Con Su tormento vendría Su ascenso.
- Mordecai 12:24

–Muy bien, che. Vamos a probar, ¿si? –canturreó Rick Inversor, apretando los números de su calculadora de mano hasta que el plástico crujía. Presionó la calculadora contra su cara, sus anillos de oro brillando mientras entrecerraba los ojos ante la pequeña pantalla–. No me digás que esta porquería está —¡burp!—anda mal otra vez. –Sacudió el dispositivo antes de comprobar el número de nuevo–. El total del mes es—¡caramba! –exclamó, con los ojos bien abiertos–. ¡1,6 millones de créditos! ¡Estás haciendo mucha guita!

–Bueno, por supuesto –dijo Rick Subastador, devolviéndole la sonrisa a su contable. Se pulió las uñas en su solapa de satén y examinó sus cutículas inmaculadas en busca de los padrastros que sabía que no existían–. Gajes del oficio. Ahora, asegúrate de repartir la comisión como siempre: 25% a las acciones de los Laboratorios Plumbus, 15% a mi Comunidad de Propietarios. Mantén una reserva de otro 15% para los impuestos del Consejo, y no olvides tu tajada del 5%. –Las instrucciones coincidían con su rápido ritmo mientras los dos caminaban por el pasillo en dirección a la Sala del Consejo.

Afortunadamente, Rick Inversor era tan capaz con las finanzas de Rick Subastador como lo era con el mercado de acciones y manejaba las grandes sumas de dinero con facilidad, lanzando el ocasional "¡buenísimo!" o "¡que copado!" mientras contaba los ingresos. Rick Subastador se enorgullecía de su entusiasmo; sólo enfatizaba aún más el hecho de que trataban con números en millones, en lugar de meros miles.

Y sabía exactamente a quién tenía que agradecer por ello.

«Bravo, Rick de X-280. Bravo». Una sonrisa sin gracia se dibujó en los labios de Rick Subastador.

Dejó de prestar atención a los elogios exuberantes, aunque desconcertantes, de Rick Inversor y permitió que sus pensamientos se centraran una vez más en el tema que había estado ocupando su atención durante la mayor parte de la semana. Le hubiera gustado disfrutar de la gloria de tal beneficio, pero sabía que había tenido un precio muy alto. El viejo dicho sobre el regalo envenenado nunca había sido más cierto.

Desde el momento en que ese engreído bastardo entró, la cartera de Rick Subastador se había engordado generosamente mientras sus preciosas Subastas de Morty estaban en ruinas. Apenas los había mantenido a raya antes de perder el control total y tener que depender de la intervención de los Guardas para poder escabullirse sano y salvo. Incluso las subastas públicas no eran inmunes al efecto derrame, con más de la mitad de sus asistentes habituales boicoteando al Façade en cuanto se enteraron del nuevo del barrio.

El misterioso niño rico.

El gran derrochador.

El X-Rick.

No pudo reprimir un escalofrío ante la designación dimensional. Nada bueno salía nunca de los X-Ricks. Por supuesto, no eran literalmente "asesinos de Mortys", como decían las leyendas urbanas, pero hasta donde Rick Subastador podía ver, sin duda estaban a la altura de su reputación de ser mala suerte. El estado lamentable de sus Subastas era prueba suficiente del efecto de los X-Rick. No era tan sólo el abandono de los Ricks comunes que amenazaba con dañar sus futuros ingresos, sino también la abrumadora cantidad de Élites descontentos que estaba acabando con su reputación como maestro de ceremonias.

Rick Subastador cerró los ojos ante el resplandor de las luces de arriba, tragándose el nudo de temor de su garganta.

54. Más de 54 quejas mordaces fueron presentadas por la Élite directamente a Rick Subastador sobre la admisión del X-Rick a la Subasta de Morty privada. Y eso fue sólo de la primera noche. Ni siquiera había revisado su bandeja de entrada después del desastre de anoche, pero ya sabía que no iba a ser bonito.

A nadie le gustaba tener un X-Rick cerca de su Mortys, y para la Élite, permitir a un rufián tan deplorable en las subastas era tan de buen gusto como encontrar un condón en la mantequera. Al fin y al cabo, a pesar de todas sus imperfecciones, Ricks todavía tenían algo llamado clase.

Los Ricks comunes podían tener supersticiones y prejuicios que alimentaban su indignación, pero la Élite tenía algo mucho peor: su orgullo. Y no había nada más frágil o más amenazador que el orgullo de un Rick. Algunos de los Ricks más preciados del Consejo incluso habían amenazado con renunciar a su estatus de Élite – a la mierda el contrato - porque no podían soportar la idea de que un X-Rick pujara a su lado y, peor aún, ganara. Ψ-531 había estado a medio camino del astillero después de la primera noche, cuando el Consejo finalmente intervino e hizo las paces. Por lo que escuchó Rick Subastador, el desgraciado gordo incluso exigió una disculpa personal de nada menos que del propio Riq IV.

Rick Subastador escondió una sonrisa entre sus dedos. «Lo que hubiera dado por ver a ese megalómano arrastrándose a los pies de ψ como una puta a su chulo».

–¿Que dijiste, che?

–Eh, n-nada. Sólo decía que muevas el culo. –Aceleró el paso, alejando la escandalosa fantasía que se había infiltrado en sus pensamientos–. Ahora, deja de perder el tiempo, Hermano. Ya sabes que Riq odia que le hagan esperar. Si llego tarde, me—

–¡Oh! ¡Oh! Dejame intentaAARGHrlo –exclamó Rick Inversor, sonriendo tan ampliamente que la luz se reflejó en su diente de oro–. Creo que sus palabras fueron: «Te follaré el cráneo como un coño de bolsillo»

Rick Subastador casi perdió el equilibrio al mirar perplejo a Rick Inversor tras su comentario alegremente morboso. El argentino era conocido por su firme espíritu alegre, pero a veces podía ser escalofriantemente perceptivo. Más de una vez, Rick Subastador se preguntó cuán en sintonía estaba el optimista agente de bolsa con sus tenues circunstancias.

Como un Rick que trabajaba estrechamente con el temperamental e impredecible Consejo, Rick Subastador hacía lo posible por mantener la cabeza baja y seguir al Consejo sin llamar demasiado la atención. «Quédate abajo, quédate callado, quédate vivo». Era su lema personal, y sus años de obediencia le habían recompensado generosamente.

Su lealtad al Consejo le era fácil. No era tan diferente, de hecho, a como abordaba el escenario. Mientras destacaba por su habilidad para captar la atención de la audiencia, también era siempre consciente de lo que sus espectadores esperaban de él a cambio. Podía redirigir su actuación tan fácilmente como un camaleón cambia de color, el deseo de complacer gobernando cada uno de sus movimientos en una constante danza de dar y recibir. Todo lo que querían de él, lo daba con todo su cuerpo y corazón, y, a cambio, alagaban su ego hasta reventar.

Quizá por eso no fue una decisión muy difícil dejar el teatro y asumir el papel de presentador de las Subastas de Morty. Además, el atractivo del prestigio era demasiado fuerte para dejarlo pasar.

¿Y por qué no iba a querer dar todo de sí mismo al Consejo? Habían hecho ya tanto por él y los suyos hasta ahora. Con la unión de Ricks bajo la Ciudadela y la constitución del Consejo, Ricks cambiaban sus pistolas de portal por un registro exclusivo, sus insignificantes escaramuzas por la victoria de la guerra, y su independencia egoísta por la promesa de seguridad.

Había sido testigo de la Edad de Oro de Rick y de la Gran Cruzada de Rick contra la Federación Galáctica bajo el capaz gobierno del Consejo. Libres de la persecución de la Federación Galáctica como a brujas de Salem, los Ricks prosperaron, y la carrera de Rick Subastador floreció junto a ellos. Por supuesto, todavía existían los ocasionales Códigos Amarillos, pero eran escasos y poco frecuentes, no más de un puñado al mes. Era mucho más tolerable que cuando la FG era una amenaza diaria.

