¡Hola a todos! Espero no haber tardado mucho esta vez. Me encontré con nuevos lectores en la sección de comentarios. Les doy la bienvenida y me alegra mucho tenerlos aquí, porque sé que hay un público por ahí. Muchas gracias por tomarse el tiempo para leerme, y gracias por cada uno de sus comentarios. ¡Estoy contenta!
Capítulo 10.
—Anna, sabes que debemos hablar, no puedes huir de esto.
—No entiendo qué es lo que quieren saber si ya se enteraron de todo —dijo la pelirroja deteniéndose a mitad de la escalera —Sí, les mentí, oculté información que debían saber, jugué con sus sentimientos. Y todo lo hice por ella.
—¿Y ella estuvo de acuerdo? ¿No fueron tus planes en vano?
—Cuando tienes a una sociedad encima que continuamente te cuestiona lo moral y ético que deberías ser, ¿cómo creen que se siente? No quiere saber nada de mí, por ahora. Le devolveré la llave de su departamento y mudaré las cosas que dejé allá, eso fue lo que pidió. Pero no es lo que yo quiero y espero hacerla cambiar de opinión.
—Anna, es tu hermana —dijo Iduna, con la mortificación expresada en el temblor de sus labios —. Todo este tiempo lo supiste y aún así tú… tú… tú…
—¿Me la cogía? Sí, madre, eso hacía, y me encantaba, y a ella también le encantaba. Voy a apelar a eso cuando me enfrente de nuevo con Elsa, le recordaré cuánto disfrutaba mis caricias y mis besos. Pero por ahora solo quiero descansar, el mejor día de mi vida se convirtió en el peor.
Dicho esto terminó de subir las escaleras y se perdió por el pasillo, Agnarr e Iduna no hicieron más que mirarse sintiéndose superados por la enorme situación que les había caído encima. Anna parecía una persona diferente, sin escrúpulos ni remordimientos.
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—¿Estás segura?—preguntó Gerda a una Elsa cabizbaja.
—Eso no importa, madre, así son las leyes en nuestro país, por automático van a invalidar nuestro matrimonio.
—¿Pero y si nadie se entera? Tienen nombres diferentes y familias diferentes, no crecieron juntas.
—Es una cuestión médica también, aunque podríamos apelar a que no nos incumbe a nosotras, porque no podemos tener hijos "naturales" —señaló —, con la probabilidad de que nazcan genéticamente con algún daño. De todos modos, si no reportamos el inconveniente, estaríamos incurriendo en un delito con penalización carcelaria si a alguien por aquí se le ocurre delatarnos, y ves que la familia de Anna no se tragó el cuento de que Anna había tenido una crisis emocional y la estaban ayudando. Así que es mejor hacerlo nosotras mismas, aunque nos duela, y porque aunque Arendelle es una ciudad muy avanzada, algunas personas no permitirían paz a la vida de una pareja con similitud de ADN. todavía no estamos en esos tiempos.
—Disculpa la intromisión, querida hermana, pero, ¿piensan mantener esta revelación en secreto de los Haraldssen? Quiero decir, son los Haraldssen, ellos lo descubrirán tarde o temprano —opinó Kristoff, echado desde el sofá sintiendo que la vida le sonreía por delante —Y dudo mucho que alguna la pase bien, ellos no te aceptarán, por principio, y Anna será la comidilla para una familia llena de víboras hambrientas.
—No me quitará el sueño lo que los Haraldssen lleguen a pensar de mí; para ser honesta, en esa familia solo un par vale la pena, sin contar a las Hansen. Pero tienes razón con lo de Anna, van a comérsela viva. Y tengo qué ver la forma de evitar eso.
—Oye —volvió a hablar el rubio —, quien incurrió en el delito fue Anna, al ocultarlo de todos, al ocultarlo de ti. Es casi como si te estuviera abusando, gozándose contigo a sabiendas que ignorabas por completo que comparten rasgos genéticos.
—Kristoff —. Quiso acallarlo Gerda, pero el chico continuó, alentado por las esperanzas que vislumbraba en su porvenir.
—Además, contrató a un investigador privado. Esa chica sí que es de pantalones.
—Técnicamente fui yo quien lo hizo, le pedí a Hans que buscara a mis padres, Anna solo fue el medio para llegar a él. El caso es informal y aunque sí podrían investigar a Anna, ninguno de nosotros iría contra ella. Estará bien.
—¿Aunque te haya engañado? ¿La piensas perdonar? ¿En serio? ¡Te ocultó las cosas para seguir acostándose contigo! ¿No te parece eso perturbador? —Insistió el rubio. Elsa solo lo miró, y desvió la vista a Gerda, que justo tomaba asiento en el sofá.
―No está loca, solo se encuentra superada por la situación; para ser honesta, yo tampoco sé qué hubiera hecho de haberlo sabido en lugar de Anna.
—Es cierto, hija, no podemos juzgarla a la ligera, ella está enamorada, pero aún así lo que hizo no es correcto y debería de comenzar de inmediato una terapia. Ahora, cambiando de tema, sigo sin asumir que Runeard fuera tu abuelo… Ahora es que entiendo tantas cosas… Él te amaba y se preocupaba por ti.
—La consciencia puede ser una terrible jueza, madre.
—No, él de verdad te quería, Elsa; no lo noté entonces, pero cada cosa que hizo por ti fue desde su amor de abuelo.
—¿Y qué vas a hacer? —volvió a preguntar el cirujano, con los brazos tendidos y resueltos como si nada le debiera a la vida —Eres una Hansen, encontraste a tu familia, tus padres viven y seguro querrán pasar tiempo contigo.
—Uff… —resopló la pediatra— no lo sé, pasar tiempo con ellos significa pasar tiempo con Anna, y a esa mujer no sé si algún día podré dejar de verla como la he visto desde que la conocí.
