Capítulo 8

"El Troll de las montañas" siempre fue un niño callado que se arrinconaba en los salones porque lo asustaban otros niños. Así es como llamaban a Kristoff en el orfanato de Corona. Un humilde campesino lo escuchó llorar entre decenas de rocas que al parecer, habían rodado desde una empinada, a mitad de una ventisca que había abandonado al bebé en medio de la nada y a punto de la hipotermia, lo que implicó un milagro de vida para el pequeño.

El viejo y encorvado campesino lo llevó a su casa, una choza de gruesas maderas a mitad de las faldas de la Montaña del Sur, la más popular de Corona, y que a su vez asemejaba a la de su ciudad vecina en el Norte, Arendelle.

Pabbi entendía que él era un hombre viejo y enfermo, así que por meses se dio a la tarea de encontrar a los padres del niño, pero parecía que se los había tragado la tierra, y ningún niño de cuatro meses era buscado en ninguna parte de la ciudad ni territorios vecinos.

Decidió quedarse con él, por un tiempo, enseñándole el arte de cortar hielo y repartirlo en la ciudad. A pesar de las carencias, el niño creció feliz junto al anciano, hasta que un día el viejo comprendió que su estado de salud se deterioraba al punto de empezar a buscarle un nuevo hogar al pequeño Kristoff, cuando el viejo partiera. Había escuchado que el orfanato de Corona admitía niños aún con sobrepoblación, eran tiempos duros para Corona, y siendo Kristoff un niño de seis años ya, difícilmente le encontraría otro hogar que lo acogiera como el suyo.

Kristoff se asustó la primera vez que conoció a la trabajadora social, quien trabajó con él hasta el día que pasó lo inevitable y ella tuvo qué llevárselo. Le hicieron un espacio dado que era época de cosecha y a los niños del orfanato les encantaba ir a los campos a recoger la fruta de temporada, regresaban empanzados y gordos de tanto comer. Así que, cuando llegó el momento de que Pabbi partiera, Kristoff tomó su mochila y se despidió de Sven, el único reno que les quedaba y que sería vendido para pagar los funerales del campesino Pabbi.

Pero, a pesar del buen trato del personal que brindaba su servicio voluntario en el orfanato, Kristoff jamás se adaptó a otras personas, a menudo peleaba con otros huérfanos siendo él quien provocaba los problemas. Gerda y Kai, que entonces colaboraban en el mismo orfanato en el que vivía Kristoff, aseguraban que el niño solo necesitaba sentir nuevamente el abrigo de una familia, y fue entonces que decidieron adoptarlo, a la edad de siete años.

Trabajar con él, como con cualquier niño huérfano fue muy difícil, pero el chico desarrolló el entendimiento suficiente para darse cuenta que con Gerda y Kai recibía lo que nunca tuvo con Pabbi ni en el orfanato. Adoptó a un perro al que llamó Sven, como su reno, y poco a poco su nuevo amigo lo ayudó a adaptarse a su nuevo mundo.

Hasta que Elsa llegó.

Kristoff tenía para entonces once años y no veía con buenos ojos el hecho de compartir a sus padres con otra persona, se volvió celoso y egoísta y a menudo se metía en problemas. Ambos chicos enfrentaron su adolescencia de distinta forma: mientras Elsa continuaba con su terapia psicológica para lidiar con sus problemas, Kristoff bebía y no llegaba a dormir. Él creía que Elsa le había robado parte de su comodidad, y lo que hasta hace poco era únicamente suyo.

Y no fue hasta que la tenacidad y persistencia de la rubia reflejados en su buen porte y disciplina, influyeron en él para hacerlo cambiar de convicciones. Y entonces, de manera muy sutil convirtió todo en una competencia por quién de los dos podría hacer mejor las cosas. Así que si Elsa podía estudiar, él también. Si Elsa lograba sacar buenas notas, él también podía. Si Elsa conseguía becas, él conseguiría las mejores.

