Capítulo 9.

No hubo absolutamente ningún detalle qué objetarle a la novia, Elsa Ekman lucía más hermosa que otras veces, tenía ese maquillaje tenue que le resaltaba el impresionante color de ojos y labios súmamente sensuales que la hacían ver más divina, era el diseño de un arte más allá de la creatividad de un ser todopoderoso.

Caminó a través de la multitud del brazo de Kristoff para colocarse en el puesto donde esperaría a Anna, como si ella hiciera la parte del novio. No es que ensayaran llevar roles, pero Elsa quiso tomar ese papel simplemente porque deseaba ver a Anna caminar hacia ella en el altar.

Así que por el momento las miradas se enfocaban en la rubia, lo que la puso muy nerviosa. Le escuchó a un niño preguntar si es que ella era un ángel. La mamá del pequeño rió y le respondió con mucho cariño que solo se trataba de una mujer muy bonita.

Elsa no se consideraba así misma particularmente bella, pero conocía sus atractivos.

De los pies a la cabeza la muchacha asemejaba a un ser celestial, vestida con un sencillo pero largo vestido blanco que se ajustaba a sus curvas producto del ejercicio de rutina para mantener la salud.

Desde luego hubo suspiros, y un orgullo rebosante en la cara de Gerda cuando la miró. Kristoff le asintió con la cabeza.

Entonces la joven mujer se colocó las manos al frente y esperó por algunos minutos, moviéndose inquieta en su lugar. Moría por ver a Anna vestida de novia.

La muchacha pelirroja apareció a la entrada, colgada ligeramente al brazo de su padre, quien parecía orgulloso de su rol en ese evento. Ella desbordaba encanto y sonrisas y enviaba saludos a cualquiera que le levantara la mano, todavía incrédula porque el sueño de su vida finalmente se le hacía realidad.

Notó a lo lejos a Elsa, alta y gallarda como era su característica, un porte regio y tímido al mismo tiempo, semblante imponente y penetrantes ojos azules que brillaron al verla.

Elsa le levantó el ligero velo que le cubría la cara a su novia y suspiró en deliciosa admiración. Las pecas rojizas, el cabello alzado en un perfecto peinado que brillaba junto a los pocos estoperoles de su vestido. Era mágico verla ahí, así.

Anna clavó la vista en los labios de Elsa, casualmente lucían más tentadores que otras veces. ¿No podían ir al grano con el discurso y llegar a la parte del beso? Anna ya se moría por besar a la novia. No, Anna no se moría por besarla, ella quería llegar a casa y arrancarle el vestido a aquella rubia de mirada hipnotizante, no sin antes meterse bajo él y disfrutar la miel que emanaba de sus labios menores, dulce y deliciosa.

—Anna, ¿que si estás bien?

—¿Qué? Sí, papá, estoy bien, puedes dejarme en los brazos de mi bella novia.

—Bien, pues, habiendo cumplido mi parte, Elsa Ekman, te entrego a mi hija con la única condición de que la hagas feliz, y la cuides como si fuera yo.

—Se lo prometo, señor Hansen —dijo la rubia, tragándose el recelo que todavía le guardaba.

Anna suspiró profundamente al acercarse a su novia, la había imaginado muchas veces pero nunca esperó que superaría sus expectativas. Las piernas le temblaron, como le temblaron a Elsa al ver acercarse a la que se convertiría, en unos minutos, en su mujer de por vida.

Cuando la pelirroja la tomó del brazo, Anna ya desbordaba en lágrimas e intentaba secarlas batiendo sus manos delicadamente. Su padre le entregó un pañuelo que Anna devolvió enseguida.

—Mis disculpas —dijo esta —, creí que me había preparado lo suficiente para este momento… Te ves hermosa —le dijo a Elsa.

La rubia le sonrió y la tomó de la mano para apoderarse de su brazo libre, una vez Agnarr la soltara.

—No te preocupes, yo tampoco estoy de lo más relajada. Y tú te ves más hermosa.

Luego las dos mujeres se volvieron al juez, dando la espalda a los invitados, para escuchar los atributos legales a los que habrían de someterse como sociedad conyugal.

Cuando Agnarr fue a sentarse junto a Iduna, esta le dijo que un tal Harald Érickssen quería contactar con ellos de urgencia.

—¿Le dijiste que espere o llame más tarde?

—Lo hice, pero él dijo que era un tema importante que teníamos qué tratar y vendrá hasta aquí. Pero le gustaría que antes tomaras su llamada

—¿Qué? Iduna, es la boda de nuestra hija. Ahora no tomaré ninguna llamada.

—Lo sé, pero podría ser algo importante, ¿qué tal si tiene noticias de nuestra otra hija?

—Tal vez, pero es el momento de esta hija y el señor Érickssen tendrá qué esperar.

—Agnarr, quiero saber de qué se trata esto.

—Dijiste que viene para acá, ¿no? —Iduna asintió con la cabeza —Bien, entonces esperemos.

