Capítulo 2: La diferencia entre un incendio y una chimenea.

Sujetó su cabello en una coleta.

Como siempre desde que vivían juntas, era la primera en levantarse. La primera, también, en entrar en la cocina e iniciar los preparativos para el desayuno. Pero sobre todo, era la primera —y probablemente la única de las dos— en pensar en la otra. Había soñado con ella de nuevo, como ocurría cada tanto desde hacía seis meses. El descubrimiento la había golpeado, no, más bien, sorprendido. Pero no el tipo de sorpresa que asusta, sino como darse cuenta de la presencia de una flor a la que no había visto antes en su jardín: delicada, de colores brillantes y pétalos exóticos, con un aroma suave, que invitaba a acercarse para apreciarlo mejor.

No obstante, aquella flor tenía espinas, unas largas y que la naturaleza, sabia como era, le había proporcionado para defenderse, para sobrevivir de aquellos que amenazasen con destruirla. Las espinas eran algo que habían captado inmediatamente su atención, y por eso, había sido cautelosa a la hora de aproximarse.

En un inicio, había pensado en limar ella misma esas afiladas protuberancias, pero luego de meditarlo un rato, decidió que dejaría que fuese la madre naturaleza, la misma que las había hecho crecer, quien redujese su filo. Porque si algo le había enseñado la vida, es que nadie podía cambiar a la gente mas que la gente misma; la gente, y el siempre sensato tiempo. Ni siquiera el amor, por más antipoético que sonase, tenía esa capacidad. No, al menos, si la persona afectada no tenía intenciones de cambiar.

Se preguntó por qué hasta ahora había notado su existencia. O sea, ella sabía que esa flor estaba allí, mas nunca había detallado lo extraordinario de sus colores, lo tersos que se veían sus pétalos. Todavía no se había atrevido a tocarlos, no de forma tan directa y obvia, al menos. Porque al amor no se le fuerza, al amor se le deja surgir, despacio, a consciencia y hasta fríamente, o de lo contrario se corre el riesgo de que sea sólo un chispazo. Y ella no quería un chispazo. No quería un incendio repentino, que se apaga tan rápido como surgió.

Ella quería una chimenea. Esa que está para toda la vida, que acoge, que da calor en época de frío, que salva la vida durante el más crudo invierno. Y era por eso, porque quería un amor para toda la vida, que se mantenía al margen, conformándose y siendo feliz con observar a la flor, asombrándose cuando daba un estirón y crecía, radiante, y enterneciéndose cuando la veía balancearse con el viento, como si danzase alegremente. También se mordía la lengua cuando la veía marchitarse, porque las ganas de meter las manos para levantarla eran muchas, pese a ello, lograba contenerse. Ella notaba su fortaleza con total claridad, el problema era que la flor no lo hacía, aún no había descubierto su propia belleza y valor, ese poder que dormitaba en el interior de su pecho. Pero los descubriría, se lo decía su instinto, y el instinto de Luna Lovegood nunca fallaba.

—Perdón —dijo una voz a su espalda, con restos de sueño impregnándola—, anoche ya terminé muy tarde y por más que quise levantarme temprano, no pude.

—Tú nunca te levantas temprano —argumentó Luna, no a modo de reproche, sino como una simple y franca afirmación—, no importa a qué hora te acuestes. Así que no veo por qué tienes que pedir disculpas.

Se volvió. Le encantaba verla con ese pijama celeste tan mono, con su cabello enmarañado cayéndole sobre la espalda. Más aún, adoraba su expresión adormilada, mezclada con su ceño fruncido ante la sinceridad de sus palabras. Volvió a preguntarse cómo es que no había notado aquello antes, durante los años de colegio. Ginny siempre había estado a su lado, incluso después de terminar con Harry e irse a vivir con ella, sus sentimientos se habían mantenido en el límite de la amistad.

—Bueno, ¿qué falta por hacer? —preguntó la pelirroja entre refunfuños, arrancándole a la rubia una ligera sonrisa.

—No he preparado las tostadas —respondió Luna y se encogió de hombros.

Ginny terminó de adentrarse en la cocina y puso manos a la obra. A Luna todo aquel ritual le hacía gracia, incluso evitaba preparar las tostadas apropósito, para que al llegar la joven Weasley, tuviese algo qué hacer. Eran de esas cosas que sin importar lo absurdas que fuesen, se busca repetirlas, todo por el placer que provoca ver ciertas reacciones. Y como era una rutina que no dañaba a nadie —porque estaba segura que Ginny también disfrutaba de aquellas tonterías—, a Luna no le remordía el hecho de provocar su repetición.

Mientras terminaba lo suyo, observó a la muchacha preparar los alimentos. Le entristecía que no se diera cuenta de lo esplendorosa que era, de que tenía un maravilloso corazón, de lo fascinante que era su perspectiva de la vida, de la luz que por sí sola irradiaba. Más aún, le entristecía ver lo que Ron había hecho con ella. ¿O sería mejor culpar a Molly? No, la pobre mujer no tenía vela en aquel entierro. Si bien era cierto que sus últimas palabras antes de morir habían sido: «la familia es primero», Luna sabía que la elección de Ginny hacia su hermano por sobre Harry había estado envuelta en pensamientos y emociones mucho más complejos.

