Comunidad lectora, es posible que este fanfic concluya en el próximo capítulo o en el que le sigue, así que ya estamos en la recta final. Ojalá lo disfruten y muchas gracias a los nuevos lectores que se han tomado un tiempo de su vida para escribirme tan satisfactorios reviews, sin duda, me alegran mucho y hacen que esta historia avance.

Declaración: Frozen no me pertenece.

Les dejo con la lectura.

Capítulo 11.

"Querida Iduna, no estaba bien declarar delante de todos que siempre fuiste mi hija favorita. Necia como yo, pero pacífica como Rita. Te recuerdo muy bien en tu juventud, gozabas de todo el prestigio de una adolescente de buena familia, eras la más inteligente de la clase y me hacías sentir muy orgulloso. Siempre te vi ocupando mi lugar en el trono cuando yo ya no pudiera sostenerme de pie… Pero decidiste ir por algo más, algo que nunca vislumbré en tu futuro, al menos no a los diecisiete años, cuando quedaste embarazada de ese muchacho desconocido. Todos mis sueños contigo se vinieron abajo y me pregunté una y otra vez cómo es que decidiste fallar de esa manera, si tenías la vida resuelta y eras tan inteligente. No lo comprendí hasta muchos años después: que lo tuyo no fue un error, tú querías eso, porque mis sueños para ti no eran tus sueños. Y eso me dolió en el corazón. Estabas destinada a ser yo, pero alguien te arrebató de mis planes perfectos y ahora te pondría en boca de todos. Rita, mi amada Rita, mi hermosa Rita me decía que te dejara vivir, pero no la escuché, y ahora no sabes cuánto me arrepiento.

» Es que en aquél entonces me cuestionaba cómo ibas a llevar la vida que imaginé para ti con un producto en tu vientre que después lloraría y exigiría de comer. No era lo que esperaba para ti, que te tenía cosas grandes. Me sentí frustrado y terriblemente decepcionado, pero aun te amaba y no podía ir en tu contra. Por eso pensé que la mejor opción era quitar al "estorbo" del camino, así volverías a entrar en la ecuación y ser la próxima reina de mi imperio.

» Perdóname por pensar como un cavernícola, o por no hacerlo. Cuando me mostraron al bebé, ni siquiera me molesté en mirarlo; "es una niña", dijo Yelena, y eso era peor todavía.

» Entonces solo di la orden para que se la llevaran. Ya estaba todo planeado: Erling, el ingenuo, joven y bruto chofer llevaría a Oksana, una de las criadas jóvenes hasta Corona, para que ahí abandonaran, o hicieran lo que quisieran con la niña, de quien tú pensabas era varón. No la quería cerca, ni cerca de ti ni cerca de mí. Si te soy sincero, pensé que no sobreviviría aquella noche tan fría de invierno. Lo que suponía un plan mejor.

» Por dinero la criada juró hacer las cosas tal cual las pedí. No contaba yo con que Erling y ella se veían a escondidas, y la presión de este convenció a la criada para que dejaran a la niña en Arendelle, ¿qué podría pasar, después de todo? Nadie lo sabría. El riesgo de pasar a un bebé sin papeles a otra ciudad era demasiado, así que decidieron no arriesgar su libertad y trazar un plan mejor: algún día, ellos podrían chantajearme con la verdad. O tú pagar cuantiosas sumas por recuperar lo que te fue quitado.

» Al principio dudaron de su objetivo, pues me temían, ¿quién no? Pero… tras años de encargarse en conocerme bien, y al saber que yo quería de regreso a la niña, todo para que mi Rita pudiera descansar feliz, volvieron a buscar a la indigente ebria con quien la dejaron, pero hacía dos años que esta mujer había muerto y la niña fue entregada por su irresponsable padrastro al orfanato de Arendelle. Elsa no borró esas cicatrices que se marcaron en ella a pesar de su escasa edad.

» Los dos ingenuos investigaron sobre la niña y dieron con su paradero, así que Oksana se metió como voluntaria en el orfanato para estar cerca de ella, cuidando que nadie la adoptara a pesar que llovían las familias que le querían dar su apellido.

Pasado el tiempo por fin se decidieron a enviar la primera amenaza: si no les daba tal cantidad, ellos te revelarían a ti la verdad sobre lo que hice: quitarte a tu hija y mentirte sobre su sexo y muerte; o simplemente usarían el chantaje para sacarle dinero a los Hansen, que habían crecido en riqueza".

» Yo —continuó Matías, leyendo la carta que Runeard dejó especialmente para los que estaban reunidos en el cuarto —, pagaría por el silencio, es lo que pensaban. Pero, hija mía, nunca fui bueno, así que me propuse encontrarlos para cobrarles su traición.

No era mi intención lastimar a la niña, después de ver sus fotos, envié gente a advertirles a esos dos que pagarían con su vida lo que estaban haciendo, una amenaza nada más, habían abandonado el trabajo en nuestra casa y huían como perros heridos. Pero las cosas salieron mal y lo que debió ser un susto se convirtió en un accidente que dejó a la pareja muerta y a la niña herida. Como te dije, yo la quería recuperar… la vi ahí, en esas fotos que los traidores se tomaron la osadía de enviarme, y vi en sus ojos a Rita, a mi amada y ahora fallecida Rita, no tenía dudas de que era ella, mi nieta, tu hija.

" Pero mis hombres no pudieron llevársela porque estaba muy herida, lo que derivó en su aversión a las carreteras, yo mismo la traumé.

» En el momento justo del accidente aparecieron los Ekman como ángeles para brindarle sus primeros auxilios, entonces mis hombres huyeron de ahí. El resto, es historia, los Ekman la adoptaron y la convirtieron en parte de su familia, ¿cómo iba yo a recuperarla ahora?

» Me di cuenta de eso un día que vagaba por las calles y de pronto me dio un calambre en el pecho. Un joven estudiante de leyes que pasaba por ahí me auxilió para llevarme al doctor más cercano. Y ahí estaba ella, con la azulada mirada de Rita, con sus cabellos platinados y su hilera de pecas tan propias de mi amada mujer. ¿Pero qué podía hacer yo? La niña estaba en buenas manos y recibía terapia, no me quedó de otra más que hacerme asiduo paciente de ese consultorio. La encontraba siempre a las tres, y poco a poco, con más terapia, comenzó a perderle el miedo a la gente y la convertí en mi amiga, pero mi propósito desde que la vi se convirtió en este: darle el lugar que una vez soñé para ti, Iduna".

Iduna se secó las lágrimas que le resbalaron por la mejilla, hasta entonces conocía los hechos en toda su verdad. Los motivos de su padre para hacerlos y un poco más sobre la triste infancia de Elsa.

A la joven rubia le daba pena el estado de la mujer, sobre todo porque trataba de evitar los recuerdos de aquello, lo sufrido con los indigentes que la dejaban sin comer por horas, y su heredada introspección al llegar al orfanato. A pesar de ser parte de su personalidad, las circunstancias la convirtieron en eso, y ahora lo confirmaba por ella misma, aun cuando tenía los indicios diagnosticados por su psicóloga.

» Agnarr, solo puedo decir que lo lamento, y darte las gracias por ser valiente, porque pelear contra mí por Iduna no te fue fácil, te gané algunas batallas, pero al final regresaste más fuerte y aguerrido por ella, cual caballero contra el dragón. A pesar de todo lo que hice no pude contra el amor de ustedes, no pude contra lo mucho que Iduna te amaba, te doy créditos, pero la manera tan apasionada de amar viene de nosotros los Haraldssen, porque con esa fiereza peleé yo por mi Rita —al pronunciar aquello la rubia y la pelirroja se lanzaron miradas, ambas eran Haraldssen, la desbordante pasión por amar las incluía a ellas —, hasta que se la arrebaté, a un príncipe ni más ni menos. De ese modo te ama Iduna, y no dudo que mis nietas amen de la misma manera, por lo que si alguna es capaz de cometer una locura por esa pasión desbordante que nos caracteriza, no será culpa suya, sino de la sangre que lleva.

