma ya! Es fantástico."
-Prince, te presento a mi hermano Aberforth Dumbledore.
-Encantado, Aberforth – dijo Sev, y se estrecharon la mano - ¿Qué ha sido?
-Esguince de tobillo, una caída.
-Jo…
-De recuperación más lenta debido a la edad – dijo Albus.
-¡No te quejes por mí, Albus! – le espetó Aberforth – No preocupes al muchacho innecesariamente.
-Bueno…
-Si estuvieras en forma como yo habrías resultado más útil - y a Sev - Ha tenido que esconderse para que no lo pillara.
Aberforth se carcajeó, Sev y Albus también rieron.
-Bueno, bueno… Algo útil he resultado.
-Sí, sí, abriendo puertecitas – sarcástico - ¡Bah! Eso lo hace cualquiera.
-Bueno, bueno… Me ha tocado aprender un idioma entero.
-¡Ya podrías haberlo tenido aprendido de antes, desde que lo entiendes!
-Cierto.
Sev rio. "Esto es muy divertido, los trapos sucios de Albus."
-¿Te pasarás por algún entrenamiento, Aberforth? – le preguntó Sev.
-Desde luego que lo haré, cuando no toque salida a Hogsmeade, claro – respondió Aberforth.
-Estupendo, entonces tendremos tiempo de conocernos mejor.
-Lo estoy deseando, Prince. ¿Eso es una despedida?
-No, en absoluto. Cuéntame lo que quieras.
-Que te lo cuenten las mozas que son quienes se han enterado de todo. Yo me he caído y no he vuelto a levantarme.
-De acuerdo, Aberforth. Has tenido que trepar también, Albus.
-Por supuesto – dijo Albus.
-¿Durante mucho tiempo?
-Era largo, era.
-Buf…
-¡Albus, que no preocupes al chico! – exclamó Aberforth.
-Me habría enterado de todos modos, Aberforth, preguntando a mis amigas.
-Claro, claro…
-¿Te has recuperado, Albus?
-Sí, sí, estoy bien, de lo contrario estarían cuidándome también a mí – respondió el director.
-Vale. Quizá no baje a cenar, voy a quedarme hasta que Valerie, que no puede moverse, me cuente toda la historia.
-Sin problema.
-Nos vemos pronto, Aberforth.
-Nos vemos, Prince.
