— Itadori…

— Itadori-kun. ¿Estás en las nubes, o en mi clase?

— ¿Eh?

De repente, Itadori reaccionó y volvió a la realidad, a aquella realidad. Como si la voz de la maestra particular a la que asistía regularmente se tratase de un látigo, sus compañeros, Fushiguro y Kugisaki se agacharon y prácticamente adosaron el torso a la mesa de madera para no recibir el impacto pese a que el llamado de atención había sido para él. En ese momento, Itadori se percató con cierta ansiedad y vergüenza que ni siquiera había abierto el libro y que, de casualidad, Fushiguro había alcanzado aunque sea a abrir su cuaderno para disimular la enajenación mental que llevaba encima desde hacía rato.

— Ah...lo siento, maestra. Anoche no dormí muy bien.

— Ni anoche, ni ayer, ni la semana pasada, Itadori-kun.— el tono estricto y rígido de la mujer se fue aflojando hasta convertirse en uno que expresaba más preocupación que molestia.— ¿De verdad no estás enfermo? Mira nada más tus ojeras.

La mujer, joven pero con rostro severo, se aproximó a él a paso rápido, sus tacones golpeando el suelo de madera; incómodo, Itadori tuvo que soportar su escrutinio de cerca, muy cerca. Vio cada gesto, incluso cada pestaña en los párpados de su maestra a escasos centímetros suyo. La mujer frunció el ceño y bufó, poniendo los brazos en jarra.

— Estoy bien, ya se lo dije.

Su voz había sonado en un murmullo que ni él mismo se creía. Ninguno de sus dos compañeros lo observaba tan directamente como la maestra, pero aún así el ambiente se había tornado un tanto pesado por la mentira evidente. El silencio se estableció sobre ellos por algunos segundos más hasta que Fushiguro pareció no soportarlo más, carraspeando y desviando la atención hacia él realizando una pregunta sobre el tema que la señora había estado explicando hasta ese momento y del que Itadori desconocía totalmente.

De casualidad y si se había sentado y la había oído saludarlos.

Internamente agradeció a Fushiguro que obligara a la mujer a continuar con la lección. Estaba dando algo relacionado a contable, materia que Itadori no comprendía del todo y la cual no le agradaba para nada. Una clase menos no iba a empeorar su situación, después de todo. Aún así, abrió el pequeño libro que utilizaban como guía y estiró el cuello hacia los apuntes de Fushiguro para saber aunque sea dónde estaban, a ver si en una de esas lograba cazar algo al vuelo.

Cuando encontró la página y vio el contenido de la misma, la poca concentración que había logrado conseguir se había tomado vacaciones permanentes. Era la continuación de una lección que tampoco había oído...de una primera clase que ni siquiera había presenciado porque no había podido levantarse de la cama ni ese día ni al siguiente, muerto de cansancio.

De nuevo, su mente se fue lejos de ahí a un recuerdo borroso que intentaba dilucidar, su cuerpo presa de una ansiedad que desconocía. Aquella noche, en efecto, no había podido pegar un ojo. Itadori era consciente - y las personas que lo rodeaban aún más - que algo estaba sucediendo en su vida, con su salud. Hacía ya varias semanas, su familia había acudido a otro doctor que había llegado a las mismas conclusiones que el anterior...y el anterior a ese. Todas las pruebas que le realizaban eran normales, todos los exámenes daban bien. No había plagas en la casa e Itadori no consumía ningún tipo de sustancia ilegal por lo que, como siempre, habían vuelto al principio de toda aquella historia.

Hasta ese momento, Itadori sólo tenía la certeza de que su descanso por las noches era intranquilo, interrumpido y nada conciliador. No tenía registro de despertarse en algún momento de la madrugada, pero el cansancio con el que se levantaba era completamente contrario a la cantidad de horas que dormía, tal y como si no descansara absolutamente nada. Así, se había ido acostumbrando a aquella nueva realidad ya un tanto resignado a no encontrarle la causa; incluso sus padres, Fushiguro y Kugisaki lo habían hecho, ya cansados de preocuparse por él ante las negativas de Itadori de que algo raro estaba sucediendo con él.

Aquellas últimas dos o tres noches, sin embargo, algo había cambiado.

