Todos los derechos son propiedad de RICHELLE MEAD, a excepción de la trama.


Sinopsis: ¿Quién puede evitar el dolor de ver a la persona que amas sufrir?


Inquebrantable


Desde unos meses atrás, yo no encontraba solución… más el destino la encontró.

Y no lo vi, no lo esquivé… perdí el control, me desmayé.

No te encontré al despertar… solo vi fuego en la oscuridad.

Y me quema, me quema, me quema… el aire.

Aire - Warcry


Dimitri


No podía, era incapaz de apartar mis ojos de la Cruz.

Tal vez porque el padre lo había pregonado como la verdad absoluta durante el sermón: – "Ese símbolo poderoso transforma todo lo malo en algo increíblemente bueno. Llena de amor y destruye el odio desde la raíz. El que murió en la Cruz asumió ese mal, toda violencia, todo pecado. Y por nosotros triunfó sobre todo eso".

Después poco pude escuchar, pues precisamente apareció el recordatorio vivo de cada uno de mis miedos y pecados... Rose. Logrando perturbar mi efímera tranquilidad, desestabilizándome hasta el punto de agobiarme y aterrorizarme con su sola presencia.

¿Por qué insistía? ¿Por qué no entendía que la quería lejos de mí?

Que ya no era, ni jamás sería el mismo hombre del que se enamoró. En mí ya no existía alegría, paz, ilusión, mucho menos amor. El miedo, la culpa y la desesperante angustia lo consumieron todo. Desde lo más profundo me dolía cada fragmento resquebrajado del alma.

Por su bien, y ciertamente por el mío, tenía que apartarse de mí para siempre.

He renunciado a ti. El amor se desvanece...

Cerré los ojos fuertemente, jurando en silencio por lo que alguna vez consideré como lo más sagrado, no deseaba hacerle más daño. Sin embargo, el pánico que sentía a lastimarla me llevó exactamente a eso y francamente no sabía si podía parar.

Una vez dichas las palabras el brillo feroz y pasional de su mirada se extinguió. Algo cambió en sus rasgos, se endurecieron. Era tanta la lobreguez que desprendía que me costaba reconocerla aun teniéndola delante.

Supe entonces que con ella había cruzado todos los límites.

– Es increíble, ¿no te parece? – Tan sumido estaba en mis pensamientos que no fui consciente de la llegada de aquella mujer – Lo que alguien está dispuesto a sacrificar, por amor.

– Usted – Sobresaltado vi a Rhonda aproximarse hasta ubicarse a mitad de la Iglesia, exactamente una banca por delante de mí.

Aprovechando que me daba la espalda volteé hacia atrás, pues luego de que salieran los feligreses el padre amablemente me dio permiso de quedarme a solas un poco más. Bueno, junto a los guardias que pacientemente esperaban en la parte trasera. Mismos que parecían totalmente despreocupados, como si no temieran que una moroi estuviera tan cerca de alguien como yo.

– Algunos hasta la vida dan – Su tono tranquilo me hizo observarla nuevamente, veía fijamente la Cruz – Y es una pena, porque no todos valoraron su dolor y sacrificio – Lentamente se volvió a verme – Sino hasta que fue demasiado tarde.

Nunca, desde que tengo memoria, me he sentido cómodo bajo el escrutinio de nadie, ni cuando las miradas eran de "admiración" por las hazañas que se contaban de mí. Pese a ello, podía manejar ese tipo de situaciones. No obstante y luego de mi... conversión, el sentimiento solo empeoró.

Tratando de que no se percatara de mi nerviosismo disimuladamente froté las palmas de mis manos sobre mi pantalón y no porque su mirada fuera acusadora o de repudio, al contrario, me veía como a cualquier persona por la calle. Y por alguna razón eso me inquietó más todavía. Por otra parte, tampoco discerní muy bien por qué usaba tintes religiosos conmigo.

– No comprendo que...

– Lo harás – Interrumpió – Con el tiempo lo entenderás – Dijo con absoluto convencimiento. Sin más, regresó la vista al frente. Dejándome aún más confundido debido a su cripticismo y por el simple hecho de que no entendía el motivo real de su acercamiento. Era casi como hablar con Yeva.

Hice una mueca llevándome una mano al pecho, sintiendo como si acabaran de estacarme una vez más. Pensar en mi familia, en mi madre... dolía demasiado. Me creía capaz, con el tiempo, de aceptar el señalamiento y hasta el repudio social. Sin embargo, estaba seguro que no soportaría su rechazo o lo que es peor, que ellas me temieran. Y probablemente así sería en cuanto conocieran los actos terribles que cometí, sucesos tan atroces que ni siquiera podía mencionar gracias a la aflicción y repulsión que me provocaban.

Fui peor de lo que había sido mi padre. Él, un canalla, pero yo... yo me convertí en un verdadero monstruo.

– Tenía razón... su predicción – Musité rompiendo el silencio que hacía eco en el recinto – "Perderás eso que más valoras..." Se cumplió – Abatido bajé la cabeza – Perdí mi alma... y lo perdí todo.

El que no respondiera de inmediato me hizo levantar la vista para hallarla mirándome de una forma un tanto enigmática. Como si quisiera comunicarme algo, pero al mismo tiempo no pudiera o quisiera hacerlo. Quizás solo eran imaginaciones de mi mente turbada.

– A lo largo de los años mi don me ha permitido conocer a cientos de personas con culturas e ideologías diferentes, y nunca he entendido por qué algunas tienen que pasar pruebas tan difíciles mientras que otras... – Chasqueó la lengua – Bueno, bien dicen que Dios no le da las batallas más duras a sus guerreros más fuertes, él forma a sus guerreros más fuertes a través de las batallas más duras – Apoyándose de su bastón se puso de pie – Y tú guardián debes ser fuerte, porque tu prueba aún no termina – Auguró estremeciéndome. Supuse entonces que se refería al circo en el que se convertía mi vida y en donde yo era la atracción principal – No lo olvides – Caminó hacia la salida – La rueda de la fortuna está girando, siempre está girando.


Rumbo a la vivienda nuevamente fui perseguido por los señalamientos y miradas de auténtico pavor. Murmullos que no se intentaban contener, madres que ocultaban a sus niños, ancianas santiguándose y peatones que se cambiaban de acera para no tener que toparse con el strigoi. Aun cuando después del interrogatorio público se concluyó que ya no era uno de ellos. Interacción en donde por increíble que parezca fue fundamental la participación del pequeño Jonathan, y por mucho que deseé no se entrometiera, de la misma Rose.