El hombre se dedicó a observar la ceremonia que había dado inicio y miraba con dulzura a su preciosa hija que parecía una princesa al lado de otra princesa en el altar, hasta que las palabras de Iduna se le colaron de nuevo en la mente, como una epifanía.

» Espera, ¿dijiste que vendrá aquí mismo?

—Sí.

—¿Aquí y ahora? ¿En este lugar y en este momento?

Su esposa volvió a asentir.

—Pues no sé si es una falta de respeto o de verdad algo muy importante como para urgirle hablar con nosotros durante una ceremonia tan importante para nuestra familia.

—Me llamará cuando esté aquí, hay una oficina en aquella esquina del salón donde nos permitirán hablar, ya solicité el permiso.

—Bueno, solo espero que no sean malas noticias.

—Matías viene con él.

—¿Matías Goerlich? Entonces esto debe ser algo serio. Bien, habrá qué esperar.

Con los nervios tensando su cuerpo, Iduna volvió la vista hacia el frente, dispuesta a escuchar a medias la ceremonia. Si era sincera consigo misma, le ganó la arrogancia por la envidia cosechada por aquél matrimonio, pues ambas novias eran demasiado guapas.

Veinte minutos habían transcurrido entre la lectura de la ley vigente para matrimonios de su clase, a lo que las dos chicas escuchaban y asentían entre risas nerviosas y apretones de manos intencionales.

Elsa casi no podía dejar de mirar a Anna, la sacudió aquella forma de lucir tan inocente, como si no la creyera capaz de convertirse en una feroz amante a la que le gustaba arrancarle los botones de su blusa para encontrarse con sus pechos.

No, esta Anna era una chica diferente, alguien que peleó contra todo para llegar a ese momento, incluso si ese todo eran sus propios padres.

El teléfono de Iduna sonó y la mujer volvió la cabeza al escuchar la voz de Matías pidiéndole audiencia con él.

—Ahora regreso —le dijo a Agnarr, dejando su bolso sobre la silla.

—¿Ya están aquí?

—Sí, te avisaré cualquier cosa.

Se sacudió la falda del vestido y con total discreción salió de entre la concurrencia para encontrarse con Matías y el otro hombre.

—Matías —dijo ella —tomándolo de las manos —. ¿Por qué esta urgencia? ¿No se supone que eras uno de los invitados de Elsa?

—Sí, Iduna, por eso es que estoy aquí, pero no en primer lugar. Hay algo que tenemos qué decirles pero necesitamos que Agnarr esté presente, ¿puedes llamarlo?

—¿Agnarr…? Está bien. Dime —suplicó la mujer antes de llamar a su esposo —¿Es alguna referencia sobre la hija que estoy buscando?

—Llama a Agnarr, necesitamos urgir esto.

Iduna asintió con la cabeza y con mucha pena tuvo qué interrumpir la atención de su marido hacia la ceremonia, él estaba aplaudiendo cuando Iduna lo llamó.

—¿Qué haces allá? Deberías estar aquí, Anna no va a perdonarte que te lo estés perdiendo.

—Necesitas venir conmigo.

—¿Yo por qué? Iduna, es Anna, ¿ya te fijaste en lo feliz que se ve? Siéntate a compartir este momento con nosotros, no tendrán qué esperarnos mucho.

—Agnarr, por favor, nunca te he rogado por nada, es la primera vez que te pido un favor así.

Agnarr guardó silencio y echó un vistazo a la pareja de novias, suspirando resignado.

—Está bien, pero que sea rápido, debo grabar el momento con mi celular.

Finalmente el hombre accedió a abandonar su butaca y acompañar a su esposa, mientras Anna alcanzaba a notar de soslayo su repentina partida. Decidió concentrarse en lo suyo y volvió su vista de nuevo al juez, y rezó porque la ceremonia terminara ya.

Agnarr le dio un cálido apretón de manos a Matías mientras observaba a su acompañante.

—Les presento a Harald Érickssen, abogado e investigador privado de Runeard Haraldssen.

—¿Investigador privado? —repitió Iduna, emocionada.

—Así es.

—¿Usted es quien tiene las pruebas y conoce del paradero de mi hija? Porque sabe que mi padre la apartó de mí cuando era una bebé; la primera hija que tuve, no Anna.

—Así es, señora Hansen, y por eso estamos aquí. El licenciado Matías me contactó.

—Recibí la carta de invitación de Elsa Ekman a su boda —dijo el corpulento hombre de piel morena que siempre había servido de guía jurídico al fallecido Runeard —, cercana ya la fecha, donde me comunica que contraería nupcias con Anna Hansen.

—Sí.

—Eso no lo sabíamos.

—¿Y qué tiene de raro? —preguntó Iduna, con las ideas tropezando en su mente.

—Que ellas no se pueden casar, son hermanas. Elsa Ekman es su hija.

Una tormenta con truenos y relámpagos cayó sobre la pareja mayor, como el golpe de granizos gigantes que los atrapó sin ninguna protección de por medio.

—¿Qué? ¿Qué está usted diciendo?