La primera noche que notó algo extraño, su sueño había sido pacífico. Por primera vez en semanas, Itadori había podido dormir toda la noche sin ningún contratiempo y había amanecido al día siguiente descansado, hecho que se había reflejado en el buen humor con el que se había levantado y había transcurrido el resto de la jornada. Hacía mucho tiempo que no se sentía atontado por la falta de descanso e incluso esa misma tarde había salido con Fushiguro y Kugisaki luego de la clase del día, aliviado pero al mismo tiempo extrañado por el cambio repentino.

Sin embargo, la paz aparente sólo había durado 24 horas y era el anuncio de algo peor. Aquella noche, Itadori había llegado cansado pero feliz luego de un día lleno de actividades; había cenado, se había dado un baño y se había acostado con la esperanza de tener otra vez una noche tranquila. Aún así, al cabo de dos horas de haberse cubierto con las sábanas y de haber apagado la vela de su mesita de noche, el sueño no llegaba a él. Sentía los párpados pesados, el cuerpo entumecido listo para caer en el sopor de la madrugada pero no lograba conseguirlo. Había dado infinidad de vueltas desarmando toda la cama, había cambiado de posición e incluso de almohada...y nada había dado resultado.

Cuando quiso darse cuenta de que no iba a poder conciliar el sueño, el sol ya comenzaba a asomarse por el horizonte ante la mirada atónita e indignada de Itadori. Sin más remedio, se había levantado para iniciar una jornada que sabía, no iba a ser tan buena como la del día anterior.

Si aquella noche no había podido dormir ni siquiera una hora, esa misma noche iba a caer redondo en la cama apenas llegara, ¿no? Había vuelto a repetir la rutina. Había cenado, se había bañado y se había metido de lleno debajo de las sábanas.

Había apagado la vela y cerrado los ojos esperando que el cansancio hiciera lo suyo.

Dos horas más tarde, no sólo no había podido dormirse aún, sino que un extraño zumbido se había instalado en su oído, aturdiéndolo. Más que un zumbido, parecía el chillido de algo pequeño, muy pequeño instalado cerca de su cabeza en todo momento y en toda posición que tomaba en la cama. Había volteado, se había tapado la cabeza con la almohada y posteriormente la había lanzado lejos. Había maldecido toda la noche y nuevamente el sol había salido sin que él hubiese obtenido ni siquiera un minuto de descanso.

Para esas alturas Itadori estaba más afectado física y emocionalmente que durante las semanas anteriores, sin comprender por qué había pasado del sueño intranquilo al insomnio total.

Y el zumbido seguía allí, más molesto que nunca. Lo sentía despacio, bajito pero muy presente. Durante la clase, luego cuando había ido al mercado y posteriormente al trabajo de su padre, la ansiedad creciendo conforme pasaban las horas del día.

Al atardecer, su padre había terminado ordenándole que fuese a la casa ante las reiteradas negativas de Itadori de hacerlo. Estaba distraído y en cierto punto bastante insoportable; se sentía molesto, ansioso, expectante de algún suceso que desconocía. El chillido seguía allí y ya había comenzado a dolerle la cabeza.

Sin otra cosa más que hacer, había seguido el consejo de su padre. Había tomado sus cosas y marchado hacia su casa, calles abajo. El camino era recto por varias cuadras así que por muy distraído que pudiese estar en el trayecto, no corría riesgo de perderse, al menos eso…

De repente, en una esquina, el zumbido se detuvo abruptamente. Itadori lo experimentó como si sus oídos hubiesen estado tapados durante toda la noche anterior y ese día y de imprevisto se hubiesen liberado del bloqueo extraño que sufrían, algo así como si hubiese estado todo el tiempo debajo del agua. Así se había sentido.

Sorprendido y más ansioso que antes, cruzó la calle. Ya sólo quedaban tres o cuatro cuadras hasta su hogar...y el zumbido volvió ni bien había caminado media cuadra. Frustrado y bastante molesto, dio dos pasos más y se detuvo. Intentando disimular para que el resto de los transeúntes no pensaran que estaba loco, Itadori se cubrió las orejas, presionando. Todo seguía igual, sus oídos sumergidos en agua profunda. Chasqueó la lengua y siguió camino hasta que algo más, un nuevo suceso que hasta ese momento no se había presentado, lo obligó a detenerse otra vez, atónito.

Acababa de oír su nombre dentro de aquel zumbido.

Itadori se retiró hacia la pared para que nadie chocara contra él, parado en la mitad de la acera. Su corazón comenzó a bombear más rápidamente, sus ojos mirando hacia todos lados tratando de encontrar a la persona que lo había llamado, porque era imposible que la voz estuviese dentro de su oído. Nervioso y un poco asustado, aguardó unos momentos, de pie y en silencio.

