Capitulo XXIV
Despertó de golpe, con gotas de sudor en su frente y el corazón al mil por hora; había tenido aquella pesadilla de nuevo, había revivido como su madre la había entregado a una Nojiko tan joven que apenas recordaba algo. Su boca estaba seca, y su cabeza punzaba, no había dormido bien, y por como el sol entraba por la tienda quería decir que ya pasaban de las diez de la mañana.
Se levanto con pereza esperando que aun quedara por lo menos un trago de café, cuando por inercia miro su mano, de nuevo aquella marca había dado otro giro a su muñeca; no le quiso dar importancia pues se vistió con un top de manga larga, para evitar las preguntas incomodas, más tarde hablaría con esa mujer, para preguntarle sobre todo lo que venía en el libro.
Cuando salió de la tienda pudo percibir el aroma de panqueques y tocino, su estómago en ese momento rugió en protesta; aun las brasas de la fogata seguían ardiendo, y su porción estaba custodiada por Sanji que evitaba que Luffy se lo tragara. Todos guardaron silencio cuando la vieron, pues Nanami estaba conversando amenamente con Usopp y Rebecca. Nami los ignoro, con un escueto "buen día" camino hacia Law que miraba al horizonte con una taza de café en las manos. Basto un simple beso en la mejilla y que le quitara la taza de las manos para sacarle una sonrisa a ese hombre tan margado.
-"No pudiste dormir"- fue una afirmación más que una pregunta.
-"Solo un poco, y después de varias horas"- dijo con la taza pegada a los labios.
Se miraron en silencio, y después de varios sorbos a la bebida de Law, se la regreso, rozando al propósito aquellos nudillos tatuados que le brindaban paz al momento de dormir. Ella jamás lo admitiría en voz alta, pero estuvo tentada a salir a media noche para acurrucarse con él, aunque causara polémica en su tripulación, o solo confirmara las mentiras de Usopp.
-"Nami"- interrumpió Sanji con un cigarrillo pegado a sus labios –"come antes de que el inútil de nuestro capitán se embute tu desayuno"-.
-"Oh cierto"- las mejillas de Nami se colorearon de un tono carmín por los desvaríos de su mente –"gracias"-.
La navegante tomo su plato de las manos del cocinero, y sin ceremonia se dejó caer en la arena, dándole la espalda al resto. No quería apartarse de Trafalgar, porque le brindaba un poco de seguridad, y por el hecho de que aquella mujer estaba sentada alrededor de la hoguera con los demás miembros de la banda. Si no quería verla, mucho menos comer cerca.
-"Es de mala educación dar la espalda"- dijo el cirujano tendiéndole otro sorbo de café.
-"No me hables tú de buenos modales"- dijo en un tono de broma –"simplemente, no quiero verla"-.
-"¿Hablante con Nico-ya?"- pregunto de la nada, mirándola comer.
-"Poco antes de que partiera"- confirmo antes de tomar un trozo de panqueque –"me ha contado todo, pero creo que ella en sí, no tiene la culpa de nada"-.
-"¿Y?"-.
-"No podría culparla, jamás, ni, aunque hubiese perdido un brazo, o la vista"- su tenedor quedo a medio camino del plato a su boca –"ella quería mantenerme al marguen del asunto del lunático ese, y yo solo quería escapar"- bajo el cubierto y levanto la vista para encararlo –"fue mi elección, no la de ella"-.
-"Confías mucho en tu tripulación Nami-ya"-.
-"Les confiaría mi vida entera"- sonrió volviendo a su desayuno.
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Cuando el sol marco el mediodía, Nami simplemente comenzó a caminar sin rumbo fijo lejos de la tripulación; sus manos guardadas en sus bolsillos traseros de su pantalón corto y un silbido nervioso, aclaraba a simple vista que se retiraría sin ceremonias y por supuesto sin compañía. Una mala manía que tenía, cuando quería robar, estafar, o simplemente hacer un reconocimiento por sí sola, y el resto del grupo le estorbaba.
Camino por el sendero de piedra que llevaba al interior de la isla, y pateo una que otra piedra que se hallaba frente a ella; su cabeza era un lio, y a pesar de querer culpar a esa mujer por sus desgracias, también tenía que agradecerle. Belle-meré fue más que una "madrastra" o tutora para ella, fue su madre, su confidente, la mujer jamás la rechazo a pesar de ser una ladronzuela sin remedio.
Pero.
