Jujutsu Kaisen y sus personajes no me pertenecen, son obra de Gege Akutami. Sólo escribo por diversión.

Capítulo 1

¿Por qué se sentía tan agotado, si eran apenas las diez de la noche?

Cualquiera que conociera a Itadori Yuuji de un tiempo a esa parte podría afirmar que el chico ya no parecía el mismo; vital y alegre, siempre había tenido energía y ánimos suficientes para afrontar cualquier adversidad con una sonrisa, siempre dispuesto ayudar y sin una pizca de mal humor o cansancio en su semblante.

Ahora, sólo parecía quedar la sombra de lo que alguna vez había sido; taciturno y malhumorado, Itadori solía levantarse cada vez más tarde en la mañana y acostarse cada día más temprano en la noche. Con el transcurso de la jornada, parte de su personalidad salía a relucir y aquellos que lo frecuentaban a diario suspiraban aliviados aunque fuese sólo por un par de horas hasta que el círculo comenzaba a repetirse otra vez.

…hecho que solía ocurrir ni bien caía el crepúsculo y luego la noche cerrada sobre las casas antiguas, los adoquines gastados de las callejuelas cuando la luz mortecina de los faroles sucios y viejos los alumbraban, los caminos prácticamente desiertos una vez los últimos negocios cerraban y la humedad del día se condensaba en una espesa neblina que cubría la mayor parte del suelo.

En qué momento exacto Itadori había comenzado a sufrir esos cambios anímicos que luego fueron seguidos por el desgaste físico, nadie podía afirmarlo específicamente. Ninguno parecía saberlo, ni siquiera su familia. Un día como cualquier otro, su madre le había relatado a un conocido que Itadori había llegado de la calle más tarde de lo usual con expresión taciturna, callado y sin ánimos de cenar. Se había acostado temprano y a la mañana siguiente se había despertado como si lo de la noche anterior no hubiese sucedido.

Cuando la mujer lo había indagado, Itadori ni siquiera parecía recordar cómo era que había logrado llegar a la casa, una laguna mental bloqueándole los recuerdos de aquella noche.

Los días habían pasado y nada extraño había vuelto a suscitarse; Itadori había continuado con su vida diaria, estudiando y frecuentando a sus amigos, recorriendo las calles y siendo el mismo niño amoroso y jovial de siempre.

Y una semana después, el mismo comportamiento extraño, la misma amnesia a la mañana siguiente.

Y se repitió siete días después, y luego de nuevo, y a los cinco días, a los cuatro, a los tres. Cada dos días. Casi a diario.

Para ese punto, Itadori sí había comenzado a modificar su comportamiento de verdad. Lo que sólo parecía afectarlo a la noche comenzó también a alterarlo por las mañanas; luego, conforme pasaban los días y las semanas, sus reuniones sociales comenzaron a disminuir al punto en el que ya no salía de la casa por días enteros, agotado y sin poder levantarse de la cama.

¿Se trataba acaso de una enfermedad crónica y progresiva?¿Aquello sería contagioso?

El médico de la familia tampoco había podido dar una respuesta clara. Había visitado a Itadori cuatro veces en dos semanas; le había hecho análisis, exámenes completos de su cuerpo e incluso sangrías e infusiones que no habían arrojado ningún resultado ni efecto. El cuerpo de Itadori se encontraba sano, ninguna enfermedad conocida sobre el adolescente que el médico hubiese conocido o estudiado en la universidad.

Lo único que había llamado la atención del profesional, el único detalle ínfimo que se le había pasado por alto en las dos primeras visitas y que había vuelto a hallar en la última, eran aquellos pequeños puntos en su cuello, a cada lado sobre sus hombros. Los había visto incluso de cerca, con una lupa y con buena iluminación; parecían pequeñas picaduras redondeadas, la piel alrededor levemente inflamada pero sin signos de infección. Era la única zona del cuerpo, de la piel de Itadori donde los había encontrado…

…por lo que había terminado de concluir que su decaimiento sin causa se debía a la picadura de algún insecto infectado con algún parásito o virus que no podía rastrear y que probablemente había llegado en algún barco extranjero. La casa entera había sido sometida a la mayor de las limpiezas, las sábanas e incluso el colchón de Itadori reemplazados, su ropa y las alfombras pasadas por desinfectantes varias veces. Incluso el médico había recomendado que Itadori comenzara a tomar unas píldoras antiparasitarias y unas vitaminas que aseguraba, iban a cambiarle el estado lamentable en el que se hallaba.

