El resto del día, horneó un delicioso pastel de fresa que sirvieron para la cena, junto a una taza de té caliente.

Por la noche, cuando Lynette yacía tranquilamente en la cama de al lado. Se le ocurrió a Enyd que no le había dejado un poco de pastel al Alto Lord, así que fue a la cocina y en las escaleras puso sobre una bandeja una rebanada y un té de limón.

Cuando había dado media vuelta, escuchó una voz rasposa que le agradecía, pero cuando se volteó. No vió nada, solo que la bandeja ya no estaba y sobre los escalones había una nota y una pequeña bolsa con oro.

Tengan cuidado cuando vayan al pueblo. Gracias por la comida, solo es justo que les pague por ella.

No sabía porqué una nota y un susurro la mantuvieron despierta por la noche. Pero no podía dejar de pensar en esa bestia y las rosas encantadas.

Podía recordar la última vez que había asumido la forma de un Alto Fae, hace 50 años, para salvar a una pobre mujer moribunda. En uno de sus rondines de vigilancia por la frontera la vió y no pudo explicar lo que lo llevó a hacerlo, solo supo que el espacio que ocupaba su corazón le dolía y que no dejaría de hacerlo hasta que hiciera algo.

Ahora aparecían estas dos mujeres en la puerta de su casa. Apenas con unas pocas líneas de Alis suplicando por que les diera refugio ya que se encontraban en un peligro inminente.

Las observó por todo un día, mientras estaban fuera de la casa, evaluando si aceptarlas o no. Ambas se movían en silencio pero miraban asombradas a su alrededor, admirando las ruinas de una casa que alguna vez fue bella.

Su vida era tan monótona y vacía de emociones que acogerlas no representaba ningún peligro.

La rabia que lo había llenado después de la guerra de Hybern se había aplacado en una sensación de remordimiento y culpabilidad, en la soledad que lo llenaba por las noches al ver la pintura de Feyre,la única que mantuvo en su cuarto; ese claro del bosque en pleno invierno.

Puso la bandeja dorada sobre una de las mesas que quedaban en su habitación y se sentó a curar sus heridas. Si ahora se había molestado en tomar esa forma, tenía que atenderse con magia y no dejar que el veneno de los nagas avanzara más.

Terminó al cabo de una hora, de batallar con vendajes y el recuerdo de como utilizar su propia magia, podía sentir como ese gran cáliz de poder se había ido debilitando. Los primeros años se alegró de empezar a morir, pero seguía siendo inmortal.

Después, asumió que era un castigo de la madre, por todo lo que le había hecho a Feyre, por la indiferencia a su gente, por su falta de movimiento, al final había alejado a Lucien el único que seguía interesado en él.

Se había olvidado de ir a cazar. Miró a la bandeja, tomó el plato en sus manos y saboreo cada bocado del pastel de fresa.

Había olvidado la delicadeza que se requería para no romper nada, pero había olvidado aún más el sabor de la comida hecha a mano por alguien más, de las dulces confecciones y de como contrastaba con la carne cruda que consumió por tanto tiempo.

Al día siguiente ambas fae se levantaron al amanecer. Acostumbradas a la vida de servitud, no parecían creer que sus vidas les pertenecían por primera vez en mucho tiempo. Entraron a la cocina, para encontrar una canasta con huevo, leche fresca y carne ahumada.

Entusiasmadas por la comida, cocinaron el mejor desayuno que habían tenido en un buen tiempo. Como costumbre guardaron un plato para el Alto Lord que dejaron en el lugar acostumbrado.

Enyd se permitió hornear un pay con manzanas de un árbol cercano.

Cocinar para otros le brindaba paz, pero hacerlo para si misma le recordaba a los primeros años de su vida. Con dedicación hizo la costra superior en forma de rosas.

Cuando terminó, se tuvo que contener de seguir ocupando su mente en recetas y la cocina, dudaba que pudieran comer todo lo que hacía. Había algo que tenía que afrontar y pronto.

Salió de la casa, con cuidado de dejar una nota para Lynette. Así se adentró en el bosque que empezaba al lado de la casa. Con cuidado de no alejarse demasiado, pero no ser visible.

