Capítulo 3: Limpiadores.
Hermione pasó el quincuagésimo producto por el lector de barras para registrar su precio. Tomar y deslizar, tomar y deslizar, mientras la máquina iba sumando las cantidades una tras otra, a la par que su cerebro no dejaba de pensar en Harry. Últimamente pensaba mucho en él, pero aquella mañana la opacidad de sus ojos la había inquietado más de lo normal, sin contar el hecho de que hubiese parecido querer confesarse. ¿Pero qué? ¿Qué era lo que atormentaba al gran Harry Potter, desde aquella fatídica noche en la que tuvo que enfrentar a su mejor amigo? ¿Qué había hecho Ron con él? ¿O sería algo que habría dicho?
—Voy a pagar en efectivo, señorita.
El que le hablaran en inglés y no en francés le sobresaltó más que la propia afirmación. Ella no había preguntado el modo de pago, tampoco. Asintió, y con cuidado de no establecer contacto visual directo, examinó a la persona que tenía delante. Se trataba de una mujer, alta y de facciones afiladas, de ojos fríos y sonrisa taimada, y que en realidad apenas y llevaba productos. No obstante, lo que captó la atención de Hermione fue el brillo que se atisbaba por encima de la blusa femenina, un destello que podía pertenecer a cualquier dije, pero que lanzaba una luz tornasol visible sólo para los magos y brujas, y que se manifestaba únicamente en presencia de un exiliado, como ella.
Como mismo lo estaba haciendo en esos momentos.
La mujer inglesa (porque Hermione estaba segura de que lo era, debido a su marcado acento) sonrió victoriosa y, como en cámara lenta, comenzó a sacar su varita. Instintivamente, Hermione retrocedió, chocando con la espalda de algún comprador que, ajeno a todo, la miró con el ceño fruncido y le dedicó una protesta en francés. A lo lejos, como un canto fúnebre, hoyó los gritos de otros exiliados siendo descubiertos, el sonido de las explosiones pertenecientes a los encantamientos no tardó en llegar a sus oídos también.
Pero ella tenía la varita en el bolso. En el puñetero bolso, porque en el uniforme no había dónde meterla, y porque hacía meses que los limpiadores no se aparecían. El artilugio no estaba tan lejos de ella en realidad, bastaba con que estirara la mano, pero en ese lapso de tiempo, la limpiadora que tenía delante ya habría realizado el maleficio asesino (o el aturdidor, había oído historias acerca de exiliados que eran capturados para ser sometidos a un sinfín de torturas físicas y psíquicas), enviándola al más allá, y dejando a Harry a su suerte.
Harry. No podía abandonar a Harry. La varita de la limpiadora se encendió de verde, su brillo le hizo a Hermione recordar los ojos de Harry antes de que toda aquella tragedia se desatara, antes de que Molly muriera envenenada por el menor de sus hijos varones, antes de que éste pusiera a Ginny en contra del propio Harry, lo desafiara a un duelo sin apariencia y tras derrotarle, se hiciera con el control de la varita de sauco. Antes de todo eso, los ojos de Harry brillaban así, si bien no recordaban a Hermione la muerte, tal y como lo hacía el maleficio imperdonable, a punto de salir.
Hermione se agachó, a sabiendas de que un inocente moriría, y en silencio pidió perdón al pobre desgraciado que estaba detrás de ella, porque él no tenía la culpa, pero lo quisiese o no, en la guerra las cosas eran así: o morías o luchabas por sobrevivir. Y Hermione aún necesitaba vivir. Por Harry.
Porque aunque Ron intentaba ocultarle al mundo mágico lo que verdaderamente pasaba, lo que realmente le hacían a los que se oponían, lo cierto era que estaban en guerra. Lord Voldemort los había nombrado mortífagos, pero Ronald Weasley, en un intento por conservar la apariencia de pulcritud y paz, hacía llamar a sus secuaces «limpiadores» quienes, ante los ojos del resto de la comunidad mágica, sólo hacían su trabajo, el trabajo de mantener limpia y a salvo al resto de la población.
Y para desgracia de Hermione, ella era una alimaña que debía ser eliminada, por el bien de la sociedad.