Las palabras de Runeard le embonaban perfecto a Anna, todos quisieron mirarla pero reprimieron la vista a un fisgón de soslayo muy discreto. Solo Elsa permaneció con la cabeza agachada.

» Hay una gran herencia de ti en Elsa, Agnarr, pero también hay una herencia mía y una de Rita; cuando la vi en aquél consultorio de mi buen amigo Kai, no pude dejar de pensar en el rostro de mi amada, en esa tristeza reflejada en la mirada azul que ambas compartían, una por los traumas y la otra… la otra porque siempre sufrió la mentira, esa que inventé para que Iduna se olvidara de que alguna vez tuvo un hijo. Se me fue así, triste, por eso juré a su memoria ocuparme de ella, y devolverla a sus padres en algún momento, pero los Ekman eran tan buena familia y Elsa prosperaba tanto en lo emocional como en lo académico, que no encontré la forma de arrebatárselas. Y cuando me di cuenta, ya el tiempo había transcurrido y Elsa era una señorita ganando becas y entregada a los niños y la medicina. ¡Cuán orgulloso estaba yo de ella!

» Agnarr, firmé un contrato con Hansen Innovation, las deudas pasadas están saldadas y te lloverá la fortuna aún más, lo hice por Anna, porque sé que ella obtendrá todo de ustedes, así que planeé organizar los mejores negocios para su protección futura.

» A ti, Anna, nieta de mi vida, perdóname por quitarte algo tan valioso como crecer al lado de tu hermana, aunque no lo creas ambas son muy parecidas pese al dorado y el cobre de sus cabezas. Lo que espero es que después de esto puedas acercarte a ella, conocerla, hacerla tu amiga y disfrutar lo que yo por tanto tiempo les arrebaté.

» Hacia el sur de Arendelle, hay un rancho de dos acres que dejé a tu nombre. Está especializado para la crianza de caballos, entre ellos está el que le regalé a tu hermana a los doce, sé que ambas aman a estos ejemplares y me pareció preciso heredártelo porque justo ahí Elsa va a cabalgar el suyo, el pretexto perfecto para que las dos se encuentren, convivan y se conozcan.

Anna desvió la vista mientras que Elsa comenzó a reír.

—¿Elsa? —La llamó Matías —¿Quieres decir algo?

—No —dijo ella, aún riendo —. No, no, es solo que, el lugar es perfecto y más que conocernos nos traerá recuerdos, ¿no es cierto, Anna? Fue ahí donde te pedí matrimonio.

Mientras que Elsa continuaba riéndose de su suerte, Anna recordó que aquél día no solo Elsa le pidió matrimonio a Anna, sino que usaron los establos para algo más que solo guardar el caballo de la rubia. Definitivamente Runeard era un vínculo degradante entre ambas.

Anna recordó cómo empujó a su hermana hacia la paja y metió sus manos por debajo de su blusa para desabotonarla después, mientras la otra chica le desabrochaba el cinturón y los pantalones con una sola mano, ya que con la otra sostenía su cabeza para besarla. Iban a casarse después de todo.

» Vaya que Runeard pensó en cada cosa —dijo la rubia —, aunque fuera de la manera equivocada. Perdona, Matías, puedes continuar.

Matías le echó un vistazo a la joven, quien aún guardaba una falsa sonrisa en sus labios.

» Estos asuntos me parecieron personales para incluirlos en el testamento, por eso los llamé aparte.

» Hans, Hans Westergaard, el nieto rebelde, te restituyo en la familia. Tu madre es una perra loca que me engañó sobre tu sexualidad, no se lo perdones nunca, lo apostó por tu parte de la herencia, y aún lo de Hanna le he quitado para que sea ella quien lo administre, no tu madre. Pero tampoco por eso te restituyo, te ganaste tu lugar porque al final sí pudiste solo y no me necesitaste, (ese orgullo entre los pequeños); y porque Anna te extrañaba en las reuniones de la familia. Te dejé un departamento a tu nombre, y un coche en zona exclusiva, para que ya no tengas qué vivir como una rata mordiendo cartones de pizza. Podrás dedicarte a lo que siempre quisiste, es un buen pasatiempo, después de todo. Ahora tienes una prima más, cuídala mucho, es tan hermosa como frágil.

» Para todos, nos veremos en algún lugar, ya sea el cielo o el infierno, pero nos veremos.

» Gracias por escuchar.

Con eso terminó Matías, dobló las hojas amarillas y las metió en un sobre de cuero que le entregó a Iduna.

—¿Alguien tiene alguna pregunta?

Elsa levantó la mano.

—¿En qué momento mencionó el falso parentesco entre Anna y yo? ¿Acaso me lo perdí?

—No, Elsa, ustedes son hermanas legítimas y habrá qué aceptarlo.

Respondió el hombre saliendo de detrás del escritorio.

―¿Así que ahora nos llueve la fortuna porque nos hemos encontrado? ¿Eso es lo que esperaba Runeard? ¿Confesar el crimen y esperar a que corriéramos a abrazarnos como una feliz familia?

―Runeard te amaba, Elsa, y quería lo mejor para ti, aceptó para sí mismo ser un cobarde, por eso dejó esa carta, porque él siempre supo que de otra manera jamás podría haberles confesado la verdad. Se supone que todo esto se sabría llegada su muerte, pero las circunstancias excepcionales que se suscitaron nos llevaron a encontrar los sinsentidos en esto, a pesar de que son válidos. Y todos sabemos que Runeard siempre quiso hablar conmigo y contigo en sus últimos días, pero no logró hacerlo.

―¿Entonces lo perdonamos y ya es todo?

Matías exhaló en resignación.

―Lo peor es que no te puedo culpar por pensar de esa forma, fuiste la agraviada en todo esto. Runeard sabía que te lo debía todo, y trató de compensarlo al final. Entiendo que estés enfadada, pero las cosas son así.

―¿Runeard pensó que su dinero lo arreglaría todo? ¿Pero lo importante quién me lo devuelve? Si acepté esta casa es porque quería cerrarle la boca a esa horrible mujer, por su manera de tratarnos, pero no porque esté contenta y diga: "bueno, es algo". Porque es nada.

―Estoy seguro que si Runeard sabía antes lo de ustedes, lo habría confesado para evitarles esto. Y creo que yo mismo tuve la culpa de que no sucediera.

Elsa se puso en modo sugestivo para exigirle explicaciones a Matías.

» Él te había puesto guardaespaldas sin que lo supieras, y yo le pedí que los quitara, que confiara en ti. Y lo entendió, porque le diste esa confianza. Pero si esos guardaespaldas hubieran seguido tus movimientos, Runeard habría registrado con quién salías. Hubiera sido su momento para confesar la verdad.

El hombre de color bajó la cabeza apenado.

» Lo siento, Elsa, pensé que te hacía un bien.

―Él habría confesado para separarnos, no para decirnos la verdad. Y no es tu culpa, no te lamentes, no fuiste tú el que me entregó a la empleada.

―Quizás es lo que Runeard trató de decirnos mientras agonizaba.

―Deja de defenderlo Matías, fue un ruin cobarde. Ni siquiera estoy molesta que me alejara de la familia en que nací, sino de tanto egocentrismo y arrogancia que no le valieron para confesar sus pecados y pedir perdón. Hoy ya está muerto, ya se sacudió las manos y dejó el polvo esparcido entre los que nos quedamos aquí, escuchando tonterías.

