Nota: Aquí les traje otro capítulo más, disfrutenlo.
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NaruSaku
Por Shoseiki
| "Yo cuidaré de ti" |
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Miedo, eso es lo que siempre había sentido. Miedo a la gente, a la crueldad, al hambre y también...
—¡No, no quiero! Alejen esa cosa de mí. —gritó aterrorizado el niño en cuanto vio aquellas inyecciones.
Oh, cierto. Naruto le temía a las agujas. A decir verdad, cree que las odia. Y eso es algo completamente normal. Para nadie resulta extraño que un niño de seis años le huya a estas cosas.
Menos si se trata de un pequeño indigente.
—Mocoso cobarde... ¡ven aquí! —exclamó a los cuatro vientos Tsunade, la enfermera que hasta hace segundos lo atendía, viendo cómo el infante emprendía la carrera.
Naruto giró la cabeza a varias direcciones, preso del pánico. Necesitaba escapar. No importaba cómo o adónde, total... él no tenía lugar en el que vivir. O a lo mejor sí. Quizás su sitio era la calle, al igual que para todos los que desde muy chicos su hogar era el suelo frío de la acera o entre los botes del basurero. Siempre rodeados de miseria.
Llenos de terror y abandonados a la deriva.
—¡Atrápenlo! —se escuchó a alguien decir detrás de él.
Mierda.
Naruto corrió a máxima velocidad por uno de los pasillos y, en vista de que éste parecía muy largo o no tener salida, decidió ser osado por primera vez en su corta vida y adentrarse en lo que creyó que era el cuarto de aseo, cuando en realidad era una habitación.
Una muy iluminada y que olía a limpio y a detergente. Aparte de tener una camilla grande, y a un cuerpo sobre ella.
El chico enmudeció.
Era una niña. ¡Lo que estaba encima de esa cama es una niña! Esto no puede ser peor.
—¡Espera! —gritó un enfermero al verlo ingresar a toda prisa. Naruto, al oírlo, cerró la puerta y oprimió el seguro para que nadie entrase.
Pero aquello generó un ruido, el suficiente para que la niña acostada se despertara.
Oh, diablos.
—¿Mamá?
Naruto volteó hacia la niña, que además de aparentar más o menos su edad también lucía asustada, cómo no.
—Err, lo siento —susurró avergonzado—. Yo... ya me iba.
—¿Quién eres tú?
La pregunta lo descolocó. ¿Qué podría decir? ¿Que era un pobre niño de la calle, sin familia y sin un lugar en el que dormir? O tal vez debería quedarse callado, así no pasaba más vergüenza frente a esa chiquilla tan bonita. Porque lo era. Desde que ingresó a la recámara y la vio, él lo supo. Ella es muy linda. Sus ojos verdes como la hierba fresca, y su piel de color cremoso como la crema de un pastel, bastaron para que Naruto lo entendiera. Y ese tono de cabello tan raro y tan hermoso al mismo tiempo, lo tenía algo embobado.
—¿Qué haces aquí? —inquirió, curiosa.
Él se rascó la nuca.
—Pues... soy Naruto.
—¿Y...? —enarcó una ceja.
—Me estoy escondiendo.
Ella pareció no entender —¿Te escondes? ¿De quién?
—De-
—Búsquenlo por todas partes, ¡deprisa! El chiquillo no puede escapar. —vociferó una mujer tras las paredes echa una furia.
Joder. Esa era Tsunade.
"Me va a matar".
—¿Quién grita? —cuestionó la infante.
Naruto palideció.
—Uhh, olvídalo. —Pero empezó a mirar con nerviosismo la puerta una vez que respondió.
—¿Estás bien? —sonó preocupada.
—Yo... sí. Sí lo estoy...
—Sakura —dijo frunciendo el ceño—, mi nombre es Sakura. Y no creo que estés diciendo la verdad.
Él volvió la vista hacia ella. Qué niña más curiosa...
—Te he dicho la verdad, ¡de veras!
Perfecto, eso había sonado poco creíble. Sakura lo recorrió con la mirada de arriba a abajo.
Luego arrugó su pequeña nariz.
—¿Por qué traes esa ropa tan sucia? —cuestionó. Su dedo apuntando la vestimenta del niño.
—B-bueno pues... —sintió vergüenza. Vergüenza de cómo lucia él junto a otros niños de su edad, en especial ahora que estaba frente a una niña, pero no una niña cualquiera, sino una muy linda y a la vez extraña, que parecía la princesa de un cuento en comparación con su aspecto y ropa rota. Unos miserables trapitos que le lograron regalar, pero que eran nada si lo ponías al lado de una simple y bien lavada bata de paciente, justamente lo que tenía puesto ella— olvidé cambiarme, sí.
