Capítulo 4: Hasta la médula.
Luna revolvió con una cuchara su helado de vainilla rociado con galleta de chocolate. La mezcla era más una malteada con trocitos de galleta flotante que helado propiamente dicho, no tanto porque se hubiese quedado fuera de la nevera, sino más bien, por el tiempo que Luna llevaba sin llevarse una nueva cucharada a la boca, demasiado abstraída en sus pensamientos. Suspiró y dejó su movimiento repetitivo de lado. Miró dentro de la taza, a la sustancia amarillo pálido que aún giraba en un lento remolino, el cual, a su vez, hacía girar los pedazos de galleta. Una galleta que a veces flotaba, a veces se sumergía durante unos segundos y, a veces, se hundía para no volver a emerger.
Como ella.
Esa mañana se había mantenido a flote sólo a duras penas, porque aunque había dormido bien, las cosas en el trabajo habían decidido tomar su propio rumbo. Ciertamente, Luna había tratado muy poco a Seamus Finnigan, y desde que parecía lamerle los zapatos a Ron la verdad es que había marcado más las distancias con él. Sin embargo, el mago había desvelado su fachada aquella mañana —porque luego de lo acontecido, a Luna no le quedaban dudas acerca de dónde estaba la lealtad de Seamus—, aunque no de la mejor manera, ni en el momento más oportuno.
Luna no lo culpaba. Si ella hubiera visto a Ginny en aquella pantalla de televisión, sufriendo lo que le había visto sufrir a Lavender, también habría enloquecido.
Una de las cosas que el actual ministro le había mal-aprendido a su padre, era el re-valorar la utilidad de algunos artilugios muggles. En especial, los medios de comunicación. Al menos, los que a él beneficiaban. Así pues, había introducido al mundo mágico las televisiones, diferentes de la de los muggles en varios aspectos: el primero era que estas únicamente se encontraban en los edificios públicos (sobre todo en los gubernamentales) y no al alcance de todas las personas; en segundo lugar, estaba el hecho de que dichos aparatos no necesitaban de electricidad, sino que funcionaban gracias a un hechizo, mismo que sólo conocían la gente de altos mandos, y quienes tenían por obligación encenderlas cada mañana. La tercera diferencia radicaba en la programación transmitida, estrictamente limitada y en pro siempre del ministerio, más específicamente, de Ron.
Por eso, cuando vio por primera vez la noticia no lo comprendió, aun y con la previa introducción dada por el conductor; las imágenes eran demasiado horrendas, con demasiada violencia de por medio, algo que casi por ley, estaba en contra de todo lo que Ron predicaba. No importaba que el presentador hubiera dicho que los limpiadores luchaban para resguardar a la comunidad mágica de los avariciosos y engreídos rebeldes, ni que el rostro de Lavender se hubiese mostrado crispado durante el combate (lo cual, daba mayor credibilidad a las palabras del conductor), bien fuera por la concentración mantenida o por la sincera rabia hacia su adversario; lo presentado en las pantallas aquella mañana fue espantoso.
La ex Gryffindor se batía en duelo con todas sus fuerzas, ya luciendo una herida sangrienta en una de sus sienes, pero no dispuesta a ceder terreno. Se oían explosiones a lo lejos, gritos y pisadas de gente que corría, y en el fondo, Luna creyó atisbar la sombra de alguien que se acercaba a la bruja por la espalda. De pronto, un encantamiento la golpeó a traición, Lavender cayó al suelo gritando, con los ojos puestos en blanco, convulsionaba mientras su piel se abría en yagas virulentas, de su boca brotaban densos espumarajos. «Va a broncoaspirarse», pensó Luna estúpidamente, «que alguien la ayude o podría ahogarse con sus propios fluidos… o con su lengua…». Por si aquello no fuera suficiente, una cantidad exorbitante de sangre empezó a correr por entre las piernas de la muchacha, formando un oscuro charco bajo ella.
