Esa noche Enyd soñó con otro tiempo distinto, un recuerdo que había ocultado al fondo de su corazón.

Recordaba la primera vez que lo había visto entrar por la boticaria de su madre. Con cabello rubio rizado por el hombro y ojos azules, una belleza que podía jurar un Alto Fae envidiaría, Thomas Ambrose.

Solicitaba una pócima simple para curar un resfriado que había pescado entrenando con la guardia de Graysen. La preparó tal y como su madre la había enseñado, metódicamente endulzándola con un poco de miel de abeja.

Al día siguiente había encontrado un libro de botánica y una carta de agradecimiento por la dulce solución que le había preparado. Su tierno corazón inmortal con apenas 15 años se convenció de que era amor verdadero. Pero todavía le faltaba conocer las atrocidades del corazón de los hombres.

Se despertó en la madrugada por los gritos desgarradores de Lynette. Le pedía a alguien que parara, con lágrimas cayendo por sus mejillas.

—Nettie, Nettie, estás bien—sacudía a la chica hasta que despertó. Con ojos cristalinos, la abrazó.

Enyd la abrazó de vuelta, arruyándola como a un bebé que necesita confort, le cantó una canción de cuna y ambas durmieron sin sueños o pesadillas, con la certeza de que estaban a salvo.

La luz dorada que se filtraba por las cortinas la despertó y se quedó viendo a Lynette que dormía pacíficamente a su lado. Costaba mucho creer que hace unas horas el terror la consumía.

La dejó dormir un poco más, su vida ya no estaba llena de prisas. Al entrar en la cocina encontró una cesta de fruta fresca. Y preparó otro delicioso desayuno para tres.

Tomó primero una bandeja para dejarla en las escaleras y regresó por otra para desayunar con Nettie en la habitación y dejarla descansar un poco más.

Cuando entró al dormitorio encontró a su compañera trenzando su cabello en orden, lista para bajar.

—Pensé que podía traer el desayuno a la cama, pero veo que los hábitos te han vencido—la dulzura con la que dijo sus palabras jamás la había empleado con Lynette, pero parecía que ella necesitaría toda la ayuda que pudiera si quería sanar todas esas heridas.

—No es fácil borrar algo que he hecho toda mi vida—respondió mientras se sentaba en una de las dos sillas de la habitación Enyd se sentó a su lado.

—Entiendo— justo cuando estaba a punto de decir algo Lynette la interrumpió.

—Ayer, tus manos estaban en llamas como ese día—se preguntó si el verla usar esa magia había desatado las pesadillas de la chica.

—Supongo que es la magia de mi padre—Nettie se puso nerviosa, como dándose cuenta de que podía ser un tema que no deseaba tocar y empezó a formular una disculpa— No te preocupes, no lo conocí y no me lastima hablar de él.

Empezaron a desayunar en silencio.

—¿Qué quieres hacer? Digo, la casa está relativamente limpia, al menos la parte que tenemos que hacer, la comida no toma tanto tiempo y podríamos ir a donde sea— dejó la pregunta en el aire mientras Lynette respondía.

—Me gustaría ir a nadar—respondió al cabo de unos segundos.

El plan era simple. Dejar una nota para el Alto Lord. Preparar un poco de comida y salir en busca de un lago. No debía de haber uno muy lejos, el arroyo de ayer debía de desembocar en algún lugar.

Después de caminar media hora encontraron una pequeña laguna. Rodeada de olmos y algunas setas comestibles que crecían en la base. El clima templado de la primavera permitía que el baño fuera refrescante y agradable.

Pasaron ahí el tiempo, tendidas en un mantel tomando el sol. Y mientras hacía una corona de margaritas escuchó un ruido a sus espaldas, algo estaba al acecho. Miró hacia atrás donde Lynette nadaba despreocupadamente en el centro de la laguna, se movía como alguien que pertenecía en ese elemento, como si alguien la hubiera arrancado de donde había nacido.

Dió un paso al frente.

—Les dije que es peligroso salir solas—escuchó la voz del Alto Lord detrás de un olmo. Avanzó otro paso.