El chorro de luz verde salió disparado e impactó al comprador francés justo en el centro del estómago, arrojándolo contra la siguiente caja y produciendo toda una reacción en cadena, acaso por lo violento del ataque, acaso por sus ojos abiertos de par en par, sin vida: primeramente, hubo un silencio que pareció prolongarse durante toda una eternidad, hasta que por fin, la cajera que segundos antes lo había estado atendiendo dio un alarido. Tanto los clientes que iban detrás del ahora comprador muerto como los que hacían fila detrás de la limpiadora gritaron e intentaron por todos los medios darse a la fuga, atropellándose los unos a los otros, tirando un sinfín de productos a su paso y, unos menos, empujando el carrito como si este fuese un arma con la que poder embestir a todo el que se atravesase en su camino, o como si sus manos fueran incapaces de deshacerse del armatoste de aluminio.
En cuestión de segundos, todo el supermercado era un caos, surcados los aires por multitud de haz de luz de colores, latas volando en todas direcciones, bolsas estallando y derramando los granos como si fueran diminutas canicas, cajas explotando y liberando chorros de leche que se vertía con rapidez por el suelo. Niños que lloraban, adultos que gritaban, pisadas que buscaban alcanzar la salida, y en el suelo, Hermione Granger finalmente había conseguido hacerse con su varita, justo a tiempo para lanzar un encantamiento protego y evitar que la limpiadora la aniquilase con un nuevo encantamiento, el cual rebotó y fue a hacer un agujero en alguna parte.
Con una segunda floritura, Hermione hizo saltar la caja en cientos de pedazos, lanzando lejos a la limpiadora que fue a caer cinco cajas más allá, dando en el aire una voltereta y aterrizando de espaldas, su cuello torciéndose en una posición anormal, aunque si la caída no la hubiera matado, sí que lo habría hecho los segmentos de metal y plástico que se le incrustaron entre el pecho y el estómago.
Hermione se incorporó, divisando un amasijo de piernas, brazos y sangre. De repente, un conjuro la alcanzó a traición y le abrió uno de los costados, Hermione gritó pero se mantuvo firme, con una mano intentó aguantarse la herida, al tiempo que se volteaba para ver quién la había atacado. Era otro limpiador, uno al que la bruja no tenía intenciones de enfrentar, por lo que sin darle tiempo a nada, desapareció antes de que si quiera terminase de alzar la varita.
Reapareció en un callejón desierto, temblando entera y todavía con una mano apretada sobre su costado, si bien el flujo de sangre no dejaba de manar, manchando el bolso que aún medio colgaba de su muñeca, con la mano libre aferraba su varita. Una parte de ella le gritaba que tenía que ir a casa, que debía materializarse allí, pero ni sus músculos ni su cerebro parecían procesar más allá del hecho de que estaba perdiendo sangre y de que no podía dejar de temblar. En especial, no podía quitarse de la mente la imagen de la limpiadora, con la cabeza torcida hacia un lado y aquellas estacas de plástico y acero clavadas en el pecho, como si de un vampiro se tratase.
El sonido de unos frenos chirriando fue lo que la sacó del shock. Eso, y que el ventanal de un aparador de una tienda cercana estalló en miles de esquirlas brillantes. Vio cómo de la tienda salían disparados más chorros de luz, semejantes a fuegos artificiales, aunque ella sabía bien que no se trataba de eso. Al parecer, los limpiadores estaban depurando París. Un nuevo alarido, y Hermione supo que tenía que moverse. No obstante, el limpiador que había irrumpido en la tienda salió a la calle y alcanzó a verla, arremetiendo contra ella mucho más rápido de lo que lo había hecho su compañera muerta.
Hermione logró esquivar el encantamiento, pero el limpiador no le dio tregua y volvió a atacar, obligándola a defenderse. La castaña intentó desaparecer pero, bien fuera por la pérdida de sangre o por su falta de concentración, no lo consiguió. El limpiador fue aproximándose, su varita era una estela encendida la cual no dejaba de lanzar hechizos de diversa índole, aunque había uno en especial que inquietaba a la bruja. Y no sólo porque desconociese su contraparte, sino por los cuatro colores que lo conformaban, entretejiéndose en una trenza de verde, púrpura, amarillo opaco y negro. «No dejes que te toque, Hermione», le gritaba su instinto. «Hagas lo que hagas, no dejes que ese hechizo te alcance.»
