Ricks pegan a Ricks y Ricks estafan a Ricks. Así la providencia ha decretado que los Mortys sean los pacificadores.
- Mortico 5:11-12
Los Ricks Guarda invadieron la habitación, con sus botas retumbando sobre el suelo de mármol como una furiosa tormenta. En rápida sucesión, sin decir nada, se reunieron en posición al frente de la cama con sus dos ocupantes, cada soldado de pie, equidistante de su camarada, en una impresionante muestra de disciplina militar.
Sin embargo, Rick apenas les prestó atención, observando su arsenal de armas con un desinterés absoluto mientras se restregaba una mano por la cara. Sus dedos temblaban sobre el sudor de su frente, la única evidencia de la súper Epifanía que le había invadido momentos antes. Ahora que el zumbido de las voces fantasmas se había disipado, pudo hacer un inventario mental de sus pensamientos, comprobando y volviendo a comprobar que eran, de verdad, todos suyos. Dio un suspiro de alivio cuando se dio cuenta de que una vez más estaba "solo" en su mente. La noción de que su cabeza hubiera servido de contenedor de almacenamiento de los pensamientos de los demás era desconcertante como mínimo. Aunque una parte de Rick le insistía en que reconociera sus posibles beneficios, no tuvo tiempo de pensar más en ello, ya que la pared de Ricks Guarda se abrió para dejar pasar a uno de los suyos.
Un Guarda con un uniforme de alto rango se adelantó, su gorra inclinada hábilmente sobre su frente y ambas manos colocadas detrás de su espalda. La insignia bajo su placa le designaba como capitán, y su andar y posición de los hombros emanaban un cierto aire de tener carta blanca. Cada parte de él dejaba claro que exigía el máximo respeto de los que le rodeaban y que no toleraba la insubordinación.
El Capitán miró a Rick con obvio desdén, rizando su labio como si la propia presencia de Rick le ofendiese. –Ya decía yo que olía a X –se dijo a sí mismo, posando sus ojos sobre Rick como si fuera carroña a un lado de la carretera. Girando hacia un Guarda a su derecha, suspiró–: Dale el informe, soldado.
Al instante, el Guarda inferior sacó una pantalla transparente repleta de letra pequeña que se deslizaba con fluidez mientras leía. –Rick de la dimensión X-280, queda detenido por violar los términos de la Ciudadela de Ricks, Artículo II, Sección 1, subsección 4(b).
–Oye, mira—UURP—tío –Rick dijo con desprecio, manteniendo sus ojos en el Capitán incluso mientras el hombre del uniforme se alejaba para dejar el trabajo duro a sus subordinados. Definitivamente no tenía tiempo para esto. El poder de la telepatía, un concepto relegado desde hace tiempo a los místicos y cazafantasmas, acababa de caer en su regazo proverbial; ser sermoneado sobre la importancia de seguir las reglas del Consejo era prácticamente lo último que necesitaba en este momento–. ¿T-tienes idea de cuánto acabo de pagar por una hora con Mou— –Tosió por su desliz–. Quiero decir, El Elegido? Espero que mi maldito dinero valga la pe—
Pero el Guarda habló por encima suyo sin perder el hilo. –Que estipula: Ningún Rick empleará en la propiedad de la Ciudadela tecnología que manipule, oculte o haga inaccesible la cantidad de sus fondos personales, ya sea en parte o en su totalidad—
–¡Oye! ¡Capitán Carapolla, te estoy hablando! –Rick empezó a ponerse de pie, intentando seguir al capitán, pero el sonido de una habitación llena de pistolas siendo cargadas y niveladas a su cabeza calmó su agitación. Con un gruñido, se conformó con levantar las dos manos a modo de sumisión mientras el Guarda continuaba su discurso.
–de ser registrados en la base de datos de la Ciudadela. Los perpetradores serán llevados ante el Consejo para un tribunal, en el cual el Rick transgresor será interrogado y finalmente llevado a…
Ignorando la lista de predecibles gilipolleces burocráticas, Rick mantuvo los ojos fijos en el Capitán que en ese momento estaba hablando con un par de Guardas que llevaban placas Médicas. Rick no pudo oír el intercambio, pero los dos Médicos asintieron con la cabeza antes de dirigirse a Mouse.
«¡Mierda! ¡Mouse!»
Rick se retorció en su sitio para buscar a Mouse. En medio del frenesí de la redada, no había podido comprobar cómo estaba, y ahora vio que Mouse estaba tumbado y temblando en el lado más alejado de la cama donde había caído. El rubor de sus mejillas aún brillaba y la fuente de su angustia era evidente entre sus piernas mientras gemía suavemente y se retorcía contra la manta en busca de algún alivio. Los Médicos rodearon la cama y agarraron a Morty con sus guantes, antes de ponerlo de pie y hacerle lo que parecía un chequeo rutinario.
–…por el tiempo que el Consejo considere necesario. La resistencia tendrá como resultado… El discurso se convirtió en un zumbido distante al fondo de la atención de Rick.
Rick observó con aprensión cómo un Médico sostenía a Mouse firmemente por los hombros mientras el otro comenzaba a inspeccionar su cuello con eficacia clínica. Mouse se estremeció al ser tocado, pero no hizo ningún movimiento de resistencia, probablemente acostumbrado a ser manipulado de esta manera. El Médico examinó sus brazos y su torso antes de arrodillarse y levantar la túnica blanca. Pausó sus movimientos reglamentarios, y Rick captó la mirada furtiva que pasó entre los dos Médicos. Luego desapareció, y colocaron a Mouse sobre el borde de la cama y abrieron sus piernas con una facilidad practicada. El Médico principal se puso un guante de látex en una mano mientras su compañero sujetaba las muñecas de Mouse contra la cama. Mouse suspiró suavemente con su mejilla presionada contra la manta, lágrimas de vergüenza brillando en las comisuras de sus ojos mientras miraba suplicantemente a Rick.
Rick casi gritó desde donde estaba sentado. Su yugular tembló bajo su pulso acelerado, y los músculos de sus piernas se hincharon con las ganas de atacar a los Médicos. Sin embargo, antes de que pudiera actuar impulsivamente, un golpe de rifle de un Guarda cercano volvió a poner de manifiesto la gravedad de su situación. Apretando los dientes, se obligó a respirar hondo y a darse la vuelta, agradecido por ahorrarle a Mouse la humillación de ser observado mientras lo manipulaban como a un aparato. Mientras se concentraba en su propio reflejo en el suelo de mármol, analizó la reacción de los Médicos durante su inspección. Incluso sin la ayuda de una Epifanía—o lo que fuera lo de antes—Rick tenía claro que no estaban acostumbrados a que El Elegido estuviera en un estado de excitación. Vaya sorpresa. En vista de cómo solían ser estas sesiones, estaban más acostumbrados a lidiar con moretones y sangre, no…bueno, con erecciones.
