100 años después de la batalla contra Hybern
La vida de un bastardo es difícil. Añade más problemas a un mestizo que nació en el poblado de Graysen. Una hija no deseada. Su madre, jamás la trató mal, la quiso todo lo que pudo y ocultó la identidad de su padre y el hecho de que era mitad fae.
No fue hasta su cumpleaños número 40, que las acusaciones de las vecinas empezaron a tomar fuerza. Mientras que los cuerpos de las jóvenes nacidas en el mismo año, cambiaban con las estaciones y los hijos que traían al mundo; su piel seguía intacta, con el frescor de los 20 años.
Justo un día antes del solsticio de invierno uno de los nietos del propio Graysen bajó de su caballo, frente a su pequeña casa, acompañado por una horda de vecinos enfurecidos. Lo primero que vió fueron sus ojos, grises como las nubes de una tormenta, orgullosos y analíticos.
-Enyd, Hija de Arwen. Ha sido acusada de ser una mestiza- algunos gritos de aprobación sonaron detrás del Lord- Sin embargo, no sería justo de nuestra parte asumir que esto es verdad.
Respiró de alivio y dió un paso adelante. Tratando de elaborar una historia apropiada, nunca se había casado y su madre vivió hasta los 70 años, era natural, estuvo a punto de decir.
Pero entonces la primera flecha de fresno impactó su hombro, un intenso ardor inundó sus venas, como si le hubieran inyectado fuego y cayó de rodillas.
-Esta fue tu prueba- Otras dos flechas cayeron y la amarraron al caballo- El tratado nos impide tocar a los Fae, nada se dice de sus bastardos. Pero tenemos misericordia, si sobrevives, será capaz de cruzar a la tierra de la primavera eterna.
Los caballos la arrastraron por las calles del pueblo, la gente arrojó piedras, desechos, saliva, entre otros objetos.
Pero alguien le había dado una nueva oportunidad. A los 90 años seguía igual de perdida que la mañana en la que sus heridas cerraron lo suficiente, mirando a todos lados de la calle, un pueblo humilde casi igual al que creció, pero con inmortales de diferentes aspectos y flores congeladas en un resplandor que jamás acabaría.
Tuvo un sin fin de trabajos en establos, panaderías, bares y casas de nobles fae. Pero todos pedían algo que ella jamás sintió la necesidad de dar, placer.
Lo último que deseaba era alguien más con quien cargar, alguien que llegaría como ella, vulnerable y acostumbrándose al cambio.
Podría haber amasado algo de fortuna en esos años, de no ser porque se topaba con alguien que necesitaba más ayuda que ella, niños descalzos, mujeres con abrigos finos y desgastados. Jamás había olvidado la misericordia que le habían dado, así que al salir de cada pueblo solo partía con lo que traía puesto, un pequeño cuaderno que guardaba y la rosa blanca en el bolsillo.
Mientras avanzaba al norte, los poblados se hacían menos pobres, vastos y el clima cambiaba, el sol era más fuerte y las praderas se extendían. La corte del verano se sentía diferente, más alegre, algo que jamás sintió en las tierras de la primavera.
Se dirigió a la casa de un antiguo noble que la había contratado en el último pueblo, antes de la frontera, al ver el maltrato que sufría, le sonrió con calidez y le dio un papel con la dirección- solicito una cocinera- decía.
La casa era muy vieja. Parecía que colapsaría, de solo verla, por poco y no se atrevió tocar la puerta. Pero no podía regresar. Tocó tres veces y al poco tiempo atendió un sirviente de rostro arrugado.
Pensó que ningún fae envejecía, pero se enteró de que ese era un privilegio reservado para los altos mandos, los inmortales menores envejecían lento, pero lo hacían.
-Busco al señor, Lin. Vengo por el puesto de cocinera- el sirviente me vio de arriba abajo con el ceño fruncido, pero la hizo pasar.
La atendió otra fae más joven, le dijo donde estaban todas las cosas que necesitaba y el menú que normalmente preparaban, pero el bello rostro de la muchacha jamás la miró directamente, como si fuera insoportable.
Cubría su rostro con un flequillo dorado y cuando no estaba hablando mantenía la mandíbula apretada.
-Todo debe estar listo a las 7- susurró y se marchó.
Leyó la lista: tarta de ruibarbo con arándanos, lechón caramelizado y ensalada de melocotones. Todo en porciones para cuatro, se preguntó quién más podría vivir en esta casa, además del viejo señor. Pocas porciones o no, hacer las cosas en la lista tomaba tiempo, así que se puso a trabajar de una vez por todas.
Terminó a las 6:30. Puso la mesa y sacó la vajilla que parecía tener más uso. A la hora exacta llegó el mayordomo, la muchacha y el que debía ser Lin, que le sonreía ampliamente.
El dueño de la casa era viejo, de la manera en que era desconcertante, su rostro estaba congelado en la adultez jóven, pero sus ojos eran profundos y atentos a cualquier detalle, siempre sonreía, pero jamás la alegría se reflejaba en su rostro y había algo en sus palabras que te hacía tener que concordar con ellas por la firmeza con las que se expresaban. Tenía el cabello largo de color azúl oscuro y su piel era de un verde tenue.
-Te damos la bienvenida querida, Enyd- dijo su nombre lentamente y mirándola fijo- por esta ocasión todos compartiremos la mesa, para celebrar que te unes a nuestra familia.
El mayordomo parecía altamente disgustado por la calidez del discurso de nuestro anfitrión, la chica seguía mirando al suelo con las mejillas enrojecidas.
Le devolví la sonrisa y senté a la mesa, tratando de disimular mi sorpresa. En ninguno de los lugares que había vivido o servido me habían tratado tan bien y menos me habían invitado a una mesa tan amplia o elegante.
Mientras comía la deliciosa cena que había preparado, le eché un mejor vistazo al comedor, viejo, pero, elegante. Daba la sensación de que antes, la casa había estado llena con luz en cada candelabro, tal vez, incluso fiestas, pero ahora solo se prendía lo que era necesario y servían solo los necesarios, en toda la casa solo éramos los cuatro.
Traté de descifrar más de mis acompañantes. El señor Lin parecía que no sería ningún problema, pero mis compañeros no me daban la misma sensación.
Tendría que llevarme bien con ellos, aunque fuera solo una cortez tolerancia, no soportaría perder otro empleo por no llevarme bien con los demás, tal vez era mi sangre, pero no puedo cambiar lo que soy, sea lo que sea tengo que resolverlo en poco tiempo, todo funcionará.
-Estoy segura que piensas que todo está muy desgastado- dijo el Lin.
-No lo describiría así
-No hay necesidad de condescendencia en esta casa- dijo seriamente- todo es viejo, bueno, menos tú y Lynette. Ustedes le darán vida a este hogar sin duda- Vió a la chica y está lo volteó a ver con miedo, asintiendo rápidamente- te he dicho muchas veces, querida, que puedes hablar si lo deseas.
-Sí, señor- murmuró mientras el jefe le indicó que siguiera hablando- estoy segura de que nos llevaremos bien.
-Esa es la actitud- y le dió una palmada en la espalda- Enyd , no te preocupes por la falta de verbalización de esta niña, es muy tímida. Espero que tu logres sacarle más de las palabras que ha dicho en toda la cena.
-Estoy segura de que hace lo que siente necesario- tenía la necesidad de defenderla, con los ojos bajos, menuda y pequeña- solo tendré que probar que soy de fiar, señor.
El dueño de la casa me volteó a ver sorprendido, acostumbrado a solo hablar él, supongo. Se echó a reir.
-Espero que lo hagas- contestó.
