Bueno, antes de que lo olvide, hubo una escena que no se pegó en el inicio del archivo final del segundo capítulo, es una conversación entre Elsa y Anna sobre la renuencia de la rubia a conducir; desconozco de qué manera fue que se me pasó agregarla, lo he hecho recientemente, por si gustan leerlo (ojalá se haya guardado con éxito y no quede como payasa, :'1), es muy breve y por supuesto tiene relación con el mismo capítulo. Me disculpo por mi distracción:
Capítulo 3.
Anna había desarrollado un especial afecto por escuchar So happy together, era la canción que sonaba en su teléfono mientras se arreglaba para ir al trabajo, no sabía si la canción la hacía sentirse especialmente feliz por el hecho de que tenía a Elsa, o era porque tenía a Elsa que la canción la ponía muy feliz. Ahora cada vez que la escuchaba en la radio le resultaba inevitable subirle a la música y en ocasiones, cantarla mientras el resto de los conductores la miraban curiosos esperando que cambiara la luz del semáforo.
Esta vez tarareaba las notas mientras redactaba apuntes sobre las investigaciones en las que trabajaba. Cuatro meses pasaron delante de sus ojos en el cual, semana por semana, acompañó a su novia a la terapia de los jueves, una etapa que no sería fácil para ninguna, pues a pesar de que ayudaba mucho a Elsa, y de que la pediatra se esforzaba en cumplir sus objetivos, participar de ella le traía sensaciones dolorosas, y había ocasiones en las que Anna no hacía más que darle la mano para decirle con el tacto que a pesar de todo, ella siempre estaría ahí, lo que aumentaba los progresos en la rubia de ojos azules.
Anna entendió que la personalidad de Elsa probablemente no sería la de una persona a las que ella acostumbraba, pero no le molestaba tener esos momentos de claridad emocional cuando estaba con Elsa porque ella también era divertida, y sabía tantas cosas, y era tan buena y curiosa que muchas veces la pelirroja se cuestionó si merecía tenerla en su vida.
Anna provenía de una familia con muy buena reputación, pero ese respeto social le costó a su familia años de trabajo y esfuerzos, no le debían nada a una chica ordinaria como ella que disfrutaba escaparse a fiestas de vez en cuando, beber hasta el amanecer y besarse con otras personas, hombres y mujeres sin distinción. Aún así, la pelirroja también fue educada para ser responsable y en el momento en que su abuela materna cerró los ojos para siempre, entendió el valor de la salud y el cuidado, y si para preservar su bien común y el de aquellos que amaba tenía qué comprometer momentos de locura y desenfreno, ella lo haría. Así que Elsa no trabajaba sola en su lucha de autosuperación, Anna también hacía su parte para ser una buena mujer para Elsa.
Se podía decir que las cosas marchaban bien entre ellas.
―Ya no será necesario, por eso ahora te esperaré cada mes para realizar evaluaciones y me platiques cómo va todo con esa chica que te tiene muerta.
―Oh, Meg, eres adorable. Quizá quieras decirlo más fuerte, dudo mucho que te haya escuchado.
La psicoterapeuta sonrió.
―Terminamos la sesión por hoy, Anna; las consultas de Elsa se convertirán en visitas mensuales a partir de este día.
―Oh, ¿de verdad? Significa que ha avanzado bastante, ¿cierto?
―Y muy bien, me alegro que se tengan la una a la otra. No olviden invitarme a la boda cuando decidan casarse, después de todo, yo provoqué que te fastidiara en esa conferencia ―guiñó la mujer.
A decir verdad, cuánto agradecía Anna a Meg por la terapia de Elsa, la mujer tenía sobrada razón, definitivamente estaría en la lista de los invitados.
―Te enviaremos una nota de perritos cuando tengamos fecha.
Elsa atravesó la puerta del consultorio para coger el abrigo que su novia le guardaba.
―Hasta el próximo mes.
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Mientras Anna se encargaba de seleccionar la música, Elsa conducía con una cantidad de cosas rondándole por la cabeza, miró por el rabillo del ojo a su chica, quien estaba concentrada en la lista de canciones de su celular.
A la rubia le parecía increíble lo que había logrado con ella, pasó de ser una mujer tímida y callada, a una con novia, ni más ni menos, y una tan hermosa, que lograba encender sus más recatados deseos sexuales, tan solo con una bonita e inocente blusa ajustada.
Se detuvieron frente al semáforo en rojo y Elsa aprovechó para captar la atención de su novia.
―¿Me vas a decir al fin qué te dijo Ryder sobre nosotras?
En efecto, la muchacha detuvo sus acciones para girarse a la conductora.
―No le conté sobre nosotras, te dije que solo le diría que por el momento no estoy interesada en salir más con él en plan de citas.
―¿O sea que aún piensas salir con él?
―No, no me refiero a…
―Tranquila, no tengo problema porque salgas con amigos; Ryder es un buen chico, sabes que lo conozco y además mi terapeuta dice que debo tener la plena seguridad de que tu interés soy yo.
―¿De verdad no tienes problema con que salga con otras personas?
―Espera, espera… que quede claro que con salir con otras personas nos referimos a "de forma amistosa".
―Pues yo no estaba pensando en otra forma. Y solo para que quede claro, no pienso lo mismo de que tú salgas con Honeymaren.
―Nunca salgo con Honeymaren. Y si lo hiciera, ¿por qué yo no puedo?
―Porque es evidente que a ella le gustas, Ryder lo dijo.
―¿Y tú no le gustas a Ryder?
