Mientras esperaba en la fila para entrar al teatro, intentaba convencerse de que no había razón para tener vergüenza.
El dinero gastado se lo había ganado con trabajo, así que tenía derecho a usarlo en lo que quisiera. Incluso en una entrada de teatro para ver en vivo a su actor favorito. Además, tampoco era que estuviese en la fila de una Comic-con, rodeada de adolescentes sudados con camisetas de personajes.
Se había vestido sobria y cómoda, con sus botines de tacón negros, pantalones ajustados del mismo color, blusa blanca, un abrigo color camel con un bonito corte y una pequeña cartera. Su imagen era simplemente la de una mujer de 42 años que iba al teatro. A ver una obra. No a derretirse mirando a Tom Hiddleston. A ver una obra interesante.
Tenía esa terrible costumbre se autosabotearse. Una parte de sí le decía que era una ridícula, que debería estar en el hotel durmiendo, porque mañana temprano empezaría otra soporífera sesión del Congreso Interamericano de Seguridad y Justicia, que era lo que realmente había venido a hacer en ése país. Su tirano interior le echaba en cara que en el fondo, había una pequeña llamita de esperanza de que una de las muchas historias de wattpad que había leído, se hiciera realidad y la estrella se enamorara de la fan. ¿A quién pretendía engañar con esa farsa de querer verlo en vivo, apreciar su trabajo en directo?
Pero otra parte de sí le recordaba que tenía todo el derecho a divertirse, incluso a ser ridícula si quería. Verlo en persona no era una estupidez; el tipo es un actor, su trabajo es la exhibición, el entretener a la gente, así que mirarlo, apreciarlo, comérselo con los ojos incluso, tenía toda la lógica del mundo. Y si quería fantasear con él tampoco era cuestionable, porque ella ya no estaba en edad de cumplir las expectativas de nadie y a no hacía ningún daño con la hermosa realidad deseada que guardaba celosamente en su imaginación.
Las puertas del teatro se abrieron puntualmente, interrumpiendo su pelea consigo misma.
Una vez que entró a la sala y ocupó su asiento, se le hizo un vacío en el estómago. Había comprado entradas para la segunda fila, que le habían costado bastante dinero y ahora en esa posición se sentía observada, como si al verla ocupar ese puesto todos pudiesen descubrir que en realidad no era más que una patética fan, una "Hiddlestoner". Sentía que todos los espectadores podían descubrir que al menos una vez al día veía fotos y videos de Tom Hiddleston, que leía fanfics eróticos sobre él. Era como si todos se pudiesen enterar de la existencia de "Tom", el hermoso y suave vibrador negro con detalles dorados que usaba para masturbarse pensando en él, a veces escuchando las grabaciones de "Tom Hiddleston Soundalike", que dichosamente había encontrado en Tumbrl.
Cuando las luces de la sala se apagaron no pudo evitar sobresaltarse, casi hiperventilar.
De pronto ahí estaba. Alto, delgado, con el cabello y la barba rojizos y unos ojos azules que parecían estrellas. Se movía, hablaba. Era real, un ser humano real. Observó con deleite el movimiento de sus costillas al respirar, la nuez en su cuello y las venas que se marcaban ante el esfuerzo de impostar y proyectar la voz. Sus manos de largos dedos eran aún más hermosas en movimiento. Su piel tenía una textura, estaba maquillada pero no era de papel couché, liso y brillante, ni de pixeles agrupados en una pantalla. Se movía con elegancia, dueño del escenario. Era una criatura imponente.
Además era un profesional, tan bueno que sin que ella se diera cuenta, la historia comenzó a absorberla y ya no era Tom Hiddleston a quien observaba, era a Robert. Y su esposa lo había engañado. ¿Cómo era posible?, ¿Y cómo era capaz de contárselo?, Emma no había pensado en esas niñas tan dulces que eran sus hijas. La antiquísima magia de la representación la envolvió y no pudo evitar que sus propias experiencias definieran su entendimiento y apreciación de la obra. Pensó en sus hijos al otro extremo del continente; en esa vida de viuda que había llenado sólo con relaciones fugaces, porque no quería llevar otro hombre a la casa donde también vivía su hija adolescente. Pensó con desdén en los idiotas que se acercaban a ella buscando una mamá, no una compañera. Mientras su marido estuvo vivo, ella le fue fiel y disfrutó su vida juntos, en un matrimonio donde el amor se alimentó con constancia y dedicación hasta el último día.