Ginny había querido creer en su hermano. En especial, había querido creer que podía cambiarlo. Que si permanecía a su lado, algún día toda aquella basura acerca de los débiles oprimidos desaparecería de su cabeza. A diferencia suya, Ginny había creído aquel mito idílico sobre el amor y su poder de cambiar a la gente. Y ello la había llevado a perder a Harry, a no saber nada de Hermione ni del resto de su familia, e incluso, a perderse a sí misma. Porque luego de semejante decisión, quedaba poco de lo que había sido la valiente Gryffindor. Adiós a la rebeldía, aunque Luna todavía podía ver algo de ella en las profundidades de sus ojos; adiós a las agallas de enfrentar al mundo entero si este iba en contra de sus principios.

Ahora, Ginny Weasley bajaba la cabeza ante una orden de su hermano, cuando nunca antes lo había hecho. Expresaba sus inconformidades, pero no las sostenía, no defendía sus ideales a capa y espada. No era una marioneta, pero tampoco era ella, y eso la limitaba sobremanera, la condenaba a no permitirse ser feliz. Tampoco se daba cuenta de que la felicidad era una decisión y no una meta, que toda la vida estaba regida por las decisiones que se toman, que el amor, de la misma forma en la que apoya y ayuda al prójimo, también sabe dejarlo ir cuando se niega a levantarse.

Porque el amor es libertad, es darle la oportunidad al otro de no estar con una, porque al igual que el amor a los demás existe, también está el amor propio, y este no debe ser sacrificado en pro de otra persona. Luna lo sabía, sabía que el amor propio y el amor a los demás debían coexistir en armonía, pero Ginny, no. Su concepto de amor era lo que la había llevado a caer en un pozo cuya profundidad, si es que quería salir de él algún día, iba a tener que recorrer sola.

Y era por eso que Luna esperaba, era por eso que se limitaba a observarla, consolándola y orientándola cuando se veía muy perdida, pero dejándola permanecer o avanzar al ritmo que quisiese. Y por más terrible que sonase, su felicidad no dependía de la de Ginny, a pesar de que la quería con todo el corazón, ella seguía con su propia vida, en la medida que aquel caótico mundo se lo permitía.

A ratos, sentía que podía tener una oportunidad con la pelirroja, otras veces le daba la sensación de que era todo en vano, y otras más, cuando se encontraba equilibrada entre mente y corazón, planeaba declarársele cuando finalmente abriera los ojos y volviese a ser ella misma, con la certeza de que si ese día no llegaba, si la Ginny que conoció no regresaba, o si lo hacía y la rechazaba, iba a tener que continuar su camino, bien fuese sin declarársele, o con su rechazo clavado en el corazón. De cualquier modo, el mundo iba a seguir girando, y por más anti romántico que sonase, nadie se moría de amor y ella, no iba a ser la excepción.

—Me pregunto qué tan imbécil tendré que fingir que soy hoy —comentó y revolvió su té con una cuchara, sin pasar por alto los labios fruncidos de su amiga, aunque su expresión distraída decía lo contrario—. Ayer Anna Matheson tuvo que reírse de un chiste estúpido del jefe, y fingir que no se daba cuenta que le miraba los pechos.

—No se trata de que finjas ser tonta, Luna —le rebatió Ginny sin atreverse a mirarla—. Se trata sólo de no ser petulante y creerse más listos que los demás.

—Yo nunca he sido petulante —apuntó la aludida y bebió un sorbo de su taza—, tampoco creo ser más lista que nadie. Pero desde que Ron es ministro tengo que fingir no darme cuenta de las cosas, o reírme cuando no me apetece. Como cuando tuviste que ponerte ese vestido rojo oscuro que te hacía ver como una manzana gigante, y aguantar las bromas pesadas de los conocidos de tu hermano, todo porque ellos "estaban siendo simpáticos" y, como él mismo siempre dice, el carisma debe bien recibirse.

—Y tiene razón —sentenció Ginny con firmeza, aunque Luna notó un ligero rubor en sus mejillas—. Hoy en día, hay muy poca gente que tiene sentido del humor. Debemos valorarlo.

—Si hubiesen verdaderos motivos para reírse, yo creo que habría más gente haciendo verdaderas bromas —apuntó Luna y ladeó la cabeza—. A mí en lo personal, no me gusta reírme de cosas que resultan ofensivas. No les veo la gracia.

—Que no les veas la gracia no significa que no sean divertidas.

—Me pregunto qué será de George —dijo la rubia y se preparó una tostada con mantequilla—. ¿Crees que haya puesto una tienda de bromas muggles?