Y es que mi apariencia tampoco ayudaba, mi altura, complexión y temple siempre impusieron a los demás. E intuía que si me veía tan solo una décima parte de cómo me sentía, aunado al estereotipo de vampiro despiadado y sanguinario, pues entonces sí, debía ser una estampa aterradora para cualquiera que se cruzara por enfrente. Por lo que prácticamente me obligué a mirar hacia delante y a seguir caminando con parsimonia, aunque en el fondo ansiara salir corriendo de ahí para enclaustrarme en la pequeña habitación que adopté como refugio.

Como en los últimos días desde que me liberaron de prisión el trayecto al complejo me pareció eterno y sé que a los guardias también les incomodaba la atención generada, puesto que no está en la naturaleza de un guardián hacerse notar. De hecho, la mayor parte del trabajo consiste en pasar inadvertido.

Anhelaba tanto esa época, y ahora ya no podía aspirar ni siquiera a eso. Todo lo que tenía, todo lo que con esfuerzo y disciplina logré, mi carrera como guardián... mi vida entera estaba arruinada. Solo un milagro me la devolvería y si eso llegaba a ocurrir, probablemente quedaría confinado detrás de un escritorio.

En silencio y con la vista clavada al suelo esperé a que saliera el guardia encargado de registrar la habitación – Todo en orden. Ya puedes entrar, Belikov – Asentí, escuchándolos ponerse de acuerdo para seguir las guardias. Quedamente cerré la puerta y apoyando la frente contra esta dejé salir todo el aire que había en mis pulmones, agotado física y emocionalmente di media vuelta. Desde que fui restaurado sentía llevar un peso enorme sobre mis hombros, una carga sofocante de la que no podía deshacerme.

Apagué la luz, me quité la chamarra y la arrojé sin cuidado sobre una silla, sentándome en la cama para después desatarme el cabello. Valoraba la soledad y resguardo que éstas cuatro paredes me brindaban, aquí no tenía que fingir ni aparentar que poseía el control de mis emociones. Pese a ello, había algo de lo que no conseguían protegerme... las pesadillas.

No, no eran pesadillas. Eran mis recuerdos. Y no había lugar dónde esconderse para librarme de ellos.

La luz tenue de la luna se filtraba por entre las cortinas, así que aprovechando el horario humano me recosté con la intención de descansar un poco, ya que prácticamente todas y cada una de las noches moroi que he pasado en la Corte lo había hecho en vela. Siempre me atormentaban los mismos recuerdos, exactamente en el mismo orden. Uno a uno como fantasmas del pasado iban apareciendo en mi mente los rostros desencajados de mis víctimas.

Con el transcurso de los días pensar en ese tiempo me parecía casi una ensoñación, como si nunca hubiera sucedido. Bastaba con evocar la agonía y sufrimiento de los niños, hombres y mujeres a los que les arrebaté cruelmente la vida para que el pensamiento se volviera real. Es más, todavía hoy era capaz de oír sus gritos ahogados de absoluto terror mientras me suplicaban clemencia. Y yo, yo disfrutaba de ese sufrimiento. Me deleitaba ver cómo lentamente se apagaban sus vidas, me hacía sentir poderoso e invencible.

Advirtiendo el temblor de mis manos las levanté hasta dejarlas a la altura de mi cara, estaban limpias, pero yo no podía dejar de verlas chorreando sangre y por alguna razón presentía que esa sangre pertenecía solo a Rose. La primera vez que lo percibí así tuve una crisis y en un arranque en plena madrugada me levanté desesperado por lavarlas hasta dejarlas al rojo vivo. Terminé desplomándome en el suelo frío del cuarto de baño, mordiendo una toalla para acallar mi llanto y así no alarmar a los guardias.

¿¡Cómo iba a vivir sabiendo el daño que causé!? Cómo pretendía ella que la mirara a los ojos o que siguiéramos adelante cuando todo había cambiado.

Rose Hathaway era el último y más temible de mis fantasmas. El raudo recuerdo de mi época más oscura siendo strigoi. La memoria que más me atormentaba y la que seguramente me hostigaría de por vida. Me vio siendo uno de ellos, conoció los alcances de mi maldad en primera persona. La lastimé de formas indecibles empezando por privarla de su libertad hasta el punto de denigrarla convirtiéndola en lo que más desaprueba de nuestro mundo, una puta de sangre... mi puta de sangre.

Con dificultad tragué el nudo de mi garganta, acurrucándome en la cama cual niño asustado. Por esa y muchas razones no soportaba su cercanía. Rose idealizó y confió que volvería a ser el hombre que una vez fui y... ¡maldita sea, me encantaría! Daría todo y cualquier cosa por volver a ser esa persona y no recordar absolutamente nada de lo que sucedió tras dejar la cueva. No obstante, la realidad era otra muy distinta y cruda. El solo verla me enfermaba, la imagen de su palidez extrema me atosigaba cada vez que cerraba los ojos al intentar dormir, el sabor de su sangre aún estaba presente en mi boca lo que también me impedía comer y beber con normalidad, acordarme de las atroces yagas en su cuello me producían tal malestar en el estómago que en ocasiones me obligaba a devolver.

Soy un monstruo.

No merecía el amor ni el perdón de nadie, mucho menos el de ella.

Me preguntaba si el sacrificio de la Princesa Vasilisa, su sobreesfuerzo por usar Espíritu y todo lo que le implicó traerme de vuelta habían valido la pena o si habría sido mejor morir en aquel viejo puente. Se volvía, sí, pero ya no se era el mismo. Una gran parte se desvanecía, moría. Y mientras el Consejo decidiera qué hacer conmigo tendría que resignarme a vivir con lo que quedaba de mí.

Sin embargo Rose aún podía, por lo que fuera no se daba cuenta o se negaba a aceptar la abominación en la que me convertí. Estaba condenado y mi penitencia comenzó inmediatamente después de retornar a dhampir. No sentía nada más allá de la culpa, y jamás me perdonaría lo que hice y provoqué a tantos y tantos inocentes.

Ella tenía que alejarse, olvidarme, y continuar con su vida y su carrera. Tendría más oportunidades y una mejor vida sin mí.

Es, por mucho, la mujer más fuerte que conocía y no tenía ninguna duda de que seguiría logrando grandes cosas.