―Seguro, como le gusta andar en trineo, ir a los campos de líquens, criar renos y Astrid.
―¿Qué?
―Ryder no está enamorado de mí, él y yo solo congeniamos. Pero a Honeymaren sí le interesas románticamente.
―¿Cómo estás segura de eso?
―Créeme, Elsa, puedes creer que solo soy una señorita de "alcurnia" pero también he paseado por los barrios bajos y noto perfectamente cuando alguien gusta de otra persona. Es una buena chica, lo acepto, pero tú la conoces bien y ella también te conoce a ti de tanto tiempo que… no lo sé, me siento un poco… desplazada cuando convivimos y ella cuenta cosas acerca de ti y es como parte de tu familia.
―Bueno, eso no va a cambiar, como tampoco el hecho de que mi atención y mi serotonina solo segrega cuando estoy contigo.
―Eres muy cursi, amor, pero eso ya lo sabías.
―Sí, y si eso es malo para ti entonces te pierdes de una sorpresa para este fin de semana.
―¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Qué sorpresa? ¿Qué vamos a hacer el fin de semana?
―¿Querer darle una sorpresa a mi novia me ubica en algún nivel de cursilería barata?
―No ―Elsa la miró, con una sonrisa dibujada en el rostro ―. En serio no ―repitió la pelirroja, con ojos brillantes y expectantes.
―Bueno, tampoco es la gran cosa, pero me lo has estado pidiendo y, aunque todavía no está completamente terminado, creo que puedo llevarte a conocer mi departamento.
―¿De verdad? ¿Ya terminaste de mudar tus cosas?
―Aún no, pero faltan las mínimas, por lo pronto creo que ya se ve como un lugar perfectamente habitable.
―¿Entonces iremos ahí?
―Si tú quieres.
―¡Claro que sí! Para mí es un enigma hasta hoy saber dónde reposa la figura de esta diosa de carne.
―Y yo soy la cursi.
La ginecóloga soltó una risita audible que silenció cuando el teléfono celular de Elsa vibró en su bolsillo. La rubia seleccionó el mando del altavoz desde el tablero del coche y Anna escuchó a una angustiada mujer del otro lado.
―Al fin contesta, señorita Ekman.
―Hola, Gretell, ¿qué sucede esta vez?
―Está aquí tu paciente estrella, no quiere que le tome la temperatura ni que toque ninguna parte de su cuerpo, hasta que tú llegues.
Anna alcanzó a detectar una sonrisa efímera en los labios de su novia.
―Está bien, dile que voy en camino, puedes ir tomando sus…
―No, se niega rotundamente, él solo se deja revisar por ti y lo sabes, así que lo tengo aquí sentado, justo frente a mí, con los brazos cruzados como un niño; de hecho voy a darle una paleta, y serán dos si se deja poner su vacuna ―Anna prestó más atención ante el sonido de la voz sarcástica en la línea, ¿Gretell estaba siendo burlona con un niño? ¿Y por qué un niño esperaría una consulta tan tarde?
―De acuerdo, entonces dile, por favor que espere unos treinta minutos y estaré ahí, o si prefiere, puede ir a casa de mi madre, como de costumbre.
Gretell pareció cubrir la bocina para dictarle la indicación al paciente, y luego continuó.
―Dijo que solo se sintió un poco mal y pensó en venir a buscarte.
―¿Se sintió mal? Sabe que yo no puedo atenderlo, debe acudir a su cardiólogo. Se lo he dicho tantas veces.
―Y yo te he dicho tantas veces que tienes más poder de sanación sobre él que su cardiólogo o el mismo Jesús.
―De acuerdo, indícale que estoy más cerca de la casa de mi madre que del hospital, así que lo veo allá. Te agradezco, Gretell.
La rubia colgó el teléfono y se cambió de vía.
―¿Te molesta si vamos por la más corta?
―Pensé que eso hacías.
―Sabes que siempre tomo el camino largo para estar más tiempo contigo.
―Está bien, parece que tienes un paciente necio esperando por ti.
―Aah… sí, el más necio de los necios.
―¿Lo envías a tu casa solo?
―Tiene un chofer y setenta y cuatro años, dudo que se lo puedan robar.
―¿Setenta y cuatro años? Pensé que se trataba de un niño, ¿qué haces atendiendo a un adulto?
―¿No escuchaste? Es un anciano cascarrabias que solo se deja tocar por mí… Ahm, sabes a qué me refiero.
―Oye, eso no me da una buena impresión.
―No te preocupes, solo es un viejo amigo de mi padre, estamos acostumbrados a él. Tiene a sus especialistas, pero le encanta ponerse necio. ¿Querías…. Tenías planeado algo para esta noche?
―No, no realmente, en realidad me parece bien que vayas a casa porque, de hecho, tengo qué hablar con mis padres.
―¿Es en serio? ¿De nosotras? ―Anna asintió ―¿Estás segura?
―¿Para qué seguir ocultándolo? Es obvio que me siento muy bien contigo y deseo avanzar más allá de lo que tenemos hasta ahora, así que mis padres deben saber.
―Bueno, si tú quieres, sabes que te apoyo; y si te corren de tu casa dejaré una habitación amueblada en la de mi madre, espero que no te moleste mi cama, la tengo desde los doce.
La pelirroja la miró de soslayo y le dio un golpecito cariñoso en el hombro.
―Solo llévame a casa.