—Naruto, ¿así te llamas?
El chico asintió.
—Nunca lo había oído.
—Ah, eso es porque es inventado.
—Te lo puso tu mamá, ¿verdad?
—No —respondió de inmediato, después lo pensó dos segundos y agregó:—. Err, no lo sé.
Ella lo observó desde su camilla, sentada y con las manos sobre los mulos de las piernas ya tapadas con las sábanas. Ese niño era muy raro, se dijo. ¿Cómo es que a su edad andaba suelto y no sabía nada? Por lo menos quién le colocó el nombre, lo que fuera.
O quizás algo con él estaba mal.
—¿Estás enfermo? —No pudo evitar preguntar.
Y Naruto se asustó ante la ocurrencia de su nueva y poco callada compañera.
—¿Enfermo? No... c-creo. —contestó, dudoso.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque me quieren pullar mi brazo y yo no quiero —suspiró. Esa era la verdad. Infantil y un tanto cobarde, pero verdad al final. Que a lo mejor los demás no entendieran no era su problema—. Hay matasanos buscándome por todo este lugar, así que no tardarán en encontrarme.
—Oh, ya veo.
Naruto se acercó a un extremo de la camilla sin dejar de ver los aparatos médicos que a cada rato sonaban. Los mismos que, viendo los tubos y cables, parecían estar conectados a ella.
A Sakura.
—¿Te duele? —le preguntó.
La fémina parpadeó dos veces.
—¿Qué?
—Eso —dijo con incomodidad—, las máquinas esas... ¿no te duelen?
—No.
—Ah.
—Pero sí molestan —añadió la niña, girando a mirar los aparatos que tenía a su lado—. Ya sabes, por el ruido.
—Oye —Ella volteó a verlo—, ¿por que estás tú aquí?
Sakura se removió encima de las cobijas, incómoda. Sacó las piernas de entre la tela y se las llevó al pecho, de modo que pudiese inclinar el mentón sobre sus rodillas y abrazar el resto de sus extremidades con los brazos, todo bajo la atenta mirada de él.
—Sufrí un accidente —le dijo en voz baja, con sus orbes fijos en un punto perdido de la pared—. Mi familia y yo íbamos de vacaciones a la playa, pero luego... —La recorrió un escalofrío que Naruto enseguida notó.
—Eh, tranquila —susurró para calmarla, al segundo le sonrió y se colocó a un lado de ella, viéndola con tristeza—. Yo... no debí preguntar, lo siento, ¡de veras!
Sakura guardó silencio mientras lo veía, a continuación, rascarse la parte trasera de la cabeza. ¿Por qué él tenía esa manía? Si su cabello lucia tan bien... como sus ojos y su sonrisa. Sobretodo esto último. Eso a ella le parecía muy lindo. La forma en que le sonreía ahora... hizo que no pudiera quitar sus ojos de los labios de él.
"Qué sonrisa más bonita", pensó.
—... lo bueno es que tú sí tienes familia.
—¿Qué?
Naruto entrecerró los ojos.
—¿No me estabas escuchando?
—N-no, es que me distraje —respondió con las mejillas coloradas, menos mal que él pareció no darse cuenta. Tal vez porque, en efecto, Naruto sí era un tonto como al principio creyó. Un tonto con una sonrisa contagiosa. Y muy mono, también—. ¿Qué decías?
—Te decía que-
—Con que aquí estás. —murmuró alguien desde la entrada.
Oh, no.
Naruto agrandó los ojos y miró en dirección a la puerta, donde una Tsunade bastante molesta los veía a él y a Sakura con desaprobación. La niña no entendía nada. Aunque tampoco demoró mucho para suponer qué es lo que en realidad acontecía. Naruto y su temblor habían sido suficiente prueba para comprender.
"De seguro él está huyendo de ella".
—Vendrás conmigo, ahora.—sentenció la mayor.
Naruto retrocedió un poco. —No.
—Chiquillo...
—Él no quiere ir con usted —habló Sakura, con notoria determinación—. Si le tiene miedo es por alguna razón, así que no puede llevárselo.
—Vaya vaya, pero mira qué cosas pasaron aquí. Ahora resulta que tienes una nueva amiga y hasta te defiende —sonrió Tsunade—. Lastima que de nada servirá.
Dio un paso, luego otro, y después dos más. Naruto observó a todos los lados con la esperanza de hallar algo, no importaba qué fuese, con tal de salir rápido de ahí, pero la mayor sorpresa se la llevaron ellos cuándo, sin emitir sonido alguno, Sakura estiró el brazo y tomó la mano del chico entre la suya, seria como nunca. Eso a Tsunade la impactó tanto... que hasta se detuvo.