– Rose lo superará.

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Tres meses después...

Abatido y casi como un autómata entré a la suite, los brazos y las piernas me pesaban, la garganta y el pecho me dolían, mi respiración era errática. La conversación que mantuve con la señorita Karp me había dejado completamente descompuesto. La misma Sonya Karp que siendo empujada por la oscuridad de su Espíritu se convirtió en strigoi y que gracias al mismo elemento regresó a su estado anterior, en menos de una hora desarmó el frágil mundo que construí a base de muros y barreras, consiguiendo desestabilizarme en más de un sentido.

Volvía a ser ella, aseguraba con tal convicción que admito sentí verdaderos celos. Puesto que yo también había retornado del mismo infierno y al día de hoy me sentía de todo menos yo mismo ¡Con un demonio! Ni siquiera podía tomar el teléfono y llamar a casa para hablarles de mi regreso.

Entonces me hizo comprender que nada tenía que ver con algún estrago o consecuencia de la mítica magia. Dependía totalmente de uno mismo, de las ganas que se tuvieran de vivir, de aceptar y de perdonarse por algo de lo que no se tenía control.

No la conocí antes de su conversión, llegué a St. Vladimir poco después de que esto sucediera, pero era evidente que la mujer estaba luchando férreamente por abrazar la vida que alguna vez tuvo junto a los suyos. Y ésta... su nueva oportunidad. Oportunidad de la que todo el mundo me hablaba y que la propia Rose mencionó en alguna ocasión hace ya tanto tiempo. De hecho, trató por todos los medios de hacerme entender exactamente lo mismo y yo estúpidamente me negué a escucharla.

¡Qué imbécil! Cómo pude...

Sintiendo el peso de mis acciones me hundí en el sillón, sabiendo de antemano que me esperaba una noche de insufrible insomnio. Aunque en realidad esto no era nuevo o extraño para mí, no obstante y luego de los últimos acontecimientos probablemente esta sería la peor de todas. Y es que siempre estuvo ahí, frente a mis ojos, nunca se escondió y pese a ello no fui capaz de verlo. No... yo no quise verlo, ahora lo sé bien. En su lugar decidí esconderme en la culpa y escudarme en la autocompasión, lo que consideré me mantendría a salvo.

Me estremecí consumido por la vorágine de sentimientos y sensaciones que no lograba definir o dominar, muy parecido a lo que experimenté luego de ser restaurado. Tenía tanto en qué pensar, lo ciego que estuve, el tiempo valioso que perdí, las terribles consecuencias de mis malas decisiones y ni hablar de mi actuar equivocado. Mis muros se derruían a pedazos. Palidecí, esperando no fuera demasiado tarde para enmendar dichos errores. Tarde para acercarme de nuevo a ella y descubrir de una vez por todas qué ha estado ocurriendo... tarde para Rose y para mi propia oportunidad.

– ¿Qué es lo que está pasando contigo? – Murmuré a nadie, solo, en medio de aquella lujosa habitación.

Reí con amargura dada la analogía, pues justamente así se encontraba mi vida. Lucía bien por fuera para los demás, pero por dentro me sentía en la misma deriva, vacío, como si me faltara un gran pedazo.

Todo comenzó justamente ese día en la Iglesia, en una abrir y cerrar de ojos nuestras vidas dieron un giro de ciento ochenta grados. Me fue devuelta mi libertad, mi título, contaba con la protección absoluta de la actual Reina y formaba parte de la guardia personal de la futura heredera al trono. Además y paradójicamente Rose terminó siendo mi compañera de trabajo, como se pretendió desde antes de conocernos.

Aparentemente todo marchaba bien, pese a ello continuaba viviendo preso del pasado. Temía la caída de la noche y con ella la llegada de las pesadillas, por la mañana no es mejor, ya que lo primero que hago al levantarme es verme al espejo para cerciorarme de que mis ojos siguen siendo mis ojos. Idea infundada que me taladra la cabeza, puesto que no he presentado ningún signo o señal que advierta que en cualquier momento puedo volver a ser uno de ellos.

No era feliz... y todo indicaba que Rose tampoco.

Ella se volcó por completo en su deber guardián. Recibía, acataba y cumplía órdenes a cabalidad. Sus malos hábitos desaparecieron radicalmente, mejoró su puntualidad, su responsabilidad y su incorregible actitud sarcástica. Vaya, se convirtió en todo lo que la sociedad espera de un guardián. Sin embargo y a pesar de su desempeño impecable esos no eran los cambios verdaderamente preocupantes, también se tornó reservada, solitaria e inexpresiva. En todo momento mantenía su máscara imperturbable decidida a no dejar entrar a nadie, ni siquiera a sus amigos a quienes trataba con cordialidad, como a cualquier persona ajena. Entre ellos, yo.

Sus muros estaban demasiado altos... ... tampoco volvió a hablarme de amor.

Toda esta metamorfosis era inquietante y me llevaba a constatar algo que jamás creí posible, Rose se estaba transformando en alguien que yo conocía a la perfección... se estaba convirtiendo en mí. En la persona que fui antes de conocerla a ella y después de lo sucedido con Iván, y me preocupaba pues no se merecía una vida tan sombría. Si continuaba así poco quedaría de la chica vivaz y apasionada que encontré en Portland. Como dije, bastante había ocurrido, tanto que a veces me costaba asimilarlo. "Parecía" que mi vida se arreglaba mientras que la de Rose... se desmoronaba. Ella seguía siendo un imán para los problemas y me avergüenza admitir que en más de alguno mucho he tenido que ver.

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Rose lo superará...

Luego de haber tenido el pensamiento simplemente no logré conciliar el sueño, por lo que para salir decidí esperar a que naciera el sol, así me aseguraría de toparme con la menos gente posible al ir en busca de algo para comer. O al menos intentarlo, ya que comenzaba a sentir un poco de hambre, lo que no había sucedido en los últimos días. Los guardias de turno me llevaron a una cafetería ubicada lejos del centro de la Corte, a esa hora no había nadie más que los dependientes, hice mi pedido y esperé en la mesa más apartada, bebiendo muy lentamente una taza de café mientras trataba de distraerme de la desagradable sensación en el estómago leyendo uno de mis westerns. Entonces sonó la campanilla de la puerta, anunciando la llegada de alguien. No hizo falta levantar la mirada para comprobar de quién se trataba, los vellos erizados de mi nuca me lo habían hecho saber.