—No tienes qué pasar tiempo con Anna —habló de nuevo el mayor de los Ekman, mientras mascaba una goma de frutas.
―Técnicamente sí, Kristoff, si lo que ellos quieren es pasar por una familia normal, como hubiera sido si no les hubiesen quitado a Elsa.
—Por lo pronto voy a solicitar a Matías que prepare el papeleo para anular el matrimonio —respondió la pediatra —, es lo primordial; no sé cómo sentirme sabiéndome casada con mi… hermana.
—¿Y estarás bien?
—No pienso verla hasta que nos encontremos para firmar el acta.
—No, hija, me refiero a que si estás bien ahora, y con todo lo que viene.
Elsa bajó la cabeza y se miró los zapatos, reflexiva.
—Seguramente no, pero intentaré sobrellevarlo de pie y con firmeza, no hay nada más que se pueda hacer.
—Qué suerte tienes —habló de nuevo Kristoff —, encuentras a tu familia, resulta que todos viven, menos Runeard, y que es millonaria. ¿No es como un golpe de suerte?
—Te aseguro que no querrías estar en mi lugar.
—Dímelo a mí —respondió Kristoff —, cuando tuve esperanzas de encontrar a mis padres resulta que habían muerto arrastrados por las rocas de la montaña, soy huérfano de verdad. Y no dejaron herencia porque gastaban su dinero en viajes y viajes, jamás pensaron en su hijo. Y heme aquí, pobre y huérfano.
―Ni eres pobre, ni eres huérfano ―le dijo Gerda molesta.
—¿Te gustaría cambiar los papeles? Porque con gusto lo haría.
—Oh, no, claro que no, yo me entero de esto y esta misma noche me llevo a Anna lejos de esta ciudad.
Eso era seguro, y con la verdad al descubierto, significaba que Anna volvía a estar soltera, Elsa ya no sería un problema entre ellos. Quizá era el único que apreciaba con el mejor de los ánimos la triste noticia.
Los ojos oscuros de Kristoff se clavaron en la figura desgarbada de la rubia, envuelta en una frazada, todavía con el vestido de novia húmedo por el agua que Anna le arrojara en su frustración.
Las oportunidades para conquistar a la pelirroja estaban a la vista, había qué aprovecharlas.
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Temprano al otro día Elsa fue a ver a Hans, quien le confirmó exactamente la información que les brindara Érickssen. Los muchachos se abrazaron en mutuo acompañamiento.
—Siento que las cosas hayan salido de esta forma. Yo quería darte buenas noticias, iba a ser mi regalo de bodas, por eso trabajé día y noche para encontrar a tus padres.
—Entonces deberás dejarme pagar tus servicios, hiciste un gran trabajo aunque al final las cosas salieron como nadie esperaba.
—No, te debo una, debí haberte dicho lo de tus padres y no dejar que Anna lo hiciera, llevó las cosas muy lejos. No lo previne.
—No te preocupes, Hans, son… cosas que pasan y nos pasó a nosotros. Hay qué vivir con eso. Si me preguntas, estoy contenta de al menos tenerte a ti, somos primos y esa es una de las cosas que me alegran.
—Sí, al fin tendré con quién apostar cuál es el Haraldssen más nefasto.
—No me lo tomes a mal, pero creo que tu madre les lleva una gran ventaja.
—¡Aleluya por tu sabiduría! Apuesto por lo mismo, es una de las razones por las que estuve desterrado de la familia todo este tiempo; eh, te lo contaré todo en su momento. Pero esa mujer es una hija de la ching…
—Como sea, es tu madre, discúlpame si un día se me llega a olvidar.
—Perdonada desde antes.
—Además, dudo mucho que de saberlo, tu familia me acepte, saben que soy gay y que al final no me casé con Anna por alguna razón; ellos averiguarán los motivos, y lo van a descubrir, me preocupa que esto incurra negativamente en Anna. Y del parentesco, dudarán de las pruebas, y si Runeard me dejó algo lo pelearán como perros peleando un hueso.
—Diablos, que me perdone Anna, pero ya eres mi Haraldssen favorita. Semblanza perfecta de la familia.
Elsa le sonrió y se puso de pie, tomando su bolso.
—Me tengo qué ir, pero supongo que te veré en la lectura del testamento.
—¿En serio? Pensé que no irías.
—Discúteselo a Matías. Estoy obligada.
—Pues ya somos dos. Me sentaré contigo, te apartaré lugar, lejos del nido de serpientes.
Hans no alcanzó a notarlo, pero Elsa lanzó una risita incontenible, la primera desde hace dos días.
—Elsa —dijo él antes de que la rubia se marchara —. Me da mucho gusto que te tomes las cosas con calma, aunque sé que por dentro debes estar deshecha.
—Mientras no sea mi intestino, estaré bien —le sonrió —. Muchas gracias por todo, te veré en la lectura del testamento, primo.
Se despidió de él con un abrazo.
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Al volver a casa Elsa se encontró con una sorpresa: los Hansen estaban ahí, todos menos Anna.
—Elsa —expresó Iduna, poniéndose de pie en cuanto la vio entrar, como si solo el hecho de su presencia le demandara respeto. o era su urgencia por volverla a ver.
—Mi amor —dijo Gerda —, no me dio tiempo de avisarte, los señores Hansen quieren hablar contigo.
—Está bien, mamá, si gustas puedes acompañarnos.
—No, mi amor, es asunto de ustedes, me voy al hospital. Se quedan todos en su casa.
Elsa besó la mejilla de su madre cuando esta pasó a su lado, era una costumbre entre los Ekman.
—Que tengas un excelente día, madre.
—Gracias.