Pero la palabra más castrante del todo puto universo se interponía; a pesar de tener una infancia con carencia fue feliz, al lado de Belle, no importo que el dinero escaseara, claro, como una niña berrinchuda muchas veces se lo recrimino, y ahora veía claramente que estuvo mal, y podía ver el gran esfuerzo que aquella mujer sin ningún tipo de lazo consanguíneo, hacía para darles todo lo que ella podía. Las cosas cambiaron después de la muerte de Belle-meré había más dinero, pero la felicidad, y el cariño se perdieron en el preciso instante que tomo aquel tatuaje para ofrecerle una salvación a su pueblo.
-"Maldición"- se dijo a si misma recordando todo lo vivido en sus años como cartógrafa de un grupo de peces subdesarrollados.
No importaba el tiempo que hubiera pasado desde la última vez que oyó la voz de su madre, siempre resonaría claramente y con fuerza aquel "las amo" dirigido a su hermana y a ella. Era como un clavo que se había encarnado en su pecho y en ese momento dolía con fuerza.
Sus pasos se detuvieron el llegar a la pequeña laguna, su mano apretó su pecho intentando menguar un dolor que realmente no estaba ahí, y sus piernas caprichosas se doblaron hasta dejarla sentada en la orilla del lago, y su cerebro perspicaz se preguntó qué era lo que en realidad le dolía.
¿Le dolía haber encontrado a su madre sana y salva o el hecho de saber que jamás intento buscarla?
Sin duda una pregunta sin respuesta concreta, a pesar de habérsela hecho un par de cientos de veces desde ayer. Le dolía verla, saber que su rostro era el mismo que en sus peores noches la atormentaba, más le hería saber que rezo por la salvación de un alma que aún no llegaba al purgatorio.
-"¿Te molesta la compañía?"- de la nada la mujer de sus pesadillas apareció.
-"Si no me incomoda"- dijo cortante mirándola de soslayo.
Nanami no se aventuró a avanzar más, se quedó ahí estática a solo tres metros de distancia de su hija. Observando cada detalle, cada movimiento, cada suspiro, y guardándolo en su memoria. Maldiciendo todo lo que ella pudo haber hecho y no hizo para traerla de nuevo a casa.
-"Llegaste al mundo exactamente a los nueve meses"- soltó de repente esperando una protesta que jamás llego –"la gran abuela Nai dijo que serias la mujer más fuerte del clan, y nos llevarías a la gloria"- dio un par de pasos tentativos y se volvió a quedar estática –"tu padre quería llamarte como yo, a pesar de las protestas de la abuela por ponerte un nombre más significativo"-.
Nami no se dignó a mirarla, mucho menos a agregar un comentario sobre la historia de su vida, que ella no quería escuchar. Pero, aun así, dejo que continuara, a pesar de las protestas mentales de dejarla sola e irse a otro lugar a desvariar.
-"Tu padre era de tierras lejanas, un ladronzuelo de guante blanco que se ganaba la vida haciendo lo mejor que sabía hacer"- suspiro y con algo más que miedo se acercó lo suficiente a su hija como para tocarla –"llego aquí una dulce tarde de enero, mientras mi abuela arreglaba mi compromiso con un hombre que yo realmente detestaba"-.
-"Pensé que las mujeres consagradas a los templos no podían odiar"- soltó fijando por primera vez sus ojos chocolates en Nana.
-"Se supone"- la pelirroja mayor tomo asiento a solo medio metro de su hija –"pero no está prohibido"- sonrió haciendo crecer unas cuantas flores rosas a su alrededor –"en fin"- corto una flor y fue deshojándola –"el me rondo por casi tres meses y después yo deshice el compromiso con aquel hombre para desposar a tu padre"-.
Nami imito a su progenitora, cortaba flores las olía y sin más las dejaba flotando en la laguna, sin haberles quitado ni un pistilo; se instaló un silencio un poco tenso, pero al mismo tiempo cómodo, como el que está en medio de una petición importante, y la respuesta no es nada favorecedora.
-"El eclipse"- dijo la sacerdotisa señalando el agua.
-"¿El que?"- pregunto cerrando un poco los ojos por un destello de luz.
-"Mira"- señalo.
Nami puso sus manos al frente de sus ojos para poder ver de lo que había señalado aquella rara mujer; la luz era segadora, pero aun se podía distinguir una que otra cosa, ahí en la laguna en forma de media luna, el sol se reflejaba haciendo salir de las profundidades una luz blanca.
-"Es precioso"-.
Nanami rio y tomo un mechón del pelo de su hija para ponerlo detrás de su oreja; fue algo atrevido, pero solo sigue su instinto de madre. Poso su mano en su mejilla y acaricio su pómulo pecoso antes de apartarse de golpe siendo consciente de la mirada de estupefacción de Nami.