Agnar parecía como querer halar del saco al hombrecillo que acababa de emitir aquella barbaridad.

—La-mento mucho tener qué darles una noticia como esta en estos momentos precisamente, señor Hansen, pero las circunstancias nos obligaron.

—Cuando Elsa me envió esa invitación —intervino Matías, impidiendo que Agnarr lograra destrozar al pobrecillo de Érickssen —, la abrí y leí el nombre de la persona quien finalmente había conquistado a esa mujer, yo no lo sabía. Así que tuve qué contactar a Harald para que reuniera las pruebas y venir hasta aquí para que ustedes lo supieran y pudiera evitarse esta catástrofe.

—¿Así que tú lo sabías? —preguntó Agnarr, evidentemente falto de paciencia —¿Tú sabías sobre Elsa y apenas hoy nos lo dices?

—Espera, Agnarr. Yo sabía de Elsa, sí, todo el tiempo lo supe, desde que ella era una pequeñita, sabía que era una nieta de Runeard. Pero Runeard nunca me contó los pormenores, ni cómo se dieron las cosas. Yo no sabía que era la hija de Iduna hasta tiempo después, y persuadí a Runeard para que les dijera la verdad, pero él siempre dijo que no. Que Elsa no los necesitaría teniéndolo a él para protegerla. Y lo hizo, Agnarr, Iduna, les juro que lo hizo. Se ganó su confianza, su cariño. La cuidó y la protegió siempre.

—¡¿Y por qué hasta ahora, CARAJO?! —gritó Agnarr, golpeando tan fuertemente una mesa que incluso su muñeca quedó lastimada —¡¿Por qué se les ocurre venir a contarlo hasta ahora?! ¡Nuestras hijas se están casando allá afuera!

—¡Porque no lo sabíamos! ¿De acuerdo? Por alguna razón Elsa jamás le dijo a Runeard que salía con Anna, y si ella no me envía esa invitación no me habría dado cuenta jamás. Vi su nombre junto al de Elsa en la invitación e investigué si se trataba de la misma Anna Hansen que yo conocía, y como resultó así, de inmediato contacté a Harald para que acordáramos las acciones a emprender dado el estatus jurídico tan riguroso que legó Runeard.

—Las cosas no son tan fáciles, señor Hansen —habló finalmente Érickssen —Runeard dejó legalmente todo un protocolo a seguir que no podía romperse a menos que una fuerza mayor lo ameritara, y que sus hijas se conocieran y enamoraran no estaba dentro de esas posibilidades.

—Tuvimos qué justificar legalmente todo un proceso para que se nos permitiera revelar este secreto a las partes involucradas, un permiso especial concedido por el derecho civil de Arendelle. Por eso no pudimos hacer nada antes.

—Entonces… usted me está diciendo que las dos mujeres que se están casando allá afuera son familia, son hermanas de sangre… de verdad. Que mi hija perdida era la novia, amante, el amor de la vida de Anna.

—Así es, señor, y tengo todas las pruebas para mostrárselos.

—Pero entonces lo más importante ahora es detener esta boda, Anna y Elsa no se pueden casar.

—Por eso nuestra urgencia de venir hasta aquí. Sentimos mucho hacerlo de este modo. Es solo que, conozco a ambas —confesó apenadamente Matías —, y de las nietas deRuneard, estas dos siempre fueron mis favoritas.

—¿Pasa algo? —Se escuchó una débil voz de repente —Porque los estaba buscando y al pasar por aquí escuché gritos.

—Anna, hija, ¿qué haces aquí? —Se adelantó Agnarr para tomar sus manos y conducirla protectoramente hasta ellos. Gerda la acompañaba —¿Qué alcanzaste a escuchar?

—No mucho —dijo ella con una débil vocecilla —. Solo que no podía casarme con Elsa… ¿Por qué?

Las cuatro personas se miraron entre sí, sin saber cómo abordarían el tema con una de las principales involucradas.

Todos sabían que Anna adoraba a Elsa con todo su amor y que saber aquello partiría su corazón en mil pedazos.

—Hija, ven. Ven aquí, siéntate, tienes qué ser fuerte para lo que vas a escuchar, ¿me lo prometes?

—¿Por qué, papá? ¿Qué sucede? ¿Es algo malo?

—Presiento que sí, princesa, algo muy malo para ti. Para todos en realidad, aunque… dependiendo del lado que lo mires, algunos serán afortunados y otros no.

—Y me tocó ser de las que no —afirmó Anna —¿Por eso mamá está llorando?

—… Mamá tiene… sentimientos encontrados ahora, démosle un poco de tiempo. Matías y el señor Érickssen vinieron aquí para darnos una noticia muy lamentable, quiero decir, me hace muy feliz por un lado, pero por el otro… me parte verdaderamente el alma.

—¿Es sobre mi hermana? ¿Ella murió?

—No, no, mi amor, ella no murió, ella… está viva y está… muy cerca de nosotros… Tan… cerca de nosotros…

—¿Quién es, papá, la conocemos?

