Capítulo 7.

—¿Me vas a decir finalmente qué fue lo que hablaste con Hans?

—Cosas sin importancia, realmente —dijo Anna, mordiendo la última parte de la manzana que Elsa tomó del frutero —. Es un exagerado.

—¿Y por qué le urgía vernos a las dos?

Con especial habilidad, Anna arrojó el corazón de la fruta justo en el cesto de basura que yacía cerca de la ventana, luego se giró despreocupada y totalmente desnuda sobre la cama para encontrarse con su novia de frente, quien permanecía recostada boca abajo, igualmente desnuda y reposando cómodamente la cabeza sobre el brazo que extendía para acariciar los pelirrojos cabellos de la pecosa.

»Es la manzana más deliciosa que he comido en mi vida —dijo ella.

La menor se tomó un momento para pasear su mirada esmeralda por el cuerpo de su prometida, admirando la belleza de sus caderas ligeramente alzadas por la sensual posición en la que descansaban estas, el cabello rubio platinado cayéndole sobre la pálida piel que Anna había lamido largo rato durante la noche; una parte de un seno bien pronunciado se dejaba entrever bajo su cuerpo, en el que alcanzaba a notarse la mitad de un rosado pezón. La pelirroja se lamió los labios recordando cómo los había mordido, y lo mucho que le encantaba atraparlos en su boca.

Hasta entonces la médica tuvo en cuenta sus similitudes, si bien no eran muchas, podrían parecer las necesarias. En la familia de Agnarr o eran rubios o pelirrojos, y en la de Iduna no había rubios, y salvo Anna, era la única mujer de cabellos cobrizos entre el resto de hombres, las mujeres eran más bien castañas, como Iduna. Entonces, ¿a quién se parecía Elsa? Con ese rubio cabello que en la noche parecía la luna derritiéndose. Fue así como Anna recordó a su difunta abuela, Rita Haraldssen, la mujer que Runeard tanto amó y que murió meses antes de que Anna naciera, por lo que apenas la recordaba por fotografías y el enorme cuadro que engalanaba el final de las escaleras de la mansión Haraldssen. Sí, a ella se parecía Elsa, y no solo por el color de cabello y la pálida piel, los ojos también podrían ser los mismos, ese azul cobalto que se revolcaba cuando algo los hacía enojar, y aclarecía cuando se encontraban relajados.

Además, Elsa también tenía un hilillo de pecas bajo los ojos, no eran tan visibles como las de Anna, pero estaban ahí, solo para hacerla ver más perfecta.

Elsa era toda belleza y encanto. Y una Haraldssen, sin duda.

»Además lo mimas demasiado. Quiere tu atención —dijo al fin, sacudiéndose las lascivas imágenes de la cabeza. Luego volvió a observarla detalladamente y notó algunas líneas finas que atravesaban su cuerpo como ligeros arañazos que apenas alcanzaban a notarse.

—Bueno, me resulta extraño, pero decido creerte. Y, cambiando el tema, necesitamos hablar de otra cosa importante.

—¿Qué cosa? —preguntó despreocupadamente Anna antes de estirarse, se sentía relajada; ocasionalmente tener sexo con Elsa la ponía de buen humor, ella era tan buena en eso.

—Acaba de morir tu abuelo, y no sé, estaba pensando en que deberíamos posponer la boda.

—¡¿Qué?! —Anna se levantó abruptamente de la comodidad que le brindaba la cama —No, no haremos tal cosa.

—Escucha, nos casaremos, pero no ahora. Tu familia pasa por un mal momento y no es adecuado celebrar un acto tan simbólico como una boda en medio de una tragedia. Es un día importante también para mí y no quiero estar en el altar pensando en que no le guardé suficiente luto a Runeard, él también fue una persona muy importante para mí, lo sabes.

—Lo entiendo, pero, ya todo está planeado, Elsa; las cosas se harán como desde el principio. No se puede echar marcha atrás a tan pocos días.

Con un investigador rondando por ahí, con todas las pruebas sobre Elsa, Anna no se iba a arriesgar, Elsa iba a ser su esposa aunque fuera el último sueño que se pudiera cumplir, ya lo había decidido. Esperaba tener la suerte necesaria para que Iduna no lograra dar con ese investigador antes de la boda, sería su trabajo entorpecer la búsqueda, y mientras Matías cumpliera con los plazos legales en los que fue dictado el protocolo de lectura del testamento, la verdad estaría a salvo.

Le dolía, por supuesto, ver a Iduna sufrir de aquella manera, pero de algún modo lo tenía de escarmiento por lo mal que trató a Elsa, ahí estaba su temor por el pasado de la rubia, ¿qué dirá la mujer cuando se entere que renegó e intentó humillar y destruir a su propia sangre? Anna moría de ganas por saberlo, pero no antes de la boda. No antes de que Elsa firmara para ser siempre suya (o al menos esa era la intención), y tuvieran su luna de miel con sexo exquisito todas las noches como la rubia bien sabía darlo.

No, la boda era importante y Anna iba a defender su derecho a celebrarla en el tiempo fijado.