—¿Pero qué carajos...?
Sakura clavó sus ojos en Naruto, que la contemplaba sorprendido.
—Yo cuidaré de ti. —le dijo, así sin más, con sus dedos entrelazados y las miradas encontradas.
—Es broma, ¿verdad? —comentó Tsunade incrédula—. Ustedes son apenas unos niños. No deberían desobedecerme.
Ninguno de los dos habló, quizás porque todavía continuaban viéndose fijamente a los ojos, o porque de cierta forma el agarre que mantenían ellos se había afianzado más gracias a las palabras de Tsunade.
Fuera cual fuera la razón... esas manos seguían ahí, unidas.
—Suéltalo ahora, niña.
La aludida ni se inmutó.
—No. No lo haré —proclamó—. Usted no lo sacará de aquí sin mí.
—Soy médico —les recordó a ambos—, por lo que puedo decidir qué hacer con ustedes o no aquí, ¿entendieron?
Nada.
Cinco segundos de total silencio y Tsunade empezaba a perder la paciencia.
—Pregunté que si entendieron. —dijo más fuerte.
Sakura apretó los labios por un instante, ¿esa señora de verdad era médico? Porque si en efecto resultaba ser cierto, ellos poco podían hacer para huir.
Joder.
—¿Qué le harán? —interrogó.
—Vacunarlo.
—No —gruñó él con el ceño fruncido—. No quiero. Ustedes quieren ponerme cosas raras.
Aquello casi le provocó una risa poco profesional. Casi. Porque el cabreo era tanto que ni el comentario del niño consiguió hacerla pestañear.
—Esas cosas raras como tú les dices se llaman medicinas. Me-di-ci-nas. Y ya muévete porque no tengo todo el día.
—Ya te dije que no iré.
—Mira chiquillo, más te vale que te des prisa porque sino-
—Irá conmigo.
Naruto y Tsunade, sorprendidos, voltearon a donde se produjo la voz. Sakura quitaba las mantas de su pequeño cuerpo para bajar de la camilla y acompañarlos.
—¿Qué? —murmuró el chico.
—Lo que oíste. Iremos juntos.
—Pero... ¿por qué tú?
Tsunade cruzó los brazos viéndolos hablar. Joder que eran niños, además tampoco se conocían, ¿y cómo es que ya andaban de mejores amigos esos dos?
—Ella ya lo dijo. Van a vacunarte, eso no es malo.
—¿No?
—No —suspiró, terminando de tocar el suelo con sus pies descalzos. Sintió que la baldosa estaba muy fría y dudó en dar un pie al frente—. Necesito mis zapatillas.
—Eh, iré a buscarte unas-
—No hace falta.
Ambos niños miraron a la mujer.
—Pediré que te vacunen aquí si tanto miedo te da. —añadió Tsunade. Luego descruzó los brazos y caminó hacia la salida.
—¡No es miedo! —gritó él.
—Si... claro. —se burló.
Sakura giró el rostro hacia Naruto, quién aparte de estar molesto también lucía pucheros.
¡Y qué pucheros!, válgame Dios.
Si hasta parecía bebé malcriado.
—Lo logramos. —festejó ella.
—¿Qué logramos?
La puerta sonó cuando Tsunade salió. Ellos quedaron solos, de nuevo.
—Si serás tonto —resopló Sakura, poniendo los ojos en blanco—. ¿Que acaso no es eso lo que querías? Ahora no te llevarán allá sino que te vacunarán aquí, conmigo de vigilante.
—Oh, es cierto —rió algo nervioso—. Aunque...
—¿Qué?
—Igual van a pincharme el brazo.
—Ah, eso es lo de menos.
El piso estaba tan frío como el hielo, y por desgracia las plantas de sus pies comenzaban a sufrirlo. Por ello, Sakura soltó la mano de Naruto y se encaramó de nueva cuenta en la camilla sin ningún tipo de dificultad. El chico observó la palma de su mano.
Qué bien se sentía la de ella...
—Es extraño. —la oyó decir.
—¿Qué?
—La forma en que nos vio esa doctora, ¿no te pareció raro?
—Err, lo siento. No me fijé. —volvió a reír, nervioso.
Sakura negó con la cabeza.
—Tú no tienes remedio.
Y fué así, entre risas y comentarios, que ellos llegaron a ser grandes amigos. O quizás algo más. Nadie lo supo, nadie lo sabría.
Esos ya eran misterios por naturaleza.
