Capitulo IX

Septiembre 21

Día en altamar 310

Ahí en el nido del cuervo empezó todo, puede que hubiese empezado antes, pero fue ahí donde yo los vi, uniendo sus labios en un casto beso, que a mi parecer, fue un beso cargado de amor y arrepentimiento.
Nunca lo hubiese esperado de ellos, incluso tal vez lo hubiese esperado de cualquier otra pareja de mi escuadrón, pero jamás de ellos.

Puede que me equivoque y solo haya sido un malentendido, pero a mi único ojo bueno le pareció una excepcional escena, la luna brillaba más que de costumbre y a la isla que nos acercamos, nos recibía con una ventisca de nieve que los obligo a estar más juntos que de costumbre.
Escenario perfecto para aquel rose tan delicado de sus labios, y es que yo no soy un romántico empedernido, pero he de confesar que al momento de verlos se me ha escapado un suspiro.

¿Y a quién no?

Si se me permitiera apostar como a un ruin pirata, daría todo lo que tengo en mi poder, que si Akainu, Kizaru, y Aokiji, los hubiesen visto, se les hubiera dibujado una diminuta sonrisa.
Sobre todo al amargado de Akainu.

El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

Frase perfecta para aquel par de tortolos que lo único que conseguirán será una muy fea desilusión.
Estamos en guerra, en busca del único descendiente de Gold D. Roger, no hay tiempo, ni espacio para andarse con juegos tontos del romance.

A ella la esperan es su isla con un anillo de compromiso, y a él le aguarda un camino de venganza.

Que dios se apiade de sus almas y de sus pecados, dejándolos aunque sean momentáneamente juntos.

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La noche se estaba poniendo más fría de lo que pensó, y el por su parte estaba bien, pero ella no tanto; había abandonado su chamarra con aquel niño que rescato de entre la nieve, y ahora parecía una castañuela viviente. Su educación le ordenaba despojarse de su abrigo solo para calmar el clima tempestuoso que acongojaba a la pelirroja, pero su código pirata se lo impedía.

Había más de una forma de quitar el frio, y ninguna de ellas era del todo correcta, para él, no había nada mejor que el cuerpo caliente de una mujer de pronunciadas curvas que hiciera todo por unos cuantos berris. Pero por alguna razón eso no se le apetecía con la navegante, sería que para él, ella solo era la mujer de Mugiwara-ya.

-"El hijo del capitán trueno"- susurraba la joven mujer contra el vidrio –"tenía al menos un anillo por dedo, en cada oreja un pendiente, sí, pero que valiente"-.

La voz de la mujer se perdió entre los resoplidos violentos de viento contra la pobre cabina, a su parecer esa era una vieja canción que se les cantaba a los hijos de los marineros. Law la recordaba bien, su madre solía cantársela a su herma antes de dormir.

Sus ojos grises se posaron en la figura femenina que se abrazaba inútilmente para mantener el calor, temblaba cual gelatina y no dejaba de cantar esa absurda canción, pareciera que estaba ajena a todo lo que le rodaba, dibujando sobre el vidrio empañado el barco al que se apegó tanto considerándolo su hogar.

-"Tienes frio"- dijo sin pensar señalando a la mujer.

-"Que raro estamos en un bello clima tropical, no veo el cómo este temblando"- sonrió sarcástica.

-"Con un simple si hubiera bastado"- respondió áspero el capitán –"ven acércate, estarás mejor si dejas de evitarme"-.

-"¿Evitarte yo?"- cuestiono haciéndose bolita en su sillón –"¿eso a que se deberá?"-.

-"Puedes olvidarlo"- se sacó su abrigo –"eres como una niña mimada recordando cosas que nadie recuerda"- se lo lanzo directo a la cara.

-"Bueno yo no voy por ahí besando labios ajenos, sin permiso"- regreso la chamarra con más fuerza al dueño.

-"Deberías agradecer, no cualquiera se tomaría el riesgo de hacer tal cosa, menos con tu reputación"- volvió a lanzarle la prenda.