Pero hubo algo contra lo que nunca pudo enfrentarse a ella, y lo situaba en una abismal desventaja: el hecho de que Runeard Haraldssen apareciera para darle todo a la joven.

Desde que el millonario hombre llegó a sus vidas, Kristoff se dio cuenta que este tenía un especial apego a su hermana, siempre buscando cómo ayudarla, cómo proveerle todo lo que la muchacha requería. Y eso fue algo que caló más su orgullo. A pesar de que la joven rechazó cualquier tipo de ventaja que se le ofreciera.

Y cuando Honeymaren, la chica de la que Kristoff gustaba cambió sus sentimientos hacia la joven rubia, resultó el acabóse de su tolerancia. De ahí que solo esperaba un hueco, una brecha para que Elsa, por una vez en su vida y ante los ojos del rubio, se sintiera tan miserable como él se sentía.

Entonces apareció Anna y con ella la oportunidad de obligar a Elsa a redimirse, solo que la estrategia se le salió de las manos y por una vez en su vida, Kristoff Ekman finalmente deseaba con toda firmeza algo que Elsa tenía y con lo que él buscaría quedarse, aunque solo hubiera una manera de hacerlo.

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―Mm, ¿y todo eso de dónde salió?

―De las compras que me fui a hacer con Anna ―respondió Gerda, alzando la cabeza para que su hijo la besara ―. Y aún así nos faltaron tantas cosas. Una no pierde ocho horas en un día haciendo compras para una boda que debe quedar perfecta.

―Creí que Elsa quería algo sencillo, ¿no era así? Además tengo entendido que los Haraldssen no asistirán.

―No todos, pero sí los Hansen y nosotros. Y de cualquier forma Elsa insiste en que sea menos gente, a esa chica de plano le quedaría el papel de esposo.

Kristoff suspiró y sacó sus llaves para juguetear con ellas.

―Le llevé sus cosas ayer, las que estaban en el estudio… —Alzó la mirada fugazmente a su madre, que le daba la espalda al sofá donde se había sentado el chico —Me encontré con ella más tarde y… peleamos.

La mujer abandonó sus manualidades para volverse al muchacho.

―¿De nuevo? Kristoff, ¿es que ustedes no pueden durar tres meses llevándose bien? Cuando lo hacen todo parece feliz entre nosotros, pero luego vuelven a sus disputas como niños chiquitos. ¿Por qué pelearon esta vez?

El muchacho miró a su madre y discretamente volvió los ojos a su juguete.

» Kristoff, ¿qué pasó?

―Nada, madre, ninguna cosa de la que debas preocuparte. Tú no lo has notado, pero Elsa tiene sus momentos de histeria.

―Elsa sabe controlarse muy bien, le ha costado años de terapia. Y tú sabes que a menos que algo fuerte rompa con su paz, ella reacciona en contra. ¿Qué hiciste, Kristoff?

―Bien, pues, porque de todos modos te vas a enterar tarde o temprano ―respondió él, levantándose del sofá bruscamente. Caminó hacia las escaleras alzando la voz, para que Gerda pudiera escucharlo mientras subía ―. Ella va a decírtelo. Estoy enamorado de su prometida. Ya lo sabe, ya lo discutimos, no intentes mediar en esto, madre, será un imposible.

La regordeta mujer se volvió a la mesa y se cubrió la cara con las manos cuando finalmente el chico se perdió por el pasillo.

―Ay, Dios mío. Otra vez enfrentados, y nuevamente por una mujer. ¿Dónde estás cuando te necesito, Kai?

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―No, yo no estoy enfrentada a Kristoff por Anna, mamá, es él quien mantiene intenciones con ella.

―No me dijo que quisiera conquistarla, solo que está enamorado de ella.