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Anna resopló varias veces antes de comenzar a hablar, tenía miedo, lo tuvo desde que sus sentimientos por Elsa comenzaron a ser tan fuertes, que no tuvo duda de pasar el resto de sus días con ella, con una mujer. Sabía que sus padres no eran particularmente afectos a los escándalos de esa índole, pero ella quería estar con su rubia y por ella valía la pena enfrentar sus miedos, si ya Elsa peleaba contra los suyos, ¿por qué ella no podría tener el mismo valor?
―Hija, si estás embarazada, sabes que…
―No, ja, ja ―su risa forzada sonó más perturbadora de lo que deseaba admitir, ahogada entre los nervios que la consumían ―. Creo que eso sería lo último que escucharían de mí. No… no es eso lo que tengo qué decirles.
―Bueno, ¿qué pasa entonces, amor? ¿Alguien te ha estado molestando? ¿Alguien te tocó? ¿Intentaron abusar de ti?
―No, padre, no es eso tampoco… Verán… no es un problema por el que deban preocuparse, nada malo me pasa, pero ustedes siempre me han dicho que debo tenerles confianza y eso es lo que estoy haciendo porque lo que voy a decirles sé que no será fácil de asimilar.
―Me estás preocupando, Anna, mejor dilo ya.
La muchacha suspiró de nuevo, tenía veinticuatro años pero las cosas en casa siempre fueron así, la confianza con sus padres le permitía a cambio cierta libertad, y en su tiempo estuvo cómoda porque sabía que de meterse en algún lío por una imprudencia de su parte, tendría quién diera la cara por ella.
―Bien ―resopló fuertemente, de nuevo ―… estoy saliendo con alguien, desde hace cuatro meses, y decidí enterarlos no para que me den su consentimiento, sino porque nunca antes me sentí tan enamorada de una persona como lo estoy ahora.
―¿Y eso qué tiene de preocupante? A menos que salgas con un chico que no… O con alguno de mis socios calvos; o tu primo…
―No… no es un chico, padre, ni mucho menos uno de tus socios. Y jamás saldría con ninguno de mis primos, pierde cuidado por eso... En realidad, mi preocupación era precisamente eso… Que no salgo con un hombre… Sino con… una mujer.
―¿Qué? ―arrojó Iduna, justo como Anna lo esperaba ―¿Una mujer?
―Sí, una mujer ―Anna se pasó la mano por el cabello y miró hacia su padre, quien decidió esperar por la explicación completa ―. Se llama Elsa, Elsa Ekman, la conocí en un simposio de bioquímica, es doctora, pediatra. Buena chica, de buenos padres, una familia decente, no es… no, su familia no viene de un círculo elitista como la nuestra pero, es una familia muy, muy decente. Todos médicos y, hacen colaboraciones para…
―Anna…
―Visitan orfanatos y…
―Anna… ―insistió Iduna, interrumpiendo su explicación ―. ¿Una chica? ¿Cómo es eso posible? Anna, tú eres una mujer, no puedes salir con una chica. ¿Qué pasó con Ryder? Salías con Ryder, él es un buen chico, y de buena familia, ¿qué sucedió con él?
―Madre, sé que no te gusta, pero lo mío con Ryder en realidad nunca fue nada romántico, me agrada como amigo, pero lo que siento por Elsa es distinto a todo lo que me ha hecho sentir ninguna persona.
―Tú no estás hablando en tus cabales. ¿De dónde viene esta mujer? ¿Quién es su padre? ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo fue que te llevó a esto?
―¡Qué importa de dónde viene o quiénes son sus padres! Ya te conté todo, lo que importa es que ella me quiere y yo la quiero a ella, y si hablo con ustedes no es para pedirles permiso, es solo para confiarles una parte íntima de mi vida y que me hace muy feliz.
―Somos tus padres, tenemos derecho a opinar al respecto de tus relaciones.
―Puedes opinar lo que quieras, madre, pero eso no va a cambiar lo que siento por Elsa, ni me hará dejarla.
―Anna, nunca me habías hablado de esa forma.
―Claro que sí, hemos tenido altercados muchas veces, pero lo notas ahora porque esto es para ti un escándalo mayor. Te entiendo, madre, los entiendo a ambos, cualquiera sea lo que piensen; pero es mi vida, soy una adulta y puedo tomar mis propias decisiones.
―Aún vives en esta casa y conoces las reglas.
―Bien, no hay ninguna regla escrita y si las hubiera, estoy segura que en ninguna de ellas estaría sentenciado algo como "no salir con mujeres". Eres demasiado conservadora como para redactar algo así, o siquiera pensarlo. Y tampoco entiendo por qué perpetuarías una enseñanza tan arcaica como la rígida educación a la que fuiste sometida, ¿o es que ya olvidaste lo que pasó entre mi abuelo y mi padre? Esperaba que decidieras acabar con esas ridículas tradiciones.
―¿Sabes cómo pondrá esto a tu abuelo cuando se entere? Sabes que está enfermo, Anna.
―Lo sé, pero es absurdo que no pueda salir con la persona que quiero solo por una tontería tradicionalmente machista y homofóbica.
―Esa mujer está cambiando tus modales.
―Sabes que no es así, madre. Y no busques justificar mis actitudes de ninguna forma, lo que hago es por mi propia decisión, porque quiero hacerlo y voy a hacerlo, y si alguno de los dos se opone estoy dispuesta a discutirlo para esclarecer acuerdos que convengan a todos y no solo a la parte que pone la comida en esta mesa. Tengo trabajo, tengo un salario…
―Y nada de eso te dará la vida a la que estás acostumbrada.