"Yuuji, por favor, ven."

Ahora sí la había oído claramente. Era la voz de un hombre. Grave, pero dulce y cantarina.

La conocía. ¿De dónde conocía esa voz?

No, no podía ser que...Itadori estaba buscando en sus recuerdos la posibilidad de reconocer al dueño de su voz. Nuevamente, aquellos recuerdos borrosos de noches pasadas se hicieron presentes casi al instante, aumentando su intranquilidad. Estaba teniendo alucinaciones, estaba seguro.

Se estaba volviendo loco.

La ansiedad escaló un nuevo nivel impidiéndole incluso razonar correctamente. Desesperado, comprendió que probablemente sus problemas no eran físicos, sino mentales. Estaba sufriendo alguna especie de demencia, de enfermedad mental que los médicos clínicos no podían diagnosticar porque no era su área. Con intensas ganas de ponerse a llorar allí mismo, también entendió que como él se estaba percatando de ello, tarde o temprano el resto de las personas lo haría. Sus amistades, sus padres...su madre, que estaba tan acongojada por su salud...sólo para terminar descubriendo que era…

¿Aquello era irremediable e inevitable? ¿No podría hacer nada para detener su avance, cómo es que no se había percatado antes?

"Yuuji, ven. Ahora."

La voz en su cabeza se tornó más agresiva, más tajante. Itadori tragó saliva cuando se percató de que pese a que aquello probablemente sólo sucedía en su mente, tenía miedo. La pérdida de la dulzura inicial, la idea de una orden ansiosa descolocó a Itadori en medio de la calle, su espalda apoyada en la pared de un negocio que ya estaba cerrando.

¿Ir?¿Ir adónde?

El zumbido se volvió más intenso a tal punto que Itadori frunció el ceño y dejó de oír con claridad las voces de las personas que pasaban charlando, incluso el sonido de los carros, el relincho de los caballos, las campanas a los lejos. Todo se volvió una madeja de sonidos extraños e indistinguibles tapados por ese ruido cada vez más molesto…

Si no hacía algo, le iba a estallar la cabeza.

Como no sabía qué hacer y volver a su casa en esas condiciones no era una opción, Itadori deshizo los pasos que había dado hasta ese momento; retrocedió hasta la esquina y cuando estaba a punto de cruzar la calle, el zumbido volvió a detenerse abruptamente, tal y como lo había hecho antes.

En el mismo lugar.

"Eso, Yuuji, eso es."

Increíblemente al oír de nuevo aquella voz masculina siendo agradable con él, Itadori se sintió más relajado, independientemente de que volvía a escuchar los sonidos de la ciudad otra vez. Ya en la esquina, miró hacia uno y otro lado tratando de detectar hacia dónde debía continuar ahora, ya resignado a oír la alucinación en su cabeza.

Cuando su mirada se deslizó calle abajo, supo la respuesta.

Dos cuadras más abajo había una casona inmensa, elegante, antigua pero de aspecto un tanto siniestro. La edificación era enorme pero su exterior estaba un tanto descuidado; al techo le faltaban algunas tejas y por la pared, varias enredaderas habían hecho estragos con la pintura aquí y allá.

La casa estaba habitada por lo que se sabía, pero el dueño nunca se veía. Por lo que los vecinos habían hecho correr la voz, el hombre alto y joven que la habitaba se dejaba ver muy temprano en la mañana o a altas horas de la noche ya cerrada y en contadas ocasiones, por lo que todos habían supuesto que era un hombre de viajes. Se había mudado hacía relativamente poco y no había establecido relación con nadie en el barrio y por los horarios que manejaba, tampoco ninguno había podido entablar conversación con él.

Sin embargo, también se corría otro rumor un poco más llamativo y que a Itadori le sonaba más real y un tanto más deprimente. El señor que habitaba aquella casona era ciego. Lo sabían porque las pocas personas que lo habían llegado haber atestiguaban que utilizaba una venda en sus ojos, que su movilidad era un poco torpe y que incluso lo habían visto chocarse la puerta de su propia casa.

Ahora que Itadori había girado el cuerpo completo en dirección a esa mansión en apariencia deshabitada, supo que conocía de la veracidad de aquellos rumores porque conocía la casa. Su exterior se le hacía tan familiar que estaba seguro había estado frente a aquella puerta antes varias veces e incluso tenía la leve impresión de que había estado dentro también…

"Ven, rápido."