―Sí, ¿y a qué te suena eso? ―dijo la rubia finalmente, arrastrando la silla para sentarse frente a su madre ―Sabes bien los rencores que me guarda por Honeymaren, y eso que no tuvimos nada que ver. Él busca hacer lo mismo que supuestamente yo le hice. ¡Y no le hice nada!

—Es… un orgullo de hombres, hija, tal vez. No debe ser fácil asimilar que tu hermana se queda con tus chicas.

—¡¿Cuáles chicas?! ¡No me quedé con ninguna chica!

—Lo sé, me refiero a que algunas de ellas cambiaron su interés por él hacia ti.

—¿Y por qué me culpa a mí de sus incapacidades románticas? ¿Por qué Anna y yo tendríamos que cuidarnos de su orgullo masculino? Debería aprender a lidiar con los estereotipos de macho que él mismo se impuso.

―Cálmate, mi amor —dijo la mujer, captando la tensión en el semblante de Elsa —. Aún si se lo propusiera, él no va a conseguir nada. Anna te ama a ti. Ustedes van a casarse, ella te eligió.

―No es eso lo que me preocupa. Ni siquiera me preocupa, confío en Anna; pero no quiero que él se le acerque. Y ya se lo advertí, si sus intenciones no son amigables, tiene prohibido cualquier trato con mi novia.

Se levantó de su asiento y salió del consultorio visiblemente molesta.

Gerda fue testigo presencial de lo que ocurrió cuando Kristoff pensó que Elsa sostenía una relación con Honeymaren a sus espaldas, cuando la morena salía con él. Y Gerda sabía que los sentimientos de la chica northuldra hacia Elsa serían inevitables, Elsa siempre fue para ella lo que Kristoff nunca se esforzó en mostrar, hasta que la perdió.

Cuando Honeymaren le confesó a Kristoff sus sentimientos por Elsa, este estalló en una cólera incontenible, y fue a buscar a su hermana hasta su escuela para gritarle cantidad de insultos que la chica no merecía, incluso la llamó "puta lesbiana" en medio de una concurrencia de estudiantes.

Pero eso no disipó su enojo y desde la mitad de la calle, a plena luz del día y con transeúntes mirándolo con vergüenza, llamó a Honeymaren "zorra ramera", para que los insultos resultaran parejos; y difundió entre sus conocidos que ambas mujeres se habían acostado, lo que por mucho tiempo trajo problemas sociales a las chicas, ya que la gente las acusaba sin descaro y sufrieron acoso durante varios meses.

Gerda sabía que no, porque la joven northuldra la tenía como su confidente y Gerda fue la primera con quien Honeymaren se sinceró sobre sus sentimientos, pidiendo consejo para saber qué hacer, ella se había enamorado de la hermana de su novio. En su momento Gerda le sugirió intentar algo con Elsa, pero al percatarse de la histeria de Kristoff, Honeymaren optó por mantener su distancia con la rubia, de manera que no la perjudicara, ya que era quien menos tenía la culpa en todo aquello.

La morena le pidió disculpas a la pediatra, quien de la peor manera se enteró que la chica por la que alguna vez tuvo sentimientos, ahora la amaba a ella.

Kristoff se implantó en la memoria las imágenes de un falso engaño, cegado por los celos y los rencores que le guardaba a Elsa. Todo eran hechos para él.

En aquél tiempo Kai aún vivía y su rudeza ayudó a apaciguar el razonamiento equivocado del chico, con las convicciones que caracterizaban al hombre.

En su momento los hermanos lograron reconciliarse y el cirujano pidió disculpas a su hermana. Pero el recelo por Elsa seguía ahí, porque Honeymaren seguía ahí, deslumbrándose por Elsa. Porque Runeard seguía ahí, como su guardián.

Una madre como Gerda siempre podía notar aquellas cosas en sus hijos.

Ahora quizá le tocaba intervenir a ella para mediar entre los dos, aunque estaba segura que quizá no sería necesario, Elsa era lo suficientemente inteligente como para caer en caprichos infantiles y Anna, la pelirroja, a simple vista estaba perdida de amor por Elsa, ella jamás la dejaría por el médico. Eso solo significaba que una vez más, el único perjudicado sería el mayor de sus hijos.