Sin embargo, aquello tampoco había dado resultado alguno. Por el contrario, Itadori parecía empeorar. Ya hacía tres días que aquel sujeto había ido a la casa y…¿tres días?¿o había sido una semana?

Nuevamente aquella noche, Itadori no había querido probar bocado. Él mismo se había olvidado, ni bien había salido de la cocina donde su madre lo seguía con la mirada cargada de preocupación, que ya había cenado fuera. Lo recordó sutilmente como algo lejano y ajeno cuando subía por las escaleras hacia su cuarto en medio de la penumbra.

¿Dónde había sucedido eso? ¿Cuál era ese lugar que…?

Cuando abrió la puerta de su cuarto, lo recordó de repente. Antes de tomar el camino que lo llevaría a su casa, Itadori había desviado su marcha unas cuadras más abajo hacia la casona un tanto descuidada y recientemente habitada para darle una mano a su propietario actual, todo cubierto por aquella espesa niebla que había empeorado en las últimas semanas instalándose incluso de día. Claro, ahora podía recordarlo, ¿Cómo es que se le había olvidado algo tan rutinario? Desde que aquel señor se había mudado allí e Itadori lo había visto asomándose por la puerta de la mansión con cierta dificultad cuando volvía de noche a casa, no había podido permitirse dejar de ayudarlo en lo que pudiera.

Porque luego de estudiarlo durante algunos minutos presa de la curiosidad y algo de preocupación desde la esquina de aquella calle, a lo lejos, Itadori había llegado a la conclusión de que aquel hombre era ciego y vivía solo, sin nadie que pudiese asistirlo en un lugar que no conocía y en las desventajas que se hallaba.

Itadori no sabía bajo qué circunstancias había perdido la visión; aquel señor tampoco se lo había comentado y parecía esquivar el tema cuando Itadori le sacaba conversación en medio de alguna faena que le solicitaba, agradecido por haber hallado a alguien que se apiadara de él…¿por qué no podía recordar sus ojos…? El recuerdo de una venda negra sobre su rostro a duras penas reconocible en su mente adormilada respondió su pregunta. Aquel sujeto de apariencia joven y elegante, llevaba puesta una venda negra sobre sus ojos, su cabello…¿de qué color era su cabello?

Ya no lo recordaba.

Como si los recuerdos corriesen delante suyo e Itadori estuviese demasiado agotado para perseguirlos, terminó por perderlos. Se difuminaron en su memoria dejando la vaga sensación de que había pasado por aquella casa antes de ir a la suya aquella noche, como casi todas las noches.

Itadori alcanzó a desvestirse y colocarse la ropa de noche mientras aquellas marcas en su cuello le daban comezón, rascándose. Nunca desaparecían, nunca se iban y jamás dejaban de molestarle. No sanaban, siempre estaban igual de inflamadas. Chasqueó la lengua, molesto al notar que se había lastimado otra vez aquellas pequeñas heridas. Se sentó en la cama y de imprevisto, sus párpados comenzaron a pesar más que de costumbre...cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos…

Sentía frío en la parte inferior del cuerpo.

Quizás eso había sido lo que había despertado a Itadori. Apenas separando los párpados, se percató de que en algún momento había caído hacia atrás sobre el colchón y se había quedado dormido casi en el acto, la vela que se había hallado encendida antes consumida en su mesita de noche, la penumbra cubriéndolo todo salvo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana.

Suspiró intentando acomodarse sobre la cama para así poder cubrirse aunque fuera con la frazada. En ese momento, se percató de que el frío que había sentido era nada más ni nada menos que una corriente de aire helada que se filtraba por la ventana de su balcón abierta. Iba a tener que levantarse a cerrarla si no quería enfermarse…

Itadori abrió los ojos por completo, tragando saliva y sintiendo que su corazón iba a salirse de su pecho por lo intenso de sus latidos. Su respiración se volvió irregular mientras su mirada seguía clavada en el techo del cuarto, las sombras de las cortinas meciéndose por el viento bailando en las paredes suavemente.

