50 años después de la batalla contra Hybern
La dejaron en el bosque, justo en el solsticio de invierno con la primer nevada del año su cuerpo desnudo y entumecido por los golpes y tres flechas de fresno, una en el hombro, otra en una pierna y la última en el abdomen, esta última sangrando de manera considerable, necesitaba ayuda o que su sangre se vaciara con mayor rapidez, dejar que todo se esfumara, que esa tristeza desapareciera, descansar.
Y mientras cerraba los ojos vió un oso. El más grande que hubiese visto jamás, su pelaje casi dorado, brillando cálidamente en un paisaje de colores apagados. Lo miró a los ojos y suplicó- Acaba esto, se rápido- entonces soñó.
Unos brazos la cargaban por el bosque, corriendo. Pero el frío había parado. Quién diría que la muerte se sentía de esta manera, como el primer día de primavera después de un largo invierno.
Al día siguiente, estaba en un hostal. Sus heridas atendidas, una pequeña bolsa con monedas de oro y al lado una rosa blanca. Había vivido otro día y no tenía nada más que lo que yacía en el tocador.