El largo suspiro de Agnarr fue lo único que se alcanzó a escuchar en la habitación, junto a los sollozos de Iduna, que no paraba de llorar.

—Anna… Tú no… Tú no te puedes casar con Elsa porque ella… ella es tu hermana, mi amor. Elsa es la hija que Runeard nos arrebató a tu madre y a mí cuando recién nació.

Anna guardó silencio por varios minutos, fingiendo lo recién enterada que estaba de las cosas. Gerda se llevó las manos a la boca.

—¿Qué? Eso no puede ser.

—Si me permite, señorita —dijo Érickssen, acercándose a Anna —. La niña, reconocida legalmente a la edad de seis meses como Elsa y más tarde como Elsa Ekman, fue arrebatada del regazo de su madre recién nacida, y dada a una empleada para que la desapareciera en un orfanato de Corona. Por supuesto era difícil trasladar a un recién nacido de una ciudad a otra sin documentos, así que le encargó al chofer de mayor confianza llevar a la mujer y a la criatura hasta su destino en Corona, como hija de ambos.

» En el trayecto —continuó Érickssen —, el chofer logró convencer a la sirvienta para que, en lugar de llevarla a Corona, la dejaran en Arendelle, ya que aún por carretera, el paso para un bebé sin papeles se hacía complicado. Así que optaron por dejarla a su suerte con una mujer de la calle, con unas monedas, a cambio de quedársela, pero después se arrepintieron y regresaron por ella. La ebria mujer ya la había abandonado en el orfanato de Arendelle, donde la sirvienta, motivada por la avaricia y manipulada por su joven amante, decidió quedarse como cuidadora voluntaria de la pequeña, hasta que tuviera la suficiente edad para llevársela y cobrar chantajes a razón de esa verdad, tanto a Runeard por sus fechorías, como a los Hansen por si deseaban de vuelta a su hija

» Por supuesto la mujer evitó que la niña fuera adoptada en varias ocasiones, pues ya tenían un propósito con ella. Pero la noche de la fuga les salió mal porque estos ya habían cometido el error de enviar mensajes y fotografías al señor Haraldssen, por eso mientras huían del orfanato con la niña fueron embestidos por un coche que instantáneamente mató a ambos secuestradores, pero dejó en grave estado a la pequeña. Los Ekman, que viajaban por esa carretera hacia Northuldra esa misma noche, la tuvieron qué auxiliar, y de ahí procedieron con sus trámites de adopción.

Érickssen miró a Gerda, quien continuaba conmocionada por la noticia, la mujer asintió, confirmando parte de los hechos narrados.

» Pero todo esto usted ya lo sabía, ¿no es así, señorita Hansen? Porque nos dimos cuenta que alguien estuvo averiguando cosas respecto a la señorita Ekman, y accedieron suspicazmente a sus archivos. Lo único que no sabe, y muere por saber, es porqué después de desaparecerla e intentar asesinarla, el señor Haraldssen cambió de opinión y decidió estar cerca de ella para protegerla; pero esa, es una parte que mi amigo Matías le explicará mejor.

Dicho eso palmeó al corpulento hombre de color, cediéndole la palabra.

—¿De qué habla? ¿Cómo podría saber yo tal cosa? ¿Por qué me estaría casando con mi propia hermana?

—Nos… enteramos que hay archivos removidos de donde nunca debieron salir. Y nadie más sabía de esto. ¿Quiere que Matías continúe?

—No puedo decir nada si Elsa no está presente.

—Espere, ¿usted está diciendo que la mujer con la que me estoy casando es mi hermana?

—Siento mucho decirle que sí.

Anna miró a sus padres y se movió a un lado con las manos alzadas.

—No, esto tiene que ser una broma. Y de pésimo gusto.

—No lo es —habló suavemente Matías —. No lo es, Anna, tenemos todas las pruebas, Elsa es la nieta que Runeard le arrebató a tus padres.

—¡Noo! —gritó la muchacha, llena de rabia —¡Nooo! ¡Ustedes mienten! Matías, no te prestes a este chantaje, por favor.

—Disculpen… —La voz de Elsa retumbó en medio del salón —Los invitados preguntan por ustedes y yo no puedo con uno más, ¿hay una audiencia de última hora a la que no he sido convocada?

Las seis personas se miraron entre ellos, Anna volvió la vista hacia la pared, lejos de Elsa.

»¿Ocurre algo? —preguntó la muchacha en su inocencia.

—Sí, Elsa —dijo Matías con firmeza —. Sí ocurre algo y me temo que los invitados tendrán qué esperar, por favor, entra y cierra la puerta.

—¿Por qué? Allá afuera nos esperan…

—La ceremonia tiene qué parar, lo queramos o no.

—¿La ceremonia? ¿Qué ceremonia? Anna y yo ya nos casamos. Firmamos los documentos y nos han felicitado, los invitados solo quieren que ustedes se incluyan.

Fue un golpe bajo para todos, se pensaba que la ceremonia se había detenido pero en lo que los Hansen, Matías y Érickssen discutían, las dos muchachas se dieron el sí.