Estaba completamente inmersa en la obra cuando de pronto unos ojos azules pincharon su burbuja, al mirarla fijamente por unos segundos, expresando algo que no pudo definir, pero que la devolvió a cuando tenía 14 años y veía a su crush de la escuela. Todo dejó de existir durante esos segundos. Su corazón se saltó un latido y el estómago se le llenó de mariposas. Fue una extraña y fugaz conexión, pero intensa, innegable y devastadora.
La actriz improvisó rápida y profesionalmente, salvando a su compañero que momentáneamente había perdido su línea y la magia de las miradas se rompió. La obra continuó su curso y posiblemente nadie más del público notó el lapsus en el diálogo.
Pero ella no pudo volver a centrar su atención. Estaba atrapada en el efecto fan. Recordó que era Tom Hiddleston, el precioso hombre que era su marido en su realidad imaginaria, el que viajaba con ella, el que tocaba el piano para que ella cantara o practicara ballet, el que tocaba la guitarra mientras bebían vino, para luego besarse en el sillón y luego amarse en la habitación, donde le provocaba exquisitos orgasmos mientras la llamaba "my darling".
La obra terminó lenta y tortuosamente. Ella no podía dejar de mirarlo. Algunas veces, Tom parecía decirle sus líneas directamente. Era como si ella se hubiese transformado en el único espectador. Esa situación hacía que sus nervios se mantuvieran en permanente tensión, porque sentía que él podría descubrirlo todo y se burlaría del amor fanático e imaginario que sentía por él en ese momento.
La luces se apagaron y comenzaron los aplausos. Ella respiró pesadamente y volvió a la realidad. Volvió a ser la abogada segura y resuelta, la mujer regia que simplemente había asistido al teatro. Y un sentimiento nuevo la embargó. Se sintió orgullosa de ser fan de Tom Hiddleston. No había escogido a cualquier pelele como su ídolo, sino a un hombre que era tan buen actor que la había hecho montar un carrusel de emociones mientras lo observaba interpretar. Como cuando terminó llorando y con la garganta apretada al final de Crimson Peak, o como cuando fue con su hijo a ver "Kong, la isla calavera" al cine, con absoluta resignación y terminó disfrutando la película, mirando a ese bellísimo espécimen que era el capitán Conrad. Pero esto había sido mucho mejor, porque lo había visto en vivo, ahí, a unos metros de ella, existiendo y desplegando toda su capacidad.
Cuando el elenco volvió al escenario, ella aplaudió con entusiasmo, sinceramente agradecida del momento vivido. Había sido catárquico. Ahora sí que sentía verdadera admiración. Asistir para verlo trabajar había sido una gran decisión. Sería una devota hiddlestoner por siempre.
Mientras aplaudía rabiosamente, los ojos azules volvieron a prendarse de los suyos. Una leve sonrisa curvó esos labios delgados y el hombre de sus sueños efectuó una reverencia, sólo para ella. Y entonces supo lo que se sentía ser la princesa de un cuento de hadas.
Apenas los actores se retiraron del escenario, un grupo de espectadores se apresuró en salir de la sala, empujándose unos a otros. Ella recordó que luego de la presentación, junto a la salida posterior, los actores firmarían autógrafos. Sacó el programa de su cartera y se permitió unos momentos de ilusión. Quizá podría pedirle que lo firmara y mientras tanto decirle cuánto había disfrutado su actuación y lo mucho que lo admiraba. Quizá hasta podría pedirle que se tomara una foto con ella y si tenía la oportunidad de abrazarlo le daría las gracias, por todo, por la performance y por ser su novio imaginario y hacer más felices sus días.
Lamentablemente, apenas salió de la sala de teatro sus intenciones fueron aplastadas. No había una fila para pedir autógrafos, sino un montón de gente apretujada, gritando y empujándose. Ella odiaba las multitudes. Esperó un poco más lejos y cuando por fin los actores salieron a interactuar con su público, sacó su teléfono de la cartera y tomó una selfie, procurando que su cara sólo apareciera en un costado y que en el resto de la foto saliera Tom, firmando autógrafos. Su corazón de fan estaba contento, pero era momento de dejar las ilusiones, volver a la vida real y despedirse de ese pedacito de él que había podido tener. No había sido malo, así que correspondía ir a celebrar comiendo un rico sushi antes de volver al hotel. Comenzó a caminar alejándose del teatro.
Si se hubiera girado en algún momento, o si hubiese enfocado su teléfono en otro instante, habría notado que dos ojos azules la habían buscado entre la multitud y que el dueño de esos ojos había sentido un pinchazo de desilusión al verla alejarse por la calle.
