Sé que tardé en actualizar, ahora tengo dos trabajos, dos familias y un mundo en mis manos que se caerá apenas de un paso en falso. Hoy ha sido un día difícil y tuve esta necesidad de escribir; si alguien lo sigue, muchas gracias.

Capítulo 2.

―Pareces el chofer ―se burló Anna, cuando Elsa aseguró la puerta de su lado en el vehículo. La muchacha rubia rodeó el coche para tomar su lugar, y no dijo una palabra hasta colocarse el cinturón.

―El chofer está al volante, pero me alegra que tu repertorio sobre la cortesía sea tan amplio.

Había esperado hasta ese momento para responder a la burla de la joven, quien le devolvió una mirada recriminatoria. No podía culparla, porque era cierto. Aunque Anna solía convivir entre mujeres bastante bien educadas, solo Elsa la hacía sentir especial, con sus comportamientos sutiles que aceleraban el ritmo cardíaco de la pelirroja al mínimo detalle cortés por parte de la rubia.

Al ser consciente del silencio de su acompañante, Elsa le dedicó una mirada curiosa.

―Desconocía que fueras una princesa con chofer ―dijo Anna ―. ¿A dónde me llevas? ¿Voy a conocer tu palacio?

―Si viviera en un palacio no tendría qué venir por ti, enviaría una flamante caballería a recogerte para llevarte hacia mí con total ceremonia. Apuesto a que eso te gustaría.

―No lo creo ―dijo Anna, claramente renuente ―Pero, supongo que no nos dirigimos a ningún lugar privado, puesto que nos lleva tu chofer.

Elsa la miró de forma graciosa, como si de repente algo que había planeado tan bien, le estuviera ahora abofeteando en la cara.

―Caray, espero no decepcionarte si te cuento.

―¿Si me cuentas qué?

―¿Alguna vez me ofrecí a llevarte en coche?

―No que yo recuerde ―respondió la ginecóloga, haciendo memoria ―. Pero es porque yo siempre llevo mi coche, no tenías necesidad de ofrecerme el tuyo.

―Es porque no tengo coche, bueno, sí tengo uno, era de mi padre y un amigo me ayudó a hacerle modificaciones, pero realmente no lo uso y tampoco puedo decir que es propiamente mío. Y menos tengo chofer, Anna, mi familia no cuenta con ese tipo de privilegios, yo solo contraté un servicio de taxi privado.

―Oh ―murmuró la otra chica ―. Bueno, no importa, lo dije solo porque me pasó por la cabeza, pero no tiene importancia, de verdad.

―Y peor aún es que no conduzco ―interrumpió Elsa.

―¿Ah, no?

―No tengo seguridad al volante. Me pone muy… ansiosa hacerlo. Pero te prometo que la próxima vez que salgamos iremos en bicicleta.

Sabía que Elsa estaba bromeando, aún así, la idea se coló en la mente de la pelirroja como la viva imagen de un hecho futuro, hermoso y deseado: un panorama bonito, con flores coloridas y aroma a lavanda, seguida de atractivas y poco concurridas calles de la ciudad que conducían hasta el café favorito de Elsa, donde las bicicletas se estacionaban después de un largo y romántico paseo para disfrutar de una humeante taza del líquido oscuro y pastel de moras. Anna podía oler lo delicioso de aquello e inconscientemente suspiró.

―Sí, creo que definitivamente lo haremos ―dijo la rubia, respetuosamente divertida con el rostro soñador de su compañera. Cuando Anna la miró de nuevo, se dio cuenta de que nunca había encontrado su lugar en el mundo, hasta ese momento.

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―Tus manos son muy suaves, ¿me estás engañando y realmente eres una princesa con un par de mozas que le hacen la cama y le sirven el té en el balcón de su torre favorita?

Elsa soltó la mano de Anna para cerrar la puerta del vehículo y entregarle su bolso, un gesto cortés que puso distraídamente calientes las mejillas de la pelirroja.

―Podrías ser psíquica ―respondió la rubia ―, digo que podrías porque en este mundo tú serías esa princesa. Y yo la reina.

―¿Ah, sí? ―dijo Anna.

―Por supuesto, tengo mayores cualidades para fungir como la soberana en el trono.

―¿Lo dices por tu glacial mirada?

―No, es porque soy más alta.

Dijo Elsa, midiendo exageradamente con su mano la diferencia de estaturas. Anna rio, aceptando para sí misma que encontraba muy atractivo el hecho de mirar a Elsa hacia arriba, aunque la diferencia no fuera tan dispar. Para Anna, Elsa Ekman era una figuraba fuerte y protectora. Si bien sus facciones y modos eran delicados, Elsa se veía como una muñeca frágil que una niña de ocho años baja de su estante solo para arrullarla, temiendo romperla o maltratarla; pero al mismo tiempo, la pediatra tenía esa gallardía y presencia imponente que demandaba atención, y sus manías por abrir las puertas para Anna, correrle las sillas, cederle el paso, priorizarla en cada oportunidad volvía loca a la única hija de los Hansen. Siempre que se encontraba en presencia de Elsa, Anna sentía que nada malo podría sucederle.

Se observaron una a la otra, entre miradas y sonrisas cómplices, entre trazos de confianza y buen humor. Anna pensó que de haber existido en otra vida, su relación podría haber sido más familiar que un encuentro casual en un salón de conferencias.

―¡Elsa! ―llamó una voz, interrumpiendo el romántico escrutinio entre las jóvenes doctoras ―Vengan acá, los niños llevan diez minutos aguardando en una fila y tú sabes lo que pasa cuando su paciencia se rompe.

Elsa le cedió el paso a Anna, justo en el corazón de la ginecóloga, y solo se detuvo a la entrada para saludar a la otra mujer.

―Ella es Anna Hansen…

―Sí, sí, sí, ya vete ―la apremió esta, empujándola hacia el interior. Elsa le sonrió a Anna susurrándole un "ya vuelvo" antes de darle la espalda y alejarse, no sin antes gesticular un atribulado rostro por dejar solas a las dos chicas.

―Soy Honeymaren ―saludó la joven de espesas pestañas, y entonces Anna comprendió ―. Siento apartarte de Elsa, pero deberías ver cómo se ponen estos pequeños si esperan más de lo que están dispuestos a soportar. Eso y que tienen mucha hambre.