La ojiazul los invitó a tomar asiento nuevamente y se sentó delante de ellos con las piernas cruzadas, llevaba un fino pantalón de vestir color negro a juego con sus zapatillas y una blusa blanca medio desabotonada. A ambos Hansen les causó más impresión verla en ese momento que el primer día que la conocieron, les parecía más alta, más rubia, atractiva, imponente y hermosa.
—Te pareces a mi madre —dijo Iduna, rompiendo el incómodo silencio —. Nadie más de los Haraldssen y ninguno de los Hansen se asemeja a ti, excepto mi madre, Rita; falleció antes de que Anna naciera.
» No entiendo cómo no lo noté —argumentó la mujer, con una risita nerviosa —, supongo… supongo que estaba cegada por mi rechazo al verte con mi hija y saber que eras hermosa y perfecta y estabas toda llena de virtudes, no vi más allá en ti, no quise hacerlo. Y ambas se veían tan bien juntas y tenían esa conexión especial… Y-Y la confusión que me generaba el saber que había perdido un hijo cuando fuiste tú quien salió de mis entrañas… Tú… —repitió Iduna, con los ojos brillosos, admirada de aquello que tenía delante con el rostro afilado, listo para la defensa.
Agnarr tomó la mano de su esposa discretamente y la palmeó, asintiendo. Iduna no se encontraba en buen estado, tenía grandes ojeras porque había pasado toda la noche en vela eligiendo cada palabra que le diría a su hija mayor, preocupada por cómo reaccionaría ella, si la aceptaría o le cobraría cada desborde de malas actitudes hacia ella.
La rubia los observaba a ambos, en silencio, de pronto los papeles habían cambiado y ella fungía como la escrutadora de sus padres. Pero eso no era lo que quería, en realidad no le interesaba. Suspiró ligeramente y les habló, para intentar ayudar a calmar los nervios de Iduna.
—¿Podemos ir al grano? —expresó sin mayor remordimiento —. Mi vida está hecha con los Ekman. Estoy bien, viví feliz, tuve juguetes en navidad y vacaciones de verano. No deben preocuparse por la vida que llevé, mis padres me inculcaron el amor por la ciencia médica y me enseñaron a esforzarme para conseguir mis objetivos. Tengo 28 años y una carrera sólida. Pude haber tenido un matrimonio fructífero pero no se dio por razones que todos conocemos.
—Lo sentimos mucho, Elsa, no estuvo en nuestras manos poder rescatarte, si tan solo hubiera dudado de la palabra de mi padre, otra sería nuestra historia.
—Está bien, conozco los pormenores, no fue culpa suya. Viví cosas traumáticas pero pude recuperarme con terapias que pagaron esa señora que acaba de salir por la puerta, —dijo, mostrando la salida —:y el hombre del retrato en la pared, murió hace seis años. Quiero quitarles un peso de encima y que sientan y conozcan que estoy y estaré bien. No me deben nada.
—Agradecemos que los Ekman hayan visto por ti —dijo Agnarr —. Es una buena familia. Nuestro propósito al venir aquí es que… sabemos que, si bien ya eres una mujer que jamás nos necesitó, a nosotros te arrancaron de nuestros brazos… Y saberlo ahora nos hace querer… —dudó —por lo menos mantenerte cerca. Que mi familia te conozca también.
—Ya no tiene sentido, ¿para qué?
—Porque quieras o no somos tus padres verdaderos y necesitas saber de nosotros, como nosotros de ti. Somos tu familia, viniste de aquí —señaló la madre su vientre —. Eres carne de mi carne, te alimentaste de mí los siete meses que duraste dentro, porque naciste antes, yo te cantaba y masajeaba mi estómago para sentir tus movimientos, pero siempre fuiste muy tranquila.
» Sé que es muy pronto y difícil de creerlo pero, te amamos, Elsa, siempre lo hemos hecho; muerta o viva, cerca o lejos de nosotros, siempre te amaremos. Y te veremos como lo que eres: nuestra hija.
Elsa dudó en responder, sabía que Iduna tenía razón, ninguno de ellos tenía la culpa, todos eran víctimas y recordaba bien cómo Anna le había contado de lo mal que lo pasaron sus padres con la pérdida de su primer hijo. No podía ser tan quisquillosa con ellos.
—No puedo, ustedes son los padres de la mujer que yo a… —se interrumpió — de Anna. ¿Tienen alguna idea de cómo podríamos convivir si cada vez que nos encontremos veré a Anna con este deseo carnal por ella? Porque esto no va a morir. Estoy trabajando con Matías para anular el matrimonio pero eso no significa que la deje de querer. Yo todavía la deseo. Y si no le guardo ningún rencor a Anna por haberme engañado, menos a ustedes, no tuvieron nada qué ver. Pero no pidan que conviva con ella, no por ahora, porque yo solo veré a la mujer y no a mi hermana.
—Yo te hice mucho daño —susurró Iduna en medio de un llanto que ya no podía contener —, me merezco todo lo que pienses de mí. Y Anna está sufriendo también, sufre demasiado. Ella peleó tanto por ti. Me enfrentó a mí, y estaba dispuesta a enfrentar a mi padre. La escuché llorar toda la noche pero no supe cómo consolarla. Lamento mucho que las dos estén pasando por esto.
—Ya lo resolveremos, quizá más pronto de lo que pensamos. En tanto quiero que sepan que no les guardo ningún rencor, a nadie, no tengo razones para hacerlo y pueden quitarse ese peso de encima.
Agnarr se removió en su lugar, no tenía palabras, cada vez que miraba a Elsa era revivir el momento aquél en el que se volvió loco y la besó. Sentía el sabor de su sangre emanar de su labio herido, le habría arrancado un pedazo de ella de haber tenido la oportunidad. Pero estaba conforme con saber que era su hija, la mayor, sangre de su sangre. Así de orgulloso debió sentirse Runeard con tremenda mujer.