Y eso era una mejora. ¿Verdad?

Grupos de disidentes todavía se reunían por toda la población, sin embargo, hablando de cómo iba en contra de la "naturaleza" de un Rick el obedecer a la autoridad. ¿Pero quiénes eran ellos para decir lo que era natural? Cuando se trata de Ricks de realidades infinitas, ¿qué hacía que un Rick fuera más Rick que otro? La noción de que él, que era lo suficientemente inteligente como para inclinar la cabeza si eso significaba mantenerla, era menos que un Rick verdadero era insultante.

Por suerte, Rick Subastador no tuvo que escuchar sus herejías por mucho tiempo, ya que fueron silenciadas rápidamente y sin piedad por el Consejo. Con cada protesta que se aplacaba, el fuego dentro de los Ricks se silenciaba hasta convertirse en una vela parpadeante, mansa y dócil.

«Pero incluso las velas pueden quemar casas».

Rick Subastador ladeó la cabeza, perturbado por la inesperada audacia de su propio diálogo interno. No era propio de él pensar en la traición, pero esta era la segunda vez en los mismos minutos. Lo que fuera que estaba causando este extraño ataque de agitación en su interior estaba indudablemente relacionado con ese fastidioso X-Rick.

Sin duda, gran parte de él deseaba un final prematuro para el X-Rick, pero la parte secreta de Rick Subastador que se deleitaba al ver a sus jefes sufrir temblaba de excitación. Tenía que alabar al X-Rick por ser el valiente hijo de puta que era. Rick Subastador era muchas cosas - un entretenedor extraordinario, estrella de la pantalla y el escenario, maestro de putas ceremonias - pero no era un alborotador. Tenía unas cuantas razones - «tantas como 1,6 millones de razones» - para no hacer algo tan idiota como provocar la ira del Consejo.

«El pobre forastero no se da cuenta de que ha abarcado más de lo que puede apretar», pensó con una dosis considerable de regodeo malicioso. «Pero por lo menos será un buen entretenimiento mientras tanto».

Aparentemente, no era el único que tenía curiosidad por ver lo que haría el X-Rick. Rick Subastador no podía recordar la última vez que el Consejo se movió tan rápido para detener una aberración. Incluso Riq, que normalmente se abstenía de tales molestias rutinarias, parecía inusualmente interesado en el X-Rick. Incluso había llegado a alojarlo en una de sus suites privadas, ¡con invitaciones diarias a las subastas! Se preguntaba qué era lo que tenía ese miserable paria que podía merecer la atención de Riq.

Afortunadamente, no tendría que esperar mucho tiempo para averiguarlo.

Los dos giraron la última esquina del pasillo donde estaba la entrada principal de la Cámara del Consejo, con un par de estoicos Guardas colocados a cada lado de las enormes puertas grises, rifles de plasma metidos rígidamente contra sus hombros. Justo entonces, las puertas de la cámara se abrieron con un runrún, y una figura familiar salió: tacones altos rojos, túnica blanca lanzada elegantemente sobre un hombro, y pendientes de oro que atrapaban la luz de los candelabros para brillar como estrellas.

Al maestro de ceremonias le dio un vuelco el corazón como un cachorro sobreexcitado, e inmediatamente golpeó con su puño el pecho de Rick Inversor a su lado, cuya nariz aún estaba enterrada en sus registros financieros.

–¡Che! ¿P-pero qué problema hay? –Rick Inversor se quejó, frotándose delicadamente el pecho.

–¡Calla! Es ella –susurró Rick Subastador, sin apartar en ningún momento los ojos de las piernas de gacela y las caderas delgadas de Mamá Eun-Rick. Su habitual mirada penetrante se dirigía a un gran libro en sus manos, dándole a Rick Subastador la oportunidad de empujar a Rick Inversor contra la pared y sisear–, ¡Te necesito fuera de aquí ahora! –Ya se estaba arreglando el pelo con manos temblorosas, mirándola a escondidas mientras regañaba a su agente de bolsa–. ¡Esta podría ser mi gran oportunidad y no puedo dejar que me cortes las alas!

Rick Inversor miró a Mamá Eun-Rick y luego a su cliente. Una sonrisa de compasión suavizó sus ojos mientras hablaba. –Bueno, jefe. No hace falta— No me tenés que decir que me borre dos veces. No es mi intención cagarte el paseíto de—uurp—perrito faldero. Sólo espero que no se ponga cocorita con vos –bromeó antes de escabullirse y desaparecer de donde habían venido.

Respirando con la boca en la palma de su mano y luego oliendo, Rick Subastador asintió, satisfecho. Se enderezó, cuadriculó los hombros y se paseó por el pasillo, gritando en su tono más encantador: –Salut, poupéééée.

Los oídos de Mamá Eun-Rick cosquillearon con el sonido de su voz melosa, y levantó la cabeza para pillarle yendo hacia ella. Lo que fuera que había estado leyendo, lo abandonó inmediatamente, cerrando la tapa y apretando el tomo contra su pecho. Sin decir una palabra, se dio la vuelta y comenzó a caminar apresuradamente lejos de él.

–Eh, eh. ¿A dónde vas? –Rick Subastador corrió para alcanzarla. Una dulce fragancia de coco se encontró con su nariz cuando se acercó.

–Sea lo que sea lo que quieres, la respuesta es no –le dijo rígidamente sin mirarlo.

–Eso es lo que siempre dices. Al menos escúchame esta vez, ma petite Rickochet –ronroneó en su oído.

–Ya basta, Richard. Sabes que ya no me llaman así. –Sus palabras fueron mordaces, pero no pudo ocultar el rubor que brillaba en sus mejillas. Su antiguo nombre artístico debió haber tocado una fibra sensible después de todo, porque finalmente detuvo su retiro, para el deleite de Rick Subastador y él la encajonó rápidamente, con un encanto zalamero y una devoción temeraria. Levantó un rincón de su abrigo para protegerlos de las miradas entrometidas los Ricks Guarda.

–Ah, pero nunca olvidaré lo radiante que estabas en el escenario, ma chérie. Une star, une diva, une—

–Era una stripper, Richard. Y sólo porque fueras mi mejor cliente no lo convierte en algo más que eso. No bromeemos –resopló, quitándoselo de encima con un movimiento de su hombro.

–Al contrario, estoy hablando muy seriamente –dijo él, intentando sonar más desanimado de lo que estaba. Pero era imposible sentir ni siquiera una pizca de ofensa cuando estaba cerca del amor de su vida.

–Quien lo diría. –Mamá Eun-Rick puso los ojos en blanco–. Vale. ¿Qué es lo que quieres?

–Pensé que nunca me lo preguntarías. –Con una sonrisa, Rick Subastador dio un paso atrás para hacer una reverencia dramática. Una rápida mirada confirmó que había llamado la atención de Mamá Eun-Rick. Nunca había podido resistirse a tal demostración de servidumbre, y Rick Subastador estaba más que feliz de dársela a montones.

Aunque Rick Subastador podía captar la atención del público más difícil, Mamá Eun-Rick era la única que parecía impenetrable a su encanto. Sus rechazos, sin embargo, sólo sirvieron para que se enamorara de ella aún más desesperadamente. Lo que había empezado como un simple flechazo cuando era un cliente frecuente de MilAno's había florecido en un enamoramiento que rivalizaba incluso con su lealtad al Consejo.

Mientras sus otros clientes sólo admiraban a Rickochet por sus bailes eróticos, Rick Subastador estaba cautivado por la elegancia de sus extremidades y la agudeza de su lengua. Sabía desde la primera vez que la vio que ella era la ideal para él y cortejarla se convirtió en su misión personal, agotando casi todos los medios a su disposición. A lo largo de los años, había perdido la cuenta del número de veces que había sido rechazado, pero aún así no podía ser disuadido.