–¿Entiendes los términos de tu detención, Rick de la Dimensión X-280? –terminó el Guarda frente a él, metiendo el informe bajo el brazo.
Rick volvió a mirar al Capitán que estaba vigilando la habitación sin hacer nada, y clavó sus dedos en el edredón mientras reprimía sus siguientes palabras. –Sí, vaAUGHle. Pero sácaselos de encima, joder. –Toda su figura estaba tensa como una cuerda de arco mientras luchaba contra la necesidad de levantarse y pegar al capitán en su cara de engreído.
El Capitán se limitó a sonreír por debajo de su gorra militar, y con un movimiento de su barbilla, hizo una señal al par de Médicos para que terminaran su inspección y le trajeran a Mouse. A estas alturas, la erección de Mouse se había reducido por completo, y le dio hipo entre lágrimas mientras lo arrastraban, a trompicones, hasta el lado del Capitán. El Capitán apoyó una mano sobre la cabeza de Mouse mientras se dirigía a Rick, su tono ligero pero amenazante como un escorpión cubierto de miel.
–Oh, lo siento. ¿Tienes algún problema con la forma en que mis hombres manejan a El Elegido? ¿Temes que provoquemos…una Epifanía? –Agarró un puñado de pelo y lo estiró bruscamente, haciendo que Mouse se estremeciera y se tambaleara de puntillas. El cerebro de Rick reaccionó con un hormigueo, y sus reflexiones anteriores se acercaron a la deducción a pasos acelerados.
El Capitán y el resto de los Guardas permanecieron impasibles, ajenos a los fuegos artificiales que estallaban en la mente de Rick. –Es una pena que tengamos que tomar estos molestos inhibidores. Los ganadores de las subastas siempre parecen divertirse tanto. –Se rio, indiferente a los gritos de Mouse.
«Sólo le hace daño a Mouse para joderme», Rick comprendió. Ese hecho por sí solo hizo que el estómago de Rick ardiese y sintiera un pinchazo en la nuca.
–¿Sabes lo que le hacen aquí? –continuó el Capitán, apretando su agarre y retorciendo lentamente la cabeza de Mouse hasta que Mouse sollozó. Hizo un sonido de fastidio–. Tsk, no creas que eres el primer Élite al que me han encargado sacar de la suite del ganador. –Su sonrisa se amplió al ver a Rick enrojecer ante el recordatorio–. Si supieras las cosas que he visto.
Rick se estremeció ante la alegría sádica del Capitán mientras otra parte de él luchaba con la avalancha de descubrimientos que cada chispa de Epifanía revelaba. La noción de hacer conexiones racionales a un nivel involuntario era todavía desconocida para Rick; y aunque el efecto de la Epifanía era claro, clasificar la información para dar sentido al mensaje era una tarea en sí misma, aún más desafiante por el hecho de que su atención estaba fracturada entre el dilema de Mouse y el suyo propio.
–Aún y así… –los ojos del Capitán adoptaron una mirada depredadora– no creo que haya visto nunca a un Rick tan cautivado por El Elegido. –Dio un tirón a Mouse para ponerlo frente a él y le puso una mano en la barbilla, acariciándole la mejilla con falsa ternura con el pulgar enguantado. Luego se inclinó hacia adelante hasta que sus labios estuvieron a pocos centímetros del cuello de Mouse, sin dejar nunca de mirar a Rick mientras tarareaba. –Tal vez sea hora de que vea a qué viene tanto alboroto. –Su mano se deslizó por la piel de su cuello y se deslizó bajo su túnica para mostrar su hombro a Rick–. Probarlo yo mismo, ¿hmm? –Pasando su lengua sobre un canino como un lobo lamiendo sus chuletas, se inclinó más cerca para presionar sus dientes contra un lado del cuello de Mouse.
–¡Ni se te ocurra! –Rick gruñó, lanzándose al Capitán, con las manos hechas puños. Impulsado por la ira hubiese alcanzado su objetivo si no fuese por un Guarda que intervino para impedir su ataque. La culata del rifle del Guarda se estrelló contra el lado de la cabeza de Rick con un sólido golpe y Rick se desplomó sobre sus codos y rodillas. Un chorro de sangre que salía del corte que tenía en la frente le llegó al ojo derecho y se derramó sobre el suelo de mármol. –Me cago…en Dios. –Se puso una mano sobre el ojo, pinchando el chasis óptico para asegurarse de que los componentes internos seguían funcionando. Había un ligero temblor en el zumbido del mecanismo, pero Rick tendría que ocuparse de ello más tarde.
Por encima de él, el Capitán soltó una carcajada, con obvio placer en su voz mientras hablaba. –Tsk, tsk. Eso ha sido claramente un intento de agresión contra un Rick uniformado. Parece que tenemos un hostil en nuestras manos, muchachos. Y ya sabéis lo que hacemos con los hostiles –Hubo un murmullo de aprobación entre las filas, y Rick pudo escuchar el chasquido de nudillos mientras se adelantaban para formar un estrecho círculo a su alrededor.
Rick no vio quién lanzó el primer golpe, pero una patada bien colocada en su estómago, lo suficientemente fuerte como para romper huesos, provocó espasmos en su diafragma, dejándole sin aliento y viendo estrellas. Los golpes se convirtieron en una cadena interminable de puñetazos y patadas desde todas las direcciones, golpeándolo como si fuera una pelota de fútbol. Los instintos de su tiempo en la prisión le dijeron que asumiera la posición fetal, y dejó que los golpes cayeran sobre sus costillas, espalda y extremidades mientras protegía su cabeza lo mejor que podía. En poco tiempo, se le rompió una costilla, y cada vez que respiraba con dificultad sentía como si un cuchillo se clavara en su costado.
El ataque se detuvo tan repentinamente como había empezado. Los Guardas se apartaron de Rick, recuperando el aliento y dándose palmadas en la espalda mientras Rick jadeaba y se ponía de lado.
Se podían oír golpes nítidos en el suelo de los tacones del Capitán mientras se dirigía hacia Rick y se agachó para mirarle a la cara. Al principio parecía estudiarlo, observando los cortes y moretones desagradables que coloreaban su piel como un dibujo de un niño y el estado despeinado de su cabello.