—No lo sé, Luna —Ginny desvió la mirada hacia otra parte—. Y tampoco es como que me importe mucho. Ron es quien único me interesa, ya te lo he dicho. Él es bueno y simpático, algo que ni Harry, ni Hermione, ni ninguno de mis hermanos supo valorar.

—Yo lo valoraba —repuso la joven entre bocado y bocado—, cuando hacía comentarios graciosos. Y recuerdo que Hermione y Harry también disfrutaban de su compañía…

—Bueno, ¿y a qué viene este tema de conversación? —la cortó la bruja con fastidio—. Si tanto extrañas las cosas como eran antes, puedes irte a vivir al mundo muggle como los demás.

—Tal vez lo haga —cabeceó la rubia—, cuando me canse de fingir algo que no soy.

Ginny la fulminó con la mirada.

—Al menos no los mata —argumentó, sus palabras traicionadas por la amargura de su timbre—. A los que no están de acuerdo con las nuevas normas, quiero decir. Él… no es como cuando estaba Voldemort.

Luna se encogió de hombros.

—Nunca he visto un cuerpo, ni anunciada alguna muerte en los diarios, pero el silencio no siempre significa paz, ¿verdad?

Ginny no respondió. Tampoco habló el resto del desayuno. Por su parte, Luna terminó de alistarse y desapareció rumbo al trabajo. Era cierto, nunca había visto un cadáver, no obstante sí había presenciado el arresto de varios de sus compañeros que se habían rebelado en contra del nuevo sistema. Si eran trasladados a Azkaban lo desconocía, pero ni ella ni sus respectivos familiares los volvían a ver.

Ella hablaba de fingir algo que no se era. El ministerio, por otra parte, proclamaba el reconocerle a todos sus habilidades. Así es como había comenzado todo, eso era lo que Ron había usado como bandera para atraer seguidores. Levantar a los que pasaban desapercibidos, aquellos que no eran muy inteligentes, que eran aparentemente oprimidos por otros, aplastando a los petulantes y engreídos. En teoría, su intención parecía buena, el problema fue que no supo distinguir entre alguien desvalido y alguien mediocre, que confundió arrojo con petulancia, inteligencia con malicia.

La rubia rio entre dientes, irónica como pocas veces era. Si lo analizaba fríamente, una de las grandes cosas que ahora Ron castigaba —la inteligencia— era, precisamente, su mayor virtud. Porque para movilizar a tanta gente, para obligar a unos a abandonar Inglaterra y para convencer a los que se quedaban de que perderse a sí mismos era lo mejor, había que ser astuto, inteligente.

Al principio, la conducta del pelirrojo, en especial, el desprecio que demostró hacia Harry y Hermione le sorprendió y desconcertó; pero tras analizarlo mucho, tras hablar y hablar con Ginny acerca de su pasado, lo comprendió. No era culpa de Harry. Tampoco lo era de Hermione o de Molly, la cuestión se reducía a que había un centenar de cosas que Ron no había superado, arrastrando consigo una autoestima espantosa, y alimentando resentimiento hacia las personas equivocadas. Porque hasta la fecha, Draco Malfoy seguía en el mundo mágico, siendo consejero del propio Ron. Un puesto que había conseguido a rajatabla, sí, ¿pero cuándo en el pasado se esperó algo así? Nunca.

El mundo estaba de cabeza. Y aunque a Luna siempre le había gustado ver el mundo desde otra perspectiva, este cristal que Ronald Weasley les había impuesto no le gustaba para nada. Empero, conservaba la esperanza de que se enderezase, de que todas aquellas cosas por las que algún día sus padres habían luchado regresasen, porque Harry recordase que era valiente, y Hermione, que la inteligencia se podía usar más que para huir y esconderse.

Porque Luna Lovegood sabía que tanto como la castaña, como el chico de la cicatriz y su adorada Ginny, irradiaban una luz capaz de erradicar hasta la más profunda oscuridad.

El problema era, que ninguno de los tres recordaba poseer ese poder.

N/A:

¡Hola a todos!

Bien, como ya se imaginarán, iré intercalando los capítulos entre la visión de Luna y Hermione. La verdad es que se me da mejor escribir historias propias que Fanfics, (pueden buscarme en Wattpad con este mismo nombre para comprobarlo), si bien así fue como comencé a escribir, narrando FF en la ya muerta plataforma de Fanautores. De cualquier forma, estoy intentando retomar la práctica, así que me vendrían de perlas sus comentarios…los cuales voy a contestar al final de cada capítulo porque simple y sencillamente, no entiendo esta condenada plataforma.

Así pues, aquí voy:

TONYA: Muchas gracias por regalarme un ratito de tu tiempo, la verdad es que siempre quise escribir algo donde Ron fuera el villano…ojalá te animes a seguir leyendo, a comentar y compartir esta historia con tus conocidos del mundo mágico, no sabes lo feliz que me haría.

Y bueno, es todo por hoy, espero leerlos en los comentarios: dudas o sugerencias, ¡tecleen que yo los leo!