Levantó una mano delante de ella, dos billetes plateados entre sus dedos.

Mamá Eun-Rick entornó la mirada, gesticulando con la boca el nombre en los billetes, antes de que sus ojos se abrieran de par en par. Se los arrebató de su mano, sosteniéndolos hacia la luz. Dándoles un tirón de prueba, exclamó: –¡Son de verdad! ¿Cómo coño te las has apañado para conseguir asientos en primera fila para Les Morterables? ¡Se agotaron hace semanas!

–Digamos que la suerte me ha sonreído–respondió Rick Subastador, ya hojeando las páginas del libro forrado de cuero que le había quitado a Mamá Eun-Rick mientras estaba distraída. Levantándolo de lado para escanear el diminuto y borroso garabato, continuó–, Pensé que, tal vez, si aligerabas tu carga de lectura, podríamos ir a verlo juntos.

–¿Carga de lectura? ¿Qué...? –De repente se dio cuenta de que le faltaba su libro entre los brazos, Mamá Eun-Rick retrocedió – se quedó atónita, luchando frenéticamente por el libro–. ¡N-no toques eso! ¡Es—es muy delicado!

El tartamudeo poco característico de Mamá Eun-Rick destrozó la concentración de Rick Subastador lo suficiente para que casi le robara el libro. En el último momento, sin embargo, lo deslizó con gracia tras su espalda.

–Ah, ah, ah. –Meneó un dedo en su cara–. No hasta que tenga una respuesta.

Su expresión pasó de pánico a letal en una fracción de segundo. Gruñó, agarrando al subastador por las solapas y tirando de él hasta que su nariz fue aplastada contra la de ella. Se alzó por encima de él con sus talones y Rick Subastador sintió una excitación correr por su columna vertebral al ver el fuego en sus ojos.

–Esto no es un juego, Richard –dijo ella–. Ese libro es muy importante.

–¿Más importante incluso que yo?

–¿Cagan los Fid-Fids en el bosque? –se burló, empujándolo.

Mamá Eun-Rick extendió su mano de nuevo para agarrar el libro, pero Rick Subastador le agarró la muñeca, usando su impulso para cerrar la distancia entre ellos fácilmente. Podía sentir el calor de su rubor mientras presionaba su mejilla contra la de ella y susurraba.

–¿Tienes idea de lo que me puso tenerte en el escenario conmigo anoche?

Mamá Eun-Rick permaneció inmóvil, por una vez sin una respuesta mordaz, y Rick Subastador prosiguió, envalentonado. Como si soplara una bebida caliente para enfriarla, continuó, su voz era rápida y baja y servil en su oído. –Tu étais à couper le souffle, stupéfiante, une déesse parmi les mortels. Me haces sentir cosas que nadie más puede hacer. –La mezcla de francés y español siempre hizo que Mamá Eun-Rick se debilitara en las rodillas, y ahora flojeaban mientras Rick Subastador hablaba–. Sois à moi, Rickochet. Juntos podríamos ser incroyables.

–Riri.

Su susurro airoso prendió fuego a sus nervios. El simple apodo cariñoso evocaba recuerdos en Rick Subastador de años pasados, de noches acurrucadas en el club de striptease nocturno, de aliento teñido de alcohol y manos temblorosas buscando apoyo en sus brazos.

No era la primera vez que le revelaba sus deseos más profundos, pero esta vez creyó que podía sentir que finalmente se rendía. Tal vez fue la forma en que se inclinó hacia adelante en un grado imperceptible para apoyar su peso contra él, o tal vez cómo su cabeza se inclinó, exponiendo la columna de su garganta. Su corazón latía con fuerza anticipando el momento en que ella lo dejaría entrar por fin - ella, una supernova; él, un planeta cercano, ansioso de ser consumido por su último estallido de energía.

Cuando finalmente habló, fue en un susurro tembloroso. –No—no es tan simple.

–¿Rickochet? –Frunció el ceño. El ver a su amada tan obviamente angustiada hizo que su corazón se detuviera, y relajó el agarre de su muñeca, permitiéndole volver a acercársela a sí misma.

Ella tomó un respiro tembloroso, como si estuviera dispuesta a decirle más. Pero el momento pasó, y sus paredes se levantaron de nuevo en el lapso de un latido. Los ojos de Mamá Eun-Rick recuperaron su habitual expresión, y Rick Subastador hizo una mueca cuando le arrebató el libro de atrás.

–Envidio tu ignorancia, Richard. –Le puso los billetes en las manos, arrugando sus bordes plateados sin cuidado–. Mientras juegas a ser director de circo, no puedes ver que toda la maldita tienda se está cayendo a tu alrededor. No sé qué estropeará el espectáculo primero - el X-Rick o el chico.

Algo indiscernible cruzó sus facciones, pero fue reemplazado por su ira anterior igual de rápido. –Y si crees que ese asqueroso X-Rick es tu "Dama fortuna", entonces estás a punto de tener un brusco despertar. –Se puso rígida, viendo algo detrás de Rick Subastador y luego le echó una última y sucia mirada–. Aquí viene tu llamada de atención –dijo ella y luego se abrió paso bruscamente con sus hombros y se dirigió hacia el pasillo, con sus talones haciendo fuertes chasquidos.

Mientras Rick Subastador observaba como se alejaba su figura, la aprensión le goteaba en el estómago como plomo caliente. Aunque ambos servían al Consejo, Mamá Eun-Rick estaba incuestionablemente al tanto de más información de la que él jamás podría esperar y sabía que le convenía usar su perspicacia como brújula para los acontecimientos de la Ciudadela.

Lo que había averiguado recientemente la había asustado y Mamá Eun-Rick no era una mujer fácil de asustar.

Un brazo musculoso lo golpeó bruscamente por detrás, sacudiéndolo de sus pensamientos, y se giró para mirar a un Rick Guarda con cara sombría. –Está esperando –fue la orden brusca. El Guarda se hizo a un lado y, detrás de él, Rick Subastador vio a Riq golpeando su pie con impaciencia frente a la cámara. Su traje de consejero estaba recién planchado, el cuello de oro lo suficientemente afilado para cortar.

Bajando la cabeza en signo de disculpa, Rick Subastador se examinó rápidamente antes de avanzar hacia él.

–Milord –dijo, inclinándose profundamente con los brazos abiertos–. Perdonad mi tardanza. Sólo estaba—

–No quiero oírlo –le dijo Riq, dándole una mirada superficial antes de rizar el labio como si oliera algo rancio. El concejal jefe tenía un problema con la fraternización del personal de la Ciudadela, y Rick Subastador mantuvo una expresión tan neutral cómo fue posible, incluso mientras intentaba calcular cuánto había visto Riq.

Sin embargo, antes de que pudiera inventarse una tapadera, Riq ya estaba pasando por las puertas abiertas. Rick Subastador se apresuró a seguir su ejemplo y se puso en fila detrás de él al entrar en la Cámara del Consejo. El sonido de sus tacones resonaba en los altos techos y a pesar de ser la enésima visita de Rick Subastador a la cámara, no pudo evitar mirar a su alrededor con asombro.

La luz se reflejaba cálidamente en las superficies doradas y en los suelos de mármol brillantes como espejos, despertando su apetito por el lujo. Siempre le había gustado lo opulento y, como un cuervo, no podía resistirse a un brillante reloj de diamantes o al esplendor de un traje de seda. Su modesto piso de una habitación estaba muy lejos de lo que había imaginado para sí mismo en esta etapa de su vida y en el fondo esperaba que su servidumbre le hiciera algún día rico a la par que sus empleadores. Por ahora, tendría que conformarse con vivir indirectamente a través de la riqueza del Consejo mientras los orbitaba como un satélite solitario.