—Tengo miedo —dijo al fin el hombre —, el divorcio va a matarla si es que ella no lo intenta antes.
—¿Por qué dice eso? —preguntó Elsa interesada.
—No ha querido comer, no ha querido beber, solo está ahí en… su habitación, encerrada, sin ver a nadie. Llora y te llama, te llama mucho.
—Pasaré a verla esta tarde, para tranquilizarla, es una rabieta pasajera por no salirse con la suya; puedo hacerme cargo de eso. Después de todo fue mi novia y conozco lo caprichosa que puede ser.
—Muy bien —dijo Agnarr. Y se quedaron en silencio porque ninguno sabía más qué decir. Un rato después. Agnarr volvió a hablarle.
—Nosotros-nosotros deseamos interactuar contigo. Queremos conocerte. Vivir lo que se nos prohibió, queremos verte, Elsa; llamarte hija y que seas consciente que aunque tuviste padres encantadores, nosotros somos los verdaderos.
—Es imposible, ya no soy una niña, y tengo una familia que me abrió los brazos cuando lo necesité. Ya deben saberlo, seguro mi madre se los contó.
—Sí, lo sabemos, no queremos apartarte de tu familia, pero eres nuestra hija y queremos estar contigo. Danos la oportunidad de verte y conocerte.
Elsa les echó una mirada a ambos.
—¿Eso cambia en ustedes porque ahora es distinto en mí? ¿Porque ahora sí tengo una familia, y una con linaje? ¿Las cosas cambian para ustedes por el poder o el dinero? ¿O la sangre?
—No, Elsa, las cosas no son así. Te amamos.
—¿Y mi madre? ¿Y Kristtof?
—Todos son bienvenidos, todos ustedes.
—¿Y Anna quiere eso?
Después de unos breves segundos de silencio, Iduna respondió.
—Anna te quiere a ti. Y es algo a lo que no va a renunciar.
—Haré que lo haga. Yo solo… necesito ir a trabajar y apenas termine mi turno pasaré a verla. Tengo confianza en que las dos estaremos bien. Espero.
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Anna esperó con sobrado ánimo la visita de Elsa, pero dos horas antes esta dio aviso que por cuestiones de trabajo, no podría visitarla, aseguró que el día siguiente tampoco y probablemente el tercero las probabilidades eran mínimas.
Un accidente ocurrido en la clase de gimnasia de alumnos de nuevo ingreso en un jardín de niños la mantenía ocupada, y el hospital del Este, con especialidad en pediatría, atendía a los más graves de ellos.
Por supuesto, como médica, Anna entendió la situación, pero desesperaba por ver a Elsa. Desde el día de la boda no se encontraron más y únicamente interactuaron brevemente por mensajería.
Había pasado casi una semana y Anna se volvía loca por ignorar lo que pasaba con Elsa, pero aún así continuó como si todo en su vida resultara normal, aunque solo mostrara apariencias.
Anna no era feliz.
Ya no había quien la esperara en el estacionamiento cuando salía del trabajo, ni salidas al cine, a la librería o al café. No había abrazos, ni buenas noches, y mucho menos besos.
De repente se sentía mal por seguir con esos deseos sobre su hermana, pero no los podía evitar, simplemente venían a ella haciéndola vibrar de pies a cabeza. Amaba a Elsa, y tal vez así sería siempre. Entonces, ¿qué podía hacer?
Pero al cabo de un par de días sin recibir más noticias y al chequear a Elsa en una fotografía de facebook en el orfanato al lado de Honeymaren, algo en su interior se resquebrajó, se sintió enferma y harta de todo.
Pospuso la obra de su consultorio e Iduna la ayudó a justificarse en el trabajo, las emociones tragadas le pasaban factura.
Agnarr fue a visitar a Elsa para informarle del estado de la pelirroja y a pedirle que la visitara en cuanto esta tuviera tiempo, la muchacha rubia se quedaba en casa de su madre debido a la cercanía con el hospital, y a que Gerda le brindaba apoyo psicológico para no resquebrajarse como hoja marchita, al contrario de Anna, quien se encerró en sus problemas.
Las dos personas seguían conversando sobre la pelirroja cuando el señor Hansen recibió una llamada de una alterada Iduna: Anna no estaba en casa ni en ningún otro sitio que ella conociera.
—Tal vez le pidió a alguien que no les dijera dónde se escondería por unas horas —sugirió la rubia, preocupada —. Llamaré a Hans.
Pero Hans se unió a la búsqueda ya que tampoco tenía conocimiento del paradero de la ginecóloga, y eso le preocupó. Todos sabían que Anna mantenía una buena cantidad de amigos pero de todos estos, solo a Ryder le brindaba su confianza. Pero él tampoco sabía nada de ella.
Anna estaba perdida.
—Ya no hay otro lugar dónde buscar —soltó Iduna, con el llanto apretándole la garganta —. No sabemos dónde está nuestra hija.
Elsa bajó la cabeza, perturbada por todo lo que ocurría, su semblante se veía cansado por las horas de trabajo y la preocupación. Levantó la cabeza como pudo y entonces recordó una cosa:
—Anna no me dio la llave del departamento —dijo, como para sí misma.
—¿Cómo has dicho?
—Le dije que me la devolviera, pero ella no lo hizo. Todavía tiene la llave.
Se giró y tomó las manos de Iduna.
—No sé si Anna esté ahí, pero es muy probable dado el estado en el que se encontraba y que no me ha visto, ella no sabe que me estoy quedando en casa de mamá, podría estar esperándome en el departamento.
Fue lo más esperanzador que todos escucharon en ese día. Así que la búsqueda se dirigió al edificio de Elsa.