―Estás en lo correcto y en el derecho de enojarte ―le dijo Matías, tocándole arriba del pecho ―. Está bien, Elsa, no estoy en tus zapatos pero puedo entenderte.

La rubia y joven mujer le lanzó su mirada afilada a Matías, estaba enojada con él, también lo sabía todo y era su amigo y nunca se lo dijo, ahora pensaba sobre qué otras cosas de su vida serían falsas.

—Debo ir al hospital. Hay gente que me necesita más allá que pésimas confesiones aquí.

―¡Confesiones importantes, no lo pierdas de vista! —Le gritó Matías cuando ella ya se estaba acercando a la puerta para salir, seguida de Gerda, Kristoff y Hans—. Ahora conoces tu pasado y que fuiste una hija esperada y una nieta amada.

Apenas terminó la frase y Elsa abrió la puerta del cuarto privado de Runeard y se escuchó la voz de una mujer vociferar.

―¡Tú no vas a quitarnos lo que nos pertenece! ¡¿Qué le diste a mi padre para que te viera de esa forma?! ¡Y ustedes no lo pueden permitir!

―Cálmese, señora ―le dijo Elsa tranquilamente, pero tan tranquila que su voz más bien sonó a una espada desenvainada.

―¡Eres una prostituta y mi padre te compró!

¡Plaf! Se escuchó el sonido hueco de una sonora bofetada, Iduna casi le había hecho girar la cabeza con su mano a Martha Haraldssen.

―Tú no le vas a hablar así a mi hija ―dijo ella, con los dientes apretados.

El recinto se quedó un momento en silencio dado la inesperada manera en que Iduna acalló a la mujer. El bofetón resonó por todo el salón y el resto de los presentes todavía estaban aturdidos.

Elsa le echó una mirada a Iduna y mientras caminaba hacia la salida giró más órdenes al abogado.

―Tampoco la quiero cerca de ningún negocio, local, departamento, auto o casa que Runeard me haya legado. Y si rompe las reglas y se consiguen las pruebas, por favor, que vaya a la cárcel de inmediato.

Iduna, Agnarr, Anna, Matías y Hans caminaron tras Elsa para abandonar el salón, Martha haló el brazo de su hijo al pasar a su lado mientras lo llamaba, clemente.

―Hans…

―Te la merecías ―susurró él, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón y asintiéndole a Hanna con la cabeza.

Reunidos en el jardín, Gerda se dirigió a su hija.

―Bueno, ya te acompañamos, ¿necesitas que haga algo más por ti, hija? ¿Quieres que te lleve al hospital?

―Sí, por favor —dijo ella.

―Muy bien. Señores Hansen, nuestra casa, es su casa, cuando gusten visitarnos.

―Gracias ―respondió Agnarr ―, esperamos que Elsa se encuentre en condiciones y deseos para vernos. Sabemos que será difícil mediar entre lo que somos para ella y la relación que tenía con Anna, pero ella tomará terapia y esperamos que pronto superen las dos este triste episodio.

Elsa, quien estaba parada en la puerta del copiloto del coche de su madre, le echó un vistazo a Anna. La muchacha no se veía muy bien, estaba pálida pero definitivamente su semblante había mejorado mucho desde la última vez; si bien ella no lucía como Anna, anímicamente se sentía peor. Por lo pronto lo único que podía hacer era alejarse de ella, su cercanía la ponía de un humor distinto, irritable y altanero. Y ella no era así. Pero sentía que tenerla cerca y no poderla abrazar, besar o siquiera tomarla de la mano, era como estar hambrienta y todavía te restan cuatro horas para tu horario de comida.

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—Muy bien, ahora, ya puedes cerrar la boca —le dijo la pediatra al pequeño, quien la cerró de inmediato porque Elsa había colocado una paleta para diabéticos dentro de ella.

Con los pacientes era distinto, Elsa encontraba en ellos la paz que necesitaba. Sus ocurrencias, y a veces sus tristes casos la sacaban de sus propios problemas, siempre intentando buscar la manera de sobre llevarles la situación, cualquiera fuera el caso. La familia de Elsa había ayudado a cientos de familias de esa forma.

Tras despedir a su último paciente del día la joven mujer salió de su consultorio.

―Honeymaren llamó a las seis —fue lo primero que dijo su secretaria, alguien que en algún momento había intentado fungir como cupido entre ella y la northuldra —, dice que si tienes oportunidad, puede acompañarte a tomar un café; ha venido con su hermana. ¿Tú lo sabías? Está embarazada

―¿Honeymaren? ―preguntó Elsa inocentemente.

―Claro que no, tonta, su hermana. Tiene cuatro meses y se está atendiendo aquí.

―Pensé que les venía mejor el hospital Obstétrico del Norte ―respondió la pediatra a la regordeta mujer evidentemente varios años mayor que ella, mientras colgaba su bata en el armario.

―¿El de los ricos? Sabes que te cuesta un riñón un chequeo médico ahí, ¿verdad?

―Su familia puede pagarlo. Además, Ryder trabaja ahí.

―Cierto, y también tu prometida, ¿no? Anna.

Elsa suspiró para ahogar los sentimientos que le constriñeron el estómago.

―Devuelve la llamada a Honeymaren y dile que la veo en la entrada del edificio, le aceptaré ese café.

Demandó la jefa de pediatría metiéndose al baño para acicalarse.

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―Mmmm… Discúlpame, Elsa, no pensé que el lugar estuviera lleno, usualmente lo encuentro vacío a estas horas. —Se lamentó la morena.

―Quizá porque es viernes. Y… hay una mesa por allá ―dijo Elsa, tomando a Honeymaren del brazo para conducirla educadamente hacia ella.

―¿Me vas a contar por fin qué pasó en la lectura de hoy?

―Sí, lo de siempre, bueno, ahora soy rica. Heredé una fortuna, negocios y el hospital donde tu hermana se atiende, y seré tu jefa. Oye, hace mucho que no venía a Café Atohallan —cambió de pronto el tema frotándose las manos —, extraño el baileys de aquí. Hace un poco de frío.

―Elsa… sé que no te encuentras bien, y lo veo en lo mucho que tratas de esconderlo. Sabes que eso no es bueno para ti.

Elsa se tomó el tiempo para acomodar el azúcar y la leche en polvo en su lugar, quitarse el saco y acomodarlo cuidadosamente sobre el perchero de al lado.

―¿Y qué puedo hacer? ¿Y qué puedes hacer tú? Ambas somos pediatras, no tienes licencia como psicóloga o psiquiatra ―dijo al fin ―. Esto no es algo que vaya a superar tan fácilmente; no es como rehuir a conducir un auto porque le temo a las carreteras, se trata de mi propio corazón, que está partido en mil pedazos y requiere un montón de suturas para sanar, pero tú sabes que cuando el corazón se daña, ya poco hay que se pueda hacer.

―Porque lo ves del lado pesimista.

—No hay un lado optimista.

Honeymaren giró los ojos.

—¿Y entonces qué es lo que harás? ¿Te encerrarás en tus problemas como una ermitaña?

―Estoy haciendo algo mejor, ¿no es evidente? Vine a tomar un café contigo y a llorar mis desgracias. Gracias por la compañía, por cierto.

―No me gusta cuando te pones irritable, te vuelves extraordinariamente insoportable.

—Algún defecto debía tener.

—Escúchame, yo sé que no soy quien tú quisieras pero…

―No —la interrumpió —, eres justamente lo que necesito, no a quién estás pensando tú, porque ella es justamente lo que menos necesito ahora.

―Me gustaría poder hacer algo realmente bueno por ti, Elsa —insistió la morena, sabiendo que cuando se trataba de pesares, Elsa se volvía más que triste, irritablemente irónica.