Cuando había ingresado al cuarto, estaba absolutamente seguro de que aquellas ventanas se encontraban cerradas, y no era sólo eso.

Itadori sentía otra presencia dentro del cuarto, alguien o algo se encontraba muy cerca de su posición. Mirándolo, acechándolo.

Volvió a cerrar los ojos sin saber qué hacer. Si se levantaba bruscamente, corría el riesgo no sólo de marearse y caer al suelo sino también de toparse de lleno con la persona que seguramente había ingresado a su habitación por el balcón en plena madrugada con intenciones bastante dudosas; podría luchar contra quien fuese, pero...aún sentía el cuerpo pesado y el sueño no se había terminado de disipar en su mente, no sabía si los sentidos y los reflejos le habían a responder bien…

En ese instante pensó en su familia, los nervios atenazándolo del todo. ¿Y si había ido a otra habitación de la casa, y si se había topado con sus padres durmiendo plácidamente, y si…?

¿...y si él era la última víctima?

— Oh…¿ya despertaste?

El susurro de una voz masculina hizo jadear a Itadori. El tono era amable, pero también había cierto rastro de sorna en él. Sabiendo que era inútil ocultar lo evidente, Itadori aún así presionó los párpados con fuerza sin moverse de la cama o mejor dicho, incapaz de hacerlo, una fuerza invisible impidiéndoselo.

— Tch, tch, tch, tch.— el sonido característico del chasquido de una lengua en negación le siguió al silbido del viento.— No te pongas así, Yuuji. No me temas, si ya me conoces.

La voz era suave, meliflua. De buenas a primeras, Itadori no habría notado ninguna advertencia en su voz grave, cantarina. Sin embargo, y no sólo por las circunstancias, algo extraño tenía. Itadori frunció el ceño mientras separaba los párpados otra vez, sólo un poquito. Aquel tipo sabía su nombre de pila, lo conocía. ¿Por qué lo conocía si él no sabía de quién se trataba…?

Volvió a abrir los ojos por completo.

Conocía la voz. La había oído antes. Pero dónde…

Un paso, dos pasos hacia él. Itadori soltó el aire que estaba reteniendo ante lo inevitable. El extraño de su habitación no iba a irse, claro que no. Estaba allí justamente por él e Itadori lo sabía por instinto, incluso casi podía olfatearlo en el aire.

Juntando valor, se incorporó apoyándose sobre los codos. Pese a la luz de la luna, sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad; sin embargo, la danza de sombras que producían las cortinas y las ramas de los árboles le permitieron distinguir, cerca del borde de su cama, una silueta alta, oscura, delgada. Era el sujeto que le estaba hablando en susurros, un hombre demasiado alto para ser humano…¿o tal vez era una sombra…?

El hombre dio otro paso más, y un destello de luz golpeó el costado de su rostro.

Itadori volvió a jadear en cuanto lo reconoció.

Era el señor de la venda, aquel a quien ayudaba cada día en su mansión de recovecos imposibles, aquel sujeto que en teoría estaba ciego. Sus ojos estaban ocultos tras aquella venda oscura pero Itadori supo que aún así, lo estaba viendo. La sonrisa sutil de labios finos se estiró un poco más al percibir el reconocimiento en el rostro sorprendido de Itadori.

Y dio otro paso más, ya en el borde de la cama. Itadori desvió sus ojos rápidamente hacia abajo al percibir el peso de la rodilla ajena sobre el colchón, sus propias piernas sin reaccionar. Procuró ayudarse con los brazos en un intento por propulsarse hacia atrás y alejarse, sin éxito. Las almohadas y sus propias cobijas le jugaron la peor de las pasadas obstruyéndole el camino.

Como un depredador, aquel sujeto alto y delgado se subió a su cama con movimientos medidos y lentos, casi como si estuviese dándole la posibilidad de una huida que Itadori no podía emprender; el muchacho lo vio gateando sobre el colchón hasta alcanzarlo sin que pudiera hacer nada, la capa oscura de aquella persona cubriéndolo todo a su paso. Sus piernas separadas le permitieron continuar camino hasta que sus rostros estaban enfrentados a centímetros, la sonrisa tranquila en el rostro ajeno.

— ¿Tienes miedo, Yuuji?¿Ahora?