Faltaría apenas un mes para que el testamento se leyera según los protocolos legales de Runeard, solo un mes y entonces Anna debía esperar dos semanas para casarse con Elsa, porque tras la muerte de Runeard, el patriarca dejó de manifiesto que su testamento fuera leído exactamente tres meses después de su partida, habían pasado dos desde su fallecimiento y un mes más era el tiempo estipulado para que el licenciado Matías volviera a leer el testamento de su cliente y amigo; para entonces, la luna de miel habría terminado y ellas estarían de vuelta en Arendelle.

Si ninguno de sus planes sufría alteraciones, Anna iba a salirse con la suya, y pensaba tener éxito.

—¿No podré hacerte cambiar de opinión?

—No tiene caso, la mayoría de la familia de mi madre no estará presente, lo cual es mejor. Y yo llevo buenas relaciones con los Hansen, y tu familia tampoco merece que lo aplacemos. Así que me niego rotundamente a posponerla.

—No sabía que fueras tan necia.

—Creo que tendrás qué reconsiderar muy bien si de verdad quieres casarte con una mujer con tal desvirtud.

—¿Acaso tengo opción? —preguntó Elsa, juguetonamente.

Anna se levantó de su lugar y se echó encima de la rubia, a quien tomó por sorpresa.

—No lo sé, si te preocupara tanto guardar el luto no me habrías devorado como lo hiciste anoche, con tanta hambre y deseo. Y, además, ¿qué tal y resultáramos familia?

Preguntó la pelirroja, solo para tantear la respuesta de Elsa.

Los exámenes prenupciales eran obligatorios en la ciudad de Arendelle, pero, para suerte de Anna, estos no incluían ningún diagnóstico genético que imposibilitara que ambas pudieran casarse; se discutía en la corte integrarlos en el Código Civil de Arendelle, pero esto era algo a lo que todavía le llevaba tiempo de aprobación.

En cualquier caso, de ser lo contrario, Anna ya lo tendría resuelto, ella misma se encargaría de solicitar los análisis en el hospital donde colaboraba y le sería particularmente sencillo alterar algunos pequeños detalles en los resultados.

—No digas esas cosas —la regañó la pediatra —, no podría imaginarme estar acostándome con mi propia tía.

—¿Como por qué sería tu tía? Tú eres mayor que yo. —Anna pellizcó ligeramente las costillas de Elsa.

—Solo bromeaba —respondió la rubia —. No sé si estaría dispuesta a salir con una prima… O peor, estar enamorada de mi hermana.

« ¿Y si supieras que ya lo hiciste?». Pensó Anna, pero resopló por la decepción que le produjo aquello.

Así que Elsa no estaría dispuesta a continuar.

Era una lástima.

—Entonces no, ni un poco. Eres mía, Elsa Ekman, desde el momento que naciste.

—Desde el momento que naciste tú.

—Desde el momento que ambas fuimos concebidas. Incluso doy por hecho que antes de conocerte, supe que te amaba.

Las frases de Anna tenían un significado mucho más allá de lo que Elsa entendía, y a Anna le encantaba mantener ese secreto teniendo a su hermana justo frente a ella, y en tan sexual posición.

—Es solo porque te gusta cómo te hago el amor.

—Por eso, y por muchas virtudes más.

—Estoy aprendiendo cosas, ¿sabes? Ya que lo mencionas. Ahora escucho pláticas de residentes. Sé cómo hacerlo en rincones muy pequeños sin que conseguir el placer sea un problema, sino todo lo contrario. ¿Quieres que te muestre?

—Perdona, ¿quién dices que te enseña?

—Solo son conversaciones que escucho, no te alteres.

—Entonces hazme lo que quieras. Te pertenezco.

Elsa entonces se giró sobre ella y la miró con aquellos ojos ardientes que tan solo verlos, humedecían cada parte del cuerpo de Anna.

Y las dos mujeres volvieron a amarse.

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—¿Y qué se supone que hacen mis adorados padres tendidos sobre la mesa?

Preguntó Anna, acercándose al comedor.

—Puedes ayudar, intentamos encontrar pistas que nos lleven al investigador del que habló Runeard; de ser verdad, porque mantengo mis reservas con cualquier cosa que dijera ese hombre.

—Ah, les gusta perder el tiempo. Pues bien. Suerte con eso.

—Anna, no puedes pasar la vida resentida con él. Ni siquiera puedes asegurar que sea mentira lo que dijo.

—¿Con el hombre que se robó a mi hermana y trajo angustia y problemas a la vida de ustedes? Sí puedo. Y él es un mentiroso. Pensé que eso era indudable.

—Estamos cerca de encontrar algo, hubo niños que ingresaron a orfanatos de la ciudad la noche que nació ella.

—Según entendí, él la envió a Corona.

—¿Quién te dijo eso? ―preguntó Agnarr.

—Mi intuición —mintió —. Conociendo sus artimañas era mucho riesgo dejar a la niña en Arendelle, yo comenzaría por Corona o lugares cercanos, no por aquí. Además, no sabemos si ella llegó al orfanato el mismo día que nació.