-"¿Disculpa?"- se levantó de golpe –"¿me estas llamando zorra?"- dijo arrugando el abrigo –"¡permítame decirle capitán de pacotilla que mi estilo de vestimenta no me define y mis actos tampoco!"- grito.

-"Jamás le dije eso"- aclaro.

-"Tenía que ser como los otros, todo un caballero, ja, si me permite decirle usted no es un santo, y al igual que yo ha tenido que valerse de sus habilidades para salvarse, pero claro como usted es un usuario no le vale el cerebro" – la mujer le aventó su chamarra al rostro –"si bien ambos somos piratas y no se nos permite juzgarnos, le diré que cuando se es una mujer tiene muchas trabas, así que lo único que se puede hacer es explotar los encantos que los dioses nos han dado"-.

-"Le repito Nami-ya que jamás dije eso"- dijo de nueva cuenta el capitán.

-"¿Entonces?"- grito la pelirroja molesta.

-"Me refería a que todo el mundo se refiere a usted como la mujer de Mugiwara-ya, e independientemente de si es o no es lo que usted acaba de decir, yo no soy nadie para juzgar, todos tienen sus demonios y sus santos"-.

-"Ah"- susurro.

-"Si en el pasado se ha enfrentado con esas acusaciones no las debería de tomar en cuenta"- la sujeto de la mano solo para sentarla a su lado –"el mundo es así, no importa lo buena persona que pueda ser, si su vestimenta o su vocabulario no es el adecuado cae en una baja categoría"- le paso el abrigo por los hombros.

-"Lo siento"- susurro lo más bajo que pudo.

-"Da igual, por lo menos su coraje le hizo recobrar el rosado de sus mejillas"-.

A la navegante se le encendieron más las mejillas por ese insípido alago, y con disimulo se alejó más de su acompañante. Sentía las mejillas arder, y no era por el osos que acaba de hacer, era por otra cosa, el frio capitán ahora le sonreía de medio lado, como tratando de darle un confort agradable, que para ella era penoso.

La noche apenas empezaba, y la tormenta arreciaba, todo parecía sacado de la cabeza de una drogada escritora que los quería ver sufrir un rato. Poco a poco y a medida que el frio se colaba, Nami se iba acercando, solo para proporcionarle calor al hombre que aparentaba estar dormido.

Fue casi instintivo pasarle una mano enfrente de la cara solo para ver si él estaba dormido, o no, pero un ronquido casi inaudible le hizo saber con exactitud que por primera vez veía al cirujano de la muerte con la guardia baja.

-"Torao"- susurro.

Sus delgados dedos comenzaron a repasar su rostro, claro sin tocarlo, su índice estaba a milímetros de la cálida piel bronceada del capitán. Repaso sus ojos, y las ojeras, sus cejas, las patillas y hasta la barbilla. Pero cuando repaso los labios algo la obligo a tocarlos, y después tocar los suyos.

"Yo jamás lo he visto besar a ninguna mujer"

Las palabras de Bepo resonaron en su mente confusa, si tan solo pudiese recrear el momento, solo si lo hacía podía dejarse de juegos y decirle en la cara que ni aunque fuese tan apuesto como era la haría olvidar a Luffy. Sus dedos regresaron al rostro dormido de Law, pero esta vez no la dejaron llegar su lugar, ya que las manos del capitán la detuvieron.

-"¿Qué crees que haces?"- cuestiono molesto, nadie lo despertaba y terminaba ileso.

-"Y…..yo solo…solo"-.

La mujer termino debajo de el en cuestión de milésimas de segundo, sus ojos comenzaron a llenarse de miedo y lágrimas, en que lio se había metido. Quería pararlo, pera obviamente más pesado que ella, sus ojos grises la obligaban a verlo, y el mundo se le cerro.

-"Déjame dormir"- espeto ayudándola a reincorporase.