―Puedes hacerlo, pídeme un café baileys en lo que voy al baño.

Honeymaren le sonrió y movió la cabeza negativamente viendo a Elsa marcharse.

En el camino la rubia se topó con un desprevenido hombre que le cerró el paso sin querer.

—¡Hans! —exclamó Elsa al encontrarse con el muchacho en el pasillo —¿Viniste por un café?

—Oye, no lo sé, ¿es una cafetería? Quería comprar una guitarra.

Elsa rio jovialmente y le palmeó la espalda como castigo.

—¿Por qué no te sientas conmigo un momento? Vine con una amiga, te la puedo presentar.

—¿Dónde está tu mesa? —dijo él, fingiendo un interés exagerado.

Elsa le señaló la mesa y el muchacho la miró con una sonrisa maliciosa en la cara.

—Por favor, demórate un poquito. Estaba por pedir un capuccino deslactosado.

A la rubia le alegró la presencia de Hans y su estado de ánimo enseguida se relajó.

Elsa tenía un trastorno obsesivo, entre otros tantos, que la obligaba a lavarse las manos constantemente, a veces podía controlarlo, pero eventualmente cuando las cosas no iban bien, sus tocs regresaban, y por esos días no era la excepción.

Se acomodó unas hebras de su platinado cabello y se miró al espejo observando sus ojeras, necesitaba descansar, pero ¿cómo en su sano juicio podría hacerlo con todas las cosas que le sucedían últimamente?

Se secó las manos, tiró el papel en el cesto y dio la vuelta para volver a su lugar. En el camino, justo delante de ella, se encontró con la figura de Anna, acompañada nada menos que por su hermano Kristoff.

La pelirroja levantó la cara y la miró tan sorprendida como apenada.

―¿Qué haces con él? ―preguntó la rubia en tono calmo, uno que usaba muchas veces como el presagio de una violenta tormenta que saldría de su interior.

―Elsa, no te había visto, ¿dónde estabas?

―¿Te pregunté qué haces con él? ―se le escuchó decir más fuerte.

―Hey, cálmate ―habló su hermano girándose hacia ella ―, solo vinimos a tomar un café. Anna se sentía mal y no quería estar en casa.

―¿Y cuando no quería estar en casa te llamó? ¿O tú estabas ahí presto para brindar el servicio?

―Elsa, cálmate, solo…

―¡No! ¿Cómo quieres que me calme? Sé muy bien lo que haces, Kristoff, estás aquí porque yo no puedo estar con ella. ¿Es esta tu manera de tomar la terapia, Anna? ¿La psicóloga te recomendó que comenzaras a salir con chicos?

―No estoy saliendo con Kristoff.

―Por favor, no seas ingenua, conoces bien sus intenciones, él no está aquí para ayudar, sino para sacar provecho de una situación que le cayó del cielo. ¿Ah, que sí, hermano? Estás aquí porque ahora crees que tienes la oportunidad de estar con ella.

―Elsa ―le dijo Anna, de repente su semblante cambió y ya no se le veía tan enfermiza, estaba sorprendida por el ataque de celos de la rubia, jamás había tenido uno como ese ―, solo me invitó a tomar un café. ¿Y tú qué haces aquí de todas maneras? ¿Con quién estás?

Elsa se echó para atrás, sorprendida por el latigazo, Honeymaren ya se había puesto de pie para tranquilizarla.

―Lo que él quiere es a ti, Anna, y tiene la oportunidad en sus manos, te trajo para ganarte de a poco, ¿acaso no lees las intenciones de los hombres?

Sabía que esa frase heriría a la pelirroja porque directamente estaba recalcando lo ingenua que era, pero no le importó, su autocontrol estaba intentando apagar un incendio en su cabeza.

―Bueno, se acabó, esto no es de tu incumbencia, Elsa, déjanos tranquilos, Anna tiene derecho a salir con quiera tanto como tú lo haces.

―¿Por qué voy a alejarme de ella? Tú no vas a decirme qué hacer.

―Entiende que no puedes hacer nada ―respondió el cirujano, acercándose hasta su oído ―, son hermanas y nada va a cambiar eso, aunque anheles romperme la cara ahora mismo.

Hans entonces lo empujó.

—Hey, no le hables de esa manera —le advirtió el pelirrojo.

—¿Qué? ¿Tienes un nuevo hermano, Elsa, uno que sí es de tu sangre? Y míralo, todo lindo.

―No cambies la conversación. Porque ella es mi hermana puedo velar por su bienestar, imbécil, y tú no eres alguien que le convenga.

―Deja que Anna lo decida.

―Anna, vámonos de aquí ―le dijo Elsa, acercándose para tomarla de la mano.

―No te la vas a llevar, no tienes ningún derecho sobre ella, ¡no es tu esposa!

―Anda, Anna, vámonos ―insistió la rubia, ignorando a Kristoff.

Anna se había puesto de pie y miraba a ambos confundida, no sabía qué hacer.

» Te sacaré de aquí y te llevaré a casa, vamos. Sabes que puedes confiar en mí.

A esas alturas Kristoff se dio cuenta de la confusión en Anna y solo esperó a que esta hiciera su parte.

―No. No, Elsa, no me voy a ir, no estoy haciendo nada malo, me quedaré con Kristoff.

La platinada no se esperaba esa respuesta, pensó que Anna sería susceptible a sus llamados.

―Él quería que nos separáramos, lo sabes, ¿no? Quería quedarse contigo y ahora le estás dando la oportunidad de hacerlo.

―Sí, y eso no te incumbe, eres mi hermana, no mi dueña. Si eso es lo que quiero, puedo dárselo en el momento que yo así lo decida, y no puedes hacer nada para impedirlo.

Elsa crispó los dientes tan apretados y suspiraba tan fuerte que Kristoff se preparó para cualquier ataque. Previniéndolo, Honeymaren y Hans la tomaron del brazo para llevársela.

» ¡No vengas a reclamarme algo que tú también haces! —Le gritó la pelirroja al borde del llanto.

―¡No estás pensando bien las cosas, niña! —respondió la rubia cerca de la puerta, mientras los otros dos la llevaban fuera. —¡Es un idiota que solo está sacando provecho!

―¡Ándate a otro lugar a seguir con tu cita! ―fue lo que Elsa escuchó antes de que la puerta del café se cerrara.

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—¡¿Te volviste loca?! —gritó Hans, una vez que los tres estuvieron en la calle —¿Qué pretendías con esa ridícula escena?

Elsa se llevó las manos a la cara, como si quisiera arrancarse la piel.

—No lo sé… No sé qué me pasó. Sé que él está ahí porque ahora tiene la oportunidad de estar con ella, porque sabe que yo no puedo. No lo sé, lo siento. Siento haber arruinado la tarde.

Dijo Elsa, sentándose en la banqueta para ponerse a llorar. Todos los sentimientos acumulados de días atrás le estaban pasando factura al mismo tiempo y se sentía terriblemente vulnerable.

Hans fue a sentarse a su lado y la abrazó cariñosamente, como un hermano mayor. Honeymaren hizo lo mismo al otro lado, solo que ella colocó el brazo por encima de su espalda.

—Yo-Yo no puedo con esto, traté de ser fuerte pero me resulta insoportable. No es una situación que quisiera probar ni el más adicto al dolor.

—Lo sé, sabemos que es muy difícil para ti. Para ella también lo es, hasta fue capaz de atentar contra su vida con tal de no seguir en este mundo sin ti. ¿Crees que ella correría a los brazos de otra persona solo porque no puede correr a los tuyos? Quizá le recomendaron salir como parte de su terapia porque eventualmente, las dos tendrán que volver a su vida normal.

