Nota: Hola! Perdonen mi ausencia, es que he tenido problemas de salud últimamente pero nada grave (creo). Y también es que... estaba indecisa entre continuar escribiendo o no, pero decidí hacerlo para no dejar estos fic's inconclusos. Bueno, eso era todo. Gracias por leer :)
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NaruSaku
Por Shoseiki
Enfermos
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10 de Julio, 1530.
Todo era oscuro. Húmedo... siniestro, si me lo permitían decir. No existía otro paisaje peor.
Era soledad. Soledad en su más pura y cruda expresión. Ahí estaba yo, sola... y deseando más que a nada en el mundo poder vivir. Si.
¡Vivir! Y no sólo por mí, sino por él. Porque su compañía fué, es, y será todo para mí. De verdad que no exagero. Es casi como un apego tóxico lo que me une a él. Uno del que me ha sido completamente imposible escapar, ya que, aunque suene un tanto cliché y tonto, ese hombre me ha embrujado. Me ha seducido no sólo con sus ojos negros, no, eso se trató del principio nada más.
Menma...
Él me ha absorbido enteramente. Se ha incrustado en cada poro de mi piel, de mi mente, de mi cuerpo y corazón, y esto me hace sentir vulnerable, desnuda... enferma.
Incluso hasta muerta, pero de amor por ese hombre. O creí estarlo en su momento, sobretodo cuando lo perdí.
Cuando su vida se esfumó de entre mis manos y solo quedé yo. Yo y esta sensación de haberlo perdido todo; mis sueños, el hecho de poder tener al fin una familia con un hombre que de verdad quisiera, el aire, las ganas de subsistir... mi alma. Porque desde que Menma partió de este mundo, toda yo me fuí con él.
Eso es lo que acabó conmigo.
Su muerte. La del único hombre que amé.
Y créanme que lo había procesado. Me costó mucho, eso sí, casi una década superarlo, pero ya tenía la aceptación... hasta que apareció él y se presentó aquí.
El hombre que sería de ahora en adelante mi tormento. La fruta prohibida del árbol. El cuerpo del deseo. De mis deseos.
Naruto Namikaze. Un gran amigo de Sai, mi actual esposo, y también el nuevo huésped que ahora duerme a unos cuantos pies de mi recámara. Allí, en la habitación de al lado, como si el destino me estuviese tentando a caer en un juego sumamente peligroso. Y no, no es que le quiera ser infiel a mi marido, ya que yo más que nadie detesto el adulterio pero... su rostro, su mirada, la forma en que desliza la mano por su cabello despeinado y rebelde, me recuerdan tanto a él, a Menma. Y enseguida es como si mi mente reviviese uno a uno los recuerdos de ese amor tan apasionado, tan vivo, tan fuerte que tuvimos él y yo.
Entonces eso, junto a la aparición de Naruto, es lo que en efecto me está volviendo loca. Su presencia, nada más verlo, es como un elixir para mí. Me consume, me devora... Naruto Namikaze me atormenta.
Saberlo cerca de mí es algo que de verdad me inquieta. Tanto que ahora me encuentro aquí, parada junto a la entrada de la recámara dónde él duerme; a la espera de sabrá Dios qué. Pero ya no puedo más. He intentado por todos los medios controlarme: no verlo, no sentir su presencia, no ceder ante la necesidad de querer tenerlo conmigo. Traté, enserio que lo hice, luché contra mí misma y contra mis fervientes deseos. Duré días sin dirigirle la palabra, solo un mero saludo de anfitriona e invitado. Nada que me fuese tentador en su momento.
No me acerqué.
No lo toqué.
No dejé que su olor fuerte y puramente masculino me embriagara.
Pero en su puerta me hallo, desesperada e impaciente por ver de nuevo sus ojos. Unos ojos que, para nada se parecen a los de mi Menma, más sin embargo por ilógico que suene... ellos tienen algo. Un brillo, una luz, un misterio que me encierra como en una burbuja nada más verlos.
Si.
Parezco una loca, o quizá sí lo esté y sea Naruto la cura a mi eterno sufrimiento, o la entrada a un infierno sinfín. No lo sé. Solo sé que las ganas se acumulan cada vez más y no lo soporto.
Tengo... no. Necesito hacerlo. Y que me perdone Dios pero yo no puedo, aunque quisiera, aunque tratara de dominarlo, mi corazón ha elegido condenarse con tal de ceder ante este pecado.
Solo espero tener más adelante alguna salvación.
[...]
Me encontraba sin palabras. Honestamente, creo que nada podría definir la indiscutible belleza de esa mujer. La esposa de Sai, mi buen amigo, aunque vista la situación no puedo llamarlo así. No cuándo existe esta mortal atracción entre su cónyuge y yo.
