3. Soledad
Sus ojos verdes miraban el cielo estrellado de aquella gélida noche de enero. Tenía la vista más espectacular de la zona a sus pies. Estaba en el punto más alto de Tokio, en aquella montaña que había visitado tantas veces de día, muchas más de noche. Las bellas luces de la ciudad que parpadeaban aún con los festivos colores de las fiestas que acababan de pasar, no eran nada comparadas con el brillo de las estrellas, al menos no para ella.
Estaba sola sentada en aquella banca, con la cabeza sumergida en el cuello levantado de su abrigo. Sus orejas estaban cubiertas por una diadema afelpada de color rosa intenso, que hacía juego con los guantes, un regalo de su amiga Rei por su cumpleaños.
Tenía mucho frio, estaba casi temblando. Sin embargo, tenía la latente confusión de saber si el movimiento involuntario de su cuerpo era producto del clima o de los nervios que la recorrían. No quiso aguardar más para averiguarlo. Tomó la punta de su guante derecho con los dedos y lo jaló para retirarlo, después metió la mano en su bolsa y sacó lo que con tanto recelo guardaba sólo para ella.
Una piedra pulida, un trozo de mineral de tintes verdosos con un ligero brillo, centelló sobre su palma. Makoto sonrió con ternura y la llevó a sus labios, para darle un beso gentil y tibio.
-Hola de nuevo, mi hermosa niña de ojos verdes-escuchó a sus espaldas y ella sonrió sin voltear.
-Hola Neflyte-contestó en un suspiro.
-Mucho tiempo sin verte—dijo aquel hombre alto y de largos cabellos castaños mientras se sentaba a su lado. -No viniste hace un mes.
-Lo sé, lo lamento—se apresuró a disculparse -. Las chicas me hicieron una fiesta sorpresa y no hubo manera de librarme, ¡quería venir! ¡en verdad lo quería! pero no me fue posible.
-No te preocupes-susurró a su oído -. Aunque no nos veamos, siempre estoy ahí. - Neflyte señaló la pequeña roca que Makoto acunaba en su mano.
-¡Te extraño tanto que siento que voy a enloquecer! -soltó al fin entre lágrimas que resbalaban de su rostro. La chica se acurrucó en los brazos del ex general y se quedó ahí, inmóvil, sollozando.
-Yo también te extraño, cariño-sus labios se recargaron en la cabeza castaña de la joven que se rehusaba a levantar su rostro -. Te extraño demasiado, pero sabes que no me gustaría verte aquí donde estoy yo.
-Pero es que si pudiera ir donde estas...
-Este no es el momento para que vengas aquí, sabes que no me gusta que lo pienses si quiera.
-Es que. -titubeó mientras lo abrazaba con fuerza -, me siento tan sola.
-Tú no estás sola, tienes a tus amigas y a mucha más gente que te quiere.
-¡Pero ninguno de ellos eres tú!
-Si bueno, no los culpes, no es tan fácil ser yo.
Makoto sonrió y Neflyte le regaló una caricia en la mejilla. Con su dedo pulgar, recorrió una lágrima hasta esparcirla cerca de su barbilla.
-Por cierto, ¡Feliz cumpleaños! -dijo la chica apenada –No supe que traerte de obsequio. Te hornié unas galletas... tú, ¿Puedes comer?
-Puedo hacer todo lo que tú quieras—le dijo con picardía -. Esta noche es sólo para nosotros dos.
-¿La noche entera?
-¡Es mi cumpleaños! Estaré aquí hasta que amanezca—Makoto lo besó en la mejilla y volvió a hundir su cara en el pecho de aquel hombre, que no dejaba de abrazarla con anhelo. -Te enfermaras, vamos adentro.
Ambos chicos se pusieron de pie y Neflyte tomó a Makoto de la mano, guiándola por los jardines del observatorio, hasta dar con una ventana abierta, al ras del piso. Él entró primero y una vez adentro, la ayudó a ella a bajar. Makoto no solía actuar como una damisela en apuros, pero amaba que él la tratara con ese cuidado y esmero.
El lugar al que entraron era una sala de exhibición, aquella que solían oscurecer para proyectar las imágenes del sistema solar y el universo en general. Era una habitación redonda, llena de sillas alrededor que estaban colocadas en varios niveles y justo en medio, un escenario donde el orador solía dar hermosos discursos del cielo y sus astros.
Makoto y Neflyte bajaron hasta la primera fila donde tomaron asiento a un palmo del escenario. La chica de ojos verdes sacó la bolsa donde traía algunas galletas y un termo con café, empezaron a comer como dos niños que lo hacen a escondidas.
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-¿Lista para tu última lección? -preguntó Neflyte con una sonrisa.
-Nunca estaré lista para lo último de nada.
Pero el chico castaño solo la miró con ternura, y después de un movimiento de sus manos, la sala quedó en penumbras, iluminándose de nuevo solo cuando tantos puntos como estrellas aparecieron en todas las paredes y el techo.
Neflyte señaló con un dedo un conjunto de estrellas.
-Orión-contestó Makoto con fastidio.
-Muy bien, ¿Qué tal esa?
-Cassiopea.
-¡Perfecto! ¿Y por allá?
-¿Cruz del sur?
-¿Estás dudando? -preguntó divertido.
-Casi creo que esa es.
Neflyte sonrió complacido y asintió con la cabeza. -Háganoslo de nuevo, ¿Cuál es aquella?
-¿Tenemos que seguir con esto? -preguntó la chica un poco fastidiada.
-¿Sabes porque te enseño el nombre de las estrellas?
-¿Por qué eres un necio que quiere sacarme de mis casillas?