Los labios de Anna comenzaron a temblar, sabía que el momento sería difícil, pero ignoraba hasta dónde su valor le alcanzaría. Con todo eso, una cosa tenía clara en la mente, y era el hecho de que iba a pelear para quedarse con Elsa, costara lo que costara.
―Te preguntaré una cosa, madre, ¿alguna vez te cuestionaste si mi cuna de oro me hacía feliz a mí, o te hacía feliz a ti?
La cara de Iduna reflejaba por todo lo alto lo que una mujer de su clase y condición opinaba al respecto, solía ser una mujer tranquila, pero a la menor oportunidad y por las razones que considerara correctas, estiraba su espalda y sacaba la ferocidad que el abuelo le había heredado. Anna casi podía verla sacudiendo una garra sobre el polvo, saboreando a su presa.
―No voy a permitir que…
―Calma, Iduna, no es momento para que ninguna se reproche las cosas, están molestas y de aquí no saldrán más que decisiones irrazonables, les voy a pedir que se tranquilicen y piensen bien lo que quieren hacer, porque las consecuencias de lo que decidan podrían ser fatales para todos.
―Agnarr, tú no estarás de acuerdo con…
―Yo tengo una hija, Iduna, una a la que amo sin ninguna condición. Estoy tan sorprendido como tú de lo que ella nos está confiando, porque como todo padre siempre espero y deseo lo mejor para nuestra hija. Pero ninguna cosa estará por encima de lo que la haga feliz, así que, voy a pedirte que antes de emitir cualquier juicio, te des la oportunidad de escucharla y entenderla.
―Pero es que mi padre…
―Tu padre ya vivió su vida, y la vivió como él quiso, yo no quiero que mi hija se someta a sus deseos como hiciste tú; es nuestra, no suya. Y ambos sabemos lo infeliz que fuiste bajo esas condiciones. Así que no, no te permito que le hagas lo mismo. Y no, como sean las cosas esta es la casa de Anna y si deciden no hablarse jamás, tendrán qué arreglárselas porque no se irá a menos que ella así lo decida. Y si eso es lo que decide, entonces tendrá todo mi apoyo. Yo no voy a perder a mi hija por un pensamiento diluviano como el que Runeard te inculcó.
Anna no pudo contener sus emociones, se levantó de su lugar y fue directo a abrazar a su padre, llenándole de besos por toda la cara como cuando era niña y corría a sus brazos para protegerse de los estrambóticos ruidos de una fuerte tormenta.
―Papá, sabes lo importante que esto es para mí.
―Mentiría si te dijera que no deseo que seas perfecta, pero tampoco espero que siempre hagas lo correcto, nadie lo hace. Posiblemente allá afuera haya un mundo oscuro para ti y la chica con la que estás saliendo, y te aseguro que si el mundo es oscuro para ustedes, yo encenderé las velas que necesites para que puedan caminar con luz. Te amo y eso es lo único que me importa.
―Oh, padre ―Anna lo abrazó más fuerte.
Aunque los lazos familiares los formó principalmente con Iduna, Anna siempre fue consciente que emocionalmente Agnarr se mostraba más sensible y entendido que su esposa, después de todo, fue él quien tuvo qué pelear por su familia contra los deseos reprochables de un hombre como Runeard Haraldssen, acostumbrado a hacer saltar a las personas a su antojo tan solo señalarles la altura con el dedo.
Agnarr sabía bien lo que era luchar por lo que uno ama, y entendía también lo infeliz que puede ser una persona cuando es obligada a ir en contra de lo que desea.
―Tráela a casa, quiero conocerla. Solo espero que sea tan linda como tú.
―Oh, padre, estarás muy orgulloso de mí cuando la veas.
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Anna depositó su tabla de apuntes sobre la barra de la isla, terminando de registrar sus últimas revisiones para finalmente acabar su turno.
―La uno y la cuatro entrarán pronto en labores, requieren observación cada media hora; a la siete hay qué mandarla a casa.
―Perfecto ―respondió su joven compañera, tomando la tabla para revisar las anotaciones ―. Parece que será una noche tranquila.
―Todas las noches son tranquilas en este lugar, comparado con el Hospital del Este.
Las dos mujeres que maniobraban jeringas y soluciones en la isla convinieron con Anna.
―Todo lo que vas a perderte cuando tengas tu propio consultorio.
―Bueno, espero continuar aquí, siempre y cuando los planes en mi vida no cambien y me requieran mayor tiempo libre.
―¿A qué te refieres?
Justo en ese momento una mujer afanada en su uniforme y próximas tareas se acercó, atenta a la conversación de la médica y las enfermeras.
―Tal vez a una posible vida marital. ¿Acaso nunca viste Grey's Anatomy, Hansen? La vida de un verdadero médico está aquí, en una sala de urgencias, donde se forja el carácter.
―Admito que es toda una aventura, pero…
―Pero prefieres aburridas consultas. Te dejan mucho dinero, claro, pero no la certeza de coger detrás de los casilleros ―le guiñó.
Las enfermeras soltaron una discreta risita que dejó a Anna con las mejillas rojas.
―Por cierto, me topé en el estacionamiento con una sensual rubia que dijo estar esperándote.
―Oh, está aquí.
―¿Quién está aquí?
Anna no pudo ocultar una sonrisa soñadora ante la respuesta que se placía en facilitarle a la enfermera.
―Elsa, mi novia.
―¿Tu novia? ¿Desde cuándo Anna Hansen batea para las menores?