Demasiado tarde ahora.

Matías suspiró y fue directo a la rubia para tomarla de la mano y moverla hacia ellos.

—Ven, Elsa… Te ves muy hermosa, ¿sabes? No esperaba no ser invitado alguna vez a tu boda.

—Goerlich, hemos sido amigos durante años, cómo no te invitaría. —Y luego los miró a todos —Quiero saber si esto me importa.

Miró a Anna, está ya se había arrinconado contra un escritorio con los brazos cruzados y lloraba. Elsa no entendía qué estaba ocurriendo.

—Elsa… Son malas noticias. Tu matrimonio con Anna no puede ser.

—¿De qué hablan? —rió Elsa —Mi matrimonio con Anna YA es. —Luego suspiró hondamente y se relajó —. Sabía que algo como esto pasaría en algún momento. Lo sabía. No iban a dejarnos ser felices, ¿verdad? ¿Qué te inventaste, Iduna, que triunfó al final?

—Ojalá fuera eso, Elsa, pero las cosas son más complicadas de lo que supones.

—¡Entonces díganmelo ya! ¿Para qué estarle dando vueltas? Solo-solo díganmelo y acabemos con esto de una vez.

Matías suspiró y miró a cada uno de los presentes antes de referir cualquier otra palabra. Elsa lo notó. Iduna lloraba junto a su hija y Agnarr tenía la cara roja y evasiva hacia Elsa.

—Anna y tú son hermanas, hermanas de sangre. Runeard era tu abuelo y por eso se mantuvo siempre a tu lado, cuidándote. Es por eso que no se pueden casar.

—Anna y yo firmamos el acta —respondió Elsa fríamente —, ahora somos esposas por ley. ¿Qué es esta tontería de la que me estás hablando? Matías, por favor, nos llevamos muy bien y te conozco lo suficiente como para saber que serías incapaz de hacerme una mala jugada.

—Apelo a esa amistad que hemos tenido a través de Runeard para decirte en completa convicción que no te estoy mintiendo. Elsa, escúchame, sabes que yo siempre fui amigo y el hombre de confianza de Runeard, su mano derecha, yo movía todos sus asuntos legales y era al mismo tiempo un gran amigo de tu padre. Runeard te encontró por casualidad en el consultorio de Kai aquél día, cuando tenías ocho años, aunque te estuvo buscando desde antes.

—¿Por qué me buscaría en primer lugar un hombre que al parecer tiene un pasado dudoso?

—Porque fuiste la primogénita de los Hansen, y Runeard te arrebató de tus padres por conflictos sociales que no estaba dispuesto a lidiar. Intentó llevarte lejos, pero no contó con que sus empleados lo traicionarían, por esa razón sobreviviste, para ser parte de negociaciones futuras.

» Elsa, aquella mujer que te mantuvo controlada y te llevaba a terapia falsa, no era tu madre verdadera.

—No, eso lo sé, el único conocimiento que tengo de mi madre biológica es que era una indigente que perdió su vida por el alcohol, y su marido la maltrataba… nos maltrataba. Él no me quería y por eso fui abandonada en aquél orfanato.

—No, Elsa, esas son mentiras, y te lo puedo comprobar. Fue lo que te hicieron creer para que huyeras con ellos aquella noche, te dijeron que tu madre iría por ti y te perseguiría hasta que su esposo las matara a ambas. Pero esa mujer tampoco era tu madre.

» Tú vienes de sangre real, alguien que sucedería al trono en algún momento si la monarquía fuera la de antes… Naciste de los Hansen, y eres linaje Haraldssen.

Elsa los miró a todos, con mucha paciencia, para luego decir:

—Okey, ¿podemos volver a la fiesta?

—¡Elsa, eres mi hija! ¡Mi hija perdida! La que mi padre me arrebató porque yo era muy joven para ser madre, la familia de Agnarr no tenía linaje y un escándalo como ese era lo que Runeard evitaba a toda costa...

—Bien —la interrumpió Elsa con la mano al frente —, están todos perdonados.

—Anna es tu hermana, Elsa, no pueden seguir con esto —discutió Agnarr cuando Elsa pasó a su lado, obligándola a detenerse.

—¡Suéltame! —gritó ella, sacándose de su agarre, obteniendo un moretón a cambio —Ahora mismo eres el menos indicado para dictar lecciones de moral. ¿Pero por qué envolvernos a nosotras en esto? Y justo el día de nuestra boda, ¡Gran casualidad! Rimbombante y todo, no podían esperar un mejor momento, uno que doliera menos.

—Elsa, no lo entiendes ahora. Ellos no mienten.

—¿Y cómo lo aseguras, Anna? ¿O es que acaso lo sabías también? Porque suena a que conoces del tema.

—No… yo…

—Dime… ¿lo sabías, Anna? ¿Lo sabías y lo ocultaste?

El silencio de la muchacha era evidente y resquebrajado, simplemente dio la espalda y volvió a llorar, su culpabilidad era evidente.