Neflyte soltó una carcajada y Makoto se ruborizó al instante, unos pocos segundos antes de ser vencida por aquella melodiosa risa que la contagió y la relajó.
-Te enseñé el nombre de las estrellas, porque si sabes nombrarlas, ellas responderán cuando las llames—Neflyte se puso de pie y caminó hacía el escenario. -Ellas te harán compañía en las noches que te sientas sola, y responderán por mí, cuando quieras hablar conmigo. ¿Puedes comprenderlo?
-¡Pero yo quiero escuchar tu voz! -exclamó con angustia mientras sus ojos volvían a cristalizarse.
-Lo harás en tus sueños, ahí hablaremos siempre que quieras.
Makoto llevó sus manos a su rostro para cubrirse de nuevo el dolor y la soledad que la embargaban a escasos minutos de despedirse de aquel chico, que indudablemente le había robado el corazón.
-¿Señorita? -dijo Neflyte parandose de nuevo a un par de pasos de Makoto -¿Bailarías conmigo?
La senshi del trueno bajó sus manos, y con sus hermosos ojos verdes, brillantes de tristeza, miró la mano extendida de aquel hombre alto y de mirada tipicamente siniestra, pero que ahora reflejaba solo ternura.
Con mucho miedo, pero con mucha más ilusión, ofreció su mano y fue puesta de pie gracias a un pequeño tirón. Neflyte la llevó hasta el escenario, donde la abrazó por la cintura mientras ella le rodeaba el cuello con sus brazos.
Danzaron con lentitud por el resto de la noche que ya no era mucho tiempo. Makoto aspiraba tan profundo, con la única intención de guardar ese dulce aroma para recordarlo siempre. Se pegaba a él, tratando que su cuerpo memorizara al de él con la desesperación de quién no quiere olvidar un solo detalle.
-Serás feliz de nuevo-sentenció Neflyte después de un largo rato, justo cuando vio el primer rayo de sol que aparecía cerca de la ventana por la que habían entrado.
-¿Cómo lo sabes?
-Las estrellas me lo dijeron.
-¿Y que más te dijeron esas chismosas? -Neflyte sonrió ante el comentario irónico.
-Me dijeron que hay un chico que espera por ti.
Makoto se ruborizó ante el comentario y volvió a esconder la cabeza en Neflyte, tratando de evitarlo
-¡Eso no me importa, yo sólo te amo a ti! -exclamó con pesar.
-Esta bien preciosa, yo te amo a ti, y por eso quiero que seas feliz.
-Pero yo...
-Pero nada—la interrumpió él con ternura -. Me tranquiliza saber que hay alguien que te cuidará cuando yo no este.
-Yo no sé qué decir.
-Sólo dile—dijo el general susurrándole al oído -. Dile que, si te hace sufrir, siempre hay posibilidades que un meteorito le caiga en la cabeza.
La oji verde no pudo contenerse y con una risa que denotaba gracia y preocupación a la vez, se separó de Neflyte y lo miró a los ojos.
-Te amo, Neflyte, vaya que te amo.
-Y yo a ti, mi hermosa Makoto, eres lo más bello que tuve en la vida y en la muerte. Te amaré por siempre, incluso después que la última estrella deje de brillar.
Neflyte se inclinó hacia su amada y la besó con ternura en los labios, un beso dulce y anhelado que se convirtió en un mar de amor y deseo.
El primer rayo de sol comenzó a entrar por las ventanas, la noche había cedido por fin y las estrellas que los rodeaban se desvanecieron gradualmente. Makoto pudo sentir, aun con los ojos cerrados, como una intensa luz estaba frente a ella. Sabía que era Neflyte pero el brillo era tan fuerte que no pudo abrir los ojos para verlo por última vez. Las lágrimas comenzaron a resbalar de nuevo, corrían libres por sus mejillas y brincaban suicidas al llegar a su mentón.
-Te amo—dijo cuando dejó de sentir los labios de Neflyte en los suyos.
-Y yo te amo a ti -escuchó en un susurro que se extinguió frente a ella.
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La castaña recogió sus cosas y se secó las lágrimas que quedaban en su rostro. Tomó aquella roca que ya no brillaba más y la guardó de vuelta en su abrigo. Después dar un último vistazo a la sala, caminó hacía la ventana y sin ninguna dificultad salió por ella. Una vez afuera recorrió la malla de protección para cerrar la abertura por donde por casi un año había entrado a escondidas en aquel lugar.
Se sacudió las hiervas que quedaron en su abrigo y caminó con resignación hacia la misma banca donde había estado sentada la noche anterior.
-Buenos días Makoto-escuchó a su costado y la chica pegó un brinco asustada.
-¿Andrew? ¿Qué haces aquí?
El joven rubio de ojos azules la miraba un poco confundido, en su mano sostenía una charola con dos cafés humeantes.
-Pues verás...- dijo él con la sonrisa dulce y traviesa que siempre le brindaba -. Tal vez no me lo creas, pero estaba dormido y … soñé que tenía que venir aquí, era un sueño en el que seguía una estrella ¿Sabes? -se ruborizó un poco –. No es que crea mucho en los sueños, pero desperté con un sentimiento extraño y me dije, ¿Por qué no?.. Y pues que bueno que lo hice ¡Me alegra tanto verte!
Makoto miró al cielo con alegría y ahí estaba, la última estrella de la mañana brillando con descaro en el cielo casi despejado.
-Nada de meteoritos, eh—dijo con nostalgia.
-¿Qué dices? -preguntó Andrew extrañado.
-No nada—se disculpó ella con premura -. Vamos, te invito a desayunar.