Y no lo hizo, Elsa tuvo que enfrentarse a la calle antes de finalmente llegar a un lugar seguro. Anna sabía todo eso por Hans, pero su tarea era desviarlos de Elsa. Y eso haría.

Los días siguientes fueron cruciales para una pelirroja que se preparaba para su boda, por supuesto, algunos de los Haraldssen no estaban de acuerdo y dejaron en claro que no asistirían a una unión donde se sospechaba que una de las novias era la amante secreta de Runeard, además de que una boda gay no les parecía apropiado para una familia que gozaba de total prestigio. En cambio a Anna le parecía genial, ya que ni siquiera los había considerado en su lista. Estaba contenta de que así fueran las cosas.

A Elsa le daba igual, su lista era corta y entre menos gente, más cómodo sería su ambiente.

Cierto día, mientras Anna discutía acaloradamente con Hans y su obstinada insistencia en que Anna le dijera a Elsa la verdad, la rubia entró al departamento empapada, con los cabellos platinados cayéndole mojados sobre el pálido rostro.

—¿Con quién te gritas? —preguntó ella —¿Acaso es una línea análoga hasta China? A lo mejor no te escuchan, habla más fuerte para que nos echen y luego no tengamos dónde vivir al regreso de nuestra luna de miel. ¿Crees caber en mi cama de adolescente?

—Tú no cabrías en tu cama de adolescente. Y solo hablo con Hans —dijo Anna, bajando el tono de voz —, pero él ya va a trabajar, ¿cierto?

La pregunta de Anna sonó más bien a una orden.

A mí no me importa (y no tendría qué hacerlo), si ustedes deciden seguir juntas —le había dicho el chico —, pero Elsa está en desventaja y te muestras injusta ante lo que tú deseas, minimizando lo que para ella podría ser mejor, le estás quitando su oportunidad de decidir.

—¿De qué lado estás, Hans? —replicó la muchacha.

Pues… tal vez lo esté de ambas, Elsa también es mi prima, no se te olvide.

Y Anna odiaba que Hans tuviera razón. No, ella no odiaba que Hans tuviera razón, odiaba que tuviera la razón todo aquello que fuera en contra de sus deseos.

»Si no se lo dices te arrepentirás después —se alcanzó a escuchar la voz del joven, antes de que Anna cortara la llamada y se dirigiera a Elsa aparentemente furiosa.

—¿Y tú por qué vienes estilando sobre la alfombra?

—Calma, mujer —dijo Elsa, acercándose a Anna, quien retrocedió unos pasos para evitar ser mojada también —. Te traje una sorpresa —dijo la rubia.

La pediatra metió la mano al interior de su abrigo empapado y sacó un bulto blanco que, apenas sentirse libre, se sacudió el pelaje y maulló.

—¿Qué es esto? ¿Trajiste a un gato?

—Me temo que es una hembra, y estaba solita y asustada bajo las llantas de un auto en la calle, con esta tormenta probablemente sería arrastrada por un río de agua y moriría, no la podía dejar ahí, debe tener frío y hambre.

Anna, que no era aficionada de los animales, ordenó:

—Bien, tú ocúpate de ella, báñala, sécala y calentaré algo de leche.

—Mm, ¿podrías ver una receta de cómo preparar leche para gatos? He escuchado que por sí sola les hace daño y no quiero que Olaf vaya a darnos problemas con una diarrea descontrolada

—¿Olaf? Creí entender que es una hembra.

—Lo es, pero quiero que se llame Olaf; ni nuestra gata, ni nuestros hijos tendrán nombres definidos por su sexo —dijo Elsa, lo que provocó que Anna bajara la cabeza. Era obvio que ellas jamás podrían tener hijos.

»Oye, por cierto, me llegó una carta de una notaría, al parecer estoy invitada a la lectura del testamento de tu abuelo.

—¿Qué? ¿De verdad?

—Es lo que dice este papel. —Se lo mostró —. Lo entenderías si no estuviera goteando, pero pasó a mejor vida; igual, con tu familia afilando las garras, ten, te lo entrego.

Runeard dejó a Elsa en el testamento, eso era obvio. A Anna le comenzó a doler la cabeza. Por suerte, el testamento se leería dos semanas después de la boda, lo que dejaba tiempo para las intenciones que la pelirroja tenía fijadas.

—Bueno, seguramente el abuelo te tenía la suficiente estima como para considerarte entre sus bienes.

—No, gracias. Cada vez que veo a tu tía Martha siento como si me clavaran alfileres en el cuerpo. Imagínate que me deje su casa, serán cuchillos. Lo que sea, quédatelo. No me importa, estoy segura que no te importará irte en bus de vez en cuando.

Anna le cerró los ojos a Elsa y tomó el papel para acercarlo al vapor que emanaba de la chimenea, si Runeard nombró en algún bien a la rubia, Anna pelearía porque le fuera entregado, se enfrentara a quien se enfrentara.