—Elsa —habló quedamente Honeymaren —, todos sabemos que eres una mujer fuerte, pero alguien así también puede romperse en mil pedazos y volver a construirse, tienes qué hacerlo por ti misma. Lo de Anna es irremediable y tarde o temprano lo asimilarás como asimilas otras cosas. Así que compórtate a la altura.

Elsa giró la cabeza y después de mirarla por varios segundos, besó a Honeymaren en la mejilla.

—Gracias —dijo la rubia para ambos —, no saben cuánto aprecio su compañía en estos momentos.

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Dentro de la cafetería la charla de los jóvenes agraviados se sinceró.

Anna estaba más calmada pero un tanto inflexible, le había encantado esa muestra de celos de Elsa, ella nunca las había tenido si bien algunas veces arrugaba las cejas cuando algo no le parecía, Elsa sabía que difícilmente Anna no llamaría la atención de las personas, siendo tan bella, así como Anna sabía lo mismo sobre Elsa.

—Siento mucho haberte traído problemas, ella usualmente es muy tranquila pero, supongo que esta vez alguien se metió con algo que de verdad la hiere y… explotó.

—Quien te metió en problemas fui yo, Kristoff. Aunque no deberíamos tenerlos.

—No, porque ella debe tener en claro que no le perteneces.

Anna aflojó las manos y las acercó hasta las de Kristoff.

—¿Es verdad lo que dijo Elsa?

Kristoff se le quedó mirando antes de responder.

—Sabes que me gustas, y no te voy a esconder que mi motivo principal de estar hoy aquí contigo es porque quiero acercarme a ti. Lamentó que fuera pronunciado por Elsa de esa forma tan insolente.

Anna se mordió el labio y bajó la mirada un instante, luego la regresó a los castaños ojos de Kristoff.

—Mm… Lamento decepcionarte pero, si bien Elsa no es mi dueña y no podemos estar juntas, yo siento que todo el tiempo le voy a corresponder. Dudo mucho que sea capaz de enamorarme de alguien más que no sea ella.

—Eso solo lo dices ahora porque aún tienes la carne viva de lo que ha sucedido, pero eventualmente será distinto y podrás volverte a enamorar.

—No, Kristoff, no es esa mi voluntad. Tengo a Elsa muy alojada en mi corazón y difícilmente será de otra manera. Así que siento mucho si te decepciono esta vez, pero, no podrás luchar contra ella. Mis sentimientos y todo de mí le pertenece.

—No mereces sufrir de esa forma. No creo que valga tanto la pena. Si Elsa pudo superar sus traumas de niña, tú podrás con esto también.

—Yo sé que puedo, pero no quiero. Por ahora estoy aferrada a Elsa y así me voy a mantener, hasta que yo sola me levante un día y ya no imagine su sonrisa como mi primer pensamiento en la mañana.

—Sabes que eso suena tóxico, ¿no? Ustedes dos quieren enfrascarse en una relación negativa para ambas, saben que no se pueden tener, pero se aferran la una a la otra, y eso las terminará dañando más.

—Estoy dispuesta a vivirlo. Y tal vez lo diga ahora y en unos meses me mire al espejo y me refiera a esta conversación como una de las más absurdas a las que respondí. Pero por el momento, las cosas son así, Kristoff, yo amo a Elsa, y si puedo, volveré a estar con ella.

—Sí, sí, sí, la suertuda Elsa, la perfecta Elsa, la exitosa rubia. Todo lo bueno de la vida le ha pasado siempre a ella, ¿sabes? Nunca ha tenido qué sufrir por nada, no entiendo por qué tantas consideraciones hacia su persona. Y ahora menos, se ha vuelto un ente poderoso, en una Lex Luthor.

—Elsa difícilmente es una villana, le ha tocado pasar por situaciones que nadie merece, la arrebataron de su familia.

—No realmente, ella siempre tuvo quién la cuidara bien.

—¿De qué hablas?

—Para serte sincero, creí que el viejo estaba encaprichado con ella. La forma en que la cuidaba, la manera en que se deshacía por llamar su atención. Sus regalos. Todo el tiempo. Hasta estoy seguro que mató a un hombre por ella.

—¿De qué hablas?

—Era un profesor de la Universidad que acosaba a Elsa, le pendía las calificaciones, la humillaba, la perseguía, hasta que fue insoportable y tuvo qué contarlo, Runeard se enteró y a la semana el tipo estaba muerto.

Anna lo miró sorprendida.

—No quiere decir que él lo matara.

—¿No? Se lo hice ver. Una vez me metí en serios problemas de los cuales mis padres jamás se han enterado y necesitaba ayuda, seguro de que el viejo estaba enamorado de Elsa se la pedí a él intentando chantajearlo de esa forma, por lo que yo intuía y mis padres no, pero dijo que esas cosas las tenía qué enfrentar como hombre, así que le dije lo del profesor y fue como si enseguida entendiera mi lenguaje, me resolvió el problema. Y estoy segura que Elsa lo sospechaba, y por eso decidió no contarle sobre ti. Para protegerte.

—Pero si sabías eso fuiste cómplice de un delito.

—Demuéstramelo, yo no puedo demostrar que él lo mató, pero sí que me lo aceptó en la cara. Y todo eso por ella.

—Oh, dios mío.

—Elsa y Runeard son más parecidos de lo que aparentan, no entiendo cómo puedes sorprenderte. ¿No ves que él se henchía de orgullo por ella?

—¡No! —exclamó Anna —Elsa sería incapaz de hacer cosas terribles como las que hizo mi abuelo.

"En todo caso", pensó Anna, quien podría actuar como el abuelo era ella misma. Elsa solo tenía el carácter, pero Anna tenía la voluntad.

—Honeymaren —continuó Kristoff —, era mi novia cuando Elsa se interpuso en nuestro camino

—¿Qué? Pero ella siempre ha dicho que jamás ha…

—¿Estado con alguien?—Anna asintió tímidamente —No sé si estuvieron juntas o no, pero MI novia se enamoró de ella. Siempre se queda con todo. Todos la prefieren a ella.

—¿Y nunca te preguntaste por qué?

— Sí, porque yo era un patán y mi hermana menor una dulce y atractiva rubia que te hacía sentir como una dama. Algo que yo no conseguía. Así que si quieres un pedazo de ella, tienes mucha competencia regada por ahí.

Finalizó echándose un cacahuate a la boca.

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Escuchó gritos en la calle que comenzaron a exasperarla. Apartó la cuchara de la estufa y le bajó al fuego, hacía días que no venía a su departamento y se dio cuenta que la comida se ñecharía a perder de no cocinarla ahora. Además ya estaba buscando mudarse de nuevo a casa de su madre o a algún otro lugar, pero no se decidía cuál sería la mejor decisión, tal vez otra ciudad, otro país.

Los gritos inaudibles en la calle continuaron, Elsa no podía distinguirlos por el ruido de la lluvia que caía a cántaros sobre Arendelle esa noche. Entonces se acordó que había dejado su ventana abierta y la fue a cerrar rogando porque sus libros siguieran intactos.

En la calle, los gritos le llamaron la atención, ¿quién en su sano juicio se pondría a hacerlos a las once de la noche, a plena calle y bajo esa tormenta? Ya estaba a punto de cerrar la ventana o llamar a la policía cuando sus ojos enfocaron mejor, y entonces distinguió una figura familiar.

—¿Anna? —se preguntó, sin estar totalmente segura, entonces cerró la ventana sacudiendo la cabeza y salió al balcón techado, para escuchar mejor y convencerse a sí misma que su obsesión por la pelirroja ya la estaba volviendo loca.

Para su sorpresa, en efecto, quien gritaba en la calle era Anna.