―¿Llegamos tarde?

―No, nosotros llegamos temprano. Sígueme ―le indicó a Anna, a lo que esta obedeció tímidamente, mientras sus ojos barrían por la espalda a la atractiva joven morena.

Al atravesar el pasillo, Anna se encontró en un amplio salón con una cantidad enorme de niños que se formaban en diferentes filas ordenadas por edades. El ruido de distintas voces, agudas y sonoramente fuertes producía mayor eco en el espacio que apenas contenía una pequeña cantidad de cubículos separados de donde entraban y salían algunos de los pequeños que aguardaban en las filas. Por las personas de batas blancas Anna dedujo que los cubículos eran usados para revisiones médicas y control de vacunas, fue indudable cuando una pequeña a la que Anna le doblaba la altura salió corriendo de uno mientras lloraba a todo pulmón.

―Están más tranquilos que otras veces ―volvió a hablar la joven morena, llevaba una tablilla de anotaciones en la mano ―. Ayer llegaron los juguetes y materiales de trabajo, fruto de su excelente promedio académico. Lo tienen más que merecido.

―¿Es una escuela? ―preguntó inocentemente la chica pelirroja, por lo que la otra la miró confusa, desviando su atención de las notas que redactaba.

―¿Elsa no dijo a dónde te traía?

―No, ella solo mencionó que… sería divertido.

La joven, de hermosos rasgos northuldras, suspiró.

―Bueno, esto no es una escuela, es un orfanato.

Anna no supo qué decir.

El edificio era de tres pisos rodeado de salones grandes que miraban hacia el centro donde la multitud se concentraba; de la parte de arriba, niños y niñas de edades más avanzadas se asomaban para presenciar el alboroto, mientras que otros bajaban y subían las escaleras conversando, o corriendo. En uno de los salones de al lado se percibía un exquisito olor a comida y postres.

Anna se giró para buscar a Elsa, la encontró junto a una fila de pequeños de entre seis y ocho años, con una cinta de medir en la mano mientras anotaba estaturas y pesos.

―En dos meses pueden crecer hasta tres centímetros ―volvió a decir Honeymaren, y luego observó a Anna mientras esta guardaba silencio ―. Es la primera vez que Elsa invita a una chica. ¿Dónde se conocieron?

Anna no se quedó en silencio solo por timidez, o porque intentara a propósito ignorar la pregunta de la muchacha; ella realmente no sabía cómo responder a nada de aquello, cualquier pregunta o comentario que le venía a la mente lo sentía estúpido, algo como "¿me estás diciendo que todos estos niños no tienen papás?". Anna estaba descubriendo un mundo al que era ajena, situaciones que nunca vivió, hasta ese punto.

A pesar que la pequeña familia de Anna no se movía en una élite excéntrica, sí tenían lo suficiente para que desde su nacimiento, Anna jamás tuviera qué preocuparse por no tener la muñeca que deseaba para navidad, ni las vacaciones de su vida. Siempre fue una de esas personas privilegiadas dentro de una ciudad y uno de los países más prósperos de Europa. La vida de niños menos afortunados que ella no fueron temas recurrentes en las conversaciones de su rica familia, salvo escasas ocasiones en las que sus padres le pedían donar algunos de sus viejos juguetes.

El orfanato era como un lugar en una de esas dimensiones paralelas a su vida.

―En un simposio ―respondió al fin ―, hace un par de semanas.

Honeymaren la observó más de la cuenta, como si la estudiara, como si le pareciera realmente extraño ver a Anna ahí. Entonces la pelirroja recordó a quién tenía en frente y antes que pudiera devolverle el frío escrutinio, Elsa regresó.

―Anna, ven, voy a presentarte a mi madre.

Gerda Ekman era una mujer simpática y de robusta apariencia, dentro del mundo de la medicina ejercía también la pediatría y era, de hecho, quien comandaba al ejército de personas reunidas ahí.

―Me alegro que Elsa te invitara, cariño, me parece tan extraño porque, de hecho, ella solo habla con niños.

―Si usted no me lo dice, yo no lo creo, justo acaba de decirme que tiene todas las aptitudes para ser la reina de Arendelle.

―Qué curioso. ¿Cuándo te dijo eso?

―Cuando llegamos aquí.

La señora Ekman le regaló una confusa y divertida mirada a su hija, y luego a otro muchacho rubio que la miró de la misma manera.

―Bueno, no la culpes, querida, ha pasado tanto tiempo huyendo de las personas que tal vez llegaste tú, con tu bonito rostro y sexy apariencia y cambiaste el interruptor de modo "odio a la gente" a, "debo intentarlo".

Elsa carraspeó, mientras Anna acompañó las risas del muchacho rubio del fondo.

―Iré a mostrarle a Anna lo que hacemos aquí ―dijo Elsa, llevando a Anna de la mano mientras huía con ella.

―¿Temes que tu madre te avergüence conmigo?

―Así es ―respondió con seguridad la joven ―. El tipo rubio con cara de imbécil es mi hermano Kristoff, cuando quite esa cara de idiota te lo presentaré también.

―Tu madre es agradable, y muy simpática. Creo que también la chica northuldra que nos recibió en la entrada, ¿cómo dijo que se llamaba?

Elsa la miró inquisitivamente.

―Te dije que su familia colaboraba con la mía en algunas actividades, esta es una de ellas.

―Ya me di cuenta. No es un reclamo ―y tuvo qué morderse la lengua porque sí lo era. Así que Elsa se encontraba con frecuencia con Honeymaren, no fue algo que tranquilizara a Anna pero la northuldra, de hecho, le agradó ―. ¿Por qué me invitaste a este lugar?

La cabeza platinada se giró rápidamente hacia ella, evidentemente sorprendida.

―Mm… ¿Fue un error?

―No, no, claro que no, solo… me dio curiosidad. Honeymaren mencionó que no sueles traer a nadie.

Elsa finalmente entendió el contexto de la pregunta.

―Me pareció… lindo invitarte a explorar parte de mi mundo ―luego desvió la vista hacia sus manos, un gesto que Anna conocía recién.

―Gracias por hacerlo, ojalá me tomes en cuenta para explorarte más… Es decir, tu mundo.