La cosa se puso rara, el parecía no muy consciente de lo que hacía, ya que busco la forma de como recostarse a lo largo del sillón y dejar a la pelirroja en medio de sus piernas para darse calor. Le saco casi a la fuerza el abrigo y lo extendió para que los tapase por igual. Así ambos protegidos del frio fueron cayendo a los brazos de Morfeo.

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Se remolineo entre su incomoda cama improvisada, el corazón de su acompañante le arrullaba y le calmaba, podía ser que era un alivio saber que ese hombre duro tenia corazón. En su mente vagaba el recuerdo de esos ojos grises y ese sabor a ron, las palabras de Bepo resonaban en sus oídos y su propio pensamiento no le daba paso al descanso placentero.

Lo odiaba, pudo ser que sentía algo más pero ella no lo veía así, ella lo odiaba, y solo por revolver su cabeza y no dejarla pensar con claridad. A lo mejor era que solo ella se revolvía, pero él era la razón.

Sintió que él se movió y apretó los ojos con fuerza para no verle, el, la levanto y la volvió a dejar en el sofá. La puerta de la cabina se abrió con un fuerte ruido que solo la hizo remolinearse aparentando estar profundamente dormida.

El sonido de un chorro la hizo abrir los ojos, Law orinaba dándole la espalda, que considerado, ella le podía ver el resorte del bóxer, ese día era negro con un bordado de su bandera.

-"Sé que estas despierta"- dijo el cirujano abrochándose el pantalón.

-"Sigo dormida"- dijo Nami cubriéndose la cara con la chamarra.

-"Vamos Nami-ya, no juegues es hora de irnos"-.

Sin muchas ganas la pelirroja se puso de pie, el frio de inmediato se coló debajo de su delgado suéter blanco, pero aun así ella le extendió el abrigo a su dueño. Pero este solo lo acepto para ponerlo sobre los hombros de la navegante.

-"No es necesario"- susurro la pelirroja.

-"Sujétate"- dijo cortante.

Trafalgar la tomo de la cintura y se lanzó al vacío en su compañía, en ese momento un domo azul se extendió por todo el paisaje blanco. Fue antes del impacto cuando los trasporto a la montaña, ahí de la nada todas las aspirantes a enfermeras salieron corriendo.

-"Gracias"- dijo la pelirroja mirándolo directo a los ojos.

-"De nada"- Law la sujeto con algo más de fuerza.

Una danza entre chocolate y gris, se dio por iniciada, los segundos pasaban lentos y solo se miraban el uno a otro, ese era uno de esos momentos que parecían una eternidad, cuando solo apenas pocos segundos habían pasado.

-"Capitán"-.

El encanto se rompió, el volvió a su estoica mirada, y ella a el rojo en sus mejillas, pero ambos ignorantes a la atenta mirada de una doncella con más de cien años de edad, ella podía ver algo que ni ellos mismos podían ver.

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El actual rey de Drum había llegado la noche antes del solsticio de otoño, solo para encontrarse con la visita de una banda de piratas que acompañaban a una de los sombreros de paja, y que la joven que grabaría la tradicional figura de la bandera en el hielo, se había lesionado de la manera más estúpida la pierna.

Sus pasos firmes y apresurados de oían por todo el castillo, caminaba de aquí para allá pensando que hacer, no había en su reino chica tan bonita como Cristina, que además supiera patinar tan bien que pudiese crear con lujo de detalle la bandera de su reino. Estaba desesperado, faltaban tan solo tres horas para el amanecer, y no se la había ocurrido nada.

-"No puede dormir"- la voz angelical que le aclaraba su estado de meditación, fue como un rayo de luz para su sombrío pesar.

-"La jovencita que patinaría primero esta lesionada, no hay nada que hacer"- dijo mirando por milésima ves su reloj de bolsillo –"podría poner a otra pero no sabe dibujar también, su calavera es igual que un pato"- rio solo para romper su ceño fruncido.

-"Bueno, puede que mejor sería buscar a otra, una que no haga un pato de vez de una calavera"- sonrió Nami.

-"Si todas fueran como tú, que pueden trazar cualquier cosa sobre cualquier lienzo"- suspiro con resignación.