Pero nadie fue en auxilio de Lavender. Ni el limpiador que la había agredido, y mucho menos, el que combatía minutos antes con ella. Por fin, los espasmos del cuerpo de la bruja remitieron, y durante un instante Luna creyó que allí terminaría todo, que la cara del presentador volvería a aparecer, diciendo que eso y más es lo que se merecían los rebeldes por amenazar la perfecta paz de la comunidad mágica, pero se equivocó. Lavender emitió un jadeo, mitad silbido y mitad gruñido, y crispó los dedos, incorporándose. Fue una cosa de lo más escalofriante, ver a alguien que conocías quedar en ese estado, pero más escalofriante fue el hecho de que el limpiador que la había agredido, finalmente al alcance del lente de la cámara, se acercase a ella, le acariciase la cabeza y le hiciese una marca en un hombro, curvando los labios en una media sonrisa que se asemejó más a una mueca perversa.
Entonces sí, la faz del conductor de noticias reapareció. Explicó que de esa forma la voluntad de los rebeldes mermaría en «malignidad», accediendo a convencer al resto de sus compañeros a unirse de vuelta a la comunidad mágica con renovadas intenciones de paz, y aunque las heridas que el hechizo les causaba parecían ser terribles, aseguraban serían debidamente atendidas por los limpiadores. Después aparecía un video de Ron, aseverando que no querían hacer daño a la gente, sino más bien, hacerla entrar en razón y recuperar al resto de «hermanos perdidos».
Fue cuando Seamus explotó. En realidad, lo que estalló fue la pantalla de televisión, el sonido seguido por gritos ahogados y las vociferaciones del propio Seamus. Decía improperios contra Ron y contra todo el sistema, anunciaba a los cuatro vientos que todo era mentira y que no se dejaran engañar, como si de repente se hubiese convertido en un profeta necesitado de anunciar la verdad; por último, rompió a llorar y añadió, todavía manteniendo el tono de voz alto, Luna incluso creyó haber oído que lo elevaba una octava:
—¡Estaba embarazada! ¡Estaba embarazada e íbamos a casarnos, maldito bastardo!
Luna volvió a suspirar, dejando su taza sobre la mesita de noche. Luego de semejante revelación nadie se movió, si bien todas y cada una de las miradas se mantuvieron fijas en Seamus, quien no hizo ademán de moverse. De repente, un grupo de aurores irrumpió en la estancia, echando mano sobre el sollozante brujo quien gritó y pataleó hasta que finalmente uno de sus captores logró dejarlo inconsciente. Luna se preguntó por qué Seamus no había sacado su varita, hasta que la vio en mano de otro auror, quien sin duda se la habría arrebatado en algún punto. Por último, uno de los aurores que aún quedaban se volvió, sonrió a los espectadores, limpió el desastre que habían armado con una floritura, y les invitó a todos a continuar con sus labores.
Como si nada hubiera pasado.
«O más bien, como si todo hubiese estado planeado», pensó. Porque, ¿por qué precisamente transmitir la escena del ataque contra Lavender? Podrían haber emitido la captura de cualquier otro rebelde, a menos claro que sospechasen de Seamus desde un principio y buscasen que se delatase. La táctica de «combate pacifista» mantenía tranquila a la población en general, pero resultaba poco efectiva en cuanto a apresar exiliados se trataba.
Al parecer, Ron había decidido cambiar de estrategia y pasar a la ofensiva, aunque continuaba vendiéndole a su gente la idea de ser alguien bueno y considerado. Cerró los ojos con fuerza y apretó las manos en puños. Por Merlín, ese charco de sangre bajo Lavender… y lo peor de todo no era la mentira y el descaro de Ron, sino que había gente que en verdad le creía. Existía gente que mataría por él…y por la que ella moriría.
Como Ginny.
