Ambas pasamos con las manos tomadas, preparadas para correr al menor signo de peligro. La recepción estaba destruida, los cuadros y algunas de las puertas estaban arrancadas por pedazos así como algunos muebles, a excepción de una mesa que estaba en el centro. Una nota que decía con una letra delicada:

*Son libres de utilizar el área este para ustedes. El área oeste está prohibida*

Dejé la rosa que parecía haber recuperado su fuerza, como diciendo "estoy en casa" sobre la mesa, como una respuesta y muestra de agradecimiento, era lo único que tenía de valor.

Agotadas nos acostamos en el primer sillón que parecía estar menos afectado por la furia de la bestia. Hasta el día siguiente.

La luz del sol que se filtraba por los vitrales de la casa me despertó, pero tardé unos minutos más de lo esperado en levantarme del sillón de plumas en el que dormí al lado de Lynette, observando los juegos de luz y disfrutando del clima templado de la primavera.

Cuando por fin tuve fuerza caminé por los pasillos del ala este. La cocina, un comedor simple con tres sillas y un área de habitaciones que debían pertenecer a la servidumbre. El mobiliario en estas últimas estaba intacto, no había ningún rasguño.

Al final del pasillo había un cuarto con una puerta cerrada con llave, que la llamaba. Pero antes de buscar una manera de abrirla, pensó en no tentar la suerte tan pronto. Todavía no conocía al dueño y no quería ningún problema, así que regresó a la sala.

En la mesa de la entrada, encontró su rosa blanca y una más del mismo color y hermosura.

Lynette, la encontró frente a las flores y al verlas sonrió.

—¿Quieres verlas?—la chica asintió examinándolas con mucha atención. Al pasar unos minutos se las devolvió.

—Ten—intentó darle una rosa a Lynette.

—¡Oh, no! son un regalo, pero no es hacia mi. Sería una ofensa para quien la dejó para ti si la acepto. Las rosas encantadas son una rareza y representan gratitud. Tú eres la que debe quedarse con ambas.

Cuando las dos mujeres entraron a la cocina, encontraron en la mesada dos conejos muertos. Que a la brevedad limpiaron y se dispusieron a hornearlos, con papas y zanahorias del pequeño huerto que descubrieron el día anterior.

Comieron en paz.

—¿No crees que deberíamos dejarle algo de este guisado a nuestro anfitrión?—preguntó Lynette.

—Creo que es lo justo— así que prepararon una fuente con guisado y la dejaron al borde de las escaleras.

Lynette limpió el resto de la cocina. Mientras Enyd se dedicó a limpiar el jardín de maleza y a cosechar algunos vegetales que había en el huerto. Removió la tierra y se aseguró de que cada área tuviera suficiente agua.

Más allá podía ver el establo. Todavía había dos caballos, una yegua blanca y un caballo marrón, los cepilló y dejó un poco más de heno para que pudieran mascar.

A pesar del aspecto descuidado de la casa y la destrucción de ciertas áreas. Podía ver como algunas partes seguían siendo cuidadas, tal vez por el propio Alto Lord.

Entonces sintió curiosidad, quiso saber qué clase de ser era él: el villano que la historia le había asignado, el traicionero, el ser obsesivo que encerró a la legendaria Feyre o el Alto Lord amable del que todavía se hablaba en los reinos mortales y que siguen apreciando en el territorio norte de la primavera.

El frente norte estaba al pendiente de la frontera con la Corte del Otoño, tratando de mantener al margen a los soldados del Lord Beron. Pero eran tan pocos que debían ser auxiliados por otros soldados de la Corte del Verano.

En el sur, las reinas ambiciosas eran demasiado cobardes para tomar parte del terreno de la primavera. Ante la organización de pequeños feudos de Lords menores.

Al mediodía regresó al interior de la casa.

Dónde no había más que hacer, después de la limpieza. Hacía mucho tiempo que no tenía que limpiar o cocinar para los demás. Pero sus manos rogaban por hacer algo, una tarta, un pastel, algo que calmara sus nervios y cada pensamiento sobre la vida que tuvo alguna vez, cómoda y simple.

Fue a su habitación y sacó la poca reserva de oro que tenía, lo suficiente para unos pocos ingredientes y si tenía suerte una gallina que les proveyera de huevos frescos.

Partió con Lynette al pueblo. Dejando una nota al borde de la escalera, indicando que se había tomado la libertad de montar a uno de los caballos.

Al llegar al poblado más cercano pudo percibir una vez más la atmósfera gris que había rodeado algunos poblados, veía fincas con sembradíos abandonados y algunos niños mitad fae, descalzos por las calles. Le dolía no poder llevarlos con ella, darles cobijo y comida. Así que solo les dió una de sus piezas de oro.

Lynette le miró alzando una ceja, era demasiado.

Compraron un pequeño costal de harina, uno de azúcar y un envase de aceite. De la gallina no se podía ni hablar. Por lo que solo compraron una docena de huevo.

Regresaron a la mansión sin problema, pero Enyd no podía quitarse la sensación de que alguien las seguía. Algo obscuro.

Cruzaron el portal de la mansión y suspiraron de alivio. Dos fae menores tenían mucho que temer en el bosque. Ninguna fue capaz de ver a la bestia que entraba por una puerta lateral, que tenía una pierna lastimada, de combatir a dos nagas.