—No podía dejarla ahí.

—Lo sé— Respondió. Pensó que tal vez se había alejado pero dentro de poco salió un lobo de pelaje miel detrás del árbol. Y se recostó cerca del mantel, estaba claro que no pensaba dejarlas solas, sonrió para sí misma y volvió a tejer coronas de margaritas, tendría que hacer una para su acompañante.

Cuando Lynette se acercó más a la orilla la alentó a que volviera con ella al agua. Se detuvo un segundo para mirar al inmenso lobo que estaba tendido mansamente a su lado pero solo hizo un gesto de interrogación que Enyd respondió con una sonrisa.

—Manos hechas de fuego y domadora de lobos—se rió Nettie.

—¿Qué puedo decir? Soy irresistible—le respondió con un aire de superioridad fingida mientras volvía al interior de la laguna.

El lobo trató de mirar hacia otro lado, para no tener que ver a través del camisón blanco que Enyd traía. Dio un mordisco a una pieza de pollo que la chica le había dejado y volvió a su guardia.

Poco antes de que se metiera el sol. Ambas fae empacaron sus cosas, cambiaron a ropas secas y partieron de regreso a la mansión donde las esperaban dos hombres en la puerta: un alto fae de cabello rojizo y uno que parecía ser un hombre mortal de cabello castaño. El Alto Lord a su lado les indicó que volvieran al interior por la puerta de la cocina.

Ambas así lo hicieron, tratando de no llamar demasiado la atención.

Lynette estaba temblando cuando entraron. Calentó un poco de agua y preparó un té de hierbabuena fresca.

—¿Por qué no me dijiste que el lobo era el Alto Lord?

—Pensé que te incomodaría, lo siento— había estado mal no decirle las cosas a su compañera, debió de ser sincera. Pero la chica no parecía molesta del todo, solo curiosa y algo nerviosa por los dos visitantes.

Escuchaban algunos gritos indescifrables que venían del otro lado de la casa. Parecía que estaban discutiendo. Ambas se quedaron en silencio tratando de escuchar más, pero llegaron a la conclusión de que debían subir para hacerlo.

Sigilosamente ascendieron por las escaleras de servicio, con mucho cuidado de permanecer en el área este.

—Te hemos dejado suficiente tiempo con esta rabieta. ¡Un siglo en el que las tierras de la Primavera se han deteriorado!

—Y las tierras de los humanos también han sufrido por ello.

—Mi influencia se limita a mi corte, Jurian —respondió el Alto Lord de la Primavera.

—No tienes manera de saberlo, los inviernos se extienden en las tierras mortales desde hace cien años, la primavera no llega, los cultivos son escasos— reclamó de vuelta.

—¿Has visto fuera de los terrenos de esta mansión? ¿Seguirás lamentando una pérdida que tu causaste? —dijo el de cabello rojo.

—¿No son felices Elain y tú controlando la mitad de mi corte, Lucien? —el tono de El Alto Lord iba incrementando, anunciando un estallido que les hacía helar la piel.

—Lo que queda ¿te atreves a llamarla tuya cuando estás aquí paseando con dos doncellas? ¿a ellas también las castigarás si se van? —cuestionó Lucien.

Enyd dió un paso al frente viendo como este tenía agarrado del cuello a un Fae de cabello rubio y ojos verdes que debía de ser su anfitrión. No pudo evitar pensar que era hermoso, pero en su rostro había una expresión que conocía muy bien, solo estaba esperando a que alguien tuviera el coraje de darle fin.

Sintió que un hilo jalaba de su corazón, la empujaba hacia la luz donde se conectaban los pasillos. Escuchó como Lynette le advertía en un susurro que no avanzara más.

Uno de los puños de Lucien estaba en llamas azules, cerca del rostro del Alto Lord, podía decir que no supo en que momento avanzó, pero si lo hizo.

Avanzó firmemente hasta plantarse en frente de Lucien. Las manos de Enyd en un fuego rojo y ardiente como una respuesta, decidida a proteger a ese Fae que apenas conocía.

—Suéltalo— ordenó antes de que algo en su interior hiciera click.