— Y-Yo…

Los ojos de Itadori de repente estuvieron más atentos a la mano de largos dedos que se elevó entre ellos, acercándose a su rostro con la misma lentitud con la que aquel hombre había llegado a él; esperando lo peor, Itadori aguardó impotente el momento en el que los dedos hicieran contacto con su piel. Aquel tipo acarició su rostro con el dorso de su mano de forma suave, contenida. Itadori no sólo no se sintió nervioso por el contacto, sino que percibió como su cuerpo se relajaba, una adormecimiento muy diferente al que había sufrido antes.

Parpadeó un par de veces, confundido por la nueva calma que estaba experimentando en esos instantes y se preguntó, tontamente, si aquello era cosa de magia.

El señor de la venda sonrió un poco más ante su reacción y en ese momento, pese a la oscuridad que los envolvía y tal vez por la cercanía de sus rostros, Itadori notó algo extraño, algo que captó su atención de inmediato.

Tenía colmillos. Y no eran dientes caninos demasiado afilados, aquellos eran anormalmente largos y llamativos, tanto que Itadori estaba seguro podrían rasgar cualquier superficie como si de pequeñas dagas se tratasen. Fue recién ahí que Itadori comprendió que aquel sujeto no era humano. No supo si fue la situación, el aire intrigante que lo envolvía, los colmillos o la extraña sensación de cercanía y pertenencia a él que Itadori había experimentado ni bien sus pieles habían hecho contacto, pero tenía una sola certeza alrededor de aquello que por muy disparatada que sonaba en su mente, era para su corazón absolutamente real.

Ese tipo no era humano, y era peligroso.

Aquella criatura se aproximó un poco más e Itadori supo lo que se avecinaba antes de que sucediera; vio sus labios separándose lentamente, la lengua asomándose entre aquellos colmillos imposibles y acercándose a su boca temblorosa. El contacto fue suave, caliente, húmedo; Itadori percibió una corriente eléctrica recorriendo su piel a medida que aquella lengua se animaba un poco más, repasando primero sus labios y luego trasladándose hacia el mentón, hacia el filo de su mandíbula…

Una mano lo empujó sobre la cama; cuando el torso de Itadori volvió a quedar recostado sobre el colchón, sintió el peso extra del otro sobre él, entre sus piernas, aquella boca peligrosa sin abandonar la tarea de asaltar ahora su cuello.

¿Por qué si aquello estaba tan mal a tantos niveles...Itadori lo estaba disfrutando? La ansiedad que sentía vibrando bajo su piel no era miedo, era expectativa, anticipación.

— ¿Cómo…?

— ¿Mmh? Oh, Yuuji, has estado rascándote aquí, ¿no es así?

— ¿Eh?

Itadori percibió la comezón otra vez instalándose en su cuello cuando la lengua acarició aquellas picaduras inflamadas en su piel; fastidiado, intentó rascarse nuevamente, pero la mano más fuerte se lo impidió, sujetándolo por la muñeca.

— Vas a lastimarte, no lo hagas. Pensé que las había curado mejor...mala mía.

Una leve risilla se dejó oír contra su piel como si de un chiste se tratara; Itadori percibió los labios finos, la lengua caliente posándose ahora contra su cuello sin abandonar la presión contra aquellos pequeños puntos. De nuevo, Itadori experimentó de forma mucho más intensa aquel adormecimiento ahora instalado sobre su cuello, sobre sus heridas. De repente, las picaduras dejaron de molestar, la sensación de entumecimiento disipándose paulatinamente de su piel.

Sin poder evitarlo, Itadori suspiró aliviado, ganándose otra vez aquella risa suave y amena.

— ¿Mejor?

— Mejor.

¿Aquella había sido su voz? Itadori se sentía avergonzado del susurro complacido que acababa de soltar ante aquel desconocido que probablemente ni humano era. ¿Desconocido? ¿Cómo que desconocido, si Itadori lo frecuentaba hacía semanas? Sus ojos y sus demás sentidos no le engañaban, era él. ¿Cómo es que había logrado engañarlo tan fácilmente, pareciendo tan buena persona?