—¡Elsa, ábreme, tenemos que hablarg…! —alcanzó a decir, antes de que tragara agua de la lluvia.

Elsa dudó por un segundo, ¿estaría soñando? Regresó a la cocina pero los remordimientos la hicieron volver al balcón y agudizó la vista para captar mejor la imagen otra vez.

En efecto, era Anna, comprobaba por segunda ocasión, estaba empapada bajo la tormenta.

Elsa giró los ojos y le hizo señas para que entrara al edificio. Quitó el candado digital para que Anna pudiera pasar libremente hacia su departamento.

Una vez que la pelirroja atravesó su puerta y Elsa la recibiera con una toalla y bata de baño, se acercó a la estufa y apagó el fuego.

—¿Qué demonios crees que haces? —Le preguntó la rubia una vez que se volvió a ella, segura de que la muchacha ya se había cambiado la ropa mojada —Anna, son las once de la noche y…

—Fui a buscarte a casa de tu madre pero Gerda me dijo que estabas aquí. Así que vine.

—¿Y qué hacías allá abajo gritando como loca? La última vez que estuviste en este lugar te metiste hasta la tina de mi baño para cortarte las venas. ¿Sabes que no la puedo usar desde entonces?

—¿Por qué no?

Elsa se le quedó mirando como si no resultara obvio.

—Siento haber ensuciado tu tina.

—Lamento que hayas utilizado mi departamento para tomar aquella tonta decisión. ¿De qué quieres hablar de todos modos? ¿Tú y Kristoff va todo bien? ¿Ya son novios?

Anna la miró, a pesar de lo húmeda que estaba dentro de ella sentía un calorcito que crepitaba con emoción. Elsa estaba celosa de Kristoff.

Vio a la pediatra alejarse y se animó a preguntar.

—¿A qué se debió esa escena? ¿Estabas celosa?

—Claro que no.

—¿Estás segura?

—Estoy molesta, con Kristoff que está aprovechándose de la oportunidad. Y te agarra vulnerable —le ofreció otra toalla seca a Anna para que envolviera su cabello.*

Lo dicho por la rubia era en parte verdad, no obstante la realidad es que los celos le nublaron la razón en ese momento, pero no iba a aceptárselo a Anna.

—¿Qué haces aquí de todos modos? Se supone que no debemos vernos, mucho menos si nuestros encuentros son a solas y en un departamento.

—Elsa, hemos hablado poco desde que supiste la verdad, solo, solo me abandonaste.

—¿Querías mimos?

—Quería que me prestaras atención.

—Yo quiero —dijo la rubia volviendo a la cocina y apuntándola con la cuchara —, que dejes de venir a buscarme. Tienes qué entender que lo nuestro es imposible, no podemos tener nada, nos arruinaron la vida y necesitamos comenzar de nuevo. Así que no vengas a molestarme más, niña.

—¿Con qué derecho me pides eso?

—¡Porque soy tu hermana mayor y debes obedecerme!

¡Plaf! Anna le propinó una bofetada que puso roja la mejilla de Elsa.

—Es la verdad, aunque no te guste —refutó ella, volvió a mezclar el contenido de la cacerola.

Anna suspiró para relajarse.

—Siento haberte abofeteado.

—Da igual.

—Siento hacer esto, pero es que todo me llama a ti, no puedo evitarlo. Dime cómo lo haces tú, enséñame a vivir sin ti.

—¿Y tú crees que las cosas para mí son sencillas? —Anna apenas tuvo tiempo de reaccionar al agarre de sus muñecas por parte de Elsa, que había soltado la cuchara y ahora estaba de frente mirando a Anna tan cerca, que la pelirroja podía sentir su aliento agitado cerca de su boca.

» Esto tampoco es fácil para mí, Anna. ¿Crees que no te extraño? —Su voz comenzó a quebrársele —Yo también soñaba con esa boda, con ese hogar, con un nosotras para siempre, pero no pudo ser.

—Estás haciendo tu vida con otras personas. Como hoy nos dimos cuenta —dijo Anna, bien consciente de la cercanía entre ambas, su aliento también se agitó sobre todo, al bajar la mirada y notar los labios de la rubia que siempre le habían parecido tan atractivos.

—Estoy llevando mi vida como normalmente era antes de conocerte. No ha cambiado nada para mí excepto el hecho de que siento que algo me hace falta que antes no.

—Elsa, yo no qu…

Pero Elsa la besó antes de que continuara. La besó como si la necesitara, como si su vida dependiera de ese beso. Como si no hubiera un mañana.

Anna por supuesto, no opuso resistencia, estiró los brazos y los colgó alrededor del cuello de Elsa, quien la sujetaba por la cintura.

Luego Anna se separó, sin dejar de mirar los labios de su hermana, y levantó la vista para encontrarse con su penetrante mirada azul de frente.

Ambas sabían lo que querían, lo leyeron en cada expresión de sus cuerpos.

Elsa sabía que tenía qué parar, era la mayor, debía luchar contra eso. Debía proteger a Anna de ella misma, de sus propios deseos. ¿Debía?

Pero la pelirroja pareció presentir la confusión de su hermana mayor y bajó una mano de su cuello.

Los ojos de la rubia la siguieron y se dio cuenta que Anna se estaba desatando la bata de baño, la cual se abrió por arriba de la cintura dejando al descubierto un hombro lleno de pecas, sensual como la mejor vista que Elsa haya tenido delante de sus ojos, quiso besarlo, quiso morderlo. Y comenzó a temblar por esa tentación.

La bata le corrió más abajo a Anna y uno de sus pechos se asomó a través de la abertura. Con el rosado pezón erecto, Elsa no pudo resistirse más, terminó de desatar la bata que le había prestado a Anna y metió las manos por debajo de ella, para acariciar su piel.

Anna, que estaba sentada en el banquillo del desayunador se puso de pie y dejó su desnudez al descubierto.

Elsa la miró a los ojos y vio en ella el reflejo del pecado y el amor. Ahora era Anna quien le ofrecía una manzana, justo como Eva se la ofreciera a Adán, y justo como Adán, Elsa no se resistió al fruto del pecado que le fue ofrecido.

Caminando hacia atrás, llevó a Anna hasta su habitación y terminó de abrirle la bata para admirarla desnuda por completo, el cuerpo de Anna vibraba jadeante y se sentía caliente, a pesar de la humedad.

Elsa se quitó la blusa y desabrochó sus pantalones para echarse encima del cuerpo de su amada y hacerle el amor de la manera justo como le estaba prohibido.

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Anna se giró sobre la cama, la sábana reveló un pecho desnudo adornado de tenues mordidas y moretones placenteros. Alguien estuvo haciendo de las suyas con él anoche.

Se sonrió, el cuerpo le dolía entero. Después de tantos días sin verse, sin tocarse, la actividad había resultado más que vigorosa, tal vez esa era la razón por la que Elsa aún dormía, necesitaba el descanso tras su fenomenal desempeño. A sabiendas de que Elsa solía hacer ejercicio casi todos los días, jamás había experimentado la fuerza que poseía hasta esa noche. Y estaba segura que ninguna de las dos en sus vidas habían sudado tanto.

Anna la abrazó por la espalda, llamándola cuidadosamente.

—¿Elsa?

Elsa se removió hacia atrás, quejándose. Sin duda ambas estaban en las mismas condiciones.

—Aah-ah -se quejó —. Creo que me duele todo. ¿Qué me hiciste?

—Yo no te hice nada, ni siquiera me dejaste.

—Anna, ¿qué…? ¿Qué pasó anoche?

—¿No lo recuerdas? No bebimos para que pudieras olvidarlo.

—No, sí lo recuerdo, pero… Anna, no debimos hacerlo, ¿por qué no me detuviste?

Anna se sacó la sábana de encima, acalorada.