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A la salida del edificio la pediatra se encontró con Kristoff. Intentó evadirlo, pero él la retuvo por el brazo.

—Espera… —dijo él, sopesando la situación y sus palabras, imbuido en sus pensamientos veloces —Necesitaba hablarte… Yo… lo siento, me porté como un idiota contigo.

—No solo conmigo —asestó la pediatra, zafándose de su agarre. Decidió esperar para ver qué tenía qué decirle su hermano.

—Siento haberle contado a Anna...

—No es que cuentes las cosas, Kristoff —dijo ella, como si hubiera estudiado lo que él iba a decirle —, es que cuentas mentiras. Vives cegado por algo que nunca pasó. Créeme, te lo vuelvo a decir: yo no tuve nada qué ver con Honeymaren, ella siempre fue muy respetuosa con los dos, aunque tú no lo merecieras. Me dijo que yo le gustaba, sí, pero más allá de su confesión no ocurrió otra cosa, jamás nos acostamos y jamás anduvimos a tus espaldas. No te quité a ninguna de tus chicas.

—Igual, de ser así lo tenía merecido, porque es verdad, fuiste tú quien terminó ocupándose de ellas, no me extraña ahora que alguna terminara interesada en ti. Como Honey.

—Pero yo por ninguna. —Al decirle aquello le tocó cálidamente el hombro a su hermano —. Pero voy a mantenerme firme. Por favor, no te acerques a Anna con otras intenciones. Soy demasiado celosa, para mi gusto. Y la amo, y haré todo para defender nuestro amor, sea contra quien sea.

—No te preocupes, intentaré mantenerme al margen. Anna… ella es una buena amiga, en realidad. No te mentiré, me gusta mucho, sí, pero respetaré su relación. Lo prometo. Somos hermanos.

—Pues ahí está, puedes tenerla como amiga, pero solo como amiga. Y yo seguiré siendo tu hermana.

Dijo la joven, apartándose para emprender de nuevo su camino. Las cosas solían ser así, unas veces peleaban, como hermanos, y otras no se hablaban por meses, pero al final, familia era familia para los Ekman.

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—¿Qué crees? —le preguntó la rubia a su novia cuando esta la recibió en la puerta de su casa.

—¿Te asustó una horda de zombies? Porque tienes cara de que te asustara una horda de zombies.

—Noo… fui notificada de nuevo para demandar mi presencia en la lectura del testamento de Runeard. Puedes leer el papel, esta vez está seco.

—No hace falta, yo esperaba que mi abuelo te nombrara en alguna cosa.

—Bien. Entonces, amablemente, el abogado de la familia, Matías Goerlich, envió mensaje con especial atención de su parte hacia mi persona, declarando que de no presentarme a la lectura del testamento, irán por mí. Así que el bien debe ser algo bueno para una demanda de asistencia tan propia. Podría resultar que tu abuelo me apreciaba más que a sus nietos. Así que la próxima vez que vayas a su casa, cuida de no ensuciar las paredes, porque podría terminar siendo mía y te cobraré los daños a su estructura.

Anna rió a carcajadas porque sabía que Elsa estaba bromeando, y luego la besó.

—¿De verdad Matías te dijo eso?

—El serio Matías, lo conozco, por cierto, era amigo de tu padre y del mío, así que si el me envía citatorios tan flamantes, yo le envié una invitación de nuestra boda, sobre todo por la cercanía que mantuvo con mi padre, y porque es un buen tipo.

—Vaya que lo es, me cae bastante bien. .

-—¿Y tus papás?

—Están dentro, buscando pistas que los lleven a su hija perdida.

—¿No los ayudas? Es tu hermana.