Notó que Elsa resistió las ganas de reír y, para ayudarla, la llevó nuevamente del brazo. A Anna le encantó ese gesto porque hasta entonces, fuera de sus cordiales saludos de mano, Elsa evitaba tocarla.

―Ven ―le dijo.

Cada mes, la familia de Elsa colaboraba junto a otros profesionistas de la salud y voluntarios para visitar uno de los dos orfanatos de la ciudad, llevándoles atención médica gratuita. A su labor se sumaban profesores de todas las áreas, cocineros y pequeños empresarios que brindaban servicios de limpieza o donaban ropa, materiales y dinero para mantener en buenas condiciones los orfanatos. Un gran trabajo de una enorme comunidad.

La rubia le mostró a Anna los salones equipados con los materiales de las donaciones, los lugares de recreación, así como la cancha de fútbol que construían en el patio trasero.

―Kristoff colocó aquellas porterías, están chuecas, tendrá que quitarlas y volverlas a colocar, me di cuenta desde que las puso pero será divertido cuando le muestre que deberá trabajar en ellas de nuevo.

Elsa escuchó un sollozo y volvió su cabeza para mirar a Anna, la muchacha acababa de pasarse la mano por la nariz para sorber sus mocos.

―¿Estás bien? ―preguntó Elsa, al notar que cuantiosas lagrimitas le caían por las mejillas pecosas ―Aguarda, te ayudo ―agregó, pasando una sanita para absorberlas.

―Estoy bien, solo… Elsa, yo jamás fui… testigo de una situación tan difícil y triste ―se sinceró la mujer, a lo que Elsa decidió guardar silencio para escucharla, mientras terminaba de secarle las lágrimas ―. Como médica sé que existen pero, nunca trabajé directamente con ellas y ahora creo que es injusto.

―¿Por qué injusto?

―Mi estatus social, que nunca te he ocultado, me apartó de esto, y aunque atendí casos especiales, hasta hoy solo he sido esa profesionista con un título y mucha suerte.

―No es tu culpa.

―Sí lo es. Mi familia es influyente, así que siempre me consiguió las mejores oportunidades para ejercer en mi campo mientras estudiaba. Los mejores hospitales, en las mejores zonas de la ciudad. Jamás escuché una historia difícil de ninguna persona que conocí mientras me especializaba.

―Sigue sin ser tu culpa.

―Y mis padres jamás me dejaron mirar fuera de los límites de nuestro distinguido suburbio ―pareció gritar, mientras se veía seriamente lastimada ―. No más allá de meter juguetes en cajas de regalo previo a la navidad que nunca supe a dónde paraban porque mamá quizá veía bien una forma de deshacerse de mis viejas cosas mientras limpiaba su conciencia por una acción caritativa. ¿Te das cuenta? Hay todo un mundo fuera de mi burbuja... ―la pelirroja encontró una silla dónde sentarse, mientras miraba al suelo, avergonzada y dolida ―Siempre creí que… ayudar era solo parte de… otra rutina, como practicar un deporte.

―Me alegro que fuera así, no necesitamos más personas en necesidad, no queremos eso. Y si bien no todos somos afortunados, siempre que esté en tus manos hacer algo, y quieras hacerlo, solo hazlo. Tampoco tienes qué exigirte; estos niños, por ejemplo, no lo piden. Kristoff y yo estamos aquí por nuestros padres y toda su vida dedicada al altruismo.

―Tus padres son maravillosos.

―Mi padre lo fue, murió hace algunos años, no recuerdo si te lo dije. Y bueno, ahora mamá continúa por los dos. Aprovechamos que somos médicos para dar seguimiento a casos especiales porque podemos hacerlo. Mira ―dijo la rubia, ocupando la silla al lado de Anna, buscando una forma de distraerla de sus propios sentimientos ―, hay niños que nacen enfermos, o se enferman después, les conseguimos atención gratuita en diferentes hospitales dependiendo la especialidad a donde son canalizados; y aunque no lo creas hay bastante gente a la que le gusta ayudar, y los apadrinan o, en el mejor de los casos, los adoptan. También conseguimos prótesis, operaciones y medicamentos.

―¿Crees que pueda colaborar de la misma manera?

―Creo que puedes hacerlo, pero no te traje aquí para eso.

―A mí me encantaría.

―Bueno, toda ayuda siempre es bienvenida, pero reitero que los chicos no te exigen nada. A decir verdad tienes un rostro confiable, tal vez podrías ayudarles de otras formas.

―¿De qué formas?

―Poniéndote una nariz roja y zapatos del once.

―¡Oye! Tu madre dijo que mi rostro es hermoso.

―Lo seguirá siendo con una nariz roja ―bromeó Elsa ―. Bien, puedes enseñarles cosas, hay una gran cantidad de profesores que donan su trabajo, ellos también consiguen material académico. Otras personas prestan sus servicios para limpiar, cocinar, construir, hay muchas cosas que la gente hace recibiendo como único pago una sonrisa sin dientes.

La pelirroja rio, incapaz de encontrar ninguna palabra inteligente para lo que escuchaba. Elsa miró hacia la fila de niños que aguardaban por sus vacunas, era una rutina para la cual ya estaban preparados, lo tomaban de manera muy educada pues sabían que era importante.

―Quería… quería pasar algún tiempo contigo hoy, pero tenía este compromiso y entonces decidí compartir dos cosas que me gustan mucho. Espero no acaparar todo tu tiempo libre…

―Descuida ―le dijo la muchacha, tocándola íntimamente del brazo ―, también me gusta pasar el tiempo contigo y creo que mejor inversión de este no puedo hacer. Y ahora, dime, ¿en qué te ayudo?

La rubia le regaló una de esas sonrisas que simplemente descolocaban el mundo de Anna, para volver a su sitio de nuevo, con una visión más perfecta de las cosas.

―A los niños les vas a encantar.

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Anna terminó de contar sus crayones y los guardó en la bolsita de estambre que le obsequiara uno de los niños.

―Doce ―le dijo a Elsa ―, cuatro repetidos y dos mordidos hasta la mitad ―la muchacha la miró, sonriendo desde el asiento del piloto de su hermano.

―Y un dibujo.

―Y un dibujo, con la nariz chueca pero…

―Respetaron tu color de ojos.

―Es idéntico.

