01.
La primera vez que conoció a Satoru y Suguru, los halló curiosos. Por no decir, extraños (aunque en sí, ningún hechicero era medianamente normal).
Era poco común toparse con una persona albina que no fuese un extranjero, así como también, conocer a una persona con orejas de Buda.
Aunque los dos tenían estilo y para sorpresa suya, ambos eran extraordinariamente fuertes. Sobre todo Satoru, quien provenía del Clan Gojō, uno de los tres clanes más importantes; pero ella no se quedaba tan atrás, siendo una de las únicas personas que podían usar la Técnica de Maldición Inversa.
(Algo que se convertiría en un recurso valioso a futuro).
Si bien no debía dejarse llevar por las apariencias, su primera impresión fue esa. Ellos eran llamativos, en todos los sentidos.
Esto fue, en su primer año de preparatoria a sus 15 años.
02.
Tras varios meses de convivencia fue conociendo más y mejor a sus compañeros, quienes también se convirtieron en sus amigos.
Tanto porque eran los únicos alumnos de segundo grado y porque Satoru se les pegaba como un chicle, y aunque luego solía discutir con Suguru desde asuntos importantes hasta nimiedades. Haciéndola de mediadora cuando se hartaba de sus discusiones de matrimonio viejo o sino, los ignoraba; porque Suguru y Satoru al final terminaban amistándose otra vez.
Y cuando lo hacían, la arrastraban. ¿A dónde? Nunca sabía, las cosas eran impredecibles y tan espontáneas que era difícil en ocasiones intuir a dónde iban sus pensamientos. Pero estaba bien.
Porque el rato con ellos eran de esas que atesoraba y eran preciadas, en un mundo donde podías morir en cualquier momento.
Y aunque luego se portasen insoportables –sobre todo Gojō–, Shouko los quería mucho.
Pero si hubiese sabido que la misión que Yaga les dio a Satoru y Suguru sobre proteger al nuevo contenedor Estelar para Tengen…
Ella hubiese tratado de evitar la tragedia que aconteció. Cuando tenían 17 años.
03.
Por muy parca o indiferente que pudiese verse o llegar a ser, la realidad era que Shouko también tenía sentimientos y emociones como cualquier ser humano.
Pues aunque no lo dejase ver, que Suguru desertara y viniese hacia ella, cuando tenían 19 años, con nuevos ideales y pensamientos. La hizo sentir miedo, tuvo la sensación de desconocer completamente a quien se presentó como Suguru Getō.
Le dolió saber que su amigo, había cambiado. Pero también le dolió la tristeza que se asomaba ligeramente en su sempiterna sonrisa amable.
Pero también le dolía ser testigo del dolor, la tristeza y la impotencia que Satoru estaba sintiendo. Después de todo, perder un mejor amigo y una persona que te quiso sinceramente con todo: tus defectos, virtudes, aciertos y desaciertos.
Era desgarrador.
Tanto para ella como para Gojō, pero más para él. Sabiendo lo difícil que fue su infancia, dotado con una de las técnicas malditas más fuertes que quebró con el ya de por sí, frágil equilibrio del mundo de la hechicería; teniendo el peso del mundo sobre él, sobrellevándolo todo con una sonrisa y actitud infantil arrogante (ignorando a quienes lo querían muerto y le temían).
Algo que admiraba genuinamente, en silencio.
Y por ello, se mantuvo a su lado.
(Siendo de las pocas personas, que tenía la confianza de Satoru. Y en su primera aliada para el sueño que deseaba llevar a cabo).
04.
Cuando Satoru entró a la morgue con el cuerpo de Suguru entre sus brazos mientras una expresión ensombrecida yacía en su rostro, simplemente enmudeció.
No necesitaba que Gojō le dijera lo que había sucedido, era bastante evidente lo que había sucedido y tampoco es como si quisiera hablar o decir algo; en funesto silencio Satoru recostó el cuerpo inerte de su mejor amigo, lo más cuidadoso posible en lo que ella iba a por el bisturí, una manta blanca, guantes y cubrebocas.
Al regresar con lo que iba a usar, lo encontró sentado y silencioso en el borde de otra mesa de autopsias a dos metros de donde ella y Suguru estaban. Lo miró unos minutos antes de suspirar y comenzar a ponerse los guantes y el cubrebocas.
– Voy a comenzar.
Nadie le dijo que, a sus 26 años, volvería a ver a su viejo amigo. Muerto.
¿Y la causa de muerte? Estrangulamiento, hecho por Satoru.
También amigo suyo, quien era un mero espectador silencioso en ese momento.
Quiso llorar, pero ahora no era el momento. Debía ser profesional, debía serlo, tenía que…
– No llores, Shou.
Una sonrisa amarga surcó sus labios, y sin voltear, le contestó con un seco –: Lo sé.
Sé que tú también estás llorando, Satoru.
05.
Soltó un suspiro justo en el momento en que la puerta de la enfermería era abierta y después cerrada. Sabía quién era sin necesidad de voltear o mirar, pues esa misma persona que conocía estaba jugando con su cabello mientras ella terminaba de ordenar unos papeles en la carpeta.
– ¿Te estás divirtiendo? – le preguntó, volteando en la silla giratoria con una pequeña sonrisa exhausta.
Satoru le sonrió.
– Mis alumnos son bastante interesantes, excepto Megumi. Él sigue igual de amargado como siempre.
– ¿Ah sí? Pues yo lo veo bastante contento, sobre todo ahora que Itadori-kun regresó.
Gojō puso un puchero, quejándose que Fushiguro siempre ponía mala cara cuando él estaba presente.
Ieiri, interrumpiendo sus quejas le entregó una paleta sabor mora azul para contentarlo. Satoru aceptó el dulce, quitándole la envoltura para comerla mientras la miraba disgustado (o eso parecía, pues la cinta estaba cubriendo sus ojos).
– No me mires así, tú siempre aceptas los dulces que te doy.
– Pero siempre me los das cuando empiezo a quejarme – replicó, con el dulce en su boca, cual niño pequeño –. Y que yo sepa, a ti no te gustan los dulces.
– A veces los como – respondió con vagancia mientras se encogía de hombros, dándose la vuelta de regreso a los archivos que debía leer.
Era mentira lo que había dicho sobre comerlos pero era cierto que ella guardaba algunos dulces en uno de los cajones, que eran para los que venían a la enfermería como un pequeño regalo; aunque mayormente, eran para Satoru.
Pero, no se lo iba a decir abiertamente.
– Ya, entonces… ¿Quieres salir a comer?
Fingió pensarlo –. ¿Habrá alcohol?
Satoru rodó los ojos, sonriendo con renuencia.
– Siempre que no te embriagues demasiado.
Shouko bufó sonriendo, volteando nuevamente a verlo con un dedo enredando un mechón de su cabello.
– Sólo lo estás diciendo porque no sabes beber – burló, y un poco más relajada, dejando en paz su cabello, respondió –: Vamos entonces.
Tenían 28 años cuando las cosas iban aparentemente bien y mejor.
Antes de que el incidente de Shibuya y con ello la tragedia junto a fantasmas del pasado se desatase, a sus 29 años.