Pero ahí estaba la respuesta, ella, si ella, era bonita, y eso era poco, ya que una cartógrafa se debe a su pulso exacto para trazar con precisión cada relieve de una isla. Sus ojos se iluminaron ante la estupenda idea que paso por su cerebro.

-"¡Tu!"- grito –"tú eres la chica que necesito"-.

-"¿Yo?"- se sorprendió la pelirroja.

-"Si"- respondió Dalton –"si tú puedes dibujar un mapa con precisión, no creo que se te dificulte una simple bandera sobre el hielo"-.

-"Ser cartógrafa no quiere decir que sepa dibujar bien"- dijo con modestia.

-"No bromes"- la tomo de los hombros –"sé que puedes, y sé que me harás ese favor" -.

No había de otra, o ayudaba al rey, o ayudaba al rey, y aunque él no se lo hubiera propuesto ella iba con la idea de ayudarle, claro pero no a eso. Nami aun siendo cartógrafa, podía dibujar el rostro de cualquiera con una varita en la arena, pero una bandera en el hielo, era otro asunto.

-"Bueno ya que"- sonrió apenas con la responsabilidad ahora en sus hombros.

Y no era para tanto, claro según Dalton, pero aun así las siguientes tres horas Nami se la vivió en leotardo y mayas tratando de recrear la coreografía de la tal Cristina, solo para ayudar a un viejo amigo, viejo amigo que se fue a dormir después de llevarla con la patinadora.

Sería un largo día, las hélices del submarino no estarían hasta dentro de dos días más, y Law la apresuraba para que trascribiera el libro a una velocidad estratosférica. Sus horas de sueño se habían reducido a cuatro, y estaba segura que Kureha gozaba con darle lecciones de enfermería más básicas que la tabla del uno.

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La noche llego después de un baño, y horas de entrenamiento, estaba segura que los pies le mataban y que todo saldría mal. Aunque pensándolo bien solo estaba segura que le mataban los pies, y que necesitaría dos días de sueño después de esto.

Su atuendo era deprimente, era el vestido tradicional del reino, y según la leyenda solo las mujeres bellas del país podían usarlo. Falda echa de caribú, y corseé echo de venado, con una blusa de piel de zorro, con adornos de pelaje de foca, era la peor idea que se les pudo ocurrir, estaba segura que podía sentir aun la sangre correr de los pobres animales, o tal vez era su propio sudor, la idea era tan repulsiva que solo quería arrancarse el vestuario; fue entonces que se le prendió el foco, ella no era del país, y no estaba obligada a llevar casi dos kilos de puro vestido de piel de animal ¿Qué pasaría si una de esas pieles fuera la madre de Chopper? Sin pensarlo ni dos veces se lo saco de encima.

Por el traje no se preocuparía, saldría antes de arreglarse a comprar cualquiera que estuviera en su presupuesto y que estuviera lindo, así que no tardo nada en vestirse, y salir deprisa del castillo, tomo uno de los teleféricos hacia las aldeas del reino.

Aunque sin saber se estaba metiendo en un verdadero lio, y es que como eran las fiestas nacionales, muchas de las tiendas estaban cerradas, y las que estaban abiertas, vendían vestidos horrendos, y poco favorecerte para su divino cuerpo, parecía que el traje típico de piel de animal, se usaba, aunque no fueran las mujeres más hermosas del lugar, estaba segura que vio a una mujer tan gorda como una ballena, embutida en ese traje, y se compadeció de los miles de animales que murieron para hacer solo ese vestido.

Ya casi a la mera hora simplemente decidió por resignarse, y tomar el trasporte hacia la sima de las montañas. Prefería vestir el traje horrendo, a ponerse uno de los más horrendos de cualquier tienda.

Se miró al espejo, y sin ganas decidió meterse de nuevo a duchar, le quedaban casi una hora y media, y prefería estar limpia antes de sudar como una cerda dentro de aquel vestido. Arrojo su bolso a la cama, junto con toda su ropa, se sonrió a si misma al espejo y se perdió por media hora en el baño.