¿Por qué no puede dejarme tranquilo ni un solo día?

Exhausto me preparé para otra discusión, dejé el libro de lado y suspirando me dispuse a enfrentarla. Entró en silencio, serena, y con la cabeza en alto y andar decidido caminó por delante de mí, ignorándome olímpicamente. Se acercó al mostrador y después de dos minutos se dirigió al lado opuesto para sentarse cerca de una ventana, esperando por su orden. Jamás hizo ni el más mínimo esfuerzo por mirarme o acercarse y lo acepto, me desconcertó. No tuve tiempo de analizar la situación cuando de pronto irrumpió la Guardia Real. Me tensé, pensando que sería arrestado una vez más, sin embargo dichos guardianes marcharon directo hacia ella.

No sé cómo sucedió, de un momento a otro me vi de pie entre ellos, sirviendo de barrera a Rose que permanecía quieta en su lugar.

– Tiene que venir con nosotros ahora mismo – Dijo el que se identificó como Capitán – Si se resiste, la llevaremos a la fuerza.

– ¿Cuál es el motivo? – Pregunté amenazante.

– No me obligues a repetirlo – Se dirigió a ella – Pues aunque se nos ordenó capturarte a discreción, no dudaremos en forzarte si opones resistencia – De su cintillo sacó unas esposas al mismo tiempo que estiraba el brazo para tratar de aprenderla.

– ¡No te atrevas a tocarla! – Rugí adoptando una posición ofensiva. No entendía qué estaba pasando, desconcertado solo sentí la creciente necesidad de protegerla.

El hombre tomó cierta distancia – Rosemarie Hathaway, quedas arrestada por la irrupción a Tarasov y liberación de Víctor Dashkov – Me congelé, viendo como ella se ponía de pie y en completa calma me pasaba por un lado – ¿Tienes algo que decir?

Negó estirando los brazos y uniendo sus muñecas dijo – Soy culpable.

Atónito vi cómo se la llevaban y solo salí de mi estupor hasta que la perdí de vista, no comprendía nada. Corrí abandonando el lugar sin importarme mis propios guardias ¿Qué ocurría? ¿Cómo pudo Rose hacer algo así? ¿¡En qué demonios estaba pensando!? Tenía que encontrar a la Princesa.

Tres días estuvo encarcelada, dos de los cuales intenté verla luego de descubrir los motivos verdaderos por los que liberó al moroi, pero ella le prohibió la entrada a casi todos sus conocidos. Mi nombre encabezaba la lista seguido por el de Adrián Ivaskov, con quien aparentemente acababa de terminar su relación y no en los mejores términos, o al menos eso era lo que se decía. En las últimas doce horas de su estadía y ya sin mis custodios, logré interceptar al que era su guardia casi personal, Mikhail Tanner, con quien luego de intercambiar palabras y de asegurarle varias veces mis intenciones me permitió el acceso.

Caprichoso es el destino que a Rose le tocó estar exactamente en la misma celda en donde estuve detenido. Un espacio triste, oscuro y húmedo, en donde definitivamente cambia la perspectiva cuando se está adentro. Si pensé que mi charla con Tanner había sido difícil, hablar con ella lo fue mil veces más. La encontré inmóvil, de pie en medio del cubículo, de espaldas a los barrotes de hierro y por consecuencia a mí, con el cabello suelto cubriéndole la totalidad del rostro. Durante esos diez o quince minutos que estuve ahí, ni un solo segundo lo utilizó para mirarme. Salí peor que cuando entré, no esperaba una reacción así de su parte. Decidido a no molestarla más y a dejar que sus amigos y familiares se hicieran cargo me retiré a la habitación, lugar en donde ya me esperaba un singular hombre al que no veía desde hace más de diez años y que se presentó con la única intensión de cobrarme un antiguo favor.

Cobro que no llegó a realizarse puesto que al día siguiente su hija fue liberada por orden directa de la Reina. Pocas horas después fui convocado a una audiencia extraordinaria a la que tenía que asistir solo, ya que se me informó se determinaría mi futuro. Dada entonces la importancia de dicha reunión tenía que acudir lo más presentable posible por lo que recibí ayuda de Lissa, como insistía que la llamara, y de Tasha. Quienes amablemente me compraron un par de cambios pues mis pertenencias aún no llegaban de St. Vladimir. Nervioso y algo incómodo por la ropa nueva me fui acercando al despacho real y mientras más me aproximaba fui percibiendo que no había ningún tipo de seguridad resguardando esa zona, hecho que me mantuvo en alerta. No obstante, la verdadera sorpresa me la llevé al ser recibido por Tatiana misma, quien al permitirme el paso reveló a otra acompañante... Rose.

Si para este punto creía que mi vida era un desastre, Tatiana Ivashkov vino a confirmármelo. Sin tener la menor idea de por qué nos había citado a ambos, me dispuse a escucharla atentamente. Comenzó su discurso aclarando que para ella era sumamente importante el linaje y los lazos de sangre, ya fueran moroi o dhampir, y que estaba dispuesta a todo con tal de enaltecer el buen nombre de su familia. Argumento que solo comprendí cuando dijo que mi caso no sería la excepción, confesándome que mi padre portaba el apellido Ivashkov y que yo resultaba ser nada más y nada menos que su sobrino nieto, al igual que Adrián. No sabía qué decir o cómo sentirme, jamás conocimos el nombre completo de ese hombre y la verdad es que nunca se lo pregunté a mi madre.

También indicó que llevaba años pendiente de mi evolución, que había sido la responsable de gestionarlo todo para que fuera canalizado como postulante a guardián de la última de los Dragomir y que lamentó profundamente mi baja cuando había logrado tan impecable reputación. La estocada final la dio al devolverme el título y develarnos sus planes para los dos, nombrándonos a partir de ese momento pareja de guarda. Debíamos cubrir los mismos turnos y misiones, dejando claro que a donde yo fuera tendría que ir Rose. Esto más que nada para limpiar mi buen nombre, recuperar mi reputación y mejorar la imagen que tenía frente a la sociedad.

– Y qué mejor que hacerlo de la mano de la que fuera tu estudiante, quien también necesita mejorar ciertos aspectos de su propia imagen – Expresó – Será apoyo mutuo. Es imperativo que su gloria vuelva a ser indemne una vez dé a conocer lo que tengo contemplado para Vasilisa.