La voz se volvió apremiante pero sin perder el tono jovial. Parecía ansiosa pero al mismo tiempo impresionaba intentaba contenerse. Itadori parpadeó un par de veces pensando en la locura que estaba a punto de cometer...seguir el camino que le indicaba una voz en su cabeza.

Peor no le podía ir.

Con pasos cada vez más rápidos, Itadori cruzó la calle y comenzó a caminar en dirección a la casona mientras esquivaba transeúntes; ahora, no sólo el zumbido se había detenido sino que cierto sentimiento de goce se instaló en su pecho expandiéndose por sus extremidades, el temor lejos ya de su mente. Experimentaba una anticipación inusual, casi indecorosa.

Que se volvió más apremiante cuando llegó frente a la puerta de la mansión.

Pese a que aquella sensación anticipatoria que parecía prometer un placer que Itadori desconocía pero quería experimentar a toda costa, su instinto de supervivencia le gritó que huyera de allí con cada paso que daba adentrándose en el jardín delantero un tanto descuidado luego de asegurarse que ningún vecino lo veía ingresando; por alguna razón, su mente se estaba cerciorando de que no hubiese testigos de aquello como si estuviese realizando algo prohibido, ilegal…

…bueno, abrir la puerta de la casa de un desconocido sin llamar primero podía considerarse como una intrusión e invasión directa de la propiedad privada. Lo pensó, Itadori realmente lo tuvo en cuenta en cuanto traspasó la puerta rápidamente y la cerró a sus espaldas, la oscuridad devorándolo.

Lo había pensado, más no había podido evitar hacerlo, una fuerza sobrenatural apoderándose no sólo de su mente sino también de su cuerpo.

Al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella, Itadori se sintió en otro mundo o, mejor dicho, lejos del que acababa de experimentar segundos atrás; allí no se oían voces alegres, no se oían las ruedas de los carros sobre los adoquines, los cascos de los caballos ni las campanas de alguna iglesia lejana, ni siquiera el último canto de las aves antes de que la noche finalmente cayera sobre la ciudad. Lejos de eso, el silencio sepulcral de aquel pasillo oscuro despertó las alarmas de Itadori, sus ojos abiertos de par en par intentando distinguir detalles en medio de la penumbra. Todas las ventanas estaban fuertemente cerradas y ni siquiera un rayito del sol moribundo ya en el horizonte se proyectaba ahí dentro, cómo…

De repente, jadeó cuando delante suyo, al final de aquel corredor oscuro que parecía interminable, se encendió una vela solitaria, el único atisbo luminoso en medio de las tinieblas.

La luz era suave, casi mortecina, la vela de donde se desprendía bastante vieja y ya gastada. La llama osciló sutilmente, danzando en sombras sobre las paredes donde se proyectaba su fulgor. Itadori se quedó observándola durante varios segundos, absolutamente seguro de que no había oído ningún otro sonido en ese mismo pasillo que le indicara que allí había alguien más que hubiese encendido….

De nuevo, otra vez un poco más alta colgada en la pared se encendió en un corredor alterno a la izquierda de aquella primera vela. En ese momento Itadori comprendió que la primera luz indicaba el final de ese corredor, pero el inicio de otros laterales. La nueva luminosidad se extendió por un camino que escapaba de sus ojos...pero que le generaba una curiosidad que no podía ignorar.

Itadori era consciente de que fuera lo que fuera que estuviese encendiendo aquellas velas, lo estaba guiando adrede. Aún así, no le importó comenzar a recorrer primero aquel corredor y luego doblar a la izquierda, percatándose con creciente ansiedad que las velas se encendían conforme él apuraba el paso.

Recorrió dos, tres, cuatro corredores. A esas alturas, Itadori ya se había perdido dentro de aquella casa que no conocía ni parecía habitada. Había polvo en el suelo, sobre los muebles antiguos, los candelabros con telas finas colgando de ellos hacia las paredes. Incluso el ambiente allí dentro se sentía un tanto opresivo y húmedo, como si hiciera mucho tiempo que nadie hubiese abierto las ventanas y ventilado la casa.

Finalmente, la última vela lo guió al final de un corredor sin salida, pero allí había una puerta. Estaba cerrada pero Itadori tuvo la certeza de que podría abrirla sin problemas. En ese momento, dudó. Una pizca de temor se instaló en su mente, la cual estaba comenzando a tomar consciencia de lo peligrosos que habían sido sus actos al meterse de aquella manera en casa ajena en circunstancias tan dudosas…

"Yuuji, ven, te estoy esperando."