El suelo de la cámara estaba vacío, excepto por un Morty Asistente de aspecto nervioso que estaba de pie junto al mirador bajado. Recostado sobre la superficie pulida de la plataforma como un gato satisfecho había un Rick con botas de vaquero y sombrero rojos. C-165 tenía un brazo extendido sobre el borde del mirador, sus dedos le hacían cosquillas en la barbilla al Asistente mientras le susurraba algo al oído que hacía que el chico se sonrojara y se retorciera en su sitio.

A Rick Subastador se le pusieron los pelos de punta al ver a C-165 y se le escapó un resoplido amargo antes de poder evitarlo.

–Buenas, socio. –C-165 desvió su atención del Asistente a Rick Subastador, sus ojos medio cerrados con una sonrisa perezosa–. Me preguntaba cuánto tiempo nos harías esperar.

«¿Nos harías esperar? ¿Quién coño se cree que es?» Cuando Rick Subastador recibió el mensaje de que Riq IV quería verle personalmente, esperaba que fuera una reunión privada. Cualquier humillación que Rick Subastador hubiera sentido por llegar tarde se duplicaba ahora con la presencia no deseada de su Rick menos favorito en la Ciudadela. Su único consuelo, sin embargo, era la esperanza de que C-165 estuviera aquí para que le dieran su merecido después del desastre de anoche.

–El buen subastador estaba simplemente ocupado rompiendo la Regla 34(b). Otra vez. –Riq le echó una mirada despectiva a Rick Subastador mientras llamaba al Asistente. El pequeño chico acudió rápidamente, con su tablet electrónica lista.

–¡Cielos! ¿Quieres decir que todavía estás intentando ligarte a la trans? –C-165 se incorporó mientras reía, golpeándose el muslo–. Amigo, esa perra es más fea que un puñado de gusanos. Joder, lleva suficiente pintura como para cubrir una nave y suficientes polvos para hacerla estallar.

–Si quisiera escuchar a un caraculo, me tiraría un pedo...caraculo –tartamudeó Rick Subastador. C-165 siempre tenía el molesto efecto de descolocarlo, ya sea dentro o fuera del escenario, y le daban ganas de patearse a sí mismo por arruinar su réplica.

–¿Ah, sí? Pues tu culo debe estar muy celoso de toda la mierda que siempre sale de tu boca.

Rick Subastador resopló. –Te diría que te fueras a tomar por culo, pero probablemente te decepcionarías.

«Ja. La he clavado».

–Suficiente. –Riq desestimó su ataques con un golpe de muñeca–. Esto no es para lo que os he convocado aquí. –El Asistente había introducido un código en la tablet que tenía en sus manos, haciendo que un asiento se materializara justo detrás de Riq. El líder del consejo se reclinó casualmente sobre su superficie dorada mientras miraba a su audiencia con interés indiferente.

–Milord –comenzó Rick Subastador, ignorando la burla de C-165 por el saludo honorífico–. Si esto es por lo de anoche, le aseguro que hice todo lo posible para llevar a cabo su plan. Las cosas iban bien hasta que este payaso de rodeo intentó echarlo todo a perder. –Señaló con un dedo a C-165.

–Soy muy consciente, y tus esfuerzos son reconocidos, subastador –respondió Riq fríamente–. Sin embargo, aunque ninguno de nosotros apreció el pequeño numerito de C-165, igualmente nos dio los resultados que queríamos.

–Pero se suponía que sólo debía conseguir que el X-Rick pujara, no... –Rick Subastador agitó los brazos, con la actitud indiferente de Riq sólo agravando su estado de agotamiento–. ¡No intentar pujar por El Elegido él mismo!

«¿Por qué C-165 siempre se salía con la suya?» Rick Subastador estaba que echaba humo. Había perdido la cuenta de cuántas veces el astuto vaquero había roto las reglas del Consejo sin importarle, ¡y aún así mantenía su estatus de Élite! Mutilar irreparablemente a El Elegido, perturbar los asuntos confidenciales del Consejo, orinar en público—¡la lista seguía! Cualquier otro Rick habría sido expulsado hace años por tales transgresiones, pero C-165 siempre se las arreglaba para continuar con sus asuntos sin problemas.

Como si su injustificada popularidad entre la Élite no fuera suficientemente molesta para Rick Subastador, C-165 también mantenía una relación inexplicablemente amistosa con el Consejo. Mientras que Rick Subastador luchaba por cada paso para ganarse la confianza de sus empleadores, parecía ser algo natural para el inconformista. Esto irritaba a Rick Subastador sin fin, y deseaba el día en que el C-165 recibiera su merecido.

–Ese novato estaba decidido a pujar antes de que yo llegara, idiota. –C-165 saltó de la plataforma, su mirada pomposa llena de rencor.

–¿Cómo puedes estar tan seguro? Nadie sabe cómo piensa un X-Rick.

Los ojos de C-165 se abrieron de par en par y se llevó una mano al pecho. –¡Pero bueno, me cago en la madre que me parió! Si eres más tonto de lo que pareces –se rió–. Demonios, aunque yo no hubiese estado allí, esos gemelos metomentodo lo tenían bien dispuesto. Para cuando hiciste que tu mono saltara a través de sus aros, estaba listo para dar lo que tuviera. –C-165 le levantó el sombrero a Rick Subastador haciendo ver que se lo quitaba–. Y no escucho a tu cartera quejándose.

–Milord –comenzó de nuevo, cambiando de táctica–. ¡No se puede permitir que C-165 opere tan imprudentemente! El alboroto que causó anoche comprometió gravemente la integridad de la subasta, ¡sin mencionar la respetabilidad del propio Consejo! –Sin duda, Riq tenía que ver que Rick Subastador sólo tenía en mente los intereses del Consejo.

–Deberíais estar agradeciéndomelo. –C-165 extendió sus brazos–. Hice mi trabajo y dejé al desgraciado más pobre que un ratón de iglesia. Eso, en mi opinión, son dos pájaros de un tiro. El viejo X-Rick no volverá a pujar en la subasta, te lo garantizo.

–De hecho, nadie volverá a pujar por El Elegido. –La voz de Riq salió afilada como una navaja.

–¿M-milord?

Riq entrelazó sus dedos, girando su cabeza hacia el Asistente que rápidamente anotaba cada una de sus palabras en taquigrafía. –Lo que nos lleva al tema de esta reunión. Con efecto inmediato, El Elegido será retirado de tu programa y la subasta nocturna se suspenderá.

Esto pilló a ambos Ricks por sorpresa. Rick Subastador chisporroteó como un pez anclado mientras que C-165 sólo arqueó su ceja en consideración reservada.

–Pero, milord, ¿p-por qué harías—la subasta nocturna es uno de nuestros mayores atractivos! La Élite, ellos—ellos no tolerarán—

–Lo que la Élite quiera o no quiera no es asunto tuyo. Todavía tienes las subastas públicas de Morty para dirigir. –Riq se detuvo para resoplar–. Estoy seguro de que puedes usar tu experiencia en el teatro para ello –añadió burlonamente.

Rick Subastador casi protestó más, pero su obediencia profundamente arraigada le hizo morderse la lengua.

–Empezaremos los preparativos para eliminar progresivamente la subasta inmediatamente. Tendrás el apoyo total del personal del Façade para implementar los cambios que espero ver finalizados sin demora. Cualquier retraso resultará en una deducción de tu comisión.

Las palabras de Riq se desvanecían en el trasfondo, mientras Rick Subastador permanecía allí aturdido, luchando por darle sentido a lo que estaba pasando.

«¿Suspender la subasta nocturna?» Era como si Riq le hubiese clavado un cuchillo en el pecho. La subasta semanal era el punto álgido de su carrera de presentador, y nada le llenaba de mayor propósito que estar en ese escenario, manteniendo cautivo a todo un público. Y no cualquier público, la Élite. Controlar a los miembros de la alta-Rick sociedad de esa manera era lo más cerca que había estado jamás de realmente ser del Consejo.