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—¿Anna? ¿Anna, estás aquí? —preguntó la rubia aún sin despegar las llaves de la puerta —Anna, soy yo, Elsa. ¿Dónde estás, amor?
Hans, Agnarr y Kristoff se dispersaron para buscar en los rincones del departamento, Iduna siguió a Elsa.
» Sé que lo estás pasando mal y yo, yo también… Deberíamos hablar ahora, siento no haberte visitado antes. Perdimos a cuatro niños en ese accidente, fue duro… ¿Anna?
Con mucho cuidado Elsa abrió la puerta de su habitación, pero la cama, aunque destendida, se encontraba vacía, Elsa no estaba segura si así se había quedado la última vez que estuvo ahí, lo dudaba. Entonces se dirigió al baño y abrió la puerta con demasiado sigilo.
» ¿Anna?
Fue hasta entonces que el corazón casi se le paraliza al percatar una figura tendida sobre la tina de baño, mientras el agua corría.
—¡Anna! —gritó Elsa —¿Qué hiciste? No, mi amor, así no se arreglan las cosas.
Anna estaba al borde del desmayo dentro de la tina, con el agua rojiza llegándole casi a la nariz —Anna, ¿qué hiciste?
—Elsa… —murmuró la joven, en una voz demasiado lejana —llegaste. Al fin puedo verte.
—Todos estábamos preocupados por ti —dijo Elsa, observando las heridas en las muñecas de Anna y hasta dónde llegaba el riesgo. Comenzó a dar órdenes con mímicas para sacarla de la tina —. Ahora estás un poco enferma y vamos a llevarte al hospital, todos estamos aquí y yo te cuidaré. ¿Está bien? No intentes moverte.
Agregó la rubia, mientras colocaba vendajes alrededor de las muñecas de Anna.
—Elsa, ¿ella estará bien? —Chilló Iduna.
—Si nos movemos rápido lo estará. Vamos. Ha perdido mucha sangre. ¡Alguien corra al auto para tenerlo listo!
Ordenó la rubia conteniendo gritos ahogados dentro de sí, mientras cargaba a Anna para sacarla de la tina, Kristoff se acercó para ayudar en lo que Hans bajó al estacionamiento para encender el coche de Elsa.
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—Me alegra que estés aquí —hablaba la pelirroja con apenas un hilillo de voz.
—Así no, amor, no quedamos en esto —Le respondía la doctora, mientras intentaba, con su experiencia, mantener cerradas las heridas de la joven a marchas en el auto.
—No esperábamos esto —dijo la menor, exhalando con fuerza.
Agnarr abrazaba a Iduna para que no se le echara encima a Anna, ya que estaba hecha un mar de llanto.
» Mis padres están aquí —volvió a hablar Anna —. Nuestros padres, Elsa. Queremos que vivas con nosotros.
—¿En serio? No me habías contado eso.
Elsa sabía que debía mantener consciente a Anna, pero también sabía que esta se debilitaba por el desangrado.
» No te sobre esfuerces por hablar, guarda esas energías para cuando las necesitemos, ahora solo dime ¿por qué destendiste mi cama?
Después de un largo silencio en el que Anna permaneció con los ojos cerrados, finalmente logró articular algunas palabras.
—Elsa… te… te amo.
Alcanzó a decir, con el aire que le quedaba antes de perder la conciencia.
—También te amo, Anna —respondió la rubia, besando su mano y dejando escapar las lágrimas que intentó ahogar por largo rato, sabía que Anna se estaba yendo. Alzó la cabeza y le acarició el cabello. Te voy a salvar, por mi vida te tengo qué salvar.
La pérdida de sangre provocó que a Anna la sometieran a cirugía de urgencia, sus signos estaban muy débiles y cada vez bajaban más. Necesitaban transfundirla, pero su tipo de sangre era de esos poco comúnes.
—Tenemos problemas para conseguirla, ocasionalmente estamos escasos de ella, solo nos queda lo suficiente para mantenerla respirando.
—¿Cuánto es lo que necesita?
—Cuatro unidades, por lo menos.
—Yo soy AB- —dijo Agnarr —, les daré las unidades que necesitan.
—No podemos tomar más de dos unidades de una sola persona, necesitarían conseguir a alguien más que done otras dos.
—Yo lo haré —dijo Elsa —. Desde el principio tuve claro que Anna dependería mucho de mí, soy AB-. —Y se dirigió particularmente a Agnarr —. Mañana te presentas temprano en ayunas. Yo arreglaré todo.
—Correcto.
—¿Son suficientes las de hoy? —preguntó la rubia.
—Sí, pero por el mediodía debemos tener aseguradas las otras.
—Cuente con eso —y luego se dirigió a la pareja —. Yo sé que son sus padres y quieren permanecer aquí con ella, puedo darles acceso a una sala de espera más cómoda, pero si desean irse, yo estaré aquí con Anna.
—No, no podemos cargarte a…
—Se supone que mientras no firmemos ningún documento que diga lo contrario, ella es mi esposa ahora y tengo ese derecho sobre ella. Así que puedo y debo. Hans y Kristoff pueden ir a casa, los mantendremos enterados.
—¿Puedo quedarme en la sala con mis tíos? —preguntó Hans —Anna es mi prima, quiero estar aquí para ella.
Elsa asintió, y luego miró a Kristoff. El chico se debatía en su decisión, pero sabía que no podía hacer más.
—Está en buenas manos, y mañana tengo dos cirugías, por lo que no me es posible quedarme. —Y de verdad era algo que le dolía —. Espero que Anna se recupere.
Le dijo a sus padres, quienes asintieron dándole las gracias.
—Avísale a mamá. —Le pidió Elsa, antes de perderse en el pasillo para ir a ver a su hermana.
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—¿Estuviste aquí toda la noche? —preguntó una debilitada pelirroja esa mañana al despertar.