Aquella voz otra vez. Sonaba anhelante, algo impaciente también. Sin embargo, su tono melifluo estaba más presente que nunca...e Itadori sonrió sin poder evitarlo.

Como una polilla revoloteando alrededor de la llama que finalmente la consumiría hasta matarla, Itadori caminó hacia la puerta y la abrió, cruzando el umbral...para encontrarse con escalones.

Detrás de la puerta había una escalera que conducía a lo que parecía ser el sótano. Sin embargo, allí abajo, al final del camino, había luz. Mucha luz, varias velas y lámparas encendidas, quizás también un hogar por el sonido crepitante que se oía.

Su pie se detuvo en el primer escalón, tragando saliva repentinamente ansioso al saber que allí abajo sí había alguien.

— ¿Yuuji?¿Qué tienes, por qué no bajas?

Itadori gimió al oír la voz de su cabeza proveniente del final de las escaleras, fuerte y clara. Cantarina y jovial, el hombre que formulaba la pregunta parecía dudar de su actitud. Un poco más confiado pero aún así alerta, Itadori bajó las escaleras, aliviado de que aquella voz de verdad existiera.

Si se estaba volviendo loco, al menos aquello no avanzaba tan rápido.

Efectivamente, allí la cuestión era otra cosa. El suelo, los muebles y los candelabros estaban impolutos y brillaban. Un hogar estaba encendido en medio de la pared contraria a la posición de Itadori iluminando todo aquel amplio cuarto…

...y a su lado, estaba el hombre que lo había estado llamando hasta allí, de pie y brazos cruzados. Era alto, muy alto, su silueta esbelta proyectando una sombra imposible en la pared y el techo. Apenas llevaba pantalones oscuros y una camisa holgada, las mangas colgando elegantemente de sus brazos.

Y sus ojos estaban cubiertos por una venda negra.

Itadori parpadeó una, dos, tres veces al ver su postura despreocupada, su sonrisa sutil. Al cabo de unos segundos, aquel sujeto separó los brazos y los abrió hacia su posición, sus palmas hacia arriba como si lo estuviese esperando a él.

Y como si de una bomba se tratara, su cerebro explotó en recuerdos, emociones, sensaciones. Sentimientos intensos que no podía contener y que lo hicieron olvidar todo tipo de decoro y prudencia, sus piernas guiándolo en una pequeña carrera hacia aquel sujeto alto y en apariencia inofensivo. Su cuerpo prácticamente impactó contra el contrario, los brazos fuertes rodeándolo en un abrazo casi asfixiante. Itadori se aferró a él, lágrimas amenazando salir de sus ojos mientras elevaba el mentón y buscaba sus labios, el beso ansioso y necesitado siendo completamente correspondido.

Claro que Itadori conocía esa casa, esos corredores y aquel sótano. Y por supuesto, conocía al dueño de aquella casona del que tanto se hablaba y tan poco se sabía, porque lo visitaba prácticamente día a día, o mejor dicho...noche a noche.

Ahora que lo recordaba otra vez, Itadori sabía que cada vez que salía de aquel lugar perdía la memoria para recordarla sólo cuando él lo llamaba. Porque así era, así lo convocaba, ese era su pequeño gran secreto. Itadori había conocido a Satoru en circunstancias ingenuas, casi por casualidades de la vida, pero estaba seguro que había sido el destino quien lo había hecho desviarse del camino que habitualmente recorría aquella noche y haberse topado con aquel hombre que parecía necesitar ayuda…

...sólo para enterarse finalmente de que ni siquiera era un hombre, ni siquiera era humano. Itadori podría haberlo contado, podría haber divulgado su secreto de no haber sido no sólo porque no recordaba que lo sabía, sino porque tampoco había querido hacerlo. Satoru le había contado a grandes rasgos la historia de su vida y sus desgracias parecían ser interminables. Una enfermedad incurable, crónica y progresiva que lo obligaba a vivir en soledad, a no poder sentir la luz del sol sobre su piel y a realizar acciones de las que no se había sentido orgulloso, para nada.

Luego de indagar y presionar, Satoru, aquel hombre que en apariencia era sano y fuerte, le había terminado confesando que su enfermedad sólo se mitigaba con la sangre...e Itadori se había ofrecido a calmar su dolencia y allí se había enterado demasiado tarde que lo que Satoru necesitaba no eran transfusiones sino alimentarse directamente del líquido carmesí.