―Créeme ―respondió la recién llegada ―si conocieras a esa rubia hasta tú dejabas a tu hombre por ese par de… ojos azules.
―¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes que espera a Anna?
―Pues porque le quise coquetear, ¿no es obvio? Y me bateó a la primera. Oye ―le dijo a la pelirroja, deteniéndola mientras esta se quitaba la bata ―. Cuando no la quieras, acuérdate de tu colega ―se señaló a sí misma.
Anna no hizo más que sonreír, y no tanto por el comentario claramente gracioso, sino porque entendía perfectamente a su compañera. Si sus posiciones estuvieran invertidas, probablemente ella también habría buscado una excusa para llamar la atención de la rubia que aguardaba por su novia en el estacionamiento.
―Seguro ―respondió la médica, depositando el bolígrafo sobre la barra para comenzar a marcharse con una sonrisa de emoción dibujada en los labios.
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Elsa la esperaba fuera del coche, observando distraídamente los edificios a su alrededor.
―¿Lista para marcharnos?
La joven le regaló una breve mirada a su novia, antes de continuar con su escrutinio.
―Vaya que este lugar es sorprendente, no imagino lo que cuesta una atención aquí.
―Sí es un poco elevado, pero usualmente la gente que viene aquí es porque lo puede pagar.
―Mm, supongo que una buena cama y hot dog para la cena valen cada euro.
Anna le sonrió, ella estaba segura que sí.
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―Y ella solo dijo "pues porque le coqueteé, ¿no es obvio?". Parece que eres un imán para las mujeres.
―Sí, claro.
―No es una broma ―dijo la muchacha, deteniéndose frente a la puerta de un departamento marcado con el número 123 ―. Siempre veo cómo te coquetean otras chicas, les encantas.
―Tal vez solo les gusta mi buen sentido de la moda.
―Ni siquiera te gustan las modas.
―Pero yo a ellas sí.
Anna la miró, recriminándole la broma con ojillos de rendija. La rubia empujó la puerta y le señaló la entrada. Anna entró con la mirada radiante de felicidad, llevaba semanas escuchando hablar de ese sitio, que tarde se le hacía estar ahí; incluso mientras escuchaba a Elsa hablar de su mudanza, la ginecóloga se figuró dónde podría colocar cada mueble que le venía a la cabeza y también sus pertenencias, para referencias futuras y solo por si acaso.
El departamento de Elsa era austero, pero lindo y confortable, con paredes grises y blancas que denotaban su gusto simplista con un toque de elegancia juvenil. Anna sabía que Elsa se preocupaba poco por nada que no fueran sus libros y su computadora, así que fueron las primeras cosas que se instalaron en ese espacio. Había elegido un mueble bonito de madera tallada con todos los ejemplares perfectamente colocados en sus estantes, y un escritorio nuevo al fondo.
La cocina se equipaba con lo que la rubia percibía necesitar; Anna creyó que a la pequeña ventana le vendrían bien unas plantas y se encargó asimisma la tarea de adornar esos espacios, si Elsa se lo permitía.
―Es lindo; sencillo, pero lindo.
―Voy a pasar muy poco tiempo aquí, así que solo he traído aquellas cosas que necesito a la mano, lo demás llegará de a poco. Por ahora, ¿estamos de acuerdo que una de las partes más importantes de una vida saludable es el descanso? ―Anna asintió ―¿Quieres conocer la alcoba?
Anna volvió a asentir, pero esta vez, más que curiosa, sintió un escalofrío por lo íntimo que debía ser ese lugar para Elsa.
La rubia le cedió el paso y luego se acercó por su espalda para mostrarle los rincones: el clóset, el baño, el tocador.
―El escritorio de la sala entrará en este espacio, junto a la ventana, por la luz y porque quedará cerca de la cama, así que solo giraré la silla y caeré sobre las nubes rindiéndome a Morfeo.
Una cama matrimonial con sábanas blancas quedó frente a la pelirroja, el respaldo permitía colocar objetos sobre minúsculos estantes que ya estaban llenos de más libros. A la pelirroja le llamó la atención de entre todos, un peluche de pingüino colocado justo en la cima.
―¿Qué es esto?
―¿Esto? Es el señor Jorgenbjorgen, un juguete que tuve desde pequeña. Decidí conservarlo.
―¿Quién te lo obsequió?
―Venía en una caja de regalo de navidad, me la entregaron después de que fui adoptada ya que estaba marcada con mi nombre.
―Tengo uno parecido.
―Supongo que son muy populares ―asintió Elsa.
Anna le devolvió el muñeco y la rubia lo depositó de nuevo en su sitio, pasando por la espalda de Anna y rosando su cuerpo. Hacía mucho que la pelirroja comenzaba a sentir pequeñas vibraciones cada que hacía contacto con alguna parte del cuerpo de Elsa, y no es que antes no lo sintiera, pero era una sensación extraña, la ponía nerviosa y sobre todo le encantaba.
―¿Y bien? ¿Qué te parece mi departamento? En algún futuro podrías vivir aquí.
―¿No te parece que es muy pequeño?
―Cierto, olvidé que tú perteneces a la realeza.
En otras circunstancias, Anna habría discutido el sarcasmo al que Elsa recurría cada vez que la pelirroja mostraba indicios de su desahogada vida, pero en este momento, lo que menos había en la cabeza de Anna eran ganas de discutir con la rubia, porque ahora mismo ella solo se encontraba librando la batalla de tener a la novia sentada en la cama frente a ella, mientras la menor la miraba desde arriba con todas las imágenes obscenas que le venían a la mente sobre lo que ambas podrían hacer en esas dispares posiciones.