Su mente se perdió, la verdad la tundra era un buen lugar para esconderse, podía desaparecer, adentrarse en aquel desierto congelado y construir y un iglú, viviría cazando pequeños animalitos, y de los pocos deshielos. Claro solo era una suposición, ni loca viviría como una ermitaña, pero por lo mientras, en los que se calmaban las cosas, y sus amigos regresaban. Podían pasar semanas, meses, incluso años.

-"Estoy perdida"- salió del cuarto de baña para encontrarse con los primeros fuegos atiríciales de la fiesta.

Sin prisa se asomó por la ventana, el aire frio se coló debajo de su bata, y lo único que hizo fue abrazarse a sí misma con fuerza; el gran desierto blanco, se revestía con una diversidad de colores que parecía un campo de flores, hermoso en pocas palabras, y majestuoso le quedaba corto.

-"Nami apresúrate"- una chiquilla dejo golpeado su puerta –"el rey quiere hablar con usted"-.

Sin nada que decir, la pelirroja apenas canto su respuesta y se dedicó a maquilarse, el vestido era lo de menos, con tantos colores marrones una gama de colores primarios le podía quedar. Peino su larga cabellera en una trenza, y después la ato en un moño; humecto su piel con una agradable fragancia a rosas, ya que escancia de mandarina ya no tenía. Al final, su rostro fue su lienzo, dando a notar aquellas pecas invisibles ante los ojos humanos.

Ella lucia hermosa, pero el vestuario le seguí acongojando, suspiro profundo resignada a lo que usaría, y abrió de golpe el armario. El feo vestido no estaba. En su lugar era un vestido azul turquesa, con una cintilla de encaje morado; complementado con unas medias de bolitas, y los patines que había estado a punto de comprar aquel día.

-"Nami"- volvió a decir la chiquilla detrás de la puerta.

-"Voy"- dijo la navegante con una enorme sonrisa.

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El discurso ceremonial de Dalton, fue más una letanía eterna, que se cortó gracias a la intervención de las lechuzas árticas que salieron antes de tiempo, dejando caer una lluvia de pétalos de cerezo en la pista de hielo. Entonces las luces apuntaron al centro del lago, y todos esperaban ver a la hermosa Cristina embutida en cinco kilos de piel de animal. Pero no se les hizo verla.

Ahí bella y elegante, una pirata se mostraba lista para comenzar la danza ceremonial del otoño; las luces apuntaban directamente hacia ella, y las miradas penetrantes estaban atentas a cada uno de sus movimientos; su corazón comenzó a latir con fuerza, sentía el sudor corriéndole por la espalda, y que la sonrisa le temblaba, pero no se daría por vencida.

La orquesta de cuerdas del gran reino de Drum se presentó con cortesía, inclinándose a los cuatro puntos cardenales y ofreciéndole un aplauso al rey. Fue después de eso que los violines comenzaron a amenizar, junto con los chelos.

Nami recordaba poco el cómo debía moverse, y se notaba la desesperación del rey al verla dudar, pero la que parecía estar en gran calma era Kureha que al final de cuentas le levanto los pulgares en forma de aprobación, para que hiciera lo que le viniera en gana. Para ella fue un alivio, se soltó, y dejo que lo poco que recordaba formara los trazos para dibujar a alguien que todo Drum amaba.

Con movimientos frágiles, y cuidadosos, iba de un lado a otro, tratando de parecer lo más profesional que podía, dando cortos giros, y saltos precisos, que hacían que su vestido se elevara para ver sus piernas bien torneadas. Los habitantes del reino aplaudían con cada pirueta que daba, al parecer les gustaba.

Una ovación de pie, y una lluvia de flores, de distintos colores le cayeron al ver terminado el rostro de Chopper en el hielo. Los ojos de Doctorine estaban acuosos y le lanzo un sombrero idéntico al del reno. Su tarea estaba terminada, y en grupo, todas las familias de Drum entraron a la pista, la fiesta había dado inicio.