Quise negarme, no veía correcto utilizar a Rose para beneficio personal. Dicho así sonaba horrible. Sin embargo, fue ella misma quien lo aceptó sin objetar dejándome completamente anonadado. Su Majestad la felicitó por el descubrimiento de la restauración para inmediatamente reprenderla por la liberación de Dashkov, pero sobre todo por arriesgar la vida de la Princesa para conseguirlo. Pese a su molestia le ofreció un trato que no pudo rechazar y que consistía en buscar a Víctor y capturarlo. Arresto que ocurrió diez días después y gracias a la intervención de Ibrahim Mazur. Tiempo en el que estuve verdaderamente estresado, agobiado sobremanera por tener que estar tan cerca de ella casi a diario. Y es que debíamos dejarnos ver tanto realizando actividades propias de guardián como las meramente cotidianas, lo que obviamente dio cabida a discusiones y a un sinfín de malos entendidos entre nosotros.

Las cosas nunca volverían a ser iguales, el silencio que alguna vez fue cómodo y natural entre los dos, ahora se sentía pesado y hasta opresivo.

Una vez Lissa anunció su decisión de asistir a Lehigh la Reina volvió a convocarnos, nuevamente sin la presencia de su Guardia Real. Entre los asistentes destacaban la propia Vasilisa, Adrián, Castile, Tanner, y Abe Mazur acompañado de su hombre de mayor confianza. Ni Tasha o Christian fueron requeridos, la primera por sus evidentes diferencias con la corona y el segundo porque al parecer seguía distanciado de Lissa. Para esta reunión se nos hizo jurar no revelar nada de lo que allí se hablara, puesto que se tratarían secretos bastante delicados. Sin más, Tatiana confesó que pretendía fuera Vasilisa quien tomara su lugar en el trono luego de que anunciara su abdicación, Lissa rápidamente dijo que eso era imposible ya que no contaba con un quórum que la respaldara. A lo que la mujer sencillamente respondió que lo tenía, que existía un Dragomir más, hijo ilegítimo de su difunto padre.

El silencio que reinó en la sala lo rompió un Adrián malhumorado, exigiendo saber por qué habían sido citados cuando el tema solo le correspondía a su prima. Se explicó entonces que la captura de Víctor había sido el primer paso, pues debido a su amistad con Erik conocía la identidad de un familiar directo a la mujer que dio a luz a ese niño. Fue ahí donde actuó Zmey, que con sus técnicas infalibles hizo que el deteriorado moroi contara la verdad. Y como la intención de su Majestad era que la sociedad aceptara y apoyara su decisión, Vasilisa, Rose y yo debíamos quedarnos en la Corte para dicho propósito, mientras que el resto ayudados por Mazur y una alquimista, irían en busca de Sonya Karp. Noticia que impresionó a más de alguno, empezando por Tanner y terminando por Adrián, quien como usuario de Espíritu sería el encargado de traerla de vuelta. A todo Rose parecía imperturbable, como si esto no fuera nuevo o ajeno para ella. Horas más tarde me reuní con Pavel, Mikhail y Eddie, para contarles lo que sabía sobre líderes y contactos strigoi que podrían ser útiles para localizar a la mujer. Una pista era lo que se necesitaba, nada que una llamada telefónica no pudo solucionar.

Poco antes de que el equipo de rastreo y captura partiera a su misión, y durante una fiesta de cumpleaños tardío que se me organizó muy a mi pesar, Tasha se acercó para rehacerme la propuesta de ser su guardián con las ventajas que eso implicaba. Petición que educadamente volví a rechazar, esta vez por dos diferentes y poderosas razones: primero, no iba a abandonar a la Princesa en estos momentos tan complicados, mucho menos cuando había aceptado reconocer a su medio hermano o hermana y subir al trono con la única intención de lograr un cambio verdadero en la sociedad. Segundo, era incapaz de sentir. Ofrecerle amor o alguna estabilidad a Tasha sería una falsedad de mi parte y no se lo merecía. Además, nunca la vi como algo más que mi amiga y eso por más doloroso que fuera tenía que entenderlo.


Finalizábamos la carrera matutina cuando el Consejo exigió nuestra presencia, algo se discutía sobre una nueva ley. Siendo de los pocos dhampirs presentes nos subieron al estrado para sin mayor explicación realizarnos una serie de preguntas, la mayoría enfocadas al desempeño y habilidades de Rose durante su instrucción en St. Vladimir. Respondimos con la verdad por delante, lo que parecía satisfacer cada vez más a los representantes de las familias más influyentes. Los alegatos no se hicieron esperar, fue cuando descubrimos que lo que se pretendía ahí era acortar la edad de los jóvenes para graduarse como guardianes ¡Aquello era inaudito, una masacre asegurada! No podían tomar tal decisión basándose en Rose que era la excepción. Creí, metía las manos al fuego pensando que ella explotaría furiosa, soltando improperios a diestra y siniestra. Argumentos que desde luego apoyaría... pero nunca ocurrió. Abandonó el recinto sin mostrar el menor atisbo de molestia.

Esa misma noche y sin saber muy bien por qué intenté conversarlo con ella. Pese a ello, una vez más el destino se opuso colocándonos frente a algo que no hubiera creído de no haberlo presenciado. Tasha intentó asesinar a la Reina Tatiana con una estaca que Rose y yo conocíamos perfectamente. Tanto fue mi shock que tardé en reaccionar y para cuando lo hice mi compañera ya se había hecho cargo de la situación, lesionando a Tasha en el proceso. Aquello causó tal revuelo a lo largo y ancho de nuestro mundo que la llegada a la Corte de Sonya Karp pasó totalmente inadvertida, y con ella la noticia de una nueva Dragomir.

El encuentro entre Vasilisa y Jillian Mastrano fue inevitable y significativo para ambas chicas, quienes se comprometieron a darse una oportunidad para conocerse. Lo que desencadenó varios sucesos, ellas iniciando una educación especial que las prepararía para la vida Real, Tatiana anunciando su dimisión y Tasha siendo condenada por alta traición. Por otra parte, Rose, Eddie y yo, comenzamos un entrenamiento más arduo y específico debido a los que serían nuestros cargos. Castile fue nombrado tutor de la futura Princesa, Rose guardiana personal de la nueva Reina y yo, Capitán de la futura Guardia Real. Conjuntamente se abrió una especie de aula en donde con ayuda de Sydney Sage, tanto Adrián, Lissa y en algún momento Sonya, explorarían Espíritu. Fue precisamente en una de estas prácticas en donde enfrenté uno de mis más grandes y nuevos miedos adquiridos.