El sueño de Rick Subastador había sido sentarse eventualmente en el Consejo. Le quedaría tan bien: Podía cautivar a una multitud y montar un espectáculo, hacer que la gente creyera lo imposible—o simplemente falso. ¿En qué se diferenciaba eso de ser un político?

Pero ahora, después de años de trabajar para subir la escala a ese brillante peldaño superior, estaba siendo arrojado de nuevo al fondo.

En contraste a su evidente angustia, C-165 estaba apoyándose despreocupadamente en la plataforma, sus ojos clavados en los de Riq haciendo que pareciese que estuvieran compartiendo una conversación silenciosa. Una sonrisa se extendió lentamente por los labios del vaquero, y asintió con la cabeza como si fuera partícipe de una broma de la que Rick Subastador había sido dolorosamente excluido.

De repente pensó en lo que Mamá Eun-Rick había dicho.

–¿Y qué hay del chico?

–¿Perdona? –Riq miró con desdén a Rick Subastador.

–¿Qué hay de El Elegido? ¿Q-qué le pasará a él? –Intentó mantener su expresión pasiva, sabiendo que abordar el tema era un delito sancionable.

La cara de Riq se contorsionó en una sonrisa maníaca. Había un brillo diabólico en sus ojos mientras respondía. "El X-Rick ha servido a su propósito y ahora El Elegido volverá a casa". La respuesta críptica reveló poco, pero antes de que Rick Subastador pudiera preguntar más, Riq se puso de pie, agitando su mano en dirección a la salida. "Eso es todo, subastador."

Su tono dejaba claro que no había posibilidad de debatir el asunto. Reuniendo las piezas de su orgullo destrozado y murmurando un firme "sí, señor", Rick Subastador se inclinó rígidamente antes de dirigirse a la puerta. Cada paso que daba alejándose del líder del consejo enviaba un pulso de resentimiento directo a su corazón.

¡Todos sus años de lealtad, y le estaban despidiendo como a un vulgar Rick común! Le había dado todo - su lealtad, su tiempo, su dinero - al Consejo, y ahora, ¿qué tenía para demostrarlo? Vender Mortys tuneados a un bar lleno de borrachos como un maldito comercial de coches. Y luego, cuando muriera la Fiebre de Mortys, no tendría nada. Ni siquiera estaba seguro de que su antigua compañía de teatro lo aceptara de nuevo, no después de los puentes que había quemado.

¿Y qué pensaría Rickochet?

Se paró justo antes de llegar a la puerta, sus pensamientos le pesaban tanto sobre los hombros que su postura perfecta se marchitó hasta caer. «No querrá volver a verme nunca más... Bueno, incluso menos de lo que suele hacerlo», pensó tristemente.

Detrás de él, la risa estridente de C-165 retumbó en el espacio abierto y se giró bruscamente al oír el sonido para verle asentir con la cabeza por algo que había dicho Riq. El vaquero tenía la mano apoyada en el hombro de Riq como si perteneciese allí, como si fuera C-165 y no Rick Subastador el que había estado trabajando tanto tiempo con la esperanza de ganarse el favor del Consejo.

Pero en vez de eso este pelele había trepado y tomado su lugar.

La única cosa que le molestaba más a Rick Subastador que la insensibilidad del líder del consejo era la sombría sospecha de que Riq lo había convocado aquí sólo para menospreciarlo frente a C-165. La traición le golpeó como un puñetazo en el estómago.

Rick Subastador puso sus manos en puños, repentinamente sin querer nada más que ver la Cámara del Consejo llena de lava fundida. Quería ver las paredes agrietarse bajo el calor, los enchapados de oro derritiéndose en cada superficie. Ya podía imaginarse el fuego absorbiendo el mirador para engullir los tronos cortesanos, erradicándolos de la existencia, y el suelo abriéndose para tragarse a Riq y al resto del maldito Consejo con él.

Algo se rompió dentro Rick Subastador en ese momento.

El sonido resonaba en la caverna de su mente donde los ideales, que habían estado fijos durante tanto tiempo, comenzaron a doblegarse bajo el peso de su recién descubierto desdén. El sonido de la risa de Riq uniéndose a la de C-165 fue todo lo que se necesitó para que sus cimientos se rompieran definitivamente y, como edificios anticuados listos para ser renovados, fueron derribados en una nube de polvo de desilusión y vergüenza. Lo que los reemplazó se construyó rápidamente sobre vigas de acero forjado en los fuegos del deseo de Rick Subastador para formar algo más fuerte y salvaje de lo que él se creía capaz.

Volvió a cuadrar sus hombros y salió galantemente por las puertas de la cámara. Rick Inversor estaba apoyado en la pared opuesta, pero rápidamente se incorporó cuando vio salir al Rick Subastador.

–¿Y bien? ¡No me dejes colgado, che! ¿Cómo fue? Espero que no fuese demasiado cruERGHel, ¿eh? –Charlaba mientras Rick Subastador se adelantaba sin responderle–. ¿Qué pasó? ¿Os peleasteis finalmente? –Hizo una mueca de dolor, interpretando el silencio de Rick Subastador como un sí. Poniendo una mano compasiva sobre Rick Subastador para frenarlo, chasqueó su lengua–. Pobre ba-¡urp!-stardo!" Escucha. Pasemos por la taberna y tomemos una birra, ¿eh? Olvídate del asunto por completo. Podemos repasar tus cuentas otra vez, si quieres.

Rick Subastador miró a Rick Inversor con una sonrisa pícara mientras decía con orgullo, –En realidad, creo que es hora de rebalancear mi cartera.

Riq dejó salir el aliento que había estado conteniendo, intentando ralentizar su frenético corazón. Incluso mientras permanecía sentado en el borde de la cama, seguía latiendo en su pecho como si acabara de correr una milla.

Sus dedos agarraron el edredón - una nueva adición después de que el último se redujera a trapos - y encontró consuelo en el recordatorio de que había sido reemplazado como preparación para el invitado de esta noche. Cerró los ojos y se permitió una sonrisa, sin importarle que probablemente tuviera una apariencia extraña: el líder eminente del Consejo de Ricks sudando como un virgen en su primera noche.

Incluso se había arreglado para la ocasión - o mejor dicho, se había desarreglado - renunciando a sus sofocantes accesorios del Consejo por una camisa suelta y unos pantalones sencillos, su pelo, normalmente muy bien peinado, caía libremente sobre su cabeza. Cogió su vaso de vino de la mesilla de noche y lo vació de un solo trago, pasando el líquido agrio sobre su lengua antes de tragarlo. Si esperaba que su invitado estuviera relajado, entonces él también debería estarlo.

Los Asistentes habían arreglado sus aposentos personales lo mejor que pudieron, dado el corto plazo de tiempo. El marco de la cama estaba todavía hundido, pero al menos la ropa de cama era fresca. Habían limpiado el suelo de escombros, retirado las botellas vacías y limpiado la alfombra a fondo. Incluso habían reemplazado las bombillas rotas, que ahora brillaban con una luz tenue seductora, aunque no habían podido quitar el puñal de caza que aún estaba enterrado casi hasta la empuñadura cerca del candelabro de la pared encima de la cabecera de la cama. En cuanto a cuándo o qué impulsó a Riq a clavarlo allí en primer lugar, no tenía la menor idea.

Se sirvió otro vaso.

Los guantes y las máscaras eran obligatorios mientras los Asistentes trabajaban, tanto por razones de higiene como para evitar que dejaran cualquier rastro de sí mismos en los muebles o en la ropa de cama. Los Guardas insistieron en que se respetara la Regla de Separación para limitar los daños y, para cuando se terminó el trabajo, cualquier evidencia de que había habido otro Morty en la habitación de Riq fue borrada por completo, dejándola lista para recibir a su invitado especial.