La recién llegada se metió a la ducha con Olaf y le dio un baño de agua caliente, mientras que Anna colocó una almohada para que la gatita pudiera descansar y dejó el balcón abierto para que usara la tierra de una maceta por si tenía necesidades, ya mandaría a Elsa mañana a comprarle artículos si es que quería conservar a la gata.

—Mírala, se ve tan linda.

Dijo la rubia, mientras terminaba de secar su cabello.

—¿Seguro que vas a poder cuidarla en lo que me mudo aquí?

—Casi vives aquí.

—Pero no es lo mismo, ambas trabajamos y estará mucho tiempo sola.

—Estará bien, tengo otros planes para ella.

—No me digas ―murmuró sospechosamente la menor ―. Solo asegúrate que entre tus pacientes no se encuentre un alérgico a los gatos.

Elsa sonrió.

—Ya lo sé, tonta —. Y la abrazó sorpresivamente antes de darle un beso para despedirse de ella por ese día.

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—Anna —habló quedamente Iduna —. Quise acompañarte a hacer estas compras porque deseo que hablemos.

—Claro, tú dime.

El tráfico era lento y la doctora se desesperaba porque necesitaba hacer esas compras con urgencia. Sus nudillos apretados al volante y su constante vociferación de groserías se lo dejaban claro a su madre.

—Tu abuelo…

—Ya hablamos de eso, mamá, cada quien lleva el luto como desea, yo entenderé si tú no quieres presentarte a mi boda. Elsa también lo entenderá.

—No es solo eso. Ni siquiera es por eso. Ya pasó tiempo y no tengo ningún problema porque continúes con tus planes. Se hará lo que decidas.

—Entonces, ¿cuál es el problema? Sé directa, por favor, madre —respondió la menor, asomando la cabeza hacia el tráfico —¿Es por Elsa? ¿Otra vez?

—Anna, tu vida va a ser muy diferente al casarte con una mujer, la gente las mirará, las cuestionará, hablará de ustedes a sus espaldas, no podrán tener hijos, a menudo estarán en el ojo del…

—También ya hablamos de eso, Elsa y yo somos conscientes. No solo la gente, la familia ya habla de nosotras, ya nos miran; y sabemos que nos desaprueban, incluso tú lo haces —Hizo una pausa —¿Pero sabes? En algún momento la gente tendrá qué cambiar de pensamiento, no voy a esperar a que eso suceda, no tengo toda la vida para ser feliz. Encontré a Elsa, una mujer inteligente y preparada, hermosa, educada. Y que verá por mí como yo lo haré por ella.

—Pero a ti no te gustaban las mujeres. Eso es lo que no puedo entender. Entiendo que Elsa es hermosa y brillante, pero, ¿casarse? Es mucho más que solo abrigarte a un cuerpo irresistible unas cuántas veces quizá por experimentación, pero no para toda la vida.

—¿Así que ese es tu problema? ¿No entender mi sexualidad y romperte la cabeza pensando en cómo voy a sobrevivir sin un pene y una vagina en cambio haciéndome feliz? Pues ahí te equivocas, madre. El hecho de que jamás mostrara una atracción romántica por alguna mujer, no significa que físicamente no me gustaran. Es decir, no deseaba estar con alguna, pero desde el primer momento que vi a Elsa, algo dentro de mí deseó que fuera mía, y que quería estar con ella todo el tiempo. Elsa es gay, yo soy bisexual, y cuando tuve las oportunidades para besar a una chica, o acariciarla, yo solo lo hice, aunque jamás llegué a intimar más allá con ninguna.

»El asunto es que Elsa no solo me atrajo por todo lo que ella es, me gusta, mamá, es inteligente, es atractiva; me gusta su cuerpo, me encanta su rostro, me gusta verla sonreír y, por si te interesa, me encanta hacer el amor con ella. Es así de simple, la amo y por eso voy a casarme con esa preciosa mujer. Le guste a la gente o no. Además, me sorprende que todavía tengas problemas con eso, soy ginecóloga, madre, he visto cientos de vaginas a lo largo de mi carrera, ¿y te preocupa que me guste la de Elsa?

—Por Dios, Anna, no digas esas cosas tan a la ligera, por favor. Un poco de decencia es lo que demando ―mencionó Iduna, coloreándose por la vergüenza ―. Sí, tal vez me falte tiempo para entender tus preferencias. Te lo he dicho, Elsa es una joven que puede atraer a cualquiera, lo admito, es hermosa; pero es difícil asimilarlo cuando se trata de mi hija. Verte llegar al altar y que tu padre y yo te entreguemos a otra mujer es… Solo quería que estuvieras completamente segura del importante paso que vas a dar. Siempre puedes volver a casa si las cosas no salen bien.

—Todo estará bien, madre, no te preocupes más por mí en ese sentido. Y no creo que volviera a casa, o no sé. ¿No estaría ya ocupado mi espacio?

—¿Por quién? No digas tonterías.

—Por ella, tu otra hija. ¿Qué tal de concentrar tanto su atención en hallarla, poco a poco dejo de importarles?

—Eso jamás pasará. Lamento si en estos días no nos hemos ocupado mucho de ti.