―Y mira, también te dibujaron tres cabellos más que a mí, esa es toda una victoria ―Anna lanzó una sonora carcajada, el dibujo se lo dio una niña de seis años quien señaló lo bonita que le pareció Anna y lo mucho que le gustaría que un día ella fuera su mamá.

Elsa es mi mamá, pero tú también puedes serlo ―le dijo a la pelirroja.

La joven miró hacia donde Elsa atendía a un pequeño que jugaba con su trenza, ella le devolvió la mirada seguida de esa sonrisa que tanto le gustaba a la pelirroja. Las mejillas se le volvieron cobrizas.

―Es una niña especial ―dijo la joven doctora, mientras pensaba en lo mucho que le gustó aquella idea ―. Nunca lo había considerado pero, tal vez, en lugar de tener hijos propios ahora yo decida adoptar.

La rubia, que se recargaba perezosamente sobre el volante del vehículo, la observó con detenimiento.

―¿Te atraparon el corazón los come galletas?

Los labios de Anna sonrieron débilmente.

―Hay… una historia con mis padres. Cuando eran jóvenes mamá se embarazó, pero el bebé nació con un problema respiratorio y murió unos minutos después, es triste porque mis padres lo esperaban de verdad. Mamá no tomó bien la pérdida y hubo muchos conflictos en mi familia por eso, hasta que con el paso de los años, poco a poco ella pudo sobreponerse de su dolor, pero ahora cada día debe aprender a sobrevivir con el recuerdo de un niño que jamás fue, pero lo ama como si existiera.

Anna miró al suelo, apenada.

―Es una historia terrible. Lo lamento mucho.

―Papá dice que lo único que ayudó a mamá a mantenerse fui yo. Tal vez por esa razón ellos se han ocupado en esconderme del mundo como si fuera un tesoro codiciado.

―Eres un tesoro codiciado ―dijo Elsa, sacudiendo la cabeza tras darse cuenta de su desvarío, y solo para enmendarlo agregó lo único que tenía en la mente en ese momento ―. Mis padres me adoptaron cuando tenía ocho años.

El silencio reinó entre ambas. Anna abrió la boca para intentar cerrar el silencio pero nada sensato le vino a la cabeza, así que decidió permanecer callada para que Elsa continuara con su historia.

―Hasta esa edad crecí en este mismo orfanato. Y un día mis papás adoptivos dejaron Corona para venir a Arendelle, me encontraron y me aceptaron en su familia. Kristoff ya venía con ellos. Tenían pensado quedarse solo con él pero no pudieron resistirse a una triste niña de ojos azules y sonrisa encantadora.

Como Anna no sabía qué decir, eligió la peor pregunta.

―¿No sabes quiénes son tus padres?

Elsa pareció no darle importancia, simplemente negó con la cabeza.

―¿Y te gustaría saber?

―No lo sé, mis padres adoptivos siempre fueron buenas personas, así que… no me preocupa quién pudo traerme al mundo. Igual mamá dice que si un día decido buscarlos, me apoyará.

―¿Y por qué no lo haces?

La pediatra suspiró hondamente y se tomó varios segundos para responder.

―¿Sabes? Te mentiré si te digo que nunca he estado curiosa, no que lo necesite ―aclaró ―, solo curiosa. Pero quizá no lo he hecho por miedo ―agregó después.

―¿Miedo de qué?

La muchacha rubia bajó la cabeza, avergonzada de sus pensamientos.

―De encontrarlos y saber que nunca me quisieron, y que quizá solo vine al mundo por la irresponsabilidad de una pareja adolescente inexperta.

Anna vagamente había leído algunas historias parecidas, solo por el uso de datos para respaldar alguna investigación. Aunque Arendelle tenía la menor incidencia en embarazos no deseados de Europa, la cantidad de mujeres jóvenes que acudían por atención durante sus meses de preñez era sorprendente. Muchas de ellas no estaban preparadas para ser madres, pero pocas realmente lo aceptaban. Anna no conoció las historias más allá de las respuestas a preguntas de rutina para una atención ginecológica.

―Tal vez las cosas fueron diferentes ―mencionó la chica Hansen, en su pobre intento de animarla ―. Tal vez tus padres te perdieron y han pasado una vida buscándote.

La rubia guardó silencio por varios segundos. Su experiencia con niños abandonados le brindaba pocas esperanzas de que su historia fuera así; era consciente que existían, muchas veces fue testigo de padres que regresaron por sus hijos, algunos solo por una consciencia que no los dejaba dormir por las noches. Otros de verdad llegaban plenamente arrepentidos. Pero había algunos, algunos que tristemente tomaban la decisión de mirar a sus hijos de lejos, en tímidas visitas disfrazadas de ayuda porque seguían sin nada más qué ofrecerles.

Aún así, la mayoría de los pequeños vivían en ese lugar hasta que la madurez los alcanzaba, y a Elsa siempre le pareció triste verlos crecer sin nadie que regresara por ellos.

Y nadie que los quisiera.

―Sabes que eso tiene pocas, sino es que nulas probabilidades de ser pero, si en algún momento encuentro el tiempo, y las ganas, y a un buen investigador, quizá lo haga. Para serte sincera siempre he querido indagar más sobre mi genética y conocer si soy propensa a ciertas enfermedades, o psicópata.

En ese momento el hermano de Elsa apareció, pero Anna alcanzó a reír.

―¿Listas para irnos, chicas?

Elsa le cedió el volante a Kristoff.

Minutos más tarde, cuando la rubia le pisaba los pasos a la pelirroja mientras caminaban hasta la puerta de su casa, casi podían escucharse los corazones de las dos mujeres palpitando a la mitad de la banqueta, entre las calles solitarias de un suburbio decente cuyos habitantes yacían en sus hogares preparándose para dormir. Elsa se detuvo un momento para hablarle a Anna.

―De verdad siento mucho si te he acaparado en estos días, recién nos conocimos y ya quiero llevarte a todos lados. Siento… una conexión especial contigo y para serte sincera no sé cómo explicarla.

―Yo también siento una conexión especial hacia ti, estamos juntas en esto. Y aunque acaparas mi tiempo libre, en realidad lo disfruto mucho; me gusta estar contigo, Elsa, a donde sea que me lleves, y espero que esta no sea la última vez.

―Creo que eso no sucederá, buscaría cualquier pretexto para volver a verte.