Apretó las manos en puños hasta que las palmas le sangraron. Esa mañana estaba convencida de que podría continuar camino sin la pelirroja, pero luego de lo que había visto en la televisión, ya no estaba tan segura. La sola idea de que Ginny terminase como Lavender la hacía sentir un escalofrío, y en todo caso, ¿qué era lo que ese hechizo les hacía? Porque Lavender se había levantado, así que no podía estar muerta…pero Dios, sangraba tanto…y esas pústulas…
Se levantó de un salto, sin saber si lo hacía para huir de la imagen de Lavender flotando en sus recuerdos, o para no afrontar los reproches de su propia consciencia. Agarró una muda de ropa limpia y se metió en el cuarto de baño, dispuesta a que el agua le refrescase las ideas y congelase sus sentimientos. Sí, siempre se sentía mejor después de un baño. Se desvistió, y dejó que el agua se llevase sus preocupaciones y contradicciones emocionales. Estaba toda enjabonada y a punto de soplar una burbuja cuando hoyó su voz:
—¿Luna? —la llamó Ginny al otro lado de la puerta—. Hey, Luna, ¿estás allí?
La susodicha se quedó con el aliento atascado en los pulmones, y la pompa de jabón en la palma, aunque no por mucho tiempo. La delicada forma explotó con un «pop», como mismo se rompió la concentración de Luna. Al no responder, Ginny entre abrió la puerta y asomó la cabeza, distinguiendo únicamente la figura femenina perfilada detrás de la cortina.
—¿Luna? ¿Sucede algo?
—¿Por qué preguntas por mí si sabes que soy la única en casa? —soltó la rubia, más por decir algo que porque le molestara la pregunta.
—Oh, yo…por costumbre, supongo. ¿Cómo te fue en el trabajo?
—¿Has visto la televisión?
Ginny tomó una respiración profunda.
—Sí —dijo, aunque esta vez su tono de voz fue tenso.
—Entonces, ¿por qué me haces esa pregunta?
—Oye, no tenía idea de lo que Ron haría… —habló Ginny a la defensiva—ni siquiera sé lo que hace ese hechizo. Le he exigido a Ron una explicación pero…
—No te la ha dado —la cortó Luna sin sonar tajante. De nuevo, se trataba de una mera afirmación.
—No. Pero ha organizado una cena para poder explicarse mejor, y me ha pedido que vaya. Estarán presentes los altos mandos del ministerio y…bueno, me gustaría que me acompañases.
Por fin, Luna pareció despetrificarse y comenzó a quitarse el jabón del cuerpo.
—Seguro sería divertido —exprimió su cabello, y un chorro de agua blanca restalló en el piso—, pero estoy cansada, Ginny. Prefiero meterme en la cama, leer un poco y dormir.
—Entiendo… —el timbre desilusionado le encogió el corazón—. Yo…yo sólo…ya ves lo aburridas que son esas reuniones y…bueno, me hubiera gustado tu compañía. Pero será en otra ocasión. Que descanses, Luna.
—Igualmente, Ginn.
—Pero si cambias de parecer —añadió Ginny antes de salir—, la reunión será en casa de Ron.
—Enterada.
Luna hoyó cómo Ginny permanecía estática bajo el umbral durante unos segundos, antes de retirarse y cerrar con suavidad la puerta. Soltó aire. Ginny tardaría al menos una hora en alistarse, y en ese tiempo ella…ella…
—Me vestiré y saldré para acompañarla…oh, diablos.
Se abrazó a sí misma y cerró los ojos con fuerza. En esos instantes, se sentía tan furiosa consigo misma como seguramente se sintió Seamus al verse descubierto por los aurores. Él había perdido a Lavender, y ella, la resolución acerca de sus sentimientos por Ginny.
Porque ahora, más que nunca, sabía que no podía irse. Ahora, más que nunca, se daba cuenta de que estaba enamorada de la pelirroja…hasta la médula.
N/A:
¡Hola, mundo!
Antes que nada, agradecer a TONYA y la otra personita que dejaron sus comentarios en el capítulo anterior.
Una disculpa por tardar en actualizar, pero tengo que atender mis historias originales, participar en concursos y más recientemente, trabajar en la continuación de una novela por cuya primera parte he firmado contrato con una editorial argentina. De cualquier modo no sufran, que no pienso dejar incompleta esta historia, me gusta mucho la idea de un Ron malvado como para dejarla de lado =P
Ya saben, espero sus comentarios o bien, si quieren ponerse en contacto directo conmigo, pueden escribirme a: itzabellaortaceli
¡Besos y abrazos!