—No toda la noche ―respondió Elsa levantándose del sofá ―,estuviste en quirófano por un buen rato. Me quedé aquí desde que te trajeron. Tus padres y Hans están alojados en una sala de espera, cómodos.
Los ojillos esmeralda de Anna, que apenas podían abrirse, se fijaron en Elsa, y luego miraron alrededor y recorrieron todo su cuerpo, hasta mover las manos de donde pendían catéteres con vitaminas y sueros.
» Eres una tonta. —Le dijo Elsa —. Sé que no son las palabras que necesitas escuchar pero estoy muy enojada contigo… Casi nos quitas la vida.
—No quiero vivir sin ti, Elsa.
—¿Y tú crees que yo sí? ¿Crees que muriéndote arreglarías algo? ¿Quitarte el dolor, tal vez? ¿Pero yo? ¿Pensaste en mí, acaso?
—No te puedo tener.
—¿Y esa es la única forma en la quieres tenerme? ¿Qué éramos, Anna? Si no nos vimos crecer, pensé que podríamos ser amigas o… o… o las hermanas que tuvieron Agnarr e Iduna… ¿Qué es lo que te importa de mí? Porque yo de cualquier forma voy a amarte. Y jamás pensaría en hacerte este daño.
—Lo siento, fue un momento de vulnerabilidad, no lo pensé bien. Creí que no querrías verme más y que ya habías comenzado a reordenar tu vida sin mí.
—A ti siempre te voy a necesitar, de una forma o de otra. Y por Dios, ¿cómo diablos se puede reordenar una vida en cuatro días con estas condiciones?
—Elsa, yo lo entiendo, lo entiendo todo… Pero te amo y siento que no podré salir adelante con esto. —Hizo una pausa larga antes de continuar —. Me llegó el citatorio para firmar nuestra acta de anulación… y entonces solo… salí corriendo a buscarte.
Elsa se le quedó mirando y cerró los ojos, arrepentida.
—Lo siento, debí habértelo comunicado antes.
—Yo ya lo sabía, dijo Anna, pero me niego a firmarla, si voy a morir, que sea siendo tu esposa, es mi última voluntad.
—No te vas a morir. Y sobrevivir a esto ya lo hiciste una vez, cuando recién te enteraste y decidiste continuar con la farsa. Debes retomar de esa fuerza que sacaste y hacer el intento.
—¿Ahora me reclamas lo que no hiciste antes? Dijiste que me perdonabas.
Elsa, que estaba de pie, se acercó bruscamente hasta la cama de Anna, justo a su lado.
—¿Tú sabes el terror que sentí al encontrarte en esa tina con sangre? ¿Puedes imaginar los segundos que se detuvo mi corazón cuando me di cuenta que casi te perdía? No podía decirle eso a tus padres, sufrían tanto como yo, pero estuviste a menos de un paso de la muerte. Si te importamos un poco, esto nunca volverá a pasar, y si te amas, te levantarás de esa cama y comenzarás una terapia útil para superar todo esto.
—Pero yo a quien amo es a ti…
—No te estoy cuestionando a quién amas. Te estoy pidiendo que hagas algo por ti, que nos mantendrá bien a las dos. Y si no lo piensas hacer, entonces discúlpame, pero de esa forma no puedo corresponderte. No puedo amar a una persona que no se ama a sí misma.
—Elsa… —Intentó insistir la pelirroja, pero Elsa ya se estaba levantando de la cama.
—Los trámites de nuestro divorcio se van a firmar en paz, o en guerra, tú decides. Pero podríamos apostar por la familia que quieren tus padres. Tal vez funcione. Ahora los voy a llamar para comunicarles que estás despierta.
—¿Y luego qué? —preguntó la debilitada vocecilla.
La muchacha rubia se volvió a mirarla, sopesando las cosas. Los ojos de ambas proyectaban grandes ojeras pero Anna seguía pálida por la pérdida de sangre.
—Ya veremos, iré a donarte sangre. Resulta pues, que en todo somos compatibles, por si nos quedaba alguna duda.
» También pediré que te envíen a psicología ―Le gritó desde la puerta antes de salir. —Y estarás bien.
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La lectura del testamento de Runeard se pospuso por otro par de días hasta que Anna lograra recuperarse, pero algo que urgía premura y seguir una legalidad, llevó tanto a Ericksen, como a Matías, a declarar finalmente las noticias que todos los Haraldssen estaban esperando.
Reunieron a la familia en la mansión del abuelo, y Elsa no podía creer lo despampanante que podría ser la gente ante algo tan serio y conmovedor como aquél evento, como si fuera una reunión de negocios donde los esperaban bocadillos. Todos muy puntuales y engalanados en sus trajes más finos, bebiendo café y champange, y hablando animadamente en medio del salón por el que Matías Goerlich caminaba escoltando a Elsa, seguidos por Hans y la familia de la rubia, invitados también. A Elsa le escocía tanta soberbia reunida.
Apenas dieron un paso dentro, las miradas y cuchicheos se volvieron sobre los Ekman. Por supuesto, estaban seguros que la presencia de la rubia se debía a que Runeard le había nombrado en algo, por las especulaciones sobre ella como su amante, cosa que Anna había descubierto en plena boda, por lo que ésta no llegó a término.
Más equivocados no podían estar.
—Y todavía viene la familia —expresó la molesta tía Martha —; espero que no estén aquí en espera de recibir algo.
Atravesando el corredizo, Elsa miró hacia las escaleras, ahí estaba el retrato hecho a mano de Rita Haraldssen, una mujer entrada en años pero con la belleza intacta, de cabello platinado, ojos azules, piel pálida y pecas dispersas por las mejillas apenas visibles. Sin ninguna duda, esa mujer era su abuela. Cada uno de sus acompañantes apercibió positivamente a ese hecho, aún sin saber los pormenores.