En un tono casi compasivo, murmuró: –No ha hecho falta demasiado para provocarte, ¿no? No debería sorprenderme. Los X-Ricks sois tan simples –resopló burlonamente–. ¿Realmente pensabas que pondría mi boca en esa cosa asquerosa? Por favor –La cabeza de Rick se tambaleó cuando le dio una oleada de vértigo, y el Capitán lo agarró por el pelo para estabilizarlo–. Realmente no puedo entender por qué el Consejo estaría tan interesado en ti. Normalmente, no les importaría si decidiera eliminar a un Rick rebelde de las dimensiones inferiores. Pero por ti… –apoyó su dedo en la frente de Rick, con cuidado de evitar la sangre que amenazaba con manchar sus guantes de satén blanco– hicieron una petición especial de traerte con vida. Desafortunadamente para ti, no dijeron que tenías que estar entero. –Su tono se hizo más siniestro al escupir–: Si fuera por mí, me encargaría de que un X-Rick como tú fuera x-pulsado permanentemente.
–¿Estás…bromeando? –Rick suspiró, haciendo una mueca por el dolor de sus costillas–. Eso tenía que ser…gracioso? –El puño del Capitán hizo contacto con su cara, silenciando eficazmente a Rick y abriéndole el labio.
–¡Rick! –La delgada voz de Mouse atravesó el aire, la palabra llena de angustia.
Al unísono, cada Rick de la habitación se giró hacia el niño con un beligerante –¿Qué?
–No…vosotros…idiotas… –Rick gruñó, agregando débilmente–. Jesús…cuanto…ego.
El Capitán lanzó una mirada de odio a Mouse, que se retorcía en las garras de su captor, antes de soltar bruscamente a Rick y dejarle caer al suelo torpemente. Se puso en pie y enderezó su uniforme, y luego metió elegantemente las manos detrás de su espalda mientras se dirigía a sus hombres en un tono agudo. –Basta ya de esto. Lleváoslo.
Sin embargo, antes de que los Guardas pudieran acercarse, Mouse logró liberarse del control de sus garras y se lanzó a toda velocidad hacia Rick. Puso sus pequeños brazos alrededor del cuello de Rick y le enterró la cara en el pecho, con su túnica blanca asentándose como alas alrededor de ellos. Rick se estremeció cuando Mouse chocó con su ya magullado torso, pero el alivio de tenerle de nuevo cerca superó cualquier dolor. Envolvió una temblorosa mano alrededor del torso de Mouse y cerró los ojos para captar los sutiles matices del olor del chico y su cuerpo presionado contra el suyo.
Su ensueño se interrumpió cuando un Guarda petulante gritó: –Ya habéis oído al capitán. Se acabó la diversión. Despídete de tu putita. –Se mofó de la pareja, con el dedo en el gatillo de su rifle, como si deseara tener una excusa para usarlo.
–Llámale así otra vez –Rick respondió con una mirada fija–, y te meteré esa pistola…tan profundamente por el culo…que estarás escupiendo balas durante una semana. –Su voz estaba inquietantemente calmada, subrayando la veracidad de su amenaza, y el Guarda se puso blanco. Incluso roto y sangrando, Rick seguía teniendo un aura mística que contradecía su apariencia común.
–¿S-si? A ver hasta dónde llegas con una bala entre los ojos –gruñó el Guarda, apoyando su arma contra el hombro y apuntando directamente al pecho de Rick, donde Mouse todavía estaba aferrado a él.
Rick instintivamente enroscó su cuerpo para proteger a Mouse del inminente ataque, pero antes de que éste llegara, el Capitán se lanzó hacia delante para agarrar el rifle.
Se lo arrancó de las manos al Guarda y le dio la vuelta para partirle la cara. Mientras el Guarda yacía aturdido y herido en el suelo, el capitán gritó: –¿Qué demonios crees que estás haciendo, soldado?¡Jamás apuntes el arma hacia El Elegido! –Pisó con fuerza la mano del guarda y clavó cruelmente el talón en sus tendones, haciendo que el soldado aullara–. ¡¿Has olvidado tu entrenamiento?!
–¡S-señor, no, señor! –balbuceó el guarda entre dientes apretados, agarrándose inútilmente la mano que estaba clavada bajo el talón de su superior.
–¡Tus órdenes eran aprehender al acusado, no dispararle! Descerebrado… –el Capitán le reprochó a su guarda, dejando que la frase quedara en suspenso mientras arrastraba al soldado por el cuello y lo arrojaba a una fila de Guardas que lo esperaban–. ¡Sacad a este parásito de mi vista! ¡Quiero su placa en mi escritorio a primera hora de la mañana! –A continuación, se marchó furioso, lanzando órdenes a su comunicador.
–¡Lo siento, R-Rick! ¡Lo siento! –Mouse sollozaba en el pecho de Rick, sin darse cuenta de la violencia que les rodeaba–. Todo esto es culpa mía. No te estarían haciendo daño si…si yo no…si yo no hubiese… –resopló y se echó hacia atrás para buscar en la cara de Rick alguna señal de perdón.
«Increíble». El crío lidiaba con este tipo de abuso a diario, pero aquí estaba, destrozado por haber visto a Rick recibir unos cuantos golpes. Aun así, no fue sin cierto orgullo que Rick escuchó a Mouse decir su nombre, en vez de todo ese tema de "amo" que había sido tan incómodo entre ellos esa misma noche.
Rick abrió la boca para decirle algo a Mouse, pero las palabras lo abandonaron, la compasión de Mouse lo dejó en silencio. No sabía cómo un niño que había pasado por tantas cosas podía seguir preocupándose por un desgraciado como él. Finalmente, se conformó con darle palmaditas en la cabeza a Mouse para tranquilizarlo. Pero Mouse no podía ser consolado, sus pequeñas manos moviéndose sobre las heridas que cubrían la cara de Rick.
Con una sonrisa, Rick suavemente le quitó las manos a Mouse con un dulce –'Pasa nada, pequeño. De verdad. H-he pasado por cosas peores. Créeme. –Le dio un apretón alentador a su delgada muñeca y pasó el pulgar sobre su pulso de colibrí.
–Pero… –Mouse protestó, pero Rick le hizo callar con un roce de sus largos dedos contra su mejilla. La tierna caricia pareció aplacar a Mouse por ahora, y el chico suspiró con una leve sonrisa. El corazón de Rick se encogió al verlo, y un inexplicable escalofrío se extendió por la parte posterior de su cabeza. «Seguirá culpándose a sí mismo», pensó Rick. «Pobre chico…»
«Espera un momento».