―Me alegro ―dijo la otra joven ―. Porque de hecho yo tenía pensado pedirte la tarde del miércoles solo para mí… es decir, tú y yo.

―¿El miércoles? Claro. Termino mi turno a las seis, estaré en una guardia de doce horas.

―Oh, entonces tal vez no sea una buena idea.

―Es una buena idea, porque el jueves entraré por la tarde.

―Bien, entonces me envías por whatsapp la dirección a donde pasaré a recogerte. Seré puntual.

La muchacha más alta asintió con la cabeza y titubeó algunos segundos antes de comenzar a despedirse, pero Anna interrumpió lo que sea que Elsa fuera a decir.

―Gracias por lo de hoy. Ve con cuidado a casa, Elsa. Buenas noches ―sin mucha ceremonia Anna se paró de puntillas y besó la mejilla de Elsa ―. Te veo el miércoles ―le guiñó, como si la confianza la construyeran de hace años.

Anna se sentía en estupenda comodidad con esa mujer; desconocía la razón, o más bien se obligaba a ignorarla, pero en ese momento su menor interés era perder el tiempo pensando en aquello, cuando solamente podía disfrutarlo.

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Aquél miércoles Elsa salió con la enorme mochila al hombro y su bata blanca cayendo de ella. Bajó los amplios escalones a la entrada del hospital que administraba su familia.

―¿Sabes que la idea de exponer la bata de esa forma es horrorosamente inapropiada, verdad?

―Por supuesto. Pero tengo un hermano misofóbico que la desinfectará pensando que es suya y quedará completamente esterilizada como si de un producto nuevo se tratara.

―No es correcto ―la riñó la más joven.

―No lo escuchaste de mí. ¿Y bien? ―preguntó, solo para desviar la atención de su vergonzosa irresponsabilidad ―¿Qué haremos hoy?

Anna sonrió ampliamente, como una niña emocionada por abrir una caja de juguetes.

―Hoy me llevarás de paseo.

―¿Qué?

―Aquí tienes las llaves de mi auto ―dijo Hansen, dejando las llaves en la mano de Elsa ―. Y… aquí tienes mi auto.

Elsa abrió los ojos, confusa y aterrada.

―Anna, sabes que yo no conduzco.

―Claro que lo sé, por eso hoy vencerás ese miedo y vas a conducirme de este sitio a otro.

Anna se giró para abrir la puerta del copiloto y ocupar su lugar, indicándole a Elsa tomar el volante. La muchacha rubia se quedó un momento de pie, observando las acciones de su nueva amiga, pero obedeció cuando se dio cuenta que la joven iba en serio.

―Okey, ¿de qué se trata esto? ―preguntó, una vez colocada en su sitio.

―Dijiste que tenías algo con los autos, un temor a conducir. Antes de continuar quisiera saber por qué, si es posible.

Elsa observó a Anna, la preocupación reflejada en el rostro. Miró sus manos colocadas sobre el cuero del volante y suspiró.

―No lo sé con exactitud; mi psicóloga dice que podría ser por algún trauma sufrido en mi niñez, pero no consigo recordar mi vida antes de los cinco años, parece que hay un bloqueo ahí.

―¿Crees que pudo ser un accidente de coche cuando eras pequeña?

―Es posible, pero difícil de determinar; quién sabe ―se encogió de hombros, restándole importancia al suceso.

―Así que vas a terapia ―no era una pregunta.

―Sí… no… Bueno, iba. Ahmm… No sé qué tan pertinente te resulte esto pero, sí, yo he tomado terapia. Ha sido bueno, antes no habría podido entablar una conversación contigo en aquella conferencia pero, gracias a eso he ganado seguridad de muchas formas y… solo espero no estarme pasando del límite. Dejé de ir hace un tiempo.

―Está bien, no es malo recibir terapia, es inteligente incluso reconocer que tenemos un problema con el cual debemos aprender a lidiar para poder resolverlo; y no me parece que te extralimites, aunque ciertamente apenas te conozco. Estoy agradecida que no salieras huyendo cuando te ofrecí mi bolígrafo ―dijo Anna, recordando las palabras de la señora Ekman.

La rubia sonrió y Anna le devolvió el gesto. En otras circunstancias su contacto con Anna habría quedado ahí, ella le devolvía su bolígrafo, le daría las gracias y ya está, de vuelta a lo suyo. Pero Elsa simplemente se dejó llevar por ese latido interno que la hacía girar la cabeza para hablarle a Anna a mitad de una conferencia que en serio quería escuchar.

―Y bueno ―interrumpió la ginecóloga ―, estamos aquí porque entonces debes aprender a lidiar con otro de tus problemas, que es conducir, y yo te voy a enseñar a tener esta seguridad en el volante.

―Te aseguro que lo han intentado, mi padre, Kristoff, mamá…

―Pero no me has dado la oportunidad a mí, así que, solo pon tus manos en esa rueda y enciende el motor.

Elsa observó el tablero y todas las palancas delante de ella con las manos ligeramente temblorosas.

―Anna, realmente me importas mucho como para arriesgarte a morir conmigo.

―Justo porque te importo lo harás bien.

―¿Y si choco?

―Tengo seguro.

La respiración de la rubia comenzó a agitarse. Anna la tomó de la mano y le habló, casi en un susurro.

―Tranquila, no te exijas, no vas a la Fórmula 1, solo daremos un paseo por la ciudad; es una hora pacífica y yo estoy contigo. Estaremos bien.

Elsa clavó la mirada en los ojos de su compañera, su voz le pareció hipnotizante, como si de verdad ninguna cosa estando con Anna podría salir mal.

Tomó la llave y encendió el clutch, realizó los cambios y echó a andar el vehículo lentamente, hasta que poco a poco fue pisando el acelerador y las dos muchachas se perdieron por la larga avenida rumbo al destino que su voluntad dictara.

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El pasillo estaba solo y frío, una lámpara titilante se mecía con el viento que se colaba desde un ventanal abierto al final del lúgubre pasillo, avecinando una tormenta. Anna llamó a la puerta tres veces, contó hasta cuatro y volvió a llamar, se detuvo y contó de nuevo cuatro para hacer lo mismo. Elsa emitió una risita burlona.

―¿Es código morse?

―Claro que no. Es el idioma de un geek paranoico al que le encanta inventarse cosas.