Cayó la noche, veníamos por carretera, misma que estaba vacía y en penumbras. Cuando de pronto, Rose da la alerta sobre presencia strigoi. Esta iba a ser la primera vez luego de que volví que me enfrentaría a ellos, a su maldad. Decir que aquello fue un desastre sería minimizar la realidad. Nos emboscaron, nos superaban en número y la rabia que sentí me llevó a actuar de manera casi salvaje e irresponsable. Rose tuvo que arrebatarme de las manos la masa sanguinolenta en la que decidí descargar mi rabia, para volver a ser consciente de lo que ocurría alrededor. Había cadáveres, guardianes heridos y Lissa estaba fuera de control, similar al evento que sufrió con Jesse en la Academia. No sabíamos realmente cómo ayudarla, Christian no podía hacerla volver en sí, por lo que en un arranque de estrés, adrenalina y pura desesperación, le exigí a Rose que hiciera su trabajo... resultando una tragedia.

Las dos fueron ingresadas de emergencia al hospital. Sin embargo, la situación de Lissa era menos delicada que la de Rose, quien parecía haber caído en una especie de letargo. Los remordimientos y cargos de consciencia llegaron acompañados de los reclamos furiosos de Ozera.

– Ustedes dos son las personas más hipócritas que he conocido nunca y miren que conozco unas cuantas – Habló sarcástico en el instante en que nos vio entrar en la habitación en donde monitoreaban a Rose, ocasionando que Vasilisa se sobresaltara.

– Christian... – Musitó ella con la voz quebrándosele – ¿Por... por qué dices eso?

Sin dejar de mirarnos se puso de pie y metiendo las manos en sus bolsillos comenzó a acercarse con aparente tranquilidad – ¿Realmente no lo saben? – Cuestionó perplejo, para luego maldecir – ¡No me jodan! – Exclamó incrédulo, revolviéndose el cabello con frustración – Liss – No pudo contener una pequeña sonrisa al decir su nombre – Algo que me hizo amarte fue la lealtad y hermandad que tenías con Rose – Hizo una pausa y su semblante volvió a ser serio – Pero desde que Belikov regresó no has hecho más que volcarte en él e ignorarnos a todos. Principalmente a ella que no la ha estado pasando nada bien y que te necesitaba ¿Cómo es que no te diste cuenta? ¡Solo mírala! – Gritó señalando a su mejor amiga postrada en la camilla, conectada a todas esas máquinas.

Lissa sollozó llevándose las manos a la cara – Le pido que mida su tono, Lord Ozera – Tragué para poder articular palabra.

– ¡Y una mierda! – Soltó – ¿Se les ocurrió pensar lo que la oscuridad podría hacerle? – Hice una mueca sintiendo un pinchazo en el pecho – Ella ha estado absorbiéndola todo este tiempo y ni tú – Me empujó golpeándome el hombro – O tú – Se giró hacia Lissa que lloraba desmorecidamente – Pensaron en lo que esto le afectaría, en las consecuencias que atraería.

– No puede ser... – Negué.

– Ayer no solo le exigiste que salvara a Lissa... también le pediste que muriera.


Los pensamientos que me prohibí evocar durante las últimas semanas emergieron rápidamente, atacándome sin piedad.

¿Por qué no puse más atención en los detalles?

Ni siquiera cuando Víctor me habló sobre los efectos que podría tener sobre Rose el uso excesivo y desmedido que estaba teniendo Lissa con Espíritu. O al ser testigo de su reacción cuando supo que la habían usado para aprobar la ley de los dieciséis años, esto debió llamar mi atención. Es decir, luchaba por causas menos importantes y aun así no lo quise ver. En su lugar decidí pensar que estaba madurando y que no quería meterse en más líos. Y tuvieron que desfilar frente a mí una serie de personas que me hicieron abrir los ojos para salir de mi propio letargo.

No es que ignorara los detalles, no completamente. Recordando y analizando las situaciones me doy cuenta de que intenté acercarme, pero no lo vi así o simplemente me negué a aceptarlo. Y en mi afán por mantenerme al margen pasé cosas por alto que no debí dejar pasar. Todo el mundo podía verla firme, entera, decidida, siempre con la cabeza en alto, pero es verdad que a su alrededor había un halo sombrío que la hacía lucir distinta... oscura.

Torpe y nervioso me levanté del sillón para abrir la terraza, sentía que me ahogaba. Rose había despertado hacía un par de horas y eso solo sucedió hasta que Sonya la contactó psíquicamente, algo que Adrián por más que intentó no logró hacer. Estuve allí para verla abrir los ojos, aquello fue... fue espantoso, ni siquiera sabría cómo explicarlo. Luego de que Karp la tranquilizara y dejara descansando bajo observación de los médicos, me citó en la casa en donde se hospedaba junto a los padres de Jillian.

Y aquí estaba, hecho trizas después de esa plática, sin poder detener la revolución que existe entre lo que dice mi cerebro y lo que dicta lo que palpita sin cesar en mi pecho. No me reconocía, desde hace mucho tiempo no lo hacía. Me sentía un verdadero idiota, un maldito ciego idiota que no percibió que Roza sufría y se había acorazado.

– ¿Qué fue lo que hice?


Dos semanas, más de doce días era el tiempo que tenía tratando de acercarme a Rose, y qué había obtenido hasta ahora... nada, absolutamente nada.

Ella estaba completamente cerrada y pese a que seguíamos con los mismos turnos y horarios de trabajo, la distancia que había entre los dos era abismal. Al igual que yo sus padres y amigos lo estaban intentando prácticamente todo, más aún cuando Sonya aseguró que todavía podíamos sacarla de ese estado. No era demasiado tarde.

Lo que nos llevó hasta este momento. El lugar, un prestigioso restaurante en donde según Lissa se comía estupendamente mientras se amenizaba con excelente música en vivo. Ella y Christian se habían reconciliado finalmente y ambos quisieron celebrarlo invitándonos a nosotros, no como guardianes, sino como sus amigos. Rose se negó en un principio, por nada del mundo quería dejar su deber, pero tanta fue la insistencia de su amiga que hasta logró llevarla de compras y al spa por un par de horas. Verla salir de la suite para acompañarla hasta el automóvil fue un golpe duro del pasado, se veía hermosa con su entallado vestido negro, el cabello perfectamente ondulado y el maquillaje que nunca ha necesitado para verse bella, pero que hoy había hecho la diferencia ocultando sus profundas ojeras.