Su mano tembló, no por ningún dolor físico sino por una repentina sensación de urgencia. Con una concentración deliberada, atrapó el pensamiento y lo volvió a meter en su mente antes de que se le escapase, repitiéndolo desde un ángulo diferente para revelar la verdadera voz que resonaba en su fondo. Salió suave y desolado: «seguiré culpándome a mí mismo».
–Detened al acusado –interrumpió el Capitán, y el eco de la voz se alejó de la mente de Rick mientras el temor se asentaba una vez más en los rasgos de Mouse. Había una finalidad en el tono del Capitán que parecía querer aplastar la muestra de afecto que Rick y Mouse acababan de compartir. Rick levantó la vista para ver sus ojos llenos de satisfacción arrogante.
Para sorpresa de Rick, el lloriqueo de Mouse se detuvo repentinamente. Se giró, su cara asentándose en una mirada asesina dirigida al Capitán y a su grupo de hombres acercándose. Hizo que los Guardas se detuviesen en seco, e incluso la sonrisa de satisfacción del Capitán vaciló, pareciéndose más a una mirada de inquietud. Sin embargo, antes de que sus hombres pudieran darse cuenta de la vacilación de su líder, el Capitán se la quitó rápidamente de la cara y les instó a moverse.
A la orden del Capitán, un grupo de Guardas cogió a Rick por ambos brazos, levantando bruscamente su figura de muñeca de trapo, mientras que un tercero arrastraba al furioso Mouse con poca precaución. Otro Guarda le puso unas esposas pesadas en las muñecas a Rick para mantenerlas fijas delante, y dos Guardas más se colocaron en la parte de atrás, con las puntas de sus rifles clavadas en la espalda de Rick como colmillos de serpiente. Satisfecho con el arreglo, el Capitán juntó sus botas, dio un giro de 180 grados y comenzó a guiar la procesión fuera de la habitación.
Rick tropezó y refunfuñó cuando el movimiento golpeó su costilla fracturada, pero hizo todo lo posible por mantenerse erguido y conservar una pizca de dignidad a pesar de su miserable estado. Los vestigios de la Epifanía psiónica le habían dejado con una sensación de poder, casi eufórico, como si supiera algún secreto que todos los demás Ricks a su alrededor ignoraban; y a pesar de las sombrías perspectivas que ahora se le presentaban, se sentía esperanzado, más que temeroso. Una sonrisa irónica se dibujó en sus castigados labios mientras iba detrás de sus guardianes.
Antes de que le empujasen físicamente fuera de la puerta, Rick miró por última vez por encima de su hombro a Mouse, que seguía desplomado en el suelo. «Volveré a por ti», prometió en silencio. «Nos sacaré a los dos de aquí».
...
El Capitán se apretó el puente de la nariz, luchando contra una migraña creciente que bullía detrás de sus ojos. Las brillantes luces del pasillo no ayudaban, y mantuvo la mirada en el pulido suelo mientras dirigía al grupo desde la suite del ganador hasta los ascensores centrales de la Ciudadela.
No podía recordar la última vez que una redada había salido tan mal. Se suponía que era una operación rutinaria: entrar, arrestar al Rick, poner a salvo a El Elegido, salir. Pero no, Rick de X-280 tenía que complicarlo todo haciendo que El Elegido se pusiera agitado y…emocional. Hizo una mueca, pensando en la forma en que Morty lo había mirado con tanto desprecio.
Sólo le había puesto los ojos encima al niño un puñado de veces antes, pero no recordaba que fuera tan ruidoso. Por lo que podía recordar, El Elegido era tan expresivo como una percha, la combinación de sedantes administrados regularmente y la tortura física lo condicionaban a mantener un estado dócil casi constante.
Pero la mirada en los ojos de El Elegido había sido nada menos que mortal justo antes de que detuvieran al X-Rick, la frigidez en su mirada despojando al Capitán de su porte hasta casi temblar en sus botas relucientes. Sus años en el ejército lo habían anestesiado ante la violencia y las salvajadas de las líneas del frente, pero ver esa misma ferocidad proveniente de un Morty era…era impensable.
Los Mortys eran poco más que herramientas por lo que a él respectaba. Demonios, su servidumbre a los Ricks era la única constante entre ellos a través de las dimensiones, así como el genio de los Ricks era la única constante entre los de su propia clase. Podían existir pequeñas diferencias, pero si había una verdad en el universo, era que los Mortys fueron diseñados para promover el objetivo de un Rick, y eso se extendía más allá de lo básico de actuar como un escudo humano. Su propia naturaleza los hacía súbditos de un Rick. Estaba codificado en su ADN el obedecer a sus superiores con poca resistencia. Por eso, el Capitán los consideraba al mismo nivel que su cartuchera o incluso el retrete. Eran cosas para ser utilizadas, no acomodadas; mantenidas, no cuidadas.
Por eso, cualquier muestra de cariño entre un Rick y un Morty le ponía la piel de gallina. Era insultante ver a un Rick rebajarse al nivel de un Morty, relacionándose y preocupándose por el chico con algo parecido al respeto. Los sentimientos sólo sirven para conseguir que te maten.
Al capitán nunca se le había asignado su propio Morty, per se. Más bien, le habían asignado una flota entera cuando obtuvo el puesto de Capitán de la Guarda. En la Ciudadela de Ricks, su trabajo era mantener el orden y llevar a cabo las directivas del Consejo, todo ello con el uso de los Mortys Guarda que le acompañaban a él y a sus hombres diariamente. Incluso sin la necesidad de la capacidad natural de un Morty para camuflar las olas de genio dentro de la Ciudadela, la tradición dictaba que Ricks Guarda y Mortys Guarda fueran compañeros durante el reconocimiento y las rondas diarias. Si bien el Capitán se oponía a este sistema a nivel personal, al considerar a la mayoría de los Mortys como obstáculos en lugar de tener algo que ofrecer, sabía muy bien que los Ricks y Mortys visitantes se sentían más cómodos simplemente al ver el patrón familiar. Y mientras que un Rick sin Morty podía atravesar áreas públicas sin llamar la atención de nadie, un Morty sin Rick era francamente ofensivo para los ojos, como ver a alguien sin rostro. Para mantener al público contento, los Mortys Guarda estaban obligados a escoltar a sus contrapartes por toda la Ciudadela, con una sola excepción.