Se escuchó ruido detrás de la puerta, como cadenas siendo destrabadas y entonces una cabeza pelirroja se asomó por la media abertura de la madera.

―¿Trajiste la droga?

―Envuelta en aros de cebolla, por supuesto.

La cabeza desapareció y se escuchó un seguro correrse, seguido de una gruesa voz que continuó en las sombras.

―Entre.

Anna le cedió el paso a Elsa, quien entró con más cuidado del que pretendía, seguida de la joven pecosa. Cuando se encontraron de frente con el dueño de la sombría voz, Elsa saltó tras el grito de Anna.

―¡Hans! ―la muchacha pelirroja se echó a los brazos del joven, quien se tambaleó hacia atrás.

―¡Hey! ¿Cómo estás, pequeña fresa?

―¿Cómo me ves?

―Cincuenta centímetros de cabello lacio y pelirrojo, ojos azules y verdes, ciento setenta centímetros y… doscientas… cuarenta y cinco pecas… en cada mejilla. Eres Anna Hansen.

La joven pelirroja rio, a Elsa le encantó el sonido natural de aquello, vio con ternura a su amiga y le notó una expresión relajada en el rostro.

―Aguarda ―dijo Hans de repente ―. Hay algo más… Noto… un detalle distinto que no te vi la última vez… Párate derecha y no escondas el ombligo ―el larguirucho muchacho entrecerró los ojos e hizo como si la examinara. Ahora Anna se veía divertida, pero también confusa ―. Sí, creo que eso es ―continuaba Hans, acariciando su mentón ―. Tú estás enferma. Tienes ese mortal virus que ha extinguido civilizaciones enteras. Anna ―dijo de pronto, parándose derecho, cual médico dando su diagnóstico ―, morirás pronto.

Anna lo observó, con la boca semi abierta, hasta que lentamente levantó su mano a la altura de los ojos de Hans mostrando una bolsa de papel

―Muy bien ―dijo ella en un susurro ―, te trajimos comida.

―Oh, hubieras empezado por ahí ―respondió el chico, arrebatándola la bolsa a Anna para abrirla y extraer el contenido.

―Es de doble queso con aderezo ranch y muchos pepinillos, justo como te gusta.

―Eres excelente. Tomen asiento, por favor.

Anna condujo a Elsa hasta la sala, que se situaba a dos pasos de la entrada.

―Hans ―dijo la pelirroja, una vez que el muchacho se sentara mirándolas a ambas mientras devoraba su hamburguesa ―, ella es Elsa.

―¿No me digas? ―dijo el joven con la boca llena de pan ―¿Ella es la chica? Vaya que es sexy, eh, siempre supe que tendrías buen ojo; aunque ese Ryder no es lo que esperaba para ti.

Anna lo pisó justo cuando pasó a su lado. El muchacho aulló de dolor.

―No es… No estamos aquí por eso, yo… no estamos aquí por eso, Hans. Ahm… Elsa ―continuó la chica, evidentemente nerviosa ―, él es Hans. Es mi mejor amigo, compartimos clases en la preparatoria y después fuimos juntos a la universidad, pero Hans abandonó las clases…

―No eran lo mío.

―Y se dedicó a otras cosas, ahora sobrevive de manera ilegal.

―Oye, no lo digas de ese modo.

Elsa observó el departamento, era oscuro, con las cortinas corridas y lleno de papeles por todos lados, algunos pegados toscamente con cinta en la pared; libros, revistas y varios equipos de cómputo terminaban por decorar la sala y lo que parecía la habitación principal, ya que había sábanas y almohadas sobre el sofá más grande. Elsa también observó pizarras con fotografías pegadas en ellas y distintos aparatos que no logró reconocer.

―Qué bien, siempre quise conocer a un geek ―expresó finalmente la rubia ―. Creí que todos eran calvos y usaban camisetas con un átomo estampado a lo Sheldon Cooper, pero estoy sorprendida, ¿sabes? No eres mal parecido.

El muchacho la miró y luego miró a Anna, a quien se acercó para susurrarle falsamente en el oído, de manera que Elsa pudiera escuchar.

―Me agrada, quédatela. Debes conservarla.

La muchacha lo golpeó ligeramente en el estómago y fue a sentarse en uno de los sillones con tal naturalidad, que Elsa estaba segura que Anna pasaba más tiempo de lo mencionado en aquél departamento.

―Venimos a ti por un asunto especial.

―Es por lo que regularmente me visitas.

―Es mentira, te veo con frecuencia.

―Bueno. ¿Qué asunto las trae hasta aquí? ―preguntó él, interesado en acabar con su hamburguesa.

―Queremos saber si puedes investigar el paradero de los padres biológicos de Elsa.

El muchacho pelirrojo le dio un gran mordisco a su comida, sin despegar la vista de las jóvenes.

―Puedo intentarlo

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―Los datos que me proporcionas son escasos, Elsa Ekman, pero no soy famoso por encontrar personas a la vuelta de la esquina, los casos complicados son lo mío, solo no preguntes cómo lo consigo. Las llamaré cuando tenga algo.

Hans depositó el plumón sobre la barra de su pintarrón y se volvió a las muchachas.

―¿Crees que puedas tener algo pronto?

―Es impreciso responderte, depende de muchos factores, cuando buscas personas de las cuales tienes muy pocas referencias es más complicado, pero te aseguro que encontraremos a tus padres.

―Bien, entonces esperaremos tu llamada.

―Sí, y, Anna ―el joven detuvo de un brazo a la chica pecosa, como si fuera a decirle algo sumamente importante ―. Es muy guapa, la apruebo.

Anna enrojeció, mientras Hans asentía con los ojos cerrados y la seguridad plena en su rostro.

―Sí, gracias, Westergaard ―maulló la joven, dirigiendo a Elsa hacia la salida.

Cuando las dos se encontraron de nuevo solas en el pasillo, caminaron largo rato en silencio, conscientes de las cosas que sucedieron esa tarde. Anna todavía tenía las mejillas rojas y caminaba como si se negara a mirar a Elsa. La rubia por su parte nadaba entre montones de pensamientos que le daban vuelta.

La búsqueda de sus padres era lo de menos, encontrarlos o no, sentía que más allá de indagar sobre su información genética, no cambiaría nada en su vida, y tampoco tenía esperanzas de que Hans realmente lograra encontrarlos, veía la situación demasiado difícil dada la poca información que proporcionó.