-"Buen trabajo"- dijo Dalton invitándola a bailar.

-"Gracias a usted, por el traje"- sonrió la pelirroja.

-"¿Ese traje?"- cuestiono dándole una vuelta –"pensé que lo habías cambiado tu misma"- confeso.

-"Oh bueno, creo que debía ser obra de Kureha"-.

La fiesta fue acompañada de fuegos artificiales y vuelos de lechuzas con las alas pintadas de rosa; los copos de nieve caían como confeti, de colores distintos y de formas nunca iguales. La magia se podía ver en cada detalle, y las sonrisas de los habitantes no podían estar más vivas.

-"Kureha"- grito la navegante al ver a la anciana en patines.

-"Que pasa"- dijo ajustándose sus gafas de sol.

-"Gracias por el vestido"- se giró sobre ella misma para agradecer el gesto.

-"¿El vestido?"- dijo dudosa –"Oh si el vestido"- dijo al cabo de unos segundos –"te lo mereces"-.

La pelirroja la abrazo y después salió patinando junto con un par de niños que la seguían a todas partes. Ella tenía ese sentido maternal tan latente, que por eso los chiquillos se le pegaban como sanguijuelas.

Doctorine ignoro la escena, y siguió su rumbo, casi al final de la pista, un grupo de hombres bebían y cotilleaban de las cosas que habían pasado en aquella isla, los últimos días, y las buenas nuevas para salir al día siguiente.

-"Capitán"- dijo la mujer –"acompáñeme"-.

-"¿Yo?"- se señaló Trafalgar con una botella de ron.

La respuesta silenciosa de la vieja, lo hizo comprender, y sin nada más que decir, camino al lado de la que muchos llamaban bruja. Kureha no dijo nada hasta estar apartada del resto de piratas, y lejos de los oídos curiosos.

-"Buena esa"- dijo al fina llegando a un lugar apartado.

-"¿Buena esa qué?"- cuestiono Law molesto.

-"El vestuario"- respondió la doctora –"solo tú lo viste cuando se lo llevaron"-.

-"¿Y?"-.

-"Que tú le diste aquel vestido que lleva puesto"- dijo la mujer quitándole la botella de ron.

-"No tiene pruebas"- musito el capitán.

-"No, y no las necesito, ya que no le diré, pero cuando guste confesarle las cosas, le puede decir, que supo su talla husmeando en el cajón de su ropa interior"-.

Es vieja bruja era de lo peor, y aunque al día siguiente zarparan a primera hora, no supo cómo una foto de la anciana apareció en su habitación, con una nota algo sugerente.

"Nuca revelare nuestro secretito"

La burla que soporto durante los primeros días fue de lo peor, y todo gracias a un oso que le mal aconsejo. Tenía que sumergir el submarino lo más profundo que se podía, solo para matarlo de calor, y torturarlo a la vez.

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Una disculpa es poco, así que simplemente dejo esto con una breve explicación, del cual no había actualizado.

1: la hermana de mi novio tubo a su bebe, y bueno yo como no soy metiche le he estado ayudando.

(Nació el 6 de octubre)

2: fue mi cumple y me largue a los azufres toda una semana.

(Nací el 10 de octubre)

3: mi bloqueo se ha hecho más fuerte, al ver como mi abuelita esta al verde de la muerte.

(Tiene diabetes y se fracturo la cadera)

Son tres razones que a lo mejor para ustedes no tienen nada que ver, pero para mí sí, una nueva vida llega y otra se va, es duro, y no quise plasmarlo en este capítulo, porque simplemente no va.
Además este capítulo debió de haber estado listo el 21 de septiembre, pero no lo pude subir porque he sido demasiado entremetida con cosas que no me interesan, como ayudar a las personas que no me quieren y me dan una patada en la cola cuando ocupo ayuda de ellas.

En fin les pido una inmensa disculpa, y espero que no dejen de leerme, aprecio cada comentario, sea bueno o malo, claro esto último si vienen de mis lectoras de antaño.