No podían estar nunca cerca de El Elegido.
Por razones que nadie había descubierto aún, los Mortys enloquecían cuando estaban cerca de El Elegido. Se volvían distraídos, incapaces de comunicarse e insurgentes. El Capitán había estudiado la lista de síntomas de los informes médicos cuando El Elegido llegó por primera vez a la Ciudadela, y había mantenido la Regla de Separación diligentemente intacta durante su mandato. Hubo algunos errores al principio, pero después de haber tenido que eliminar a algunos de sus mejores Mortys Guarda, aprendió rápidamente a asegurarse de que los Mortys Guarda y El Elegido nunca compartieran el mismo espacio.
Desafortunadamente, no había mucho que se pudiese hacer con respecto a los efectos secundarios que transmitían los Ricks. Como el persistente olor a humo de cigarrillo o un portador de una enfermedad contagiosa, los Mortys seguían viéndose afectados, aunque en menor grado, por un Rick que había estado muy cerca de El Elegido. Incluso el uso de inhibidores que bloqueaban la reacción de un Rick a él no podía bloquear el efecto en un Morty.
El Capitán se enderezó, respirando hondo. Sabía que había sido un riesgo cuando casi hizo contacto directo con El Elegido en la suite del ganador, casi poniendo sus labios sobre él—repulsivo—pero sólo lo había hecho para irritar al X-Rick hasta el punto de atacar. Había funcionado, pero ahora se enfrentaría a las consecuencias.
–¡Señor!
El Capitán levantó los ojos y vio a su unidad de Mortys Guarda situada al final del pasillo contra una pared. Cada Morty estaba en la postura militar estándar, con las piernas separadas a la anchura de los hombros y los brazos detrás de él, con los ojos fijos al frente. Un Morty Guarda, con unas cuantas líneas más bajo su insignia de la Ciudadela, se puso al frente de la unidad y se inclinó rígidamente cuando el Capitán se acercó.
Señor, la unidad está lista y esperando sus órdenes, señor. –El Morty Guarda dio un saludo seco. Aunque no llevaba mucho tiempo en la unidad, el tono seco del Morty no conservaba ni un ápice del tartamudeo que solía tener, y el Capitán sonrió internamente al ver cómo su duro trabajo y disciplina habían dado sus frutos. Al principio, el Morty de la Dimensión I-006 no había sido demasiado llamativo, pero el Capitán lo había convertido en uno de los guardas más competentes que su unidad había visto jamás. I-006 había demostrado ser un soldado natural con el estímulo adecuado, capaz de llevar a cabo sus órdenes hasta la perfección y cumplir con sus obligaciones a conciencia. No pasó mucho tiempo antes de que el Capitán decidiera nombrarlo jefe de la Guarda de Mortys, y su instinto había sido acertado.
–Descanse, I-6. –El capitán hizo un gesto de descarte mientras seguía caminando, haciendo una señal a Morty para que le escoltara. La flota de Mortys Guarda y Ricks Guarda les siguieron con su prisionero a rastras–. Lleva a tus Mortys a sus búnkeres. Tendrán el resto de la noche libre, de hecho, que sea mañana también.
–¿Señor?
–Tuvimos una…fuerte exposición durante la operación. –Hizo una pausa para dejar que la insinuación se asimilara–. Los necesitaremos a ellos y a sus Ricks en cuarentena hasta que los efectos se hayan disipado. Puedes esperar algunas alteraciones de tus Mortys, pero si alguna se va de las manos, infórmame inmediatamente. Yo me encargaré de ello.
–Sí, señor –fue la respuesta mientras I-6 caminaba rápidamente con sus piernas cortas para mantenerse a la par. El Capitán miró a su compañero, observando su impecable postura y la fuerte línea de su mandíbula. Sus ojos se posaron en la garganta del I-6 asomando por encima del rígido cuello, y por un breve momento se preguntó qué se sentiría al colocar sus labios sobre esa vulnerable piel.
–Permiso para hablar, señor.
–Concedido.
–¿Está usted bien, señor?
El Capitán casi se tropezó. –¿Qué?
–Su uniforme, señor. Tiene…tiene sangre.
Mirando hacia abajo en su solapa, el Capitán encontró una mancha de sangre del tamaño de un alfiler. Gruñó, perturbado porque el X-Rick había manchado su prístino uniforme durante su paliza. –No es nada. El prisionero sólo nos dio un poco de problemas, eso es todo –dijo con una aspiración.
–Le dará más problemas.
El Capitán se rio un poco. –Estoy seguro. Tengo muchas ganas de llevarlo al Consejo y quitármelo de encima de una vez por todas. Tal vez ellos puedan enderezarlo antes de que yo tenga que hacerlo.
–Les dará más problemas a todos ustedes. Pues Él es el Rick que proclamará el fin.
Hizo una mueca confusa. –¿Perdona? No lo he entendido bien, soldado. –Cuando I-6 no respondió, dirigió la mirada hacia el líder de la unidad.
I-6 estaba mirando al frente, con la mandíbula floja y las pupilas abiertas. La luz brillaba en sus ojos húmedos y sus labios se movían mientras murmuraba para sí mismo. Si el Capitán no lo hubiese estado observando tan de cerca, se habría perdido completamente sus siguientes palabras. –Ahora que está con El Elegido.
El Capitán sintió como si le hubieran rociado con agua fría. Sus Mortys tenían órdenes estrictas de nunca pronunciar el nombre de El Elegido; I-6 sabía demasiado como para cometer este error. Se detuvo abruptamente en su camino, y I-6 hizo lo mismo unos pasos delante de él. El aspecto del Morty Guarda hacía que pareciera que no hubiera nada extraño, pero la mirada lejana de sus ojos decía mucho de su estado comprometido.
–Repite eso, I-6.
Hubo una pausa, luego el I-6 arrugó la nariz y miró directamente a su superior. –Señor, sólo estaba diciendo que mi unidad estará bien. No tiene motivos para preocuparse por nosotros.
«Y una mierda, no los tengo».
–I-6, lleve a sus hombres a la cuarentena inmediatamente. Al final no os necesitaremos como escolta para la Cámara del Consejo, después de todo.
–Pero, señor, un Morty sin su Rick es—
–Soy muy consciente del Código. Tomareis las rutas traseras hasta el ala de los guardas. Permaneceréis ocultos y en vuestros aposentos hasta que recibas más órdenes. ¿Entendido?