Cada día sentía una energía que no la dejaba dormir. Algo que amenazaba con rasgar sus venas de adentro hacia afuera. Era peor cada vez que trataba de tomar algo con las manos. Había empeorado desde el día en que huyeron de la corte del verano.

Se colocó al lado de un arroyo y calmó su respiración y tratando de invocar las llamas que la habían ayudado antes. Pero nada surgió.

El sol estaba por ponerse cuando Enyd se dió cuenta de que debía regresar, pues las tierras de la primavera no eran seguras de noche con antiguos monstruos rondando.

Caminaba con gran desesperación, consciente de todas las sombras que la perseguían, de la respiración de criaturas invisibles en su cuello. Sin mirar atrás entró al portón corriendo, la puerta cerrándose en automático, protegida por magia antigua.

Sus manos no dejaban de arder. El peligro las había hecho surgir. Corrió hacia el pozo, esperando que un poco de agua le ayudara apaciguar las llamas. Con rapidez las sumergió en un balde y respiró con alivio al ver que se apagaban.

Tamlin se encontró esperando la siguiente bandeja de comida que dejaran las fae. Se decepcionó un poco al ver que era la de cabello rubio la que se acercó a dejarla, era una belleza, eso no lo podía negar. Pero había algo en su semblante, como si te encogiera con cada paso, le recordaba a Feyre cuando regresó de la montaña, perdida.

No le gustaba pensar en ella, en que no había hecho nada por ayudarla, lo había amado tanto. Lo había buscado enfrentando un destino peor que la muerte, dando siempre más de lo que debía.

Un amor valiente, que lo había cegado. En un intento de recuperarla de las garras de Rhysand, no se dió cuenta de que ella en realidad huía de él, de su protección, hasta que fue muy tarde.

Estaba a punto de bajar el último tramo de escaleras, cuando escuchó unos pasos ligeros. La chica de cabello negro se acercaba a dejar algo más en la bandeja. Una tarta.

—Tus manos—su voz aun no estaba acostumbrada a ser utilizada—estaban en llamas, cuando regresaste.

Se abstuvo de decir que la había seguido, preocupado por su seguridad, pero había entrado por otra puerta. La chica, volteó a ver en su dirección, pero estaba seguro que solo podía ver las sombras, sus ojos abiertos en sorpresa y su pecho subía y bajaba con más rapidez, tenía miedo de él, sin siquiera verlo.

—Me vió—susurró para sí.

—Mi mejor amigo, era de la corte de otoño podía hacer eso y más, hace tiempo que no veía ese poder—empujó el último recuerdo que tenía de Lucien tan lejos como pudo, no podía soportar ese dolor aún.

—No sé como controlarlo, solo viene cuando estoy en peligro—las palabras salían de ella demasiado rápido.

—Mañana por la noche, te enseñaré como controlarlo—no podía seguirla a todos lados, tendría que enseñarla a utilizar sus poderes—si es que así lo deseas.

—Gracias—la chica se alejó y con ella el olor a rosas que desprendía.

El suave rumor de su falda con cada paso una melodía, la manera en la que sus caderas se balanceaban, le hacían querer bajar y seducirla. Solo un pequeño hilo de autocontrol le detenía de revelarse ante ella.

Había pasado tanto tiempo desde que había poseído a alguien por última vez, debía de ser la necesidad de su cuerpo de Alto Fae, tendría que resolver las cosas de otra manera. No quería que el control se agotara y terminara por lastimarla, no podría soportarlo.

Enyd no sabía lo que debía pensar del ofrecimiento del Alto Lord o como quería dar dos pasos al frente y adentrarse en la oscuridad, para descubrir el rostro de su anfitrión. No sabía por qué su voz como un instrumento que todavía no encuentra afinación le hacía estremecer o por qué su corazón se convertía en una danza de tambores a la luz de la fogata.

Estar cerca le nublaba los sentidos. Por primera vez en mucho tiempo, sintió temor por su propio corazón que había jurado no volver a enamorarse.