No podía negar que había dudado, se había asustado y las intenciones de huida habían estado presentes en su mente. Sin embargo, Satoru era tan encantador y parecía sufrir tanto cuando los días pasaban y no lograba conseguir el único consuelo que tenía para su dolencia...que había terminado aceptando ayudarlo él mismo para no volver a ver su expresión compungida, a oír su tono ronco y doloroso.

Sin embargo, las dudas y la incertidumbre nunca habían abandonado a Itadori, sobre todo cuando la amnesia comenzó a hacerse presente, el cansancio cada vez mayor y la urgencia cada vez más apremiante de ver a Satoru comenzó a alterarlo incluso cuando ni siquiera recordaba por qué la sufría. Cada vez que lo volvía a encontrar, Itadori recuperaba momentáneamente sus recuerdos para volver a perderlos una vez que su encuentro terminaba; había intentado indagar al respecto, pero como Satoru era muy convincente en algunas cuestiones, era muy reticente en otras. Por las circunstancias del momento, Itadori nunca terminaba de preguntarle las cosas que quería y su memoria se deterioraba cada vez más, y más, y más…

— Anoche no vino.— ahora Itadori podía recordarlo claramente. Las noches anteriores su mente inconscientemente lo había estado esperando a él y nunca había aparecido.— Ni antes de anoche, ni…

— Ya, ya. Lo sé, lo siento, Yuuji.— las manos frías de largos dedos acariciaron su rostro, un beso siendo depositado en su nariz, otro en su boca.— He tenido...contratiempos.

— ¿Qué clase de contratiempos?¿Su enfermedad ha empeorado, acaso?

— No, no es eso, Yuuji.

Repentinamente, Satoru se separó de Itadori y caminó lejos de él, grandes zancadas sobre la alfombra delicada del suelo. Ávido por una respuesta, Itadori se adelantó dentro de la habitación acercándose a él.

— ¿Qué es, entonces?

Satoru se asemejaba a un león enjaulado; daba círculos alrededor de una pequeña mesa en el centro de la habitación y esquivaba las sillas de madera a su alrededor a milímetros, con lo cual demostraba que estaba bastante lejos de ser ciego. Una de sus manos despeinó aún más sus cabellos blancos, las puntas hacia arriba producto de aquella venda que cubría sus ojos. Guardó silencio durante largo rato, al parecer un tanto ansioso con la pregunta que había hecho Itadori. Finalmente, sin embargo, cambió completamente de conducta y se acercó a Itadori, su torso encorvándose hacia él por la diferencia de alturas, sus dedos hundiéndose en sus hombros.

— Yuuji, dime que me quieres.

— Lo quiero-— Itadori lo dijo sin dudar, su corazón hablando por él.

— Dime que no me temes.

— No le temo.

— ¿No lo haces?

— No.

— Pues hay gente que sí lo hace.— Itadori frunció el ceño ante el cambio en su tono de voz, más grave y lúgubre.— Hay personas que...no están de acuerdo con el modo en el que enfrento ésta enfermedad, Yuuji.

— ¿A qué se refiere? No entiendo.

Satoru rodeó a Itadori repentinamente con sus brazos, el rostro del muchacho enterrándose en su pecho, la fragancia embriagadora llegándole de lleno a las fosas nasales. Su cuerpo entero se relajó pese a que cierto instinto de advertencia se instaló en su mente un tanto obnubilada mientras le devolvía el abrazo.

— Hay personas que piensan que soy peligroso, que soy malo, Yuuji.

— ¿Usted, malo?.— Itadori rió, separándose para ver su rostro. Sin poder evitarlo y pese a la expresión seria y compungida que llevaba Satoru, no pudo evitar reírse un poco más.— Quien le conociera de verdad no diría eso.

Satoru lo observó por unos segundos, quizás evaluando su reacción. Al final, las comisuras de sus labios se elevaron de forma un tanto insegura para que luego aquello se convirtiera en una sonrisa franca. Agachó su rostro nuevamente y sus labios se encontraron en un beso más tranquilo, pausado y medido.

— Eres demasiado bueno conmigo, Yuuji. De verdad.

— No lo soy, no tanto.

— Oh sí, sí lo eres. No sabes cuánto.