–Pero—
–He dicho, ¿entendido, I-006? –Era el tipo de voz que el Capitán reservaba sólo para sus subordinados más bajos, y no se perdió la fugaz mirada de traición que cruzó el rostro de I-6.
Finalmente, I-6 asintió secamente, volviendo a la máscara de estoicismo. –Sí, señor. Enseguida, señor –Con eso, I-6 se giró para volver a su unidad. Para entonces, los Mortys se habían desplegado para estar al lado de sus respectivos Ricks Guarda colocados alrededor y detrás del prisionero. Levantó un puño en el aire, y los Mortys Guarda inmediatamente se retiraron y colocaron al lado de I-6 en ordenadas filas. Una vez en orden, I-6 los alejó, y el Capitán dio un suspiro de alivio.
Si había algo con lo que podía contar, era la lealtad de un Morty.
El convoy continuó su camino hasta llegar a la columna de ascensores que conectaba los niveles inferiores de la Ciudadela con el atrio principal y otros pisos. El Capitán se acercó al que los llevaría directamente a la Cámara del Consejo y pasó su llave tarjeta por el lector situado en el lado de las puertas. Una vez los números digitales de encima de la puerta llegaron a -8, las puertas se abrieron con un silencioso zumbido.
–En nombre de todo lo que es bueno y Morty, ¿qué está pasando aquí? –Una voz chillona cortó la calma cuando un par de manos arácnidas se extendieron entre las puertas del ascensor para agarrar al capitán por el cuello. Un segundo después, el Capitán se encontró cara a cara con un Eun-Rick muy enfadado.
–¡Acabo de volver del Consejo! Suéltalo, soldadito, ¡¿dónde está?! ¿Dónde está ese inútil novato de la Élite? –Mamá Eun-Rick, como se la conocía, llevaba joyas llamativas, a diferencia de los Eun-Ricks con vestimenta espartana que la rodeaban a ambos lados. Sus grandes aros dorados colgaban libremente de sus orejas y sus brazaletes tintineaban en sus huesudas muñecas mientras agitaba al Capitán para darle más énfasis. Un perfume demasiado fuerte le atacó la nariz, y el Capitán frunció el ceño internamente ante la descuidada aplicación de maquillaje en la cara del travestido. Su sombra de ojos se acumulaba en los pliegues de sus párpados arrugados, mientras que el rímel se aglomeraba en las pestañas. Lo que le faltaba en pelotas, que hacía tiempo que se habían eliminado, lo compensaba generosamente en su comportamiento descarado y atrevido.
–Mamá Eun-Rick, por favor –logró decir el Capitán, manteniendo su tono tranquilo y respetuoso, como el que se usa cuando se habla con un enfermo mental. Puso ambas manos en las muñecas de la Eun-Rick para calmarla mientras aclaraba su garganta–. Estábamos retirando al Rick infractor de la suite del ganador. Si nos deja pasar, por favor. Estamos de camino al Consejo para—
–Bien. Ellos sabrán cómo encargarse de él, a diferencia de algunos Ricks –le interrumpió, mirando al Capitán con descarado desdén. Para gran disgusto del Capitán, Mamá Eun-Rick era superior a él dentro de la Ciudadela por leguas, debido a su posición como cuidadora personal de El Elegido, un hecho que irritaba profundamente al Capitán. Incluso antes de que Mamá Eun-Rick asumiera su posición actual, su estilo extravagante y su amor por el teatro chocaban directamente con la preferencia del capitán por el orden y la disciplina. Como resultado, cada interacción entre ellos era tensa, como mínimo.
–Pero déjame verlo primero. Quiero darle una buena charla –continuó Mamá Eun-Rick, que ya estaba escudriñando la procesión. Cuando sus ojos se posaron sobre Rick X-280, se acercó a él y le clavó un dedo en la cara–. ¡Tú! ¡Más te vale no haber herido a mi Querido-Elegido, a-a-animal!
Rick X-280 se puso bizco ante el dedo invasor antes de mirar hacia arriba a Mamá Eun-Rick con desprecio—esos tacones añadían por lo menos tres pulgadas. –Lo siento, pero creo que te has perdido el espectáculo de draAARGHg. –Las palabras salieron confusas de su labio partido, y le sopló el eructo en la cara.
–Oh, pero que insolente, pequeño… –Los ojos de Mamá Eun-Rick se estrecharon mientras miraba despectivamente al Rick. Suspirando, el Capitán cruzó sus brazos y se resignó a esperar. Cuando Mamá Eun-Rick se alteraba, no había nada que pudiera disuadirla de su berrinche.
Puso sus manos en ambas caderas y se dirigió a Rick con una mirada lenta y acusadora. Rick hizo lo mismo, aunque la magulladura que le cegaba los ojos le hacía parecer mucho menos intimidante. –Sé que a la Élite le gusta divertirse un poco, pero ese Morty es mi fuente de ingresos, y no voy a permitir que lo arruines. –Lanzó su siguiente pregunta al Capitán–. Bueno, ¿qué ha hecho éste? ¿Ha intentado cortarle el pito al chico otra vez?
–No, no. Nada tan…dramático –el Capitán resopló, esforzándose visiblemente por mantener su paciencia intacta–. Era simplemente una cuestión de que sus fondos estaban descontrolados. Sospechamos que puede ser—
Fue interrumpido de nuevo por una ráfaga de manos de Mamá Eun-Rick. Los anillos voluminosos brillaban como escarabajos de colores en los dedos del travesti, y sus uñas de acrílico habían crecido excesivamente por lo menos una semana. –¿Solo eso? –resopló–. Detalles. Mientras mi Querido-Elegido esté bien. –Chasqueó los dedos, llamando a los dos Eun-Ricks que la acompañaban para que dejaran pasar a la formación de Guardas y a su prisionero–. Adelante, entonces. Sacad a este gamberro de mi vista.
Los pelos del pescuezo del capitán se pusieron de punta. No soportaba que Mamá Eun-Rick actuara como si dirigiera el puto lugar. ¿Una niñera glorificada dando órdenes al Capitán de la Guarda? No se le podía ocurrir un peor chiste.
–Como desee –respondió él, haciéndole una ligera reverencia antes de entrar en el ascensor de espera.
En la parte posterior, uno de los Médicos que había atendido a El Elegido anteriormente se detuvo para susurrar algo rápidamente al oído de Mamá Eun-Rick. Sus ojos se abrieron de par en par mientras el Médico continuaba, y para cuando terminó de dar su informe, Mamá Eun-Rick sólo pudo asentir temblorosamente antes de despacharlo.