Habían pasado cuatro años desde la última vez que había visto a El Elegido en persona y no podía pensar en un lugar mejor para albergar su reunión.

Sólo imaginar a El Elegido en su habitación otra vez le hizo sentir otro cosquilleo de excitación que le atravesó el pecho y le llegó a la entrepierna. Durante mucho tiempo, se había conformado con los informes periódicos de los Eun-Ricks y la vigilancia de la habitación privada de El Elegido para satisfacer su voyeurismo, pero nada de eso podía compararse con ver – no, oler, tocar a El Elegido otra vez.

Miró la pequeña pantalla digital al lado de su cama. Era lo más cercano que se había permitido a compartir su compañía con El Elegido y acarició la superficie asquerosa de la pantalla cariñosamente, agradeciéndole en silencio que alimentara sus fantasías nocturnas. La imagen borrosa de la cámara de seguridad mostraba una pequeña y sucia habitación. Un colchón maltrecho estaba metido en una esquina con sus sábanas medio tiradas en el suelo de hormigón. La luz entraba por una pequeña portilla y por el estrecho espacio alrededor de la puerta de la habitación, que estaba parcialmente entreabierta ahora que su ocupante había sido retirado.

La anticipación hizo que su polla brincara y pasó un dedo tranquilamente por su longitud hinchada, tarareando apreciativamente. Su imaginación se vio invadida por fantasías sobre cómo El Elegido le satisfaría esta noche - y no sólo su cuerpo.

Una vez despertado, el Morty Elegido, el potencial de la Ciudadela se revelará

Era este único verso el que había capturado la atención de Riq desde el descubrimiento del libro. El Libro de Morty describía de múltiples maneras cómo El Elegido redefiniría el destino de todos los Ricks, pero en ningún otro lugar estaba tan claro que Riq - por ser el líder del Consejo y, por tanto, toda la Ciudadela - sería catapultado a un poder mayor, revelado a un nivel que ni siquiera podía concebir.

Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para asegurar que la profecía se cumpliera, llegando incluso a conceder a Mamá Eun-Rick licencia completa para llevar a cabo cualquier acción necesaria para cumplir las demandas del libro. El Elegido fue tratado de acuerdo a las instrucciones del libro - sacado de su casa, despojado y torturado. Cuando el Libro de Morty declaró que El Elegido necesitaba sufrir "a manos de muchos" como parte de su viaje a la auto-realización, las Subastas de Morty habían cumplido perfectamente con ese propósito.

Durante cuatro largos años, Riq había esperado, el dolor que sentía por la ausencia de El Elegido sólo se aliviaba recordándose a sí mismo que era por una causa mayor. Podía soportar la gratificación aplazada, sabiendo que cuando llegara el segundo renacimiento de El Elegido, sería él quien lo reclamaría de nuevo. Después de todo, Riq era su legítimo amo, y nadie podía arrebatarle eso. Había aguardado el momento y ahora El Elegido estaba listo para él.

Por fin, recogería los frutos de su abstención.

El timbre digital de una llamada entrante cortó sus pensamientos, despertando a Riq de su ensoñación. Sus nervios volvieron a saltar inmediatamente al primer plano y estampó su dedo en el botón del intercomunicador, gritando: –¿Qué pasa? ¡Dije específicamente que no se interrumpiera hasta que estuviera listo!

La voz estática del otro lado del receptor se detuvo antes de hablar con cautela. –Pero, S-señor Riq, El Elegido ha—está listo.

–¡¿Entonces por qué no lo has traído?!

–Tus instrucciones e-eran de llamar... p-primero.

Riq sintió una oleada de calor recorrer su cara. Sus fosas nasales se abrieron y su dedo tembló dónde sostenía el botón. –¡No importa lo que dije! –gritó–. Tráelo. Aquí. Ahora. –Las palabras sangraron de entre sus dientes apretados mientras las apuñalaba en el oído de su oyente.

–Enseguida, Señor Riq, –fue la respuesta apresurada, y el intercomunicador se apagó rápidamente.

Otra vez solo, Riq puso en orden su compostura hecha añicos. Ahí estaba otra vez, ese temperamento del que le hablaban sus compañeros del consejo. Presionó sus dedos contra sus ojos, empujándolos hasta que pudo sentir su corazón latiendo detrás de ellos. Cuando se relajó de nuevo, manchas negras bailaban en su visión, pero al menos su ira se había disipado.

Miró con desdén el vaso en su mano, repentinamente repelido por él. No. No debería estar bebiendo en un momento así. Necesitaba todas sus facultades en pleno funcionamiento si quería conquistar a El Elegido de forma significativa esta noche. Con un gruñido, arrojó el vaso a la pared más cercana, haciéndolo añicos en una cortina de fragmentos de vidrio.

Alguien jadeó suavemente detrás de él y Riq se dio la vuelta para descubrir que tenía público.

En el centro de su habitación había un Eun-Rick junto a un niño pequeño. Debieron haberse escabullido en el momento en que colgó, y estaba claro que habían visto el repentino berrinche de Riq con la copa de vino. La cara del Eun-Rick era una mezcla de preocupación y consternación y Riq sintió la compulsión de hundirle los dientes sólo por mirarlo con algo menos que un respeto absoluto.

Sin embargo, cada onza de rabia se desvaneció al dirigir su mirada hacia El Elegido.

El chico era más alto que la última vez que lo había visto, no tan blando. La pubertad lo había estirado, aunque todavía era más bajo que un Morty corriente, su forma encorvada lo hacía parecer aún más pequeño de lo que ya era. El pelo, que apenas le llegaba a los hombros cuando lo capturó, ahora le llegaba espeso a la parte baja de la espalda y los ojos de El Elegido, con su débil brillo amarillo que tan bien recordaba, estaban dirigidos a la alfombra.

La boca de Riq se secó al verlo y tragó incómodamente alrededor de su lengua, que de repente era demasiado gruesa para su boca. Le lanzó una mirada rápida al Eun-Rick antes de hablar. –Vete… –Su primer intento fue un simple graznido. Aclaró su garganta y comenzó de nuevo–. Puedes irte, Eun-Rick. Déjanos.

El Eun-Rick inclinó su cabeza elegantemente, alineándola con la oreja de El Elegido. El Elegido asintió con la cabeza en respuesta a algo que le dijo, pero Riq apenas le prestó atención, estaba demasiado interesado en posar sus ojos en la cara y el cuerpo de El Elegido, absorbiendo cada detalle como un coleccionista de arte admirando su última adquisición.

En cuanto el Eun-Rick se excusó de la habitación, con la puerta se cerrándose silenciosamente detrás de él, Riq bajó de la plataforma elevada de su cama para ponerse de pie ante El Elegido. Su mano tembló cuando la colocó vacilantemente sobre el hombro de El Elegido, girando la palma de su mano hacia adentro para acariciar la mejilla del chico.

Riq suspiró cuando una ola de pura felicidad brotó de su corazón. Tener a El Elegido aquí ante él otra vez era aún más abrumador de lo que había imaginado, como su palpitante corazón podía atestiguar. Miró con orgullo mientras El Elegido levantaba lentamente su cabeza. Se sintió como un creador dando la bienvenida a su creación a casa.

Este sería el momento en que El Elegido finalmente se entregaría a él. Inclinaría su dulce cabeza y acariciaría la mano de su amo, la misma mano que lo había destrozado y reconstruido cien veces - en el máximo signo de devoción. Entregaría su corazón a Riq.

Su amor.

Riq prácticamente tembló ante la palabra. Sí, tendría el amor de El Elegido, completo e incuestionablemente. Llegaría obedientemente - no sólo dispuesto sino desesperado por el toque de Riq en cada parte íntima de él. El Elegido ofrecería todo de sí mismo ante el altar de Riq.