—Lo hago, les guío por dónde buscar. Y sabes, Runeard no era un tonto. Digo que pierden su tiempo, mi hermana debería tener justamente tu edad ahora, tiene una vida hecha, ¿qué esperan encontrar? ¿Comprarle todos los juguetes de navidad que no pudieron darle?

—¿Qué pasa con mi dulce pelirroja? Desde que sabes lo de tu hermana te has vuelto un poco agresiva. Tienes qué entenderlos, si no estás en sus zapatos y no pasaste lo que ellos pasaron, deberías ser más empática.

—Lo intento, ¿pero qué esperas de alguien que ha crecido sola y ahora ya no tiene toda la atención?

—Pues tienes veinticuatro —dijo Elsa, refiriéndose a la edad de Anna —. Esperaría que fueras madura y cooperaras de buena voluntad. A menos que desees la herencia para ti sola.

—No es por eso —respondió la menor, golpeando ligeramente el estómago de Elsa —. ¿A dónde me vas a llevar?

—¿Se te antoja ganar un poco de peso? Porque justo acaban de abrir un restaurante mexicano, y muero por unas enchiladas.

—¿Así que nuestra cita de hoy será con tacos?

—Sí, y deberás probarlos todos. La comida mexicana es una de mis debilidades.

—Tendré qué aprender a cocinar entonces.

—Bien dicho, por eso te elegí para ser mi esposa. Dejas el hospital, te mantengo y te dedicas a cocinarme.

—Estás demente si piensas que eso pasaría.

—Bueno, lo intenté —mencionó la rubia, abriendo la puerta del coche para Anna —. Ya caerás.

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Elsa tuvo conflictos para despedirse de Anna esa noche. La pelirroja caminaba unos pasos adelante de ella, sosteniendo su mano antes de llegar a la puerta del hogar de los Hansen.

Anna se detuvo y la miró, acercándose a la joven.

—¿Te pasa algo?

—No —dijo Elsa, limpiándose una falsa pelusa que cayera a su ojo —, es solo que, pienso y… En una semana serás mi esposa. Y todavía no lo puedo creer.

Anna se sonrojó.

—La semana más larga de nuestras vidas, seguramente.

—Yo… yo… —dijo Elsa, tartamudeando sus palabras —Me alegro haberte conocido en aquél simposio, ha-haber llegado tarde y perder mi bolígrafo y todos los infortunios que tuve en aquél día. Valieron la pena si al final tuve tiempo de pedirte tu número y así comenzara todo entre nosotras. Pensé que moriría soltera.

—¿Con todas las tipas que andan detrás de ti? Lo dudo.

—Puedo pasar eso, pero yo me enamoré de ti. Entre todas, fuiste la única que cautivó algo dentro de mi cuerpo e hizo colapsar mi mente y pensamientos. Esperaba verte cada día, o siquiera llamarte o escribirte. No podía dejar de pensar en ti y en lo bonito de tus pecas… —El tono de voz de Elsa era bajo y dulce, pero Anna podía escucharla perfectamente, y a cada palabra, sentía que se derretía —Eres adorable Anna, y sinceramente haberte elegido como mi compañera de vida habrá sido la mejor decisión que he tomado, y algo de lo que jamás me arrepentiré.

Anna escuchó cada palabra súmamente deleitada, pero en su mente también vagaba la idea de que si las cosas hubieran sido diferentes y Elsa no hubiera sido separada de su familia, esas palabras las estaría recibiendo otra mujer en su lugar.

No podía dejar de admirar a Elsa por el encanto que proyectaba al hablar, con su timidez reflejándose en sus manos que jugueteaban con su llavero. ¿Era maldita o afortunada por eso?

—Elsa —dijo al fin la pelirroja —, ve a casa ahora o harás que me entregue a ti en este lugar y en este instante.

—¿Qué? —dijo la rubia, sorprendida.