Una vez las puertas del ascensor se cerraron, cruzó un brazo sobre su torso y metió la mano opuesta debajo de su barbilla, pensando. Mordisqueando su pulgar manicurado, analizó lo que el Médico le había dicho, una nube de preocupación oscureciendo su expresión, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo y rápidamente escupió el sabor químico del acrílico.
–Vamos, pues, muchachos. Tenemos trabajo que hacer –anunció, girando rápidamente sobre sus talones y caminando ostentosamente hacia la suite del ganador.
...
Mouse hizo un gesto de dolor cuando el peine se enganchó en otro nudo.
–Tsk. ¿Qué acabo de decir?
–Lo siento, M-Mamá –balbuceó–. I-intentaré no moverme.
–Eso es ser un buen chico –elogió su cuidadora, pero las palabras resultaron vacías para los oídos de Mouse mientras Mamá Eun-Rick tiraba con fuerza de otro nudo con el siguiente movimiento del peine–. Después de toda la desagradable excitación que has tenido hoy, supongo que no debería sorprenderme que hayas olvidado tus modales. Pero esto no dolería tanto si dejaras de moverte.
Mouse asintió obedientemente. Sentado en el cojín de terciopelo del chaise longue, Mamá Eun-Rick fue sacando poco a poco los enredos de sus aún húmedos mechones. Apenas unos minutos después de que Rick y los Guardas se fueran, Mamá y sus dos secuaces entraron a arrastrar a Mouse a través del régimen habitual de lavado y acicalado que se llevaba a cabo inmediatamente antes y después de cada sesión.
Después de ser desvestido, se le había hecho ponerse en medio de la bañera de agua tibia. Allí, Mamá Eun-Rick lo frotó hasta que se puso rojo y le echó espuma en el pelo con productos con aroma dulce. Luego lo enjuagó y untó con aceites esenciales de cítricos y lavanda a lo largo de la parte interna de sus muñecas y detrás de sus orejas y rodillas antes de desenredar y volver a trenzar su cabello revoltoso.
Mientras tanto, los otros dos Eun-Ricks se ocuparon de ordenar la habitación y de quitar la ropa de cama para cambiar las sábanas de seda. Limpiaron la sangre del suelo con trapos mojados, completamente indiferentes a la sangre. Para cuando terminaron, la habitación parecía como si nunca hubiera sido tocada, incluso la fruta que Rick había cogido del cuenco estaba repuesta.
Mientras Mamá Eun-Rick hablaba, quejándose de las insistentes ofertas del Rick Cirujano para una operación de reasignación, Mouse dejó que su mente divagara. La forma en que su cortesano lo manejaba era brusca y tosca, tan distinta a la suavidad del toque de Rick, que Mouse se maravillaba de cómo dos pares de manos idénticas podían ser tan inmensamente diferentes. Mientras se dejaba arrastrar y tocar despreocupadamente por el trío de asistentes, se encontró anhelando una vez más la compañía de Rick.
Su reunión se había interrumpido injustamente, pero en el breve tiempo que había compartido con el misterioso ganador Rick de X-280, Mouse había sentido algo más que miedo y dolor por primera vez desde—bueno, al menos desde antes de venir aquí. Antes de la Última Noche. Pese a sus dudas iniciales, este Rick fue verdaderamente amable con él. Le había ofrecido fruta, que a Mouse normalmente se le prohibía comer, y cuando Rick se acercó para tocarle, no fue para tirarle del pelo, ni para arrancarle el brazo o darle una bofetada. Sus manos fueron tiernas cuando lo sostuvieron, y sus dedos—oh, sus dedos fueron increíbles en su cabeza y espalda donde le hicieron un masaje. Y luego—
Mouse se estremeció al pensar en cómo Rick lo había tocado tan íntimamente. No sabía que algo podía hacerte sentir tan bien, como si le estuvieran desmontando, la tensión constante desapareciendo. «Si eso es lo que significa cascártela», pensó, sintiendo las ascuas de algo cálido en su estómago, «lo quiero otra vez».
Con un fuerte golpe, Mamá Eun-Rick golpeó a Mouse en la cabeza con un cepillo pesado, sacándolo de su ensueño. –¿Qué te he dicho sobre moverse?
–L-lo siento –murmuró, frotándose la cabeza. Su cuidadora emitió un sonido de irritación, y Mouse podía prácticamente sentir su mirada acusadora dirigida a su regazo y a la excitación escondida bajo su túnica. Cruzó rápidamente las piernas con la esperanza de calmar la fuente de su desaprobación.
–Nada de eso ahora –dijo ella, rascándose distraídamente la nariz.
Las mejillas de Mouse ardían de vergüenza. Desde que comenzó su vida en la Ciudadela, se le había enseñado que su cuerpo no era suyo. Era meramente una herramienta para servir a sus clientes y nunca debería ser considerado una fuente de orgullo o placer para él mismo. Todo lo que tuviera que ver con lo físico se dejaba enteramente en manos de Eun-Ricks y sus clientes. Comía sólo para alimentarse, se vestía y se arreglaba como Mamá Eun-Rick lo consideraba conveniente, y su celda personal albergaba sólo las necesidades más básicas—nada como la lujosa suite del ganador, que era solo eso, para los ganadores de la subasta.
Cuando estaba en compañía del cliente de la semana, se le ordenaba que se dirigiera a él sólo como "amo" y que nunca hablara a menos que se le hablara. Debía hacer todo lo que se le pidiera, y se le prohibía resistirse a menos que se lo pidiera expresamente el Rick ganador. Algunos Ricks preferían que tratara de escapar de ellos o que les rogara verbalmente que se detuvieran. Sin embargo, incluso entonces, era sólo para aparentar, simplemente otra forma de usar su cuerpo para satisfacer los deseos de un Rick. Tal y como su entrenamiento le había enseñado, nunca podía decir realmente lo que quería.
Pero por encima de todo, se le instruyó una y otra vez que nunca se debía tocar a sí mismo. Mamá Eun-Rick le contaba historias sobre los horrores que le ocurrirían si alguna vez se ponía las manos encima, diciendo que sólo los Mortys traviesos hacían algo tan sucio, y que esos Mortys traviesos eran expulsados por la esclusa de aire como castigo. Fue suficiente para mantenerlo despierto por la noche. Al principio, por supuesto, no entendía realmente lo que significaba; era demasiado joven cuando lo trajeron por primera vez para saber lo que implicaba el auto-placer. Sin embargo, ahora, después de lo que Rick le había hecho, adivinó que "cascársela" caía dentro de esa categoría.