Sin embargo y pese al esfuerzo de Lissa por sacarle plática para hacerla sentir cómoda o las bromas que Christian hacía para aminorar la tensión, no lograron hacer que Rose se abriera. Parecía inquieta, siempre zonificando en busca de amenazas, aunque también y por instantes ausente. Apenas probó la comida, no bebió, su postre de chocolate permaneció intacto sobre la mesa y esto tampoco era reciente, la pérdida de su apetito se notaba en lo delgada que estaba. Entristecida y supongo que también frustrada, Lissa comenzó a beber copa tras copa, por lo que para evitar que lo siguiera haciendo Christian la invitó a bailar. Momento que aproveché para intentar no solo entablar una comunicación cordial, deseaba escucharla, oírla reír, verla sonreír, comprenderla para entonces poder ayudarla... el resultado fue el mismo, voz plana, respuestas monosilábicas e inexpresión en la cara.

– Rose, no nos gusta verte así – Me acerqué un poco para que pudiera oírme por sobre la música – Hubo un tiempo en el que podíamos contarnos todo.

– No, no todo – Respondió sin mirarme.

Suspiré no queriendo perder los estribos y que esto culminara en otra discusión, ya bastantes habíamos tenido – Dinos qué es lo que te está pasando, qué es lo que sientes. Todo lo que queremos es ayudarte – Sin pensarlo coloqué mi mano sobre la suya, estaba fría – Me preocupas mucho.

– Descuida – Se apartó bruscamente de mi tacto – El sentimiento se desvanecerá.

Callé, después de todo qué podía responderle. Me dolía su actitud, me dolía verla sufrir porque aunque no lo dijera era evidente su desgaste físico y emocional, pero más me lastimaba saber que aparte de Espíritu había otro gran culpable detrás de su cambio... yo.

Un día ella quiso ayudarme, lo intentó todo y yo la alejé. Y ahora que los papeles se invertían y que Rose estaba en todo su derecho a rechazarme, comprendía cómo debió haberse sentido y lo bastardo malagradecido que fui.

Notando a Lissa algo achispada decidimos partir, además nadie quería esperar la noche y arriesgarse a otro ataque en carretera. Christian ayudó a su novia a subir mientras yo mantenía la puerta del copiloto abierta para Rose, quien se encontraba ultimando detalles de la ruta con los cuatro guardianes que venían como escolta en otro vehículo. Antes de subir me miró de frente para solamente asentir, acto que tomé como un pequeño avance, quizás diminuto, pero que me dio esperanza para no rendirme.

Después de todo el que yo estuviera hoy aquí era muestra inequívoca de que ella jamás se rindió.

– ¿Por qué son tan aburridos? ¡Enciendan la radio! – Pidió una Lissa demasiado alegre, solicitud que cumplí enseguida.

No te encontré al despertar...
Solo vi fuego en la oscuridad.

Nooo...

Me arrastraba hacia la luz,
Cuando alguien me sujetó...
Nada hay que hacer.

El coche ardía, y entendí que él a mí me despidió...
Y tú ardías dentro de él.

– ¡Eww, qué clase de música es esa! – La moroi se quejó en voz alta. Yo fui frenando el coche debido a la luz roja que acababa de marcar el semáforo.

– Liss, esta canción es icónica ¿Cómo puede no gustarte? – Exclamó Christian.

Ya que estábamos detenidos miré de reojo a Rose, observaba atenta por la ventana. Parecía triste – Cambien la estación – Demandó Lissa.

Fue entonces que tratando de cumplir su petición nuestras manos se encontraron, lo que también provocó que nuestros ojos se conectaran y la electricidad nos recorriera. No obstante, lo que vi, lo poco que me dejó ver... me asustó.

¿Dónde estaba mi Roza?

Rápidamente desvió la mirada, retirando delicadamente su mano en esta ocasión – No, yo quiero escucharla.

Y me quema... me quema... me quema el aire
Cuando intento respirar; los malos momentos
Ya no puedo recordar, y presiento que se los llevó.
Pero no comprendo... ¿por qué ella sí y yo no?

Entonces la luz cambió y cuando comenzamos a avanzar la escuché murmurar, lo que se había vuelto una costumbre en ella. A veces era como si estuviera hablando sola.

– ¿Dijiste algo? – Le pregunté.

– ¡CUIDADO DIMITRI! – Gritó poco antes del impacto.

Un auto nos envistió a toda velocidad al saltarse la luz roja, golpeando directamente del lado de Rose, enviándonos contra un camión de carga que venía frente a nosotros y que aunque quise virar y el camión esquivarnos, impactamos contra él. El coche empezó a dar vueltas y más vueltas, gritos, el fierro retorciéndose, el olor a sangre, mi cuerpo moviéndose violentamente para todos lados a pesar de llevar el cinturón de seguridad. Entonces... la calma, acompañada de un zumbido molesto en los oídos. El auto afortunadamente quedó en pie, sacudí la cabeza para despabilar cuando de pronto el grito de Lissa me hizo mirar hacia atrás, desesperada intentaba pararle la hemorragia a Christian.

– Espera, espera – Aturdido y sin avisarle, le arranqué el cristal que se le había encajado en el estómago.

– Tranquilo, estoy aquí – Dijo ella concentrándose. La luz que emitieron sus manos no era tan potente como en otras ocasiones, pero suficiente para cerrar la herida.

Me arranqué el cinturón cuando el seguro no quiso ceder, palpando mi frente al sentirla fresca y comprobar que efectivamente estaba sangrando. Sin tomarle mayor importancia vi por la ventana trasera que los guardianes de apoyo se aproximaban a auxiliarnos, fue entonces que giré esperando ver a Rose tan aturdida como yo, pero ahí no había nadie, su lugar estaba vacío. Con horror noté como el parabrisas tenía un enorme boquete justo de su lado, desesperadamente comencé a buscarla con la mirada, encontrándola a dos o tres metros de distancia, yaciendo inmóvil sobre el pavimento.

No supe cómo salí del coche, todo lo que quería era llegar a ella. Se encontraba boca arriba, bañada en su propia sangre – ¡Rose! ¡Rose! – Exclamé viendo sus ojos cerrados –Háblame, dime algo – Caí de rodillas, temeroso de moverla y así lastimarla más. Estaba completamente magullada, tenía cristales incrustados por casi todo el cuerpo. Sin embargo eran dos los que más me preocupaban, uno se alojaba en su pecho y el otro en su cuello – Vas a estar bien, tranquila no pasa nada – Lloré.