Cuando el contingente conformado por Elsa, Matías, Hans, Gerda y Kristoff arribaron al salón de reuniones, Elsa encontró a Anna sentada al lado de sus padres en la primera fila. Aún se veía un poco pálida, pero definitivamente en mejores condiciones que hace días.
Las jóvenes cruzaron miradas y apenas entró Matías, toda la familia pasó a tomar sus lugares en el recinto, frente a sillas perfectamente ordenadas delante de Érickssen.
Matías, por su parte, condujo a los Ekman a uno de los cómodos sofás destinados para el mismo fin, ahí se sentó al lado de la rubia, como su escolta particular, y todos cuestionaron el hecho de que Hans Westergaard se sentara a su otro lado, con plena confianza. ¿Quién era esa mujer que tenía a todos comiendo de su mano? ¿Acaso Hans sabía su secreto y fue ese el verdadero motivo por el que lo desterraron de la familia? ¿Y por qué Matías Goerlich hacía de su escolta y no el lector del testamento? ¿Es porque sería otro cómplice?
Tal vez la rubia andaba con los dos, o los tres, y todos estaban ahí para saber qué sacaban de aquello.
—Mm-mm. Bien, antes que otra cosa, buenos días. —Saludó Érickssen, el viejo calvo que fungiría como anfitrión —. Me presento, mi nombre es Harald Érickssen, Inspector judicial, y fungiré como lector del testamento por las facultades que me confiere el presidente y juez de I Distrito Matías Goerlich. Voy a pasar lista, espero que se encuentren todos presentes, se dará quórum mientras sean la mitad del total más uno. Así que comenzaré.
No lo necesitaba, cada silla estaba ocupada por alguien de la familia, así que Elsa estaba segura que no faltaba nadie, aún así levantó su mano cuando se le mencionó.
—Primero, en nuestra orden del día —continuó Érickssen —, procederé a leer los bienes que se encuentran hasta este momento en posesión del finado Runeard H. Haraldssen.
La lista fue un poco más larga de lo que Elsa esperaba, y se sorprendió de encontrar en ella más negocios dedicados a la medicina que a otra cosa, había farmacias que Elsa reconoció porque surtían los medicamentos del hospital donde trabajaba, centros de especialidades y tiendas de aparatos ortopédicos. Además que Runeard era el dueño del orfanato donde los Ekman realizaban actividades voluntarias. Entre otros negocios, que fueron repartidos a los hijos e hijas del difunto, uno para cada quién, deduciendo quién podría hacerlo prosperar mejor para vivir de eso.
» En cuanto a los hospitales de especialidades y Sanatorio del Este, las farmacias y demás negocios con relación a la medicina, son enfáticamente heredados a Elsa Alice Ekman, en su totalidad, así como los terrenos que poseo, fincas, casas, departamentos y sobre todo la casa donde justamente se está leyendo este testamento ahora mismo, de la cual podrá tomar posesión la beneficiaria en cuanto se lea el punto final de estas líneas… Punto —dijo Érickssen, más por formalismo que diversión.
» Solo deseo que en tanto pueda, Gerda Ekman se quede al frente de la Dirección Ejecutiva de ambos hospitales, y Kristoff Ekman dirija el Hospital del Este. Mientras Elsa, además de ocuparse de promover todos sus negocios, dedique su tiempo a lo que la apasiona, la ciencia médica y los niños.
» Ahora voy a leer una carta que Runeard ha dejado para todos ustedes —dijo Érickssen, acomodándose las lentillas:
» "Lo más seguro es que se están preguntando por qué, ¿por qué decidí heredar la mayoría de mis bienes a una sola persona? A la hermosa rubia platinada en medio del salón. La verdad es: porque quiero, yo los conseguí, yo los heredo a quien me plazca. Durante todos estos años mi familia se sirvió de mí y de mi trabajo, cada uno de mis nietos tiene padres con un negocio que deberán mantener para seguir llevando la vida que les gusta, si saben cómo hacerlo. Iduna hereda la hacienda de Northuldra y a mi nieta, Anna, le dejo pagada toda la construcción y equipamiento para su clínica de ginecología, ella no necesita más, afortunadamente tuvo un padre que supo sacar adelante a su familia, ella creció en un ambiente de riqueza y comodidad, heredará lo que ellos le dejen. Pero no Elsa, Elsa creció años en un orfanato, y después en una familia que la adoptó como suya. Ya sé lo que están pensando, pero no, esta es mi mujer favorita por otras razones nada románticas, Elsa es mi nieta, la niña que le quité a Iduna cuando nació, la encontré, la recuperé un poco, y ahora la nombro mi apoderada por todos los años que la aparté de esta vida, que también debió ser suya. Elsa es, el orgullo de mi vida, sé que estarás aquí, y no tengo otra cosa qué decirte que tienes todo de Rita, mi amada esposa, cuando te vi en aquél consultorio aquella vez, tímida y temerosa, me recordaste tanto a mi esposa, los mismos ojos, el mismo cabello, la misma ternura, no dudé en que eras tú, y por eso te cuidé, eres sangre de mi sangre, sangre de su sangre, y por eso te dejo al frente de todo, porque eres la imagen y el orgullo de una mujer que amé, y yo te amo a ti. Siento mucho decirlo hasta ahora, pero tuve miedo de confesarte la verdad y que llegaras a odiarme, no quería eso, si disfrutaba tanto estar contigo, así que me arriesgué.
A ti, Iduna, mi bella hija, lo siento mucho, estoy arrepentido de haberte hecho sufrir; a Agnarr dile que lo siento, y que tiene mis respetos como hombre. Dile que peleé por sus hijas, que las reúna, que las haga feliz, como yo lo soy viendo a Elsa justamente jugar con un globo terráqueo que acabo de regalarle solo porque quería ubicar exactamente dónde estaba México.