Mientras para todos fue una sorpresa, Elsa bajó la vista y movió la cabeza en negatividad, incrédula. Sintió un golpe sofocante en el estómago al escucharlo y tuvo qué sostenerse del respaldo de una silla para contener sus mareos.

» ¿Desde cuándo? —preguntó Elsa en un susurro que iba muriendo desesperanzado.

—Elsa, no creo que debas saber esos detalles.

—¡¿DESDE CUÁNDO, ANNA!? ¡MALDITA SEA!

Gritó, y todos se sobresaltaron, Elsa no perdía los estribos de esa forma.

—Desde hace mucho… Desde que el abuelo enfermó. Hans me lo dijo.

Elsa caminó dando vueltas por el espacio que les quedaba libre. Intentando no ver a los demás y frotándose la cara con sus dos manos.

» Él quería que te lo dijera, me dijo que no sería bueno ocultarte las cosas. Pero yo no quería perderte, por eso elegí callar. Y antes que me digan otra cosa, no me arrepiento de mi decisión porque sabía a dónde iba a parar esto si alguno de ustedes lo sabía.

—¿Y a dónde fue a parar, Anna? —preguntó Elsa, con la voz en un suspiro —¿Qué fue lo que lograste?

El silencio reinó en medio de todos. Elsa no quería pensar en eso pero tampoco podía evitar rememorar el tiempo que Anna permaneció alejada de ella durante la convalescencia de su abuelo, lo extraño que actuaba delante de él y las ganas con que la amaba cada noche que tenían la oportunidad, entre ellas, el incontenible deseo mutuo con la que Elsa la devoró, como si presintiera las malas noticias.

Finalmente, sin mirar a nadie más, tomó asiento porque sus piernas ya no la contenían.

—Runeard —habló Matías —, sabía que estabas en un hogar feliz, que te iba bien con los Ekman, que te hacían bien. Por eso decidió dejarte con ellos, y se ocupó de que nada les hiciera falta.

—¿Por qué he de creerlo si le fue tan fácil deshacerse de mí? Claro, yo no tenía manera de defenderme entonces. Más bien, admítelo, Matías: fue un cobarde.

—Sí lo fue, y eso lo reconoció, tenía miedo de que lo rechazaras si te enterabas de la verdad, de no volver a verte. Porque luego de encontrarte él te amó, Elsa, te amó mucho, su pecho se hinchaba de orgullo cuando conseguías algo que te hacía feliz, porque a diferencia del resto de sus nietos tú te ganabas cada premio por ti misma, sin su intervención, eras su orgullo.

Elsa giró la cabeza hacia Anna y la escudriñó.

—Supongo que con eso era suficiente para llevar una vida.

—Hizo lo que pudo para que tú…

—¡Me la arruinó, Matías! ¿No ves lo que está pasando? Estoy casada con mi hermana menor. ¿Sabes cuántas veces hice el amor con ella? ¿Cuántas veces nos besamos y la ilusión que teníamos para formar una familia ¡como la tuya…!? Como la de cualquier persona. Pero nos quitaron eso.

Matías suspiró nuevamente, el hombre de color siempre se había caracterizado por su seriedad y por ser tan pacífico, que rayaba en lo increíble.

—No estoy en tus zapatos, pero claro que lo entiendo. No le contaste a Runeard con quién salías, y yo me di cuenta solo por tu invitación, fue la única forma de venir a parar esto. Por eso contacté a Érickssen, para que él les diera las pruebas y no quedara duda de quién eres. Y puedas reclamar tu parte de la herencia.

—Porque eso es lo que me hará feliz.

—Yo tampoco elegí esto, Elsa. No supe lo que Runeard hizo hasta que le cuestioné el afán que tenía hacia ti. Me pidió que así se quedaran las cosas, ¿pues qué podría pasar? Lo siento mucho —dijo él —. Si me disculpan, los dejo a solas para que hablen.

Salió de la oficina llevando educadamente a Gerda del brazo y a Érickssen consigo.

Las cuatro personas restantes se quedaron en la habitación, sin saber qué hacer, qué decir, quién debía comenzar. En sus mentes rondaban pensamientos de diferente índole. Por supuesto, para Agnarr e Iduna la noticia había resultado por demás reveladora y gratificante, pero, ¿querría Elsa mantener una relación cercana a ellos? Sobre todo ahora que Anna estaba a mitad de ellas. Se sentía fatal al darse cuenta que la mujer que tanto rechazó e intentó humillar, fue por la que lloró tantas noches y a la que le llevó cientos de flores a un panteón, creyéndola muerta.

Agnarr, por su parte, también tenía la conciencia intranquila, el recuerdo de los labios de Elsa y el sabor de su sangre, su propia sangre, lo querían volver loco. No sabía si resistiría aquella afrenta dada a su primogénita.