Y había tenido su precio.
Una ola de sentimiento de culpabilidad lo invadió mientras pensaba en los eventos de esa noche. Tal vez Mamá Eun-Rick había tenido razón todo este tiempo. Aunque no había habido amenaza de esclusa de aire después del placer que había experimentado en las manos de Rick, habían pasado cosas malas. No a él, sino a Rick. Su estómago se revolvía mientras revivía los recuerdos de la paliza de Rick. No había sido nada más que bueno con Mouse, y aun así… Seguramente, ese había sido el castigo de Mouse por dejarse desviar de su disciplina.
Por mucho que odiara el dolor constante -la tortura, el abandono, la soledad- al menos había aprendido a lidiar con él a su manera. Podía reprimir sus emociones, separarse del dolor lo mejor que podía; de lo contrario, habría perdido la cabeza hace mucho tiempo. Negarse a sí mismo los sentimientos había sido su salvación, pero desde su experiencia con Rick, era como si se hubiera abierto una fuga en su presa cuidadosamente construida. Sentía cosas que nunca antes se había permitido sentir, un placer tan intenso como la angustia que le acompañaba y que hacía que su pecho se contrajera.
Aunque no podía explicarlo del todo, algo en Rick resonaba con él a un nivel al que no se había accedido en años. Rick había sido amable con él. Se había preocupado por él de una manera que no había sentido desde antes, cuando estaba con su familia en la Tierra. Aunque le asustaba sentirse tan vulnerable, una nueva emoción resplandecía bajo la vorágine, cálida y emocionante. Era esperanza. Esperanza de que las cosas pudieran ser diferentes, de que no estuviera atrapado en un ciclo interminable de subastas y clientes y dolor.
Y algo le decía que Rick sería el que lo alejaría de todo esto.
–Ala, ya hemos acabado –anunció Mamá Eun-Rick, enderezando la cinta blanca en la parte inferior de su trenza. Con un quejido, se puso de pie y recogió el set de cuidado de pelo para guardarlo en uno de los muchos cajones del baño. Los dos Eun-Ricks esperaban junto a la puerta, listos para acompañarla a la salida.
Mouse se puso de pie de un salto para seguirla, pero Mamá Eun-Rick lo detuvo con la palma de la mano en su frente. Se rio. –¿Y a dónde crees que vas tu?
–Um…¿m-mi habitación?
Mamá Eun-Rick dijo con desaprobación. –Oh, no, Querido-Elegido. Esta noche no. –Le dio la vuelta y lo acorraló hacia la cama. Apoyándolo en el colchón, colocó una mano en una cadera sobresaliente y apuntó un dedo hacia él–. No creas que te vas a acostar temprano sólo por ese problemático X-Rick. Todavía tienes que ver a un cliente.
Mouse palideció, y un sudor frío se derramó sobre él. –¿Un…un cliente? –Su voz se quebró–. P-pero, Mamá Eun-Rick, yo ya—
–Tut-tut-tut! No hay peros que valgan, jovencito –reclamó Mamá Eun-Rick, colocando la trenza sobre su hombro y metiendo los bordes de su túnica debajo de sus muslos como si fuera una muñeca en exhibición–. Órdenes del Consejo. No podemos permitir que pierdas una semana perfectamente buena después de apenas media hora con ese inútil de Rick. Después de todo, el Consejo tiene que mantener a sus favoritos contentos. –Sonrió, poniendo brillo en sus débiles labios como si estuviera preparando a Mouse para una cita en vez de una noche de indescriptible tortura. El olor a fresa artificial le picaba en los ojos.
Mouse se agarró desesperadamente a las túnicas de Mamá Eun-Rick. –P-por favor! Es…ya es muy tarde. –Buscó en su mente alguna excusa, cualquier cosa para evitar lo inevitable–. ¡Y estoy…estoy tan cansado!
La alegría desapareció de la cara de Mamá Eun-Rick. Agarró el borde de su bata y se la arrancó de las manos de Mouse. Con una sonrisa maliciosa, se inclinó y apretó las mejillas de Mouse, sus uñas largas clavándose en ellas y formando pequeñas medias lunas en su suave carne.
–Si no tuvieras un cliente en camino, te sacaría la insolencia de esa hermosa carita a bofetadas. –Apartó la cara de Mouse mientras escupía venenosamente–, ¿En serio, qué demonios te pasa?
En ese momento llamaron a la puerta y Mamá Eun-Rick se enderezó, y la sonrisa volvió a suavizar sus rasgos. –Ah, debe ser él –Mouse masajeó la piel pellizcada de su mejilla mientras miraba a Mamá Eun-Rick llegar a la puerta con un clamor de tacones que golpeaban y joyas que tintineaban.
Apartando a sus acompañantes con un impaciente movimiento de su muñeca, respiró hondo antes de colocar su mano en el tirador de la puerta. Luego abrió la puerta de par en par, inclinándose profundamente y hablando con su voz más gratificante: –Bienvenido, señor. Nos honra que nos bendiga de nuevo con su presencia.
Mouse levantó los ojos lentamente para ver al cliente pavonearse en el interior, pomposo como un rey que regresa a su castillo. El Rick miró despectivamente al trio de Eun-Ricks, asintiendo con la cabeza antes de fijar su mirada en Mouse.
Una sonrisa lujuriosa se extendió por sus labios y le hizo hoyos en las mejillas.
–Si necesita algo, señor, solo tiene que—
–Sí, sí. Soy consciente. Puede dejarnos –ψ-531 soltó.
Sin decir nada más, los Eun-Ricks se inclinaron en aquiescencia antes de salir de la habitación de la manera tradicional. Justo antes de que la puerta se cerrara detrás de ellos, Mamá Eun-Rick lanzó una última mirada a Mouse, con un mensaje claro: No la líes.
–Vale, pues –ψ-531 suspiró, tomándose su tiempo para cruzar la habitación y sonriendo por la forma en que Mouse se estremecía a cada paso–, he tenido una noche muy larga, así que empecemos.
Inclinándose por encima de Mouse, ψ-531 se quitó el cinturón de diamantes de sus pantalones. Su superficie multifacética captó la luz de la lámpara de la cámara de tortura y lanzó una galaxia de estrellas a través de la cara temblorosa de Mouse. Doblando el cinturón una vez, lo golpeó contra la carnosa palma de su mano y se lamió los labios.
–Ahora desnúdate.