Un padre arrepentido, y un abuelo amoroso que se equivocó creyendo que era lo correcto.
Mis abrazos para todos, en especial para ti, Elsa Hansen, Elsa Hareldssen. Mi nieta"«.
El salón se quedó en silencio, Matías hizo una señal a Érickssen para que esperara, mientras las cabezas de los presentes giraban de un lado a otro, haciéndose con la mirada las mismas preguntas. Susurros se escuchaban cuchichear entre las voces de varios, pero no se percibía quién. Entonces Érickssen continuó con la lectura.
» "Y para que consten la verdad de mis palabras, confié en el Inspector Harald Érickssen, para conservar todas y cada una de las pruebas de que Elsa Ekman es una Haraldssen, una muy digna…".
—¡Mentira! —Se levantó gritando la tía Martha, esto es un error. Esta mujer es una impostora, junto con su familia. Planearon todo esto, ¡le hicieron algo a mi mi padre! No puede estar emparentada con nosotros, ¡era su amante! Iduna —se volvió a la mujer que lloraba —. Tú nunca, tú no.
Iduna se secó las lágrimas y se preparó para responder.
—Yo sí, Martha. Mi padre me confinó lejos de aquí a los diecisiete porque estaba embarazada de Agnarr, y él no lo quería. Por eso ustedes no supieron, les dijo que había ido a Northuldra a estudiar… en realidad fui allá para parir sin que nadie lo supiera.
—Mientes, Iduna, armaste todo esto con ella. Claro, como va a ser tu nuera, querías asegurar todos los bienes de papá.
—Si eso quierres pensar, está bien, anda, todas las pruebas las tiene Érickssen, pero no veo para qué pedirlas, ya lo djo papá, y no era ningún tonto para que lo engañaran. Lo estoy diciendo yo, que hasta una semana creía que mi hija mayor estaba muerta. —Hizo un puchero y se sentó
—No me convence, tú y la madre de esta mujer hicieron un mal trato con esto. Acéptalo.
Elsa levantó tímida, pero fírmemente la mano para contestar.
—Disculpe, Inspector Érickssen.
—Señorita Ekman —, asintió el general de grupo —. A sus órdenes.
—¿Usted acaba de decir que esta casa me pertenece?
—En su totalidad, mi lady.
—¿Y que puedo disponer de ella en cuanto usted haya leído el último punto marcado en ese testamento?
—Sin lugar a dudas es así, señorita Ekman.
—Bien, pues… haciendo uso de ese poder, el cual obviamente acepto, quiero a estar mujer fuera de mi casa en cuanto termine usted con su trabajo.
—¡¿Qué es lo que estás diciendo?! Esto es una vergüenza, una faramallla, ¡es inaceptable!
—Esta mujer ha osado ofender a mi madre, a mi familia y la memoria de mi padre fallecido, no quiero que en su vida vuelva a poner un pie en esta casa, ni a menos de dos metros a la redonda, ni aquí, ni en ninguno de los bienes que heredé. Esa es mi voluntad y la hago públicamente externa.
Anna alzó la cabeza de sobre el hombro de Iduna y miró a su exnovia, intentando esconder una sonrisa de oreja a oreja que le nació del corazón. Elsa finalmente había hecho lo que ni el mismo Runeard se atrevió: poner en su lugar a la fastidiosa mujer.
—¡No tienes derecho!
Octavien Baldu, que era el desafortunado esposo de la desquiciada tía Martha, intentó taparle graciosamente la boca.
—Mamá, técnicamente sí lo es, está escrito en ese testamento con sellos y todo.
—¡Impugnaré!
—Estás en tu derecho, Martha ―respondió desde el fondo Matías ―, pero vas a perder.
—¿Con qué intención aseguras tal cosa?
—Porque Runeard sabía que llegarías a esto, y me nombró representante de Elsa, y como sabes, jamás he perdido un caso, y no dejaré que te encapriches con eso. Lo siento.
Sentenció él, y volvió a la comodidad en el sofá.
No es que Elsa quisiera aceptar la cuantiosa herencia, su espíritu se había visto manchado con lo que pasó, pero con tal de ver arder a la mujer, estaría dispuesta a todo.
—Bien, aclaradas las dudas, si me permiten continuar —prosiguió Érickssen —. Hay una última cosa que Runeard dejó para Iduna, Agnarr, Anna, Elsa y Hans Westergaard, y es esta carta, pero solamente se puede leer en privado, con los involucrados. El resto puede retirarse ya y solamente antes de marcharse pasar a firmar con la secretaría del Licenciado Matías, el acta de conformidad con los supuestos de la herencia, en caso de alguna inconformidad, tendrán quince días para apelar las decisiones del difunto Runeard H. Haraldssen. Yo diría que no pierdan su tiempo, pero ustedes sabrán.
» En tanto, pediré a los antes mencionados que acompañen al abogado Matías a la oficina de Runeard para que mediante él, abogado y además testigo presencial de los hechos, dé lectura a la carta.
» De ese modo yo me retiro, mi trabajo ha terminado, quien quiera comprobar las pruebas de lo que aquí se dijo, traigo una carpeta con ellas, y tengo más en la oficina. Con mucho gusto les doy la dirección. Buenos días a todos y compermiso.
Matías se levantó e hizo una seña a las partes para que lo siguieran a la oficina de Runeard, que ya era de Elsa.
¿Qué más había qué decir? ¿Y qué es lo que Runeard quería decirles en privado?
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Qué gusto mantener a mis lectores en esta historia, Dichirro y Chat´De´Lune, muchas gracias por el apoyo que me brindan en cada capítulo. Eternamente agradecida.
A mis nuevos lectores, ¡GRACIAS!
Vuelvo aquí pronto.