Anna no se sentía menos miserable, pero ella al menos estaba advertida sobre lo que podía pasar, seguía sin arrepentirse, la cercanía de ella y Elsa se había vuelto tan agradable y cómoda después de que ella decidiera seguir con sus planes, que no se arrepentía de ningún beso ni caricia. Sino solamente no haber prevenido que Elsa podría conocer a los cercanos de Runeard, en eso sí se sintió idiota por no considerarlo.

En cambio Elsa… la pobre Elsa era un mar de sentimientos, por su mente pasaban todas las cosas que ocurrieron tras su primer encuentro con Anna, cómo aquellos ojos esmeralda hechizaron su atención en el simposio y cómo por primera vez, había roto sus barreras hacia las personas con tal de conseguir el teléfono de Anna.

—Necesito ir al tocador. —Anna fue la primera en hablar, secándose una lágrima sincera —. Ahora regreso.

La pelirroja dejó a solas a su hermana y a sus padres no a propósito, sí necesitaba estar sola para gritar, para desahogar sus frustraciones, para hablarse a sí misma e intentar mantenerse de pie; a ser valiente. Ella todavía quería a Elsa.

—Si lo hubiéramos sabido nada de lo que pasó entre nosotras hubiera ocurri…

—Si lo hubieran sabido antes —interrumpió la rubia a su madre cuando por fin tomó el impulso de hablar —, no otorga mérito porque somos familia. Y tampoco hubiera ocurrido, porque Anna y yo jamás hubiéramos estado juntas. Salvo que de entre las dos ella fuera tu favorita.

—Elsa —le dijo la mujer, acercándose a ella —, de haberte quedado conmigo te hubiera tratado igual que a Anna, las dos serían todo para mí. Agnarr y yo te esperábamos, queríamos tenerte. Ibas a nacer en un hogar lleno de amor.

La mujer miró a su marido, esperando que acompañara sus palabras, pero este seguía aferrado a sus pensamientos.

» Si querías ser doctora, eso hubieras sido, o lo que quisieras, habríamos sido amigas y te habría dado todo de mí.

—No carecí de nada, no sé lo que están pensando. No crecí entre lujos pero tuve comida en la mesa todos los días, ropa para vestir, zapatos para calzar y el apoyo de mis padres para conseguir mis becas y graduarme en la escuela de medicina.

Escucharon movimientos atrás de ellas y ambas miraron a Agnarr levantarse de la silla donde había estado rendido durante largo rato.

—Elsa… yoo… —dijo él. La muchacha lo miró, pero él desvió sus ojos claros hacia otra parte.

Tenía vergüenza de admitir y pedir perdón por haberla besado, pero su cara literalmente sentía que se le caía al suelo.

—Lo siento mucho, Elsa —lo interrumpió Iduna, al ver que Agnarr no encontraba la forma de expresarse —. Siempre fuiste buena con nosotros y con Anna, ciertamente no teníamos nada qué objetarte salvo que fueras mujer. Es simplemente que estar cerca de ti o escuchar que te mencionaran me hacía sentir cosas, cosas inexplicables. Afecto, tal vez, por el llamado de la sangre, pero al mismo tiempo celos por Anna y cosas que no podía descifrar.

» Te hice pasarla mal, y lo lamento. También ignoraba que mi padre pudiera llegar a ser tan hijo de puta.

Elsa los miró a ambos.

—Ustedes no tienen porqué disculparse, el que obró mal ya no está. En todo caso, no les guardo ningún rencor, no tengo por qué. Quizá ni siquiera a Runeard, pero me temo que sí fue un gran hijo de puta.

» Ahora con quien más quiero hablar, es con Anna. Así que, discúlpenme.

Dijo la joven, y siguió el camino trazado por la pelirroja.

xxx

Antes de decir cualquier cosa, Elsa observó el salón, tenía mesas y sillas acomodadas para un evento. Anna estaba al centro del recinto, sentada sobre una de las sillas cubiertas y con la cabeza mirando hacia la mesa. Se tapaba los oídos con ambas manos.

Con toda la calma del mundo Elsa se tomó el tiempo de observar los detalles, por suerte no correspondían a su salón, ninguna de ellas tenía tan mal gusto.

Se paró delante de Anna y metió las manos entre discretos bolsillos de su vestido de novia.

De soslayo, Anna alcanzó a verla hasta la cintura. Le había gustado el vestido de Elsa, con detalles típicos de los northuldras y la cultura mexicana que tanto le gustaba a la joven.

—¿Vas a quedarte aquí por el resto de tu vida para huir de tus problemas, o planeas hacer algo para enfrentar la verdad?

—Ya lo he hecho —respondió la pelirroja —. Muchas veces, ni te imaginas.

—Y decidiste ir por el lado equivocado.

—No es equivocado para mí, sabía que iba a lastimarte pero quería ser tu esposa.

—¿No te parece cínico de tu parte, y un total descaro? —preguntó Elsa bajando la cabeza a la altura de Anna.

—Si mi amor por ti te parece un descaro, ¿qué haces aquí?

—Somos hermanas, Anna, y nos acostamos un montón de veces después de que te enteraste de eso. ¿De verdad tienes tan limpia la conciencia? Te admiro, eh.