No habría lugar para las distracciones, no más impostores. Lo que sea que El Elegido pensara que sentía por el X-Rick era tan genuino como un billete de tres shmékels. Mamá Eun-Rick se lo había asegurado. Podía perdonar al chico por su error. Era todavía tan joven, después de todo, y Riq tenía que ser paciente con él.

«Al Rick gentil le serán concedidos los tesoros del mundo».

Recitó mentalmente el verso que Mamá Eun-Rick le había dado. Ahora que El Elegido estaba preparado, sólo necesitaba sonsacar su verdadero potencial como un ceramista manipulando arcilla hasta convertirla en una obra maestra. Riq no sabía exactamente cómo se le concedería el don de El Elegido, pero imaginó que tomaría la forma de caricias amorosas, piernas abiertas y una reverencia inquebrantable. El Elegido también estaba listo para su propio despertar. Riq podía sentirlo en la forma en que ahora temblaba al tacto, en el olor ligeramente acre de su sudor.

–Mi Elegido –suspiró cuando se cruzó con su mirada–. Por fin estás— –Se congeló, las palabras muriendo en su lengua.

El Elegido estaba—estaba llorando, lágrimas gordas rodando por sus mejillas mientras sus hombros temblaban con un anhelo apenas reprimido.

Riq inmediatamente se arrodilló, silenciándolo delicadamente a través de su sonrisa. No pensó que El Elegido estaría tan emocionado de volver a verle y la demostración de sentimiento tan puro le conmovió.

–No pasa nada. Ya estoy aquí. –Lo abrazó, apretándolo con fuerza mientras El Elegido daba grandes y sofocantes jadeos–. Sé que me has echado de menos, pero no pasa nada. Estamos juntos ahora, y cuidaré bien de ti. –Podía sentir los latidos del corazón de El Elegido golpeando desesperadamente contra su pecho, podía ver un pezón endurecido a través del fino paño–. Cuidaré tan bien de ti. –Riq le acarició la espalda, sus dedos recorriendo el xilófono de sus costillas y rozando la parte superior de su pequeño culo.

Todo era tan familiar para Riq. Aún podía recordar cada detalle del cuerpo de El Elegido de todas las noches que lo había sostenido y, aunque el niño había crecido un poco, aún se sentía tan bien en los brazos de Riq. Su erección se movía impaciente en sus pantalones.

Se echó hacia atrás para mirar la cara de El Elegido, tomándose su tiempo para secarle las lágrimas. –Y ahora –dijo en voz baja–. Ahora creo que tienes algo para mí. –Se puso de pie, tomando la mano de El Elegido en la suya y guiándolo hasta la cama. El pobre chico debía estar exhausto, por la forma en que sus pies se arrastraban, y Riq tuvo que tirar un poco más fuerte de lo que pretendía para subirlo al colchón. Un cosquilleo se extendió por su cuero cabelludo con las primeras sombras de una Epifanía.

«Dios mío, ha pasado tanto tiempo... Eso es, amor. ¿Qué más tienes para mí?»

–He esperado tanto tiempo para esto, Mi Elegido –dijo, subiéndose a la cama con él. Mientras El Elegido subía torpemente por la cama, enredando sus piernas por las prisas – con sus extremidades desgarbadas y descoordinadas de una manera entrañable – Riq acechaba por detrás, sus rodillas hundiéndose en el lujoso edredón a cada lado de él. Una vez llegó a las almohadas, El Elegido tembló contra la cabecera, su pecho palpitando y sus ojos se abiertos de par en par con evidente necesidad. Riq bajó la cabeza, rozando el cuerpo tenso de El Elegido. Su voz se profundizó con el deseo carnal. –Entrégate a mí, como estabas destinado a—

Una rodilla le golpeó directamente en la barbilla y Riq rugió sorprendido. Se sentó sobre sus talones, frotando suavemente su mandíbula y moviéndola para comprobar que no se había dislocado. Con un gruñido apenas contenido, se dirigió a El Elegido con delicadeza. –Ten más cuidado. Sé que estás ansioso por empezar, pero... –Se echó a un lado justo a tiempo para evitar otra patada–. ¿Q-qué coño haces? –gritó, la irritación empezando a agotar su paciencia. Riq sacó su brazo para agarrar el delgado tobillo y tiró a El Elegido hacia él para que su culo desnudo fuera presionado en su entrepierna–. ¡Cálmate antes de que te hagas daño!

El Elegido comenzó a patear con su otro pie, golpeando ineficazmente el brazo y el hombro de Riq mientras éste intentaba protegerse con su mano libre. Riq se rompía la cabeza mientras se defendía de los débiles ataques. Esto no debía suceder. El Elegido debía estar abierto a él, no tenerle miedo. Claramente, el niño estaba confundido.

El verso que resonaba en su cabeza era lo único que mantenía su apariencia bondadosa en su sitio. –Escúchame. Ya estás a salvo—

–¡No! –Gritó El Elegido, su voz sorprendentemente fuerte a pesar de su pequeña complexión, y Riq se quedó atónito por la brusquedad de su arrebato–. ¡No! ¡No! ¡No! –Lloró, retorciéndose en las sábanas ye intentando liberarse de las garras de Riq. Cuando El Elegido intentó alcanzar la mesilla de noche, Riq se subió encima de él, cambiando el agarre de su tobillo por el de sus muñecas.

Las inmovilizó en la cama y sacudió al chico que chillaba histéricamente, gritándole en la cara: –¡No soy el puto X-Rick, así que deja de pensar con el culo y cálmate de una puta vez!

El Elegido se calmó de repente, quedándose flácido bajo el agarre de Riq, y Riq se concedió una sonrisa forzada. «Por fin. Ha entrado en razón».

–No eres…

Riq ladeó la cabeza, intentando entender las palabras silenciosas.

–No eres mi Rick. No eres él –susurró El Elegido, girando la cara hacia la almohada, con los ojos bien cerrados–. N-no... quiero... contigo.

Las frágiles palabras lo destriparon más eficazmente que cualquier cuchillo y Riq no se lo quería creer, su cerebro sufrió un cortocircuito por el impacto de las mismas. Riq buscó en la cara del chico, intentando encontrar una señal que indicase que de alguna manera lo había oído mal. Esto no debería ser así. Nada de esto debería ser así. Se suponía que esta era la noche en que El Elegido se entregaba libremente a Riq y sin embargo se resistía a cada paso.

Lentamente soltó las muñecas de El Elegido, mirando con indiferencia cómo se desprendía y trepaba hacia algo en la pared. Esas pequeñas manos que deberían haber sostenido al Riq, ahora se envolvían en el mango del cuchillo de caza. Sus pies estaban apoyados contra la pared cuando deberían haber rodeado la cintura de Riq. La furia rugió en el horizonte de su mente, eliminando cualquier razonamiento mientras El Elegido tiraba infructuosamente del cuchillo.

La trenza de El Elegido se balanceaba como un péndulo frente a Riq mientras forcejeaba, y Riq seguía sus movimientos, sus ojos rastreando su longitud hasta que se posaron sobre el peculiar lazo de su punta. El sucio trozo de tela gris andrajosa destacaba tanto en contraste con el brillo de su pelo y el blanco puro de su túnica que Riq se vio cautivado por ella.

¿Dónde había visto ese material antes? Una figura borrosa del mismo gris que la tela llenó su mente, pero se veía desenfocada más allá de su alcance. En su intento de traer el recuerdo a un primer plano, Riq extendió la mano, agarró la trenza y la tiró con fuerza.

El Elegido chilló cuando fue forzado a ponerse boca abajo en la cama, con la rodilla de Riq firmemente plantada en el centro de su espalda. Con todo su peso sobre el pequeño, lo inmovilizó en el colchón donde le costaba respirar a través de la lujosa funda, pero Riq ignoró sus dolorosos gritos cuando su primera Epifanía en años lo golpeó con toda su fuerza.

–Joder... –chirrió.

