Nota: Para las personas que siguen la historia "Enséñame a Amar", les digo que se vienen intensos capítulos. Será pronto, se los aseguro.
.
.
.
NaruSaku
Por Shoseiki
| El Regreso |
.
3 de Abril, New York.
Por fin había llegado el día.
El día en que veríamos de nuevo a mi hermano Naruto luego de casi tres años en los que su hija y yo, conviviendo juntas, lo habíamos echado mucho de menos. Cada día, cada mes, su ausencia se hacia más y más fuerte. Hasta casi volverme loca puesto que, Sakura, su niña de tan sólo cinco años, parecía ansiarlo minuto a minuto. Y yo ya no sabía ni qué decirle. O qué inventarle.
Sakura a su corta edad es muy inteligente, incluso para mí. No es nada fácil de engañar.
Pero lo bueno es que él regresa hoy, y es precisamente por eso que vamos de camino al aeropuerto; ambas montadas en mi auto, con Sakura a mi lado y usando el cinturón de seguridad.
Hoy amaneció preciosa, supongo que por el brillo en sus ojos verdes, ya que ella por naturaleza es bellísima. Además ahora luce más feliz y nerviosa que nunca.
Hasta en su sonrisa se ve la emoción.
—Cielo —la llamo—, ¿estás contenta?
Dirijo mi mirada por tres segundos a dónde permanece sentada, luego vuelvo la vista a la carretera. Esta mañana hay poco tránsito.
Sakura tarda un instante en contestar.
—Mucho. —dice ruborizada. Lo sé porque he visto su rostro por medio del retrovisor. Es extraño verla tan avergonzada. Cielos, ¡esta niña es igual a su madre! Mi difunta cuñada la copió cómo es.
—¿Qué sientes? —le pregunto.
—Estoy... umm —oigo que susurra, como buscando la palabra adecuada para expresarse. Si supiera cuán hermosa luce con las mejillas rosadas y el ceño un poco fruncido...— feliz, creo.
—¿Por qué "crees"?
—Es que...
—¿Es que qué, cariño?
Sakura traga saliva. Las manos le tiemblan y pronto noto que no puede contrarlo, está nerviosa. Por ello cuando nuestras miradas coinciden, la veo ocultar sus palmas con el vestido rosa que le compré hace un mes y bajar los ojos a sus zapatillas blancas.
Parece más apenada que antes.
—Pues... me siento rara.
—¿Rara?
—S-sí.
—Oh, eso es normal —le digo para tranquilizarla—. Mírame, yo también lo estoy.
—Mmm. No lo creo.
—¿Por qué?
—Porque tú estás normal, tía. Yo en cambio estoy con cosas extrañas en el cuerpo. Hasta siento mariposas en mi barriga.
La niña aprieta los labios, contrariada. No es su costumbre sentirse así. Y en parte la entiendo. Naruto me la encargó cuando tan solo tenía dos años, para irse a una misión del ejército y reunir el dinero suficiente que le permitiría permanecer al lado de Sakura en cuanto regresase. Lo cuál fué gran sacrificio de ambas partes, porque para ninguno de los dos resultaba fácil estar tanto tiempo distanciados, sobretodo en lo referente al sentir de Sakura, que desde su nacimiento amó y estuvo, literalmente, encima de su padre siempre. A toda hora, en cualquier momento.
Los dos son muy apegados.
Sakura pone las manos sobre su estómago y yo me río ante la ocurrencia.
Qué astuta es esta niña...
—No te burles. —pide sin mirarme, haciendo pucheros.
Me muerdo el labio para no volver a reír.
—Está bien, lo lamento —suspiro, y retomo el tema del que hablábamos—. ¿Qué te parece si mejor me cuentas qué le dirás?
—¿A quién?
—A tu papá. ¿Qué harás en cuanto lo veas?
—Yo... no lo sé.
—Mmm. Podrías empezar en por qué lo amas mucho, ¿no?
La veo asentir muy despacio. Mierda. Será mejor que lo deje estar o la pondré más incómoda. Incómoda y nerviosa.
Sonrío al verla.
—Falta poco, cielo. No te preocupes.
—Sí.
[...]
La espera ha sido larga. Todos lo sabemos, sí, pero eso igual no nos hace inmunes a sentir estas emociones.
Esta... felicidad, esta dicha que, por muy poco común que parezca, una niña de cinco años ha sabido manejar. Y esa niña no es otra que Sakura.
Mi linda flor de cerezo.
La misma que ahora sostiene mi mano mientras esperamos que Naruto aparezca al inicio de las escaleras eléctricas, ansiosa pero a su vez tranquila. ¡Qué bárbara! Ojalá tuviera yo ese control sobre mí.
Mi sobrina es admirable.
—¿Papá no debería estar aquí ya?
Oh, casi lo olvido. Sakura tiene un defecto enorme: no le gusta ser paciente.
Detesta esperar.
—Sí. Debería.
—¿Crees que le haya pasado algo? —inquiere.
No. Espero que no.
Bajo la vista y la observo. Sakura aprieta mi dedo con su pequeña manita, mirándome. Los orbes le brillan. Parece asustada.
—No, bebé. No pienses así, te aseguro que-
—¿Sakura-chan?
La voz a nuestra espalda me congela.
Esto... es increíble. ¿Acaso es...?
—¿Papá? —pregunta Sakura girando la cabeza, y por el rabillo de mi ojo veo que sus orbes se agrandan. Es Naruto, estoy segura, pero mi cuerpo no reacciona ante el asombro de por fin tenerlo aquí—. Papá...
La vocecita de ella se quiebra.
—Sí, soy yo. Tu papá Naruto.
Una sonrisa aparece en mis labios al oírlo. Sí, claro que es él. Y, por si las dudas, decido voltear a donde nos habla este hombre; mi hermano, notando de inmediato que su aspecto está casi idéntico. Casi. Porque ahora el cabello lo trae corto y tiene la barba algo rasposa a simple vista.
Santo cielo.
Qué guapo se ve.
Si ya hasta parece gente.
—Hermana —me saluda con una sonrisa leve, después la amplia al fijar de nuevo los ojos en Sakura—. Hija, yo...
No pudo terminar. Ni siquiera yo pude contestarle. Sakura a soltado mi mano y se ha tirado sobre él, tomándolo de las piernas, llorosa. Apenas creo que logra respirar. Naruto se sonroja por la efusividad, más sin embargo, consigue agacharse y coger entre sus palmas grandes los hombros de la niña. La acaricia mientras intenta calmarla.
—Acá estoy, Sakura-chan. Por favor no llores.
—Papá. —solloza ella.
—Sí, amor. Papá ya está aquí.
Nuestras miradas, pasado tres segundos, no tardan en chocar.
—Bienvenido a casa, Naruto.