-"Pasa todos los días"- dijo rápidamente poniéndose de pie –"aquí le llamamos eclipse ya que las lagunas tienen forma de luna, y parece que se devoran al sol por un rato"- estuvo dispuesta a irse cuando de la nada miro al piso.
Su sandalia estaba pisando agua, la roca con la cual se medía el principio y el fin de la laguna, hacia un par de metros que no se miraba. La isla se estaba hundiendo más rápido que años anteriores, y mientras más se quedaran ahí más riesgos corrían de ser tragados por la misma isla.
-"Es hora de irse"- dijo caminando al árbol más cercano –"dulces sueños"- susurro tocando con ambas manos la corteza.
De la nada los arboles comenzaron a morir, el pasto a secarse, y las aves levantaron el vuelo escandalosamente. El sendero verde por el cual ambas mujeres llegaron al centro de la isla ahora era un camino seco, sin vida.
-"No te quedes mucho tiempo"- advirtió la sacerdotisa sin mirarla –"mientras más pronto nos vayamos mejor"-.
Nami se quedó con una pregunta en la boca, viendo como la sacerdotisa se iba balbuceando cosas en otro idioma; el fantasma de la caricia maternal aun estaba presente y sin pensarlo puso su propia mano en donde su madre la había tocado, fue algo dulce, que entro en conflicto con todo el resentimiento que tenía hacia esa mujer.
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Luffy vio llegar a la sacerdotisa antes de poder darse cuenta de que todo a su alrededor se estaba secando; con su sonrisa de oreja a oreja la llamo para degustar una deliciosa crema de coco que Sanji había hecho para Rebecca. Aunque al ver sus ojos acuosos simplemente dejo su bebida para ir a encontrarla.
Nanami no había querido llorar, solo que el simple hecho de que Nami no le haya reprochado aquel toque la hizo tener esperanza por un breve momento, aunque sabía que su hija tal vez nunca la perdonaría por no ir en su búsqueda.
-"¿Te ha insultado?"- pregunto rápidamente Luffy un poco molesto.
-"No, no"- movió sus rizos en negativa –"más bien me dejo tocarla"- confeso ruborizándose y sonriendo –"es tan perfecta, y hermosa"- sus ojos por fin dejaron escapar el llanto –"¡soy una pésima madre!"- grito, antes de alejarse de él.
Camino pateando la arena como si fuese una niña pequeña haciendo una rabieta, pero también contaba, cada patada dada hacia la inofensiva y blanca arena. Conto exactamente trece golpes, y se detuvo a escarbar, para después de unos segundos sacar una cuerda.
-"¿Qué hace?"- pregunto Rebecca a su pareja.
-"Ni idea"- Luffy con calma se acercó hacia la pelirroja que seguía jalando de la cuerda.
-"Podrías"- pidió entregándole la cuerda al capitán.
Luffy sin esfuerzo de un tirón, levanto lo que podía llamar una valsa, hecha de troncos y cuerda; se veía vieja, y demasiado frágil para poder flotar, pero eso no impidió que Nana la llevara a rastras al mar.
-"Si fuera ustedes partiría de inmediato"- advirtió –"cada minuto que pasemos aquí, puede que sea fatal"-.
-"¿A qué se refiere?"- pregunto exaltada la futura madre.
-"Son islas errantes pequeña"- Nana informo –"cuando se hunden es el único momento en el que el mar en calma se alborota un poco"- explico subiendo a la valsa, una bolsa que nadie había notado –"no se ve nada fuera de lo común, solo una ola de menos de medio metro, lo que en si preocupa son los mostros que aparecen en busca de animales rezagados para comer"-.
Todos se quedaron estáticos un momento, mientras Nanami parecía no parar; con el agua de mar hasta las rodillas aseguraba su lancha de troncos y cuerda para salir lo más rápido posible. Sus remos de madera reforzados con trapos para mayor comodidad flotaban libre mente, mientras la sacerdotisa aseguraba bien la bolsa de provisiones que irían con ella.
-"Torao"- Mugiwara se quitó su sombrero y comenzó a jugar con el –"¿puedes ir por Nami?"-.
No tuvo que preguntar dos veces, antes de que agregara cualquier cosa, el capitán de los piratas de Corazón, desapareció, dejando en su lugar una pueda en forma de un pastelillo. Suspiro, era hora de irse, y aun no había podido recorrer como los dioses mandaban la isla.
-"Bien"- dijo poniéndose de nuevo el sombrero –"¡recojan todos chicos nos vamos a la siguiente isla!"-.
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Tengo pocos capítulos adelantados, tal vez pueda subir otro par antes de que se acaba el año, pero no prometo nada.