Cuando los labios de aquel sujeto ascendieron nuevamente por su cuello hasta su boca, Itadori tuvo un mal presentimiento. La sensación agradable de aquella caricia íntima le trajo recuerdos que más que a su memoria, acudieron a su cuerpo. Su piel parecía sentirse a gusto con aquella boca sobre ella, con aquellas manos de largos dedos introduciéndose bajo su blusa holgada acariciando su torso, con el pequeño empujón que dieron las caderas ajenas entre sus piernas; un jadeo que nada tenía que ver con los anteriores escapó de su garganta cuando un extraño placer se apoderó de sus sentidos.

Sus propios labios siguieron el ritmo de aquel beso que en un principio era tranquilo pero que conforme los segundos pasaban se volvía ardiente, necesitado; sin poder dar crédito a lo que él mismo estaba haciendo, atrajo al señor no tan desconocido hacia su boca con más ahínco rodeando su cuello con ambos brazos. Gimió cuando se repitió ese movimiento contra su entrepierna, la excitación creciendo sin que Itadori pudiese detenerla. Sus piernas rodearon las caderas ajenas, la piel descubierta rozando con la suavidad de aquella capa que aún seguía cubriéndolos como un manto nocturno.

Retazos de sensaciones pasadas vinieron a su mente, aquella situación y aquel placer culposos ya conocidos para él. No recordaba cuándo, cómo ni dónde, pero para Itadori quedaba ahora claro que aquella no era la primera oportunidad en la que aquel sujeto lo acometía y él se dejaba hacer. Mientras la blusa se deslizaba por sus brazos y salía finalmente por su cuello dejando su torso al descubierto y a merced del señor de la venda, se sintió un tanto decepcionado de no recordar ninguno de los eventos anteriores y que el leve recuerdo de éstos sólo vinieran a él estando ya en esas circunstancias.

¿Acaso se dedicaba...acaso hacían eso cuando él lo visitaba en teoría para ayudarlo? No podía recordarlo por mucho esfuerzo que hiciera. Ni siquiera recordaba muy bien el interior de aquella casona llena de corredores y muebles antiguos, las luces muy tenues, demasiado tenues…¿las ventanas habían estado cerradas? No...siempre que había podido visitarlo, había sido ya noche cerrada, por eso tampoco la luz del sol había ingresado.

Itadori soltó un quejido en medio de sus pensamientos turbios cuando percibió un pequeño dolor sobre su pecho. Sus mejillas se sonrojaron fuertemente al percatarse de que aquel sujeto había trasladado sus atenciones hacia uno de sus pezones, besando y lamiendo allí; de nuevo, aquella sensación dolorosa se volvió a repetir y comprendió al fin que se trataba del roce accidental del colmillo afilado sobre aquella zona tan sensible, la lengua encargándose de consolar la piel maltratada.

Mientras Itadori se dejaba hacer bajo ese sopor de placer y confusión, sintió su ropa interior siendo jalada insistentemente; sin oponer demasiada resistencia, deslizó la prenda por sus muslos, sus rodillas, sus piernas hasta que el pedazo de tela quedó colgando de uno de sus tobillos, el cuerpo más alto separando sus piernas y acomodándose otra vez allí como si aquel fuese su lugar por derecho propio; con cada roce de aquellos dedos, Itadori también percibió rasguños suaves sobre su piel, tal y como si también tuviese uñas afiladas que no había alcanzado a ver. Aún así, lejos de sentir dolor experimentaba deleite con cada rasguño sutil, con cada roce que probablemente se transformaría en una herida más que no sabría explicar.

— Tu cuello está muy maltratado. Lo siento, Yuuji.

El aludido oyó el murmullo de su voz contra su oído, el cuerpo más pesado y aún completamente vestido presionando el suyo sin asfixiarlo. Itadori notó cierto tono de congoja en su voz, de disculpa, pero a esas alturas ya no sabía si era genuino o estaba burlándose de él.

— ¿Alguien te ha preguntado algo al respecto?

— Ah...el...el médico vio…

— ¿Vio las marcas? Qué descuidado soy. No volverá a ocurrir.

La boca volvió a besar su oreja, su cuello, el filo de su mandíbula de manera cada vez más ansiosa, necesitada, apasionada despertando más calor en el cuerpo de Itadori. Sintiéndose a la deriva entre sus besos y caricias, Itadori acarició sus hombros, tanteó el cuello de su camisa y logró dar con su piel, tan suave como el terciopelo; sin que nada se lo impidiera, las manos de Itadori viajaron un poco más ignorando aquel pedazo de tela en su rostro, acariciando los cabellos que ahora veía, eran blancos. ¿Cómo podía haber olvidado aquel color tan particular y llamativo?