—Porque tienes veintiocho años y eres lo suficientemente capaz de tomar tus propias decisiones.

Elsa se recostó sobre su espalda y miró al techo, con un brazo pasando por su cabeza.

—No cuando estoy contigo —dijo ella, tras un largo silencio y para sorpresa de Anna —. Cuando estoy contigo me convierto en otra cosa, en un animal que no razona.

—Es porque me amas, mis feromonas te atraen.

Después de otro rato de silencio, Elsa la miró.

—No —señaló la rubia —. No, no, no, somos hermanas, eres mi hermanita, se supone que debo protegerte, y hago todo lo contrario. Deberías odiarme.

—No te odio —respondió la otra muchacha recargada sobre su brazo —. Te amo y no se me antoja que te evites estas cosas por mí. También me amas, Elsa, nuestro destino es estar juntas.

—No podemos. Anna, no podemos.

—Sí podemos, no quieres es diferente.

—¿No te da… asco acostarte con tu propia hermana?

—¿A ti te doy asco yo?

—Por supuesto que no.

—Si mi hermana eres tú y te ves así, es todo lo contrario. Me encantas.

Elsa la miró, la pelirroja aprovechó para tomar la misma posición que la pediatra en la cama.

» No siento ese tipo de lazos por ti, Elsa. Te sigo viendo como una mujer, no como mi familia.

Elsa alzó una mano y le apartó un mechón de cobrizo cabello a la muchacha. Luego volvió a su posición y suspiró.

—Somos unas sinvergüenzas. Y-Y además de eso, ¿qué hora es? ¿Avisaste a tus padres que no llegarías?

—¿En qué momento? Yo solo le dije a Kristoff que me dejara sobre las calles de la plaza central. Quería pensar en lo que había pasado, en nosotras. Tus celos.

» Luego comenzó a llover y me di cuenta que estaba cerca de casa, pero no quería ir ahí, a estar sola con mis pensamientos. Por eso vine corriendo hasta aquí, aquí fue donde mi corazón me trajo bajo la tormenta.

—Eres una tonta. Solo viniste a provocarme.

—¿Así que todavía ejerzo ese poder?

La rubia la miró.

—No —dijo contundente —. Levántate, te llevaré a casa.

—Siento que estoy en ella, habría amanecido aquí de ser otras las circunstancias.

Elsa se detuvo un momento, añoró tanto la noche de bodas solo porque quería amanecer al otro día al lado de Anna convertida en su mujer. Pero se sacudió esos pequeños sueños agitando la cabeza de un lado a otro.

—Vamos, nos esperan unos palos y hay qué ir por ellos.

Anna sonrió y por fin se puso de pie, la sábana le resbaló por el cuerpo, descubriendo su perfecto cuerpo desnudo, un cuerpo esbelto y bien formado.

—Santo Dios —exclamó la rubia y se apresuró a meterse al baño.

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Llevaban algunos minutos contando hasta diez para decidir a qué hora bajarían del auto y entrarían a la casa de Anna. Ahí seguramente se enfrentarían a unos duros Agnar e Iduna, esperando despiertos hasta que su retoño apareciera.

—Ya, vamos, lo que tenga qué pasar, que suceda de una vez —dijo la mayor, desabrochándose el cinturón de seguridad y siendo firme en sus movimientos, aunque le temblaba la mano. Intentó ocultar su nerviosismo de Anna.

Al dar la vuelta al coche, la pelirroja ya la estaba esperando de pie, las dos miraron de frente a la casa y alcanzaron a ver cómo una cortina se cerró.

Era hora de enfrentar a sus padres, ¿qué tan capaces serían de decirles la verdad? Durante el camino propusieron varias historias pero ninguna terminaba en algo creíble y todas fueron descartadas, al final, optaron por improvisar, lo hecho, hecho estaba y no había vuelta atrás.

Elsa le cedió el paso a Anna y esta abrió la puerta con mucho sigilo y el aire contenido. Justo como lo esperaban, no solo Agnarr e Iduna estaban ahí, también estaban Gerda y Kristoff.

Agnarr recargado contra el minibar del fondo, Iduna caminando hacia la sala, Gerda sentada en el sofá y Kristoff de pie en el pasillo.

—Buenos días —dijo la rubia, intentando implantar un tono de seguridad, chance y ni siquiera sospecharían de nada —Encontré a Anna y la traje hasta aquí.

—¿La encontraste hoy?

—No, bueno… A-yer. Iba caminando y estaba lloviendo, le pedí que subiera a mi auto y como estaba cerca del departamento y la lluvia era torrencial, me pareció más seguro llevarla ahí —se rascó la cabeza, en ningún momento miró a nadie a los ojos —. Se quedó a dormir en el departamento, le ofrecí sopa caliente, una ducha, ropa seca y… aquí está… Sana y salva. Me porté como una hermana mayor.

—Hija —le dijo Gerda desde su lugar, con una calma que caracterizaba a los Ekman, una muy real —, no te eduqué para que fueras una mentirosa, ni cobarde, sino para que dieras la cara siempre.

Elsa finalmente alzó la cabeza y suspiró, todavía sin mirar a nadie, el aspecto de ambas aún se veía recién acicalado, Anna incluso llevaba el cabello aún húmedo tras la ducha que compartieron.

—Bueno, la verdad es que Anna pasó la noche en mi departamento y ya está, es todo.

—¿Y qué hacía Anna vagando por las calles cerca de tu departamento?

—Se perdió.

—Me perdí.

Respondieron al mismo tiempo, ambas sorprendidas porque eso fue algo que no ensayaron, se miraron la una a la otra y casi se sonríen, pero el ambiente seguía siendo pesado.

—¿Fuiste a buscar a Elsa, Anna? —preguntó Iduna, en ese tono que usaba para llamarle la atención de niña, aunque nunca fue particularmente demandante pero, era su forma en como ella la reñía.

Anna tardó unos momentos en responder, Elsa esperó pero al ver que la chica se debatía en su respuesta quiso ayudarla un poco.

—No, dije que yo la encontré…

—Sí —interrumpió la pelirroja —. Si quieren la verdad pues esa es una: sí fui a buscar a Elsa.

—Nosotros te vimos salir de aquí con Kristoff, ¿cómo es que terminaste llegando aquí con con tu hermana al otro día?

Involuntariamente Anna se rascó la oreja, que se le puso roja y también continuaba con la mirada hacia abajo.

—Le pedí a Kristoff bajar de su auto para caminar, quería estar sola un momento. Pero… de repente tuve ganas de conversar con Elsa, de buena manera, no miento, pensaba en que quizá todos tendrían razón y podríamos comenzar a tener una relación de hermanas.

Elsa la miró, Anna no le había dicho aquello.

—Fui a buscarla a casa de Gerda pero ella me dijo que había vuelto a su departamento para ponerlo en orden, sé que no había estado ahí por lo que hice en su baño. Pensé en venir a casa para no encontrarme a solas con Elsa pero… voluntariamente mis pies me llevaron hacia su dirección.

—Bien —dijo Iduna, sentándose recatadamente en el sillón y colocándose en esa posición que demandaba la verdad en un juicio —Lo que quiero…más bien, lo que todos creo que queremos saber es… ¿se acostaron?

Elsa no se esperaba esa pregunta tan directa. Resopló y se llevó una mano a la cara dándole la espalda a los presentes.

» Solo eso quiero saber por ahora… ¿Ustedes dos durmieron juntas? Y no en el caso de solo… dormir… ¿Tuvieron sexo?

Algunas lágrimas empezaron a recorrerle a Anna por las mejillas pecosas, se las secó con una mano.

—¿Eso quiere decir que sí? El silencio habla más que ustedes.