Y es que lo sé, muy en el fondo presiento, que mi cuerpo no es el único afectado con el hecho de estar ella y yo cerca. Si incluso puedo ver e identificar un brillo de deseo en su mirada, no nada más en la mía. Solo es cuestión de que nuestros ojos coincidan, y la chispa salta. Revienta. Se crea como un magnetismo al frotar dos rocas entre sí, avisando que pronto la llama arderá.
Una locura, sin lugar a dudas. ¿Será eso? ¿Acaso yo, Naruto Namikaze, me habré vuelto loco por permitir a mi corazón y mi mente caer en este juego? En este... círculo, vicioso e intrigante, por desear con toda mi alma unirme a esa mujer. Si, lo acepto. No soy un gran amigo, no de Sai por lo menos, ¿pero qué puedo hacer? No tengo escapatoria. No la he tenido desde que dejé a mis ojos verla más de lo debido.
Maldición. ¿Qué es lo que he hecho? ¿Cómo es que pude, por primera vez en mi vida, meterme en semejante lío? ¡Já! Qué loco. Yo, a mis veintiséis años, enamorado hasta la médula de una mujer ajena.
Dios, si tan solo la hubiera conocido mucho antes... Si al menos el destino o el tiempo me lo hubiesen permitido, yo habría dedicado mi vida entera a hacerla inmensamente feliz. Le daría tantas cosas, pondría el mundo en una charola de plata si ella lo pidiese. Llenaría su recámara de regalos, estaría a su lado siempre, la apoyaría, sería su paño de lágrimas, su confidente, su amigo, su amante, la cortejaría desde la puesta de sol hasta el anochecer, y ahí le haría el amor.
La tomaría entre mis brazos, y la arrimaría a mi cuerpo desnudo, tomaría de sus dulces labios los besos que he estado añorando darle, le robaría cada ápice de aire, de oxígeno, y trataría por todos los medios de unirla íntimamente a mí. Tanto que no pueda dejarme, así como yo no podría dejarla a ella.
Sería... cómo volvernos uno. Un solo cuerpo, una sola alma. Un mismo ser. Eso quiero.
Quiero a Sakura Haruno, es lo único que sé. Ah, pero mi consciencia... esa sí que me pone trabas. Si ya hasta me tiene aquí, despierto a media noche en mi recámara y sentado en un pequeño banco junto a la mesa, escribiendo una carta a mi viejo amigo Sasuke como un idiota al que el destino lo pone a prueba. Porque de esa manera es como me siento. Probado por el destino, por Dios.
Incluso hasta... tentado por el diablo.
Un diablo con ojos esmeralda y cuerpo de mujer.
[...]
Ambos estaban condenados. Los dos lo sabían. Y no era para menos.
El deseo, aquella sensación tan carnal y llena de necesidad, los tenía destinados a pecar cada vez que se encontraran, porque ni aún con los prejuicios o estatutos marcados por la ley y la sociedad, ellos podían dejar de amarse, de añorarse... de sentir urgencia por entregar su cuerpo al otro.
Y si, claro que estaba mal, nadie podía opinar lo contrario. Solo que... Naruto y Sakura, más allá de opinar, querían sentir. Simple y llanamente eso.
Sentir, y nada más.
[...]
No.
No lo hagas.
Se lo decía una y otra y otra vez. Hasta el cansancio. ¿Que si sirvió? No. Decir que sí funcionaba sería un engaño, porque siendo honesta... no lograba huir. De verdad que quiso irse, escapar de sus propios instintos, pero ese deseo voraz que tenía por él la mantuvo quieta, con los pies firmes al suelo y más que dispuesta a ganarse su castigo si con ellos conseguía, por mínimo que fuera, besar aunque sean los labios de ese hombre.
Esos que desde un inicio atrajeron su atención y la mantenían casi que en un trance nada más verlos moverse.
Por ello, y porque posiblemente alguna sirvienta la vería si demoraba más allí, es que posó una mano en el picaporte y lo giró con extrema precaución, para no despertar al inquilino ni dar señal a alguien cerca. Oh, esto fué sencillo, pensó ella. Luego, una vez entreabierta la puerta, miró el único pasillo que daba a su derecha y como no vislumbró a nadie, terminó de abrir y entró a toda prisa, teniendo sumo cuidado de cerrarla con sigilo una vez adentro.
Entonces, ya de intrusa en el cuarto ocupado y frente a la puerta, nada la pudo salvar. Ni su sano juicio serviría de algo en ese momento. Si. El primer paso había sido dado. Sakura estaba en el mismo lugar que Naruto, y éste se impactó apenas la vió. Inclusive hasta la hoja donde escribía, esa dónde le pedía consejos a un viejo amigo, quedó en el olvido vista la extraña situación.