— ¿Sabes qué es lo que sucede?.—habló mientras sus labios volvían a buscar los suyos.— Eres tan delicioso, Yuuji. Hacía tanto tiempo que no encontraba a alguien como tú. Eres único para mi.

— ¿De verdad, señor...?

— Así es, sí.

Una queja surgió de Itadori cuando uno de los colmillos rozó su labio inferior, el ardor instalándose allí, el calor de la sangre consecuente. El sujeto jadeó y su lengua ávida barrió la herida una, dos, tres veces hasta que Itadori dejó de sentir aquella desagradable sensación, el corte sanado.

En ese momento, Itadori estudió su rostro tan cercano al suyo, sus dedos tanteando los labios ajenos. Se le permitió hacerlo e ir un poco más allá; la boca se abrió y aquellos dientes alargados se asomaron ni bien lo hizo, el índice de Itadori atreviéndose a tocar la punta afilada. Apenas hizo contacto sintió como si una pequeña aguja se incrustara en su piel, una gota de sangre asomándose allí en la yema de su dedo. La lengua volvió a surgir y limpió la herida suavemente ante la atenta mirada del muchacho, enajenado por la visión.

Repentinamente, las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba y la sonrisa acentuó el espectáculo que Itadori tenía de sus colmillos blancos; los dedos se acercaron a su propio rostro y ante la mirada asombrada del muchacho, sostuvo la venda negra y la levantó, descubriendo finalmente sus ojos.

Otra prueba más de que no era humano, no podía serlo. El color de sus ojos era de un imposible tono celeste, ¿o eran verdes? no podía definirlo bien pero parecían brillar en la oscuridad mientras sus pestañas blancas los adornaban, la mirada de párpados caídos sobre la suya. Itadori parpadeó una, dos, tres veces cuando creyó estar sufriendo una ilusión óptica; desde sus pupilas un destello rojizo parecía extenderse e invadir el hermoso color de sus iris tornando sus ojos de un carmesí más llamativo que el color de la sangre fresca.

La sonrisa se ensanchó e increíblemente, sus colmillos parecieron estirarse un poco más. ¿Era aquello posible?

Itadori jadeó cuando una mano sostuvo su mentón y estiró su cuello bruscamente, exponiéndolo todavía más, sus ojos intentando no despegarse de la mirada ajena.

— Te lo dije, eres delicioso. No puedo resistirme, Yuuji.

Lo siguiente que Itadori percibió fue un dolor agudo, punzante, profundo en su cuello. Duró sólo segundos, pero fue lo suficientemente intenso para que un grito casi escapara de sus labios, sus manos aferradas a los hombros ajenos en un intento por apartarlo mientras el sujeto cubría su boca para no ser delatado. El dolor dio paso a una extraña presión, el rostro ajeno sumergido en su cuello, su respiración pesada golpeándole la piel.

La presión que sentía eran sus labios succionando su piel, su herida abierta por los colmillos. Aquel sujeto estaba bebiendo su sangre, Itadori podía incluso sentir los tirones en sus músculos, en su vena.

Aquello era la causa de las heridas, de aquellos pequeños puntos inflamados que todos habían creído se trataban de picaduras de insectos; de su decaimiento, de la aparente enfermedad desconocida que lo asediaba, de las lagunas mentales que sufría cada vez con mayor frecuencia.

A eso se dedicaba cuando Itadori iba a su casa. Ese tipo no necesitaba su ayuda para nada, lo necesitaba a él. Porque Itadori era su fuente de alimento.

Y probablemente, la más deliciosa que hubiese probado en mucho tiempo.

Cerró los ojos mientras la molestia cedía a los pocos minutos, mientras sentía aquellos labios probablemente manchados de sangre atendiendo su torso otra vez, descendiendo un poco más, sus manos separándole del todo las piernas.

Posiblemente aquello no era nuevo, pero cada vez que sucedía, para Itadori sí lo era.

Seguramente no recordaría nada la mañana siguiente cuando el señor de la venda ya no estuviese allí.

Por lo pronto, se dedicaría a disfrutar lo que sentía en ese momento, como quizás lo había hecho en todas las ocasiones anteriores.