—No te preocupes, Gerda y Kristoff han sido excelentes compañeros en este viaje con el que tanto sueño.

Iduna recargó la cabeza contra el respaldo del asiento y resopló. Anna no le iba a perdonar que la dejara sola con los preparativos de su boda.

Las cosas eran distintas cuando se trataba precisamente de Gerda. Desde que Anna se enteró que su pareja y ella eran familia, y del pasado triste que vivió la rubia en el orfanato, Anna se moría por saber si al menos cuando llegó a casa de los Ekman, Elsa pudo ser feliz. Pero las cosas en realidad habían sido muy difíciles para la familia.

—Siempre fue una niña muy retraída —le contó la regordeta mujer el día que acompañó a la pelirroja a probar los postres de boda —. Sabíamos desde el principio que tendríamos problemas con ella para sacarla de ese trance, pero estábamos decididos a hacerlo, la pobrecilla ya había pasado por mucho, necesitaba cariño, y esos ojitos azules necesitaban sonreír.

—¿Qué fue lo que pasó con ella que la hizo crecer de ese modo?

—No me extraña que no te lo haya contado, Elsa lo ve como algo pasajero; y que recordarlo solo le traería recuerdos amargos. Supongo no quiere envolverte en ese miserable pasado.

—Sí, en realidad es un tema que no solemos tocar, no mucho, ella ha sido tan hermética y a mí me causa temor raspar alguna herida en mi ignorancia. Aun así me atrevo a preguntarle a usted si algo de esto tiene que ver con su trauma para conducir.

—Sí, y por otras cosas más. Cuando era una niña Elsa fue raptada del orfanato por una de sus maestras y el novio de esta, al parecer iban de camino a Northuldra cuando fueron embestidos por un auto que huyó dejándolos a su suerte. La pareja, que resultaron no ser los padres de mi niña, habían muerto, mientras la pequeña se encontraba en estado grave.

»Nosotros viajábamos por esa carretera la noche del percance y nos detuvimos a ayudar a los heridos, llamamos a los servicios de emergencia y a la policía, y siendo médicos obviamente comunicamos los métodos que aplicaríamos para mantener a la única superviviente con vida hasta que llegara el equipo de rescate.

»A los pocos minutos apareció la ambulancia y los seguimos para saber qué pasaría con la pequeña, ahí nos dimos cuenta que venía del orfanato de Arendelle y que su maestra tenía intenciones ambiciosas con ella. Los estaban buscando. Entonces decidimos adoptarla, a pesar de que juramos quedarnos solo con Kristoff.

—¿Por qué la secuestraron?

—Realmente no lo supimos, ¿qué le va a interesar a la policía el conflicto de una niña huérfana? Solo nos dijeron que según las pruebas y exámenes clínicos, esas personas no eran sus padres biológicos, al no tener nada más por dónde rastrear, decidieron cerrar el caso. Pero siempre tuve la sospecha ―dijo la mujer, bajando el tono de su voz ―, aunque mi marido lo negara, a que Elsa pertenece a una familia poderosa, y sus secuestradores lo sabían y buscaban sacar provecho de eso, ¿qué otro motivo tendrían para llevársela? Alguien no quería que encontraran a la niña y por eso mandó ese auto a que los embistiera, pensando en matar a todos los ocupantes que viajaban en el coche. Nadie me quitará eso de la cabeza jamás.

Anna guardó total silencio mientras escuchaba la historia. En su mente volaban las palabras de Hans y todo lo que había podido recabar de Elsa cuando era niña, y todo era verdad, justo como él lo contara. Y las peores imágenes se apoderaron de su atención. Al no poder desaparecerla, Runeard intentó matar a Elsa, a su hermana, su prometida, al amor de su vida.

Gerda le sonrió y le palmeó la espalda a Anna cuando esta se frotó la cara con las manos para borrar toda imagen de platinados cabellos bañados de sangre. Era lo más grotesco que se hubiera imaginado jamás. Pero Elsa había sobrevivido, gracias a la mujer que conducía la camioneta y a un buen hombre al que no tuvo la oportunidad de conocer.

La maestra que la secuestró pretendía manipular a la familia con revelar la verdad sobre su origen, y chantajear por dinero a Iduna y Agnarr revelándoles información, eso lo conocía por las investigaciones de Hans. Ellos no querían a Elsa, querían usarla. Pero había alguien a quien no le convenía que la gente supiera sobre el embarazo de Iduna ni sobre quién era el padre, y mucho menos, su maldad cometida contra un bebé, por eso trataron de asesinar a la maestra y a su esposo mientras huían de Arendelle, pero Elsa sobrevivió. No es lo que Runeard esperaba.

»Fue difícil tratar con ella los primeros meses —continuó Gerda —era asustadiza e incapaz de socializar con las personas, desarrolló cantidad de TOC's* que fue tratando mediante la terapia; esto, más su amor por la medicina y su encanto por los niños le abrieron las puertas para que tuviera más libertad. Y ahora llegaste tú y todo cambió en su vida. Puedo decir que jamás la había visto tan feliz. Ella sueña con que seas su mujer.