Lo que realmente ponía a Elsa reflexiva era Anna, y los fuertes latidos que parecían estallar y se volvían cada vez menos soportables estando cerca de ella, o solamente pensando en ella.

―Anna ―la detuvo, pero no dijo nada más hasta después de un rato, mientras la otra joven la miraba expectante ―. Me gustaría ser la chica ―dijo al fin.

―¿Qué?

Anna sabía a lo que se refería Elsa, pero sus mejillas seguían coloradas y sus pulmones incapaces de procesar el aire que absorbían.

―No sé si soy a quien Hans se refiere como "la chica", pero no me molestaría serlo; de hecho, me sentiría muy halagada si fuera así.

―Oh, ¿en serio? ¿No vas a decir que la halagada sería yo?

―¿Por qué diría semejante barbaridad?

―¿Por qué eres narcisista, ególatra, presuntuosa y con tendencias nihilistas?

―Carajo, pensé que te estaba dejando una buena impresión. Olvídalo, no seré la chica.

Elsa se adelantó unos pasos antes de que Anna la parara para tener de nuevo su atención.

―Hey, sabes que es una broma, ¿cierto?

―Evidentemente, ya que no soy ninguna de las cosas que planteas, sino perfecta.

―¿Sabes? Espero conocer un día a esa Elsa tímida y callada de la que habló tu madre.

Elsa se detuvo frente a ella y le sonrió, ampliamente.

―Quizás un día de estos ―le peinó un mechón de cabello suelto a Anna y carraspeó, avergonzada de su arrebatado acto, ella jamás había tocado con tanta confianza a ninguna mujer, a ninguna persona en realidad. Desvió los ojos de Anna y se removió nerviosa en su mismo punto.

Anna acababa de conocer a aquella muchacha tímida que mencionara la señora Ekman.

―Háblame de "la chica" ―le dijo a Elsa ―¿Por qué te gustaría serlo?

―Solo piénsalo ―respondió la rubia, claramente contenta porque encontraran la forma de ocultar su desvarío con el cabello de Anna ―. Tenemos muchas cosas en común, a pesar de que tú eres marvelita y yo soy oscura, sarcástica e inteligente como todo fan de DC.

Anna abrió la boca, sorprendida como primera reacción, pero luego la torció en un gesto divertido.

―Y también bastante payasa. ¿Eso qué tiene qué ver?

―Bueno, eres fan de un chico araña.

―Peter Parker es genial.

―¿Ah, sí? ¿Por qué?

―No usa capa, lo cual es grandioso porque como Edna Moda me resultan demasiado estorbosas e inapropiadas.

―Es un simbolismo del héroe.

―Ajá, pues Peter no necesita una capa para serlo ―dijo Anna, reanudando sus pasos.

―Pero tiene habilidades que le otorgan ventajas.

―Claro, si no cómo es que se convertiría en un súper héroe. Pero me gusta porque Spiderman es ligero y además, no necesita ser rico para ser un héroe, para mí eso le da más valor a sus hazañas.

―Díselo a su padre Stark.

Anna rodó los ojos.

―No hablo de las películas.

―Bueno, bueno, ―mencionó Elsa, más divertida de lo esperado ―, ¿así que tú serías Spiderman?

―Sin duda, ¿y tú quién serías?

―¿No adivinas? Es demasiado fácil.

―Oh, sí, tu ego es tan grande como el de Stark, cómo no lo imaginé.

―Claro que no ―escupió Elsa, exageradamente ofendida ―. Soy mejor que un tipo que hace cosas malas que todos presumen como buenas.

―Entonces…

Elsa se quedó callada por unos segundos, todavía esperando que Anna pudiera deducir una lógica respuesta, pero la pelirroja esperó.

―Soy Batman. El tipo que pelea con capas y con su dinero puede construirse armaduras ejemplares.

Anna rio, divertida.

―Pensé que apostarías por una chica mala, una Harley Quinn, por ejemplo.

―No soy una villana, y tengo mucho en común con Bruce Wayne.

―Por ejemplo…

―Por ejemplo, ambos tenemos un trauma con nuestros padres.

Anna quiso abofetear el rostro burlón de la rubia. Sabía que esta solo bromeaba, pero a la pelirroja le causaba mucha tristeza saber la historia detrás de aquello. No pudo participar de la broma, así que solo atinó a responder una sofocada frase en condescendencia.

―Eres muy graciosa. Y no tienes ni idea de cómics.

―Sí, tú tampoco ―ambas asintieron en mutuo acuerdo.

Las muchachas llegaron al final de la planta baja, atravesaron la pesada puerta del edificio y se encontraron en una oscurecida calle, la noche las había alcanzado junto a una ligera brisa que atraía un viento helado. La pelirroja ató los lazos de su grueso abrigo y se abrazó a si misma, buscando un poco de calor con su propio cuerpo.

Cuando llegaron al auto Anna Hansen abrió la puerta del copiloto para Elsa, la joven repentinamente se había quedado muy callada.

―¿Te pasa algo?

Elsa la miró, mientras los nocturnos transeúntes pasaban a su espalda, apurados para llegar a casa y calentarse las manos en sus chimeneas.

―Tengo suerte de conocerte ahora, de haberlo hecho en otro tiempo te habría regresado tu bolígrafo y eso hubiera sido el final de nuestra historia.

―Eso me dijiste antes. Pero ahora tengo un poco de curiosidad… ¿qué te llevó a conversar conmigo?

La joven Ekman sacó las manos de los bolsillos de su abrigo y bajó un escalón para acercarse un poco más a Anna, cortando la brisa que arreciaba con el viento y golpeaba en el bonito rostro de la joven de las pecas.

―Mi terapeuta dijo que crecí con ciertas restricciones emocionales debido a mis primeros años de vida, como si sintiera vergüenza de haber sido una niña abandonada.

―Pero no sabes eso, no conocemos toda tu historia.

―¿Y si es así?

―Lo vamos a averiguar, Elsa, y de la forma como sucedieran las cosas, no fue tu culpa.

La rubia volvió a bajar la cabeza. Anna cerró la puerta del coche y se acercó hasta la muchacha para tomarla de las manos y soplar en ellas, dado que Elsa no llevaba guantes.