Y pensar que ella lo hacía dormido... bendito Dios.
—¿Sakura?
La aludida, en cuanto oyó su nombre sonar de esos labios, el miedo la paralizó. Primero pensó "de seguro oí mal, él a estas horas no puede andar levantado", pero casi al instante, como una bofetada dada por las circunstancias, de nuevo lo escuchó.
—¿Es usted, Sakura?
Oh no.
"¿Sería posible que él...?" Oh Señor.
—Si. —contestó, de espaldas y soltando la cerradura. Luego procedió a darse la vuelta y... lo que pasó a continuación fué suficiente para dejarla muda.
El joven Namikaze, o sea Naruto, se encontraba muy cómodo junto a una pequeña mesa, sentado en un banco de madera y para colmo sin camisa, con apenas un pantalón color gris oscuro y el torso... desnudo, alumbrado suavemente por el reflejo de la luz de la luna. A merced suya, y de quién fuera.
—Vaya sorpresa. —fué lo único que pronunció mientras se levantaba, y frente a Sakura sus músculos de abdomen y pecho se estiraban y contraían por el simple movimiento. Algo que bastó para que se secara la boca de ella.
Menuda vista.
Si hasta se recostó a la puerta de verle la estatura. Como una cabeza le llevaba.
—¿Se le ofrece algo? —osó preguntar.
—Si... digo no —sacudió la cabeza de un lado para otro y suspiró, era tan difícil—. Olvídelo, no debí entrar.
Se dió la vuelta y...
—¡Espera! No te vayas —exclamó él, y ella se detuvo—. Por favor, solo quédate.
Quédate...
Oírlo hablar así la congeló al instante.
—¿Quedarme? —dijo en un susurro.
—Si, eso dije —respondió, empezando a caminar y acercarse a ella—. Sé que puedes hacerlo.
De pronto el calor de su cuerpo, ese que tanto Sakura evitó percibir, la estaba rodeando. Él estaba cerca, demasiado cerca.
—Yo... no le he dado permiso de tutearme.
Seguía de espaldas, eso es lo que la salvó de ver su mirada. Una que parecía devorarla cual animal a su presa.
—Y usted, ¿si puede entrar a mi recámara como una prófuga de la justicia, así sin más?
—Es mi casa. —le recordó. Y por unos segundos el aire a él la rodeó. Su pura esencia, varonil y embriagante, ya la tenía mucho más que enardecida.
—De igual manera estás invadiendo un lugar privado, Sakura-chan.
No, esto no. ¿Por qué la había llamado de esa forma? Solo Sai quien era su esposo tenía ese derecho. Aquella familiaridad en cuanto a nombrarle así sin ser algo era pecado.
Pero, si aquel acto fué catalogado como pecado, ¿qué hacía ella ahí entonces? ¿acaso no lo era también estar encerrada en un cuarto con un hombre que no se trataba de su marido?
¡Vaya prejuicio!
—Usted... no puede decirme de esa manera —lo regañó, y pensaba continuar de no ser porque Naruto paró justo a su espalda, pegando incluso su pecho a la piel de ella. Dios, qué era todo aquello. Menos mal tenía puesta la dormilona de seda—. Ahora si me disculpa, me regreso a mi habitación.
Colocó la mano sobre el pomo de la cerradura, pero antes de poder siquiera moverla él la capturó. Primero con prisa, atrapándola justo a tiempo para evitar que abriese la puerta, luego deslizó con suavidad la palma abierta sobre el dorso de la mano de ella, abarcándola toda.
Sakura contuvo la respiración.
—No... no te vayas. —suspiró el chico, recostando la frente sobre el cabello femenino dónde, con absoluta confianza, se atrevió a olfatear.
—N-naruto pero qué... ¿qué hace? —protestó en un hilo de voz. De pronto sus piernas estaban temblando.
También su corazón.
Aquello... definitivamente era más de lo que ella podía resistir.
—Sakura, Sakura-chan... me gusta tu nombre. Y como suena en mi boca.
Entonces allí lo supo.
Ya todo estaba perdido, al menos para ella. Ese hombre la iba a volver loca.
—N-no —flaqueó su voz, luego intentó que saliera más firme—. Deténgase Naruto —Él continuaba oliéndola—, por favor... d-detente.
No la tenía. Haruno Sakura no contaba con las fuerzas suficientes para obligarlo a parar ni para detenerse a ella misma. Naruto lo notó y se aprovechó de eso cuando decidió usar ambos brazos para envolverla.