A Anna se le compungió el corazón.

—Soy su mujer, le pertenezco a Elsa desde que nací, antes de conocerla.

—Y yo te la entrego porque confío en ti, no había en este mundo nadie mejor para ella que tú, Anna. Estoy muy feliz por ustedes, y estoy segura que mi amado Kai también lo estaría. Él adoraba a su hija piel de luna.

Anna volvió su atención a la carretera, mientras discretamente secaba las lágrimas que empañaron sus ojos.

Su hermana, su amor, había sufrido más de lo que ella misma quería saber. Pero también recibió el cariño de personas ajenas que la amaron sin ninguna condición.

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—Así que pelearon de nuevo.

—Siempre vuelve a lo mismo.

—Debes entender, tus padres esperaban a esa hija como a nada, se las quitaron, y ahora podrían recuperarla, ¿no harías eso tú por mí?

—¿Yo por qué te perdería?

—Porque nunca seremos conscientes de lo que nos depara el destino. Solo permíteles este momento.

—El destino nos quiere juntas, y eso es lo que haremos.

—También Olaf nos quiere juntas; aunque refunfuñas por el olor de su caca, sé que le agradas.

—Así que ya decidiste quedártela.

—Estaba decidido desde el principio.

Dijo Elsa, quien se estacionó frente a la entrada de su edificio.

»Gracias por hacer esto por mí. Prometo no doblar turnos hasta que nos casemos.

—No, el trato es que los hagas ahora y no después.

—Cierto —dijo Elsa chasqueando los dedos —. Bueno, solo llenas el arenero hasta siete centímetros y rellenas su galón de agua. Le cocinaré un rico atún cuando regrese.

—La vas a consentir.

—¿Para qué quiero cosas en mi vida si no es para eso…? ―Y se quedó pensativa por un momento.

―¿Sucede algo?

―Mm, no, es solo que siento que olvido algo pero, si lo recuerdo, te llamaré.

—No te preocupes, cuidaré bien de Olaf en lo que regresas.

—Confío en ti. Si sobrevive te confiaré también a mis hijos ―le guiñó, mientras Anna apenas alcanzaba a girar para verla arrancar el coche.

La pelirroja salió del ascensor y se dio prisa en ayudar al joven que apenas podía sostener las cuatro cajas de cartón que llevaba encima mientras abría la puerta de un apartamento.

—Déjame ayudarte —le dijo Anna tras verlo trastabillar. Metió la llave a la cerradura y empujó la puerta para darle paso al muchacho.

—Gracias —expresó él, tirándose sobre el sillón, exhausto.

—Elsa no me dijo que vendrías.

—Debió haberlo olvidado, suele pasarle —respondió Kristoff, secándose algunas gotas de sudor que le resbalaban por la frente.

—¿Y bien? —dijo Anna —¿Qué hay en las cajas?

—Le dije a Elsa que ocuparé su espacio del estudio que compartíamos en casa, así que me pidió amablemente que si eso quería, entonces mudara sus cosas acá. Y eso hice. Viene su juego de química que pidió en navidad, algo incompleto, porque tuvo un hermano travieso.

Anna fue a sentarse al lado de Kristoff.

—Me encantaría ver todas las cosas que guardaba Elsa de niña, pero quisiera ofrecerte algo de comer, ya que has venido hasta aquí, cargando esas pesadas cajas.

—No son un problema para mí —respondió el muchacho, mostrando sus músculos —. Elsa no hubiera levantado dos.

—Es frágil, pero te sorprendería lo que puede llegar a levant…

Se interrumpió Anna, consciente de lo que estuvo a punto de decir. Kristoff la miró de arriba a abajo y añadió:

—¿Qué me vas a ofrecer de comer? Te advierto que no soy vegano; yo sí tengo mucho gusto por la carne.

Anna no alcanzó a mirar cuando él giró su rostro al decir aquello, inocentemente lo entendió a su preferencia por las comidas con carne, no a otro tipo de "carnes".

—Bueno, deberías intentarlo, Elsa va por buen camino.

—Supongo —expresó el muchacho, mirando alrededor —. Estás muy acostumbrada a este lugar, ¿cierto? Prácticamente tú y Elsa ya están casadas, solo falta mudar tus cosas.

—Bueno, voy a vivir aquí muy pronto, así que…

—¿Estás conforme con eso? Quiero decir, Elsa siempre ha sido muy simplista y hogareña, pero tú pareces diferente.

—Me adapto —dijo Anna, preparando el fuego —. Será nuestro rincón y anhelo llegar del trabajo y verla aquí, preparando la cena, y luego ir a la cama o mirar la ciudad desde nuestra ventana abrazadas en nuestro sofá en el balcón. No necesito nada más que eso.

—Qué bueno que pienses así. Y que te adaptes. Hasta hace tiempo Elsa pensaba en una casa grande, llena de niños corriendo y animales.

El interés de Anna entonces pareció darle una sacudida.

—¿Hasta hace cuándo?

—Bueno —dijo el chico, moviéndose de la mesa —. Tal vez sean cosas de las que no debería hablarte.