La sensación de despertar en su cerebro por una ráfaga de energía tan repentina y poderosa aturdió a Riq por un momento, y quedó boquiabierto mientras lo arrastraba. Sus ojos se cerraron, con una imagen rápidamente tomando forma en su mente: Rick de X-280 encadenado ante él en la Cámara del Consejo. Su memoria había mejorado hasta el enésimo grado y ahora podía recordar cada detalle concreto del Rick - cada mechón de pelo, cada costra sangrienta y cada mancha en ese sucio mono.

Pero lo que más destacaba era la mirada de desafío absoluto en los ojos de Rick. Se burlaba de él desde el pasado como si dijera: –Nunca te librarás de mí.

Riq parpadeó para volver al presente. Su mirada pasaba de El Elegido, que ahora sacudía sus brazos y lo maldecía - sí, realmente lo maldecía - al cuchillo que aún estaba clavado en la pared. Algo no estaba nada bien en esta imagen, y le correspondía a Riq corregirlo. Lo había hecho con la FG, lo había hecho con los terroRickstas anti-Consejo y ahora lo iba a hacer con su querida creación, comenzando con ese maldito lazo.

Pasó por encima de El Elegido y agarró el mango del cuchillo. Apenas registró la resistencia de los dientes de la cuchilla en el yeso mientras la arrancaba. Restos de empapelado salieron revoloteando del nuevo agujero en la pared, e inclinó el cuchillo hacia adelante y hacia atrás en su mano, mirando la forma en que la luz bailaba a lo largo de su hoja.

–¿Es esto lo que buscabas? –preguntó con calma, sosteniendo el cuchillo frente a El Elegido para que pudiera verlo. Los ojos de El Elegido se abrieron de par en par ante la visión y se congeló inmediatamente–. Así está mejor. No querrás moverte para esto. –Levantó la trenza en un puño mientras colocaba la hoja contra la suave carne de la nuca de El Elegido. El chico jadeó, la piel alrededor del borde metálico se puso de punta por el miedo.

–Enamorarte de él fue tu primer error. –Su mano temblaba mientras presionaba con fuerza, amenazando con romper la piel.

Sin embargo, justo antes de derramar sangre, levantó abruptamente la hoja y la arrastró por la gruesa base de la trenza en un cruel movimiento ascendente de su brazo. Los pelos cedieron dolorosamente, El Elegido aulló mientras se enganchaban y desgarraban desigualmente en el filo serrado. Mechas rotas se desprendían como pétalos y la trenza que unos minutos antes se había movido enérgicamente, ahora colgaba sin vida en el puño de Riq. Los mechones marrones incluso parecían perder su brillo dorado en el momento en que eran cortados de El Elegido.

–Conservar una parte de él contigo fue el segundo. –Riq arrojó el trozo de pelo al suelo, contento de haberse librado de él. Eliminar la contaminación de X-Rick era un paso necesario para liberar a El Elegido de sus propias fantasías destructivas.

El Elegido lloró lamentándose en las almohadas, con las manos agarrando la base de su cuello donde había estado su trenza. El pelo que le quedaba goteaba en las sábanas como juncos muertos. –¡E-eres un—un monstruo! –gimoteó, girando la cabeza lo suficiente como para mirar al Riq con un odio descarado–. ¡Y te—te odio!

«NUNCA—LO—TENDRÁS—»

El mensaje fragmentado pasó por la mente de Riq y se echó hacia atrás cuando el filo de la duda le cortó de repente. Giró la cabeza a un lado, incapaz de siquiera mirar a El Elegido, con el temor de nunca llegar a tenerlo por completo más fuerte que nunca. Su determinación cedió, y casi desapareció, casi pensó en dejarlo ir—

Pero entonces la desesperación volvió a reclamar los rasgos de El Elegido y fue como si el brote de incertidumbre de Riq nunca hubiera ocurrido. Riq agarró otro puñado de pelo de un lado de su cabeza y tiró de El Elegido hasta que su torso quedó suspendido sobre la cama.

–Yo te convertí –gruñó profundamente, cortando el pelo con movimientos bruscos–. En lo que eres. –Se detuvo para cortar otro pedazo–. ¡En lo que podrías ser! ¿Y aún así me rechazas? –Cada tirón de pelo en el cuchillo provocaba sacudidas de Epifanía a través de Riq, tan ardientes y frescas como el cítrico, pero dejó de lado las clamorosas inspiraciones a favor de escuchar a El Elegido gritar.

Esa confusa mezcla de excitación, asco, dolor y rabia se agitaba en el interior del Riq mientras cortaba puñado tras grueso puñado. Con cada tajo vicioso, el cuero cabelludo de El Elegido se quedaba con mechones andrajosos que se alzaban en ángulos extraños. –¡Ibas—íbamos a hacer cosas grandiosas! –Mechones de pelo se esparcían por la cama mientras continuaba gritando por encima de los gemidos de dolor de El Elegido–. ¡Pero simplemente no dejas que eso suceda! Ese jodido X-Rick ha envenenado tu pequeño y simple cerebro, ¡y eres demasiado estúpido para verlo! –Su garganta comenzaba a ponerse ronca mientras rugía a todo pulmón–. ¡Mientras él esté cerca, nunca serás lo que siempre debiste ser! «Mío, mío y sólo mío». –¡Es un puto cáncer que hay que extirpar!

Tiró su brazo hacia atrás, listo para otra rebanada devastadora, cuando una mano repentinamente lo agarró.

–Señor Riq, por favor! ¡Cálmese!

Apenas escuchó la súplica por encima del rugido de la tormenta en su cabeza. Riq rodeó a Eun-Rick rápido como un rayo y lo empujó con un gruñido salvaje y un golpe de cuchillo. El Eun-Rick tropezó hacia atrás, agarrando con la mano su mejilla desgarrada, pero dos Eun-Ricks más ocuparon su lugar, arrancando el cuchillo de la empuñadura de Riq y rogándole que detuviese su desenfreno. Riq gruñó como un animal acorralado antes de ser finalmente arrastrado lejos de El Elegido, maldiciendo en voz alta.

–¡Sacadlo de aquí! –gritó, quitándose de encima a los Eun-Ricks y caminando de un lado a otro frente a su cama como una bestia enloquecida. Inmediatamente acudieron en ayuda de El Elegido, ayudándole a levantarse de la cama incluso cuando intentó luchar contra ellos en su ciega histeria. Sus pequeñas extremidades se tambaleaban, y temblaba tanto que los Eun-Ricks tuvieron que llevarlo a medias hasta la puerta. La forma en que las manos de El Elegido descansaban con tanta confianza en sus brazos mientras lo sostenían hizo que Riq lo viera todo rojo.

El cuchillo tembló en la mano de Riq por la oleada de adrenalina, y lo tiró a un lado para pasar sus dedos por su melena, agarrándola con fuerza. Incluso ahora, abandonado en compañía de un solitario Eun-Rick, sus pensamientos se mezclaron en un tono febril de furia y ruido cegador.

Pero a través del caos, una Epifanía prolongada lanzó repentinamente un rayo de sol de una claridad flotante.

–¡Eun-Rick! –soltó, su mente acelerándose para mantener el ritmo de la Epifanía que establecía su siguiente curso de acción. Era tan obvio, que Riq se sintió ingenuo por no haber reconocido la simple e inevitable verdad.

El Eun-Rick se apresuró a llegar a donde estaba Riq, inclinándose profundamente incluso mientras sangre fresca goteaba de los dedos con los que se sostenía la mejilla. Su voz salió parcialmente distorsionada por la herida. –Sí, Señor. ¿Cómo podemos s-servirle?

–Eun-Rick, comunícame con el Capitán de la Guarda. Ya es hora de que se ocupen del X-Rick.

–Sí, oh sabio Señor Riq. –El Eun-Rick levantó su cabeza para nivelar su mirada con la de Riq, subrayando con gravedad cada una de sus palabras–. El momento de actuar es ahora.