Ninguno de esos encantamientos la alcanzó, por fortuna. Aunque sí que lo hizo otro, uno que la golpeó en un hombro y la lanzó contra la pared del fondo, haciéndola caer revuelta entre cajas y basura. Intentó levantarse, todavía mareada por el golpe, pero las piernas le flaquearon y volvió a caer, su cuerpo demasiado débil a causa de la pérdida de sangre de su costado.
Repentinamente, un sonido bajo la hizo alzar la cabeza. Sus ojos tardaron en enfocar a la figura humanoide que se encontraba agazapada frente a ella, una criatura enfundada en ropas y con la piel blanca reventada en ampollas virulentas, las uñas largas, prensiles, ennegrecidas; en la cabeza, se le notaban marcadas calvicies, como si alguien hubiera arrancado a puños la larga melena caoba, los ojos en blanco y la boca replegada en un gruñido, dejaba escapar espumarajos cual perro rabioso.
—¿Bonita, eh? —sonrió el limpiador, mirando a la criatura con un enfermizo y repulsivo afecto—. El amo cree que será mejor hacer que se maten entre ustedes a desgastarnos nosotros.
«Hacer que se maten entre ustedes». Hermione creyó que iba a desmayarse. Aquella no era una cosa, era la dueña de la tienda que minutos antes el limpiador había invadido. ¿Una exiliada? Sí, seguramente. Y ese hechizo que le había dado mala espina… tal vez era con el que la había… ¿qué le había hecho a esa pobre mujer?
—Escucha… —intentó razonar con ella—, sea lo que sea que te haya hecho ese limpiador, es producto de un encantamiento, no eres tú… Lucha… lucha contra eso…
La mujer emitió un sonido agudo con la garganta, pero no pareció dar señas de haber entendido a Hermione, su expresión amenazadora no abandonó su faz. Se desplazó a un lado con lentitud, como analizando el punto más vulnerable y abierto para lanzarse sobre la bruja y… ¿hacer qué? ¿Golpearla hasta matarla?
—Por favor… —volvió a intentarlo Hermione, porque acababa de darse cuenta de que su varita había quedado fuera de su alcance. Ni siquiera la veía por ninguna parte—. Por favor, escúchame, esta no eres tú, es culpa del maleficio, tienes que luchar contra él, sé que no quieres hacerme daño, soy una exiliada, como tú, nuestro enemigo es el limpiador…
—Pierdes tu tiempo —se burló el susodicho—, toda capacidad de razonamiento se ha evaporado de su cerebro. Sólo obedece a nosotros, los limpiadores, y al amo, por supuesto. Pero a ti… —curvó los labios en una malévola sonrisa—, me parece que te ve pinta de canapé.
—…vamos…tú puedes… —Hermione se pegó a la pared lo más que pudo, de pronto invadida por el terror y el asco que la pestilencia y los gemidos-gruñidos de la mujer le producían—. Vamos, lucha, recupera el control…
Pero era inútil. El limpiador tenía razón, la vendedora no escuchaba y, además, se estaba saboreando a su presa. Al parecer, sus intenciones no radicaban en matarla a golpes, sino en hincarle los dientes.
Sin previo aviso, la mujer saltó sobre ella con las garras extendidas y la mandíbula abierta, dejando entrever hilillos de saliva rosácea y blanca; Hermione utilizó la tapa de uno de los cubos de basura más cercanos a modo de escudo, pero el rayo de luz roja fue mucho más rápido, impactando a la mujer y cortando su salto, si bien no consiguió noquearla.
—¿Pero qué…? —balbuceó el limpiador, primero estupefacto, después furioso—. ¿Quién diablos…?
Se volteó. Hermione alzó la vista. Justo en la acera de enfrente estaba Harry, magullado y con manchas de sangre recubriéndole la camisa y un lado de la cara, varita en ristre y la pernera izquierda del pantalón rasgada.
—Apestoso exiliado… —masculló el limpiador y preparó su varita para contraatacar.
—¡Harry, cuidado! —intentó advertirle Hermione, pero la bruja caníbal se había recuperado y estaba empecinada en probar su sabor, por lo que tuvo que apartarse para esquivar su dentellada.
—¿Cómo… cómo te ha llamado? —el limpiador se había parado en seco y ahora escrutaba la faz ensangrentada de Harry—. ¿Ha dicho…Harry? ¿Harry Potter?
—No, de hecho ella ha gritado «Larry», miserable sabandija sorda.