—Anda, dímelo.

—No, si no lo sabes es porque Elsa considera que no es importante y a mí no me compete tomar su lugar y…

—¡Habla ya, por favor!

El cirujano bajó la cabeza y con total negatividad finalmente le dijo a Anna lo que esta había temido por tanto tiempo.

—Que yo sepa, Elsa tuvo planes para comprarse una casa y mudarse ahí con otra chica.

Anna se quedó en silencio, pero Kristoff casi escuchó rechinar sus dientes.

—¿Qué-chica? —preguntó ella, con los labios visiblemente apretados —¿La conozco?

—Ya te he dicho demasiado, no puedo hablarte más.

—Por eso mismo tienes qué decírmelo. Elsa no me ha contado nada y si no lo ha hecho debe ser por alguna razón, ¿qué tal si me oculta algo importante que yo sí debería saber?

—No creo que llegue a ese extremo.

—Dímelo, Kristoff… ¿la conozco?

El muchacho se quedó un momento en silencio, se rascó la cabeza y en un acto de arrepentimiento, finalmente reveló la verdad que Anna tanto deseaba saber.

—La conociste el primer día que te llevó al orfanato, Honeymaren Bernthal.

—¡¿QUÉ?! —exclamó la mujer —Elsa me dijo que no había tenido nada qué ver con ella.

—Bueno, pues tal vez mintiera un poco. Honeymaren era mi novia cuando me dejó por Elsa.

—Es… imposible. Esto no puede ser verdad. ¡Oh, Elsa! ¡Ocultármelo todo el tiempo! ¡Mentirme!

—¿Sabes qué? Creo que dejamos la comida para otra ocasión, mejor yo te invito otro día, ¿de acuerdo? Y hablamos de lo que quieras, me parece que… habrá mucho qué discutir.

—¡Claro que lo habrá! —vociferó Anna —Ahora que Elsa regrese tendrá que darme muchas explicaciones.

—Bien, pero no le digas que yo te lo dije o amaneceré sin cabeza.

—Tu secreto permanecerá a salvo.

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—Amor, ¿quieres pasarme la sal?

—¿Por qué? ¿Acaso no te gustó mi comida?

Elsa arrugó las cejas al notar el tono extraño en que Anna le respondió.

—Creo que olvidaste ponerle sal, solo eso.

—¿Y qué tal cocinaba Honeymaren? Ella seguramente hacía las cosas muy bien, ¿no?

—Y Honeymaren viene a la charla porque…

—Tan bien que hasta iban a mudarse juntas.

―Discúlpame, me estoy perdiendo de algo.

―¡Ya no me mientas, Elsa! ―gritó Anna ―Te pedí desde el principio que me contaras de tus novias y siempre negaste cualquier tipo de relación amorosa.

—¿Quién te dijo eso? ¿Fue Kristoff, verdad? Porque es quien estuvo involucrado con Honeymaren y lo que olvidé decirte en la mañana es que él vendría aquí.

—¿Eso importa? ¡Me mentiste! —Anna alzó la voz y Elsa le respondió de la misma manera.

—No te mentí, yo nunca tuve nada qué ver con Honeymaren.

—¿Y la casa grande en que vivirían? ¿Y los perros? ¿Y los niños?

—Por Dios, hicimos planes porque ambas pensamos que terminaríamos solteras y viviendo juntas de ancianas.

—¡Ay, por favor! ¡Ni Olaf te creería eso! ¡Es dolorosamente evidente que ella está enamorada de ti! ¡Sabes bien que en cualquier momento terminarían en la cama!

—¡Y eso no habría sido mi culpa! ¡Ni siquiera te conocía! ¿Sabes por qué esta historia llegó de esta manera a tus oídos? Porque Kristoff es un patán con las chicas. Él solía llevarlas a casa y después se desatendía de ellas, yo misma tuve qué regresarlas a sus domicilios en la madrugada o por el mediodía porque a él le daba flojera. No soy quién para hablarte de la sexualidad de otras personas pero dado que jugó sucio debes saber que él se acostaba con montones de mujeres y eso fue lo que pasó con Honeymaren. Solo que de ella sí se enamoró, pero era un idiota, y cuando Honey y yo nos hicimos más cercanas, se puso celoso. La quiso recuperar pero ya era tarde, ella se había enamorado de mí. —Hizo una pausa.

»Como te dije, yo estaba comprometida con mi carrera y a esas alturas Honeymaren era solo una amiga con la que solía llevarme ejemplar. Pero él siempre ha creído que yo se la quité, por eso vino a contarte las cosas de ese modo. Si le quieres creer, adelante. Hazlo.

Anna reflexionó unos segundos, no conocía tanto a Kristoff pero sí a Elsa, y ella nunca le había mentido. Miró su cara y esta parecía arder lo que su color pálido le permitía. Se habían levantado de la mesa y la rubia se sostenía de la chimenea intentando calmarse, sin mirar a Anna.

—Yo… Lo siento —expresó la chica Hansen, con voz temblorosa —. Sonó muy convincente.