—No me puedo resistir a tenerte cerca. Te amo y deseo estar contigo todo el tiempo. Solo porque ya estamos en casa y prometí a mis padres volver, de otra forma te pediría que llegáramos al motel más cercano y me desnudaras como solo tú sabes hacerlo, arrancándome la ropa, desgarrando mi piel y abrasando mi alma.

—Nunca voy a dejarte, Anna —respondió Elsa, envolviendo a la chica en un abrazo, como si con eso bastara para sentir que Anna era suya y solo suya —. Te encontré y serás mía para toda la vida.

—Lo seré, claro que lo seré.

—Entonces… Buenas noches, mi amor. Duerme lindo y te veo pronto.

—Buenas noches, amor de mi vida.

Se besaron candentemente y entonces Elsa se marchó, Anna no cerró la puerta de su casa hasta que vio el coche de su novia partir, despedirse de ella con la mano, y perderla entre kilómetros de carretera. Entonces Anna cerró la puerta y se recargó contra ella tras sí, extasiada por lo que tenía, por lo que vivía, por lo que la hacían sentir.

Luego volvió su rostro hacia el espejo de la entrada y miró su otro yo, aquél que sufría por sus decisiones, por su maldad, por sus pecados.

—Espero que no llegues a odiarme por todo lo que estoy haciendo, Elsa —habló a su reflejo —, lo hago por ambas. Pero sé que lo sabrás en algún momento y espero que tu amor no se convierta en un odio irreversible por ocultarte las cosas. Trataré de enamorarte todavía si puedo más, para que te cueste trabajo dejarme.

Luego de eso se retiró a su habitación, ignorando a sus padres que seguían buscando pistas en la mesa, quienes no se dieron cuenta de su llegada. Se recostó en su cama y se obligó a dormir para no pensar en lo que le deparaba el destino.

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La hija de los Ekman se acomodaba el vestido cuando escuchó que llamaron a su puerta y una sonriente Honeymaren se asomó detrás.

—¿Puedo? —preguntó la morena, a lo que Elsa respondió con una seña afirmativa.

—¿Qué tal se ve? Mamá dice que es un poco recatado y Kristoff que más bien parezco hippie. Mamá apostaba por un predominante escote, pero sabes que los odio.

—Y los demás los aman.

—¿Qué has dicho, disculpa?

Honeymaren sonrió.

—Nada. Solo que Gerda siempre está pinchándote la santurronería, como si lo necesitaras ahora —dijo la northuldra, y luego la miró de arriba a abajo.

—Yo no soy santurrona.

—Admite que sí, ya es tiempo. Pero déjame decirte que te ves preciosa, luces magnífica vestida de novia. Si yo fuera Anna y te viera llegar así, creo que desfallecería en ese instante y no habría boda.

Elsa miró a la joven y fue a ella para brindarle un cálido abrazo.

—Lo siento mucho, no debería estar.. —Yo quise venir a verte —interrumpió la morena —. Elsa, aunque te ame, sabes que mi amor por ti siempre será honesto. Estoy feliz que vayas a casarte con la mujer que tú escogiste, y que también te ama. No puedo estar más orgullosa, yo tuve mi oportunidad y la dejé ir por mis propios prejuicios o… extraños gustos. Ahora… es momento de verte feliz, por lo mucho que me importas.

—Tú también hubieras sido una excelente pareja para mí. Lo serás para alguien más.

—Por supuesto, porque tú optaste por las pelirrojas.

Las muchachas se rieron y volvieron a abrazarse, antes de que Honeymaren apresurara a Elsa para terminar su arreglo.

El vestido era sencillo y de corte largo, tan blanco como su propia piel, no tenía nada fuera de lo normal, Elsa odiaba la pedrería y el brillo, además, era una mujer muy bella, de facciones delicadas que no necesitaba resaltar nada más. Si algo tenía Elsa, es que simplemente atrapaba con la mirada.

—Mi amor, ¿estás lista? Ya debes salir para que comience la ceremonia.

—Sí, mamá —le respondió a Gerda —. Estoy lista.