La pediatra llevaba puesto un sencillo suéter verde seco que le ceñía gloriosamente la esbelta figura, al igual que los vaqueros azules, ella siempre hacía que toda la ropa le luciera perfecto, de dedicarse al modelaje, Anna le compraría todo lo que vendiera. Se veía relajadamente guapa y a Anna le encantaba verla así, tan joven e inocente.
Sus rodillas se estaban tocando y aunque la pelirroja podía echarse para atrás y obligarse a evitar aquél contacto, el fuego que sentía ante ese inocente toque la consumía por dentro y sintió tanto calor, que decidió sacarse la chaqueta de cuero que llevaba puesta, pero no como normalmente lo haría una mujer acalorada, sino como una que arde en deseo.
―Es… lindo… Y esta cama debe ser muy acogedora.
―Lo es ―dijo la rubia, palpando inocentemente las sábanas ―, ¿te gustaría probarla?
―Me encantaría ―respondió la otra, mientras su boca sorprendía a la de la rubia, apasionada y violenta. Apenas Elsa alcanzó a sostener a ambas con una de sus manos.
―A-Anna, ¿qué-qué haces? ―preguntó la mujer de ojos azules entre cándidos besos.
―¿Qué no es obvio? Pruebo lo acogedora que es tu cama ―gruñó la menor, con una ligera mordidita en el lóbulo de la oreja de Elsa.
―Sí, pero, ¿qué tienen qué ver mis labios con…?
―Elsa… ―esbozó la pelirroja, con apenas un hilillo de aliento mientras su nariz barría el cuello pálido de la pediatra ―quiero hacer el amor contigo.
Sintió que el cuerpo de su novia comenzó a temblar, y aquello no hizo más que aumentar su libido. A cada caricia y mordida de Anna, los ojos de la chica Ekman se cerraban complacidos.
―¿Qué? Anna… Yo… Nosotras… llevamos saliendo cuatro meses y…
―No estamos saliendo ―aclaró la joven ―, soy tu novia y podemos permitírnoslo.
―¿Pero no te parece muy pronto? ―Anna se echó hacia atrás, con un gruñido enfadado.
―¿Para qué? No es como que puedas embarazarme y huir, ¿o sí? A menos que haya algo ahí abajo que me estés ocultando.
―No, claro que no, soy una mujer. Oh, por dios, Anna, las cosas que dices.
―Ya sé que lo eres, Elsa, y una muy sexy, por cierto ―dijo Anna, mordiéndose el labio tan seductoramente, que puso de punta los escasos vellos en la piel de la otra doctora ―. Hace tiempo que quiero ir a la cama contigo, me gustas mucho y quiero ser tuya. Quiero saber lo que se siente hacer el amor con mi novia.
Su voz sonaba tan sincera, y sus ojos estaban tan ardientes, que por un momento la rubia se encontró ardiendo entre el mismo fuego, y tuvo miedo de ser consumida, de que ambas lo fueran.
―Se supone que lo eres ―respondió la mujer, acariciando el lacio cabello de Anna ―. Lo remarcas cada que tienes la oportunidad.
―Porque me encanta decirlo, porque me encanta serlo. Y ahora quiero sentirlo.
Elsa la miró en silencio, pensando una manera de responder. Por supuesto que ella también quería estar con Anna, pero también quería respetarla, quería vivir con ella las emociones de un noviazgo primerizo para la rubia, con todo lo bello que implicaba. La joven Ekman había estado tan sumida en sus terapias, y el tiempo que le dedicaba a Anna a raíz de su autosuperación, que poco pensaba en los acercamientos sexuales, y si Elsa jamás había tenido una relación romántica con ninguna persona, mucho menos había intimado más allá de tímidos besos. ¿Cómo podía darle a Anna lo que ella le pedía?
―¿Estás segura de esto? Porque después de hacerlo no habrá vuelta atrás, Anna Hansen, parte de mi ADN se impregnará con el tuyo y te dejaré tan marcada, y estarás tan dentro de mí y yo de ti, que no podrás huir ni aunque lo pidas. Ni aunque te tatúes el nombre de otra mujer en tu espalda baja.
―Tonterías, no eres un hombre, y supongo que me gustas más por eso, y de todos modos, aunque esa hipótesis pudiera comprobarse, estaría gustosa de que también pudieras compartir tus fluidos conmigo.
―¡Anna!
Pero Anna ya se estaba desvistiendo, al terminar de quitarse la chaqueta Elsa Ekman supo que se encontraba perdida. Y que debía pensar mejor sus palabras.
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El sonido de una alarma hizo que Anna Hansen abriera los ojos todavía somnolienta. Parpadeó varias veces para protegerse de la luz que se filtraba por la escasez de cortinas y se puso de pie de un salto.
―¿Qué hora es?
―Hey, al fin despiertas, llevo rato llamándote. Son las seis.
―¿Las seis? Oh, diablos, me quedé dormida, mis padres van a matarme.
―¿Lo harían si llegamos a tiempo y discretamente?
―Bueno, si me ducho hasta llegar a casa creo que podría alcanzar a mi madre despertando aún, es quien se levanta primero.
―¿Cuánta ventaja nos facilita?
―Veinte minutos.
―De pie, entonces, dormilona ―dijo Elsa, halándola suavemente de la cama.