– Dimitri... – Lissa y Christian llegaron corriendo para arrodillarse en torno a Rose; los guardianes marcaron un perímetro mientras alguien pedía una ambulancia.

– ¡Lissa, has algo! No la dejes morir – Le exigí sin saber qué hacer o dónde presionar.

– No puedo – Sollozó temblando – No tengo más Espíritu.

– Bebe de mí – De un tirón me arranqué la camisa para exponerle el cuello – ¡Hazlo!

– No puedo... – Se atragantó – El alcohol en mi sangre...

– ¡Rose... Roza! – Insistí al borde de la histeria.

Entonces abrió sus ojos, posándolos sobre Christian que lloraba en silencio – Cuídala – Habló con bastante dificultad, silenciándonos a todos – Y hazla feliz.

Me quedé allí, inerte, viéndola morir sin poder hacer nada por ella. Le dedicó su última mirada y sus últimas palabras a Christian y yo... yo la mantuve entre mis brazos hasta que llegó la ambulancia que la llevaría a la Corte. No me dejaron ir con ella puesto que seguía en servicio y mi deber era quedarme con la futura heredera que no se encontraba mejor que yo.

Al llegar traté por todos los medios de que me dejaran verla, así fuera en la morgue, pero la respuesta fue negativa y contundente. Rosemarie Hathaway no era nada conmigo y solo los familiares directos tendrían acceso. Quise matar al encargado, cómo se atrevía a decir que Rose no era nada mío. Ella era... era la mujer que amaba. Caminé sin rumbo, importándome un bledo mi apariencia que debía ser de película de terror; perdido, consumiéndome en este profundo dolor. Pena que jamás experimenté, ni siquiera cuando volví a dhampir y la culpa me aquejó. Me sentía completamente solo, y lo estaba.

Mis pasos me llevaron a estar frente a la Iglesia. Lentamente abrí la pesada puerta para de inmediato fijar mis ojos en la Cruz, entré arrastrando los pies hasta llegar al altar, dejándome caer de rodillas, derrotado, roto.

– Se fue... Rose no está – Musité rompiendo en llanto una vez más.

Percibí la presencia de alguien a mi lado, pero no tuve fuerza para mirar y descubrir de quién se trataba – Pensé que era lo que querías, que se mantuviera alejada.

– No así... nunca así – Respondí furioso. Viendo a Rhonda sentarse tranquilamente en una de las bancas – ¡Por Dios, Roza está muerta! La perdí, perdí a Rose para siempre – Nuevamente vi con terror mis brazos, manos, hasta mi reloj estaba tintado de sangre – Perdí a la mujer que amo más que a mi propia vida miserable.

– Te equivocas Dimitri – Se opuso – No la perdiste hoy, la perdiste hoy hace tres meses cuando decidiste dejarla sola.

– ¿Cómo? – Negué, tragando el nudo de mi garganta para luego ponerme de pie y enfrentar a la mujer – Yo no pretendía esto, solo buscaba su bienestar.

– ¿Estás seguro? – Insistió.

¿Qué acaso no me escuchaba? – Quería que fuera la misma Rose, alegre, aguerrida, hermosa. La chica que lograba lo inimaginable y que luchaba por sus sueños.

– Lo hizo, pero tú le cortaste las alas – Me atraganté ante tal declaración.

– No deseaba que cambiara, juro que no – Mis piernas dejaron de sostener mi peso, desplomándome sobre el frío mármol.

Suspiró antes de incorporarse con ayuda de su bastón – Las personas no cambian con los años Dimitri, sino con los daños – Me dio la espalda para caminar hacia la salida – Ahora sí guardián, mi predicción se ha cumplido. Perdiste aquello que más valoras. Perdiste a tu alma gemela y con ella la mitad de tu ser.


Desperté con tremenda jaqueca sin saber cómo es que había llegado a la habitación o por qué parecía tan aseado, no recordaba haberme duchado o cambiado de ropa. Sin darle mayor importancia me levanté... nada importaba ya. Opté por usar el uniforme negro de gala, seguramente ya habría llegado Abe y estaría organizado el funeral. Tomé mi reloj de la mesilla de noche, deteniéndome a mirarlo cuando lo encontré limpio ¡Qué extraño! Entonces vi que tenía dos notificaciones en el celular, un mensaje era de Vasilisa y el otro provenía de un número desconocido. Ambos de hace menos de diez minutos.

El texto de Lissa decía – Recuerda ser puntual y recoger a Rose en la puerta de su suite. Hoy haremos que tenga un día muy agradable – Me congelé, pues este mensaje me lo había enviado ayer justo antes de nuestra salida a comer.

¿¡Qué diablos está pasando!?

Rápidamente abrí el otro mensaje – Espero aproveches tu propia oportunidad – Dejé caer el móvil. No podía ser cierto... no podía.

Alterado y con el corazón latiéndome en la garganta salí corriendo de la habitación. En cuanto crucé el amplio pasillo comencé a llamar como un loco a la puerta de enfrente, puerta que no tardó en abrirse.

– ¿Roza?


Chicas: realmente espero que hayan disfrutado mucho de la historia, aunque pueda ser un poco difícil debido a su contenido. Les cuento que esta idea no es nueva, surgió en mi mente después de haber ideado Regresa a mí, pero la verdad y siendo sincera tenía miedo y mis reservas para plasmarla puesto que no me caracterizo por escribir cosas tan oscuras y poco Romitri. Así que cuando se nos ocurrió la idea de hacer un especial de Songfics y me tocó, gracias a mi mala suerte, una canción tan triste y fatal, pues me acordé de esta dolorida idea y pensé que podía adaptarse. Además de que mi amiga Brenda-I me incitó a hacerla, cúlpenla también a ella :)

Ahora, esto solo es la versión corta desde el punto de vista de Dimitri. La que tengo pensada es básicamente narrada por Rose y mucho más extendida y oscura. Adelanto también que llevaría el mismo nombre: "Inquebrantable" y que este no sería el final.

Las preguntas son dos: ¿les gustó la historia? y ¿les gustaría que escribiera la versión extendida?

Déjenme sus comentarios, saben que me encanta leerlos.

Besos y saludos, Isy.