―Aunque parezca increíble, todavía en nuestra sociedad queda gente que vive de las apariencias, esa fue la razón por la que mi madre dio a luz a su hijo en la casa de mi abuelo, sin que papá pudiera estar presente. Él no veía bien que una mujer de su importante familia se enamorara de un joven que no provenía de un linaje decente, como le gusta mencionarlo para sonar tan despectivo. Cuando se enteró que estaba embarazada la conminó a un encierro prolongado en casa, hasta que ella diera a luz, esperando que eso ayudara a sacarle a mi padre de la cabeza. Ahora las cosas son diferentes, papá y mamá pudieron encontrar la forma de poder estar juntos y vencer los prejuicios de la gente. Puede haber una historia parecida con tus padres, y quizá ahora ellos están buscándote, porque no te dejaron ahí por deseo, sino porque en su momento, no tenían nada mejor qué ofrecerte.

―Mi madre biológica me dejó con una mujer que vivía en la calle y ella me llevó al orfanato para que otras personas cuidaran de mí y no muriera de hambre o hipotermia. Tal vez mi historia no es como la de tus padres, tal vez la mía es muy triste y todavía no me siento preparada para enfrentarla.

―Hey, tranquila ―dijo Anna, acariciando su juvenil rostro con ternura ―, si me lo permites yo voy a estar contigo, te voy a apoyar. No te dejaré sola, Elsa. Y vas a regresar a terapia porque no debiste haberla abandonado.

―Es verdad, quizá por eso ahora me paso del límite y son tan ególatra, narcisista, presuntuosa y con tendencias nihilistas ―bromeó. Anna le dio un golpecito en el hombro ―. Como sea ―dijo Elsa de nuevo ―, ella dijo que la terapia ayudaría a darme seguridad, pero tal vez al abandonarla en lugar de retraerme me empujó al otro extremo.

―Es una posibilidad ―respondió Anna, abriendo de nuevo la puerta del coche ―. Iré contigo a las terapias, todos los días que lo necesites. Estaré ahí.

Elsa no dijo nada, pero sus ojos expresaron un caluroso agradecimiento.

―Vamos, te llevo a casa, fue suficiente día para ti. Y además hace mucho frío.

―Anna ―llamó de nuevo la rubia. Al girar el rostro la pelirroja se encontró de nuevo con las bellas facciones de Elsa escudriñándola.

―Hace unos minutos te dije que me gustaría ser "la chica" ―Anna Hansen comenzó a temblar ―. Ya llevamos algunas semanas saliendo y, me resulta imposible mantener en su sitio estas cosas que siento por ti; va a sonar extraño pero, de verdad tengo una conexión muy fuerte contigo. Ya no es suficiente para mí solo… verte sin… saber que puedo llevarte a casa y… despedirme de ti después de besarte… Deseo poder hacer eso, deseo besarte.

Las palabras de la rubia sonaron a aquella canción en la radio que Anna escuchó de niña y la llevó a la cocina por una taza de chocolate, mientras se sentaba en el tejado a mirar las estrellas después de los oscuros nubarrones de un crudo invierno. El corazón de la chica comenzó a palpitar ferozmente, podía sentir que casi se salía de su pecho.

―Elsa…

―Tal vez soy demasiado atrevida y culparé a las abandonadas terapias, sobre todo porque desconozco hasta dónde estás dispuesta a llegar con una chica.

―Elsa, ¿qué…?

Elsa se acercó un poco más a Anna y la atrapó con esos azules ojos que parecían un mar revuelto, no como otras veces, cuyas aguas se movían apacibles y claras.

―Por favor, sé mi novia.

―Elsa…

―Sé que tengo algunos problemas pero, volveré a la terapia y seré una mujer completa para ti, quiero hacerlo bien; eres hermosa e inteligente, y muy buena. Quiero que en un futuro muy próximo, tal vez dentro de un año, puedas llegar a ser mi esposa.

―Elsa… ―repitió la doctora, con un chillido de voz― Dime que esto no es lo que le dices a cada chica que se te para enfrente.

―Solo a las pelirrojas.

El rostro que Anna le dedicó a Elsa le sacó una sonrisa irreprimible a la rubia.

―¿No te parece que eso es demasiado?

―¿Pensar en una boda es muy pronto para ti?

―No lo sé… Debería serlo… pero por una extraña razón la idea hace que me tiemblen las piernas.

―Estoy preparada para eso, Anna. Tengo empleo y me va bien, mi familia es estable… Digo, no es poderosa como la tuya pero al menos la que yo conozco te recibirá muy bien, serás muy apreciada… Soy un buen partido para ti.

―Por supuesto que lo eres, no necesitas convencerme de eso.

―Entonces…

―Entonces sí… Acepto ser tu novia y futura prometida, acepto que pienses en mí como tu próxima esposa. Aunque realmente suena loco.

―En otras circunstancias te diría, y me diría a mí misma "no te puedes enamorar tan pronto", pero vaya… creo que me he enamorado muy pronto, y tengo vergüenza por eso.

―No debes tenerla si la chica que te hace sentir así es hermosa.

―En realidad es muy bella.

―No debes tener vergüenza si la chica que te gusta soy yo.

―Tú eres la chica que me gusta.

―Y tú sí eres una reina. De verdad una reina, Elsa Ekman.

Elsa se quedó callada mientras se debatía por su próxima acción. Pero Anna no quiso esperar a que la rubia decidiera porque estaba segura que podría decidir cualquier cosa menos lo que la mente, el corazón y todo el cuerpo de Anna exigía, así que, con toda la seguridad con la que se pensó tantas veces, Anna cerró el espacio que las alejaba y se sostuvo en el pecho de Elsa, mirándola hacia arriba, como tanto le gustaba. Entonces Elsa inclinó la cabeza y atrapó los labios de Anna en un beso que estuvo en la mente de la pelirroja por varias noches desde que conoció a la doctora.

Ahí, en medio de una calle poco iluminada, con la fría brisa golpeando sus cuerpos como fondo de una escena romántica, el tiempo se congeló en ese breve instante de la historia, y ninguna otra cosa existió para ellas en un beso que finalmente conectó sus corazones en un único latido.

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Si llegaste hasta aquí, muchas gracias por leer. Vuelvo pronto.