La pediatra finalmente regresó y esta vez sí levantó la vista y los miró a todos.

—Sí, Iduna, sí, lo hicimos. Y yo lo comencé. Anna estaba ahí, húmeda por la lluvia, le ofrecí una bata de baño, hablamos de las cosas que no podíamos ser y de repente tuve la necesidad de acercarme a ella y besarla. Y lo hice, la besé. Y después acaricié su cuerpo desnudo y la llevé a la cama, y le hice el amor. Eso pasó.

Todos guardaron silencio por unos instantes, Gerda buscaba la forma de reñir a Elsa por su irresponsabilidad, pero no encontraba la manera, Gerda nunca regañaba a Elsa, a decir verdad, ella siempre fue una chica modelo. Pero además la entendía, y también Gerda tenía un compromiso con sus padres verdaderos.

—¿Sí saben la posición en la que se encuentran, verdad? Dejamos salir a Anna con Kristoff porque es parte de su terapia relacionarse con otras personas que no seas tú, Elsa, por el momento. Y porque Anna necesitará tener despejados sus sentimientos para dejar entrar a alguien más.

—Eso no va a pasar madre, por más terapia que reciba mis pensamientos siempre me van a llevar hacia Elsa, no va a funcionar.

—Me gustaría que guardaras silencio por un momento, Anna, no te veo en la posición de debatir nuestra manera de guiarte en este proceso, recuerda que nos mentiste a todos, que llevaste esto muy lejos e incluso le hiciste daño a tu propia hermana.

Las lágrimas volvieron a correrle a Anna por las mejillas porque sabía que era verdad. Iduna también era consciente que no era la forma correcta de lidiar con ese desliz de su hija, pero estaba perdiendo el control sobre cómo llevar las cosas entre ellas.

—No nos vamos a desgastar más con esto —dijo Agnarr finalmente tomando la voz y acercándose a su hija mayor —. Eres la más grande, Elsa, tu principal responsabilidad, aunque no hayan crecido juntas es cuidar a tu hermana, y no hacerle esto. Te voy a rogar que te mantengas alejada de ella lo más que puedas, que uses esa inteligencia que tienes para entender los motivos, y ese amor que sientes por Anna se convierte en un verdadero amor familiar, porque es lo que son, y si la amas la querrás de esa u otra manera y querrás también lo mejor para ella.

—¡Tú no tienes derecho de decir nada, papá! No tienes el valor moral para intentar ser ético con nosotras, ¿o ya le contaste a mamá que tú mismo quisiste sobrepasarte con Elsa, tu propia hija? ¿Que la besaste y le dejaste una herida en el labio el día en que cumplía años mi abuelo?

Agnarr y Elsa la miraron, sorprendidos.

—Lo sé porque escuché que se lo contabas a Hans una noche mientras pensabas que yo dormía en su sofá, él te preguntó si yo había sido ruda contigo por lo del labio y te animaste a contarle que no sabías qué hacer con esa situación. Así es, mi padre quiso violar a su hija.

—Pe-Pero yo no lo sabía, yo no sabía que era mi hija, Iduna, tú lo sabes, yo te lo confesé, lo platicamos.

—Sí, sí, yo lo sabía, pero hasta ahora es que reflexiono sobre eso y me entra en la cabeza lo grotesco que fue.

—Nunca le hubiera hecho eso a mi propia hija de haberlo sabido, estaba ebrio y enojado y tenía esta simpatía por Elsa, me encontré en la situación y no razoné, lo siento mucho.

—¿Que querías cogerte a mi novia?

—Anna, yo…

—Ya basta —dijo Iduna —. El caso que importa ahora, y lo de Agnarr lo veremos más tarde, es que a partir de hoy queda prohibido que ustedes se vean, sea donde sea y bajo la circunstancia que sea.

—Somos mujeres mayores, no nos pueden prohibir eso, tenemos la capacidad de decidir.

—¿Qué quieres, Anna? ¿Quieres seguir con tu relación? A pesar de saber que llevan la misma sangre?

—Sí, a pesar de eso es lo que quiero.

—Pues no…

—Ya, está bien —interrumpió la rubia —. Ya entendí. Voy a respetar sus voluntades y no me le voy a acercar más a Anna, ni la llamaré, ni le escribiré hasta que ella haya tomado toda su terapia. Así serán las cosas, voy a apartarme de su vida. Comenzaré la mía de nuevo como si esto haya quedado finiquitado.

—Pero Elsa, no…

—No hay nada qué hacer, Anna, sabíamos que esto iba a pasar, aunque queramos mantenernos juntas ¿en qué mundo vamos a vivir si todo el tiempo nos estarán rechazando porque nos amamos y somos hermanas? Entiéndelo.

—¡Es que no es justo! ¡Yo iba a ser tu esposa! ¡En estos momentos debería estar en casa, contigo, amaneciendo para ir cada una a trabajar y no discutiendo porque ahora cada quien debe buscarse otra vida! ¡No es justo! ¡No quiero eso!

—Me marcho, no es necesario que me recalquen lo expuesto aquí, está todo claro.

—¡No, Elsa, no te puedes ir! ¡No me puedes dejar!

La muchacha corrió hacia ella y se colgó de su cuello, aferrándose a su cuerpo como un bebé que se aferra al brazo de su madre.

—¡No me dejes aquí! ¡No me dejes! —Lloraba la pelirroja.

—Anna, por favor —la seguía Elsa —, no me hagas esto más difícil, no es una decisión fácil. Y es verdad, yo te amo y quiero lo mejor para ti, eres mi hermanita y debo velar por tu bien. Sal con otras personas, enamórate de alguien más, planea otra boda, sé feliz. Yo intentaré serlo también. Voy a comenzar mi vida sin ti, saldré con alguien más, Honeymaren me ha estado esperando por años. Haré mi propia familia, haz la tuya también.

Sentenció la rubia, apartando a Anna de su agarre. Agnarr tuvo qué ir para ayudar, Anna estaba fuera de sí misma, lloraba y gritaba que no era justo y eran tanto sus sentimientos que terminó desmayando en los brazos de su padre.

Elsa tuvo la intención de acercarse pero Gerda se lo impidió.

—No, hija, yo me hago cargo.

—Vete Elsa, vete ahora que no está consciente.

Elsa miró por última vez a Anna, se secó las lágrimas con la manga de su chaqueta y salió de la mansión. Le dejó las llaves de su auto a Gerda porque en ese estado, no sabía lo que era capaz de hacer y todo podría terminar en una peor tragedia.

Atravesó el extenso caminó del jardín de los Hansen y llegó hasta la acera donde caminó sin fijarse a dónde, con las manos metidas en los bolsillos y un pesar infinito cayéndole de los ojos, unos metros más adelante un auto la alcanzó.

—¡Elsa! ¿A dónde vas?

—Lárgate, Kristoff, quiero estar sola!

—No puedes andar así en la calle, mira el estado en el que estás.

—No te importa. Ve con Anna, si quieres empezar algo con ella, anda y cuídala, cuídala como si fuera yo.

—Mamá me dijo que te siguiera.

—Dile que yo te dije que no, y que esta noche volveré a mi departamento, para que no me espere.

El muchacho solo recorrió unos metros más junto a ella hasta que se detuvo y giró para dar la vuelta.

Ya estaba, así debían ser las cosas. Cada una por su lado y había qué aceptarlo, quizá Kristoff sí la podía hacer feliz, en algún momento, era lo que más deseaba la rubia mientras a cada paso que daba por la acera, su mundo se desmoronaba.

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¿Qué pasará? ¿Podrán Anna y Elsa ser felices? ¿Llegarán Jessie y Tiro al Blanco a rescatar a Woody?

Espérenme unos quince días y regreso.

Abrazos.