Para abrazarla y, bendito fuese el destino, permitirse también pegarla a su figura. Ahí Sakura dió todo por hecho y se declaró completamente vencida.
Vencida y derrotada ante él y sus ganas de amarse.
—Naruto no. —No se iba, el remordimiento todavía hacía de las suyas.
Lástima que, ese íntimo abrazo lleno de añoranza y puro deseo, fuera más fuerte que aquellos pensamientos.
Naruto sin deshacer ese ansiado gesto buscó las manos de ella y las entrelazó con las suyas, ubicando el rostro en el hueco de su hombro. Sakura cerró los ojos.
—Dime que no sientes nada y te juro que me voy mañana mismo. Dímelo, Sakura-chan.
La aludida presionó los labios entre sí, su respiración se entrecortó. Era como si su mente ya no estuviera funcionando.
Joder, Naruto era igual o peor que una droga.
Nada más tocarla y su cuerpo no hacía otra cosa que no fuese vibrar.
—No puedes, ¿verdad? —le preguntó al oído, segundos antes de depositar un beso caliente y fuerte en el cuello de ella—. Yo tampoco podría hacerlo. Aunque quisiera no podría dejarte, Sakura-chan. Por eso viniste, porque te atraigo de la misma forma que tú a mí.
No le respondió, pero sus uñas se clavaron en el antebrazo masculino y la chica casi siseó ante el roce de ambos cuerpos.
—Háblame, dí algo. —le pidió al notar que ella apenas y se sostenía en pie frente al deseo sentido por ambos.
—E-es... que no lo entiendo.
—¿Qué? ¿Qué no entiendes?
—Esto —dijo como pudo—, el que hayas llegado a mi vida justo ahora, cuando...
—¿Cuando qué?
—Cuando creí haber cerrado todos mis ciclos, y que no habría nada que podía atormentarme, llegas tú y lo desequilibras todo. Es como si fueses el precio de todos mis pecados.
Naruto asintió, y acto seguido introdujo su mano grande y tibia por un espacio que encontró en la bata de ella, tocando de inmediato parte de aquel abdomen plano y firme que se contrajo nomás sentirlo.
—Dios...—siseó Sakura.
La caricia de sus dedos se sentía como el fuego. Una sensación que ya conocía y vivió con Menma, pero que ahora acababa siendo mucho más intensa.
Con Naruto todo lo era.
—Entonces házlo —mumuró cerca de su oído—. Aquí estoy, Sakura-chan, solo hace falta que tomes de mí lo que quieras.
—N-no. No podría.
—Si, claro que sí.
Tras decir eso y, como si no fuese suficiente estarla atormentando, Naruto puso la otra mano en su cintura y apretó, por supuesto que con suavidad, pero aplicó la firmeza exacta para causar en ella todo tipo de emociones.
Sakura ahora perdía cualquier fuerza de voluntad.
—Te voy a amar, Sakura-chan. Te amaré tanto que no te irás jamás.
Y, valiéndose de su vulnerabilidad, de que ella se encontraba perdida en las palabras y caricias de él, Naruto le hizo dar un giro hasta tenerla de frente y como era de esperarse, Sakura abrió sus ojos para mirar los suyos.
De inmediato el deseo los consumió.
Ella fué en busca de sus labios y la boca masculina ya la estaba esperando. Un beso tórrido, como ningún otro, guiado por algo más que una atracción. Era la viva imagen de la pasión todo aquello. Las manos de Sakura subieron hasta la melena rubia y le atrajeron con gran desesperación. Esos dedos delgados y delicados, se abrieron camino entre hebras suaves, al igual que él lo hizo desde un principio con su boca.
Tal vez por ello Sakura se sentía borracha mientras el beso proseguía. Porque los labios de Naruto surtían el mismo efecto que una botella de alcohol.
Ambos eran igual de embriagantes, de calientes.
Pero eso no era todo. Oh, claro que no.
También estaban sus manos; esas que parecían estarle abrasando la piel mientras se deslizaban arriba y abajo, palpando por sobre la tela su figura.
—Dios mío —gimió, instantes previos a sentir cómo él profundizaba el beso. Ése mismo beso que al mismo tiempo la estaba ahogando.
Si. La ahogaba. Naruto lo hacía con el simple hecho de estrujarla contra su cuerpo y no dejarla respirar.
—No —declaró Naruto, soltando por dos segundos sus labios para añadir:—, de eso nada. Aquí tu Dios no te salvará.
Y, contra todo pronóstico, su boca húmeda y suave la capturó de nuevo, embriagándola... haciéndola incluso gemir dentro de ella.
Era la gloria.
Una que duró horas... E incluso la noche. Una que estaría por siempre en su memoria y en la de él, pasara lo que pasara.
Sin importar nada más.