Anna levantó la cabeza esperando ver el cuerpo desnudo de su novia, pero la rubia estaba perfectamente arreglada y olía deliciosamente a jabón. Los labios de la pelirroja se torcieron en un puchero decepcionado.
―¿Tan mal estuvo el sexo que madrugaste?
La pregunta sorprendió a Elsa, quien de inmediato detuvo su retirada y regresó al lado de la joven pecosa.
―Claro que no, ¿cómo se te ocurre pensar eso? Es lo más hermoso que he hecho en mi vida, Anna. No sabía que algo tan… subestimado de mi parte fuera a… revitalizar el aprecio que tengo por la vida, y las ganas de vivirla ―la pediatra estiró una mano para acariciar el cabello cobrizo de su compañera ―. Estar contigo esta noche me demostró que necesito y quiero planear un futuro a tu lado y que lo de anoche es algo que definitivamente quiero repetir, una y otra vez.
Anna esbozó una sonrisa somnolienta y totalmente complacida.
―Yo, con mucho gusto ―le guiñó.
―Y tendremos tiempo para eso ―Elsa se puso de pie nuevamente, leyendo las intenciones de Anna en sus ojos verde azules ―. Ahora debemos ir a casa o podría quedarme viuda antes de siquiera llegar al altar.
―Espera, rubia, espera… Solo quiero saber una cosa más.
―¿Qué cosa? ―dijo la mujer, suavizando el agarre de Anna, quien se había lanzado por su brazo impidiéndole marcharse.
―Quiero que me digas… si tuve un buen… desempeño.
Elsa se puso colorada, había estado antes en conversaciones subidas de tono. Anna no era la primera chica que la acorralaba de aquella manera, había un pequeño historial de personas que se le insinuaron antes a la tímida mujer, pero jamás con éxito.
―Bueno, tú sabes que no tengo nada con qué comparar, y tampoco creo que eso te hubiera gustado de haberlo tenido, pero si dejamos de relieve el hecho de que… Yo… me volví algo… auditiva anoche, tal vez eso te de algún indicio de la máster que tienes.
Anna abrió la boca para encararle las palabras a la rubia.
―¿Discúlpame? Ninguna máster, señorita. Soy tan nueva como tú en esto. Y te recuerdo que yo también me volví bastante auditiva, así que seguramente nos graduamos del mismo curso.
―Pero dijiste que…
―Sí, bueno, yo te conté que tuve mis… encuentros con algunos chicos antes pero, ninguno llegó más allá de jugueteos y caricias. Creo que mis padres me arruinaron para eso con su estricta educación ―dijo Anna, desviando la mirada hacia otra parte.
―¿Eso te molesta? ¿Habrías preferido que…?
―¿Qué? ¡No! No, no, no, claro que no… Es decir, en su momento sí me llegó a molestar, tenía diecisiete, veinte, veintidós y yo solo quería aprovechar mi juventud y mi cuerpo, pero tampoco quería arrepentirme por una tontería tan absurda como un embarazo cuando todavía me encontraba forjando mi cronograma de vida. Así que estoy bien con eso.
―Bien ―dijo Elsa ―. Porque no habría sido problema para mí de haber sido diferente.
―¿Qué quieres decir con eso?
―Que estoy bien de haber sabido que tuviste relaciones sexuales antes, con otras personas, porque luego de hacerlo conmigo serías mía y de nadie más.
Anna rio, por lo gracioso que sonó Elsa y también porque sintió ese revoloteo en su estómago cada vez que la rubia decía cosas así sobre ella. Le encantaba que Elsa tuviera cierto grado de posesividad. A Anna siempre le gustó sentirse de alguien; pese a su individualidad e independencia, le gustaba sentirse protegida, amada, cuidada, y tal vez por eso buscaba el tipo de relación seria en un hombre, justo como Ryder, hasta que Elsa llegó y reunió las cualidades que le fascinaban en una persona junto a una belleza que desde el primer momento quiso que le perteneciera.
Ahora era suya, lo había conseguido y no podía estar más contenta por lo que logró. Anna ya no solo era una médica preparada, con excelente grado de responsabilidad, buena educación y buena vida, sino que también estaba completa porque se sentía enamorada de una persona hermosa, como culpable y secretamente siempre lo deseó.
―¿En algún momento soñaste con este momento? Quiero decir, hacer el amor conmigo y despertar a mi lado en la mañana.
Elsa ladeó la cabeza, enternecida por la pregunta que le hiciera la muchacha, como si tuviera miedo de la respuesta.
―Lo llegué a… pensar en algunas ocasiones ―se aclaró la rubia ―, pero me quitaba el pensamiento de la cabeza porque no tenía ni remota idea de cómo desenvolverme pese a que sé cómo debe ir todo. Es de esas cosas extrañas en las que sabes la teoría pero en la práctica sientes que necesitas un doctorado adicional al respecto. Pero sí, en efecto, soy una persona con todos los sentimientos en orden, así que varias veces me costó mucho trabajo despegar mi vista de tu trasero cada vez que quedaba a la misma altura de mis ojos.
―¡Elsa! ¿De verdad? ―preguntó Anna, con las mejillas tan coloradas como su cabello.
―¿Qué puedo argumentar en mi defensa? Eres muy hermosa y me encantas tanto mental como físicamente. Creo que eres más bella de lo que merezco. Y también sé que no debí dejarme engatusar por ese trasero que…
―Que yo sepa ―respondió la otra joven, halando a Elsa de nuevo hacia la cama mientras dominantemente conseguía colocarse encima de ella ―, no era mi trasero el que tenías delante de tus ojos anoche, sino mi boca y… por algún momento… mis pechos.