Para Itadori aquellas palabras parecían esconder un doble sentido que no alcanzaba a dilucidar pero aún así, creía en sus propias palabras. Itadori se consideraba egoísta al visitarlo de aquella forma intempestiva incapaz de resistir el impulso, tal y como si Satoru se tratase de una persona adictiva. Lejos de sentirse incómodo o molesto con su actitud, el hombre lo aceptaba con los brazos abiertos, casi en forma desinteresada.

Porque Itadori creía que el precio de su sangre era bajo en comparación con la felicidad que lo embargaba cuando estaba a su lado. Pese a que estaba obligado a olvidar, el sentimiento de pertenencia y anhelo en realidad nunca desaparecía del todo, grabado más que en su mente, en su cuerpo.

— Yo...quizás no pueda visitarte por un tiempo, Yuuji. Ni tampoco permitir que vengas aquí.

— ¿Qué? Pero, ¿por qué?

Itadori no quería sonar desesperado pero no había podido evitarlo, el jadeo compungido y angustiado escapando junto con sus preguntas. Nuevamente, Satoru lo había tomado por los hombros, un suspiro acongojado surgiendo de sus labios.

— Hay gente que al parecer me ha seguido hasta aquí. Es peligroso que nos veamos, más para ti que para mi.

— Pero…— Itadori chasqueó la lengua fastidiado por no poder controlar la ansiedad que lo embargaba al pensar en la posibilidad de no verlo.— ¿Cuánto es "un tiempo"?

— Algunas semanas, tal vez un mes.

— ¡No!

¿Acababa de gritar? Sí, lo había hecho, su voz había resonado y rebotado contra las paredes. Satoru no pareció sorprenderse con su exabrupto pero sus labios se curvaron en una mueca un tanto triste; el dorso de su mano acarició el rostro de Itadori, las lágrimas amenazando con escapar de sus ojos.

— No puedo dejar de verlo por tanto tiempo…

— Lo sé, a mi también me cuesta mucho separarme de ti, Yuuji. Pero si no lo hacemos, corremos peligro de que nos descubran...te alejarán de mí en forma permanente, tú no quieres eso, ¿verdad?

— Claro que no...pero…¿qué hará usted con…?

— Por eso has venido hasta aquí hoy, Yuuji. Te necesito más que nunca.

Itadori percibió los dedos ajenos sobre su cuello acariciando en forma sutil; conociendo lo que se avecinaba, el muchacho ladeó el rostro hacia un lado exponiendo la piel hacia Satoru, el cual jadeó casi imperceptiblemente por su acto. Aún así, Itadori no lo vio cerniéndose sobre su cuerpo como solía hacerlo cuando la sed era mayor que el raciocinio y por un momento, confundido, lo miró. Los ojos cubiertos por la venda parecían fijos en su cuello, pero sus labios estaban firmemente presionados en una fina línea pálida.

— ¿Qué sucede?¿Algo va mal?

— No puedo beber de tu cuello...no puedo dejar ninguna marca, ahora no…

Por un instante, Itadori creyó que Satoru no le estaba hablando a él sino que lo hacía consigo mismo. Luego de varios segundos de deliberación, el hombre mayor terminó suspirando, al parecer derrotado.

— ¿Me permitirías...tomar tu sangre por otra vena, Yuuji? Lo siento, qué pena pedirte algo así, yo…

— Claro, por supuesto. No le veo problema.

— ¿Seguro?

— Muy seguro.

— Eres tan encantador, Yuuji. No te merezco.

Itadori sonrió mientras Satoru tomaba su mano, sus dedos entrelazándose. Sin apuros, el mayor guió a Itadori hacia uno de los sofás de dos piezas invitándolo a sentarse a su lado. Con movimientos lentos, elevó su brazo capturándolo con su otra mano; pausadamente, descubrió su muñeca al apartar la tela de la camisa que usaba Itadori en esos momentos, exponiendo su piel. De repente, Itadori se sintió expectante y ansioso porque nunca había visto aquello con sus propios ojos; siempre lo había sentido solamente sobre su piel y esa era una experiencia completamente nueva.