—Puedes dejar de amarme de la manera como lo haces ahora, Elsa. Puedes. O puedes decidir vencer los prejuicios y prepararte para un matrimonio diferente.

—Anna, no tenemos un matrimonio. La ley en Arendelle no permite los casamientos entre una pareja de línea directa. Nuestro matrimonio no tiene validez ante la ley y pronto nos obligarán a firmar esa anulación.

—¿Y eso es lo que quieres, Elsa? —preguntó Anna, levantando finalmente la cabeza para encontrarse con Elsa de pie, mirándola como si fuera superior.

Después de un rato, Elsa jaló una de las sillas para sentarse al lado de Anna, colocó las manos sobre el borde de la mesa y habló, con toda la serenidad que le quedaba.

—Yo quería ser tu esposa, anhelaba una familia contigo, viajes, gatos, cenas… Pero me mentiste, e intento comprender el por qué.

—¿No te basta el hecho de que te ame?

—¿Me amas tanto… —dijo Elsa —que preferiste callar la verdad para tenerme contigo? ¿Qué clase de mujer eres que no tiene remordimientos al hacer el amor con su hermana?

—Yo… no podía pensar teniéndote cerca. No sabes todo lo que pasé al enterarme de esto, yo ya sufrí lo que tenía qué sufrir por esta verdad que ni tú ni yo pedimos. ¿Cómo íbamos a imaginar en aquel simposio que éramos familia? Iba a decírtelo, ya lo había decidido, por eso estuve ausente tanto tiempo tras lo de mi abuelo, pero me bastaron unas palabras, y un susurro en el oído, para mandar al demonio mi ética y moral y entregarme a ti la noche de tu cumpleaños.

Elsa suspiró, recargando su cuerpo contra la silla.

—Sé que no es tu culpa, no te estoy culpando por esto, yo no sé qué hubiera hecho de estar en tu lugar. Tal vez haría lo mismo, pero no lo creo, tendría qué decirte la verdad porque de otra manera sería egoísta de mi parte… Son mis padres, Anna, los verdaderos, sabías que buscaba esa verdad.

—Te lo iba a decir, después de nuestra luna de miel y antes de la lectura del testamento de mi abuelo, nuestro abuelo —corrigió —, porque sí, llámalo egoísta o como quieras, pero antes de perderte yo quería disfrutarte, quería cumplir ese sueño. Bien dices que no fue mi culpa, no lo sabía hasta hace poco. ¿Y qué iba a hacer, Elsa? Cargaba con una verdad sobre mis hombros que haría feliz a mis padres pero a mí miserable. Si me permites, nunca pensé en renunciar a ti, prefería que las cosas se hubieran dado de esta manera antes que perderte.

—¿Sí sabes que las cosas entre nosotras ahora van a cambiar, verdad? Que no podemos ser esposas, ni tampoco novias, y nuestra relación deberá ser distante, como dos hermanas que acaban de encontrarse.

—¿Por qué distante? —preguntó Anna con la mirada fija hacia el mantel de lino que cubría la mesa.

—¿Tú por qué crees? Porque no soy de madera —dijo Elsa —. También te amo y deberé evitar estar cerca de ti, no es correcto manosearme pensando en mi hermana, ¿cierto? —Anna rió, ella lo hizo tantas veces —. Así que me devuelves la llave del departamento y te llevas tus cosas que tienes ahí, si he de olvidarte y mirarte de otra forma, prefiero evitarme las tentaciones de por medio.

—Eso no te va a borrar los recuerdos.

—Tal vez eventualmente —dijo Elsa —echándose hacia atrás en la silla —. Cuando me enamore de alguien más.

—¡No te atrevas a eso, Elsa Ekman! —gritó la pelirroja levantándose de su silla.

—¿Por qué no? Tú también deberás hacerlo, tarde o temprano.

Anna tomó uno de los floreros de centro de la mesa y sin pensarlo le arrojó el agua a Elsa sobre el vestido.

La rubia abrió los brazos sorprendida por el gesto.

—No lo conseguirás, yo no te dejaré. No voy a dejarte ir, Elsa, seas quien seas para mí, de una cosa estoy segura, eres mía, yo tuya y así será siempre.

Sentenció Anna, antes de acomodar de nuevo el florero sobre el centro de la mesa y marcharse, dejando a Elsa empapada hasta de los cabellos platinados.

Siguió a Anna con la mirada y suspiró nuevamente, los lloriqueos vendrían después, cuando se encontrara a solas en su departamento.

¿Superar a Anna? Sería más fácil arrancarse un brazo con los dientes antes de mirarla como hermana y no como mujer.

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Muchas gracias por sus atenciones, aún no comienzo el capítulo diez pero en eso estoy, ya quiero acabar esta historia y lo haré hasta el final porque todo eso ya está pensado. Así que, nos leemos pronto y te agradezco tu lectura y tus reviews. La motivación de los lectores siempre es inspiradora.

Abrazo a la distancia.