Ambos brujos se enzarzaron en una batalla feroz, sin embargo se notaba la desventaja por parte de Harry, debido a las múltiples heridas con las que cargaba. Hermione recordó haber escuchado el rechinido de frenos de auto, y supuso que había sido él en el taxi, sorprendido por alguno de sus adversarios. Por fin, la muchacha encontró su varita, con lo que pudo defenderse mejor ante los embates de la criatura, lo que esta no parecía tener intenciones de rendirse, ni siquiera cuando Hermione le abrió un profundo tajo en el estómago que hizo asomar sus vísceras.
—Por Merlín… —jadeó la castaña—. ¿Pero qué diablos les hace ese hechizo?
Invocó un apresurado encantamiento que la salvó de perder una mejilla, antes de lanzar a la mujer contra la pared. La susodicha no parecía cansarse, pero ella se estaba agotando, y más allá, notaba que Harry no tardaría en perder la batalla. Eso, o el limpiador lo convertía en algo similar a la vendedora.
No se dio cuenta cuándo su contrincante se había recuperado. La mandíbula se cerró sobre su hombro, haciéndola caer de espaldas y dar un alarido, aun así afianzó su varita entre sus dedos. La mujer se separó de ella llevándose consigo un buen pedazo de carne, Hermione le lanzó otro hechizo que terminó de apartarla de sí; con los ojos lagrimeándole por el dolor, intentó ponerse de pie, pero la herida de su costado le recordó su presencia con un agudo pinchazo que la volvió a tumbar. A lo lejos, oía a la vendedora masticar el pedazo de hombro que le había arrebatado, un sonido chirriante y viscoso, húmedo, sangre mezclándose con la saliva.
Tenía que levantarse, eso era lo que su instinto de supervivencia le gritaba, pero el dolor entumecía sus músculos, y en especial, su cerebro. En medio de la bruma, hoyó un estruendo, seguido del sonido de cristales rompiéndose, y supo que Harry estaba perdido. Desalentada, dejó caer la cabeza, con los ojos fuertemente apretados, renuente a mirar, a percatarse de que su mejor amigo y único compañero finalmente había caído.
—No… por favor… —murmuró conteniendo las lágrimas a duras penas, agudizando los oídos con tal de percibir cualquier indicio de movimiento—. Harry…tú no…
Gritó al tener el peso de la mujer encima de nuevo, más aún, al hundírsele los dientes en una de las caderas. Viva, esa cosa iba a comérsela viva…y Harry…oh, Harry había muerto para incrementar sus posibilidades de huir, y Hermione sólo estaba allí pasmada, dejándose destazar y ser comida viva.
Con un bramido de furia, se incorporó y estampó su puño contra el lado izquierdo de la cara de la mujer, logrando así que dejara de masticar, al mismo tiempo que lanzaba otro encantamiento para apartarla por completo de ella. No moriría, pero tampoco estaba dispuesta a irse sin Harry, estuviera muerto o no, jamás lo dejaría atrás.
La vendedora se recuperó con gran facilidad, y pareció más rabiosa que nunca, su faz contraída en un rictus de odio y cólera que paralizó a Hermione durante unos preciados segundos. La mujer saltó, Hermione preparó la varita pero sin dejar de temblar, horrorizada ante la visión de los ojos en blanco y la boca abierta manchada de sangre.
—¡Avada kedavra!
Por segunda vez, el salto de la vendedora fue cortado en el aire, esta vez de forma definitiva. Porque sin importar lo que el maleficio del limpiador le hubiera hecho, nadie sobrevivía al mortal rayo de luz esmeralda. Con un espasmo, la mujer cayó al suelo dando un golpe seco, su mandíbula abierta crujió al estrellarse contra el pavimento. Hermione alzó la vista, sus ojos chocando con los del joven al que había creído muerto.
Harry.
El mago abrió la boca para decir algo, pero las fuerzas lo abandonaron y cayó de bruces, Hermione hizo acopio de las pocas energías que le quedaban y gateó hasta él, tomándole una mano y rodeándolo por la cintura con el brazo libre.
—Harry… —lo llamó con la voz estrangulada—. ¿Harry, me escuchas?
Él apretó su mano por toda respuesta. Hermione suspiró y le besó la frente, para por último sujetarlo mejor y desaparecer junto con él dando un sonoro crack.