Ante su atenta mirada, Satoru acercó su muñeca a sus labios, su lengua saliendo al encuentro de su piel. El contacto fue suave, caliente, húmedo despertando un suspiro anticipatorio en Itadori. Y finalmente los vio; aquellos caninos imposiblemente largos se asomaron detrás de sus labios, colmillos filosos como una aguja, el labio inferior temblando sutilmente cuando su boca se acercó un poco más…

Y sintió el pinchazo, la perforación aguda y certera de su piel. Su brazo y su mano estaban sujetos firmemente por Satoru pero aún así, sufrió un pequeño espasmo cuando el dolor invadió su extremidad por escasos segundos. Luego, la conocida presión de la succión adormeció aquella zona y en ese momento, cuando su corazón calmó sus fuertes latidos y la situación volvió a tener cierto control, Itadori se animó a acariciar el rostro y los cabellos ajenos en forma suave, pausada, ganándose una especie de ronroneo satisfactorio.

No supo cuánto tiempo había pasado en aquel sótano luego de aquello, pero Itadori sólo había pedido un favor a cambio antes de retirarse con la promesa de un pronto reencuentro cuando aquel peligro al que temía Satoru pasara: que sus recuerdos permanecieran allí, al menos los importantes, los que él podía atesorar para que la espera y las ansias desconocidas en su amnesia no lo volviesen loco. Satoru dudó pero finalmente accedió, derrotado por la insistencia férrea de Itadori.

Así, por primera vez en semanas, Itadori había salido de aquella casona en apariencia abandonada un tanto cansado, pero sabiendo qué había estado haciendo, un pequeño triunfo luego de tanta incertidumbre; lejos de sentirse culpable o espantado, Itadori se sentía relajado y seguro de que lo que estaba haciendo no tenía nada de malo. Aquello había iniciado con el fin de ayudar a una persona de la que después se había terminado enamorando, aunque no quería admitirlo abiertamente.

No había nada de malo en el amor, ¿verdad? Estaba seguro que tarde o temprano Satoru encontraría alguna cura para su mal o, en su defecto, Itadori terminaría compartiendo su vida junto a él pese a las adversidades.

Con ese pensamiento había llegado a su casa, mucho más tarde de lo que tendría que haberlo hecho. Con cierta inseguridad, sus pensamientos fueron interrumpidos abruptamente cuando vio a su madre esperándolo en el hall de la casa con la expresión más preocupada que le había visto hasta ese momento.

— Mamá, ¿te sientes bien?

— Yuuji, ¿dónde te habías metido? Estaba tan preocupada, tu padre dijo que habías salido del negocio hacía rato…

— Estaba tomando un poco de aire, es todo. Lamento haberte preocupado…¿papá está con alguien?

Mientras abrazaba a su madre intentando infundirle algo de consuelo a su preocupación completamente justificada, Itadori vio luz en la sala, la voz de su padre y la de otro hombre que no conocía hablando pausadamente.

— Oh, sí. Nos gustaría que conozcas al señor Getou, Yuuji. Él...él quizás pueda ayudarte.

— ¿Otro doctor? Mamá…

Itadori fue arrastrado inevitablemente hacia la sala. Al ingresar allí junto a su madre, su sorpresa fue grande y su fastidio un poco mayor al comprobar que no se trataba de otro médico, sino de un sacerdote, sus vestimentas delatando a aquel sujeto joven pero de rostro tranquilo y un tanto serio sentado en uno de los sillones de su casa.

— Éste tipo de criaturas se aprovecha de las debilidades de la gente, succiona su energía. Son parásitos, enemigos acérrimos del Señor.

— ¿Usted tiene experiencia con ésta clase de criaturas, Padre?

— Desgraciadamente, sí. Son más frecuentes de lo que me gustaría admitir.

— Por favor, nosotros...oh, Yuuji. Al fin has llegado.

Ambos habían estado hablando sin percatarse de su presencia tomando té tranquilamente mientras su madre y él los oían en el marco de la puerta. Cuando su padre lo notó volteó hacia ellos, la misma expresión de preocupación que había visto en su madre. Aquel sacerdote elevó las cejas y le sonrió a modo de saludo.

— Yuuji, él es el Padre Getou. Vino a verte.

— ¿A...a mí? Un...un gusto, padre.

— El gusto es mío.

La mirada del muchacho se alternó entre sus padres y aquel sacerdote de apariencia tranquila. Un silencio un tanto incómodo se instaló en la sala mientras Itadori sentía la ansiedad creciendo a medida que pasaban los segundos, los ojos afilados de aquel tipo estudiándolo.

Algo no estaba bien allí.

Itadori lo supo en el instante en el que lo vio allí, sentado pacíficamente en el living de su casa.

Aquel hombre era el enemigo del que Satoru le había platicado, el sujeto al que le temía, quien iba a impedir que ellos pudieran verse durante semanas.