—Y elegiste creerle.

—No, pero ya…

—Está bien, lo entiendo. Pero él me va a escuchar porque ya estoy cansada de esto.

Cogió las llaves de su auto y antes de que Anna pudiera detenerla, salió del departamento hecha una furia. Era lo último que la pelirroja deseaba provocar.

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Kristoff estaba a mitad de una partida de billar cuando Elsa llegó a confrontarlo. Los amigos presentes del muchacho se comieron a la rubia de pies a cabeza y le profirieron palabras obscenas, pero ella solo tenía en la mente a Kristoff.

—No a Anna, ¿entiendes eso? —dijo la doctora, determinantemente —Puedes hacerle creer a quien quieras, a quien te crea, pero Anna es punto y aparte entre nosotros. Ella es mi prometida y te prohíbo volver a acercarte a ella si tus intenciones no son amistosas.

—¿Pero qué carajos hice? Solo le conté la verdad, que tú te quedaste con mi novia.

―¿Pero qué cosas se entera uno? ¿La rubia te quitó a tu novia, Kristoff? ―mencionó uno de los jóvenes al que Elsa le notó pasado de copas ―Oye, yo soy su novio, ¿no te quieres quedar conmigo?

Elsa lo ignoró.

—¿Ah, sí? ¿Le dijiste que eres un rufián mentiroso y que te gusta engañar chicas a las que luego desprecias? ¿Le dijiste lo idiota que eres y que Honeymaren te dejó porque no vio futuro contigo? Porque ambos lo sabemos, ¿no es así? Yo no fui la causa de su rompimiento, ¡fuiste tú y tu maldito miedo al compromiso porque quieres seguir cogiendo sin reproches!

—Mi novia se enamoró de ti. Ella era mi chica. Y viniste a ella con tu cara bonita y tus trastornos y misterios.

—¡¿Y cuál es mi culpa? Si siempre la dejabas botada con los planes en los que luego yo tenía qué entrometerme para no hacerla sentir mal!

—Eso es lo que dices, pero sabrá Dios cuántas veces te la llevaste a la cama.

―No es por interrumpir ―dijo otro de los amigos de Kristoff ―, ¿pero habrá quedado evidencia visual de eso? Con oírla me conformo.

—¿Y esta es tu venganza? ¿Por eso vas y le cuentas una historia torcida a Anna? Porque ninguna estrategia te va a funcionar, si es tu forma de vengarte. Te lo advierto, Kristoff, a Anna la dejas en paz.

—¿Ya le platicaste del anciano que te seguía a todos lados? Porque hasta ibas a su casa a verlo, por eso no te quiere su familia, ¿no es así? Te quedas con los bienes del viejo amante rico, y los disfrutas con tu futura esposa, si eso llega a pasar. Pero Anna vivirá engañada contigo.

—Todo lo que quiero que retengas en ese pedazo de cerebro que deberías tener, es que vas a respetar a mi prometida. Te guste o no. Y no quiero que vuelvas a poner un pie en mi departamento, lo que necesite, yo misma iré a casa por él.

―Oye, primor, yo puedo hacer que te gusten los hombres. Si traes a esa Anna contigo no me quejaría de un trío. Oye, Kristoff, ¿es la pelirroja que dijiste que está buena?

Elsa no toleró más las palabras, tomó una botella de cerveza de la mesita de centro y con todas sus fuerzas la estrelló contra el hablador, quien cayó al piso sangrando de una oreja.

―La próxima vez que te escuche decir lo mismo, te meto la botella rota por el culo.

―Qué ruda salió la lesbiana.

Dijo Kristoff, volviendo a su juego en el villar. Elsa se dio la vuelta y volvió a hablarle de frente.

—Lesbiana, sí. Pero prometida a una mujer hermosa que por lo que me doy cuenta tú deseas y nunca tendrás. Con casa propia, auto propio y en fin, todo lo que sueñas. Todo lo que sueñas lo tiene esta lesbiana.

Delante de sus amigos, fue una afrenta difícil de diluir. El chico volvió al juego cuando Elsa se dio la vuelta para retirarse, intentando restarle relevancia al bochornoso momento que su hermana le había hecho pasar, pero el cuerpo entero le ardía.

Y Elsa, que seguramente se afianzaba en su poder otorgado voluntariamente por Runeard Haraldssen, lo lamentaría.

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Bueno, no me pude resistir y como ya casi lo tenía terminado, decidí subirlo, recién estoy comenzando el siguiente, ¿alguien más piensa que Kristoff estorba? No solo en esta historia, sino en la película en general.

Chat'de'Lune, muchísimas gracias por tu apoyo, es tan hermoso leerte en los comentarios. Sigues aquí. Gracias de todo corazón.

Dichiro, alcanzaste una mención, abrí mi documento para releerlo y me encontré con tu review. Oye, no pensé que siguieras esta historia, pero muchas gracias porque también me has apoyado en otros fanfics más. Te dejé un review en una de tus historias.

TOC's, ya saben, Trastornos Obsesivos Compulsivos. Elsa desarrolló una buena cantidad de ellos.