―Sí, igual no debí dejarme arrastrar, yo solo te invité a que probáramos lo acogedora que es la cama.
―Y vaya que es muy acogedora, pero deberás comprar una más grande si tienes pensado que lo hagamos de nuevo.
―¿Y para qué necesitaríamos una cama más grande para eso?
―Mejor que lo sepas en su momento ―le guiñó la mujer.
―Oh, por dios. Pensé que me había enrolado con una señorita de "alcurnia", pero creo que más bien me cazó una vocera de la hotline.
Anna sonrió, coquetamente.
―¿Eso crees? Puedo hacer más con mi boca que solo recitarte palabras candentes.
Respondió ella, arrastrando su índice sobre los botones de la blusa de Elsa, hasta llegar a su vientre. Los ojos esmeralda y los azul hielo de la rubia se cruzaron en una mirada que destelló fuego. Elsa resopló y su aliento mentolado por el enjuague bucal encendió más el deseo de la pelirroja.
―Debemos irnos, Anna, tus padres…
―Ese es el problema que tengo contigo, Elsa Ekman, no me importa lo que pueda suceder, si tengo la oportunidad de conseguir lo que quiero de ti, estoy dispuesta a arriesgarlo todo, incluso, perderme a mí.
Elsa no dijo más, alzó una mano para acariciar la mejilla de la joven, retirándole el cabello cobrizo que le caía como cascada y rosaba el pecho de la rubia mujer mientras los dedos de Anna terminaban de trazar el resto de la línea dibujada hacia el botón de los pantalones de la rubia, que se abrió con tremenda facilidad, dándole de nuevo acceso a aquello que Elsa había entregado por primera vez en la reciente noche.
Sintió la mano de Anna hurgando dentro de ella, mientras el cuerpo desnudo de la pelirroja terminaba por encontrar su lugar encima de su cuerpo, esparciendo besos por todo su rostro hasta que comenzó a retirar los botones de la blusa de Elsa con los dientes.
Sería la primera vez que un regaño de Iduna valdría total y justificadamente la pena.
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―Qué madrugadora te volviste, Anna. No conocía esa faceta dominical en ti.
Anna se detuvo a mitad del jardín, irguiendo su cuerpo al ser descubierta.
―Ya no riegues esas plantas, ya lo hice yo esta mañana.
―¿En serio? Normalmente la tierra se moja cuando la riegan y esta parece… un poco… seca.
Anna sabía que no había excusa que pudiera inventarle a su madre, ella las conocía todas muy bien, después de todo, ¿no había sido de esa forma como quedara embarazada de aquél primer hijo que tuvo con Agnarr?
―¿No crees que pueda cambiar y hacer algo bien como a ti te gusta?
―Oh, querida, tú haces muchas cosas bien, pero mentir no es una de ellas.
La pelirroja se quedó callada, no tenía nada más qué discutir, le pillaron y ahí tenía las consecuencias.
―Además no reconozco esa blusa que intentas ocultar bajo tu chaqueta, normalmente no eres tan femenina.
―Me atrapaste.
―Lo sé. Pero no te preocupes, puedes subir a dormir, seguramente te hace falta.
Hasta ahí Anna supo que debía decir algo, cualquier cosa que pudiera confrontar a su madre, aunque no lo necesitara.
―Madre, ¿tú qué crees que…?
―Calma, Anna, si crees que soy idiota como para no pensar que no es la primera vez que haces esto, me conoces poco, y eso me duele porque creí que éramos más cercanas.
La mujer finalmente decidió mirar a su única hija.
―No tienes qué buscar justificaciones inútiles, comprendo lo que esto significa, tengo idea de dónde vienes, ¿y qué puedo hacer? Dejaste todo claro al hablarnos de tu relación con esa… chica.
―Sí ―dijo finalmente la muchacha―. Sí, me alegra que lo tengas en cuenta. Y esa chica tiene nombre, madre, se llama Elsa.
―Bueno ―dijo Iduna, intentando conservar la clase ―. Dile a Elsa que tu padre quiere conocerla esta noche, está invitada a la cena.
―¿Qué? ¿Esta noche?
―Así es.
―¿Y solo mi padre quiere conocerla? ―se atrevió a preguntar, sabiendo de antemano lo que Iduna pensaba de aquello, ambas se conocían, después de todo.
Iduna terminó de regar los alcatraces que se extendían a lo largo de la ventana. Cerró las botellas aromáticas y con toda la calma y elegancia de la que era dueña se volvió a su hija y le palmeó, ligeramente, en la mejilla.
―Tráela esta noche, Anna. Y ve a dormir, no querrás tener esas ojeras todo el día. Aunque… ―agregó la mujer, regresando el paso que había avanzado ―, ¿qué podría preocuparle a ambas, no es así?
La mujer se fue, dejando a Anna sumida en lagunas de pensamientos que no la condujeron hacia ningún lado, ninguno acogedor, al menos. Se abrazó con las mangas sueltas de su chaqueta y continuó su camino, en un par de horas llamaría a Elsa para invitarla a ser partícipe de un espectáculo digno de un coliseo romano.
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Por su amable lectura y comentarios, muchas gracias. Cuánto me alegra poder leerlos, sobre todo porque sé que la historia camina lento y todavía no es posible llegar al centro de la acción, saber que están ahí me da la confianza para saber que vamos bien al momento. Espero que les gusten estas pequeñas partes, y espero regresar prontito.
